El gran aburrimiento

Carlos E. Luján Andrade





Vuelven las horas en las que no pasaba nada. Horas grandes y bellas de la vida de antaño en las que ser soñador dominaba cualquier hastío.”
(La Poética de la ensoñación /Gastón Bachelard)

El gran tedio es la condena, se dicen, porque cuando te estancas en el movimiento y la acción que no vuela ni es propulsada a chorro hacia un cielo absoluto, la existencia se precipita. ¿Cuántas veces anhelamos ser dirigidos con violencia hacia el destino desconocido? Pateados, arrojados, violentados mientras que no admitamos otra solución. El deseo de ser desbordados por la angustia y la presión cotidiana nos hace embarcarnos en un navío donde nos mezamos de una preocupación hacia otra. Un digno vómito, amarrados de la proa, es mejor que andar en la tierra viendo a las embarcaciones encallar en la orilla o a los buques prender las luces y sirenas luchando con bravura por mantenerse a flote en un océano tormentoso.

Porque nadie quiere arribar. Navegamos sobre la mar, tentando a sus aguas para que los naufrague en la desesperación. Y somos los tablistas de tempestades brillando en la dirección incorrecta. Hacia la profundidad enorme y demencial del caos marino. De tanto en tanto, esa idea nos enloquece por las noches cuando sin conciliar el sueño despertamos transpirados deseando la idea de una nueva experiencia y desafío.

El consuelo del reposo era dejarse absorber por la enormidad de los segundos en un reloj interminable. Estancado detrás de una ventana hogareña es el calvario. Una mazmorra altísima desde la que esperamos una revolución para que las puertas del castillo-prisión sean derrumbadas.

El vivir en una sociedad que reprime y aguanta nuestra respiración ahorca en la inconciencia de los deseos. Nos cogotea, presiona en el centro de la voluntad, la empequeñece tanto que creemos que somos presas de un tedio inacabable. No resistir el aburrimiento que nos acongoja hace que el espíritu implosione en una nada eterna y minuciosa. ¿A quién le importa eso?, ¿quién busca estar en la nada? Luchamos enterrados en un sofá ya marcado por nuestro ser o acurrucados bajo las mantas iluminados por las pantallas led de aparatos alienígenas imposibles para la trivialidad espontánea.

El cuerpo criogenizado, estático, sentado en cámara lenta inventa la tormenta en sus pantallas. Ahí, bajo ese aparato plástico sufre, llora, se alegra en una sempiterna ensoñación digital. Huye de su tedio, del hastío abominable de no ser nada en un mundo donde no se puede hacer nada. Estático y enorme como el Coloso de Rodas que a pesar de su importancia y simbolismo, se vino abajo porque lo eterno no está hecho para ser realizado por un hombre aburrido.

¿Buscamos libros?, ¿recordamos a un poeta que nos muestre nuestra fatalidad? Nunca. Seguimos rascando la jaula y miles de roedores corean los lamentos. Los chirríos revientan ensordeciendo la ciudad que busca un hoyo por donde escapar hacia el gran alivio. Correr y dejar atrás ese inmenso aburrimiento que los salva de la muerte.

La vida las empachamos de horas simples, de lo insuficiente, de la nata que flota sobre el mar de la urbe. Y nadie entiende nada. Se ven tanto afuera como adentro. En sus hogares o en las calles. Nos partimos en esa interminable noria de deseos. Saliendo del hastío en sueños para despertar en la esperanza de ser destrozados por la liberación de una explosión efímera.

Renunciamos al aburrimiento aún sin dejar de estar aburridos. Llegará un tiempo en la que dejen el cajón abierto para que el muerto pueda por fin gozar de su inútil libertad.

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