¿Cuánto tiempo le demora a la humanidad descubrir una verdad?

Carlos E. Luján Andrade






¿Cuánto tiempo le demora a la humanidad descubrir una verdad? Sea cualquiera que nos sirva para crear certezas políticas, sociales o económicas o la que nutre los paradigmas. Es así que nos pasamos descifrando la realidad en base a otras certezas previamente planteadas y ya aceptadas. Sin embargo, cuándo nos detenemos y decimos: “esto es así y por esto es que sucede aquello”. Porque una verdad llega a serla cuando existen un consenso social. Sabemos que nadie en su sano juicio científico aceptaría una conclusión con premura. Se esperaría la comprobación de esta, y cuando ya se hayan validado los supuestos luego de algunos años, comenzará a usarse como peldaño para construir el siguiente. Claro está, si es que alguno rescata tales supuestos del rincón en el que serán custodiados para evitar que se pierda en el mar de subjetividades ideológicas.

Es cierto que portamos un cúmulo de verdades, sean históricas, socio-económicas o de cualquier materia que no podamos cuantificar con certeza, fragmentadas según nuestros intereses porque detrás de la búsqueda de otras verdades más, existe la necesidad de imponer nuestra propia interpretación de la realidad, aun cuando no estemos seguros de lo que vemos. Y es porque en el medio de esa difícil empresa, la de hallar las respuestas a los enigmas de la existencia, se encuentra la vida en sí. Ninguna verdad podrá ser descubierta sin el hombre. Este debe comer, vivir, dormir, interactuar, trabajar, sentir. A fin de cuentas, existir. Las pasiones humanas estarán en el centro de atención. Sería obvio mencionar que la subjetividad humana “pervierte” al individuo en la búsqueda de una verdad “objetiva” e irrefutable.

Conforme la sociedad moderna ha ido instaurando sus reglas y nos hemos ido acomodando a sus avances tecnológicos, la conducta de los seres humanos se ha visto condicionada para lograr desenvolverse con inteligencia. Los nuevos medios de comunicación tan inmediatos y cambiantes, nos obligan a mostrar nuestra existencia de forma constante. La idea de la inmortalidad cada vez está más asociada no a hacer grandes obras, sino a pequeñas acciones, tan diminutas y quizás incoherentes, porque en el fondo no nos exigimos que el resultado sea magnánimo, sino solo que sea visible por un corto periodo de tiempo. Serán pequeñas e insignificantes pruebas continuas que demarcan los límites de la acción humana. Actividades intrascendentes, pensamientos con poca rigurosidad reflexiva. No obstante, tales acciones tampoco nos garantizan que el mundo virtual, nuestro nuevo escenario, avale la trascendencia humana porque aun dando importancia a lo banal, no es garantía que los focos de atención estén sobre nosotros.

En una realidad que aspira a la democracia, todo aquello que se anhele deberá está acorde a esta. No como concepto político sino más bien económico. El capitalismo es el que lo logra y nos obliga a que si deseamos perdurar en la conciencia colectiva, debemos jugar sus reglas. No está demás decir que entre estas es llegar a ser una necesidad. Volvernos un producto que el otro desea consumir. Y retornando al tema de la verdad, ¿el consumo tiene algo que ver con esta última? Ya nos hemos percatado que el sistema capitalista se sostiene en la creación de necesidades, en la fabricación de prácticas y costumbres para que adquiramos lo que la empresa ofrece. ¿Existirá algún inconveniente en que la voluntad del hombre se vea condicionada? Aparentemente no. La libertad también es un derecho inalienable. Podemos hacer lo que deseamos con nuestra voluntad así esta se encuentre sometida a unas amarras placenteras. Aunque debemos tener cuidado porque el placer y el consumo debilitan la comprensión, tanto de la sociedad como del individuo mismo. En la dicotomía moral en la que está compuesto nuestro mundo, una realidad hedonista nos impedirá ver una cara valiosa de la existencia. Peor aún, nos hará el camino del entendimiento más tortuoso.

Los seres humanos, sometidos a la ansiedad incontrolable generada por la creencia de que la vida debe mostrarse -ya que asumimos que si no lo hacemos podemos desaparecer ante el imaginario social- estamos obligados a volvernos un producto de consumo. Una de las lecciones más despiadadas que nos ha dejado el consumismo es anhelar ser no un individuo codiciable, sino un objeto. Al interactuar con miles de personas diariamente, nos vemos como un producto en medio de cientos de escaparates. La búsqueda de atención del consumidor nos hará buscar fórmulas para que nuestra existencia sea vista y apreciada entre las demás. Se fingirá ser alguien que no se es, se exagerará opiniones, se harán más estrafalarias nuestras costumbres, etc. Tendremos una vida exagerada con el fin de obtener atención porque es determinante para definirnos como individuos en una sociedad volátil. La inmovilidad se paga cara cuando el entorno social acepta como una premisa fundamental la dinámica de nuestro existir como moneda de cambio en la vida personal y profesional.

De tal manera, ocultamos nuestro propio ser, con sus tiempos y meditaciones en un disfraz acomodado a la coyuntura. Un día somos férreos defensores de la justicia social y otro, unos conservadores críticos de todo atisbo de revolución. En otro momento, nos presentamos como seres aferrados a sus prejuicios, y luego, policías de la corrección política. La libertad de expresión es enarbolada como bandera ante cualquier crítica. Nos despachamos a placer en la búsqueda por la corroboración en el otro de nuestro existir. Queremos ser vistos y elegidos, pero, ¿a qué precio?

No queda más que pensar en la verdad. Toda esa información fabricada, falseada y exagerada, entorpece el conocimiento humano. La principal esencia para comprender la realidad que es la plena observación está pervertida con distracciones que nos hará la labor más compleja. La impaciencia por existir en el ahora, impide la lentitud que exige el análisis y la reflexión. Se podría decir que la ciencia está libre de todo ello, que esta se desarrolla ajena a cualquier debilidad humana. Tal vez sea así, si la vemos como tal, como método científico, pero no olvidemos que aquello que se estudia está motivado por un ser humano que quiere descubrir o perfeccionar algo en base a su propia experiencia, y es guiada la investigación por una vida que es volátil, inmediata y sometida por las apariencias. Por ejemplo, ¿acaso no se gastan cientos de millones en descubrir la mejor operatividad de una señal de un teléfono celular? Se destinan otros cientos de millones en producir objetos contaminantes, mientras que por el otro lado, también se gasta para contrarrestarlos. ¿A quién obedece esa ciencia insensata que nos hace creer que esta también es parte de la superación humana? Más complejo nos hará descubrir lo más conveniente al ser humano como especie si la ciencia misma está cubierta por la banalidad de las debilidades del hombre. Mientras más insensata sea la humanidad, más insensata será su ciencia.

Volviendo a la pregunta que abre este texto. ¿Cuánto tiempo tomará no solo descubrir una verdad sino también aceptarla? Teniendo en cuenta que esta podría mostrarnos una realidad poco atractiva y tediosa. ¿Qué haremos con una verdad aburrida en un mundo rendido al entretenimiento? ¿Alguien se animará a buscarla? En otras épocas, el impedimento fue la religión y las supersticiones. Eso nos llevó a padecer mil años de calamitosa ignorancia. Esperemos que ahora despertemos un poco antes.

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