La plaza del diamante (V)

Mercè Rodoreda









19

Quimet me dijo que si quería ponerme a trabajar era cosa mía, que él por su lado, trataría de hacer marchar la cría de palomas. Y que, vendiendo palomas, nos haríamos ricos. Fui a casa de la señora Enriqueta a contarle la entrevista con los señores que iba a tener. Y cuando iba, las calles, que eran como siempre, me parecían estrechas. El niño, se puso en seguida a mirar las langostas. La señora Enriqueta me dijo que ella me guardaría los niños, que se los llevaría a la esquina del Smart y que los sentaría en una sillita a su lado. El Antoni bajó de la silla donde estaba encaramado, y, como lo entendía todo, dijo que él se quería quedar en casa. Yo le dije a la señora Enriqueta que al niño todavía le podría hacer estar sentado, porque, cuando quería, era obediente, pero que la Rita, pobrecilla, era demasiado pequeñita para pasarse toda la mañana en la calle. Con el ruido de la charla la Rita se me había dormido en las rodillas. Y el niño volvía a estar encima de la silla pegado a las langostas. Lloviznaba. No sé por qué sería pero cada vez que iba a ver a la señora Enriqueta era una casualidad que no lloviese. Las gotas de lluvia corrían por los alambres de tender la ropa, hasta que algunas, las más hinchadas, se estiraban, se hacían como lágrimas y caían.

El día que empecé a trabajar en la casa del sótano, fue la juerga. A medio lavar los platos me quedé sin agua. El señor del guardapolvo, avisado por la señora, vino a la cocina con gestos muy finos, y abrió el grifo, y cuando vio que no manaba ni una gota de agua dijo que se iba al terrado a ver lo que pasaba, porque a veces, como tenían el depósito medio destapado siempre para poder ver si manaba el mínimo, se metía una hojita en el agujero de salida del agua. La señora dijo que, mientras esperaba, podía quitar el polvo del comedor. Y yo pensaba que, justamente, yo tenía los niños encerrados en el comedor, porque el Quimet dijo también que la señora Enriqueta no podía guardarlos, que se distraería y a lo mejor el niño se escapaba de su lado y se iba al medio de la calle para que le aplastasen. Y mientras quitaba el polvo con un trapo, porque la señora decía que los plumeros sólo sirven para hacerlo volar, y a la que te vuelves de espaldas vuelve a estar allí donde lo habías quitado, bajó la hija, me saludó, y pensé que tenía cara de estar muy sana. La señora me dijo que subiera un cubo de agua del pozo para limpiar la ventana que llegaba al techo; como estaba al ras de la calle y pasaban carros y camiones sin parar, siempre estaba llena de polvo, y, si llovía, de barro: salpicón va y salpicón viene y yo siempre en danza. Bajó del terrado el señor del guardapolvo y desde el rellano de la escalera de piñoncito por la que se salía al recibidor, gritó que el mínimo no salía, que el depósito no se había atascado en la salida, que si el agua no subía era porque debía haber un atasco en la entrada de la calle. Entonces la señora me dijo que tendría que subir unos cuantos cubos más de agua del pozo, para acabar de lavar los platos, a pesar de que a ella le daba mucho miedo el agua del pozo porque siempre pensaba que en otros tiempos habían tirado allí a alguna persona para que se ahogase. Pero que corríamos el peligro de que el hombre de la compañía tardase dos o tres días en venir y que no podían estar tanto tiempo con los platos sucios.

Y con unos cuantos cubos más de agua pude acabar de lavar los platos que la señora iba secando. La hija había desaparecido. Fui a hacer las camas. Subí por la escalera del jardín, encima del lavadero. El niño jugaba en el surtidor, creía que nadie le veía y tiró un puñado de arena dentro y entonces se dio cuenta de que estaba yo allí. Se quedó con los ojos quietos, blanco, y como de piedra. La señora, mientras yo hacía la cama del dormitorio de delante, el del balcón que daba encima de la ventana por donde el primer día había salido la voz diciéndome que llamase por el jardín, llamó desde el baño, y la voz salió por la lucera de la entrada, y dijo que abriese el armarito del gas, que dentro encontraría una tarjeta doblada, que la pusiese delante del letrero que decía que llamasen por el jardín porque, si cuando viniese el hombre del agua le tenían que hacer dar la vuelta, a lo mejor se enfadaba si le hacían dar un paseo tan largo. La tarjeta tapadora se sostenía por la funda, que ya estaba hecha a propósito para no tener que quitar y poner el letrero cada vez. Pasé la tarjeta en blanco entre el cristal y el letrero y se aguantó muy bien. Y la señora subió a ver si lo había entendido y me enseñó que los cristales de los batientes del enrejado se separaban del hierro alzando unos pestillos, que así se podían limpiar con toda facilidad y que estos pestillos a veces se ponían duros con el polvo y tenían que levantarse a martillazos. Que era muy práctico eso de poder separar los cristales del enrejado, porque, si no, habría sido un drama tener que limpiar los cristales pasando los dedos pon entre los hierros. Y me dijo que el enrejado lo había hecho un cerrajero de Sans, aunque su cerrajero era un cerrajero de San Gervasio. Pero al cerrajero de Sans le había podido engañar su yerno diciéndole que era contratista de obras y que necesitaba cincuenta enrejados para un grupo de casas que estaba haciendo y que aquel enrejado serviría de muestra. Cosa que no habría podido contarle al cerrajero de San Gervasio que le conocía y sabía que vivía de rentas. Y aquel enrejado de muestra casi le había salido gratis y el cerrajero de Sans todavía esperaba sentado el encargo importante. Al señor no le oí volver a entrar porque debía de entrar por el jardín. A la una me pagaron y fui para casa corriendo por las calles y cuando crucé la calle Mayor, por poco voy a parar debajo de un tranvía, pero no sé qué ángel me salvó de aquel peligro. Los niños no habían hecho nada malo. La Rita estaba dormida en el suelo. Y el niño, en cuanto me vio, se me puso a lloriquear.

20

Vino el hombre del agua al día siguiente a las diez de la mañana y fui a abrirle. En seguida subió el señor y dijo con una cara muy triste, desde ayer estamos sin agua y no pudimos bañar al niño antes de acostarlo y nos ha pasado muy mala noche… Y el hombre de la compañía que era gordo y con bigote, levantó la cabeza mientras desenroscaba el grifo de dentro de la trampa de la calle, y se rió. Subieron los dos al terrado a medir el mínimo y cuando bajaron el señor le dio propina al hombre y el hombre volvió a poner la trampa y se fue. Yo me fui para abajo por la escalera de piñoncito, y el señor que había bajado por la escalera del jardín pidió una botella de litro vacía, y me dijo que le acompañase al terrado a medir el mínimo porque el hombre del agua lo había medido de cualquier manera y a él se le había metido en la cabeza que aquel hombre era muy buena persona y le había dejado el doble del mínimo. Fuimos al terrado, yo sostenía la botella y él miraba el reloj y una señora del terrado vecino le saludó y se puso a charlar con aquella señora que era inquilina, porque la casa de al lado, aunque no tan bien decorada como la suya, también era de ellos. Cuando la botella estuvo llena le llamé, vino corriendo, con el guardapolvo revoloteándole por detrás, y mirando el reloj dijo que nunca habían tenido tanta agua porque antes la botella se llenaba en seis minutos y esta vez con tres y medio había sido suficiente. Por la noche, antes de dormirme, le conté la historia del enrejado a Quimet y dijo que cuanto más ricos más raros.

Al cabo de dos días entré sin llamar, con sólo empujar la puerta y sacar la cadena; encontré a la señora y a su yerno sentados en las butacas de mimbre que estaban al pie del balcón. En seguida vi que el señor del guardapolvo tenía un ojo morado. Me metí en la cocina a lavar los platos, que estaban todos sucios desde el día antes, y la señora vino a hacerme compañía.

Me contó que estaban pasando un disgusto. Y me preguntó si había visto el ojo de su yerno y le dije que me había dado cuenta en seguida. Me dijo que tenían un inquilino en un cobertizo y que, este inquilino, en aquel cobertizo tenía una fabriquita de caballitos de cartón. Y que su yerno se había enterado que ese inquilino se ganaba muy bien la vida con los caballitos de cartón y le había querido subir el alquiler. Se había presentado a la hora de comer y había encontrado al inquilino sentado a la mesa, porque se ve que vivían y comían en el mismo cobertizo donde trabajaban y tenían la mesa y la cama en un rincón. Su yerno le presentó en seguida el recibo con el aumento y el inquilino dijo que no tenían que subírselo y el yerno que sí y el inquilino que no hasta que el inquilino se puso muy furioso y cogió un hueso de cordero que tenía en el plato y se lo tiró al yerno con tan mala suerte que le dio en mitad del ojo. Y la señora dijo, cuando usted ha entrado hablábamos de ir a ver al abogado. Y en aquel momento llamaron al timbre y la señora dijo que si quería hacer el favor de ir a abrir porque ella todavía no se había lavado la cara. Le pregunté cuál era el timbre que había sonado porque no sabía distinguir de dónde venía el timbre; y la señora me dijo que el timbre que había oído era el timbre del jardín que sonaba en la galería, porque el timbre de la puerta principal sonaba en la parte de arriba de la escalera del recibidor. Me dijo, si es alguien que viene por el anuncio del periódico, les dice que sólo admitimos a personas sin niños. Y que la torre tiene tres terrados. Si les parece bien, me llama y les haremos entrar y mi yerno les acabará de explicar los detalles y las condiciones. Abra la puerta sin furia; ya sabe que se abre hacia la calle y les podría hacer daño.

Fui a abrir la puerta y me encontré con un señor y una señora muy bien vestidos, ya viejos, y muy limpios. Dijeron que habían dejado el coche delante de la entrada principal y que se habían cansado de tocar el timbre y que no sonaba hasta que, por casualidad, habían visto el letrero y habían llamado por el jardín.

—Venimos por el anuncio de la torra ¿sabe?

Y el señor me dio un trocito de papel de periódico muy bien recortado y me dijo que lo leyese. Quise leerlo y no entendí nada porque sólo había una letra y punto. Otra letra, y punto. Dos letras, y punto. Y la dirección. Y más letras y más puntos y ninguna palabra estaba entera. No entendí nada, le devolví el papelito y le dije que los propietarios no querían niños. El señor dijo que la torre era para su hijo que tenía tres niños y que, como era muy natural, si quería alquilar una torre era justamente porque tenía niños, y dijo, medio enfadado medio en broma, ¿qué va a hacer mi hijo con los niños? ¿Llamar al rey Herodes?

Y se fueron sin decir ni buenas tardes. La señora me esperaba al lado del surtidor que tenía en el medio un niño de piedra sentado, con sombrero de paja, de color verde y azul descolorido y que llevaba un ramo de flores. Del medio de una margarita salía el agua. El señor, de pie en la galería, nos miraba, limpiándose los dientes y con una toalla al cuello porque al grifo del lavabo se le había gastado el corcho y lo tenían atado con un cordel para que no manase sin parar. Y se lavaba en la cocina. Dije a la señora que eran dos señores, matrimonio, y que aquello de que no querían niños no les había gustado ni pizca. Le dije que se habían cansado de tocar el timbre de arriba y que no sonaba. La señora dijo que, a veces, había gente pesada que a pesar de leer el letrero venga a tocar el timbre y entonces, ellos, quitaban la corriente y ya podían tocar. Mientras esperábamos que el señor acabase de limpiarse los dientes miramos el pez rojo del surtidor que se llamaba Baltasar, porque se lo regalaron al niño por Reyes y por eso le habían puesto nombre de rey. Le pregunté por qué no querían niños en la casa que alquilaban y dijo que era porque los niños lo echaban todo a perder y su yerno no los quería. Fuimos adentro y, en el momento que pisábamos el patio de cemento, ¡el timbre del jardín! Por el anuncio. Fui a abrir corriendo y era un joven y lo primero que me dijo fue que aquella casa era un ciempiés, que daban una dirección y después te hacían dar la vuelta tres horas más allá.

Y mis señores siempre tenían casas por alquilar y siempre tenía que salir a explicar la historia y, a veces, antes de poder alquilar una casa, como exigían tantas cosas, pasaban tres o cuatro meses sin alquilarla.

Decidí llevar los niños a la señora Enriqueta porque aquello no era vivir. En seguida los quiso y, a la niña, la ató por la cintura a la sillita con una bufanda. Y dijo que los tendría que haber tenido desde el primer día que yo había empezado a trabajar. La recomendé que no les diese cacahuetes y a ellos les hice prometer que no se los pidiesen porque les quitarían las ganas de comer. Duró poco. El niño estaba como amodorrado y decía sin parar que quería estar en casa. Que no quería estar en la calle. Que le dejase estar en el piso que quería estar en el piso. Y les dejé quedarse en el piso porque era verdad que, el tiempo que les había dejado solos, nunca había pasado nada.

Hasta que un día, al entrar, sentí un alboroto de alas y el niño estaba de pie en la galería, de espaldas a la luz, y pasaba un brazo por el hombro de la Rita. Y estaban muy quietos. Pero como que yo, en cuanto llegaba, andaba muy atareada en preparar la comida de todos, no hice caso. Y habían cogido la costumbre de jugar con arvejas. Cada uno tenía su cajita llena de arvejas y hacían dibujos por el suelo con las arvejas: caminos y flores y estrellas.

Ya teníamos diez parejas de palomas y un mediodía que el Quimet volvía de ver a un señor que vivía cerca de donde yo trabajaba, me vino a buscar y se lo presenté a la señora. Me fui con el Quimet y, de paso, por encargo de la señora, dejé una lista en la tienda. Cuando salí, el Quimet, que se había quedado en la calle, me dijo que si era tonta, que las arvejas de aquel tendero eran las mejores que había visto en su vida, que ya se había fijado cuando éramos novios, y me hizo volver adentro a comprar cinco kilos de arvejas. El mismo tendero me las pesó. Era un chico como el Pere, el cocinero, alto, con el pelo bien peinado y la cara un poco picada de viruelas, no mucho. Mi señora siempre decía que hacía buenos precios y que era un tendero honrado que siempre daba el peso y era de pocas palabras.

21

Cada día estaba más cansada. Muchas veces, cuando entraba en el piso, encontraba a los niños dormidos. Había puesto una manta en el suelo del comedor para que se echaran y los encontraba juntitos y dormidos como ángeles. Hasta que no los encontré nunca más dormidos y la Rita, tan pequeñita, hacía, hiii… hiii… y se miraban con el niño, y el niño, con un dedo delante de la boca, decía a la Rita, calla. Y la Rita vuelta a empezar con aquella risa, hiii… hiii… hiiii… una risa rara. Y quise saber lo que pasaba. Un día corrí más y no me paré en ningún sitio y llegué un poco antes; abrí la puerta del piso como si entrase a robar, aguantándome la respiración mientras hacía girar la llave en la cerradura. La galería estaba llena de palomas y también las había en el pasillo y los niños no estaban en ninguna parte. Tres palomas, en cuanto me vieron delante, se fueron para el balcón de la calle que estaba abierto de par en par, y escaparon dejando unas cuantas plumas y sombra. Cuatro más, se fueron hacia la galería de prisa, de prisa, dando un saltito de vez en cuando y abriendo las alas y cuando llegaron a la galería se volvieron a mirarme y las espanté con el brazo y escaparon volando. Empecé a buscar a los niños hasta por debajo de las camas y me los encontré en el cuarto oscuro donde encerrábamos al Antoni cuando era muy pequeño para que nos dejase dormir. La Rita estaba sentada en el suelo con una paloma en la falda, y el niño tenía tres palomas delante y les daba arvejas y ellas se las cogían de la mano con el pico. Cuando dije, ¿qué hacéis?, las palomas se espantaron y echaron a volar y tropezaban por las paredes. Y el niño, con las manos en la cabeza, se echó a llorar. Y el trabajo que tuve para poder sacar aquellas palomas de allí dentro… ¡y la gran comedia! Se ve que ya hacía tiempo que, por las mañanas, las palomas eran las amas del piso cuando yo estaba fuera. Entraban por la galería, corrían por el pasillo, salían por el balcón de la calle, y volvían al palomar dando la vuelta. Y así era cómo mis hijos habían aprendido a estar quietos, para no espantar a las palomas y poder tener su compañía. El Quimet lo encontró muy divertido y dijo que el palomar era el corazón, de donde sale la sangre que da vueltas por el cuerpo y vuelve al corazón y que las palomas salían del palomar que era el corazón, daban vueltas por el piso que era el cuerpo y volvían al palomar que era el corazón. Y dijo que teníamos que procurar tener más palomas, que vivían a la buena de Dios y sin dar trabajo. Cuando las palomas, en el terrado, se echaban a volar, se levantaba como una oleada de relámpagos y de alas y, antes de recogerse, picaban las barandillas y comían el revoco. Y en muchas partes de las barandillas se veían grandes calvas de ladrillo pelado. El Antoni cruzaba por entre un montón de palomas con la Rita detrás y las palomas ni se movían: algunas les abrían paso y otras les seguían. El Quimet dijo que ya que las palomas estaban acostumbradas al piso, pondría comederos en la habitación pequeña. Y si los niños se sentaban en el suelo del terrado en seguida estaban rodeados de palomas que se dejaban tocar. El Quimet le contó al Mateu que quería poner ponederos en la habitación pequeña, que caía justamente debajo de la buhardilla del terrado; sólo hacía falta abrir un agujero en el techo, una trampa, dijo, poner una escalera de listones desde el suelo al techo y las palomas tendrían el camino más corto para ir y venir del piso al palomar. El Mateu le dijo que a lo mejor el dueño no quería y el Quimet dijo que el dueño no tenía por qué saberlo y que si tenían unas palomas limpias no se podía quejar y que lo que él quería era llevar adelante la cría de palomas para acabar poniendo una granja y que nos cuidaríamos de ella los niños y yo. Le dije que era una locura y dijo que las mujeres siempre quieren mandar y que él sabía lo que se hacía y por qué lo hacía y lo dicho hecho: el Mateu, con su santa paciencia, abrió la trampa y el Quimet quería hacer la escalera y Mateu le dijo que ya traería de la obra una algo vieja, y que sólo haría falta serrar un barrote o dos, porque le parecía que era un poco demasiado larga.

Y puso ponederos abajo y de momento cerró a las parejas para que se acostumbrasen a salir directamente por la escalera, en lugar de dar la vuelta por todo el piso. Las palomas vivían a oscuras porque también les cerró la trampa, que estaba hecha de tablas y que se levantaba, por la parte de arriba, tirando de una anilla de hierro; y por la parte de dentro, cuando estábamos en lo alto de la escalera, la teníamos que levantar con la cabeza y con los hombros. No podía matar ni un pichón porque los gritos y los llantos de los niños hundían la casa. Cuando entraba en la habitación pequeña a limpiar, encendía la luz, y las palomas se quedaban cegadas y paralizadas. El Cintet, con la boca más torcida que nunca, estaba muy enfadado.

—¡Eso son, palomas de presidio!

Y las palomas encerradas a oscuras pusieron huevos y los incubaron y salieron pichones y cuando tuvieron los pichones cubiertos de plumas el Quimet levantó la trampa y, por una rejilla que había hecho en la puerta de la habitación veíamos a las palomas cómo subían la escalera: de cada revolada un travesaño o dos. La alegría que tuvo el Quimet… Decía que podríamos tener ochenta palomas y con los pichones que harían las ochenta ya podía empezar a pensar en cerrar la tienda, y hasta comprar pronto un terreno y el Mateo le haría la casa con material aprovechado. Cuando llegaba de trabajar cenaba sin saber ni lo que estaba comiendo, y en seguida hacía quitar la mesa y debajo de la luz, con el fleco color fresa, empezaba a hacer cuentas sobre una bolsa vieja para ahorrar papel; tantas parejas, tantas crías, tantas arvejas, tanto esparto… negocio redondo. Tengo que decir que las palomas tardaron tres o cuatro días en saber subir al terrado y que las de arriba las recibieron a picotazos porque ya no las conocían. La más rabiosa de todas era la blanca, la primera, la de la galería y la sangre. Y cuando estuvieron bien acostumbradas las de arriba y las de abajo, las de arriba bajaron a husmear.

La casa que nos haríamos tenía que ser en la parte alta de Barcelona. Las palomas estarían en una torre especial, con una rampa que subiría haciendo caracol hasta arriba de todo y la pared de la rampa estaría llena de ponederos y al lado de cada ponedero habría una ventanita y arriba habría una terraza cubierta de un tejado acabado en pico, y por debajo del tejado las palomas se echarían a volar por el Tibidabo y por los alrededores. Decía que las palomas le harían ser un hombre conocido porque cuando tuviese casa propia y no necesitase trabajar en el taller, haría cruces de razas y algún día ganaría un premio de criador de palomas. Pero que, de todas formas, como el oficio de ebanista le gustaba mucho, haría que el Mateo hiciese un cobertizo y tendría allí el taller y sólo haría muebles para los amigos; porque trabajar le gustaba, lo único que le molestaba era tener que tratar con señores de mala fe, porque aunque los había que eran bellísimas personas, había tantos de mala fe que a veces le quitaban las ganas del trabajo. Cuando venían el Cintet y el Mateu, todo era hacer proyectos, hasta que un día la señora Enriqueta me dijo que de cada tres parejas de palomas el Quimet regalaba dos, sólo por el gusto de regalar… y tú, trabajando como una tonta…

22

Sólo oía zureos de palomas. Me mataba limpiando porquería de palomas. Toda yo olía a palomas. Palomas en el terrado, palomas en el piso; soñaba con ellas. La chica de las palomas. Haremos una fuente, decía el Cintet, con la Colometa arriba con una paloma en la mano. Cuando iba por la calle a trabajar a casa de mis señores, el zureo de las palomas me perseguía y se me metía por el cerebro como un moscardón. A veces la señora me hablaba y yo, distraída, sin enterarme, no le contestaba, y ella me decía, ¿es que no me oye?

No podía decirle que sólo oía a las palomas, que tenía en las manos el tufo a azufre de los bebederos, el olor de las arvejas que resbalaban dentro de los comederos. No podía decirle que si un huevo se caía del ponedero a medio incubar, el olor me hacía recular aunque me apretase la nariz con dos dedos. No podía decirle que sólo oía gritos de pichones que pedían de comer con toda la furia de su cuerpo lleno de cañones amarillos clavados en la carne morada. No podía decirle que sólo oía el zureo de las palomas porque las tenía metidas en casa y que si dejaba abierta la puerta de la habitación-palomar del piso, las palomas se me desparramaban por todas partes y salían por el balcón de la calle sin parar, como en un juego de locos. Y que todo había empezado porque yo había tenido que ir a trabajar a su casa, porque estaba tan cansada que no tenía ni aliento para decir que no cuando hacía falta. No podía contarle que no me podía quejar a nadie, que mi mal era un mal para mí sola y que, si alguna vez me quejaba en casa, el Quimet decía que le dolía la pierna. No le podía decir que mis hijos eran como flores mal cuidadas y que mi casa, que había sido un cielo, ahora era un batiburrillo, y que por las noches, cuando llevaba a los niños a dormir y les levantaba el camisón y les hacía ring-ring en el ombligo para hacerles reír, sentía el zureo de las palomas y tenía la nariz llena de olor de fiebre de paloma. Me parecía que toda yo, pelo, piel y vestido, olía a paloma. Cuando no me veía nadie me olía los brazos y me olía el pelo cuando me peinaba y no comprendía cómo podía llevar pegado a la nariz aquel olor, de paloma y de pichón, que casi me ahogaba. La señora Enriqueta se metió y dijo que yo no tenía carácter, que ella ya habría acabado con ello, que nunca se hubiera dejado hacer una cosa así. La madre del Quimet, a la que veía muy poco porque se iba haciendo vieja aprisa y venir a vernos era un viaje demasiado largo para ella y yo no tenía tiempo de ir a verla los domingos, se presentó un día porque dijo que quería ver las palomas, que el Quimet y los niños cuando iban a verla, no muy a menudo dijo quejándose, sólo le hablaban de las palomas y de que pronto se harían ricos y el niño le decía que las palomas le seguían y que él y la Rita les hablaban como si fuesen sus hermanitos. Cuando sintió los zureos que venían de la habitación pequeña, se horrorizó. Dijo que aquello sólo se le podía haber ocurrido a su hijo. Y dijo que no sabía que las tuviéramos tan metidas dentro de casa. Y la hice subir al terrado y desde la buhardilla del terrado la hice asomarse a mirar por el hueco de la trampa y le dio un vahído.

—A lo mejor el Quimet hace negocio con esto…

Cuando vio el azufre dentro de los bebederos dijo que el azufre sólo se le podía dar a las gallinas, y que a las palomas les esponjaba el hígado. Y mientras hablaba, las palomas eran las dueñas del terrado. Iban, venían, volaban, volvían a bajar, se paseaban por las barandillas y se las comían a picotazos. Parecían personas. Arrancaban como un vuelo de sombras y de luz y volaban por encima de nuestras cabezas y la sombra de las alas nos manchaba la cara. La madre del Quimet, para espantarlas, movió los brazos como un molino y no la hicieron ningún caso. Los machos hacían la rueda a las hembras, el pico arriba, el pico adelante, el pico abajo, la cola extendida, las puntas de las alas barriendo el suelo. Entraban y salían de los ponederos y comían arvejas y bebían agua con azufre y su hígado como si nada. La madre del Quimet, cuando se rehízo de su vahído, quiso ver los ponederos. Las palomas, enfiebradas, nos miraban con ojos de cristal; todos los picos en fila, oscuros, con el dibujo carnoso, agujereado con dos agujeros que eran la nariz… Las buchonas parecían reyes, las monjas un montón de plumas, las de cola de pavo se enfadaron un poco y se salieron fuera y dejaron el ponedero.

—¿Vamos a ver los huevos?, dije.
—No, dijo la madre del Quimet, que a lo mejor los aborrecen. Las palomas son muy celosas y no quieren forasteros.

23

Justo al cabo de una semana de aquella visita, la madre del Quimet murió. Nos vino a avisar una vecina por la madrugada. Dejé a los niños en casa de la señora Enriqueta, para que hiciera con ellos lo que quisiera, y fui con el Quimet a verla. En el picaporte habían atado un gran lazo negro. Y un poco de aire gris de un día de otoño que comenzaba lo hacía revolotear. En el dormitorio de la muerta estaban tres vecinas. Habían quitado las cintas de los cuatro pomos de la cama y la de lo alto de la cruz. Ya la habían vestido. Le habían puesto un vestido negro con un cuello de tul que se sostenía con varillas finas y todo el bajo de la falda estaba adornado con peluche. A los pies de la cama había una corona muy grande, de hojas verdes, sin ninguna flor.

—No le extrañe, dijo una de las vecinas, muy alta y haciendo mover las manos con unos dedos largos y delgados, es una corona sin flores tal como había sido siempre su deseo. Mi hijo es jardinero y yo había quedado con ella en que, si se moría antes que yo, una corona sin flores… Era su gran manía… sin flores… sin flores, decía siempre. Las flores, decía, para las jovencitas. Y decíamos que si la que se moría primero era yo, ella me mandaría hacer una corona de flores del tiempo, que no haría la locura de hacérmela con flores que escaseasen o con flores tempranas. Porque, a mí, una corona sólo de hojas me parecería como si me hiciesen una gran comida sin postre. Y ya ven, ella ha sido la primera…

El Quimet dijo, ¿y cómo puedo yo hacer ahora la corona? Si ya la tiene.

—Si quiere, págueme la mitad… así habremos contribuido los dos.

Y otra vecina se metió: tenía la voz ronca, y dijo, si mi amiga fuese interesada, le diría que encargase otra corona a su hijo, porque un coche puede ir cargado de coronas y en los entierros de primera siempre va un coche de más para llevar las coronas que no caben en el coche de delante… coronas, mi amiga lo sabe porque mi hijo se lo explica…, también hace coronas artificiales.

Y dijo que hacía unas coronas con abalorios que duraban toda la vida. Hacía flores de abalorios: camelias, rosas, lirios azules, margaritas… flores y hojas de abalorios y ramitos ensortijados, todo de colores muy delicados. Y que el alambre con que pasaba los abalorios no se enmohecía ni con la lluvia, ni con el viento de muerte húmedo del cementerio. Y la vecina que hacía tres dijo con la voz muy triste: su madre quería una corona de hojas. Desnuda y pelada. Y dijo que había tenido una muerte como pocas: una santa muerte. Parece una niña. Y la miraba con las manos cruzadas encima del delantal.

La madre del Quimet estaba encima de la colcha de las rosas rojas, como una figura de cera. Descalza, le habían juntado los pies con un imperdible muy grande, de media a media. Dijeron que le habían quitado la cadena de oro del cuello y el anillo y se lo dieron al Quimet. Y la vecina que tenía el hijo jardinero, dijo que a la madre del Quimet hacía tres o cuatro días que le habían dado unos vahídos muy fuertes, y que decía que eran como los que había tenido el día de las palomas, y que estaba un poco asustada y no quería salir a la calle porque tenía miedo a caerse. Y mientras hablaba le pasó la mano por el pelo dos o tres veces y dijo, ¿verdad que va bien peinada? Y además dijo que por la noche, cuando estaba viva, se ve que se había encontrado mal y fue a llamar a su casa y entre ella y su hijo la habían vuelto a casa porque cuando quiso salir de casa de ellos ya no podía andar. Y entre su hijo y ella la habían metido en la cama… Ya quisiera yo tener su pelo.

La señora que tenía la voz tomada se acercó a la cama y pasó la mano por la frente de la madre del Quimet y dijo que en cuanto se habían dado cuenta de que el alma se le escapaba, le habían lavado las manos y la cara y mosén Eladi todavía tuvo tiempo de hacerle la Santa Cruz. Dijo que les había costado poco vestirla porque ya hacía tiempo que lo tenía todo preparado y siempre les enseñaba el vestido que tenía colgado en el armario en un colgador con almohadillas para que no se deformasen los hombros. Y que siempre les recomendaba que si se moría y la vestían ellas, no le pusiesen zapatos, porque si era verdad que los muertos volvían al mundo ella quería volver sin que la oyesen y sin molestar a nadie. El Quimet no sabía cómo darles las gracias y la vecina que tenía el hijo jardinero dijo: su madre era una persona muy querida, siempre moviéndose como una ardilla y dispuesta a hacer un favor… Pobre señora… Antes de ponerle el vestido le cambiamos la cinta de los escapularios y así se podrá presentar en el cielo, si no se ha presentado ya, aseada y contenta.

Y la vecina que había hablado menos se sentó, se estiró bien las faldas agarrándolas con las puntas de los dedos por los pliegues, y nos miraba. Al cabo de un rato, como no hablaba nadie, le dijo al Quimet: su madre le quería a usted mucho… y a sus niños… Pero a veces me decía que la ilusión de su vida habría sido tener una niña.

Y la vecina que tenía el hijo jardinero le dijo que había cosas que más valía no decirlas, sobre todo en ciertos momentos… Que decir a un hijo en el momento que su madre se acaba de morir, como quien dice, que su madre hubiera preferido más tener una hija, demostraba tener muy poco entendimiento. El Quimet dijo que no le contaba nada nuevo, porque su madre, cuando era pequeño, para hacerse la ilusión, le vestía de niña y le hacía dormir con camisones de niña. Y en aquel preciso momento, y sin llamar, entró la vecina que había comido con nosotros el día de aquella comida sin sal, con un ramito de pensamientos; y dijo que ya empezaba a ser hora de avisar a la funeraria.

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