CARTAS CHILANGAS (V)

Juan Patricio Lombera






IV

17 de diciembre de 2019

Querido Baltasar:

Ayer, la necesidad de comprar algunas vestimentas para mi próxima reunión con el ministro del Interior me condujo a mi antiguo barrio de Polanco, donde pasé mi infancia y adolescencia. En aquella época, no existían los centros comerciales y lo más que había eran supermercados; 2 más concretamente. Te parecerá increíble saber que en un barrio residencial, como es este, había también dos terrenos baldíos a los que podíamos acceder con relativa facilidad haciendo un pequeño ejercicio para saltar la barda correspondiente. De hecho, uno de ellos se convirtió en el cementerio de Stromboli, gato que hizo las delicias de nuestra infancia. A mí en lo personal no me quería mucho. Es lógico. Una vez le jalé la cola y me arañó la cara. Uno de los terrenos estaba en litigio con los dueños de una conocida tienda de ropa y la iglesia del barrio perteneciente a los jesuitas. El otro, el que acabó como improvisado cementerio felino, no sé decirte por qué se encontraba en ese estado de abandono. Al cabo de unos años se hizo un restaurante en ese espacio. En Presidente Mazaryk, una calle con muchas tiendas, existía un simpático pasaje comercial con restaurantes exclusivos de comida foránea y nacional (ten en cuenta que en aquellos años México vivía en una semiautarquía) y algunas tiendas de ropa. Yo vivía en la calle Homero, en frente de mi colegio, el Liceo Franco Mexicano. Esa cercanía no impedía que algunas veces llegase tarde a clase. Algunos ex compañeros afirman que eso se debía a que era muy dormilón, cuando, en realidad, el hecho era que no quería ir a clase. Una de nuestras diversiones por las tardes, además de jugar al fútbol en la calle o los parques de la zona, consistía en ir a la vía del tren y depositar una moneda en los raíles para ver cómo el tren la deformaba. Mis amigos vivían todos en el barrio, por lo que era fácil encontrarnos. A veces salíamos a la calle sin haber concertado cita y nos topábamos en determinado punto. Quizá la positiva imagen que tienes de mí empeore al saber que uno de nuestros puntos de encuentro eran los locales de los primeros videojuegos. Era tal nuestra pasión por las maquinitas que incluso esperábamos a que abrieran el establecimiento. Otra de nuestras pasiones eran los cines. Había tres en el barrio. El cine Polanco, que reproducía películas de Hollywood, el Ariel que daba una de cal por otra de arena. No obstante a veces se encontraban películas europeas interesantes. Finalmente, el tercer cine; el más grande en el que he estado en mi vida, era el Imperial 70 que desapareció tras el temblor. Durante un tiempo, en los ochenta, hubo un edificio en obras muy cerca de mi casa. Increíblemente, los fines de semana ese edificio carecía de vigilancia. De manera que, en una ocasión, mi hermano y yo subimos al último piso, a través de unas escaleras que carecían del más elemental pasamanos, para probar un planeador de su propia invención. Podíamos habernos caído y matado, aunque lo que casi ocurre ese día es que estuvimos a punto de provocar un accidente vial. El planeador de mi hermano tenía en su punta algo de plomo. Alegaba él que eso lo haría volar mejor. Lo que verdaderamente sucedió es que el planeador cayó en picado y, en el último momento, enderezó el vuelo para dirigirse directo hacía un coche que venía de frente. El automovilista paró en seco y el planeador lo sobrevoló por unos cuantos centímetros para acabar yendo a dar al descampado. A partir de 1986, la sala de la prensa internacional que cubrió el mundial de fútbol se reconvirtió en un museo patrocinado por Televisa, en el que circularon obras clásicas que se encuentran en el Museo del Prado. Recuerdo, con mucho cariño, una titulada Octavio Paz: los privilegios de la vista, en la que se exponían todas aquellas cosas que habrían podido inspirar al poeta en su longeva y viajada vida. Desde discos cambiantes indios hasta obras pictóricas. Desafortunadamente, al cabo de unos años, el museo fue cerrado. Para algo bueno que había hecho Televisa… En fin, ese era mi barrio, esa era mi vida.

En la actualidad, Polanco se ha convertido en un inmenso centro comercial. Tan sólo en la calle de Moliere hay 3 de esos templos de la religión moderna llamada consumismo. Por cierto, uno de esos centros comerciales ocupa el espacio que estaba en pugna entre la iglesia y los comerciantes. El dinero venció a la cruz. La otrora vía del tren ha quedado sustituída, cómo no, por otro centro comercial. La circulación por los camellones rodeados de árboles ha quedado imposibilitada por unas obras donde, temo, los árboles serán eliminados para poner encima cemento. No obstante, en Presidente Mazaryk ha ocurrido un fenómeno inverso. Los ricos o fifís, como les llama el actual presidente, tienen desde tiempos inmemoriales la mala costumbre de estacionar su coche en la mismísima acera. De esta forma, los conductores prácticamente entraban a la tienda desde la puerta de su coche, pero caminar por la calle era una odisea que obligaba al transeúnte a sortear el coche, incluso invadiendo la calle. Eso sí, ni se te ocurriera trepar por el vehículo para pasar al otro lado, que inmediatamente llegaba indignado el propietario. No quiero ni pensar lo que representaba este paseo para las personas ciegas. El actual gobierno de la ciudad tuvo la genial idea de poner obstáculos en piedra a cada pocos metros para evitar que los coches invadan la acera. Por supuesto, los ricos están que trinan, pero los que gustamos (pocos, en esta ciudad) de andar por la vía pública estamos encantados.

Volviendo a los centros comerciales, como en todo hay diferencias. Primero fuimos a echar un ojo a Liverpool, que ya no es ni la sombra de lo que fue. De hecho, la tienda estaba vacía y el personal casi se peleaba por atendernos con esa cordialidad que raya el servilismo en México, pero que prefiero a la seriedad y casi mala educación de los dependientes europeos. Como temíamos, no encontramos nada interesante, por lo que nos fuimos al Palacio de Hierro. La misma edificación denota un poderío económico superior. De hecho cuando lo inauguraron, los dueños hicieron una fiesta a la que invitaron a lo más selecto de la sociedad mexicana, entro ellos a mi hermana. Nada más entrar te topas con tiendas de Tyffanis, Gucci, Hermes, etc… Cómo será la cosa que mi mamá me avisó:

-A esas tiendas ni te acerques porque asustan con los precios.

Espero que, cuando tenga un alto puesto en el nuevo gobierno, pueda entrar en este centro comercial sin temor a nada, pero ya veremos.

El edificio en sí tiene la forma de una pirámide de base rectangular y la parte superior está completamente acristalada, de manera que los arquitectos pretenden que las escaleras te acerquen a la luz. Aberraciones comerciales-bíblicas aparte, el suelo del centro está hecho en mármol. Como estamos en época navideñas, hay un árbol gigantesco y todas las tiendas tienen sus lucecitas decembrinas a la entrada. Por 2000 euros conseguí un traje que me permitirá presentarme ante las autoridades, pero créeme que casi se me derrama una lágrima cuando lo pagué. Me lo juego todo en esa cita. Ni modo. Por supuesto, en ninguno de los dos centros hay librería alguna. No quieren que les espanten la clientela. Eso sí, hay que reconocer que este centro comercial, a diferencia del anterior tiene, de cuando en cuando, bancos donde sentarse gratuitamente durante la visita. Además, hay una terraza techada para evitar los molestos aguaceros pero sin ventanas, donde se puede comer o, simplemente tomarse un café. En ella puedes ver parejas jóvenes besándose, mujeres mayores conversando y amigos tomándose una torta. Aunque me joda, porque pareciera darle la razón a Televisa, toda la gente que vi en ese lugar era de tez blanca. Los precios dejan muy claro el perfil de cliente que se busca. Un café ahí vale 1,5€; es decir, más que en un bar normal de España. Obviamente, un mexicano que gana el salario mínimo no se puede permitir pisar ese recinto y sospecho que no le permitirían entrar al ver su apariencia. Los centros comerciales son uno más de los reflejos de la conquista cultural del país por parte de los Estados Unidos. Nuestra tradición, desde tiempos inmemoriales, consistía en ir al mercado al aire libre y regatear los productos alimenticios o de ropa que se buscaban. Hay un chiste acerca de una señora que va al mercado y le pide a una mujer indígena que le venda todos los jitomates. La mujer indígena se niega, por lo que la compradora le ofrece más dinero que es rechazado provocando un regateo en sentido inverso. Cada vez va subiendo más la cifra ofrecida. Cuando, la compradora llega a su tope, decide intentar persuadirla haciéndole ver las ventajas de venderle ahí y en ese momento los jitomates.

-No te das cuenta de que si me los vendes vas a tener todo el resto de la mañana libre.
-Y usted, ¿qué quiere haga con ese tiempo? -sentencia la vendedora.

Los centros comerciales me recuerdan una canción de Rubén Blades acerca de una sociedad de plástico. Crean una imagen de exclusividad y belleza y les hace creer a los ricos que, por un momento, se han desplazado a Estados Unidos o Europa, donde viven seguros y contentos porque ellos lo valen. Los detesto.

Cerca de Antares, el centro comercial de Carlos Slim, el millonario tuvo la feliz idea de hacer un museo maravilloso. En él, la primera sala se encuentra en la planta superior y todos los pisos están conectados por una rampa exterior. En este caso, quizá el arquitecto busca que el visitante se vaya hundiendo en las raíces del conocimiento a diferencia de los impíos del centro comercial. El museo es todo un recorrido a través de la historia del arte universal. Puedes encontrar en él jarrones chinos, máscaras prehispánicas o cuadros renacentistas por citar algunos. De todo lo que vi en mi antiguo barrio, fue lo único que me emocionó. En fin, no quiero aburrirte más con mis disquisiciones. Por cierto, te he mandado por correo certificado los libros que me pediste. Espero que los correos hispano-mexicanos no hagan de las suyas y que estos lleguen en buen estado. Se trata de una mercancía poco apetecible para los aduaneros, por lo que hay muchas oportunidades de que lleguen. No obstante, te recomiendo paciencia y que reces al altísimo.

(Sigue leyendo…)

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