Cartas chilangas (III)

Juan Patricio Lombera







Carta al fondo de mi alma

I

Ayer la volví a ver, después de 30 años de separación, aunque sólo fuera en sueños. Nos habíamos conocido en las manifestaciones en contra del fraude electoral. Quizá tenga relación con el retorno de Alfonso. Ella pertenecía a una familia acomodada no como la mía, por lo que no me sorprendió que votase al PAN. En aquellos días anteriores a la concerta-cesión, había una suerte de hermandad entre los que odiábamos al PRI. Podíamos conversar con el opuesto sin temor a ser manchado ideológicamente y el único enemigo entre ambos era la dictadura. Henchido de ese espíritu de apertura, ella consiguió acercarme para mostrar nuestro apoyo a Clouthier cuando hizo su famosa huelga de hambre. Por mi parte, conseguí arrastrarla a la manifestación conmemoratoria de los 20 años de la masacre de Tlatelolco.

En aquellos tiempos, las cosas no eran como ahora, en que los jóvenes empiezan cogiendo para terminar enamorándose. Cierto que tampoco se empezaba discutiendo de política, como fue nuestro caso. Nuestro encuentro, de hecho, fue de lo más casual. Ese día había dos manifestaciones concertadas. Una cerca del monumento a los niños héroes, la del Frente Democrático, y otra en el Ángel de la Independencia, la del PAN. Yo me encontraba en el puente peatonal que atraviesa Circuito Interior repartiendo octavillas y diciéndole a la gente lo importante que era contar con su presencia, y a los más jóvenes que “el mastuerzo”, el batería de “botellita de Jerez”, amenizaría la velada. En esas estaba cuando oí una dulce voz con sabor a atardecer

-Órele, circule que me está espantando a la clientela.

Por un momento creí que se trataba de una vendedora ambulante. ¿Cuál no sería mi sorpresa al vislumbrar a una joven de pelo ensortijado y negro, ojos azules y de mediana estatura? Llevaba un suéter fino y ajustado, de esos que dejan poco espacio a la imaginación. De su cuello colgaba una cruz de plata. Completaba su vestimenta unos jeans también ajustados y unas botas cafés tipo amazona.

-¿Me estás hablando a mí? -alcancé a responder-.
-Pues ni modo que a los coches que pasan por debajo del puente. Por supuesto que me dirijo a ti.

Por primera vez me fijé que ella también llevaba unas octavillas de color azul con el sello del PAN.

-Esa no es forma de tratar a un aliado, camarada.
-Yo qué voy a ser tu camarada, pelado. Y ahora, hazme el favor de retirarte de aquí que la gente no toma mi propaganda por tu culpa. Los asustas con tu manifiesto comunista.
-En primer lugar, el puente no es de nadie, aunque yo estoy más cerca de mi concentración que tú de la tuya. En segundo lugar, no somos merolicos vendiendo chicles en la plaza, sino demócratas intentando jalar simpatizantes a nuestra causa. Y eso me lleva a mi tercer punto…
-Ustedes los cardenistas sólo son priistas disfrazados.
-Si así fuera, Cuauhtémoc estaría en Palacio Nacional. Como decía, mi tercer punto, es qué mal verían nuestros líderes que nos peleáramos a grito pelado por posibles asistentes. Además, la gente ya está muy acostumbrada a los vendedores ambulantes. Nadie nos haría caso y te lo voy a demostrar si nos ponemos en ese plan.

Acto seguido empecé a gritar:

-Se va llevar mire, mire, para que no le mienta Zabludovski, una manifestación, una concentración. Pa que se entere de la verdad esta tarde en el monumento….

En efecto, nadie se acercó a nosotros.

Cuando voltee la mirada hacia ella, no pudo evitar una sonrisa radiante, de esas que ponen de buen humor en cualquier circunstancia.

-Entonces, ¿qué quieres que hagamos?
-Pues muy sencillo. Repartimos nuestra propaganda y que la gente elija. Y para empezar, pongamos ejemplo. Dije acercándole una de mis octavillas.
-Veo que actúas como piensas. Órale. Voy a seguirte el juego, aunque me manche la mano con tu panfleto.

Vi cómo lo asía y guardaba en su bolsa. Acto seguido cogió un boli y empezó a escribir en una de sus publicidades.

-Ahora se supone que me tienes que dar tu manifiesto para que lo guarde sin siquiera haberlo leído.
-No seas impaciente. Aquí tienes, me tengo que ir acercando al Ángel. Un placer.

Extendió su hoja y tras recibirla salió corriendo entre risas, como si hubiera hecho una travesura. No fue hasta que posé mis ojos en el documento que lo entendí todo. Con su puño y letra había escrito Gabriela 5406450.

(Continuará…)

Una respuesta a “Cartas chilangas (III)

  1. Pingback: Cartas chilangas (II) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .