Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Huele a delito”

Ítalo Costa Gómez






Una de las maneras más efectivas de relajarme o reactivarme – depende del momento y la cantidad – es una copa. Para mí cualquier momento es idóneo para un “happy hour”. Es parte de quién soy y me encanta aunque esa exquisita debilidad me haya jugado pasadas achoradas como la que voy a compartir con ustedes esta mañana de viernes.

[Sírvame en la copa rota. Debí tomar un vino, quizás una cerveza y ni pensar en hacer el amor. Brindaremos por ti y brindaremos por él, porque le vaya bien y mañana verás que es mejor olvidar qué llorar. Qué huevon]

Cuenta la historia que en el trabajo, en una tarde fría de invierno cuaquiera, me habían regalado una canastita que tenía bombones, cupcakes y una botellita de pisco con corcho. Cumplía cinco años trabajando con el mismo equipo y me celebraron de esa manera. Lindo el detalle. Corazón derretido. Me comí un par de chocolatitos, abrí el piscacho y me tomé un par de sorbos como para probar el elixir.

[Powerful. Asu madre. Le daba dos tragos más y te bailaba la Macarena y dos del General en mix, encima en taco aguja: Y ahora te voy a poner a gozaaal. Pum Pararara Pum. Estaba bien poderosito]

Tapé la botella (por encimita nomas porque comprenderán que el corchito ya no entraba por completo) y la metí dentro de mi bolso. Paradita. Era una botella pequeña, más que estorbo era compañía.

Al salir de la chamba me vinieron a recoger mis padrinos con sus hijos para irnos a almorzar – no sé si alguna vez les he contado, yo trabajo todos los días desde muy temprano, pero solo hasta la una de la tarde –. Estaba sentado en la parte de atrás de la camioneta. Manejaba mi tío Panchito y estábamos seis personas en total. Por costumbre puse mi cartera en el piso de auto, entre mis pies. Here we go.

Conversando y conversando de pronto se empieza a sentir un olor súper fuerte a trago. El pisco bota un aroma rico, pero bien intenso.
El movimiento del carro había hecho que la cartera se eche y el pisco empapó el piso alfombrado y el olor era fortísimo.

[Qué palta. Quería bajarme por la ventana y que el carro de al lado me atropelle sin compasión, al menos se hablaría de otra cosa. Maldita sea mi suerte]

– Y entonces llegó Periquita y… Un ratito… ¿A qué huele? – Mi tía se pronunció. Inocentísima ella, cándida.

– A Ítalo huele, mamá. – dijo uno de los primos más pendejeretes ahogado de risa y borracho del puro olor.

Abrieron todas las ventanas de la camioneta y las miradas acusadoras se posaron en mí sumadas las carcajadas que no cesaron hasta que llegamos al restaurante.

Mi padrino tuvo que mandar a lavar el carro ahí mismo y no me me permitió pagar, eso lo empeoraba todo. El roche de la vida. Tenía cara de protagonista de triste historia presentada por Silvia Pinal. Estaba listo para internarme de por vida en AAA: Alcohólicos Ansiosos y Amorosos.

Días después me contó el tío que el olor se resistía a irse y que cada vez que algún compañero de trabajo se subía a su camioneta le decían: “te has metido tus huaracasos, ¿no?” y mi pobre padrino no toma ni coca cola. La oveja negra de la familia siempre he sido yo.

– Tengo fama de guarapero por tu culpa, sobrino.

A partir de ese día cada vez que me subo al carro de la familia me piden por favor que agarre fuerte mi cartera. No sé si por el miedo a la inseguridad ciudadana o por la posibilidad a que se revele nuevamente el trago que esté portando. Que se imponga su deliciosa presencia con olor a delito.

[No pretendas que yo… vuelva a buscarteeeee, porque es mi corazón el que rompiste y debo curarmeeeee, ésta herida mortal no para de sangrarmeee y me voy a quedar en el bar solo para olvidarte.. Cantinero, sirva otro tequila que quita mi heridaaaaaaa]

Y así se cuenta la historia de mi fama en el seno familiar. Hazte fama y échate a la cama. Si no es con alguien pues a dormir la mona aunque sea. No tiren la primera piedra si no han visto la paja en el agua que no han de beber. Quiero ver a mi abogado.

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