“Los inválidos” de Estefanía Farias Martínez

José Luis Barrera

De Geuzen (1568)-Pieter Bruegel The Elder





Los inválidos (Ediciones Erradícame, 2020) de Estefanía Farias (Cartagena, 1970) es un libro revólver porque está lleno de balas terribles en forma de microrrelatos.

En efecto, sus cuentos cumplen de manera impresionante con la regla del género: noquear al lector en pocas palabras.

No se trata de finales inesperados, que los hay, sino de una tremenda capacidad para concretar humor, emoción y sorpresa en apenas unas cuantas líneas. El lector recorre las páginas con avidez porque las historias sostienen un ritmo, casi musical, como si fuesen movimientos de una gran sinfonía.

Los diálogos ágiles y verosímiles sumergen en el universo de la autora, tan fantástico que resulta posible.

Uno de los problemas del relato ultra breve es que si se dice una palabra de más, sale mal y la magia queda aniquilada. Farías no tiene ese defecto, escoge con cuidado los ambientes, las escenas y las charlas de sus personajes. Hay economía de palabras: se dice justo lo que es necesario y nada más.

Las voces de las criaturas que desfilan por el universo de Los inválidos son indudables. Se siente la capacidad de la autora —y de su voz narrativa— para meterse en la piel del que sea. No hay falsetes, sino seres de carne y hueso que se mueven entre los párrafos como peces en el agua.

Las sorpresas que aguardan en cada relato tampoco son forzadas: fluyen e impactan igual que un meteorito en medio del mar; salta el agua, las piedras y hasta los humanos que se bañan en las costas.

Y así debe ser porque es inadmisible un cuento en el que el lector se percate de que aquello que lee es una cuento y no un hecho.

En Los inválidos, Estefanía Farias se muestra como una narradora consumada, capaz de ponerse cualquier piel. Su libro es de cuentos, pero perfectamente podría ser de teatro, pues ha logrado que su prosa suene a guion, con diálogos precisos y verdaderos.

Uno sale de aquel volumen acribillado por historias tan fantásticas y mordaces que acaso son las únicas posibles en un universo como el nuestro.

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