La plaza del diamante (VI)

Mercè Rodoreda






24

Ni el Cintet ni el Quimet paraban de hablar de los «escamots» y de que tendrían que volver a hacer de soldados y de todo lo que hiciese falta. Yo les dije que bueno, que muy bien, que hacer de «escamots» estaba bien, pero que ellos ya habían hecho de soldados y le dije al Cintet que me dejase al Quimet tranquilo, y que no me lo encalabrinase con eso de los «escamots» porque bastantes quebraderos de cabeza teníamos ya. El Cintet estuvo ocho días sin mirarme a la cara. Y un día vino a verme, ¿qué mal hay en hacer de «escamot»?

Yo le contesté que el «escamot» lo podían hacer los otros, los que no estaban casados como ahora él, que yo no tenía nada que decir si él hacía de «escamot» pero que Quimet tenía bastante trabajo con su casa y que ya era demasiado mayorcito para eso. Y dijo que al Quimet hasta le sentaría bien porque irían a las Planas a hacer la instrucción… Y yo le dije que no quería que el Quimet fuese «escamot».

Estaba cansada; me mataba trabajando y todo iba para atrás. El Quimet no veía que lo que yo necesitaba era un poco de ayuda en vez de pasarme la vida ayudando, y nadie se daba cuenta de mí y todo el mundo me pedía más, como si yo no fuera una persona. ¡Y el Quimet venga a coger palomas y venga a regalarlas! Y los domingos se iba con el Cintet. Y eso que nos había dicho que le iba a poner un carrito a la moto para salir todos juntos al campo. Él, con el niño detrás, y yo en el carrito, con la niña. Pero, ya digo, los domingos salía con el Cintet y creo que se iban a hacer de «escamots» tal como se les había metido en la cabeza. A veces, todavía se quejaba de la pierna pero en seguida se callaba porque el niño se envolvía una pierna con un trapo y daba vueltas por el comedor haciéndose el cojo, con la Rita detrás con los bracitos arriba. Y el Quimet se enfurruñaba y decía que yo educaba a los hijos como si fuesen los hijos de un gitano.

Una tarde, cuando los niños estaban echando la siesta, llamaron a la puerta de la calle. Dos toques eran para nosotros; un toque para los vecinos del primer piso. Salí a tirar de la cuerda. Era el Mateu y desde abajo me gritó que subía. En cuanto le vi me di cuenta de que había algo que no marchaba bien. Se sentó en el comedor y empezamos a hablar de las palomas. A él, dijo, las que le gustaban más eran las que tenían un poco de capucha de plumas detrás de la cabeza y todo el cuello morado y verde, de tornasol. Decía que una paloma sin tornasol no era una paloma. Yo le dije que si se había fijado en que muchas que tenían las patas rojas tenían las uñas negras. Y él dijo que eso de las patas rojas y de las uñas negras no tenía ninguna gracia; que lo que le hacía pensar de veras era eso del tornasol. ¿Qué era lo que hacía que según de donde viniese la claridad las plumas cambiaran y parecieran verdes o moradas?

—No se lo he dicho al Quimet, pero hace pocos días he conocido a un señor que tiene palomas con corbata…

Dije que había hecho bien en callarse porque ya sólo faltaba que el Quimet me trajese palomas de otra clase. Y el Mateu dijo que aquella corbata eran plumas rizadas en medio del pecho, como un reguero, todas de satén. Y que las llamaban palomas corbata de satén. Y dijo, si el Quimet no estuviese tan distraído con las cosas que pasan por ahí, sabría que hay palomas que en vez de tener las plumas peinadas para abajo, las tienen peinadas para arriba y son las que se llaman de corbata china. Y dijo que ya se hacía cargo de lo pesado que tenía que ser cuidar de tantas palomas y tener palomas en el piso, que el Quimet era un buen muchacho, pero con sus manías… Y que cuando el Quimet le pedía una cosa él no sabía decirle que no, porque tenía una manera de mirarle que le podía… Pero que ahora comprendía que hubiera sido mejor negarse a abrir aquella trampa. Me preguntó por los niños y cuando le dije que dormían puso una cara tan triste que me asustó… Le conté que los niños y las palomas eran como una familia… Que palomas y niños eran todo uno. Y que todo había empezado por tener que dejarles solos… Y yo hablaba y veía que el Mateu no me escuchaba, que estaba lejos, que se había escapado. Hasta que al final dejé de hablar y sin mi voz él encontró su voz y dijo que ya hacía una semana que no veía a su niña porque la Griselda se había colocado de mecanógrafa y se había llevado a la niña a casa de sus padres y que él no podía vivir sin tener a la niña en su casa y sabiendo que la Griselda trataba con personas de todas clases… y la niña fuera de casa… y la niña fuera de casa… decía apenado. Hasta que al final me pidió que le perdonase por haberme venido a contar sus historias, que un hombre tiene que saber arreglárselas solo, pero que me conocía hacía tanto tiempo, y que me conocía tan bien, que le parecía como si yo fuese una hermana suya, y cuando dijo que me consideraba como si fuese hermana suya se me echó a llorar y me asusté mucho. Era la primera vez que veía llorar a un hombre, alto como un San Pablo y con los ojos azules. Cuando se calmó un poco se fue de puntillas para no despertar a los niños y cuando me quedé sola, sentí una cosa muy rara por dentro: una pena mezclada con un bienestar que seguramente no había sentido nunca.

Y me fui al terrado, con el cielo tirante y de color de fresa a la puesta del sol, y las palomas se me acercaron a los pies con las plumas lisas, con esas plumas en las que cuando llueve la lluvia resbala sin poder entrar dentro. De vez en cuando un poco de viento les levantaba las plumas del cuello… Dos o tres se echaron a volar y contra el color rojizo del poniente eran todas negras.

Por la noche, en lugar de pensar en las palomas y en mi cansancio, que a veces no me dejaba dormir, pensaba en los ojos del Mateu, con aquel color de mar. El color que tenía el mar cuando hacía sol y salía con el Quimet a correr en la moto, y, sin darme cuenta, pensaba en cosas que me parecía que entendía y que no acababa de entender… o aprendía cosas que empezaba a saber entonces…

25

Al día siguiente, en casa de mis señores, rompí un vaso y me lo hicieron pagar como nuevo aunque estaba ya un poco resquebrajado. Cuando llegué al piso, cargada con las arvejas, cansada a más no poder, tuve que pararme y todo delante de las balanzas dibujadas en la pared, que era el sitio en que se me acababa el aliento cuando estaba cansada. Le pegué un par de cachetes al niño sin razón, y lloró, y la niña, cuando le vio llorar, también se puso a llorar, y ya éramos tres, porque yo también me puse a llorar y las palomas zureaban y cuando llegó el Quimet nos encontró con la cara chorreando lágrimas y dijo que sólo le faltaba eso.

—Toda la mañana encerando y tapando agujeros de carcoma y llego a casa y en lugar de encontrarme paz y alegría, encuentro llanto y dramas. Lo que faltaba para el duro.

Y cogió a los niños de un tirón y los levantó por el aire sólo agarrados por un brazo y los paseó así por el comedor, arriba y abajo, uno en cada mano, y yo le dije que a ver si quería romperles los brazos, y dijo que si no se acababan los llantos les tiraría de cabeza a la calle. Y para no armar líos me tragué la pena y les lavé la cara a los niños y también yo me lavé la cara y no le dije que había roto un vaso y que me lo habían descontado, porque habría sido capaz de ir a ver a los señores y armarles un barullo de mil demonios.

Y fue aquel día cuando me dije que aquello se había acabado. Que se habían acabado las palomas. Palomas, arvejas, bebederos, ponedores, palomar y escalera de palo. ¡Todo a paseo! Pero no sabía cómo… Este pensamiento se me quedó dentro de la cabeza como una brasa. Y mientras el Quimet almorzaba con las piernas enroscadas en los barrotes de delante de la silla y desenroscaba una y decía, haciendo mover el pie, que tenía una especie de fuego en la rodilla que le estaba quemando los huesos, yo pensaba en acabar con el pueblo de las palomas y todo lo que el Quimet me decía me entraba por un oído y me salía por el otro como si, de oído a oído, se me hubiese acabado de hacer un agujero.

Sentía la brasa dentro del cerebro, encendida y roja. Arvejas, bebederos, comederos, palomar, y capazos de palomina, ¡todo a paseo! Escalera de palo, esparto, bolas de azufre, buchonas, ojitos rojos y patas rojas. ¡Todo a paseo! Cola de pavo, capucha, monja, palominos y palomones, ¡todo a paseo! La buhardilla del terrado para mí, la trampa tapada, las sillas dentro de la buhardilla, el camino de las palomas cerrado, el cesto de la ropa en el terrado, la ropa tendida en el terrado. Los ojos redondos y los picos afilados, el tornasol malva y el tornasol manzana, ¡todo a paseo! La madre del Quimet me había dado, sin querer, el remedio… Y empecé a molestar a las palomas mientras empollaban. Aprovechando que los niños dormían después de comer subía entonces al terrado y atormentaba a las palomas. La buhardilla del terrado abrasaba como un horno, todo el sol de la mañana se amontonaba en el techo y lo ponía ardiendo; y con la fiebre de las palomas y el olor de la fiebre, era un infierno.

La paloma que empollaba, cuando me veía cerca, levantaba la cabeza y estiraba el cuello, abría las alas, protegía. Cuando le ponía la mano debajo del pecho quería picarme. Las había que ahuecaban las plumas y no se movían, las había que huían y esperaban desasosegadas a que me marchase para volver al ponedero. Un huevo de paloma es bonito, más bonito que un huevo de gallina, más pequeño, como hecho para que quepa en la mano. Cogía los huevos de la paloma que no huía y se los pasaba por delante del pico, y la paloma, que no sabía lo que era la mano ni los huevos ni nada de nada, echaba la cabeza hacia delante, abría el pico y me quería picar. Pequeños y pulidos, los huevos estaban calientes y olían a pluma. Al cabo de unos cuantos días muchos ponederos estaban abandonados. Y los huevos, solos en medio de su nido de esparto, se pudrían. Se pudrían con el pollo dentro, todavía a medio hacer, todo sangre y yema y el corazón primero que todo.

Después iba al piso y entraba en la habitación pequeña. Una vez, una paloma salió volando por el agujero de la trampa, como un grito. Y al cabo de un rato sacó la cabeza por un lado de la trampa y me vigilaba. Las buchonas dejaban el ponedero con un vuelo torpe y se quedaban en el suelo muy acobardadas. Las cola de pavo eran las que se defendían más. Descansé una temporada y fue como si no hubiese pasado nada. Tenía que acabar. Y en lugar de espantar a las palomas para que aborreciesen a las crías, me puse a coger los huevos y a sacudirlos con rabia. Esperaba que ya estuviese el pollo dentro. Que se le atontase bien la cabeza contra la cáscara del huevo. Las palomas empollaban la cría dieciocho días; cuando estaban a medias, yo sacudía los huevos. Cuanto más avanzadas estaban en el trabajo de incubar, más se enconaban. Más fiebre. Más ganas de picar. Cuando ponía la mano debajo de las plumas calientes, la cabeza y el pico de la paloma buscaban mi mano por entre sus plumas, y cuando mi mano salía con los huevos, la picaban.

Fue una temporada de dormir desasosegado. Dormía con sobresaltos en el corazón como cuando era pequeña y mis padres se peleaban y después mi madre se quedaba triste y sin aliento, sentada por los rincones. Y me despertaba a medianoche, como si me tirasen por dentro con un cordel, como si todavía tuviese el ombligo del nacimiento y me sacasen entera por el ombligo y con aquel estirón se me fuese todo: los ojos y las manos y las uñas y los pies y el corazón con un canal en medio con un cuajarón negro de sangre prieta, y los dedos de los pies que vivían como si estuviesen muertos: era igual. Todo se lo chupaba la nada otra vez, por el cordoncito del ombligo que habían hecho secar atándolo. Y alrededor de aquel tirón que se me llevaba había como una nube de pluma de paloma, esponjosa, para que nadie se diese cuenta de nada. Duró meses. Meses y meses de mal dormir y sacudir los huevos de las palomas. Muchas empollaban sin saberlo dos o tres días más del tiempo que tenían que empollar, esperando.

Y al cabo de unos cuantos meses el Quimet empezó a gruñir y a decir que aquellas palomas no valían nada, que sólo servían para coger esparto con el pico para hacer el nido y total agua de borrajas. Todo porque sí.

Todo porque ya no podía más, con las criaturas encerradas, lavando platos en aquella casa donde nadie servía para nada, sólo para meterse cucharas llenas de comida en la boca, con un niño que les había salido escuchimizado con lo bien que debían haber querido hacerlo… Y todavía, en el terrado, había palomas zureando.

26

Y mientras yo armaba la gran revolución con las palomas vino lo que vino, que parecía una cosa que tenía que ser muy corta. De momento nos quedamos sin gas. Quiero decir que no subía al piso y que en casa de mis señores no bajaba al sótano. El primer día ya tuvimos que hacer la comida en la galería con un fogón de tierra gris sujeta con hierros negros, y con carbón de encina que yo tuve que ir a buscar, pobres piernas mías.

—Es el último —dijo la carbonera porque su marido se había echado a la calle. El Quimet también corría por las calles y cada día andaba por las calles y yo siempre pensaba que cualquier día no le volvería a ver. Se vistió con un mono azul y, al cabo de unos cuantos días de humo y de iglesias echando llamas, se me presentó con un cinturón con revólver y una escopeta de dos cañones colgada del hombro. Y hacía calor, mucho calor, la ropa se pegaba a la espalda y las sábanas se pegaban en todo el cuerpo y la gente vivía como amilanada. La tienda de abajo se quedó vacía en unos pocos días y todo el mundo hablaba de lo mismo y una señora dijo que ya se veía venir hacía tiempo y que estas cosas del pueblo en armas siempre pasaban en el verano que es cuando la sangre hierve más deprisa. Y que África se tendría que haber hundido.

Un día, a la hora en que traían la leche Sila, no la trajeron. Y los señores estaban todos sentados en el comedor esperando que trajesen la leche Sila. Y a las doce llamaron a la puerta principal y me dijeron que fuese a abrir, y el señor del guardapolvo detrás de mí. Era el hombre con el carretón de la leche Sila. Abrí la reja y el hombre me dio los dos botes encerados y yo los cogí. Y el señor del guardapolvo dijo, ya ve lo que pasa, ¿qué le parece?, ¿es que no ven que los pobres están perdidos sin los ricos?

Y el hombre de la leche Sila bajó la tapadera y le dijo al señor si quería hacer el favor de pagarle, le pagaban de semana en semana, porque no sabía si al día siguiente les podría traer más leche. Subió la señora y lo oyó, y preguntó que qué habían hecho con las vacas, y dijo que suponía que las vacas no hacían la revolución, y el hombre de la leche Sila dijo, no señora, creo que no… pero todo el mundo va por las calles y nosotros cerraremos. ¿Y qué vamos a hacer, sin leche?, dijo la señora. Y el señor se metió y dijo, cuando los obreros quieren hacerse los amos no saben cómo hacerlo. ¿Usted quiere la revolución?, dijo el señor. No señor, dijo el hombre de la leche Sila. Y ya empujaba el carretón para arriba sin acordarse que tenían que pagarle y el señor le hizo pararse y le pagó y le dijo que se veía que era una buena persona aunque fuese un trabajador, y el hombre de la leche Sila le dijo, es que ya soy viejo… Y empujó el carretón y se fue a llamar a otras casas para acabar de repartir los últimos botes. Cerré el enrejado y, al pie de la escalera de piñoncito, nos esperaba la hija de la casa, y la señora, que era su madre, le dijo, dice que mañana no tendremos leche. Y la hija dijo, ¿y qué vamos a hacer?

Cuando llegamos al comedor nos sentamos todos y el señor me contó que cada noche escuchaba la radio galena y que pronto iría todo bien porque ya avanzaban. Y al día siguiente en cuanto quité la cadena de la puerta y puse el pie en el primer escalón cubierto de flores de jazmín tiernas y secas, vi a la señora que me esperaba al lado de la mimosa. Tenía la cara rociada de gotitas de sudor y en seguida se me desahogó.

—Ayer por la tarde querían matar a mi marido.
—¿Quién? —dije—, y ella dijo; vamos al comedor que estaremos más frescas. Y en cuanto nos sentamos en las butacas de mimbre dijo, ayer, a las ocho de la tarde, a la hora en que mi marido llega del despacho, le oímos que gritaba desde el recibidor ¡subid, subid! Subí. Detrás tenía un miliciano que le apuntaba por la espalda con la escopeta.
—¿Por qué?, dije.
—Espérese, dijo la señora riendo. Le había tomado por un cura… como no tiene ni un pelo en la cabeza… el miliciano se creía que se había cortado el pelo para disimular y le traía así, desde la Travesera, la escopeta detrás y mi marido delante. Y el miliciano dijo que le detenía, y el trabajo que tuvo mi marido para hacerle venir hasta casa, para enseñarle la familia…

Me puse colorada un momento porque tuve miedo de que el miliciano fuese el Quimet que se hubiese exaltado, pero en seguida me acordé de que la señora ya le conocía. Pero el susto me lo llevé y la señora dijo que le había dicho al miliciano, veintidós años de casados. Y el miliciano se fue diciendo que le perdonasen y dice que, por la noche, todos estaban pendientes de la radio galena, y el yerno de la señora, el señor del guardapolvo, que no dejaba los auriculares a nadie, mientras escuchaba ponía una cara muy mohína y dijo que aquella noche no oía nada.

Al cabo de dos días del lío con el miliciano, a las tres de la tarde, llamaron. La señora fue a abrir y dice que, cuando bajaba los escalones de mármol de la entrada principal ya estaba asustada y que el corazón se le encogió, porque a través del cristal esmerilado de las burbujas, vio un grupo de muchas personas y sombras como de palos que eran cañones de escopeta.

Abrió y entraron cinco milicianos y un señor y una señora, que ella conocía, y que eran los propietarios de una casa de pisos en la calle de Provenza. Se ve que el señor del guardapolvo hacía años que había hecho una hipoteca sobre esa casa y como aquel señor y aquella señora no le pagaban los intereses, se les había quedado con la casa que ya era de él. Y el señor y la señora querían que la casa volviese a ser de ellos y todos se metieron en el salón del baúl de Santa Eulalia, y el señor subió y en seguida uno de los milicianos, muy bien plantado y muy delgado, le hizo sentarse delante de la mesa y le apuntó con el cañón de una «parabéllum» detrás de la oreja y le dijo que firmase un papel diciendo que les devolvía la casa a aquellos señores que eran sus propietarios. Que él se la había robado. Y que si no le podían pagar los intereses de la hipoteca era porque les cobraba el doce por ciento y que eso no se podía cobrar. Y el miliciano decía, haga el papel en seguida diciendo que devuelve la casa a estos señores, que es todo lo que tienen.

Y el señor, dijo la señora, estaba quieto como una rata, con el cañón en la oreja que no le dejaba mover la cabeza, sin decir nada y el miliciano ya se cansaba de no oírle hablar, y al cabo de un rato el señor empezó a decir muy despacio y bajito que aquellos señores no tenían razón, que él había hecho las cosas dentro de la ley, y los señores dijeron al miliciano, no le deje hablar porque si habla le convencerá. Es capaz de convencer a Dios Nuestro Señor.

Y dice que el miliciano le dio un golpe con el cañón y le dijo, ¡escriba!, y el señor volvió a hacerse la estatua. Y nadie decía nada; y el señor, cuando les tuvo bien aburridos, se puso a hablar y les convenció, pero se le llevaron al comité. Y a las diez de la noche volvió. Dijo que todos los revolucionarios le habían dicho que tenía razón él, pero que, antes de decirle que tenía razón, le habían paseado mucho rato en auto y que en la parte de atrás del coche llevaban garrafas llenas de alcohol para quemarle en un descampado. Y dijo que había hecho tan bien la comedia que los del comité habían armado un escándalo a los señores que no tenían casa, porque les habían hecho perder el tiempo y ellos no estaban para perder el tiempo. Y mientras la señora me contaba todo eso a mí me corrían las gotas de sudor por la espalda abajo, como una culebra viva. Y al día siguiente, otra vez en danza. La señora me estaba esperando al pie de los escalones debajo del jazmín quemado por el calor; y me dijo, ayer a las doce de la noche creímos que no nos librábamos.

Les habían hecho un registro porque unos inquilinos que pintaban pañuelos de seda con pistola en un garaje que les tenía alquilado su yerno, porque los inquilinos de la torre, que también era de él, no tenían auto, les habían denunciado. Pero como los del registro sólo encontraron cachivaches en los cajones y en los armarios, se fueron después de registrar. Y la señora me dijo: lo que querían esos inquilinos era que los milicianos nos cogiesen, que nos hiciesen vivir en su garaje y venir ellos a vivir a nuestra casa. ¿Qué le parece cómo va el mundo?

Se puso muy difícil lo de encontrar arvejas y las palomas empezaron a marcharse.

27

La señora Enriqueta decía que aquello era demasiado, que le habían destrozado el negocio. Todo a paso. Y a ver qué pasaba con lo que tenía en el Banco. Se puso a vender botones y ligas de caballero, en el suelo, en la calle de Pelayo. Al Quimet le veía muy poco, y ya era mucho si venía a dormir a veces. Un día me dijo que la cosa se ponía negra y que tendría que ir al frente de Aragón. Y me dijo que habían podido salvar a mosén Joan. Y que mosén Joan con un traje del Mateo y en un camión que les había conseguido el Cintet, había pasado la frontera. Toma, me dijo, y me dio dos monedas de oro y dijo que mosén Joan se las había dado para mí y para los niños, que las necesitaríamos más que él, porque a él, fuese donde fuese a parar, le ayudaría Dios y no le dejaría morir hasta que no le llegase la hora. Y guardé las dos monedas y el Quimet añadió que no dejase a mis señores, que con el tiempo que hacía que les servía, siempre me podrían sacar de un apuro y que aunque la cosa se pusiese negra se acabaría pronto y que no había más remedio que bailar con la más fea. Y dijo, parece que la Griselda va con uno muy importante y no quiere saber nada del Mateu… Cosas que pasan.

Se fue al frente de Aragón y yo seguí viviendo como siempre. Si me ponía a pensar me veía rodeada de pozos y a punto de caerme en cualquiera de ellos. Hasta que vino el discurso del señor del guardapolvo un día a la una, antes de irme a casa.

—Estamos muy contentos con usted, siempre que quiera venga a vernos. Pero resulta que nos lo han quitado todo y nos hemos quedado sin inquilinos. Nos hemos enterado de que su marido es de los que están en el tinglado y con personas así no nos gusta tener tratos, ¿comprende? Nosotros, oímos cada noche la radio galena y eso es lo que tendrían que hacer todos ustedes y verían que son unos ignorantes que viven en la luna. En vez de sacar tantas banderas, valdría más que preparasen vendas porque del trastazo que les van a pegar a todos no les va a quedar entero ni un brazo ni una pierna. Y mientras me decía eso se paseaba arriba y abajo por el comedor, y, de vez en cuando, se tocaba la nuez. Y todavía siguió: no crea que tengo nada que decir de usted… es que no podemos pagarla. Desde el primer día les estoy diciendo que sin los ricos los pobres no pueden vivir y que todos esos automóviles con que se pasean los cerrajeros y los albañiles, los cocineros y los mozos de cuerda, los tendrán que devolver con mucha sangre.

Y así acabó. Se fue a apuntalar la mimosa de la cascada que trepaba hacia arriba como un gusano y se estaba torciendo. Antes de irme, la señora me dijo que la casa donde trabajaba su marido desde hacía treinta años había pasado a manos de los empleados y que su marido tenía parte en ella. Y todavía me dijo, siempre que quiera, ya lo sabe…

A la hora de comer, como si saliesen del piso de abajo, se presentó el Quimet con el Cintet, y el Cintet me contó que él era el jefe de un cañón y que, con ese cañón, iba de un lado para otro. Habían venido del frente para verme y para traerme comida y se fueron en seguida. El Quimet, antes de irse, como los niños estaban durmiendo, les fue a dar un beso, de puntillas, para no despertarles. Aquel mismo día vino el Mateu… también con mono y fusil. Muy amohinado. Le dije que el Quimet había estado en casa hacía pocas horas con el Cinto, y dijo que le hubiese gustado mucho verles…, el sol se encendía y se apagaba y el comedor tan pronto era amarillo como blanco. El Mateu puso el fusil encima de la mesa, y, muy triste, dijo, ya ve como nos tenemos que ver los hombres de paz…

Y estaba muy preocupado, tan preocupado o más que el Quimet y que el Cintet y que yo misma. Y me dijo que él sólo vivía por dos cosas: por el trabajo y por la familia, por la Griselda y por la niña. Y que me venía a decir adiós porque se iba al frente y que a lo mejor Dios le enviaba al frente para hacerlo morir pronto porque sin la niña y sin la Griselda ya no se sentía capaz de vivir. Estuvo un rato, a veces hablando y a veces sin decir nada. Los niños se despertaron, salieron, y, después de saludarle, se pusieron a jugar en la galería, en medio de una calva de sol que se fundía y se volvía a encender. Y entonces, entre un rato de sol y otro rato de sombra, me dijo que si le podría dar alguna cosa que le sirviese de recuerdo, porque yo era la única persona que tenía en el mundo. Me puse a pensar, porque no se me ocurría lo que podría ser una cosa que sirviese de recuerdo. Y vi el ramito de boj, que se había hecho viejo en el aparador, y la cintila roja que lo ataba. Cogí el ramito de boj y desaté la cintila y se la di, y él se sacó la cartera y la puso dentro. Y de repente me salieron de no sé dónde ganas de preguntarle una cosa que nunca había tenido ocasión de preguntar, si sabía quién era la María… Que el Quimet, a veces la había nombrado… Y me dijo que estaba seguro de que el Quimet, nunca había conocido a una muchacha que se llamase María. Nunca.

Dijo que se iba, y llamó a los niños y les dio un beso en la frente y cuando estábamos en la puerta, en el momento en que yo iba a abrirla, la cerró con la mano, contra mi mano que la abría, y dijo que antes de marcharse me quería decir una cosa: que el Quimet no sabía la suerte que tenía de tener una mujer como yo, y que me lo decía en un momento en que a lo mejor no nos veríamos nunca más, para que siempre me acordase de ello… del respeto y del afecto que me había tenido desde el primer día, cuando había venido a hacernos la cocina. Y yo, para disimular, le dije que por qué se iba, que se quedase, que la Griselda al fin y al cabo era una buena chica y se daría cuenta del disparate que había hecho y me dijo, no tengo otro remedio, hay eso de la Griselda, pero también hay otra cosa más importante, porque es una cosa de todos y si perdemos nos borrarán del mapa. Se fue más triste que cuando había entrado. Tardé mucho en volver a ver al Quimet y, gracias a la señora Enriqueta, encontré trabajo de limpiadora en el Ayuntamiento.

28

Éramos una cuadrilla. La cuadrilla de la limpieza. Cuando me metía en la cama, tocaba la columna que había roto cuando nació el Antoni y que el Quimet había cambiado gruñendo, y tocaba las flores de ganchillo de la colcha, y tocando la columna y las flores, me parecía, en la oscuridad, que todo era lo mismo que antes, que al día siguiente me levantaría para preparar el almuerzo del Quimet, que el domingo iríamos a ver a su madre, que el niño estaba encerrado y llorando en la habitación donde habíamos tenido las palomas y que la pobrecilla Rita todavía estaba por nacer… Y si iba más lejos pensaba en el tiempo en que vendía pasteles, en aquella tienda llena de cristales y de espejos, tan perfumada, y que tenía un vestido blanco para ponerme y que podía pasear por las calles…

Y cuando ya creía que no volvería a ver nunca más al Quimet porque se había ido a la guerra, me llegó un domingo, lleno de polvo y cargado de comida. Dejó los paquetes encima de la mesa y el revólver y la escopeta. Dijo que necesitaban colchones y se llevó dos. El del niño, que dijo que podía dormir conmigo, y el de mi cama de soltera, de latón. Dijo que estaban muy bien atrincherados y que a veces se hablaban de trinchera a trinchera con los del otro lado, pero que si alguno se distraía y sacaba la cabeza fuera le pegaban un tiro y le tumbaban. Me dijo que no les faltaba comida y que todo el mundo les ayudaba y que todo el mundo estaba con ellos y que había mucha gente del campo que se les unía para engrosar las filas, pero que cuando tenían que regar los huertos o dar de comer a las bestias les dejaban irse y que después volvían todos. Que se pasaban días y días muy aburridos y sin tiros, sin hablar con los de enfrente, todo el rato durmiendo y que de tanto dormir él siempre estaba desvelado y se pasaba las noches mirando las nubes y las estrellas y que nunca había pensado que hubiese tantas y de tantos tamaños, siempre encerrado en el taller haciendo muebles y más muebles. Y el Antoni quería saber más cosas y se le subía en las rodillas y le hacía enseñarle cómo se disparaba el revólver y el Quimet le decía que la guerra que él hacía no era guerra y que sería la última. Y el Antoni y la Rita estaban como enamorados de su padre y él les dijo que el domingo que viene les traería juguetes, baturricos y baturricas. Comimos muy bien y después hubo que buscar una cuerda para atar los colchones y fue a casa del tendero, que no estaba muy contento con el Quimet porque me hacía comprar las arvejas de las palomas en otro sitio. Antes avisamos al tendero, por la galería, porque tenía la persiana metálica echada, y en seguida le dio un trozo muy largo de cuerda, más de la que necesitaba, y también le dio sacos y el Quimet dijo que los sacos irían muy bien para hacer parapetos. Qué había tenido una gran idea con aquellos sacos porque los llenarían de tierra, y estupendo.

—Mire, ve, si en vez de tener los años que tengo, lo dijo el tendero, tuviese su juventud, haría la guerra con usted. Ahora que tengo la tienda vacía, hasta me distraería…, en mi tiempo la guerra era de otra manera. Y usted ya debe saber cómo se hizo la gran guerra… con gases asfixiantes y todo.

El Quimet le dijo que sabía muy bien cómo se había hecho la gran guerra porque había hecho colección de generales con cromos de chocolate. Pero de la forma que la juventud de ahora hace la guerra, da gusto… Al fin y al cabo, esta guerra, en cuanto pase el primer golpe de mala sangre, es una guerra que no puede ser una guerra… vuelvo a decirle que me gusta mucho. De aquí a un mes, la paz. Tengo experiencia. Con lo que nunca he estado de acuerdo es con los paseos y con lo de picar y con lo de quemar iglesias, porque son cosas que más bien nos dejan mal…

Pero de la manera que ustedes hacen la guerra, le digo que me gusta mucho y si cuando vuelva tengo más sacos, ya lo sabe, una voz por la galería.

Y el Quimet le dijo que volvería la semana que viene.

Le conté al Quimet lo que me había pasado con los señores y que trabajaba en el Ayuntamiento y dijo que seguramente era así mejor, porque trabajar para los que dirigen la ciudad, más pronto es bueno que malo. Miró la habitación vacía de palomas y le dije que en el terrado todavía quedaban unas cuantas: las más viejas. Que con el hambre se habían vuelto medio salvajes y que no las podía cazar ni coger. Me dijo que no me preocupase, que no tenía importancia, porque todo había cambiado en la vida y todavía cambiaría más, pero en mejor y que todos tocaríamos los resultados. Se fue al amanecer. En la parte donde nace el sol todo era rojo de sangre. La bocina del camión que venía a buscar al Quimet despertaba hasta las piedras. Subieron dos milicianos a cargar los colchones y uno de aquellos milicianos le dijo al Quimet que el Cintet había desaparecido. Le habían ido a buscar y no le habían encontrado y el Quimet les dijo que no se preocupasen, que la culpa la tenía él por no haberles dicho que el Cintet había tenido que ir a Cartagena a buscar billetes de Banco y que seguramente no podría volver en media semana.

29

Al cabo de tres días justos de haberse ido el Quimet vino el Cintet con un mono nuevo, muy tieso, y todo lleno de correajes cruzados por el pecho y por la espalda y con un gran cesto de naranjas. Para los niños, dijo. Me contó que había ido a Cartagena a buscar billetes de Banco y que la avioneta era muy vieja y donde no había peso el viento levantaba un tablón del suelo y que antes de llegar a la vista de la ciudad, el aviador les dijo que a lo mejor no llegarían volando porque aquella avioneta era un cacharro y en el momento que decía que a lo mejor no llegaban, ¡zas!, se les metió un pájaro dentro por una rendija del suelo, empujado por el viento o chupado por el vacío, y queriéndolo echar y entretenidos con el pájaro, llegaron a Cartagena sin darse cuenta. De una mochila que al entrar había dejado encima de la mesa sacó seis botes de leche y un paquete de café y me dijo si le quería hacer un poco de café, porque él, lo que más echaba de menos con aquel martirio de la guerra, era el no poder comer en plato de loza ni poder tomar café en taza de porcelana, y dijo que le gustaría tomar café en aquellas jícaras de chocolate que tanto habían hecho rabiar al Quimet; y nos reímos. Dijo que me hacía todos aquellos regalos en recuerdo de los hartones que nos habíamos dado de rascar papel juntos. Mientras se hervía el agua para el café, dijo que era muy triste que nosotros, que éramos gente de paz y de alegría, tuviésemos que vernos mezclados en un trozo de historia como aquél. Y entre sorbo y sorbo de café todavía me dijo que la historia valía más leerla en los libros que escribirla a cañonazos. Yo le escuchaba muy quieta porque veía a otro Cintet, y pensé que la guerra cambiaba a los hombres. Al acabar de tomar el café, todavía volvió a hablar del viaje a Cartagena en avioneta y dijo que había sido una cosa para contársela a los nietos; que tan pronto tenían debajo un campo de nubes como el campo todo azul del mar y dijo que el mar, visto desde arriba, es de muchos colores y con corrientes de agua en el agua, y que cuando les había entrado el pájaro dentro, se había tenido que arrinconar porque el viento tenía tanta fuerza que además de levantar el suelo le levantaba a él y todo. Y que el pájaro había quedado medio muerto panza arriba y que estiraba y encogía los deditos de las patas y que al lado del pico tenía la última saliva y los ojitos medio cerrados y como de vidrio. Y acabamos hablando del Mateu. Dijo que ni él ni el Quimet se atrevían a aconsejar al Mateu porque era un poco mayor que ellos, pero que en cuanto conocieron a la Griselda dijeron en seguida que la Griselda era una muñeca y que el Mateu era demasiado hombre para una muñeca. Y que la Griselda sólo le daría quebraderos de cabeza al Mateu. Pero éstas son cosas que se han de aprender a bastonazos y no con consejos. Todavía me preguntó por las palomas. Le dije que quedaban pocas y que eran muy salvajes. Le dije que les había dado cada día un ponedero a los basureros porque todos juntos el basurero no los habría querido. Le enseñé la habitación de las palomas, que ya había limpiado hacía tiempo. Todavía tenía tufo de paloma. Había tapado la trampa desde el terrado con latas viejas y la escalera estaba tumbada en el suelo. Dijo, cuando hayamos ganado, pintaré esta habitación de color de rosa. Le pregunté que cuándo volvería y dijo que a lo mejor volvía cuando volviese el Quimet. Bajó las escaleras como un relámpago y mientras bajaba iba diciendo, adiós, adiós… Y cerró la puerta de la calle con un golpe muy fuerte. Volví al comedor, me senté delante de la mesa, y con la uña, me puse a sacar las migas de pan viejas que estaban metidas en una rendija muy grande. Y pasé un rato así. Hasta que llamaron y fui a abrir y era la señora Enriqueta con los niños que se pusieron muy contentos con las naranjas.

30

Un día, por la mañana temprano, cuando iba a trabajar, oí que me llamaban desde un coche que pasaba. Me volví, el coche se paró, y, vestida de miliciana, saltó de él la Julieta, muy delgada, muy blanca de cara, con los ojos llenos de fiebre y cansados. Me preguntó que cómo estaba y yo le dije que muy bien, con el Quimet en el frente de Aragón; y me dijo que me tenía que contar muchas cosas, que si todavía vivía en el mismo piso y que el domingo, si yo quería, le gustaría pasar la tarde conmigo. Antes de volver a subir al coche me dijo que habían matado al pastelero en la Rabassada, los primeros días de la revolución, porque tenía unos grandes líos de familia, entre un sobrino al que protegía y otro sobrino al que no quería proteger porque era un sobrino gandul y este sobrino se ve que le había hecho matar como si fuese una mala persona y un traidor. Y me dijo que ella estaba enamorada de un muchacho que también andaba por el frente. Y se fue para el automóvil y yo me fui para mi trabajo.

Y llegó el domingo. Desde las tres la estaba esperando. La señora Enriqueta había venido a buscarme los niños y se los había llevado a su casa porque unos conocidos le habían regalado unas cuantas latas de mermelada de melocotón y les iba a dar de merendar. Yo le dije que tenía que quedarme porque iba a venir a verme la Julieta, que estaba encargada de unas colonias de niños refugiados, porque venían de toda España. Y la señora Enriqueta se fue con los niños y la Julieta vino y en seguida me dijo que tenía mucho miedo de que le mataran al novio y que si se lo mataban ella se tiraría al mar porque estaba muy enamorada, y que habían dormido una noche juntos sin que pasase nada; y que por eso estaba tan enamorada, porque era tan buen chico y le parecía que la quería como pocos saben querer. Habían pasado la noche juntos en una torre requisada donde él hacía guardia porque no sé de qué partido me dijo que era. Dice que llegó allí cuando ya estaba oscuro y era el mes de octubre y se encontró, al abrir la verja, que tuvo que abrir empujándola muy fuerte porque la última lluvia había amontonado arena detrás, con un jardín lleno de hiedra y bojes y cipreses y grandes árboles y el viento arrastraba las hojas de un lado para otro y de pronto ¡zas! …, una hoja en la cara, como un muerto que se levantara. Y la casa estaba toda rodeada de jardín, y entre las sombras y el ir y venir de las ramas y la casa con todas las persianas cerradas y aquel viento y las hojas paseándose y volando, andaba con el corazón encogido. Él le había dicho que la esperaría a la entrada de la verja, pero que si no estaba allí, que entrase en seguida al jardín porque era mejor que no la viesen los vecinos. Y él tardó y ella plantada allí, mientras se iba haciendo cada vez más oscuro y los cipreses temblando sin parar, columpiándose como la sombra de muchos muertos amontonados, los cipreses negros, que son árboles de cementerio. Dice que cuando él llegó todavía se asustó más porque no le veía la cara y no sabía si era él. Y en seguida entraron en la casa y la recorrieron con una linternita y olía a abandonado y los pasos resonaban como si otras personas también anduviesen por otras habitaciones y ella pensaba que a lo mejor eran las almas de los dueños de aquella casa, que les habían matado sin dejar uno ni para un remedio, y eso la aterrorizaba. Era una casa con grandes salones y cortinas y balcones anchos y techos muy altos y una sala con paredes de espejo donde ellos dos se veían de cara, de espalda y de lado y las sombras de ellos también bailaban y el foco de la linternita estaba por todas partes a su alrededor y la rama de un árbol, flic, flac, golpeaba en los cristales o los rozaba, según si el viento quería que los rozase o los golpease. Encontraron un armario de pared lleno de trajes de noche y de abrigos de piel y dice que ella no se pudo contener y se puso uno de aquellos vestidos, uno negro con tules que volaban como una nube y rosas amarillas en el pecho y en la falda y llevaba los hombros descubiertos y dice que él la miraba sin atreverse ni a hablar y entonces fueron a una galería cubierta llena de sofás y de cojines y se echaron y se abrazaron y escuchaban el viento que arrancaba las hojas y movía las ramas y pasaron la noche así: entre despiertos y dormidos, solos en el mundo, y la guerra y el peligro cerca, y salió la luna y todo lo rayó de blanco por entre las ballestas de las persianas. Parecía la primera y la última noche de todo y se marcharon antes de que fuese de día y todo el jardín era una lucha de ramas y de viento y las hiedras que colgaban parecía que estaban vivas y que iban hacia ellos y les buscaban la cara y ella se llevó aquel vestido porque creía que no era robar si los dueños estaban muertos y lo tenía metido en una caja y cuando se sentía triste se ponía el vestido un rato y cerraba los ojos y volvía a oír el viento de aquel jardín que no era como el viento de otros sitios. Y dijo que su novio era alto y delgado y con los ojos negros y brillantes como el carbón de antracita. Y que tenía los labios hechos para hablar bajito y dar tranquilidad. Y que ella, sólo con oírle la voz cuando le pasaba por los labios, veía el mundo diferente. Y si me lo matan, dijo. Si me lo matan… Le dije que me hubiera gustado mucho pasar una noche como aquella que ella había pasado tan enamorada, pero que yo tenía trabajo limpiando despachos y quitando el polvo y cuidando de los niños y que todas las cosas bonitas de la vida, como ahora el vinito y las hiedras vivas y los cipreses taladrando el aire y las hojas de un jardín yendo de un lado para otro, no se habían hecho para mí. Que todo se había acabado para mí y que ya sólo esperaba tristezas y quebraderos de cabeza. Ella me animó, me dijo que no me acobardase porque el mundo iría mejor y todo el mundo podría ser feliz, porque habíamos venido a la tierra para ser felices y no para estar sufriendo siempre. Y que ella, sin la revolución, pobre y trabajadora como era, nunca habría tenido una noche de rico y de amor como la que tuvo. Pase lo que pase, ¡toda la vida tendré aquella noche!, con el miedo y todo y las hojas y la hiedra y la luna rayada y mi novio…

Cuando se lo conté a la señora Enriqueta se puso furiosa y dijo que esas muchachas de la revolución eran todas unas muchachas que no tenían vergüenza, que cuándo se había visto eso de pasar una noche en una casa donde a lo mejor habían matado a los dueños, sola con un muchacho y poniéndose vestidos de señora para encandilar al chico y acabar robándolos. Dijo que eran cosas que no se podían hacer ni en broma. Y dijo que los niños habían comido mucha mermelada y mientras lo contaba, ellos estaban encaramados en una silla, delante del cuadro de las langostas con cabeza de persona que salían de aquel pozo lleno de humo. El trabajo que tuve para arrancarles de allí… Y cuando íbamos los tres por la calle, yo en el medio con un hijo a cada lado, sin saber por qué: me subió desde adentro un chorro de pena caliente y se me atravesó en la garganta. Y en vez de pensar en el jardín y en las hiedras y en las rayas de la luna, me puse a pensar en el Ayuntamiento y ya está.

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Una respuesta a “La plaza del diamante (VI)

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