CARTAS CHILANGAS (VI)

Juan Patricio Lombera






Carta al fondo de mi alma

II

Un día más en este estercolero de trabajo y un día más que necesito unas copas para olvidarme de la mierda en la que me he convertido. Me gustaría que leyeras estas hojas que escribo cada noche, pero no tengo el valor de mostrártelas. Además, en caso de hacerlo me escupirías a la cara con toda la razón del mundo.

Aquella tarde ya no hice caso de las canciones de Botellita de Jerez ni de los discursos de los oradores. Tan sólo pensaba en Gabriela. Finalmente terminó el acto y me dirigí a casa. Hice tiempo, viendo un insulso partido de fútbol entre los tecolotes de la UAG Y la UdeG. Finalmente dieron las 9. Temeroso, me acerqué al teléfono. ¿Me atrevería a marcar su número? Pensándolo objetivamente, no tenía ni una oportunidad. Ella era una muchacha refinada, con estudios. Seguramente hablaría 3 idiomas y estaría a punto de entrar en una de esas universidades de pago donde conocería a otros niños fresa y se acabaría casando con uno de ellos. Yo, en cambio, a duras penas chapurreaba el inglés. Acabaría estudiando en la UAM y, en el mejor de los casos, ejercería en un despacho de mala muerte. No tenía ningún sentido llamarla. Sin embargo, la había hecho reír, ¿no? De hecho no sé cómo me había atrevido a vociferar en la calle con lo tímido que soy. Además, qué tenía que perder. El no ya lo tenía. Empecé a marcar y colgué. Me insulté por mi cobardía. Volví a coger el teléfono y volví a marcar. Si me contesta el padre cuelgo. En aquellos años, en muchas familias era el padre de familia quien asía el teléfono.

-¿Bueno?

La voz era joven, pero más de una vez había cometido la imprudencia de empezar a hablar y encontrarme con que la interlocutora era la madre de mi amiga o novia,

-¿Buenooo?

La voz denotaba que empezaba a hartarse de mi silencio. Había que jugarse el todo o nada.

-¿La señorita Gabriela?
-¿Sí?
-Llama el comisario político Martínez. Tuve el gusto de invitarla a una demostración popular y usted no sólo no apareció, sino que fue a la concentración burguesa del Ángel de la Independencia. Su displicente actitud ha llamado la atención del politburó, quien me ha pedido que concierte una cita con usted para analizar su situación jurídica tras este desplante a la Nación.
-Ah, ya lo recuerdo. usted es el molesto vendedor ambulante que impedía que ejerciera mi sagrado trabajo con la democracia y mi partido. Le informo que este hogar es católico y que no aceptamos propaganda religiosa o política.
-Debo entender que se niega a comparecer ante el tribunal del pueblo.
-¿Desde cuándo un pelado como usted tiene derecho a constituirse en tribunal? Pero bueno, con tal de que deje de molestar a mi familia, me sacrificaré por la patria.
-Ni que fueras Juana de Arco.
-Deja el jueguecito y dime dónde y cuándo.
-Qué directa.
-No te hagas ilusiones. Quizá me arrepienta y no me presente.
-Bueno, lo que faltaría para que la mandásemos a Siberia. ¿Qué te parece si quedamos en el Sanborns de Moliere a las 10 para desayunar?
-Ok. Ahí nos vemos.

Esa noche no pude dormir.

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