A propósito de “Nada sale bien cuando esperas que todo salga mal”

José Luis Barrera






Fernando Morote (Piura, 1962) es un escritor que, por fortuna, ha hecho suya esa máxima de Victoria Ocampo que dice: “el pudor es el principal enemigo de la literatura”.

En sus libros se desnuda, pero no de golpe, sino a pedazos. Es como si su objetivo fuese abofetear incesantemente al lector con trozos de su carne; no lo hace, sin embargo, por exhibicionismo burdo y sí por la necesidad de mostrarse sin ambages, haciendo así una radiografía del género humano.

Y de ese modo funciona Nada sale bien cuando esperas que todo salga mal (Ediciones Erradícame, 2020): un libro estriptís, donde, poco a poco, el lector inhala la esencia de su autor, sus pulsiones y sus decepciones. Todo.

Su prosa descarnada, a veces cruel, a veces íntima, pero siempre irónica, nos conduce por un laberinto de almas, como en un carnaval de prostitutas, chulos y hombres tan comunes que terminan por ser únicos.

No obstante, este desfile de criaturas es en realidad una forma de ocultar una serie de disquisiciones sobre la vida, pues el hombre corriente —aquel que a diario se levanta para ir a un trabajo que odia o se sumerge en los tugurios porque no tiene otro lugar adonde ir— es en realidad un filósofo de la derrota, un soñador que espera que su infierno se transforme en paraíso, aunque no sabe cómo.

Fernando Morote nos lleva de la mano a través de un burdel de sexo, pero también de ideas, sueños y pesadillas. Nos traslada a un mundo tan sórdido que se vuelve hermoso, y en el que el lector se enamora de aquellas mujeres, sobre todo de las monstruosas, porque son las más humanas.

Pese a que a menudo los lectores querrán negarlo, acabarán riendo con lágrimas en los ojos porque se ven a sí mismo dentro de las páginas del libro, recorriendo aquellas habitaciones que huelen a amor y también a odio.

El humor ácido y las anécdotas terribles de Nada sale bien cuando esperas que todo salga mal nos hace que nos cuestionemos y hasta nos burlemos de nosotros. Así es la buena literatura; lo demás, lo confortable, no pasa de ser un manual de relaciones públicas.

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