La plaza del diamante (VII)

Mercè Rodoreda







31

Todas las luces eran azules. Parecía el país de las hadas y era bonito. En cuanto caía el día todo era de color azul. Habían pintado de azul los cristales de los faroles altos y los cristales de los faroles bajos y en las ventanas de las casas, oscuras, si se veía un poco de luz, en seguida pitos. Y cuando bombardearon desde el mar, mi padre murió. No por culpa de las bombas del bombardeo, sino porque, del miedo, se le paró el corazón y allí se quedó. Me costaba darme cuenta de que estaba muerto porque ya hacía tiempo que estaba medio muerto… Como si no fuese nada mío, ni nada que pudiera querer como mío, como si cuando se murió mi madre mi padre se hubiera muerto también. La mujer de mi padre vino a decirme que había muerto y que a ver si podía ayudarla algo para pagar el entierro. Hice lo que pude, que no era mucho, y cuando ella se fue, por un momento, sólo por un momento, de pie en medio de mi comedor, me vi pequeña con un lazo blanco en la cabeza, al lado de mi padre, que me daba la mano y andábamos por calles con jardines y siempre pasábamos por una calle de torres que tenía un jardín con un perro que, cuando pasábamos, se tiraba contra la verja y nos ladraba; por un momento me pareció que volvía a querer a mi padre o a parecerme que le había querido mucho tiempo. Le fui a velar y sólo le pude velar dos horas porque al día siguiente tenía que levantarme temprano para ir a limpiar despachos. Y a la mujer de mi padre puede decirse que no la volví a ver nunca. Me llevé un retrato de mi padre que mi madre había llevado toda la vida en un medallón y se lo enseñé a los niños. Casi no sabían quién era.

Hacía tiempo que no sabía nada del Quimet ni del Cintet ni del Mateu, cuando un domingo se me presentó el Quimet con siete milicianos, cargado de comida y de miseria. Sucio y desastrado y todos los demás igual. Los siete se fueron y dijeron que vendrían al día siguiente por la madrugada a buscarlo. El Quimet me dijo que en el frente comían poco porque la organización fallaba y que estaba tuberculoso. Le pregunté si se lo había dicho el médico y me dijo que no necesitaba ir al médico para saber que tenía los pulmones llenos de cavernas y que no quería dar ningún beso a los niños para no pasarles los microbios. Le pregunté si se podría curar y me dijo que a su edad cuando se agarraba una cosa de éstas ya la tenías encima para toda la vida, que las cavernas se van ahondando y cuando tienes los pulmones como un colador, con la sangre que anda perdida y sale por la boca porque no sabe dónde meterse, entonces ya puedes preparar la caja. Y dijo que no sabía la suerte que tenía yo con tener tanta salud… Le conté que las palomas se habían escapado y que sólo quedaba una de aquellas de los lunarcitos, delgada como un alambre, que siempre volvía… Y dijo que si no fuera por la guerra ahora tendría una casita y la torre de las palomas llena de ponederos hasta arriba, pero añadió que todo se arreglaría y que, al venir, habían pasado por muchas masías que les habían dado huevos y verduras para que los llevasen a sus casas. Estuvo tres días con nosotros porque al día siguiente los siete milicianos le vinieron a decir que les habían dicho que se tenían que quedar. Y los tres días que estuvo en casa no paraba de decir que en ninguna parte del mundo se estaba mejor que en casa y que cuando se acabase la guerra se metería en casa como una carcoma dentro de la madera y que nadie le volvería a sacar de allí. Y mientras hablaba metía la uña en la rendija de la mesa y hacía saltar las cortecitas de pan que se metían allí y me extrañó mucho que hiciese una cosa que yo hacía a veces y que él no había visto nunca que la hacía.

Los pocos días que estuvo con nosotros dormía después de comer y los niños iban a su cama y dormían con él porque, como le veían poco, le querían mucho. No me gustaba nada tener que dejarles cada mañana para ir a limpiar despachos. Quimet dijo que aquello de las luces azules le ponía de mal humor y que si algún día podía mandar, haría poner todas las luces rojas como si todo el país tuviese sarampión, porque él, dijo, también sabía hacer bromas. Y que eso de las luces azules era una cosa que no servía para nada: que si querían bombardear bombardearían aunque las luces estuviesen pintadas de negro. Me di cuenta de que tenía los ojos muy hundidos como si los hubiesen empujado para acabarlos de meter adentro del todo. Cuando se fue me abrazó muy fuerte y los niños se lo comieron a besos y le acompañaron hasta abajo de la escalera y yo también, y cuando subíamos, cuando estuve entre el rellano del primer piso y el mío, me paré y pasé el dedo por los platillos de las balanzas de la pared, y la niña me dijo que le dolía la cara porque la barba de su padre pinchaba.

La señora Enriqueta vino a verme, porque cuando sabía que el Quimet estaba en casa no se acercaba para no estorbar, y me dijo que era cosa de pocas semanas, que nosotros ya habíamos perdido… dijo que cuando ellas se habían juntado ya era como si nosotros hubiéramos perdido y ellos hubiesen ganado y que sólo tenían que empujar. Y dijo que sufría mucho por nosotros porque si el Quimet se hubiese estado quietecito no nos pasaría nada, pero que de la manera que se había comprometido, vete a saber cómo acabaría. Lo que me dijo la señora Enriqueta se lo conté al tendero de abajo y me dijo que no me fiase de nadie. Y le dije a la señora Enriqueta que el tendero de abajo me había dicho que no me fiase de nadie y ella me dijo que el tendero de abajo hacía novenas para que perdiésemos, porque con la guerra ganaba poco aunque vendiese algo a escondidas y caro, además del racionamiento. Que el tendero de abajo sólo quería paz porque vender a escondidas le hacía vivir con el alma en un hilo y que el caso era acabar como fuese, pero acabar. Y el tendero de abajo me decía que la señora Enriqueta sólo vivía pensando en los reyes. Y la Julieta volvió a venir y me dijo que los viejos eran los que estorbaban, que todos pensaban al revés y que la juventud quería vivir sanamente. Y dijo que, vivir sanamente, está mal visto por según qué clase de personas y que si quieres vivir sanamente se te echan encima como ratas venenosas, y te cogen y te hacen meter en la cárcel.

Le hablé de los niños y le dije que cada día tenían menos que comer y que no sabía lo que hacer y que si me cambiaban al Quimet de frente, como había dicho que podía ocurrir, todavía lo vería menos a menudo y no podría traerme las pocas provisiones que nos traía y que nos ayudaban mucho. Me dijo que ella podría meterme al niño en una colonia, que la niña no me lo aconsejaba porque era una niña, pero que al niño hasta le sentaría bien tratar con otros niños y que eso le prepararía mucho para la vida. Y el niño, que nos estaba escuchando, cogido a mis faldas, dijo que no se quería mover de casa aunque no pudiese comer nada… Pero encontrar comida me resultaba tan difícil que le dije que no había otro remedio, que sería una temporada corta y que vería cómo le gustaba poder jugar con niños como él. Tenía en casa dos bocas abiertas y no tenía nada con que llenarlas. No se puede contar, lo tristemente que lo pasábamos: nos metíamos temprano en la cama para no acordarnos de que no teníamos cena. Los domingos no nos levantábamos para no tener nunca hambre. Y en un camión que hizo venir la Julieta, se llevaron al niño a la colonia, después de haberle convencido con buenas palabras. Pero él se daba cuenta de que le engañábamos. Se daba más cuenta que yo de que le engañaban. Y cuando hablábamos de llevarle a la colonia antes de llevarle, bajaba la cabeza y no abría la boca, como si los mayores no existiésemos. La señora Enriqueta le prometió que iría a verle. Yo le dije que iría cada domingo. El camión salió de Barcelona con nosotros arriba y una maleta de cartón atada con una cuerda, y entró por la carretera blanca que llevaba al engaño.

32

Subimos por una escalera de piedra, muy estrecha, con los escalones muy altos, entre paredes y con techo, y fuimos a salir a una terraza toda llena de niños. Llevaban la cabeza afeitada, todos tenían la cabeza llena de bultos y sólo se les veían los ojos. Gritaban y corrían y al vernos, callaron unos después de otros y nos miraban como si no hubiesen visto nunca otras personas en el mundo. Una profesora joven se nos acercó y nos hizo entrar en un despacho y tuvimos que atravesar toda la terraza y pasar por en medio de los niños. La profesora nos hizo explicar y la Julieta le enseñó un papel y le dijo que, como yo no tenía comida, quería dejar al niño allí porque, por lo menos, comería. La profesora le miró y le preguntó si quería quedarse; y el niño ni palabra; entonces ella me miró y yo la miré y dije que habíamos hecho el viaje para llevar al niño a la colonia y que ya que le habíamos traído se tenía que quedar; y la profesora dijo, mirándome a los ojos pero con una mirada dulce, que todos aquellos niños acababan de llegar y que a lo mejor a mi niño aquello no le gustaría, que no parecía un niño para aquella casa. Le volvió a mirar y me di cuenta en seguida de que le miraba y le veía como era: como una flor. Tanto que me había hecho sufrir los primeros meses de vida y parecía mentira cómo se había hecho una preciosidad y con una onda de pelo sobre la frente, brillante como agua negra, y unas pestañas de artista. Y la piel de seda: los dos. Lo mismo el Antoni que la Rita. No eran como antes de la guerra, claro, pero todavía eran guapos. Y dije que le dejaba, y eché a andar con la Julieta hacia la puerta y entonces el niño se me echó encima como una fiera desesperada y lloraba a lágrima viva y gritaba que no le dejase, que quería estar en casa, que las colonias no le gustaban, que no le dejase y que no le dejase. Y yo tuve que hacer de tripas corazón y le aparté y le dije que no exagerase más, que se tenía que quedar y que se quedaría. Que allí estaría muy bien y que en seguida se haría amigos y jugaría con los otros niños y él dijo que ya les había visto, que todos eran malos y le pegarían, y que no se quería quedar. La Julieta ya se estaba ablandando, y yo, seguía dura. Y la profesara tenía gotitas de sudor en la frente, y la Rita agarrada a la mano de la Julieta dijo que quería al Antoni. Entonces me acurruqué delante del niño y le expliqué muy claro que no podía ser, que no teníamos para comer, que si se quedaba en casa nos moriríamos todos. Que estaría allí poco tiempo, el tiempo que las cosas tardasen en ponerse mejor y que se pondrían mejor en seguida… Y él, con los ojos bajos y la boca apretada y las manos colgando; y cuando ya me creía que le había convencido y empezábamos a salir, volvió a las mismas. Arrancó hacia mí y agarrado a la falda y no me dejes, no me dejes, que me moriré y todos me pegarán y yo que no se moriría y que no le pegarían, y salimos a escape, yo arrastrando a la niña y la Julieta delante y atravesamos aquella nube de niños pelados y antes de bajar la escalera me volví a mirar y le vi de pie, al otro lado de la terraza, de la mano de la profesora, sin llorar y con cara de viejo.

La Julieta dijo que ella no habría podido hacerlo y el coger que era amigo de la Julieta preguntó que cómo había ido y yo se lo conté y volvimos para Barcelona sin hablar como si entre todos hubiésemos hecho una cosa fea. A medio camino se puso a llover y la varita iba de un lado para otro, limpia que limpia, y como un río de llanto el agua resbalaba por el cristal abajo.

La Señora Enriqueta iba a ver al niño cada domingo y cuando volvía siempre decía, bien… bien… Yo no tenía tiempo de ir. La Rita podía comer un poco más, pero en los ojos se le veía que echaba de menos al Antoni y tampoco hablaba. Cuando volvía a casa siempre la encontraba donde la había dejado. Si era de noche, al lado del balcón. Si habían tocado las sirenas, al lado de la puerta del piso, con los labios temblando, pero sin decir nada. Como un bofetón. Como dos bofetones. Hasta que un miliciano llamó a la puerta para decirme que el Cintet y el Quimet habían muerto como unos hombres. Y me dio todo lo que quedaba del Quimet: el reloj.

Y subí al terrado a respirar. Me acerqué a la barandilla que daba a la calle y me quedé allí quieta un rato. Hacía viento. Los alambres de tender la ropa, enmohecidos de tanto no usarlos, se balanceaban, y la puerta de la buhardilla, pam, pam… La fui a cerrar. Y allí dentro, en el fondo, patas arriba, estaba una paloma, aquella de los lunares. Tenía las plumas del cuello mojadas por el sudor de la muerte y los ojitos legañosos. Huesos y plumas. Le toqué las patas, sólo pasarle el dedo por encima, dobladas hacia atrás, con los deditos haciendo gancho. Ya estaba fría. Y la dejé allí, que había sido su casa. Y cerré la puerta. Y volví al piso.

33

Cuando alguna vez había oído decir: esta persona es como de corcho, no sabía lo que querían decir. Para mí, el corcho era un tapón. Si no entraba en la botella después de haberla destapado, le afilaba con un cuchillo como si hiciese punta a un lápiz. Y el corcho chirriaba. Y costaba de cortar porque no era ni duro ni blando. Y por fin entendí lo que querían decir cuando decían que una persona era de corcho… porque yo era de corcho. No porque fuese de corcho sino porque me hice de corcho y el corazón de nieve. Tuve que hacerme de corcho para poder seguir adelante, porque si en vez de ser de corcho con el corazón de nieve, hubiese sido como antes, de carne que cuando la pellizcas te hace daño, no hubiera podido pasar por un puente tan alto y tan largo. Metí el reloj en un cajón y pensé que sería para el Antoni cuando fuese mayor y no quería pensar en que el Quimet estaba muerto. Quería pensar que era como siempre: que estaba en la guerra y que cuando se acabase la guerra volvería con su dolor en la pierna y todo lleno de agujeros dentro de los pulmones y que el Cintet vendría a vernos con los ojos fuera de la cara, aquellos ojos pasmados de tan quietos, y con la boca torcida. Por la noche, si me despertaba me sentía por dentro como una casa cuando vienen los hombres de la mudanza y la sacan todo de su sitio. Así estaba yo por dentro: con los armarios en el recibidor y las sillas patas arriba y las taras por el suelo a punto de envolverse en papel y de meterlas en una caja con paja y el somier y la cama desarmados contra la pared y todo manga por hombro. Me puse de luto como pude, porque por el Quimet respetaba el luto, así como no lo respeté por mi padre, con la excusa de que todo estaba demasiado revuelto para pensar en lutos y en cosas de esas. Y andaba por las calles, sucias y tristes de día, oscuras y azules por la noche, toda de negro y, arriba de todo, como una mancha blanca, la cara que se me estaba haciendo pequeña.

La Griselda vino a verme. A darme el pésame, dijo. Llevaba unos zapatos de piel de serpiente, el portamonedas igual, y un vestido blanco con flores rojas. Me dijo que tenía noticias del Mateu, que estaba bien, porque aunque cada uno viviese su vida, habían quedado amigos por respeto a la niña. Que nunca se habría podido pensar que el Quimet y el Cintet, tan chavales, pudiesen morir. Estaba más guapa que nunca: más fina, más blanca de piel, con más agua verde en los ojos, más tranquila, más como esas flores que por la noche se cierran para dormir. Le conté que tenía al niño en una colonia de niños refugiados y me miró con aquellos ojos de menta y dijo que le compadecía, que no me lo decía para asustarme, pero que eso de las colonias era una cosa muy triste.

Y sí. La Griselda tenía razón: la colonia era una cosa muy triste… Cuando se acabó el tiempo que el niño tenía que estar allí, la Julieta fue a buscarle. Era otro niño. Me habían hecho un cambio. Estaba hinchado, ventrudo, con los carrillos redondos, y con dos huesos por piernas, quemado del sol, con la cabeza pelada, llena de costras, y con un ganglio en el cuello. Ni me miró. Se fue en seguida al rincón de sus juguetes y los tocó con la punta del dedo como yo había hecho con los deditos de la paloma de los lunares, y la Rita le dijo que no le había estropeado nada. Y mientras ellos dos estaban con los juguetes, la Julieta y yo nos mirábamos y oímos que la Rita le decía que su padre se había muerto en la guerra, que todo el mundo se moría en la guerra y que la guerra era una cosa que mataba a todo el mundo. Le preguntó si en la colonia se oían las sirenas… La Julieta, antes de dejarnos, dijo que procuraría llevarme botes de leche y de carne en conserva. Y aquel día, para cenar, comimos entre los tres una sardina y un tomate florido. Y si hubiésemos tenido gato, no habría podido encontrar las espinas.

Y dormimos juntos. Yo en el medio y un niño a cada lado. Si teníamos que morir, moriríamos así. Y si por la noche había alarma, y las sirenas nos despertaban, no decíamos nada. Nos quedábamos quietos, sólo escuchando, y cuando tocaban la sirena de acabado el peligro, dormíamos si podíamos pero no sabíamos si estábamos dormidos porque no hablábamos nunca.

El último invierno fue el más triste. Se llevaban a los muchachos de dieciséis años. Y las paredes estaban llenas de carteles y yo, que no había entendido aquel cartel que decía que teníamos que hacer tanques, y que nos había hecho reír tanto a la señora Enriqueta y a mí, cuando veía algún trozo por alguna pared, ya no me daba risa. Había hombres muy mayores que aprendían a hacer la guerra por las calles. Jóvenes y viejos, todo el mundo a la guerra, y la guerra les chupaba y les daba la muerte. Muchas lágrimas, mucho mal por dentro y por fuera. Alguna vez pensaba en el Mateu. Le veía de pie en el pasillo, como si fuese de verdad, tan de verdad que me asustaba, con sus ojos azules, tan enamorado de la Griselda y sin la Griselda que quería a otro. Y aquella voz del Mateu cuando me dijo que tenían que ir allá todos. Y todos se iban quedando allá como ratas en la ratonera. No hay más remedio. No hay más remedio. Antes de venderme las dos monedas de mosén Joan, me lo vendí todo: las sábanas bordadas, la mantelería buena, los cubiertos… me lo compraban las que trabajaban conmigo en el Ayuntamiento y después lo vendían ellas y hacían negocio. Con muchos esfuerzos apenas podía comprar para comer, porque casi no tenía dinero y porque no había comida. La leche no era leche, la carne era de caballo, decían.

Y empezaron a marcharse. El tendero de abajo decía: mira, mira, tantos periódicos y tantos carteles… hala… hala… a correr mundo. Y el último día hacía viento y hacía frío y el viento hacía volar los papeles desgarrados que llenaban las calles de manchas blancas. Y el frío dentro del cuerpo era un frío que no se acababa nunca. No sé cómo vivimos aquellos días. Entre el tiempo de marchar los unos y de entrar los otros, me encerré en el piso. La señora Enriqueta me llevó unas cuantas latas de un almacén de por allí cerca que los vecinos habían asaltado. No sé quién me dijo que daban de comer no sé dónde y fui allí. No lo sé. Cuando volví, el tendero estaba en la puerta y no me saludó. Por la tarde fui a ver a la señora Enriqueta y me dijo que ya habíamos dado un paso adelante y que estaba segura de que volveríamos a tener rey. Y me dio media escarola. Y vivíamos. Todavía vivíamos. Y yo no sabía nada de lo que pasaba hasta que un día la señora Enriqueta vino a decirme que sabía de cierto que habían fusilado al Mateo en medio de una plaza y cuando le pregunté que en qué plaza porque no sabía qué decir, dijo que en medio de una plaza, pero que no sabía en qué plaza, sí, sí, te lo puedes creer, los fusilan a todos en medio de una plaza. Y la pena grande no me salió de dentro hasta al cabo de cinco minutos y dije bajito como si se me acabase de morir el alma dentro del corazón, eso no… eso no… Porque no podía ser que al Mateo lo hubiesen fusilado allá en medio de una plaza. ¡No podía ser!, ¡no podía ser! Y la señora Enriqueta me dijo que si hubiera sabido que me lo iba a tomar tan a la tremenda, que me había quedado sin sangre en la cara, no me habría dicho nada.

Sin trabajo, sin nada que hacer, acabé de venderme todo lo que tenía: mi cama de soltera, el colchón de la cama de las columnas, el reloj del Quimet que quería darle al niño cuando fuese mayor. Toda la ropa. Las copas, las jícaras, el aparador… Y cuando ya no me quedaba nada, aparte de aquellas monedas que me parecían sagradas, agarré la vergüenza por el cuello y me fui a casa de mis antiguos señores.

34

Otra vez tuvo un tranvía que parar en seco cuando crucé la calle Mayor; el conductor me regañó y vi gente que se reía. Me paré en la tienda de los hules haciendo que miraba, porque si tengo que decir la verdad he de decir que no veía nada: sólo manchas de colores, sombras de muñeca… Y de la puerta salía aquel olor antiguo de hule que se me metía por la nariz hasta el cerebro y me lo enturbiaba. El tendero de las arvejas tenía la tienda abierta. Una criada barría la calle delante de la pensión de la esquina, y, en el bar habían puesto un toldo de otro color y volvían a tener tiestos con flores. Fui hasta la puerta del jardín, y, sin darme cuenta, tiré de la puerta por la cerradura y tuve que hacer un esfuerzo; siempre había costado abrirla, pero con el tiempo que había pasado todavía costaba más. Por fin la pude abrir un poco, y, por la rendija, metí la mano para sacar la cadena de delante… y de repente me lo pensé y retiré la mano y volví a cerrar la puerta que se arrastraba mucho por el suelo, y toqué el timbre. En seguida se asomó el señor del guardapolvo en la galería, miró y vino a abrir.

—Diga.

Dijo, diga, con una voz más seca que un latigazo. Oí que andaban sobre la arena y era la señora que venía a ver quién había llamado. En cuanto la señora se acercó, el señor nos dejó solas y se fue para dentro. Y la señora y yo también fuimos jardín adelante y en el patio de cemento nos paramos. El niño estaba metido dentro del lavadero, que estaba vacío, y con una rasqueta iba raspando la espuma verde del jabón. No me conoció. Dije a la señora que buscaba trabajo, que había pensado que a lo mejor ellos… y el señor que debió oírme salió y dijo que no tenían trabajo para nadie, que quien quisiese trabajo que subiese aquí arriba y que ellos habían perdido mucho y que tenían que recuperar lo que habían perdido y que los de la revolución, a freír espárragos. Y que no estaban para compromisos, que no querían pobretería en su casa, que preferían tener la casa sucia a tener que tratar con pobretería. La señora le dijo que se calmase y dijo, mirándome, que todo aquello de la guerra le había atacado a los nervios y que por cualquier cosa se ponía por las nubes…, pero que era verdad que tenían que hacer ahorros, y si no que mirase al niño, pobrecito, que tenía que limpiar el lavadero, que la cosa no estaba para tener interinas. Y cuando les dije que el Quimet había muerto en la guerra, el señor dijo que lo sentía mucho pero que él no le había mandado ir. Y dijo que yo era roja, y dijo, ¿comprende usted?, una persona como usted más bien nos compromete, nosotros no tenemos ninguna culpa, y la señora me acompañó, y cuando estuvimos al lado del surtidor se paró y dijo que ahora le salía el cardenal, quería decir a su yerno, porque aquello de que le paseasen de momento se lo tragó, pero después no había podido acabar de pasarlo y más bien le había quedado como una especie de resquemor, y me dijo que, también a ellos, les hacía padecer mucho. Salí a la calle y le ayudé a cerrar la puerta empujando desde la calle con una rodilla y ella decía que la madera se había hinchado con la lluvia y que por eso se arrastraba. Me paré delante del tendero de las arvejas para respirar un momento; la tienda estaba medio vacía y no había sacos en la calle. Seguí adelante y en la tienda de los hules me paré a mirar las muñecas y un oso pequeño de peluche blanco con la parte de dentro de las orejas de terciopelo negro, y llevaba un mono también de terciopelo negro. Cinta azul en el cuello. La punta de la nariz de terciopelo negro. Me miraba. Estaba sentado a los pies de una muñeca muy rica. Tenía los ojitos de color de naranja y la niña brillante y oscura como un pozo; y con los brazos abiertos, y las plantas de los pies blancas, parecía un pasmarote. Me encanté tanto que no me acuerdo del tiempo que pasó hasta que me sentí muy cansada y en el momento en que iba a cruzar la calle Mayor, cuando ya había puesto un pie abajo de la acera y todavía tenía el otro encima del bordillo, en pleno día y cuando ya no había luces azules, las vi. Y caí al suelo como un saco. Y cuando subía las escaleras de casa y me paré a respirar al pie de las balanzas, no me acordaba de lo que me había ocurrido, como si el tiempo que había pasado entre poner un pie en la calle y llegar a las balanzas, fuese un tiempo que no hubiera vivido nunca.

La señora Enriqueta me encontró una portería para ir a fregar la escalera los sábados, y dos mañanas cada semana iba a limpiar una sala donde hacían películas de todas las cosas que pasan por el mundo. Pero todo junto era como un grano de arena tirado en el suelo. Y una noche, con la Rita a un lado, y Antoni al otro, con las varillas de las costillas que les agujereaban la piel y con todo el cuerpo lleno del dibujo de las venas azules, pensé que los mataría. No sabía cómo. A puñaladas no podía ser. Taparles los ojos y tirarles por el balcón no podía ser… ¿Y si sólo se rompían una pierna? Tenían más fuerza que yo, más fuerza que un gato seco. No podía ser. Me dormí con la cabeza que se me partía y con los pies como de hielo. Y vinieron unas manos. El techo de la habitación se hizo blando como si fuese de nubes. Eran unas manos de algodón flojo, sin huesos. Y mientras bajaban se hacían transparentes, como mis manos, cuando, de pequeña, las miraba contra el sol. Y esas manos que salían del techo juntas, se separaban mientras bajaban, y los niños, mientras las manos bajaban, ya no eran niños. Eran huevos. Y las manos cogían a los niños todos hechos de cáscara y con yema dentro, y los levantaban hasta muy alto y les empezaban a sacudir: Al principio sin prisa y en seguida con rabia, como si toda la rabia de las palomas y de la guerra y de haber perdido se hubiese metido en aquellas manos que sacudían a mis hijos. Quería gritar y la voz no me salía. Quería gritar que viniesen los vecinos, que viniese la policía, que viniese alguien a llevarse aquellas manos y cuando ya tenía el grito a punto de salir, lo pensaba y dejaba el grito dentro porque la policía me habría cogido a mí porque el Quimet había muerto en la guerra. Aquello tenía que acabarse. Tenía que buscar el embudo. Ya hacía dos días que no habíamos probado nada. Ya hacía tiempo que me había vendido las dos monedas de mosén Joan, me las vendí como si me arrancasen a lo vivo todos los dientes de la boca. Todo se había acabado. ¿Dónde estaba el embudo? ¿Dónde lo había puesto? Entre las cosas que había ido vendiendo estaba segura de que no estaba el embudo. ¿Dónde estaba, dónde? Después de mucho buscar y de mucho dar vueltas lo encontré boca abajo encima del armario de la cocina. Encaramada en una silla lo encontré allí, esperándome. Boca abajo y cubierto de polvo. Lo cogí no sé por qué, lo limpié y lo guardé dentro del armario. Sólo tenía que comprar el aguafuerte. Cuando durmieran, primero a uno y después a otro, les metería el embudo en la boca y les echaría el aguafuerte dentro y después me lo echaría yo y así acabaríamos y todo el mundo estaría contento, que no habíamos hecho mal a nadie y nadie nos quería.

35

No tenía ni cinco céntimos para ir a comprar el aguafuerte. El tendero de abajo ni me miraba y yo creo que no era porque él fuese malo sino porque le daba miedo, con tantos milicianos que habían venido a casa. Y como una iluminación me acordé del tendero de las arvejas. Iría con la botella, pediría el aguafuerte y al ir a pagar abriría el portamonedas y diría que me había dejado el dinero en casa, que ya lo pagaría mañana. Salí de casa sin portamonedas y sin botella. No me vi con valor. Salí, no sé a qué. Por salir, nada más. Los tranvías corrían sin cristales, con rejilla de mosquitos. La gente iba mal vestida.

Todo estaba todavía como cansado por una gran enfermedad. Y empecé a andar por las calles, así, mirando a las gentes que no me veían y pensando que no sabían que quería matar a mis hijos quemándolos por dentro con aguafuerte. Y empecé a seguir, sin darme cuenta de que la seguía, a una señora muy gorda y con mantilla que llevaba dos velas envueltas hasta la mitad con papel de periódico. Estaba nublado y sereno. Cuando salía un rayo de sol, la mantilla de la señora brillaba y la trasera del abrigo de la señora también brillaba y era de color de ala de mosca como la sotana de mosén Joan. Un señor que venía de frente saludó a la señora y se pararon un momento y yo hice como que miraba un escaparate y veía la cara de la señora dentro de la luna, y era una cara con carrillos de perro y la señora se puso a llorar y al mismo tiempo levantó un poco el brazo y enseñó las velas a aquel señor y se dieron la mano y cada uno se fue por su camino y yo volví a seguir a la señora porque me hacía compañía el mirarla y el mirar la mantilla que al andar se le hinchaba un poco por cada lado. Estuvo mucho rato sin salir el sol y, todo se fue oscureciendo y comenzó a lloviznar; ya, antes de llover, una acera estaba llena de humedad y la otra seca. La lluvia las puso en seguida iguales. La señora de las velas llevaba paraguas y lo abrió, en seguida se le puso brillante y de la punta de las varillas pronto empezaron a caer gotas de lluvia. Había una gota que siempre le caía en medio de la espalda como si siempre fuese la misma, y resbalada hacia abajo poco a poco. A mí se me iba mojando el pelo y aquella señora andaba, andaba, como un escarabajo, decidida y tozuda, y yo detrás de ella hasta que llegó delante de una iglesia y cerró el paraguas, que: era de hombre, y se lo colgó al brazo. En aquel momento vi a un muchacho sin pierna que venía hacia mí. Se detuvo delante de mí y me preguntó que cómo estaba, y yo, aunque me parecía que le conocía, no sabía quién era y preguntó cómo estaba mi marido y me dijo que él, ahora, tenía una tienda propia y que había hecho la guerra en el otro lado y que eso le daba muchas facilidades para vivir; y yo sin acabar de conocerle, aunque sabía que le conocía, y me dio la mano y se fue después de decirme que sentía mucho la muerte de mi marido; y cuando debía de estar a unos cincuenta pasos, supe, como si me hubiesen soplado la verdad adentro, que era el aprendiz que había tenido el Quimet y que para tan poca cosa le había servido.

Y la señora del paraguas de hombre y de las velas estaba en el portal de la iglesia buscando el portamonedas para darle limosna a una pobre, vestida de harapos, con un niño medio desnudo colgado del cuello, y a la señora le costaba mucho abrir el portamonedas, entre las velas y el paraguas, porque una varilla se le había enganchado en la vuelta del bolsillo y el poco de aire que le echaba la mantilla a un lado de la cara le debía quitar la vista. Cuando dio la limosna se metió en la iglesia por la puertecita pequeña y yo, sin saber lo que hacía, también me metí dentro. La iglesia rebosaba de gente y el cura corría de un lado para otro, con dos monaguillos para servirle, con los roquetes almidonados acabados en una punta almohadillada de un palmo de ancha. La casulla del cura era blanca, de seda con ramos, toda rodeada de un entredós dorado, y en el medio tenía una cruz de pedrería clara; y entre los brazos de la cruz, en la juntura, salían rayos de luz roja, que querían ser luz y parecían sangre. Me fui acercando al altar mayor. No había entrado en una iglesia desde el día en que me casé. De las ventanas estrechas y altas, algunas con los cristales rotos y dejando ver a trozos el cielo nublado, caían manchas de colores, y el altar mayor, todo lleno de lirios de San Antonio, con la rama y las hojas de la rama de oro fino, era un grito de oro que subía hasta arriba, llevado hasta lo alto por todas las columnas, hasta las agujas del techo, que recogían el grito y lo mandaban al cielo. La señora del paraguas de hombre encendía las velas y mientras las encendía y mientras las colocaba, la mano le temblaba. Cuando las puso se santiguó y se quedó de pie, como yo. La gente se arrodillaba y yo, viéndoles a todos arrodillados, no me acordé de arrodillarme y la señora también estaba de pie, a lo mejor porque no se podía arrodillar, y vino el incienso y mientras el incienso se esparcía, vi las bolitas encima del altar. Una montaña de bolitas un poco hacia un lado del altar, junto a un ramo de lirios de San Antonio, y la montaña de bolitas iba creciendo; las unas nacían al lado mismo de las otras, como burbujas de jabón, muy apretadas, muy apelotonadas, unas encima de otras, y toda aquella montaña de bolitas subía arriba, arriba y a lo mejor el cura también las vio porque abrió un momento los brazos con las manos cerca de la cabeza, como queriendo decir, María Santísima, y yo miré a la gente, me volví para mirar a los que estaban detrás de mí, hasta el fondo de la iglesia, y todos tenían la cabeza agachada y no podían ver las bolitas, tan cerca las unas de las otras que ya se desparramaban por el altar, que pronto llegarían al lado de los monaguillos que rezaban. Y aquellas bolitas, de color de uva blanca, se iban rolando poco a poco y se hacían encarnadas. Cada vez más de luz. Cerré los ojos un poco para descansarlos y para saber a oscuras si era verdad lo que veía, y cuando los volví a abrir las bolitas se habían hecho más de luz. Todo un lado de la montaña ya era rojo. Aquellas bolitas eran como los huevos de los peces, como los huevos que hay en aquella bolsita que tienen dentro los peces, que se parece a la casa de los niños cuando nacen, y aquellas bolitas nacían en la iglesia como si la iglesia fuese el vientre de un gran pez. Y si aquello seguía mucho rato, toda la iglesia se llenaría en seguida de bolitas que taparían la gente y las sillas y los altares. Y se empezaron a oír unas voces que venían de lejos, como si viniesen del gran pozo de la pena, como si saliesen medio apagadas de gargantas cortadas, de labios que no podían decir palabras y toda la iglesia se quedó como muerta: el cura quieto en el altar, con la casulla de seda y la cruz de sangre y de pedrería, la gente manchada por las sombras de colores de los cristales de las ventanas estrechas y altas. Nada vivía: sólo las bolitas que se iban extendiendo, ya hechas de sangre y con olor de sangre, con olor de sangre que hacía marcharse el olor a incienso. Sólo olor de sangre que es olor de muerte y nadie veía lo que yo veía porque todo el mundo tenía la cabeza baja. Y por encima de las voces que venían de lejos y que no se entendía lo que decían, se levantó un canto de ángeles, pero un canto de ángeles rabiosos que reirían a la gente y les contaban que estaban delante de las almas de todos los soldados muertos en la guerra y el canto decía que viesen el mal que Dios hacía derramar por el altar; que Dios les enseñaba el mal que se había hecho para que todos rezasen para acabar con el mal. Y vi a la señora de las velas que también estaba de pie porque seguramente no se podía arrodillar, y tenía los ojos que le saltaban de la cara y nos miramos y nos quedamos un rato pasmadas mirándonos, porque ella también debía de ver a los soldados muertos, ella también les veía, me lo decían sus ojos de persona a quien le han matado alguien con bala y en medio de un campo; y asustada por los ojos de la señora salí tropezando con la gente arrodillada y lucra caía una lluvia fina como cuando había entrado. Y todo seguía igual.

Y arriba, yo arriba, arriba, Colometa, vuela, Colometa… Con la cara como una mancha blanca sobre el negro del luto… arriba, Colometa, que detrás de ti está toda la pena del mundo, deshazte de la pena del mundo, Colometa. Corre, de prisa. Corre más de prisa, que las bolitas de sangre no te paren, que no te atrapen, vuela arriba, escaleras arriba, hasta tu terrado, hasta tu palomar… vuela, Colometa. Vuela, vuela, con los ojos redonditos y el pico con los agujeritos de la nariz arriba… y corría para mi casa y todo el mundo estaba muerto. Estaban muertos los que habían muerto y los que habían quedado vivos, que también era como si estuvieran muertos, que vivían como si les hubieran matado. Y subí la escalera con los pulsos taladrándome los lados de la frente y abrí la puerta, y no encontraba la cerradura para meter la llave, y cerré la puerta y me quedé quieta, de espaldas, respirando como si me ahogase, y vi al Mateu que me daba la mano y decía que no había más remedio…

36

Salí de casa con el portamonedas en la mano, un portamonedas pequeño, sólo para las monedas, y el cesto con la botella. Bajé la escalera como si fuese una escalera que se acabase muy lejos y al final estuviese el infierno. Hacía años que no la habían pintado. Y si se llevaba un vestido oscuro y rozaba la pared, la pared lo encalaba. Hasta donde llegaba el brazo estaba lleno de dibujos, de monigotes y de nombres; todo medio borrado. Sólo se veían claras las balanzas, porque el que las había dibujado las había marcado muy hondo. El pasamanos estaba húmedo y pegajoso. Había llovido toda la noche. Como en la escalera de enfrente del armario de la casa de mis señores, la escalera, hasta el primer piso, era de piñoncito. Desde el primer piso hasta el mío era de baldosines rojos con los bordillos de madera. Me senté en el suelo. Era muy temprano y no se oía ningún ruido. Miré la botella, y a la luz mezquina de la escalera, brillaba, y pensé en las cosas que había visto el día antes y pensé que lo debía hacer la debilidad, y pensé que me gustaría bajar la escalera botando cono una pelota, abajo, abajo… y ¡pam! Abajo de todo. Me levanté y me costó levantarme. Las bisagras se me habían enmohecido. Cuando las bisagras se enmohecen, decía mi madre adiós muy buenas. Me costó levantarme y acabé de bajar el trozo de escalera con mucho miedo de resbalar, bien agarrada a la barandilla, La escalera olía a plumas. Las había en un cubo de basura, a la entrada. Allí estaba un hombre que hurgaba en todos los cubos… El día antes, mientras corría hacia mi casa, pensé por un momento que a lo mejor podría pedir limosna. Hacer como aquella mujer de la puerta de la iglesia que pidió limosna a la señora del paraguas de hombre. Podría ir con los niños y pedir limosna… hoy una calle, mañana otra… hoy una iglesia, mañana otra… por el amor de Dios… por el amor de Dios… El hombre que buscaba en los cubos debía de haber encontrado algo; abrió el saco y metió aquello que debía de haber encontrado dentro del saco. Había un cubo cubierto de serrín mojado. A lo mejor tenía debajo alguna cosa buena, como un mendrugo de pan… pero ¿qué es un trozo de pan para acabar con todo el hambre?… Para comer hierba hacía falta la fuerza de ir a buscarla y la hierba no es nada al fin y al cabo… Había aprendido a leer y a escribir y mi madre me había acostumbrado a llevar vestidos blancos. Había aprendido a leer y a escribir y vendía pasteles y caramelos y chocolatinas macizas y chocolatinas huecas con licor dentro. Y andaba por la calle como una persona entre las otras personas. Había aprendido a leer y a escribir y había servido y había ayudado… Me calló una gota desde un balcón, redonda, sobre la nariz. Crucé la calle Mayor. Dentro de algunas tiendas empezaban a haber cosas que se vendían; y en la calle había gente que entraba en aquellas pocas tiendas y que podía comprar. Y pensaba en estas cosas para distraerme, para no pensar en la botella del cesto, brillante y verde. Y lo iba mirando todo como si no lo hubiera visto nunca; a lo mejor al día siguiente ya no podría mirarlo, no soy yo la que mira, no soy yo la que hablo, no soy yo la que veo. Al día siguiente nada, ninguna cosa, ni bonita ni fea, se me pondría delante de los ojos. Todavía se me ponían las cosas delante, todas se me paraban enfrente de los ojos como si antes de morir quisieran vivir en ellos para siempre. Y el cristal de mis ojos lo cogía todo. En la tienda de los hules ya no estaba el oso y cuando vi que ya no estaba me di cuenta de que tenía muchas ganas de verlo, con la cinta azul y, sentado como un tonto… Llevaba dentro de la nariz el olor a plumas de las basuras de la entrada y ahora se mezclaba con el olor de los hules de la perfumería y vino una oleada de olor de jabones y de agua de colonia de la buena. Poco a poco me acercaba a la tienda de las arvejas. No había ningún saco en la calle. A aquella lora, en casa de mis antiguos señores, la señora preparaba los almuerzos y el niño, en el patio, jugaba a los bolos. Las paredes del sótano, con la llovizna, se iban empapando y juntaban pelusa de humedad con pelusa de humedad que parecía sal y brillaba. El tendero estaba detrás del mostrador. Estaban allí dos criadas y una señora. A una de las criadas me pareció que la conocía de vista. El tendero despachó a las dos criadas y a la señora, y a mí las piernas me dolían de estar de pie. Cuando llegó mi vez entró otra criada. Puse la botella encima del mostrador y dije: aguafuerte. Y a la hora de pagar, cuando todavía salía un poco de humo por el cuello de la botella, entre el cristal y el tapón, abrí el portamonedas, y haciendo cono que me quedaba sorprendida, dije que me había dejado el dinero en casa. El tendero me dijo que no tenía importancia, que no fuese expresamente a pagarle, que ya le pagaría cuando pasase otro día, en cualquier momento, cuando me viniese bien. Me preguntó por mis señores y le dije que ya hacía tiempo que no trabajaba con ellos, desde el principio de la guerra; y dijo que él también había hecho la guerra y que si volvía a tener el establecimiento era un milagro, y se salió de detrás del mostrador y me metió la botella de aguafuerte en el cesto. Respiré como si el mundo fuese mío. Y me fui. Tenía que procurar no caerme, que no me atropellasen, tener cuidado con los tranvías, sobre todo con los que bajaban, conservar la cabeza encima de los hombros, ir derecha hasta casa: sin ver las luces azules. Sobre todo sin ver las luces azules. Y volví a mirar el escaparate de la perfumería, con las botellas llenas de colonia amarilla, y las tijeritas para las uñas, tan nuevas y tan brillantes, y las cajitas con espejito en la parte de dentro de la tapa, con una pastillita negra y un cepillito para pintarse las pestañas.

Y otra vez la casa de los hules y de las muñecas con los zapatos de charol… sobre todo no ver las luces azules y cruzar sin prisa… no ver las luces azules… y me llamaron. Me llamaron y me volví, y el que me llamaba era el tendero de las arvejas que se acercaba a mí y cuando me volví pensé en la mujer de sal. Y pensé que el tendero se había dado cuenta de que, en vez del aguafuerte me había dado lejía, y no sé qué pensé. Me dijo que si quería volver con él a la tienda, que le perdonase, pero que si quería hacer el favor de volver con él a la tienda. Y entramos en la tienda y no había nadie y me dijo que si quería ir a trabajar a su casa, que me conocía hacía tiempo, que la mujer que le hacía la limpieza se había despedido porque era demasiado vieja y se cansaba… y entonces entró alguien y dijo, un momento, y se quedó de pie delante de mí esperando la contestación. Y como yo no decía nada me dijo que a lo mejor ya estaba colocada, que a lo mejor ya estaba comprometida en otro sitio y yo dije que no con la cabeza y dije que no sabía que hacer. Dijo que, si no tenía trabajo, la suya era una buena casa y él, poco latoso, y que ya sabía que yo era cumplidora. Dije que sí con la cabeza y entonces dijo, empiece mañana, y todo desasosegado me puso dos latas en el cesto, que fue a buscar adentro, y un envoltorio de papel de estraza y alguna otra cosa de la que no me acuerdo. Y me dijo que podía empezar al día siguiente a las nueve de la mañana. Y sin darme cuenta saqué la botella del aguafuerte del cesto y la puse con mucho cuidado encima del mostrador y me fui sin decir nada, Y cuando llegué al piso, yo, que casi nunca había llorado, me eché a llorar como si no fuese una mujer.

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Una respuesta a “La plaza del diamante (VII)

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