La plaza del diamante (VIII)

Mercè Rodoreda






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Había bellotas y hojas y una mancha de tinta en el medio. La tapaba un jarrón de latón lleno de señoras haciendo guirnalda, vestidas sólo con velos y con el pelo suelto y revoloteando, y este jarrón estaba lleno de rosas rojas y de margaritas artificiales, que se sostenían en una capa de musgo falso. El tapete con las bellotas y la mancha de tinta en el medio, tenía un fleco con tres filas de nudos. El aparador era de madera rojiza, con mármol rosa y, encima del mármol, un armario, y dentro del armario, el cristal guardado. El cristal, quiero decir las copas y la jarra de agua y la botella de vino que sólo sirven para hacer bonito. Una ventana, siempre oscura, daba a un patio interior: también daba allí la ventana de la cocina. Era un comedor, el comedor, con dos ventanas, porque la otra ventana daba a la tienda y esta ventana siempre estaba abierta para saber lo que pasaba en la tienda cuando el tendero estaba en el comedor. Las sillas eran de viena, con el culo y el respaldo lleno de agujeritos. ¿No está cansada?, me preguntaba siempre el tendero, que se llamaba Antoni como mi hijo. Yo le decía que estaba muy acostumbrada a trabajar, y un día le conté que de muchacha trabajaba en una pastelería. De vez en cuando le gustaba charlar conmigo. Los agujeritos de la viruela no se le veían casi nada con la poca claridad que había en el comedor. La puerta de la tienda que daba al comedor no tenía hoja. Sólo era un agujero para entrar y salir; el tendero había puesto allí una cortina de canutillos, con una japonesa pintada con muchas agujas clavadas en la montaña del pelo, y en una mano tenía un pay-pay con pájaros en el fondo, y un farolillo que figuraba encendido, cerca.

La casa era sencilla y oscura, aparte de dos habitaciones que daban a la calle que iba al mercado. Era así: desde la cortina de la japonesa hasta el fondo, que era una sala con sofá y butacas con fundas y una consola, había un pasillo. A la izquierda de ese pasillo, dos puertas, una junto a otra, para entrar a las dos habitaciones con ventana que daba a la calle que iba al mercado. A la derecha del pasillo, la cocina y una habitación sin ventanas, trastienda, almacén, llena de sacos de grano y de sacos de patatas y de botellas. Y en el pasillo nada más. Al final del pasillo, la sala; y a la derecha de la sala, el dormitorio del tendero, tan grande como la sala, con balcón que daba a una galería cubierta por arriba por la galería del primer piso y sostenida por cuatro columnas de hierro. Pasada la galería, un patio polvoriento, separado del jardín del primer piso por una verja con lanzas. Este patio siempre estaba lleno de papeles y de borra que caía de los pisos. En el jardín del primer piso sólo había un árbol: un albaricoquero desmirriado. Los albaricoques se le caían al suelo cuando sólo habían tenido tiempo de hacerse del tamaño de una avellana. Y tocando con la verja del jardín del primer piso, una puertecita enrejada que sólo estaba ajustada, que daba a la calle que iba directamente a la plaza del mercado. Volviendo a la sala, y encima de la consola, el espejo con adornos de madera en la parte alta. Y dos campanas de cristal con flores del campo dentro: amapolas, espigas, acianos, rositas de zarza. Y entre campana y campana, un caracol de mar de esos que, cuando acercas el oído, suena dentro el mar. Aquel caracol que había podido meterse todos los llantos del mar dentro, era para mí más que una persona. Nadie podría nunca vivir con aquel ir y venir de las olas metido dentro. Y cuando le quitaba el polvo, siempre le escuchaba un ratito. Las baldosas de la casa eran rojas, de esas que en cuanto las acabas de fregar ya vuelven a estar cubiertas de polvo. Una de las primeras cosas que me dijo el tendero fue que tuviera mucho cuidado en no dejar los balcones de la sala y del dormitorio demasiado rato abiertos, porque por esos balcones entraban ratas. Ratas pequeñas, con las patas muy finas y largas. Ratas jibosas. Salían del agujero de la alcantarilla que estaba debajo de la puerta enrejada del patio y corrían a meterse en el almacén: allí se escondían muy calladitas, roían los sacos y se comían el grano. Y eso hubiera sido lo de menos, que se hubiesen comido el grano, a pesar de lo que escaseaba; lo peor era que él o el dependiente, cuando iban a buscar un saco para llevarlo a la tienda, como lo llevaban arrastrando, todo el grano se desparramaba por el suelo y después era una lata tenerlo que recoger con una pala. El dependiente dormía y comía en el primer piso; estaba de pensión porque el tendero no quería extraños en casa después que había echado abajo el cierre.

La cama del tendero era una cama de dos personas y más adelante me contó que había sido la cama de sus padres y que aquella cama, para él, era el olor de su familia, el olor de las manos de su madre que al llegar el invierno le asaba manzanas en el rescoldo. Era una cama negra, con columnas que empezaban delgadas, se hinchaban, se volvían a adelgazar, hacían una bola, y de la bola arrancaba la segunda parte de la columna, delgada, hinchada, delgada. La colcha casi era hermana gemela de la que yo había tenido y que luego vendí: toda de ganchillo con rosas en relieve y el fleco eran tirabuzones de ganchillo que ya les podías lavar y planchar que o no se desrizaban o se volvían a rizar como si tuviesen entendimiento. Y en un rincón había un biombo para desnudarse detrás.

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Me costó levantar cabeza, pero poco a poco volví a la vida después de haber estado en el hueco de la muerte. Los niños habían perdido el aire de ser unos niños sólo hechos de huesos. Y las venas se les apagaban de color debajo de la piel. Iba pagando los alquileres atrasados, más que con los dineros que ganaba, con los dineros que ahorraba, porque el tendero siempre, a la hora de acabar, me decía, tenga. Alguna bolsa de arroz trinado, alguna bolsa de garbanzos pequeños. Y decía que siempre tenía un poco más de racionamiento del que tenía que tener. La tienda no era como antes de la guerra. Pero era una buena tienda… y con las legumbres, para acompañarlas, caía algún recorte de cortezas de jamón o de tocino, para que las legumbres no estuviesen solas… Muchas cosas. Muchas. No se puede decir lo que era para nosotros todo aquello. Salía con mis bolsitas, subía al piso corriendo y siempre me paraba a tocar las balanzas. Y los niños me esperaban y venían a recibirme con los ojos abiertos, ¿qué traes? Y ponía las bolsas encima de la mesa y entre todos escogíamos las legumbres y si eran lentejas y salían piedras, las hacían botar en el suelo y después las guardaban. Y cuando hacía buen tiempo, por la noche, subíamos al terrado y nos sentábamos en el suelo, yo en el medio y uno a cada lado, de la misma manera que cuando dormíamos. Y a veces, cuando hacía calor, nos quedábamos como traspuestos hasta que la luz del día se nos ponía encarnada delante de los ojos y nos despertaba y corríamos para el piso con los ojos medio cerrados para no desvelarnos y dormíamos encima de una manta porque no teníamos ni un colchón. Y dormíamos todo el tiempo que faltaba para empezar otro día. Los niños no hablaban nunca de su padre, como si no hubiese existido. Y si a mí me venía el recuerdo algunas veces, hacía un gran esfuerzo para quitármelo, porque llevaba un cansancio tan grande dentro que no lo puedo ni explicar, y había que vivir, y si pensaba demasiado el cerebro me dolía de una manera rara como si lo tuviese podrido.

Cuando ya hacía bastantes meses que trabajaba en casa del tendero de las arvejas, trece o quince meses… al cabo de un montón de meses de dejarle la casa como una patena, todos los muebles untados con aceite y vinagre mitad y mitad, y la colcha más blanca que los dientes, y las fundas de las butacas y del sofá lavadas y replanchadas, el tendero de las arvejas me preguntó un día si los niños iban al colegio, y le dije que, de momento, no. Y un día me dijo que la primera vez que entré a comprar arvejas se fijó en mí y que también conocía al Quimet, un muchacho, dijo, que siempre se quedaba en la calle, con las manos en los bolsillos y mirando a todas partes. Yo le pregunté que cómo le pudo ver si él estaba despachando, y me dijo: ¿no se acuerda que tenía los sacos de las arvejas en la calle? Y aunque no los hubiese tenido fuera y aunque, no hubiera tenido que ir a buscar las arvejas, también le habría visto, porque dijo que tenía un espejo detrás del mostrador, puesto de modo que pudiera vigilar para que nadie le robase. Y que, con ese espejo, que se podía mover de un lado a otro, veía los sacos que tenía en la calle y si los chiquillos metían la mano y la sacaban llena. Y me dijo que no me molestara, pero que el día que había ido detrás de mí para decirme que si quería trabajar en su casa, había corrido detrás de mí porque yo tenía una cara que le dejó encogido y pensó que me pasaba algo muy gordo. Y le dije que no me pasaba nada, que sólo me pasaba que habían matado a Quimet en la guerra y que todo era difícil y dijo que él también había hecho la guerra; y un año de hospital. Que le habían recogido medio deshecho del campo de batalla y que le habían remendado como habían podido y entonces me dijo, venga el domingo a las tres de la tarde. Y añadió que suponía que, mayor como era, no me daría miedo de estar sola con él, que ya hacía tanto tiempo que me conocía.

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Toqué las balanzas y acabé de bajar. Era una tarde de domingo medio nublada, pero sin lluvia, sin sol y sin viento. Me costaba un poco respirar, como a los peces cuando los sacan del agua. El tendero me había dicho que entrase por la puertecita del patio, que estaría abierta, como de costumbre, porque era la única puerta de que se podía disponer los domingos. No se iba a pasar el tiempo bajando y subiendo el cierre metálico, si tenía visitas. Y no sé por qué, aunque le iba a ver, y aunque estaba decidida a ir, y la prueba es que me había puesto en camino, andaba como desganada y me entretenía mirándome en todas las lunas de los escaparates y me veía pasar por dentro de las lunas, donde todo era más oscuro y más brillante. El pelo me molestaba. Me lo había cortado yo misma y me lo había lavado y me iba un poco por donde le daba la gana.

Me esperaba de pie, entre dos columnas de las cuatro que sostenían las galerías de los seis pisos. De una galería de los últimos pisos, cuando entré, caía, dando vueltas, un aeroplano hecho con papel de periódico. El tendero lo cogió al vuelo y dijo que más valía callar porque, si subía a quejarse, a lo mejor se cabreaban y tiraban más cosas. Se veía que se había afeitado hacía poco y se había hecho un corte pequeño cerca de la oreja. Con aquella luz nublada los agujeritos de la viruela parecían más hundidos dentro de la piel. Cada agujerito era redondo y tenía una piel más nueva, un poco más clara que la piel que se tiene de nacimiento.

Me dijo si quería hacer el favor de entrar. Y me hizo pasar delante y me resultaba raro porque, sin la claridad que otros días venía de la tienda abierta, a través de la cortina de cañas, todo era distinto y parecía otra casa. Tenía la luz del comedor encendida. Esa luz era media bola de porcelana, puesta boca abajo, sostenida del techo por seis cadenas de metal. El fleco de la media bola estaba hecho de cañoncitos de vidrio blanco como la bola. A veces, cuando alguien corría en el piso de arriba, chocaban unos contra otros y hacían como una musiquita. Y hacia el comedor fuimos y en el comedor nos sentamos.

—¿Quiere unas galletas?

Me puso delante una caja cuadrada, llena hasta arriba de capas y capas de galletas de vainilla, y la aparté con la mano y le dije que muchas gracias, pero que no tenía nada de hambre. Me preguntó por los niños y mientras charlaba y volvía las galletas al aparador, de donde las había sacado, me di cuenta de que todo lo que decía y todo lo que hacía le costaba mucho decirlo y hacerlo, y me parecía como una almeja con la concha partida que es una cosa de las más abandonadas. Me dijo que le perdonase de haberme dado la molestia de ir en domingo, que seguramente era el día que yo más necesitaba estar en casa para arreglar mis cosas y para estar con los niños. Y en ese momento se sintieron carreras en el piso de arriba y los cañoncitos de la lámpara hicieron clinc, clinc… Miramos los dos la lámpara que bailaba y cuando los cañoncitos se callaron le dije que dijese lo que me quería decir si es que tenía alguna cosa que decirme. Y me dijo que era muy difícil. Y puso las manos encima de la mesa y enlazó los dedos de una mano con los dedos de la otra y cuando los tuvo bien enlazados, tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos, dijo que estaba muy preocupado, que él era una persona de vida sencilla, siempre allí, encerrado, arreglando la tienda sin parar, trajinando, limpiando, vigilando los sacos del almacén y que las ratas no los royesen, porque una vez una rata le hizo nido dentro de un hato de estropajos, y la rata se había ensuciado en los estropajos y él no se había dado cuenta, aunque pudo matar a la rata y a la cría, y puso los estropajos a la venta. Y una criada, que le ponía muy buena cara pero que a él no le gustaba nada, compró dos estropajos y al cabo de un rato vino la señora de la criada con la criada y le dieron cuatro gritos desagradables y le dijeron que parecía mentira que fuese tan abandonado como para vender estropajos, estropajos que habían de lavar los platos, con porquería de ratas dentro. Y que, eso de los estropajos sólo era un detalle para demostrarme el cuidado que había que tener para que las ratas que salían de la alcantarilla no entrasen del patio. Dijo que tenía una vida poco divertida, que no era una vida como para ofrecerla como si fuese una gran cosa, sólo pensando en el trabajo y haciendo ahorros para la vejez. Dijo que pensaba mucho en la vejez y que quería ser un viejo respetado y que a los viejos sólo se les respeta cuando tienen para vivir. Dijo que no era un hombre al que le gustase privarse de lo necesario, pero que pensaba mucho en la vejez y que no se quería encontrar, cuando no tuviese ni dientes ni pelo ni fuerza en las piernas ni ánimo para ponerse los zapatos, teniendo que ir a llamar a la puerta de un asilo y acabar asilado, después de una vida dedicada al trabajo de cada día y a la lucha. Desenlazó los dedos y entonces metió dos dentro del jarro que tapaba la mancha de tinta y de entro las rosas rojas y las margaritas sacó un pellizquito de musgo y dijo, sin mirarme, que siempre pensaba mucho en mí y en mis hijos y que él creía en el destino de las personas… y que si me había dicho que fuese el domingo era para poder hablar con tranquilidad, porque me tenía que pedir una cosa, que no sabía cómo empezar a pedírmela, más que nada porque no sabía cómo la tomaría yo. Y volvieron a correr por el piso de arriba y otra vez la musiquita, y él dijo, mientras no nos hundan el techo… y lo dijo como si yo también formase parte de la casa… y dijo que era un hombre solo. Un hombre completamente solo: ni padres ni familia de ninguna clase. Solo como la lluvia que vuela. Y que era de buena fe y que sobre todo no me tomase en mal sentido lo que quería decirme… Y quería decirme que era un hombre solo que no sabía vivir solo… Y estuvo un buen rato callado y levantando la cabeza y mirándome muy fijamente, dijo: me quisiera casar pero no puedo fundar una familia…

Y dio un puñetazo en la mesa con toda su fuerza. Eso dijo: que no podía fundar una familia y que se quería casar. E iba haciendo una bolita verde con el musgo que había sacado del jarrón de latón. Se levantó y se puso frente a la japonesa, y después se volvió y se sentó otra vez, y mientras se sentaba, cuando todavía no estaba sentado del todo, preguntó:

—¿Se querría casar conmigo?

Ya me lo temía, pero temiéndolo y viéndolo venir, me quedé como helada y sin acabar de entenderlo.

—Soy libre y usted es libre y yo necesito compañía y sus hijos necesitan un buen apoyo…

Se levantó más nervioso que yo y atravesó a la japonesa dos o tres veces entrando y saliendo del comedor, entrando y saliendo… Y volviéndose a sentar me dijo que no me podía imaginar todo lo bueno que era él. Que no sabía qué clase de buena persona era. Y que me tenía afecto desde siempre, desde cuando iba allí a comprar arvejas y me veía salir tan cargada que a duras penas si las podía llevar.

—Y yo creo que está usted muy sola y con los niños encerrados y solos mientras trabaja. Yo podría poner orden en todo eso… Si no le gusta, haga como si no le hubiese dicho nada…, pero he de añadir que no puedo fundar una familia porque por culpa de la guerra soy inútil y, con usted, ya me encuentro una familia hecha. Y no quiero engañar a nadie, dijo, Natalia.

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Subí al piso como una mosca aterida y, aunque no quería decir nada a nadie, y aunque no quería ir allá, a las diez no pude aguantarme más: cogí a los niños y me fui volando a casa de la señora Enriqueta que ya se estaba peinando para meterse en la cama. Puse a los niños delante del cuadro de las langostas y les dije que las mirasen y me encerré con la señora Enriqueta en la cocina. Le conté lo que me pasaba y le dije que me parecía que lo había entendido, pero que me parecía que no lo había acabado de entender. Y ella me dijo, le han debido mutilar en la guerra, es lo que tú piensas y por eso se quiere casar contigo, porque contigo ya se encuentra con una familia hecha y muchos hombres sin familia son como una botella vacía navegando por encima del mar.

—¿Y cómo se lo digo yo a los niños?
—Se lo dices en seguida que le hayas dicho a él que sí, y como una de las cosas más naturales del mundo. Ellos qué saben…

Estuve unos cuantos días pensando y el día que me decidí, después de haber sopesado mucho el pro y el contra, le dije al tendero que sí, que nos casaríamos; le dije que había tardado en decírselo porque me había cogido de sorpresa y que cuanto más tiempo pasaba más iba creciendo la sorpresa y que me daban miedo los niños, que eran muy listos para los años que tenían, porque la guerra y el hambre les habían desarrollado el entendimiento más aprisa. Me cogió una mano, y su mano temblaba, y me dijo que no me podía imaginar qué jardín le acababa de poner dentro. Y me fui a hacer el trabajo. Me quedé plantada encima de las baldosas manchadas de sol, al pie del balcón. Del albaricoquero se escapó una sombra, y era un pájaro. Y sobre el patio, cayó una nube de polvo que venía de las galerías. En la sala de las campanas de cristal, encontré una telaraña. Se había formado de campana a campana. Salía del pie, que era de madera, pasaba por la punta del caracol e iba a parar al pie de madera de la otra campana. Y miré todo aquello que sería mi casa. Y se me hizo un nudo en la garganta. Porque desde el momento que había dicho que sí, me habían dado ganas de decir que no. No me gustaba nada: ni la tienda, ni el pasillo como una tripa oscura ni aquello de las ratas que venían de la alcantarilla. Al mediodía se lo dije a los niños. No precisamente que me iba a casar, sino que viviríamos en otra casa y que un señor muy bueno se preocuparía de que fuesen al colegio. El uno y el otro no dijeron ni una palabra, aunque yo creo que me entendieron. Se habían acostumbrado a no hablar y los ojos se les habían vuelto tristes.

Y al cabo de tres meses de aquel domingo, una mañana, temprano, me casé con el Antoni que desde aquel día fue el Antoni-padre y mi hijo el Antoni-hijo, hasta que encontramos la manera de llamarle Toni.

Pero antes de casarnos él hizo arreglar aquella casa. Dije que quería camas de metal para los niños y tuve camas de metal, como la que Yo había tenido de soltera y que había tenido que vender. Dije que quería cocina colgada y tuve cocina colgada.

Dije que quería tapete sin mancha de tinta y tuve tapete sin mancha de tinta. Y un día le dije que yo, aunque fuese pobre, era delicada de sentimientos y que preferiría no llevar a la casa nueva ni una sola cosa de la casa vieja: ni la ropa. Y todo lo tuvimos nuevo y cuando le dije que aunque era pobre era delicada de sentimientos, contestó que él era como yo. Y dijo la verdad.

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Y los niños empezaron a estudiar cada uno en su habitación con ventana, con cama dorada, con colcha blanca, con edredón amarillo en invierno, con mesita de madera clara y con su butaquita. Al día siguiente mismo de casados, el Antoni me dijo que no quería verme limpiando ni cinco minutos más, que buscase una interina para las mañanas y para las tardes y que si quería criada, pues criada, que no se había casado para hacerme lavar la ropa sino que se había casado para tener familia, como me había dicho, y que quería ver a su familia contenta. Teníamos de todo. Ropa, platos, cubiertos, y jabón de olor. Y como aquellos dormitorios eran helados en el invierno y fríos en los demás meses, dormíamos todos con escarpines, menos en pleno verano.

La señora Enriqueta me venía a ver y la primera vez, dale, pinchándome para que le contase mi noche de bodas y que qué habíamos hecho sin poderla hacer. Y se reía. Al principio nos sentábamos una junto a otra en el sofá con funda, pero más adelante nos sentábamos cada una en una butaca porque ella decía que el sofá se hundía demasiado y se le clavaba una ballena del corsé debajo del brazo. Se sentaba con las piernas colocadas de una manera muy rara: los pies juntos y las rodillas separadas, muy tiesa, con la boca de rape y la nariz de cucurucho encima. Le enseñé todo lo que tenía, la ropa de salir y la ropa de casa, y dijo que era imposible que la tienda diese para tanto, que el Antoni tenía que tener dinero, y yo le dije que no lo sabía. Y el biombo la dejó muy preocupada. Qué ocurrencia, dijo. Y cuando le dije que tenía una interina me dijo que bien me lo merecía. Le dije que se llamaba Rosa, y, a veces, la señora Enriqueta venía más temprano para poder ver a la Rosa, sobre todo el día que la Rosa planchaba, que siempre planchaba en la sala del sofá con funda, para verla planchar. Cuando se iba salía por la tienda y el Antoni, desde el primer día, le daba cada vez un paquete de galletas pequeño, y así se la ganó, tanto que cuando venía sólo hablaba del Antoni y se le miraba con más enamoramiento que si fuera una cosa suya.

Un día cazamos una rata muy pequeña. La encontramos atrapada a primera hora de la tarde. Fui yo quien se dio cuenta. Les llamé y salieron todos al patio. La había cazado una ratonera de esas que se disparan y la había pillado justo por el medio. Y la había reventado y le salía un poco de tripa mezclada con sangre y por el agujerito de abajo de todo le salía el morrito de una ratita de cría. Todo era muy fino: el color, los dedos de las manitas, y la blancura del pelo de la pancita que no era del todo blanco pero que lo parecía porque era de un color gris bastante más claro que el de las otras partes del cuerpo. Tenía tres moscardas pegadas en la sangre. Cuando nos acercamos una echó a volar como si se hubiese asustado mucho, pero en seguida volvió con las otras. Eran muy negras las tres, con reflejos azules y rojos como el demonio que contaba el Quimet, y se hartaban de animal muerto como decía el Quimet que hacía el demonio cuando salía de mosca. Pero tenían la cara negra y el Quimet me había dicho que el demonio, aunque fuese de moscardón, tenía la cara echando llamas. Y las manos. Para que no se le confundiera con las moscas de verdad. Y el Antoni cuando vio que estábamos tan embobados, cogió la trampa y la rata de un tirón y salió a la calle y lo echó todo junto por el agujero de la alcantarilla.

Los niños querían mucho a Antoni, con el miedo que yo había tenido de que no les cayera bien. Sobre todo el niño le quería mucho. La niña ya era otra cosa: era más despegada. Pero el niño cuando no tenía que estudiar siempre iba delante y detrás del Antoni y si el Antoni le mandaba hacer alguna cosa, la hacía muy contento. Y si el Antoni leía el periódico después de comer, el niño se iba acercando y, con la excusa de leer el periódico, se le arrumbaba.

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Vivía encerrada en casa. La calle me daba miedo. En cuanto sacaba la cabeza fuera, me aturdía la gente, los automóviles, los autobuses, las motos… Tenía el corazón pequeño. Sólo estaba bien en casa. Poco a poco, y costándome mucho, me iba haciendo la casa mía, las cosas mías. La oscuridad y la luz. Sabía las claridades del día y sabía dónde caían las manchas de sol que entraban por el balcón del dormitorio y de la sala, Y cuándo eran largas, y cuándo eran cortas. Y los niños hicieron la primera comunión. Todos estrenamos traje. La señora Enriqueta vino a ayudarme a vestir a la niña. Mientras yo la frotaba de arriba a abajo con agua de colonia, dije, mire, qué tiesa es…, y la señora Enriqueta dijo, se le podría seguir la espalda de arriba abajo con una gota de aceite. Y le pusimos el vestido y el velo y la señora Enriqueta con la boca llena de alfileres le iba sujetando el velo y la corona en el pelo. La Rita, después de vestida, parecía una muñeca. Hicimos la fiesta en casa, y cuando la fiesta se acabó entré al dormitorio de la nena y la ayudé a desnudarse y, cuando estaba doblando las enaguas encima de la cama, la niña dijo que una amiga suya del colegio que también había hecho la primera comunión aquella mañana, tenía un padre que se había ido a la guerra, que habían dicho que estaba muerto y que hacía dos días le había vuelto, muy enfermo, pero vivo; y que si no habían sabido nada de él era porque había estado encerrado en un presidio, muy lejos, y no le dejaban escribir cartas… Me volví poco a poco y vi que la niña me miraba y mientras me miraba me di cuenta de que había hecho un cambio muy grande durante todo aquel tiempo en que yo luchaba por acostumbrarme a la nueva vida. La Rita era el Quimet. Los mismos ojos de mono y aquella cosa especial que no se podía explicar pero que eran como unas ganas de hacer sufrir. Y ya empezó la angustia, y el dormir mal y el no dormir y el no vivir.

Si el Quimet no estaba muerto, volvería. ¿Quién me podía decir que lo había visto muerto? Nadie. Es verdad que el reloj que me habían traído era el suyo, pero a lo mejor había ido a parar a otras manos y lo que había hecho creer que estaba muerto había sido el encontrar el reloj en un brazo que a lo mejor no era el brazo del Quimet. ¿Y si estaba vivo como el padre de la amiga de la Rita, y volvía enfermo y me encontraba casada con el tendero de las arvejas? Sólo pensaba en eso. Cuando los niños no estaban en casa y el Antoni despachaba en la tienda, iba de arriba para abajo por el pasillo como si lo hubiesen hecho especial para mí sola mucho antes de saber que le necesitaría para ir arriba y abajo: del balcón de la sala a la japonesa del comedor, de la japonesa al balcón de la sala. ¿Entraba en el dormitorio del niño? Pared. ¿Entraba en el camaranchón que hacía de almacén? Pared. Todo era paredes y pasillo y canutillos con japonesas. Paredes y paredes y pasillos y paredes y pasillos y yo arriba y abajo y vuelta con lo mismo y de vez en cuando entrando en alguna de las habitaciones de los niños, y otra vez arriba y abajo. Y abrir y cerrar cajones. Cuando la Rosa acababa de limpiar los platos y se iba y decía, melosa: hasta mañana, señora Natalia, yo entraba en la cocina. Y pared. Y el grifo. Y abría el grifo un chorrito y con un dedo cortaba el chorrito de un lado a otro, como la varita que limpia el cristal de los coches cuando llueve, media hora, tres cuartos, una hora… sin saber, al final, ni lo que hacía. Hasta que el brazo me dolía y eso me quitaba de la cabeza ver al Quimet llegar de correr mundo, a lo mejor acabado de salir de una cárcel, derecho a su casa, subiendo al piso. Y en el piso encontraría otras personas y bajaría a preguntar al tendero de abajo que qué era lo que había pasado, y el tendero de abajo le diría que me había casado con el tendero de las arvejas porque nos habíamos creído que él había muerto en la guerra y el Quimet se presentaría y lo quemaría todo. Y él, que había hecho la guerra, se encontraría sin piso, sin mujer y sin hijos. Salido de la cárcel. Vendría más enfermo que nunca… Porque yo siempre le creía cuando me decía que estaba enfermo. Y si un poco de viento hacía moverse los canutillos de la japonesa y yo estaba de espaldas a los canutillos, me volvía con el corazón encogido creyendo que ya le tenía allí. Y ya le podría ir detrás contándole que nada, que sólo estaba casada con él… del par de bofetadas no me libraba nadie. Y este miedo me duró dos o tres años. A lo mejor más, a lo mejor menos, porque hay cosas que se confunden… y la señora Enriqueta cogió el vicio de hablar del Quimet en cuanto estábamos solas, ¿te acuerdas cuando se llevaba al niño con la moto? ¿Y lo que dijo cuando nació el niño y lo que dijo cuando nació la Rita y lo que dijo cuando te puso Colometa? ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?

Tuve que salir de casa a la fuerza porque ni dormía ni comía, tenía que pasear. Tenía que distraerme. Todo el mundo me decía que me tenía que dar el aire. Porque vivía como si estuviese encerrada en una cárcel… El primer día que salí con la Rita después de tanto tiempo de no salir, el olor de la calle me marcó. Fuimos a ver escaparates a la calle Mayor. Llegamos allá andando muy poco a poco y cuando llegamos la Rita me miró y me dijo que tenía los ojos como asustados. Y le dije que no dijera tonterías. Y vimos escaparates y todo me daba igual… Y la Rita quiso cruzar, cuando llegamos abajo de todo, para subir por la otra acera. Y cuando tenía el pie puesto sobre la piedra del bordillo de la acera, todo se me nubló y vi las luces azules, por lo menos una docena de ellas, como un mar de manchas azules que se me columpiase delante. Y me caí. Y me tuvieron que acompañar a casa. A la noche, cuando ya me encontraba mejor, mientras cenábamos, La Rita dijo, no sé qué vamos a hacer, porque cuando tiene que cruzar la calle se desmaya. Y dijo que se me azoraban los ojos. Y todos dijeron que eso era de haber estado tanto tiempo encerrada en casa, pero que poco a poco tenía que hacer un esfuerzo y acostumbrarme a salir. Y salí, pero por otras partes, y, sola, fui a pasear por los parques…

43

Vi caer muchas hojas y vi salir muchos brotes nuevos. Un día, mientras comíamos, la Rita va y dice que quiere aprender idiomas y sólo idiomas, para colocarse en la aviación. De las que van en los aviones y ayudan a los pasajeros a atarse el cinturón para que no se vayan para arriba y les llevan licores y les ponen un cojín detrás de la cabeza. Y el Antoni, a la primera palabra de la Rita, que sí. A la noche dije al Antoni, que antes de decir que sí, teníamos que haber hablado él y yo y pensar si estaba bien eso de ir en avión y dijo que a lo mejor hubiera estado bien hablar antes, pero que si a la Rita se le había metido en la cabeza volar no adelantaríamos nada haciéndole mil advertencias. Me dijo que, a los jóvenes, hay que dejarles tranquilos porque saben más que los viejos que andan a reculones como los cangrejos. Y dijo que hacía mucho tiempo que necesitaba decirme una cosa, que si no me lo había dicho todavía era porque yo parecía una persona con pocas ganas de hablar y con pocas ganas de escuchar, pero que ya que estábamos charlando por eso de la Rita, necesitaba decirme que nunca en su vida había sido tan feliz como desde que nos tenía a los tres en casa, y que me tenía que dar las gracias porque con la felicidad que llevaba dentro también se le había puesto la suerte de cara y las cosas le iban muy bien, aunque las cosas no fueran como antes. Y que todo el dinero que tenía era para nosotros. Y se fue a dormir.

Y yo no sabía si estaba dormida o si estaba despierta, pero veía a las palomas. Como antes, las veía. Todo era lo mismo: el palomar pintado de azul oscuro, los ponederos rebosantes de esparto, el terrado con los alambres que se iban enmoheciendo porque no podía tender la ropa en ellos, la trampa, las palomas en procesión desde la galería al balcón de la calle después de atravesar todo el piso a pasitos… todo era lo mismo, pero todo era bonito. Eran unas palomas que no ensuciaban, que no se espulgaban, que sólo volaban por el aire arriba como ángeles de Dios. Escapaban como un grito de luz y de alas por encima de los terrados… Los pichones ya nacían cubiertos de pluma, sin venas, sin cañones en el cuello, con la cabeza y el pico a la medida del cuerpo. Y los padres no les echaban la comida dentro con aquel desasosiego febril y las crías no se lo tomaban entre gritos desesperados. Y si caía un huevo incubado al suelo, no apestaba. Yo los cuidaba, les ponía esparto nuevo. El agua de los bebederos no se enturbiaba ni cuando hacía calor…

Y al día siguiente se lo conté a una señora que se sentó a mi lado en un banco del parque, de cara a las rosas. Le conté que había tenido cuarenta palomas… cuarenta parejas de palomas: ochenta… De todas clases. Palomas con corbata de seda y palomas con las plumas peinadas hacia atrás que parecían nacidas en el país de todo al revés… Buchonas… de cola de pavo… blancas, rubias, negras, manchadas… con capucha, con toquilla… con un revuelo de plumas desde la cabeza al pico, tapándoles los ojos… con lunares de color de café con leche… Todas vivían en una torre hecha a propósito, a la que se subía por una rampa de caracol y la rampa tenía ventanitas estrechas y largas en la parte de fuera y, en la parte de dentro, al pie de cada ventanita, había un ponedero con una paloma empollando. Y la que esperaba para relevarla estaba en el antepecho de la ventanita y, si uno miraba la torre desde lejos, era como una gran columna toda cubierta de palomas que hubieran podido ser de piedra pero que eran de verdad. Y nunca echaban a volar desde las ventanitas, sino desde arriba de todo de la torre y de allí salían como una corona de plumas y picos, pero con la guerra había caído una bomba y todo se había acabado.

Se ve que aquella señora se lo contó a otra. Y ésta a otra más. Y todas se lo iban diciendo al oído y cuando veían que me acercaba siempre había alguna que avisaba a las otras: ya viene la señora de las palomas. Y a veces alguna que todavía no sabía la historia preguntaba: ¿y la guerra se las mató? Y otra decía a su vecina de banco: y dice que siempre piensa en ello… y otra les contaba a las que no lo sabían, su marido la hizo una torre a propósito para que pudiese llenarla de palomas y parecía una nube de gloria… Y cuando hablaban de mí tal como creían que yo era, decían: añora las palomas, añora las palomas, la señora que sólo vive añorando las palomas y la torre alta con ventanitas altas…

Y para ir a los parques me apartaba de las calles por donde pasaban demasiados automóviles porque me marcaba y a veces tenía que dar una gran vuelta para poder pasar por calles tranquilas. Y para ir a cada parque tenía dos o tres caminos para que no fuese demasiado aburrido ir siempre por el mismo. Y me paraba delante de las casas que me gustaban y me las miraba mucho y había algunas que, cerrando los ojos, me las sabía de memoria. Y si veía una ventana abierta y dentro no había nadie, miraba adentro. Y mientras andaba pensaba, a ver si la ventana del piano negro estará abierta, o a ver si estará abierto el portal con la luz de candelas, o a ver si el portal con entrada de mármol blanco tendrá los tiestos de las hojas verdes en la calle para regarlos, o a ver si la torre con el jardín delante y el surtidor con baldosines azules tendrá el chorro abierto… Pero los días que llovía me quedaba en casa y no sabía estar en ella y acabé saliendo también los días de lluvia y el parque estaba vacío de señoras y yo llevaba un periódico y si llovía poquito ponía el periódico extendido encima del banco y me sentaba con el paraguas abierto y miraba cómo la lluvia arrancaba las hojas y deshojaba o cerraba las flores… Y volvía a casa y algunas veces me cogía un aguacero muy fuerte, pero no me importaba, hasta me gustaba; no tenía ninguna prisa en volver y si aquel día me tocaba pasar por la entrada de mármol con los tiestos de las hojas verdes en la calle para que les cayese la lluvia, siempre me paraba a mirarlas un rato y sabía las hojas que tenía cada tiesto y sabía las que le cortaban cuando salían las nuevas. E iba por las calles desiertas y vivía muy despacito… Y de tanto ir de una blandura a otra me puse blanda como una breva y todo me hacía llorar, y siempre llevaba un pañuelito dentro de la manga.

(Continuará…)

Una respuesta a “La plaza del diamante (VIII)

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