Sálvese quien pueda o la búsqueda de la felicidad

Carlos E. Luján






El caos citadino puede interpretarse como la forma más representativa del sálvense quien pueda. Andar por las avenidas, calles, restaurantes, comercios y cualquier otro lugar donde tengamos que interactuar con otros, es una demostración que aún en el desorden, podemos creer que vivimos en un país en donde sus cifras del índice de desarrollo nos muestren una curva que cumpla con las expectativas de los creyentes en el sistema capitalista.

Esto se explica asumiendo que la necesidad del desarrollo es igual a buscar un camino de escape llamado dinero. Y cuando interpretamos el desarrollo como la maximización de beneficios, los vicios que esta genera nos lleva, en una sociedad débil y sin principio de autoridad, a no respetar la formalidad que las leyes exigen. Es así que se percibe la compulsión social por la acumulación, el obtener a costa de cualquiera la mayor cantidad de riquezas, y no solo nos referimos al ejecutivo de saco y corbata o al comerciante emprendedor, sino que se advierte hasta en el más mísero individuo que cree que su necesidad está por encima del resto. Es decir, absolutamente todos los ciudadanos de esta urbe tenemos inoculados el espíritu de la codicia. Por mencionar ejemplos, observamos al transporte público, donde un pasajero vale tanto como el precio que paga por su boleto, el mal servicio que brindan, los malos sueldos que pagan, el poco criterio cívico que poseen, es representación de que el dinero vale más que cualquier cosa que pueda comprar. También tenemos a los productos informales, que sin tener registros sanitarios, marcas registradas y pruebas de calidad, circulan sin ningún obstáculo por esta economía que se nos dice pujante.

No se cree en las leyes porque no vemos que estas velen por el bienestar de los ciudadanos, más bien son las que frenan al codicioso en su travesía hacia la acumulación de riquezas. Si se produce una política de imponer multas o supervisar la calidad de su trabajo, nos rebelamos porque presentimos que tales exigencias son producto de una conspiración contra nuestras aspiraciones de obtener un bienestar personal. Las regulaciones son observadas, las restricciones cuestionadas, la ley vista como invasora de la libertad individual. Porque el sálvese quien pueda está inoculado en nuestra idiosincrasia y no creemos en nada porque no confiamos en la voluntad ajena. El descreimiento en cualquier tipo de autoridad sea militar, policial o política se ha trasladado a cualquier estamento de la sociedad. No creemos que nada o nadie pueda determinar lo que es mejor para nosotros, desconfiamos de cualquier criterio expuesto como fundamento del orden que se desea imponer, pues vemos al Estado como el gran padre abusivo que reprime la voluntad del hijo para hacer sentir el peso de su autoridad, porque cuando se es pequeño se confía en el poder paternal ya que de alguna manera nos hacen creer que de acatar el orden impuesto nos traerá beneficios, sin embargo, al pasar los años, vemos que no todo era como se nos planteaba y que solo se reprimió nuestra libertad arbitrariamente.

Y así, cuando se goza de la primera independencia, notamos ese libre albedrío como una tabla rasa donde tenemos que imponer nuestras propias reglas que nos permitan sobrevivir.

Pero justo es en ese instante que el resplandor del dinero ilumina nuestra mente confundiendo más al individuo que necesita respuestas y protección. La publicidad bombardea nuestro paisaje quedando expuestos a las respuestas a preguntas que ni siquiera hemos llegado a plantearnos todavía. Ya nos venden el modelo del hogar perfecto, la profesión ideal, la moda urgente, en general, el estilo de vida adecuada, pero luego de darnos toda esa variedad de delirantes ofertas nos envían un mensaje directo al bolsillo: “todo esto que has visto tiene un precio y si lo deseas, tienes que pagar por ello”. Tarjetas de crédito son usadas en cientos de miles transacciones económicas diarias, donde gastamos el dinero que no tenemos para conseguir ese estilo de vida que nunca pedimos pero que nos mostraron como la única manera de tener una existencia digna.

El frenético consumismo ahuyenta cualquier idea que contenga principios, porque luego de tan convincente forma de vivir, en donde el dinero es el abanderado y al que se le da todo tipo de virtudes y valores, las ideas que no porten un costo beneficio son desoídas por cualquier sujeto que desee tener una existencia acorde a la tendencias de la vida publicitada. No importa si no queremos respetar las normas, no importa si traicionamos la amistad o la familia mientras que por tales actos nos paguen el justo precio. Ante eso no hay cuestionamiento o rubor y más bien vemos comprensible dichos actos si la cantidad mencionada es cuantiosa. Vemos lo afortunados que son los que poseen ingentes cantidades de dinero porque los percibimos como los cercanos al parnaso, a la felicidad absoluta; un vehículo lujoso o una casa descomunal son los diezmos que ellos les pagan al sistema para llegar a ese cielo que el mismo dinero les ofrece. No se añora más que a la ganancia, el triunfo de la técnica ha desplazado los ideales y a los poderosos principios que los más ingenuos siempre defendieron. Las libertades individuales, la democracia, la justicia y hasta la verdad pueden ser vendidas o compradas si pagamos el precio preciso. Y tan absortos nos encontramos que hasta los más nobles han tenido que lidiar contra todo este sistema con la idea resignada de que sin dinero la felicidad no será plena, y escuchar una y otra vez que a pesar de eso, se tiene que vivir en la pobreza para mantener algo que el consumismo intenta desaparecer. Lo principios como sinónimo de una vida miserable, ya que los vemos como la única respuesta a los vicios de la riqueza.

Hemos visto cómo colapsan las economías y la tendencia de consumo cambian, una sociedad próspera no retiene recuerdos, se deshace de lo viejo porque lo nuevo ofrece mayores bondades y nos muestra atajos para esa felicidad que antes ya la teníamos alcanzada. La moda aniquila cualquier intento de querer perpetrarse con lo justo y necesario. Ella nos dice que lo que antes era garantía de lo perfecto y aprovechable, ahora es lo defectuoso e inservible. Se nos impone la idea de que lo que implique un recambio de paradigmas es lo más sensato, pues nadie puede vivir en el tiempo pasado. Una generación es desechada tan rápido como un sistema operativo es cambiado. La tecnificación glorifica la juventud y lapida la experiencia. Poco o nada sirve tener un amasijo de buenas experiencias si en los tiempos modernos, que cada vez son más cortos, son un estorbo que necesita recambio.

Pero el engaño no es permanente, el ciclo de la buenaventura económica colapsa de tiempo en tiempo y esa idea frenética del placer por lo nuevo, generada por la confianza en que el dinero siempre estará ahí cuando lo solicitemos, deja de ser sensata. Es ahí cuando la inflación nos hace resistirnos a desprendemos de lo viejo ya que le encontramos un mayor valor. Les buscamos más vidas, resucitamos y reciclamos aquello que antes depreciábamos sin empacho. Así comienza la idea de que podemos recolectar lo vivido porque ya la máquina del desarrollo se ha detenido. La escasez nos hace replantear la felicidad en lo poco que se pueda tener y no en lo que se pueda obtener porque ese futuro es incierto.

Sin embargo, cuando la idea de la buenaventura económica es planteada como si estuviera al alcance de todos sin tener un sistema que lo pueda garantizar, el pandemonio se genera, esa idea consumista, ese planteamiento de lo que es la felicidad tan convincente para un país y una ciudad que ha carecido de todo durante muchos años, trae todas la respuestas que antes nos fueron negadas. La fiebre del oro pulula por las calles, las ganas de sacar el máximo aprovechamiento así sea evadiendo impuestos o poniendo en riesgo la vida de los demás es la mejor ley que siempre obedeceremos.

La locura por la felicidad comprada nos hace renegar de los principios, de lo moral, de lo justo o veraz porque ella no contiene la fórmula para encontrar la veta que nos han hecho creer que existe. Para nadie, en estos años, todo es suficiente. No queremos satisfacernos con lo que nos puedan dar el orden y las leyes decentes porque el mismo sistema consumista las vulnera en comisiones, interés, impuestos y cuotas que además nos arrebatan la idea de solo desear lo necesario. Es así que vendemos nuestra esperanza al sistema capitalista y estamos dispuestos a cualquier cosa con tal de que nos parezcamos a los paneles de publicidad que como un inefable evangelio, nos empeñamos en serle fiel.

Se desbarrancan camiones, se derrumban las minas, se incendian las fábricas, se generan huelgas y protestas por todo el país, se muere la gente, etc. por la negligencia de empresarios, funcionarios que más piensan en obtener la mayor ganancia que en respetar las normas y el orden. Todo tiene un precio, hasta la vida de las personas y al parecer en este sistema, está con tendencia a la baja.

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