El séptimo cielo (I)

Naguib Mahfuz






1

Una nube enorme se alza sobre toda existencia, se sumerge en el espacio. Todo late con una presencia cósmica extraña. Nunca ha habido nada como esto, descomponiendo a los seres vivos en sus elementos básicos, amenazándolo todo con la destrucción… o quizás con una nueva creación. A pesar de todo, él sigue siendo consciente de lo que sucede, parece vivir sus últimos momentos de conciencia. Embargado por sensaciones que trascienden la imaginación, está siendo testigo de cosas que nadie ha visto antes. Y, sin embargo, él —Raouf Abd-Rabbuh— no siente miedo, no escucha voces malignas que susurren en su interior y no tiene preocupación alguna. Hace un alto en el desierto frente al antiguo portal, flotando en la oscuridad, con la sensación de no pesar nada. Él y su amigo Anous Qadri regresan tras haber pasado la velada fuera. ¿Dónde estás, Anous?

No oyó ni un ruido, ni pudo notar el tacto del suelo. Tuvo entonces una extraña sensación de levitación al ir penetrando más profundamente en las masas revueltas, tan extensas, de arriba. Cuando llamó a voces a su amigo, no salió de él ningún sonido. Estaba presente, y sin embargo no lo estaba en absoluto. Estaba confuso, pero no asustado, aunque su corazón se esperaba una respuesta directa allí al lado. La nube se adelgazó y comenzó a desvanecerse. Los latidos se detuvieron por completo. Luego, en la oscuridad de la noche rutilaron los rayos luminosos de las estrellas. Por fin, ¡ahora ya veo, Anous! Pero ¿qué haces? Están cavando la tierra con furia, y con un propósito. Y entonces, hay un hombre joven que yace de espaldas y al que le brota sangre de la cabeza. Raouf lo puede ver con mayor claridad de la que permite la luz de las estrellas. ¡Qué extraordinario! ¡Es el propio Raouf Abd-Rabbuh! Y no obstante, ¡él es yo, y nadie distinto de mí!

Quedó separado de él por completo mientras lo miraba muy de cerca. No, no es un doble, ni su gemelo. Es su cuerpo sin la menor duda. Y ésos son sus zapatos. Anous alienta a los hombres que están trabajando. A él no lo ve en absoluto. Es evidente que piensa que el cuerpo que yace ahí representa todo lo que existe de su amigo Raouf Abd-Rabbuh, el ser que le observa, incapaz de hacer nada. Tuvo la sensación de no estar completo, como el cuerpo del suelo. ¿Se había convertido en dos? ¿O se había marchado de entre los vivos? ¿Había sido asesinado y sufría la muerte? ¿Me has matado tú, Anous? ¿No hemos pasado una noche divertida por ahí juntos? ¿Qué sentiste cuando me matabas? ¿Cómo has podido desdeñar mi amistad tanto como para intentar reclamar a Rashida para ti? ¿No me dijo ella que de ahora en adelante se consideraba hermana tuya?

¡Ah! Los hombres han cargado mi cuerpo hasta el hoyo y lo lanzan dentro. Ahora van echándole tierra encima con las palas y después alisan la zona, allanan el terreno para que recupere su aspecto normal. De ese modo Raouf Abd-Rabbuh se esfuma, como si nunca hubiera existido. Y sin embargo, Anous, todavía existo. Has enterrado con astucia la prueba de tu crimen despiadado, todo rastro de él ha desaparecido. Y entonces, ¿por qué frunces así el ceño? ¿Qué significa esa mirada sardónica en tus ojos? Confieso libremente —aun cuando no puedas oírme— que todavía la amo. ¿Pensabas que ahora nuestra relación se había acabado? Hasta la muerte es demasiado débil para destruir una pasión así. Rashida es mía, no tuya. Pero eres impulsivo y fuiste criado entre maldad. Creciste en el círculo de tu padre, el jefe Qadri el Carnicero, monopolista del comercio de carne, saqueador de los pobres y desposeídos, un burdo untador de palmas. Déjame decirte que aquello a lo que aspiras no es tuyo y que tu delito es intentar obtenerlo por la fuerza. ¿Qué harás ahora? Tú, que ni siquiera ibas al café sin mí, ni estudiabas sin mí, ni ibas o venías de la universidad sin mí… Éramos los dos mejores amigos de nuestro barrio, a pesar de las infinitas diferencias entre nosotros, de dinero, de posición, de poder. Puede que tú te olvides de mí, pero yo no me olvidaré de ti. Debes saber que no tengo ansias de venganza, ni de hacerte daño de ninguna manera. Todas esas flaquezas fueron enterradas con mi cuerpo en ese hoyo de la tierra. Ni siquiera el sufrimiento que la opresión de tu padre inflige en nuestro callejón provocan en mí ira ni furor. Más bien lo considero un suceso vulgar que la fuerza del amor rechaza para dar paso en su lugar a un deseo noble y libre de toda mancha. Llevo luto por ti, Anous. Nunca antes pude concebirte con una imagen tan despreciable. Eres un esqueleto ambulante, una ruina infestada de murciélagos. La sangre asesina te salpica la cara y la frente. Tus ojos lanzan chispas, y una serpiente cuelga de cada una de tus orejas. Los hombres de tu padre van en hilera tras de ti con pezuñas de pollino, con cabezas como grajos, sujetos con grilletes cerrados con espinas. Cómo me entristece haber sido la causa de que mancillases tu existencia. La pena que eso me produce me abruma, y mi sentimiento de felicidad se reduce hasta la nada.

2

En medio de un suspiro, Raouf se encontró en una ciudad nueva, de gran luminosidad pero sin sol. El firmamento era una cúpula de nubes blancas, y la tierra, rica en verdor, con un sinfín de huertos de frutales florecidos. Una sucesión de filas de rosas blancas se perdía en la distancia. Masas de gente se agrupaban y se disgregaban con la ligereza de los pájaros. En un punto vacío sintió la soledad del que llega por primera vez. En ese momento se alzó delante de él un hombre envuelto en una capa de bruma blanca.

—Bienvenido al Primer Cielo, Raouf —le dijo con una sonrisa.
—¿Esto es el Paraíso? —preguntó Raouf con un grito de alborozo.
—He dicho el Primer Cielo, no el Paraíso —le corrigió el extraño.
—Entonces, ¿dónde está el Paraíso?
—Entre él y tú, el camino es muy largo, larguísimo —respondió el hombre—. ¡Una persona afortunada se pasará cientos de miles de años de iluminación para recorrerlo!

A Raouf se le escapó un ruido que sonó como un gemido.

—Permíteme antes que me presente —dijo el hombre—. Soy Abu, tu interlocutor, y antes fui Sumo Sacerdote de la Tebas de las Cien Puertas.
—Es un honor conocer a vuestra Reverencia. ¡Qué feliz coincidencia que yo también sea egipcio!
—Eso carece de importancia —replicó Abu—. Hace miles de años que perdí cualquier nacionalidad. Ahora soy el abogado defensor señalado por los tribunales para los recién llegados.
—Pero no puede haber ningún cargo contra mí, yo soy víctima…
—Paciencia —dijo Abu, interrumpiéndole—. Déjame hablarte de tu nuevo entorno. Este cielo recibe los nuevos ingresos. Se les juzga en los tribunales, donde yo ejerzo de abogado suyo. Las sentencias son de absolución o de condena. En caso de absolución, el acusado pasa aquí un año de preparación espiritual para el ascenso al Segundo Cielo.

Raouf lo interrumpió:

—Pero, entonces, ¿qué significa «condena»?
—Que el condenado debe nacer otra vez en la tierra para poner en práctica de nuevo la vida y quizás así tener más éxito a la siguiente ocasión —dijo Abu—. Cuando los veredictos no son tajantemente de absolución o de condena, al acusado se le suele poner a trabajar como guía de una o más almas en la tierra. Y, dependiendo de la suerte, pueden ascender al Segundo Cielo, prolongárseles el período de prueba, etcétera.
—Sea como sea, yo soy inocente sin ninguna duda —dijo Raouf vehemente y confiado—. He sido bueno toda mi vida y he muerto como mártir.
—No te des tanta prisa —le aconsejó Abu—. Deja que abramos la discusión de tu caso. Identifícate, por favor.
—Raouf Abd-Rabbuh, de dieciocho años de edad, estudiante universitario de historia. Mi padre murió y dejó a mi madre viuda y condenados todos a vivir de la caridad de un patronato del Ministerio de Donaciones Religiosas.
—¿Por qué estás tan satisfecho de ti mismo, Raouf? —inquirió Abu.
—Bueno, a pesar de mi gran pobreza, soy un estudiante muy trabajador y amo el conocimiento, mi sed del cual nunca se sacia.
—Eso es hermoso, como cuestión de principio —señaló Abu—; sin embargo, la mayor parte de tu información la has recibido de otros más que de tu pensamiento propio.
—El pensamiento se enriquece con la edad y la experiencia —dijo Raouf —. Pero, independientemente, ¿eso se tendrá en cuenta contra mí?
—Aquí una persona debe rendir cuentas de todo —repuso Abu—. Observo aquí que te deslumbraban las ideas nuevas.
—Lo nuevo tiene un encanto propio, Reverencia —dijo Raouf.
—En primer lugar, no me llames Reverencia —regañó Abu—. En segundo, nosotros no juzgamos un pensamiento en sí mismo, incluso si es falso. Antes bien, censuramos la sumisión a cualquier idea, aun verdadera.
—¡Qué juicio tan cruel! La justicia en la tierra es mucho más misericordiosa.
—Ya llegaremos a la justicia —le tranquilizó Abu—. ¿Qué te parecía tu callejón?
—Horroroso —soltó Raouf—. La mayor parte de la gente de allí son pobres mendigos. Los controla un hombre que tiene el monopolio de toda la comida, y que ha comprado la lealtad del jeque del hara. Así que mata, roba y vive seguro por encima de la ley.
—Es una descripción ajustada —dijo Abu—. ¿Cuál era tu postura frente a todo eso?
—Rechazo, rebeldía y un auténtico deseo de cambiarlo todo.
—Gracias. ¿Qué hiciste para lograrlo?
—¡Yo no tenía poder para hacer nada!
—¿Quieres ascender al Segundo Cielo?
—¿Por qué no voy a ascender? —replicó Raouf—. Tanto mi cabeza como mi corazón rechazaban lo que sucedía.
—¿Y tu lengua?
—Con una sola palabra de rebeldía me la habrían cortado.
—Y, no obstante, las palabras por sí solas no satisfarían a nuestro sagrado tribunal —advirtió Abu.
—Pero ¿qué clase de procedimiento es éste? —preguntó Raouf, cuya frustración aumentaba—. ¿Qué era yo, a fin de cuentas? ¡Un individuo aislado!
—Aquí, nuestro callejón está lleno de desafortunados —le objetó Abu.
—¡Mi primera obligación era adquirir conocimientos!
—No se puede dividir la propia confianza… ni hay excusa para eludirla.
—¿No se esperaría uno entonces que eso nos llevara a la violencia?
—Las virtudes no nos interesan —dijo Abu, con desdén—. Nosotros nos ocupamos de la verdad.
—¿No sirve de ayuda que en mi caso me hayan matado por amor?
—Eso tiene incluso un matiz que no te favorece —dijo Abu.
Raouf, atónito, preguntó:
—¿Y qué matiz es ése?
—Que depositaste tu confianza en Anous Qadri, cuando es el vivo retrato del tirano de su padre.
—Nunca habría imaginado que fuese tan culpable.
—Aunque tienes algunas circunstancias atenuantes, defenderte no va a ser fácil —se preocupó Abu.
—Es ridículo pensar que alguna vez alguien haya logrado que este tribunal lo declarase inocente.
—En efecto, solamente muy raros casos saldan por completo sus obligaciones para con el mundo.
—Póngame algún ejemplo —desafió Raouf a Abu.
—Jalid bin Walid, y Gandhi.
—¡Son dos casos totalmente contradictorios!
—El tribunal tiene otro punto de vista —dijo Abu—. Lo que importa es la obligación en sí misma.
—Para mí ya no hay esperanza.
—No desesperes… ni tampoco subestimes mi dilatada experiencia —dijo Abu en tono de consuelo—. Haré lo imposible por salvarte de la condena.
—Pero ¿qué podrá decir a mi favor?
—Diré que tuviste un comienzo sin tacha, en las condiciones más arduas, y que se esperaba mucho y muy bueno de ti si hubieras logrado vivir lo suficiente. Y que eras un hijo amante y fiel a tu madre.
—¿Lo mejor que puedo esperar entonces es que me hagan guardián espiritual de alguien? —se inquietó Raouf.
—Tienes una oportunidad de recuperar lo que se te escapó —le consoló Abu—. Aquí, en nuestro mundo, el ser humano sólo asciende de acuerdo con su éxito en la tierra.
—Entonces, Gran Abogado, ¿por qué no enviáis un guía para el jefe Qadri el Carnicero?
—No hay nadie que no tenga su guía propio.
—¿Cómo entonces —preguntó confundido Raouf— puede seguir existiendo el mal?
—No olvides que el ser humano tiene libre albedrío —repuso Abu—. Al final, todo depende de la influencia del guía y de la libertad del individuo.
—¿Y no sería más útil a la causa del bien eliminar esa libertad?
—La Voluntad ha determinado que sólo los libres pueden ganarse el derecho a ser admitidos en los cielos.
—¿Cómo puede ser que Él no admita en el cielo al más puro de nuestro callejón, el santo jeque Ashur? —replicó Raouf—. Y él no practica el libre albedrío, porque todo lo que dice y hace está lleno de justa inspiración.
—¿Y qué es él —sonrió Abu— sino una creación de Qadri el Carnicero? Interpreta los sueños según los intereses de Qadri, le comunica las confidencias íntimas que obtiene en las casas que acogen sus bendiciones…

Raouf quedó sumido en el silencio de la derrota. Permitió que su mente vagase un momento por el verdor maduro adornado de hiladas de rosales floridos, rendido a la gracia y la dulzura de aquel lugar. Luego, con un suspiro, dijo:

—¡Qué tragedia para cualquier persona verse forzada a abandonar este jardín!
—Una advertencia: ¡es pecado desear eludir tus obligaciones! —le regañó Abu.
—¿Cuándo compareceré ante el tribunal? —preguntó Raouf.
—El juicio ya se ha terminado —le anunció Abu.

Raouf se lo quedó mirando, estupefacto.

—El examen ya está completo —dijo Abu con gran calma—. La defensa se ha ido configurando durante la conversación entre tú y yo. El veredicto ya está dictado: se te encomienda la tarea de guía espiritual. ¡Felicidades!

3

El tribunal determinó retener a Raouf Abd-Rabbuh en el Primer Cielo durante un breve tiempo con objeto de limpiarlo de toda mancha en preparación para su misión. Abu se mantuvo a su lado hasta que hubo terminado su entrenamiento y aclimatación, mientras que a su vez recibía a los guías que regresaban.

—Me gustaría ver a Adolf Hitler —dijo Raouf—. ¿Vendrá por aquí?
—Fue condenado y renació entonces en tu propio callejón. Lo has visto constantemente.
—¿A Hitler?
—Es el jefe Qadri el Carnicero.

Mudo de asombro, Raouf se quedó callado. Luego preguntó:

—Entonces, ¿quién puede ser el jeque del hara Shakir al-Durzi?
—Lord Balfour.
—¿Y el jeque Ashur, el falso amigo de Dios?
—Es Khunfus, el que traicionó la revolución de Urabi.
—Pues no veo que estén cambiando o aprendiendo con la repetición de la experiencia.
—No siempre es así. ¿Sabes quién había sido tu madre?
—Seguro que algún ángel, ¿eh, Abu?
—Fue Rayya, la infame asesina en serie; y sin embargo, ¡fíjate cómo ha mejorado!

Raouf, conmocionado, volvió a quedarse callado. Justo en ese momento Abu recibió al primero de los que regresaban de fuera. El recién llegado dijo:

—Lo intento con todas mis fuerzas.
—Ya me doy cuenta —le respondió Abu—, pero debes redoblar tus esfuerzos, porque ha llegado la hora de que vayas más arriba.
—Estoy seguro de que sé quién es ése —dijo Raouf cuando el hombre hubo desaparecido—. ¿No es Akenatón?
—Sí, en efecto. No ha tenido mucha suerte, sin embargo, porque su período de prueba se le ha prolongado miles de años.
—¡Pero si fue el primero en transmitir la noticia de que Dios es uno!
—Verdaderamente es así, pero impuso a todos su Dios Uno mediante la coerción en vez de la persuasión y la argumentación racional. De ahí que por su culpa les resultase más fácil a sus enemigos eliminar a Dios del corazón de la gente de la misma manera: por la fuerza. Si no hubiera sido por su clara conciencia, lo habrían condenado.
—¿Por qué ha sido tan prolongada su estancia aquí?
—No logró tener éxito con ninguno de los que le dieron para guiar, por ejemplo el faraón de tiempos de Moisés, al-Hakim bi-Amr Allah, o Abbas I, rey de Persia.
—¿Y a quién guía ahora?
—A Camille Chamoun.

Se acercaba un nuevo personaje; el recién llegado entregó un informe escrito, soltó unas palabras muy agitado y luego se esfumó del todo.

—¡Ése era el presidente Wilson! —exclamó Raouf.
—Exactamente.
—Habría pensado que él sería uno de los pocos elegidos para ascender al Segundo Cielo.
—Estás pensando sin duda en sus sagrados principios —observó Abu—. Pero justamente olvidas que no se ocupó de emplear el poder de los Estados Unidos de América para implantar esos principios en el mundo… y reconoció el protectorado inglés sobre Egipto.
—¿Y de quién se ocupa?
—De un literato eminente, Tawfiq al-Hakim.

Cuando hubo pasado el tercer personaje, Raouf declaró:

—Ése era Lenin, de eso no cabe duda.
—Exacto otra vez —afirmó Abu.
—Creí que estaría condenado a causa de su ateísmo —se admiró Raouf—. ¿Qué pudo decir en su defensa?
—Pues dije que por el constante flujo de su parloteo intelectual había cambiado los nombres, y no la esencia, de las cosas. Llamó divina a la materia perecedera, y le atribuyó algunas de las cualidades de Dios: eternidad, creación y control del destino del universo. Llamó científicos a los profetas, trabajadores a los ángeles y demonios a la burguesía. También prometió un paraíso en la tierra, el que existe en el tiempo y en el espacio. Ensalcé la fuerza de su fe y de su valentía, así como su servicio a las clases obreras mediante el sacrificio y la renuncia a sí mismo. Añadí que a Dios Todopoderoso lo que le importaba era lo bueno y lo malo que aconteciera a la humanidad. Porque Él, loada sea su majestad, no necesita de los seres humanos. Ni la fe de todos juntos puede hacerle más grande, ni su incredulidad empequeñecerlo. De ahí que la sentencia de Lenin se rebajase y le pusieran de guía espiritual.
—¿Y quién le tocó? —preguntó Raouf sin aliento.
—Un escritor muy conocido, Mustafá Mahmud.
—¿Y a Stalin también lo emplearon para guiar a alguien?
—Desde luego que no. Stalin fue condenado por hacer matar a millones de trabajadores en vez de enseñarles y adiestrarles para una vida mejor.
—Tal vez ahora viva en nuestro callejón —consideró Raouf.
—No, está en trabajos forzados en una mina de la India.

Después de recibir a Lenin, Abu había terminado las citas previstas, de modo que acompañó a Raouf a hacer el recorrido del Primer Cielo. Tan pronto como la idea se presentó en su cabeza, estuvieron en marcha, en respuesta a su deseo interior, sin necesidad siquiera de utilizar los pies. Flotaban como pájaros, embriagados por un éxtasis integral que surgía de sus poderes mágicos para efectuar cualquier movimiento deseado con facilidad y placer. Navegaron por el aire plateado sobre una tierra bordada de verde allí abajo, con el cielo encima iluminado de relucientes nubes blancas. Pasaron ante incontables rostros de variopintas razas y colores, cada uno absorto en sus elevados empeños: ayudar a las personas de la tierra a conseguir progreso y éxito. Con eso buscaban arrepentirse y purificarse con objeto de reanudar su ascensión a los diferentes niveles de creatividad espiritual e ir acercándose a la propia Gran Verdad. Trabajan de forma implacable, arrastrados por sus ardientes y eternas pasiones de perfección, justicia e inmortalidad.

—A mí me parece —dijo Raouf— que aquí no hay menos sufrimiento que en su contraparte en la tierra.

Abu le replicó con una sonrisa:

—Hay dos clases de sufrimiento que se integran en una. La única diferencia es que aquí las personas lo experimentan con un corazón más puro, un cerebro más lúcido y un objetivo más claro.
—Por favor, explíqueme todo eso, Abu.
—Vosotros, en la tierra, soñáis con un mundo que incluya la ciudad virtuosa, que se fundamenta en la libertad individual, la justicia social, el progreso científico y un poder que logre dominar a las fuerzas de la naturaleza. En aras de todo eso, emprendéis guerras y acordáis paces, y desafiáis a las Fuerzas Contrarias, según vuestra terminología, a las que llamáis reaccionarias. Todo esto está muy bien y es muy bonito, pero no es el objetivo final, como vosotros imagináis. Más bien es sólo el primer paso real por el largo camino de la elevación espiritual, que incluso a quienes moran en nuestro Primer Cielo les parece no tener fin.

Raouf permaneció sumido en la meditación hasta que Abu le preguntó:

—¿En qué estás pensando?
—Estoy pensando en cuánto crimen terrible perpetran cada día las Fuerzas Contrarias.
—Son crímenes en los que los buenos participan al abstenerse pasivamente de luchar por lo que es justo —dijo Abu—. Tienen miedo de la muerte… ¡Y la muerte es lo que ves aquí!
—¡Qué vida! —exclamó Raouf.
—Es un campo de batalla… nada más, y nada menos.

Raouf se quedó pensando hasta que tanto cavilar le dejó agotado, y entonces volvió a su anterior pasión por conocer los destinos de la gente que le interesaba.

—Me gustaría saber qué ha sido de los dirigentes de mi país —le dijo a Abu.
—Espérate a verlos directamente. Pero puedes preguntarme por quien quieras —le indicó el ex Sumo Sacerdote.
—¿Qué pasó con al-Sayyid Umar Makram?
—Es el guía de Anis Mansur —dijo Abu.
—¿Y con Ahmad Urabi? —preguntó Raouf.
—Está al cargo de Lewis Awad.
—¿Y Mustafá Kamil?
—Ayuda a Fathi Radwan.
—¿Y Mohamed Farid?
—Mentor de Osman Ahmed Osman.
—¿Y dónde está Sa’d Zaghlul?
—Ha subido al Segundo Cielo —entonó Abu.
—¿Gracias a sus sacrificios personales? —preguntó Raouf, interesadísimo.
—Gracias a su triunfo sobre las debilidades humanas.
—Otra vez he de pedirle que me lo aclare.
—Te darás cuenta de que antes de la revolución tuvo que sufrir el pecado y la ambición —dijo Abu—. Pero después, sin embargo, se elevó hasta convertirse en una exquisita imagen del coraje y la entrega, y por ello fue acreedor al indulto.
—¿Y Mustafá al-Nahhas?
—Le adjudicaron a Anuar al-Sadat —señaló Abu—. Pero cuando llegó el seis de octubre y se restableció la libertad, también él ascendió al Segundo Cielo.
—Entonces, ¿qué pasó con Gamal Abd al-Nasser? —preguntó el joven asesinado.
—Es el guía de al-Qaddafi.


Al final del breve período de aprendizaje, Abu dijo a Raouf:

—Ahora serás el guía espiritual de quien te mató, de Anous el hijo de Qadri el Carnicero.

Raouf aceptó la orden con decidido afán.

—Confía en tu mente para encontrar inspiración, pues tiene un gran poder si sabes emplearla —le instruyó Abu—. Cuando sea necesario, puedes incluso recurrir a los sueños… Y que el Señor esté contigo.

4

Raouf Abd-Rabbuh aterrizó en el callejón. Veía y oía con claridad, aunque a él nadie le veía ni le oía. Se movía de un sitio a otro como una brisa natural por todo su amado barrio, con todos sus sólidos escenarios bien conocidos, sus gentes absortas en los asuntos de la vida. Todos sus recuerdos permanecían intactos, lo mismo que sus esperanzas y penas anteriores. Disfrutaba de una claridad mental que era como una luz brillante. Decenas y decenas de trabajadores, tanto hombres como mujeres, se afanaban sin descanso con ojos furtivos y brazos fornidos. Las risas flotaban sobre los juramentos, como el moho amargo que estropea la mantequilla. Y allí estaba el jefe Qadri el Carnicero en su tienda. Su cara y la de Hitler no se parecían nada, pero tenía el cuerpo hinchado de chupar la sangre de la gente. Y aquí está lord Balfour, es decir, Shakir al-Durzi, el jeque de nuestro callejón, que arroja la ley a los pies del carnicero. Y ahí está el falso wali, el jeque Ashur, que predice el futuro para adular a su amo y señor.

Mi pobre callejón. ¡Que Dios te acompañe! ¿Cuándo y cómo romperás esos grilletes que te atan?

Era evidente que su ausencia —la de Raouf— había desatado las lenguas y los corazones del callejón. Las mujeres rodeaban a su desconsolada madre.

—Han pasado ya tres días desde que desapareció —gemía.
—Hum, Raouf… Mujer, deberías avisar a la policía —la apremiaban.
—Ya se lo he dicho al «tío» Shakir al-Durzi, jeque del hara —les informó.

La voz del jeque llegó hasta el grupo, desdeñosa.

—¿Es que los jóvenes de hoy no tienen vergüenza?
—Mi hijo nunca ha pasado una noche entera fuera de casa —dijo la madre, sin dejar de llorar.

Y aquí está Rashida, que vuelve de su instituto, con la belleza de su cara morena estropeada por la tristeza. Su madre le había dicho:

—Cuídate bien, hija. La salud que se pierde no se puede recuperar.
—Ya lo sé —le contesta conteniendo las lágrimas—. ¡El corazón nunca me engaña!

Raouf la observa con simpatía. Te creo, Rashida. Un corazón que ama es el receptor más fiable de la verdad. Pero algún día volveremos a vernos. El amor nunca muere, Rashida, no muere, aunque algunos crean que sí.

Y aquí está el homicida, que se pavonea de vuelta a casa desde la universidad. ¡Lleva un libro en una mano mientras asesina con la otra!


Nunca estoy fuera de tus pensamientos, pese a que no tengas ni idea de que me han designado tu mentor espiritual. ¿Cederás hoy ante mí o persistirás en el error? Todo se alía para confortarte, Anous. Tu padre proyecta su sombra sobre todo. El gobierno y todas las autoridades son sus leales súbditos, de modo que puedes conseguir todos los testigos falsos que necesites. Pero, aun así, mi imagen nunca te abandona. ¿Y por qué no? ¿No decían todos que nuestra amistad era proverbialmente estrecha? Aunque fueras instruido en asuntos criminales, tú nunca los pusiste en práctica como tu padre. Durante tu educación aprendiste cosas hermosas, u oíste al menos hablar de ellas. ¿Soñabas con ganar el corazón de Rashida al realizar esa parodia? ¿Qué fue lo que mataste y enterraste en el desierto? Lo que hiciste no me hace más daño a mí que a ti mismo. Yo era tu eterno compañero, como vas a ver. Confiesa, Anous. Admite tu crimen. Di la verdad y sigue fiel a mi lado, y así interpretarás un papel mejor en esta representación.
Aquí está mi madre, interceptando tu camino con su tormento.


—Amo Anous —te suplica—, ¿tienes alguna noticia de tu amigo?
—Ninguna en absoluto, juro por Dios.
—Cuando salió, me dijo que iba a verse contigo.
—Estuvimos juntos unos minutos —dijo Anous—, pero luego me dijo que tenía que hacer un recado importante y que nos encontraríamos a la noche en el café.
—Pero no ha regresado —dijo la madre, consternada.
—¿No vine a visitarte preguntando por él?
—Es cierto, querido muchacho, pero es que voy a volverme loca.
—Yo estoy tan disgustado como tú —declaró Anous.


Créeme, Anous. Veo la zozobra en tu espíritu como si fuera una mancha en tu rostro. Pero eres cruel y malvado. Formas parte de las Fuerzas Contrarias, Anous, ¿y no ves el peligro que eso supone? Bajamos refunfuñando todo el Sendero de la Luz y ¿qué crees que será deslizarse por el Sendero de la Oscuridad? Yo estoy contigo. Si no pruebas este buen pollo asado, la culpa es tuya. Si no puedes concentrarte en el libro que estás leyendo, el problema es para ti también. Yo no te abandonaré nunca, ni me cansaré nunca. Ya puedes quedarte levantado hasta tarde, que no conciliarás el sueño antes del amanecer.


Cuando subió de nuevo al Primer Cielo, Raouf se encontró a Abu en plena discusión con Akenatón.

—¡Cada vez que le decía que a la derecha, se iba a la izquierda! —decía furioso el difunto faraón.
—Has de emplear tus poderes según los necesites —le exhortaba Abu.
—Nos falta la capacidad de utilizar la fuerza física —se quejaba Akenatón.
—¿Quieres ascender o no? —explotó Abu—. El problema es que no tienes costumbre de convencer y persuadir a la gente de tus puntos de vista. ¡Lo único que sabes es dar órdenes!

Abu se volvió hacia Raouf y le preguntó:
—¿Cómo te han ido las cosas a ti?
—Creo que tendré una buena salida —dijo el joven.
—¡Magnífico! —exclamó Abu.
—Sin embargo, me pregunto: ¿todo el mundo tiene su guía propio?
—Naturalmente —dijo Abu.
—Entonces, ¿por qué todos se rinden?
—Estás muy equivocado —le contradijo Abu—. ¡Cómo se ve que has nacido en la época de las revoluciones!

En ese momento, un pájaro verde del tamaño de una manzana se posó en el hombro de Abu. Puso su pico de color rosa junto a la oreja de Abu, que pareció escucharle hasta que el pájaro salió volando de repente y se alejó por el aire para quedar oculto por una nube blanca.

Abu miró significativamente a los ojos de Raouf.

—Era el mensajero del Segundo Cielo —le explicó—. Me traía la noticia del indulto y el derecho a ascender de una persona que se llama Sha’ban al-Minufi.
—¿Quién es? —preguntó Raouf.
—Un soldado egipcio que fue martirizado en Morea en tiempos de Mohamed Ali. Era mentor de un contrabandista de divisas llamado Marwan al-Ahmadi, y finalmente triunfó en su campaña para hacer que se suicidase.

Sha’ban al-Minufi se acercó envuelto en su túnica vaporosa.

—Gloriosamente y con plena gracia ascenderás al Segundo Cielo —le dijo Abu.

Todos los guías espirituales se arremolinaron en torno a él en forma de palomas hasta que el verdor del lugar quedó cubierto, y en medio de todo ello resplandecía el rostro de Sha’ban al-Minufi. Mientras sonaba una música celestial, Abu declamó:
—Asciende, oh rosa de nuestra ciudad de verdor, y continúa adelante con tu sagrada lucha.

Con una voz muy agradable, Sha’ban respondió:

—Bendiciones a todos cuantos prestan su servicio a quienes sufren en el mundo.

Y dicho esto comenzó a elevarse con la ligereza de una efímera fragancia y al son de un jubiloso himno de despedida.

5

Anous Qadri, el hijo del carnicero, estaba ante un detective de la policía que le interrogaba.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a Raouf Abd-Rabbuh?
—La tarde del día que desapareció —dijo Anous—. Vino a verme a casa. Pero al poco de llegar se marchó a hacer algún asunto. Me prometió que nos veríamos por la noche en el café.
—¿Te dijo algo de ese asunto que tenía que resolver?
—No —dijo Anous.
—¿No le preguntaste? —le apremió el policía.
—No. Pensé que tendría algo que ver con su familia.
—Algunas personas os vieron caminar juntos por el callejón después de que fuera a verte —le informó el detective.


No te pongas nervioso. Lo mejor es confesar. Ésta es tu oportunidad de oro, si sabes lo que te conviene.


—Le acompañé hasta que cruzó la verja —dijo Anous.
—¿Quieres decir que desapareció en el desierto, ahí fuera, así, sencillamente?


Eso es hablar con dobles sentidos, Anous, incluso peor que eso. Sólo la verdad puede salvarte.


—Pues sí, así fue —respondió Anous.
—¿Y tú qué hiciste después?
—Fui al café para esperarle.
—¿Cuánto tiempo te quedaste? —continuó el policía.
—Hasta la media noche. Luego me fui a casa.
—¿Puedes demostrarlo?
—Shakir al-Durzi, el jeque del hara, estuvo sentado a mi lado todo el rato —dijo Anous—. A la mañana siguiente, temprano, fui a casa de Raouf para preguntarle a su madre por él. Me dijo que no había vuelto.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pregunté por él a todos los amigos y conocidos del callejón.
—¿Tienes alguna opinión personal sobre esta desaparición tan prolongada? —preguntó el policía.
—¡En absoluto! Es verdaderamente incomprensible —insistió Anous.


Aquí te tenemos saliendo de la comisaría, Anous. Preparas por adelantado cada una de las palabras que pronuncias. Te arrepientes de haber mencionado la verja, y te preguntas quién te vería ir andando conmigo. Es como si estuvieras considerando si hacer nuevas maldades. Le repites a tu padre los detalles de la entrevista. No es necesario bajar la voz: el dinero, la ley y los testigos, lo tiene todo en el bolsillo. Te aconsejo otra vez que te enfrentes a tu crimen con valor y que saldes tus cuentas. Pero ¿qué es esto? ¿Es que la imagen de Rashida continúa dibujándose en tu imaginación? Ésa es la auténtica esencia de la locura. Entenderás entonces que las investigaciones sobre ti seguirán su curso. El jeque del callejón ha llegado a la misma conclusión. Lo Oculto nos advierte de sorpresas desconocidas. Estás pensando en todo esto y al mismo tiempo sigues obsesionado con Rashida, ¡eres tonto!


Tras reflexionar, Raouf comentó a Abu:

—El miedo a la muerte es la mayor maldición que aflige a la humanidad.
—¿No fue creado para impedir a los hombres hacer el mal? —le replicó Abu.

Raouf se quedó callado y Abu añadió:

—Te han nombrado guía, no filósofo; recuérdalo.

6

Ahora, Anous, te preguntas por qué el detective te habrá citado por segunda vez. Las cosas no están resultando tan sencillas como te pensabas.
Aquí tenemos al policía interrogándote:


—¿Qué sabes de la vida privada de Raouf?
—Nada digno de mencionar.
—¿De veras? —le replicó el detective—. ¿Qué me dices de su amor por Rashida, la que estudia en la escuela de diseño de moda?
—¡Todos los jóvenes tienen una relación como ésa! —dijo Anous despectivamente.
—¿Tú tienes una?
—Eso son cosas personales que no tienen cabida en una investigación.
—¿Eso es lo que piensas? —contraatacó el oficial—. ¿Ni siquiera cuando tú estás enamorado de la misma muchacha?
—Esa cuestión puede explicarse —protestó Anous.
—¡Bien! —exclamó el policía—. ¿Y cómo?
—Una vez le revelé a Raouf que deseaba comprometerme con Rashida, y él me confió que ellos estaban enamorados —explicó Anous—. Al enterarme, le pedí disculpas y consideré que el asunto estaba zanjado.
—Pero el amor no se acaba con una palabra —se burló el detective.
—No fue más que un sentimiento fugaz… ¡no sé a qué se refiere usted!
—Estoy recogiendo información y me pregunto si tus sentimientos hacia tu amigo habrán cambiado, aunque sólo sea un poquito.
—Ni lo más mínimo —repuso Anous—. Mis sentimientos hacia Rashida no eran nada especial, pero mi amistad con Raouf era de las que duran toda la vida.
—Has dicho era… ¿se ha terminado?
—Quería decir —dijo Anous, nervioso— que nuestra amistad es para toda la vida.


Te preguntas cómo estará yendo la investigación con Rashida. Qué habrá admitido. Muy bien. Déjame decirte que las pesquisas siguen su curso. Rashida les ha contado tus intentos por arrancarla del corazón de tu amigo. Igual que les ha hablado de la omnipotencia de tu padre y el miedo que tiene por su seguridad y la de tu madre. Te garantizo que en estos momentos las cosas se están volviendo contra ti.


—Al oírte, parece que hubieras renunciado a volver a ver a tu amigo —le pinchó el detective, con risas.
—Estoy seguro de que volverá —repuso rápidamente Anous—. Eso me dice mi corazón.
—El corazón de un creyente es su guía —dijo el agente—. También yo quiero que regrese.


Te marchas de la comisaría más preocupado que la última vez. Me parece que has notado que ese pequeño sabueso es listo y sospecha totalmente de ti, y no crees que tu padre logre controlarlo todo esta vez. ¿No sufrió el propio Hitler una derrota definitiva e, incluso, acabó suicidándose?

7

El detective te ha citado para una tercera sesión, Anous. Los nervios empiezan a crisparse. Tu padre mira a Shakir al-Durzi con furia, pero ¿qué puede hacer el jeque en realidad? Párate delante del policía, tu torturador, y escúchale:


—Anous, hemos recibido una carta anónima que te acusa de haber matado a tu amigo Raouf.
—¡Una acusación despreciable! —gritó Anous con rabia fingida—. ¡Que dé la cara quienquiera que la haya hecho!
—Ten más paciencia —le amonestó el policía—. Aquí lo sopesamos todo con cuidado. ¿Tu amigo y tú no pasabais muchas noches juntos fuera de la verja?
—Pues claro —reconoció Anous.
—Entonces, ¿dónde pasasteis el tiempo los dos en ese vasto desierto?
—En el café de Nobles, en la meseta.
—He decidido hacer un cara a cara entre los hombres que estaban en el café y tú, Anous.


Aguanta, no te angusties. Eres testarudo, es cierto. No quieres responder a mis susurros secretos. Puedes estar seguro de que todo lo hago en tu propio beneficio, Anous.


Se celebró el careo. El propietario del café y su joven ayudante atestiguaron que hacía más de un mes que no veían a Anous. En el rostro del detective se veía claramente que no estaba completamente convencido. Lanzó una áspera mirada a Anous.

—Salgan, por favor —dijo el policía.


Otra vez te marchas de la comisaría con una sonrisa de victoria en los labios. Tienes derecho a sentirte de ese modo, pues tu padre ha levantado una línea defensiva a tu alrededor. Pero ¿terminará el asunto aquí de verdad? Tu corazón sufre palpitaciones mientras pasas los días merodeando delante de la casa de tu víctima. La ansiedad vuelve a apoderarse de ti. ¿Quién sería el desconocido que envió esa carta acusatoria? ¿Habrá más como ésa? Eres un asesino, Anous, y tu conciencia no quiere despertar. Permíteme simplemente que te visite esta noche en un sueño, pues todo el tiempo que permanezcas sin responder a mis llamadas ocultas tendrás mi cadáver tendido en la cama junto a ti. ¡Ah! Aquí se alza tu grito, impulsado por la pesadilla. Te despiertas aterrado, con el corazón repleto de espanto. Te tiras de la cama para remojarte la garganta con un buche de agua. Pero de nuevo te encuentras mi cadáver al lado en cuanto vuelves a arroparte para dormir. Y el sueño invade tu mente noche tras noche. Tu madre insiste al jeque Ashur para que te examine. Él te da un amuleto para que lo lleves sobre tu corazón, pero mis restos no desaparecerán de tus sueños espeluznantes. Tu estado empeora, de manera que acudes en secreto a ver a un psiquiatra y lo visitas regularmente semana tras semana. Te dice algo verdaderamente asombroso: que te imaginas que tu amigo ha sido asesinado, que su cuerpo es representación del tuyo propio a causa del fuerte vínculo emocional entre los dos, que estáis tan estrechamente ligados que te crees que su cuerpo ocupa el lugar del tuyo. Pero ¿por qué te representas a ti mismo como el que ha sido asesinado? Tu cuerpo asume el papel de sustituto de otro cuerpo y otra persona que, en lo más profundo, querrías matar. Esa persona es tu padre. Así que tu padre es la causa de tu sueño, todo lo cual refleja un complejo de Edipo.
Si bien, en realidad, ni cortejas a tu madre ni quieres matar a tu padre de verdad. Más bien sucede que estás enamorado de Rashida y que me mataste a mí sencillamente para quitarme de en medio.


Raouf criticaba con rabia aquel error de diagnóstico ante su consejero espiritual.

—Son muchas las quejas sobre errores de diagnósticos científicos —le consoló Abu—. La frustración se confunde con una enfermedad derivada del consumo de chocolate. La depresión producida por la pérdida de fe lleva al tratamiento de los nervios simpáticos. El estreñimiento a causa de la situación política desemboca en una receta de laxantes, y así sucesivamente.
—¿Qué puedo hacer entonces, Abu?
—¿Ya te has desesperado?
—En absoluto —insistió Raouf.
—Entonces pon todas tus fuerzas en la tarea —le apremió Abu.

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “El séptimo cielo (I)

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