Del Nada de Laforet a la nada

Pedro A. Curto





Un año más se ha fallado el premio Nadal, de una forma más bien discreta, por las circunstancias del momento. Aunque tanto el glamour de la ceremonia, como la gran promoción de la novela ganadora, nunca han hecho olvidar la primera obra premiada, Nada, en un lejano 1944, cuya autora, Carmen Laforet, cumple este año su cien aniversario.

Mi ejemplar de la novela “Nada” data de 1946 (se acabó de imprimir el 6 de abril, señala la última página, como se hacía antes) y es en concreto su quinta edición, desde la primera en 1945, lo que indica su éxito de un principio y que se siga reeditando de las más variadas formas, incluida la versión gráfica. Pero tener entre tus manos un libro de setenta y cuatro años produce una curiosa sensación de fisicidad: el aroma a papel viejo, sus páginas amarillentas con pequeñas manchas, las tapas acogiendo el paso del tiempo, la pertenencia a otras gentes antes de ti. Y en particular cuando se trata de una novela como Nada que es una fotografía de una época y un lugar. Porque hay obras que van más allá de la literatura, que se enredan en el tiempo, que son testigos de una sociedad y de unas gentes, que penetran en lo clásico por una puerta no dispuesta.

Buena parte de la historia de Nada se desarrolla en un piso donde vive una familia burguesa venida a menos, cuya anterior gloria ha devenido en una particular costra de miseria y pobreza. Los espacios cerrados pueden dibujar microcosmos en los que se ahonda en realidades más amplias y en este caso disecciona un modelo de sociedad, la de las apariencias, la de los cainismos, la de la violencia, la de la sumisión al poder. Una sociedad en decadencia, cerrada sobre sí misma y de la que la protagonista trata de huir, y al final parece conseguirlo, aunque nunca este muy claro que hay después de ese “cambio”. Como las grandes novelas, en la de Carmen Laforet está lo que se contiene entre líneas, las puertas que se abren y no se cierran, las historias que no están en sus páginas, pero se insinúan. Y por ello tiene bastante conexión con el presente. Aunque muchas cosas hayan cambiado, la Nada de la que habla Laforet es la construcción en falso que ha derivado en los modelos y sociales en que hoy vivimos. Podemos haber pasado del blanco y negro a un tecnicolor líquido, pero la adoración al feísmo y a la chabacanería, las peleas intestinas y la agresividad sin causa, persisten en nuestra geografía como una parte del tipismo hispano, aunque no sea exclusivo. Con estilo de un existencialismo que apenas cruzó los Pirineos, Laforet sitúa la novela en un tiempo determinado, pero cuyo significado es intemporal. La nada, sigue estando ahí.

En mi ejemplar de la novela, en sus primeras páginas, una mano de anterior dueño o dueña, copió un fragmento de la propia obra: “A veces un gusto amargo, un olor malo, una rara luz, un tono desacorde, un contacto que desgana, como realidades fijas, que nuestros sentidos alcanzan y nos parecen que, son la verdad no sospechada.”

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