El séptimo cielo (Final)

Naguib Mahfuz






8

Las causas de la desaparición de Raouf Abd-Rabbuh continuaban sin ser aclaradas, y el propio suceso fue difuminándose paulatinamente en el recuerdo de la gente. Las únicas personas que todavía pensaban en él eran su madre y Rashida. Mientras, Anous seguía con su vida normal, absorto en el trabajo y la diversión. El pasado le perseguía de vez en cuando, tanto en horas de vigilia como de sueño, pero había domesticado y controlado sus tumultos internos a base de sedantes y somníferos y de pura fuerza de voluntad. Ahora que tenía bajo control toda la parte legal, volvió a fijar sus pensamientos en Rashida, pues ¿por qué si no había llevado a cabo la acción más horrenda de su vida? Se quedaba cada mañana esperando para verla pasar cuando ambos iban a clase a sus respectivos institutos. ¿Todavía se le veía en la cara el dolor de su recuerdo, no había perdido aún la esperanza? ¿No pensaba nunca en su futuro de mujer joven que debería ir buscando vida, felicidad, matrimonio, hijos? ¿No aspiraba a conquistar al hombre que más podía ofrecerle de todo el barrio?

Su táctica disparatada de perseguirla con dedicación y su inquebrantable deseo de poseerla enteramente se habían incrementado. Una vez que Rashida cruzaba por delante de él, que estaba sentado en el tranvía, la saludó a voces, pero ella lo ignoró por completo.

—¡Tendríamos que apoyarnos el uno al otro! —le dijo a gritos.

Ella arrugó el entrecejo con asco, pero él siguió hablándole:

—¡Hemos perdido a un ser muy querido para los dos!
—No se ha perdido —respondió Rashida rompiendo su silencio—. ¡Lo asesinaron!
—¿Qué? —se horrorizó Anous.
—Mucha gente lo cree así —dijo ella.
—¡Pero si no tenía ni un solo enemigo!

Rashida lo miró con desprecio y no dijo nada más.

«Te acusaba de haberlo matado, —se dijo a sí mismo Anous—. ¿Tienes alguna duda? Podrás borrar el crimen de tus archivos si te alzas para encararte a tu padre, pero el tiempo para el amor ya ha pasado».

Rashida se bajó del tranvía antes que él. Siguió sus movimientos con añoranza y rencor, con la imaginación presa de visiones incontroladas de violencia y lujuria.

9

—Todo el mundo habla de ese hombre extraordinario que convoca a los muertos —dijo la madre de Rashida—. ¿Por qué no pruebas? ¡Total, no va a costarte ni una milésima!

La desconsolada madre de Raouf se la quedó mirando, confusa, y luego dijo en voz baja:

—Si tú vienes conmigo…
—¿Por qué no? Así me comunicaré con el querido padre de Rashida difunto.
—Muchas personas respetables creen en el arte de entrar en contacto con los espíritus —las interrumpió Rashida, que había entrado siguiendo su conversación con interés.

Y de ese modo, bajo el secreto más estricto, concertaron una cita para probar aquel experimento.

Raouf se volvió hacia Abu, lleno de júbilo.

—¡Ésta es mi oportunidad de destapar al culpable!
—Has sido designado para ayudarlo como guía, no para ir contra él —le reconvino Abu.
—¿Tú dejarías que una ocasión así se te escapara de las manos?
—No eres asesor de la policía, Raouf —le advirtió Abu—. Eres un consejero espiritual. Tu objetivo es salvar a Anous, no entregarlo al verdugo.
—Pero es que es como un trozo de piedra. El viento de la sabiduría rebota contra él, sin más —replicó Raouf.
—Eso es una confesión de tu propia incapacidad.
—No, no es que me haya rendido ya —dijo Raouf con excitación—. Pero ¿qué puedo hacer si esas mujeres invocan mi espíritu?
—Eres libre —contestó Abu—. Buscar mis consejos no va en beneficio de tu libertad.

Se acordó la sesión y a ella acudieron la madre de Raouf y la madre de Rashida junto con ésta. Hicieron un llamamiento a Raouf, más allá del velo de lo Oculto, y Raouf penetró en la habitación a oscuras.

—Raouf te saluda, madre —dijo con una voz que todos los presentes pudieron oír.
—¿Qué fue lo que te sucedió, Raouf? —le preguntó la madre toda llorosa ante la confirmación de que su hijo estaba muerto.
—No estés triste, madre —repuso sin vacilar—. Soy feliz. Sólo tu dolor me apena. Saludos también para ti, Rashida…

Y, dicho esto, abandonó al instante aquella habitación.

10

La madre de Raouf, Rashida y la madre de ésta volvieron de la sesión preguntándose entre ellas:

—¿Por qué no nos habrá revelado el secreto de su asesino?
—¡Me lo arrebataron en lo mejor de su juventud! —se lamentaba la madre de Raouf secándose las lágrimas.
—No lo entristezcas con tu llanto —le imploró Rashida.
—¿Quién sabe? Quizás muriese por un accidente —aventuró la madre de Rashida.
—Pero ¿por qué no nos explicó cómo murió? —insistió la madre de Raouf.
—Sea por lo que sea, ¡es su secreto! —insistió Rashida.

Aquellas sesiones se convirtieron en el único consuelo en la vida de la madre de Raouf. Acudía a ellas acompañada de Rashida y su madre. Pero en los días inmediatos a sus exámenes finales, Rashida dejó de participar.

Una de aquellas noches en que estaba sola en su casa estudiando, Anous Qadri irrumpió en su cuarto. Había subido sigilosamente la escalera central abierta del edificio y luego había forzado la entrada. Raouf le gritó que volviera a irse por donde había venido y no diera un paso más hacia ella. Pero Anous atacó a Rashida y le impidió gritar tapándole con fuerza la boca con la palma de la mano.

—De ahora en adelante vas a ser tú la que vayas detrás de mí, ¡zorra testaruda! —le ladró.

Y entonces empezó a atacarla brutalmente y ella a resistirse con todas las fuerzas que podía, pero sin resultado.

—¡Te tendré viva o muerta! —le dijo, burlándose.

Ella había logrado agarrar unas tijeras de la mesa. Con una fuerza demencial, a pesar de estar aplastada por todo el peso de Anous, las hundió en un lado del cuello. Él siguió apretándola con maligna crueldad. Pero luego su vitalidad se fue apagando hasta quedar inmóvil sobre el cuerpo de ella y con la sangre caliente derramándose por la cara y la blusa desgarrada de Rashida.

Se lo quitó de encima y el cuerpo quedó extendido sobre la alfombra rota. Luego la muchacha se acercó a la ventana dando tumbos y se puso a gritar con toda la fuerza de sus pulmones.

11

La gente acudió corriendo al apartamento y allí encontraron a Rashida como una asesina enloquecida salpicada de espesa sangre. Vieron el cuerpo de Anous y empezaron a gritar mientras Rashida se acurrucaba como una bola y murmuraba:

—Quería violarme…

Si no hubiera sido por la llegada del detective y del jeque del hara, la noticia habría impulsado al jefe Qadri el Carnicero a matarla allí mismo.

—¡Mi hijo… mi único hijo! —rugía—. ¡Haré que arda el mundo entero!
—Ahora, ¡todos fuera! —ordenó el policía mientras sus ayudantes rodeaban a Rashida.
—¡Me beberé tu sangre! —le gritó Qadri dirigiendo toda la tormenta de su ira contra la muchacha.

La noticia pronto se extendió como la pólvora por todo el barrio.

12

Anous contempló su cuerpo sin sentir nada. A su lado apareció Raouf, sonriente, y el otro lo miró y le soltó:

—¡Raouf! ¿Qué te trae por aquí?
—Lo mismo que te trajo a ti —le replicó—. Ven conmigo enseguida, alejémonos de esta habitación.
—¿Y dejar esto aquí? —preguntó Anous, que seguía observando su cadáver.
—Ésa es tu ropa vieja. ¡Ahora no será nada bueno para ti seguir llevándola!
—Pero es que… es que yo… —tartamudeó Anous.
—Sí, has dejado ese mundo, Anous.

Anous se quedó callado un ratito y después, refiriéndose a Rashida, dijo:

—Pero ella es inocente.
—De eso ya me he percatado —le aseguró Raouf—. Pero tú no puedes salvarla, así que ven conmigo.
—Siento mucho lo que te hice —dijo Anous.
—Arrepentirse no tiene importancia.
—Me alegro mucho de verte.
—Y yo de verte a ti —respondió Raouf.

13

Raouf empezó rápidamente a poner a Anous al tanto de los nuevos territorios, y luego, cuando llegó el antiguo egipcio, le presentó.

—Aquí tienes a Abu, tu abogado.
—Bienvenido al Primer Cielo, Anous —le saludó Abu.
—¿Quiere decir que estaba escrito que yo fuera al cielo? —preguntó Anous, atónito.
—Ten paciencia. El camino es mucho más largo de lo que puedas imaginar —le replicó Abu con su bien ensayada sonrisa.

Empezó entonces a informarle de cuanto necesitaba conocer sobre aquel nuevo mundo, sobre el sistema de juicios y la clase de sentencias que cabía esperar. Hizo desfilar ante Anous, como horribles fantasmas, los muchos actos brutales que había cometido, hasta que el rostro del joven se contrajo en un visaje porque —temblando de desesperación— no podía soportarlo más. A pesar de eso, Abu le dijo:

—En cualquier caso, es mi misión defenderte.
—¿Hay alguna posibilidad de que pueda hacerlo con éxito? —preguntó Anous en tono de súplica—. ¿Será un descargo en el fardo de mis pecados que fuese privado de la vida a una edad temprana?
—La perdiste a manos de una muchacha que defendía su honor de tus ataques. Y después la dejaste allí teniendo que enfrentarse a la acusación de haberte asesinado.
—Es cierto —dijo Anous—. ¡Cómo desearía poder convertirme en su guía espiritual!
—Ella no te necesita. Ha tenido éxito por sí misma, igual que su mentor.
—¿Significa eso que estoy condenado?
—No hay duda de que tu padre está detrás de tu corrupción —dijo Abu—. Él es el responsable de que te descarriases, quien te hinchó de egoísmo, quien te sugirió hacer daño a la gente, quien te murmuró al oído que podías perpetrar cualquier crimen como si el mundo entero fuera tuyo.
—Eso que has dicho es la verdad —dijo Anous, más animado al ver revivir sus esperanzas.
—No obstante, como eres dueño de tus pensamientos, corazón y voluntad, se te juzgará por tus propias cuentas —dijo Abu.
—¡El poder de mi padre inutilizó por completo todas mis fuerzas!
—El cielo te hace responsable de ti mismo… y del mundo en su conjunto.
—¿Pero esa responsabilidad no está muy por encima de las capacidades de cualquier ser humano?
—Pero la tienes a cambio del don de la vida misma —le replicó Abu.
—¡Pero yo nací sin saber nada de eso!
—Más bien es un pacto que aceptaste cumplir mientras todavía estabas en el seno de tu madre.
—Con toda sinceridad, no tengo ni el más mínimo recuerdo de eso.
—Pues es de tu incumbencia recordar.
—¡Esto es una acusación, no una defensa!
—Hemos de aclarar la verdad —le explicó Abu.
—También demostré tener buenas cualidades… Busqué el conocimiento y amé, también, sinceramente —dijo Anous.
—Buscaste el conocimiento simplemente como un medio de adquirir posición social, mientras que tu amor no fue sino un impulso atrevido y altanero de poseer a la joven que pertenecía a tu amigo pobre.
—La tenía en la cabeza en todo momento…
—Pero no era más que arrogancia y deseo.

Aferrándose a cualquier cable posible, Anous señaló a Raouf.

—¡También mantuve una amistad muy pura! —proclamó.
—¿Pero no acabaste matándole por pura brutalidad?
—Después he sufrido una inmensa tristeza —dijo Anous.
—Eso es incontestable —admitió Abu.
—¿Y qué pasa con mi amor a los gatos y mi ternura con ellos?
—Eso también es hermoso —Abu reflexionó un momento y después reanudó el interrogatorio—: ¿Cuál era tu actitud ante la tiranía de tu padre?
—Fui tan sólo un hijo obediente.
—Semejante sumisión no era demasiado apropiada en un caso como el tuyo.
—Algunas de sus acciones siempre me disgustaban.
—Sin embargo, admirabas muchísimo otras cosas que hacía y que no eran menos espantosas.
—Si al menos hubiese vivido lo suficiente para cambiar todo eso…
—Se te juzga por lo que sucedió, no por lo que habría podido suceder.
—… o si pudieran darme otra oportunidad…
—Quizás eso se pueda arreglar —dijo Abu, pensativo.
—¿Cuándo compareceré en juicio?
—El juicio ya ha concluido —repuso solemnemente Abu—. Anous Qadri, lamento informarte de que has sido condenado.

Tras esas palabras, Anous se desvaneció en el vacío como un hilo de niebla entre los rayos del sol. Raouf miró a Abu, interrogador.

—¿Seguiré siendo su guía espiritual?
—No renacerá en la tierra hasta dentro de un año por lo menos, o quizás incluso más tiempo.
—Entonces, ¿a quién me encomendarán ahora? —preguntó Raouf.

Abu le dijo con tono lúgubre:

—Tendrás que presentarte de nuevo a juicio.
—¿Es que no he hecho suficientes esfuerzos?
—Desde luego que sí, pero fracasaste. Ya has visto que tu pupilo ha sido condenado.
—Lo importante es el trabajo, no el resultado.
—Ambos, trabajo y resultado, son importantes —le corrigió Abu—. Pero además cometiste una equivocación monstruosa.
—¿Cuál, Abu?
—Tu misión no era hacerle confesar que él te había matado, como si ése hubiera sido el único o el peor crimen de tu barrio.
—Pero ¿no era ése su mayor problema?
—No —respondió Abu.
—Y ¿cuál era, entonces?
—El problema era su padre —le explicó Abu—. Si le hubieras aguijoneado para oponerse a su padre, habrías logrado alcanzar objetivos más elevados.

Raouf se sumió en un silencio doloroso mientras Abu continuaba con su lección:

—No escogiste el blanco adecuado. Tu egoísmo, aunque no lo supieras, te venció. Habría sido más fácil provocarle para que se revelase contra su padre. Si eso le hubiera salido bien, no habría soportado tanta desgracia. Pero no era mucho más fácil para un jovenzuelo atontado y malcriado sacrificar su propia vida… mientras entre las felonías de su padre se incluyera matarte a ti.
—Dime pues el veredicto, por favor —dijo Raouf con resignación.
—Raouf Abd-Rabbuh, lamento informarte de que has sido condenado.

Tan pronto como Abu pronunció la sentencia, Raouf, también, desapareció.

14

Hubo una larga investigación del caso de Rashida Sulayman. Tuvo que ir a juicio, y allí convenció al tribunal de que había obrado en defensa propia. La sentencia fue absolutoria. Su madre decidió que quedarse en el hara a merced del jefe Qadri el Carnicero suponía un peligro difícil de prever, de manera que aquella misma noche huyó con su hija a un destino desconocido.

Al mismo tiempo, el pulso incesante de la vida en el callejón empezó a ir llevándose los posos de la tristeza. La madre de Raouf, desposeída de todo, se casó con el jeque Shakir al-Durzi seis meses después de que la esposa de éste falleciese. Shakir le dio un hijo, al que llamó Raouf para inmortalizar la memoria de aquel que había perdido. Aunque eso no supuso el regreso del verdadero Raouf, sino del alma de Anous con una nueva apariencia. Asimismo, una de las esposas del jefe Qadri dio a luz un niño al que su padre bautizó como Anous, en honor del hijo que había perdido, pero este niño no era otro que el espíritu de Raouf transmigrado a un cuerpo nuevo.

15

El niño Raouf (Anous) creció en casa de Shakir al-Durzi al lado de numerosos hermanos y hermanas, con una vida de lujos gracias a los sobornos que Qadri el Carnicero pagaba al jeque del callejón. Sin embargo, el jeque no se preocupaba de educar a sus hijos ni de casar a sus hijas. Ninguno de los chicos estudió más allá de la escuela coránica, y en cambio trabajaban en los oficios más bajos, tanto en el hara como fuera de él. Raouf no fue más afortunado que sus hermanos. Al principio su madre insistía para que se esforzase en los estudios, pero eso sólo le valió una reprimenda del marido. Pronto pusieron al crío a trabajar en un puesto insignificante en la panadería. Raouf estaba contento porque no había detectado en su fuero interno una verdadera inclinación ni afición al estudio. Al ir haciéndose mayor, comprendió cuál era la situación real de su callejón, la chulesca tiranía del jefe Qadri el Carnicero y el despreciable papel que desempeñaba su padrastro. Y luego, la vida de pobreza a la que estaba condenado, al servicio de Rashad al-Dabash, dueño de la panadería.

Anous (Raouf) había sido compañero de clase en la escuela. Tenían una simpatía natural el uno por el otro y se pasaban todo el tiempo jugando juntos. Entre los dos se forjó un fuerte lazo afectivo. Pero, de todas formas, la vida los separaba a pesar de vivir los dos en el mismo barrio. Después de la escuela coránica, Anous fue inscrito en la escuela primaria, luego en la secundaria y, finalmente, entró en la academia de policía. Quizás coincidiesen alguna vez por la calle, o en casa de Qadri el Carnicero cuando Raouf iba a recoger masa o volvía con unas hogazas de pan. En esas ocasiones intercambiaban una sonrisa fugaz o un saludo —por parte de Anous— un tanto tímido. Raouf se daba cuenta de que su amistad de la infancia se iba debilitando, se evaporaba, y sus mundos respectivos se iban separando paulatinamente. Percibía cada vez con mayor agudeza las contradicciones de la vida, y sus miserias. Le fastidiaba Anous, pero aborrecía absolutamente a Qadri el Carnicero y Rashad el Panadero, y abominaba de su padre. Naturalmente, la llama de la vida ardía en su interior, prendida por las cosas que oía decir a los jóvenes en el café, hasta que Anous iba a sentarse con ellos y expresaba sus opiniones con pasión. De ellas se desprendía que era un joven muy extraño, en desacuerdo con la casa en la que vivía, en rebeldía contra su tristemente célebre padre.

Por su parte, el jefe Qadri el Carnicero observaba con inquietud el desarrollo de Anous. Era aquél un vástago particularmente irascible; incluso una vez lo llamó «hijo bastardo». Un día le preguntó:

—¿Qué les cuentas a esa gentuza del café y qué te dicen ellos?
—Nos contamos nuestras inquietudes, padre —le respondió muy educadamente.
—Son tus enemigos —le objetó Qadri.
—Son mis amigos —dijo Anous con una sonrisa.
—Si sobrepasas tus límites, descubrirás que soy otra persona, sin ninguna clase de piedad —juró el jefe Qadri.

Qadri se dijo que el chico sería pronto oficial de policía. Entonces maduraría y sabría cuál era su sitio en la vida. Y a continuación se casaría y se acabarían los problemas entre ellos dos.

Anous obtuvo el título de oficial, en efecto. Lo destinaron a su propio barrio gracias a las influencias de su padre, que adulaba a sus conocidos de alto rango.

16

El tiempo fue el que determinó que Raouf y Anous resultasen distintos de lo que se esperaba. Un nuevo aire barrió el callejón, o más bien unos nuevos aires, aires rebeldes e, incluso, revolucionarios. Y de ese modo los dos chicos escaparon del ambiente sofocante de sus casas y cada uno adoptó una personalidad nueva. Nadie notó el peligro de Anous antes de que fuera policía. Había habido desavenencias ofensivas entre él y su padre, sí, pero Qadri pensó que todo cambiaría a su favor cuando el hijo hubiera iniciado oficialmente su carrera.

Y en cuanto a Raouf, su patrón, Rashad al-Dabash, pronto empezó a enfadarse con él. Le dio una bofetada en la cara y le gritó:

—¡Ándate con cuidado y deja de llevar a tus compañeros por el mal camino!

Si no hubiera sido por el puesto de su padre, Shakir al-Durzi, que era el jeque del hara, Raouf se habría quedado sin trabajo, aunque Rashad no se privó de quejarse del muchacho. El jeque se quedó atónito ante aquel nuevo tipo de insubordinación y trató de domarlo con una buena paliza. Pero cuando comprobó que seguía igual de cabezota, decidió llamar al policía.

Effendi —le aconsejó Anous—, amenázale con la ley… eso será mejor que tener que llevárnoslo detenido mañana.

De modo que Raouf se presentó ante su antiguo amigo Anous. Estuvieron un rato muy largo mirándose el uno al otro, luego se reavivaron los recuerdos que compartían y al final en sus caras relució el calor de la vieja camaradería.

—¿Cómo estás, Raouf? —le preguntó Anous con una sonrisa.
—Fatal —respondió Raouf—, tan alejado de ti.
—Tenías que haber continuado los estudios —le dijo Anous.
—Eso fue cosa de mi padre… y lo que está hecho, hecho está.
—Has de andarte con cuidado —le dijo Anous con cara muy seria—. La ley no tiene piedad.
—Todo este mal es culpa del jefe Qadri… y en su corazón tampoco hay piedad.

Anous bajó la voz y repitió:

—Ándate con cuidado…

Después de aquello, Anous intentó sacudir la conciencia del hara y hacer temblar a su padre. Logró que trasladaran al jeque Shakir al-Durzi a otro callejón y puso en su lugar a un hombre nuevo, de más confianza, Badran Jalifa. Eso afectó al jefe Qadri el Carnicero como si se hubiese producido una revolución violenta al privarle de su valiosísima mano derecha, la que le había servido de escudo ante la ley.

—¿Cómo ha podido pasar esto siendo tú un oficial de esta comisaría? — preguntó desafiante a su hijo.
—Es para protegerte a ti… y también al resto de la gente.
—Eres mi hijo… y mi enemigo, Anous.
—Has de saber, padre, que soy un hijo leal.

Como cada uno hablaba su propio lenguaje, el entendimiento mutuo entre ellos resultaba imposible, y un polvo negro cubrió la superficie de la casa.

17

A la comisaría llegó una mujer para ver a Anous. Cuando puso sus ojos sobre ella y vio su rostro, el pecho se le conmovió con una dulce y nueva melodía. Qué maravilla aquella belleza serena de ojos oscuros, almendrados. Fue como si ya tuviera su imagen grabada en su pasión esperando a ser despertada de nuevo. Tenía unos treinta y cinco años o más, aproximadamente veinte años más que él. En su expresión se entrelazaban la serenidad y la tristeza.

—Vengo a solicitar su protección —le dijo.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó Anous.
—Rashida Sulayman, maestra de escuela —le contestó—. Me han trasladado recientemente a la escuela Nueva Era de este barrio.

Ese nombre… ¿no había andado revoloteando un tiempo antes entre la maraña de sus recuerdos?

—¿De quién tiene miedo? —inquirió Anous sin despegar la vista de su cara, enamorado.
—Es una antigua historia —respondió Rashida—. Es posible que esté expuesta a un ataque contra mi vida a causa de ella.
—¿De verdad? —dijo él, extasiado—. ¿Qué historia es ésa? ¿Quién podría ser el atacante?
—Es un caso judicial muy antiguo —le explicó Rashida—, en el que me declararon inocente; se alegó defensa propia. Pero el padre de la persona muerta es un hombre terrible que tiene muchos adeptos entre los criminales.

La vieja historia que había oído repetir durante su infancia se le vino encima como una tormenta inesperada. Conmocionado, a duras penas pudo controlar los nervios desmandados. Tenía ante él a la mujer que había matado a su hermano, el primer Anous. ¿Le habría hechizado a él del mismo modo que había embrujado antes a su hermano?

—Nos fuimos huyendo a Imbaba —continuó ella su relato—. Me preparé para ser maestra en provincias, hasta que de repente me trasladaron a nuestro mismo distrito de entonces.

Anous se quedó callado, absorto en el torbellino de sus emociones. No le había preguntado el nombre de la persona de la que temía sufrir un daño, pero ella misma lo dijo:

—Es un hombre que aquí conoce todo el mundo: el jefe Qadri el Carnicero.
—¿Está usted casada, señora? —inquirió Anous tras serenarse con un enorme esfuerzo.
—No me he casado nunca —le dijo.
—¿Por qué no ha expuesto todas estas circunstancias a la administración escolar del distrito?
—Nadie me hizo el menor caso.
—¿Dónde vive ahora?
—En Imbaba, calle al-Durri número 15.
—Quédese tranquila —le dijo Anous—. Hablaré yo mismo con la administración. Y si tardamos mucho en obtener resultados, me ocuparé de protegerla personalmente.
—Gracias —le respondió efusivamente—. ¡No se olvide de mí, por favor!

No, no le sería posible olvidarse de ella.

18

Anous no tuvo dificultades para anular el traslado. Y luego fue personalmente al número 15 de la calle al-Durri de Imbaba. Era por la tarde, antes de anochecer. El Nilo parecía inmóvil, por su superficie resbalaban destellos como si fueran fuegos de artificio. Rashida lo recibió con una sorpresa entreverada de placer y esperanza, y luego le hizo pasar a una salita pequeña pero bien amueblada.

—Discúlpeme por presentarme de esta forma —dijo Anous—, pero quería tranquilizarla a usted inmediatamente. He conseguido anular su traslado de trabajo.
—¡Mil gracias, effendi!

Rashida pidió café para él, con lo que le ofrecía la oportunidad de quedarse un rato, tal como era su esperanza.

—¿Vive usted con su madre? —le preguntó él.
—Mi madre falleció hace diez años —respondió ella—. No tengo a nadie, salvo una mujer ya vieja de toda confianza que me lleva la casa.

Qué lástima que Rashida sea una solterona, aunque conserva su antigua belleza.

—¿Le perturbaría saber que yo soy Anous Qadri, hijo de ese terrible carnicero?

Asustada, se le subieron los colores a su cara morena y su expresión cambió por completo. No dijo ni una palabra.

—La he puesto nerviosa —dijo preocupado.
—No, es sólo sorpresa —repuso ella, temblorosa.
—Por favor, no me odie —suplicó él.
—No es usted más que una persona normal —dijo ella, tímidamente.

Anous continuó dando sorbitos a su café y lanzando miradas furtivas a Rashida. Hasta soltó una risita nerviosa.

—¡No doy miedo, como mi padre!
—Estoy segura.
—¿De verdad?
—Está muy claro… y es verdad que soy inocente —declaró.
—De eso estoy seguro —afirmó Anous—. Pero hay algo que me tiene perplejo —añadió tras una breve pausa.

Ella le miró inquisitivamente.
—¿Por qué no se ha casado? —le preguntó.

Rashida se quedó unos momentos mirando al infinito. Al final, respondió:

—He rechazado más de una proposición.
—Pero ¿por qué?
—No lo sé.
—¿Porque amaba al otro hombre?
—Pero eso ya está olvidado, como todo lo demás.
—Tiene que haber alguna razón —insistió él.
—Haber perdido la virginidad no era un asunto menor —dijo ella—. O quizás me quedé sin la esperanza de poder hacer feliz a alguien.
—¡Qué cosa tan lamentable!
—Tal vez tenía que ser así —concluyó ella con resignación.

¡Sigue siendo una mujer arrebatadora!

De camino a casa, Anous se sentía como si flotase en una atmósfera etérea. Le resultaba odiosa aquella obligación que le imponía alejarse de la casa del número 15 de la calle al-Durri, en Imbaba.

Es verdad: me he enamorado de Rashida.

19

Entre padre e hijo se interpuso una barrera de distanciamiento amenazador. La madre se sumió en una tristeza cercana a la muerte. La casa quedó sumida en el más absoluto abatimiento, y resultaba opresiva como la madriguera de una rata. ¿Sería mejor pedir el traslado a alguna provincia? ¿Y qué sucedería con Imbaba? Se le ocurrió una idea sorprendente: él había nacido para ser el castigo de su padre. Y si no, ¿por qué desde el momento mismo en que tuvo conocimiento de su presencia le declaró secretamente la guerra? Tener un padre que se merece el rechazo más absoluto es una situación triste y lamentable, en especial cuando se ama a ese hombre plenamente. Aunque se muestre brutal y grosero con el mundo exterior, en casa es amable y bondadoso. Es incapaz de percatarse de su perversidad y cree, muy al contrario, que solamente hace ejercicio de su derecho natural, el derecho de los más listos y los más fuertes. Su codicia de poder y de dinero no conoce límites. Está tan acostumbrado a cometer delitos como a dar los buenos días, es solícito con sus partidarios, generoso hasta la prodigalidad. Pero cuando se enfrenta a los vulgares trabajadores, a aquellos cuyo dinero roba y cuyos alimentos acapara, Qadri los desprecia a todos sin la menor compasión. Un día Anous lo detestará tanto que incluso negará que ese hombre sea su padre. Pero aún más terrible de asimilar era que el Jefe había impreso en la madre de Anous el sello de su carácter, haciéndole venerar su poder. Cada vez que comete un desafuero, ella cae en verdaderos raptos de adoración. Ciertamente él, Anous, moraba en el propio cubil de los leones, en el santuario de la fuerza y del pecado.

Las cosas se iban complicando cada vez más, y se presentaron situaciones de verdadera provocación. Detuvo a ciertos partidarios de su padre que estaban hurtándoles dinero a los empleados de la panadería. Tan pronto como los tuvo encerrados —por primera vez en la historia del hara—, en el callejón se produjo un inusitado estallido de júbilo, un torrente que despertó el volcán dormido en casa del jefe Qadri el Carnicero. Ya no era posible continuar allí por más tiempo, y Anous decidió marcharse. El torso de su madre se estremecía de llanto.

—Es el mismo demonio —exclamaba.

Anous le dio un beso en la frente y se fue. Alquiló un apartamento pequeño en Imbaba, pensando en su fuero interno que al poner fin a las actividades de los seguidores de su padre, acabaría también con su poder maligno. En adelante Qadri no tendría capacidad de hacer más daño y el barrio se liberaría de su puño infernal. Pidió a Dios poder detener a su padre en el acto mismo de perpetrar un delito con sus manos. Pero, al parecer, Qadri había decidido enfrentarse al desafío con uno similar antes de que se viniese abajo todo su andamiaje, y esa misma noche estalló la batalla entre los suyos y los trabajadores del horno. En el curso de esa batalla, Raouf recibió una herida mortal. Pero antes de exhalar el último suspiro, consiguió acabar con la vida del jefe Qadri el Carnicero.

Todos estos acontecimientos explosivos se produjeron en rápida sucesión e hicieron estremecerse los propios cimientos del hara, lo ahogaron en sangre, al tiempo que disipaban las tinieblas en que había estado sumido tanto tiempo.

20

El Carnicero se encontró delante de Abu, que le dijo:

—Bienvenido al Primer Cielo, Qadri.

Al informar al recién llegado sobre el lugar en que se hallaba, Abu se dio cuenta de que Qadri estaba como aturdido, tenía la mirada perdida, ausente.

—Parece como si todavía no hubieras cortado tus lazos con la tierra —le comentó Abu.
—Cargo en mi interior con un gran peso —replicó Qadri.
—Estate atento, ahora conocerás cuál es tu destino.
—Sí, pero es que nunca me pude imaginar que me mataría un simple muchacho como Raouf.
—Tu nueva memoria todavía no se ha despertado.

En los surcos de la frente del jefe Qadri el Carnicero se leía la confusión. Despacio, lentamente, empezó a recordar, hasta que acabó lanzando un profundo suspiro.

—¿Te acuerdas ahora de quién es ese muchacho, Raouf? —le preguntó Abu con una sonrisa.
—Me mató mi hijo Anous —dijo Qadri con dolor.
—En efecto —dijo Abu—. ¿Y recuerdas quién eras antes de eso?
—¡Adolf Hitler! —repuso Qadri.
—¿Y antes de eso?
—Un notorio salteador de caminos de Afganistán. ¡No puedo ni pronunciar su nombre!
—Un historial muy largo y muy negro —le reprendió Abu—. ¿Por qué opusiste resistencia a todas las mejoras y desperdiciaste cada una de las oportunidades que se te concedieron? Tu hijo es mejor que tú… muchos más son mejores que tú.
—¡Esta vez la lección no será en vano! —alegó Qadri, contrito.
—Y, no obstante, ¡hasta ahora que compareces ante mí, sigues sin haber dejado atrás tus instintos mundanos! —le provocó Abu.
—Quizás todavía esté aturdido —dijo Qadri sin gran convicción.
—Tus disculpas son peores que tu ofensa.
—Confío en que pueda hacerme guía…
—¿Tienes algo que alegar en defensa de tu conducta en la tierra?
—Sí que lo tengo —dijo Qadri—. Empecé siendo un comerciante honrado. Lo que me volvió codicioso fue la debilidad de los demás, su descuido y su hipocresía. Me divertía hacer de tirano y no había nada que me detuviese.
—Los otros serán castigados por su debilidad, y tú lo serás por aprovecharte de ella.
—¿Y morir a manos de mi propio hijo no sirve de ayuda para compensar mis maldades?
—Aquí esas relaciones carecen de importancia —le espetó Abu, cortante—. ¿Cuántos hijos e hijas de otros has matado tú sin pensártelo siquiera?
—Pero aun así, no fui yo quien determinó mi carácter o mis instintos.
—Pero eran tuyos con plena libertad —replicó Abu—. Y en el ejercicio de esa libertad no conociste límites.
—Si consigues hacer una buena defensa de mí —dejó en el aire el jefe Qadri—, podrás pedirme cualquier cosa que quieras.
—Sigues aferrándote al mundo —dijo Abu, divertido—. Y ése es el pecado más imperdonable de todos.
—¿Y qué me dices de mi juicio?
—El juicio se ha acabado, Qadri —le reveló Abu—. Has sido condenado.

Y Qadri el Carnicero ya no estaba allí.

21

Raouf se encontró a Abu arrellanado en su nube blanca. Hubo un instante de reconocimiento mutuo y luego una mirada de interrogación comenzó a dibujarse en los ojos de Raouf.

—Bienvenido al Primer Cielo —dijo Abu.

Se puso a recitarle a Raouf las orientaciones de costumbre y después le preguntó:
—¿Cómo es que estás aquí?
—Me mataron en una pelea —respondió Raouf.
—Pero tú mataste también a quien te mató.
—Le herí mientras me apuñalaban a mí —dijo Raouf—. Después de eso ya no recuerdo nada más.
—Por segunda vez llegas aquí como asesino y asesinado al mismo tiempo.
—¿De verdad?
—Lo digo con cierta autoridad.
—¿Qué se me impuso la última vez? —preguntó Raouf.
—Fuiste condenado —dijo Abu.
—¿Y ahora pasará lo mismo? —dijo Raouf un tanto preocupado.
—¿Qué te gustaría? —preguntó Abu.
—Me sumé bravamente a una batalla justa y di muerte al Satanás de nuestro callejón.
—Eso es muy cierto —admitió Abu.

Raouf, con cara de júbilo, inquirió:

—¿Tengo alguna esperanza de que me absuelvan?
—Tu negligencia a la hora de adquirir conocimientos pesará en tu contra.
—Pero es que las condiciones en las que vivía eran muy extremas.
—Eso también es verdad —dijo Abu—. Pero aquí evaluamos a los individuos en función de su lucha contra las circunstancias.

Como en el rostro de Raouf iba apareciendo el dolor, Abu le consoló:

—Eres un joven bueno, pero has de comprender que el ascenso al Segundo Cielo es toda una proeza formidable.
—¿Y no dice nada a mi favor lo que he hecho?
—Todo se ha tomado en consideración —respondió Abu—. El veredicto está dictado: se te designa guía espiritual.

Raouf acogió la sentencia con satisfacción, y entonces Abu añadió:

—Más noticias buenas: serás el guía de Anous.
—¿El policía?
—Sí. Su conducta hace presagiar que logrará obtener el resultado definitivo.
—¿Eso significa el Paraíso prometido?
—Hay siete cielos —le contestó Abu con una sonrisa—, todos consagrados al servicio de las gentes de la tierra; pero ¡aún no ha llegado la hora de pensar en el Paraíso!
—¿Y cómo se asciende de un cielo a otro cielo?
—A través de los sucesivos niveles de juicio.

Raouf se quedó perplejo. Y preguntó:

—¿Quedaremos exentos de continuar luchando cuando alcancemos el Séptimo Cielo?
—Eso es lo que se dice habitualmente, para así dar esperanza y consuelo—le aclaró Abu sin dejar de sonreír—, aunque la verdad es que no existe ni la más mínima prueba de que sea verdad.

Flotaron en derredor líricas corrientes de felicidad absoluta, que sumergieron a ambos en las oleadas de pálidas nubes cuyas gotas abrigaban toda la interminable extensión de verdor de allí debajo.

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