Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La queja que quema”

Ítalo Costa Gómez








Es bueno que sepan que escribí esta apertura en una era previa al COVID-19 y solamente usando la mano derecha. Pulsando tecla por tecla y me demoré una eternidad eterna, pero al menos así la recordé de forma especial y puedo compartirla hoy en este caluroso enero del 2021 con un calor tremendo y con mascarilla. Me aloco.

El querido escritor Luis Hernán Castañeda publicó una foto con la leyenda “digan lo que digan en Lima el invierno no existe” y yo estoy más congelado que un pingüino con las defensas bajas… qué quieres que te diga. Es que él anda viajando por el mundo entero mismo Robinson Crusoe y ya tendrá el sistema acostumbrado, digo yo. Como el McGyver.

La cosa es que en estos días – sin darme cuenta – yo había entrado en un canto de quejas contra el invierno espantosa que nunca terminaba.

[Me cansé el dedo derecho. Voy a dejarlo porque me arde la mano y es horrendo. Cuando me sane un poquito sigo. Invierno de mierda. La era del hielo es una broma. Voy a morir congelado y momificado (aunque con un pelo sedoso que ya quisiera la Selena Gómez) y me iré patinando esquí al infierno]

A mí el frío me quita el sueño y yo que de por sí duermo poco ya es desesperante la situación. Siento los piecitos congelados dentro de los mismos zapatos. Soy un cubo de hielo o una cañita de hielo si quieres. Frozen pink version.

Cuenta la historia que el martes pasado me levanté tiritando a las once y media de la noche. Qué tal maroma habré hecho dormido que había empujado el cubrecama y las sábanas hasta que se cayó al piso y mis huesitos chocaban unos contra otros al son de un mambo de Pérez Prado.

Con un humor de mil demonios me levanté a hacerme un té con limón. Puse a hervir el agua y llené mi taza de bolitas azules hasta el tope. Cuando estaba regresando a la cama refunfuñando solo me tropecé con esa torpeza de la que siempre he hecho gala y el líquido hirviendo se desparramó sobre mi mano izquierda.

He dado un grito ensordecedor y he tirado la taza. La mano me ardía muchísimo. He corrido al refrigerador, cogí hielos mentando la madre de los dioses del fuego y los puse en una batea pequeña llena de agua y metí la mano. Parecía una caricatura. Por quejumbroso y malhumorado no solo estaba muriendo de frío, además me dolía la mano mucho cuando no estaba metida en hielos. ¿Ven la paradoja? Feo. Feísimo. Traumatismo maníaco depresivo compulsivo.

No fui a trabajar y me he quedado con la mano metida en agua con hielos por más de cinco horas y la cereza del pastel es que terminé lógicamente enfermo. Me agripé horrible y casi me quemo vivo como la Juana de Arco, no me tomé el té con limón jamás y me ha quedado una marca en la mano.

Tengo como un triángulo más oscurito en la mano. Una prueba de benito que me recordará por un tiempo que quejarse sirve solo para empeorar las cosas y es es el tip que vengo a dejarles esta mañana.

Seamos como el Luis Hernán que se siente en Cancún cuando le llueve granizo. Veamos el vaso medio lleno. Sácate las chalinas y ponte las tangas. Creo que ya pasó la peor. Es momento de calatearse otra vez. Si te quejas te quemas.

He dicho.

[Y me sigue pareciendo fríoooooo, nuestro amooooor, pareciendo fríooooo. Y me sigue pareciendo fríoooo nuestro amoooor. Que confusióoooon]

Una respuesta a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La queja que quema”

  1. Menudo efecto mariposa, Ítalo. Frío, té con limón, tropezón, quemadura, mano en hielo (más frío), gripe, baja médica. Mi lectura es que hay días en que uno no debe salir de la cama por nada. Y, bueno, si uno está solo peor para uno, pero ahí quietico. Deberíamos tener un radar en la cabeza, para detectar esos días a priori y no salir del catre. Al final, ahí te quedaste, pero mira todo lo que te habrías ahorrado de tener el tal dispositivo. Así que ya lo estás pidiendo en versión 2.0, ¿ahhh…? En fin. Me eché unas risas a tu costa, de buen rollo, que sé que escribes para eso. Cuídate chaval y queda con Dios, que yo…, bueno, ya tú sabes. Abrazote.

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