“Conversaciones con Buñuel” [Fragmento] (Final)

Max Aub





—¿No volviste a ver nunca a Dalí?
—En Nueva York, el cuarenta y dos. La primera vez que fue. Organizó una conferencia de prensa. No era nadie; fueron pocos: «Vengan mañana a un baile de máscaras…». Y se presentó con Gala, vestido de niño de Lindbergh asesinado, con la cara cubierta de sangre. Hubo un escándalo, pero no de los que le gustan a él. Nueva conferencia de prensa. ¡Que cómo podían pensar que se refería a un héroe epónimo que era la representación de su padre! ¡La paranoia!
—¿Le viste?
—Sí, para romperle la cara. No por Lindbergh, sino por haber conseguido que me echaran del Museo. Pero soy un sentimental para mis amigos, y no pude evitar el verme tomando una copa de champán con él en el bar de Regis. No obstante, le dije claramente que no se me volviera a acercar. […] El treinta y siete me llevó Araquistain…, no, fue a finales del treinta y seis, sí, fue a finales del treinta y seis, a París, a la Embajada, para trabajar en el Servicio de Información. Me llevé Las Hurdes (Tierra si pan). Araquistain pagó la sonorización, en francés y en inglés, porque Tierra sin pan nunca se ha doblado en español. Se estrenó a finales del treinta y siete en el Omnia Pathé, en el bulevar de los Italianos.
—¿Es verdad que llevaste dinero del Gobierno a Münzenberg?
—Me lo pidió Arias, en el Ministerio de la Guerra, en Madrid, a finales de agosto del treinta y seis: «Ya sé que se va usted a París. ¿Quiere hacerme el favor de llevarse estas cuatrocientas libras y entregárselas a Münzenberg?».
—Entonces, ¿no llevabas una misión del Gobierno, del Ministerio?
—No. Bueno, sí, a medias. Cuando supo que yo me marchaba, me mandó llamar. Por lo visto, no tenía una gente de confianza a quien entregarle ese dinero, así, por las buenas. Y me dio una clave para poder comunicamos si hacía falta.
—Así que saliste…
—El cuatro de septiembre. Y volví cinco veces durante la guerra. A Barcelona, a Madrid, a Valencia.
—Sí, viajes rápidos.
—De ida y vuelta. A llevar algún informe, a hacer de correo. Pero si me hubiesen dicho que me quedara…
—Te lo pidieron.
—Sí. Pero yo le dije a Araquistain: «Lo que usted quiera… Pero yo creo que soy más útil aquí, en París». Y era verdad. Pocos como yo conocían a la gente de París. A mí me quieren allí. Es mi segunda patria.
—Tú que te cagas en todas.
—Desde luego. Y en la familia, y en la religión, y en las banderas, y en los partidos, y en España, y en la URSS.
—Es verdad. Pero ni en tu familia, ni en España, ni en la URSS.
—Sí, en la URSS también. A pesar de que es la única que lucha contra esa mierda que es Norteamérica. Y a pesar de que me ofrecieran lo que me ofrecieran, no viviría nunca en Moscú, y sí, muy a gusto, en Nueva York. Bueno, pues aunque te rías y digas lo que digas, sí fui el jefe de Protocolo en París. Bueno, sin nombramiento. Pero yo colocaba a la gente cuando había algún banquete. No fuera alguien a colocar a Aragon al lado de Gide.
—Se enfadó Finkie Araquistain cuando se lo dije. Aseguraba que su padre había sido embajador en Berlín y que conocía bastante bien la política y la gente de París para necesitar que vinieras tú a colocar a la gente.
—Es que no sólo estuve en la Embajada con su padre, sino con Ossorio, con Pascua. Ese Pascua… Con su perro, sus maneras intratables. Se encerraba, ahora ya sé que con algún jovencillo, y no había manera de hablar con él. Tan superior… Por eso me marché.
—¿Has pertenecido alguna vez al Partido Comunista francés?
—No, no y no, no he pertenecido nunca al Partido.
—Al español.
—Una vez asistí a una reunión de célula del Partido español, una célula que había en la Embajada en París, durante la guerra, para hablar de ver qué hacíamos con un hijo de puta socialista que había allí de secretario y nos hacía la vida imposible.
—Y no hicisteis nada.
—No me acuerdo.
—¿Y del Partido francés?
—Tampoco.
—Entonces lo que asegura Aragon…
—Bueno, si lo dice Aragon…
—Y Thirion.
—Ese era el más politizado de todos. Cuando llegué al grupo surrealista, todos me decían, aparte: «Cuidado con Thirion, es un político. Está aquí para ir a contar al Partido todo lo que hacemos». Acabó siendo concejal degaullista, aun antes que De Gaulle volviera al poder. Según Sadoul, él tuvo la culpa de que subieran las tarifas del Metro…
—Pero tú formabas parte del grupo que con Aragon fue llamado al orden por el Partido, en mil novecientos treinta y uno a mil novecientos treinta y dos.
—Sí. Éramos seis: Unik, Aragon, Alexandre —Máxime—, que luego se volvió católico, Sadoul y yo.
—¿Y quién más? ¿Thirion?
—No. Thirion, no. Porque Thirion estaba de acuerdo con el Partido. No recuerdo quién más, pero uno más había. Thirion siempre estaba en la línea. Pero yo no pertenecía al Partido. También fui una vez a una reunión de célula. ¡Una vez! Y no volví. Me aburría tremendamente. Ahora sí, eso sí, cerca de ellos. A su lado. Porque son los únicos que tenían razón. Como debe constar en algún lugar de los archivos de la burocracia norteamericana, cuando llegué el treinta y ocho a los Estados Unidos: «¿Usted es comunista?». «No. Pero tengo muchos amigos comunistas, y el Partido Comunista es el único que lucha de verdad por el pueblo español». «¿Lo jura?». «Lo juro».

[Levanta la mano].

—Lo que pasa es que tenían confianza en mí. Antes de la guerra, cuando el Gobierno republicano perseguía al Partido, yo embargué Mundo Obrero. Yo tenía entonces una cuenta muy fuerte en el Banco, porque ganaba mucho dinero con Filmófono. Y el Gobierno iba a embargar Mundo Obrero. Entonces fui yo y lo embargué por una cantidad que fingimos que me debía. Una vez embargado por uno, ya no se podía embargar por otro. Sí, yo intervine en bastantes cosas. No te las voy a contar porque yo no soy como otros. Pero sí, yo cobraba cada mes unas cantidades en la Embajada. Para esto y lo otro. Intervine en eso de las bombas de la Legión Cóndor. Y lo del Habsburgo ése. Y con ese Bosch, un cubano.
—Argentino.
—No, cubano. Ese que dices quería matar a March, pero que no tiene nada, nada que ver con ese asunto.
—Sería otro, un anarquista.
—Sí, un hombre de confianza del ministro de la Gobernación, que fue enviado a Pamplona, y ¡cómo sería el tipo que llegó a capitán de requetés! El primer día que llegó al frente, se pasó y dio detalles útilísimos. Acabó suicidándose en Chile. Me lo ha contado Mantecón.
—Ese era otro. La gente se hace unos líos espantosos.
—Tú también.
—Puede ser.
—El que me mandó a París fue Ogier. Me dijo: «Vete. Allí nos serás más útil. Estaremos allí dentro de quince días». Entonces me llamó Arias y me dio las cuatrocientas libras para Münzenberg. Se las entregué, frente a él, a Otto Katz, para un alemán no fichado que iba a ir a Burgos entrando por Portugal. […] También me enfadé con Sánchez Ventura. Mejor dicho, él se enfadó conmigo. Me prestó ochocientos dólares, el treinta y ocho, para ir a Norteamérica, luego fueron mil más, y me sirvieron muchísimo porque yo no tenía nada. Luego me escribió, desde México, que no tenía nada y que por favor le devolviera lo prestado. Yo pregunté con cuánto se podía vivir allí, me dijeron que con sesenta dólares. Y le fui mandando sus sesenta dólares cada mes. Tengo todos los recibos arriba. Yo ganaba muy poco —doscientos dólares a la semana— y tenía que pagar el piso y mantener a la familia. Él empezó a decir que yo bebía champán y que le tenía en la miseria. Lo del champán no era cierto; whisky, sí. Pero creo que le mandaba lo necesario. Y le devolví hasta el último céntimo. Luego, cuando fui a México, me lo encontré en la avenida Juárez. Iba a pasar sin decirme nada. Volvió. Me dio la mano. Nos dimos un abrazo. Y ya. Con los amigos pasan las cosas más raras. Ya ves Ugarte. Yo lo llevé a todas partes, aprendió cine gracias a mí, yo le hice ir a Hollywood. Me pidieron a alguien que supiera traducir documentales. Les recomendé a Eduardo. Pusieron un telegrama a la Embajada para acelerar los trámites, y luego iba diciendo por ahí que era el único español que había conseguido el visado de inmigrante en dos días. Pero, eso sí, trabajador, lo era. Todos estaban contentos con él. Cumplía. Ahora bien, ideas propias no las tenía.
—No, no sabía escribir. Técnica, sí.
—Sí. Me dijo una cosa que nunca se me olvidó. No sé qué adaptación hacíamos: «Nunca hay que anunciar lo que va a suceder. Nunca hay que decir: “Voy a ir al baile para ver a Fulanita”, sino pasar al baile y verlo». Para eso era muy bueno.
—Pero era un hombre muy raro.
—Sí. Pero útil y leal. Fuimos muy amigos. Pero raro, sí, muy raro. […] Admiro mucho la burocracia norteamericana. En todo. Cuando tuvimos que ir a inscribirnos todos para la guerra, norteamericanos y extranjeros —porqué nos tuvimos que apuntar todos—, yo llegué y vi una cola, en un cine, que daba tres vueltas a la manzana. A mí no hay cosa que más me moleste que esperar. Yo voy al cine y veo una cola, aunque sea de veinte personas, y me voy, no entro. Pero esta vez me dije: «Luis, no tienes más remedio que aguantarte y te aguantas. Hay que hacerlo. Calma, calma, aguántate». ¿Querrás creer que a los veinte minutos estaba fuera? Entrábamos por paquetes de a cien, y allí, en un escenario, como cuatrocientos muchachos sentados, dale que dale a las máquinas. Estupendo. Y en todo es igual.
—Mi hija estuvo de asistente de profesor en Oberlin y…
—¿Oberlin College? ¡Como Juan Miguel! Se lo tengo que decir.
—Ya lo sabe. Bueno, pues allí conoció al que hoy es su marido y se vinieron en coche. Al pasar la frontera, ella no se bajó; no sé qué pasó, la cuestión es que no sellaron su pasaporte. Años después fue mi mujer a Estados Unidos, a San Antonio, ahí, en la frontera, con unas amigas, a comprarse algo de ropa. ¡Y no la dejaron entrar porque tenía una hija que había desaparecido misteriosamente de Estados Unidos! Palabra.
—¿No te digo que es magnífico…? Pero tiene su lado malo. Ahora no me dejan entrar como no les diga el día, vuelo, cuánto tiempo voy a estar, qué voy a hacer…
—Pero tú por lo menos sabes por qué.
—Porque a Juanito Rejano se le ocurrió ponerme en una lista de los que presidían honorariamente aquello de España y la Paz que firmaron todos.
—Yo, no.
—Yo, tampoco. Pero Juanito me puso. Y el muy…

[Se ríe cuando se acuerda].

—Tú por lo menos sabes por qué. Lo grandioso es lo mío, que no lo sé. Antes me daban el visado sin dificultad. Ahora, desde hace tres o cuatro años, me pasa lo mismo que a ti.
—¡Qué va!
—¡Que sí! Fíjate, la última vez coincidí en Nueva York con los muchachos que iban a Nancy, al concurso de teatro, que lo ganaron con Divinas palabras. Iba detrás de mí Juan Ibáñez. Miran en su libro negro. Sale corriendo el burócrata, vuelve con su jefe. «Espere un momento, por favor», ya sabes. Total, me tocó perder mi sitio de primera en el avión. Debieron de pensar: «Este no viene», y lo vendieron a otro. Iba a Cannes, invitado por los franceses. Ibáñez oyó decir al jefe: «Trátalo con todo respeto». Ahora, lo mismo. Pensaba pasar por Nueva York, pero como no sabía qué día ni en qué vuelo: «Vuelva usted». ¡Qué he de volver! Me voy en Iberia, y santas pascuas.
—Claro. Así lo hice yo también.
—A pesar de eso, ¿viva la burocracia norteamericana?
—¡Claro!
—Pues yo, no. A mí que me digan el porqué. Tú conoces a la Policía tan bien como yo. Hay una cantidad de gente que vive a tanto el denunciado, sean verdad o mentiras las razones que den… A mí me subleva…
—A mí, no…
—Dios te bendiga.
—Él te oiga.

*****

—Sí, te contaré mi salida de Madrid. En la frontera me encontré a Bergamín, a Imaz y Muñoz Suay y unos quince estudiantes que iban a un Congreso. Bergamín me dijo con su vocecilla: «Te harán volver a Barcelona como a nosotros, a buscar unos avales de la CNT». Yo no llevaba dinero. Unas pesetas. Pero sí una cadena de platino, que había sido de mis padres, y las cuatrocientas libras para Münzenberg. Al bajar del tren había allí un anarquista con barba y pañuelo negro y rojo. Y una especie de tribunal de la CNT. Yo llevaba un pasaporte ordinario y una carta de Mundo Obrero recomendándome. «Eso no sirve». «¿Cómo que no sirve? —solté un par de blasfemias—. ¿Qué os habéis creído? ¡Sois peores que la misma Policía! —y otra sarta de blasfemias—. ¿Cómo que no sirve? ¡Peores que la misma Guardia Civil! ¡A hacer puñetas!». «Bueno, compañero, bueno. Pero es que por aquí pasa cada fascista…». Y pasé el primero. Palabra. […] Durante la guerra mandábamos —¡yo!— encíclicas del Papa, la Rerum Novarum, a España, millares y millares de ejemplares, con la complicidad del Partido Comunista francés y por medio de marinos alemanes. Con los alemanes podía uno entenderse; con los italianos, no. Todos, los marinos, los civiles mismos, eran fascistas, y no había modo de acercarse a nadie. Efectivamente, cuando el año treinta y siete se publicó la Encíclica Rerum Novarum, a la que no se le dio publicidad en la zona rebelde porque había no pocas cosas en contra del nazismo, decidimos hacer una edición de cinco mil ejemplares para repartirla en el territorio franquista. Se encargó de llevar el material un barco alemán que salía de Amberes. Yo fui a entregar la propaganda al jefe de los dockers del puerto belga…
—¿Y qué me dices de la potasa?
—Eso me molesta muchísimo más. ¿Cómo lo has sabido? ¿Cómo te has enterado?
—Palabra que no me acuerdo. Alguien me ha hablado de ello. En esta libreta leo: «¿Qué tuvo que ver Buñuel con un asunto de potasa y Negrín?». He hablado con tanta gente durante esos siete meses en Europa, con tantas personas, que no puedo acordarme de quién me lo indicó.
—No, de eso no quiero que hables.
—¿Qué pasó?
—Pues precisamente por eso, porque no pasó nada. Sencillamente creo que fue Ossorio el que me dijo que el presidente del Consejo estaba muy interesado en saber qué comercio de potasa había entre España y Alemania. Entonces pregunté a alguien de un servicio comercial cualquiera, ya no lo recuerdo en absoluto, que me dijera qué embarques se hacían. Te juro que no sé si era de España a Alemania o de Alemania a España. Lo cierto es que me dio los datos y se los pasé al embajador. El embajador debió de enviarlos a Negrín. Pasó el tiempo. Una vez le pregunté a Ossorio: «¿Qué hubo con aquello de la potasa?». Y me contestó: «Muy bien, muy bien, el presidente quedó muy satisfecho». Es todo lo que sé.
—Un día, saliendo de la oficina del bulevar de la Madeleine…
—Sí, del Turismo.
—… encontré a Edgar Neville. Me lo llevé a tomar una copa en un bar inglés que había por allí, un bar como de club: maderas, caballos… Un pub. «¿Tú por aquí? —le pregunté—. ¿Qué haces?». «Voy a Burgos». Me quedé de piedra. Fíjate que hacía tiempo que no le había visto, años tal vez, pero, en fin, habíamos empezado a escribir más o menos al mismo tiempo. Y le recordaba conspirador republicano.
—Sí. Estaba en nuestra Embajada en Londres. Le mandaría llamar Pérez de Ayala o lo enviaría Azaña. A los tres meses cogió todas las claves, todos los papeles y se fue con Franco.
—De todo hay en todas las generaciones. Lo digo por lo que le dijo Baroja a Corpus, referente a la del noventa y ocho.
—Yo traje a París a Vicens, a Lacasa, a Ugarte. ¿Qué hacían en España? Muertos de miedo. En París hicieron un papel brillante. Se trajeron a Albertina quien yo no conocía. Y le conocí poco, con su cara de albañil. Ahora, que han resucitado Litoral, en Málaga, me han pedido un artículo acerca de él. Lo hice, diciendo eso, que casi no le conocía. […] Yo soy partidario de las dictaduras. Digan lo que digan, como el hombre es malo —dejando aparte que pueda tener, de cuando en cuando, arranques muy estimables—, me parece que la dictadura es la única manera de poder gobernar. Por eso fui estalinista y sigo siéndolo, para gran escándalo de todos mis amigos comunistas. El año pasado, en París, en casa de Carrière, llegaron a echarme a la calle. Claro que volví en seguida. Yo creo que Stalin no tenía más remedio que haber gobernado como lo hizo, cayera quien cayera, porque tenía que defenderse de cien mil trampas y emboscadas y traiciones. A veces me entran remordimientos al pensar que tal vez influí para que hiciera fusilar al agregado comercial que tenían los rusos en París el año treinta y siete. Araquistain me dio una carta que le había llegado del Ministerio de Propaganda o de Instrucción Pública, ya no recuerdo, en la que Colinos, que era el jefe de la cinematografía, o por lo menos de los noticieros (y que, por cierto, lo hacía muy bien), reclamaba que no hubiese llegado a Madrid ni un palmo de las películas que habían tomado en los frentes Karmén y otros tres operadores soviéticos. Fui a hablar con aquel agregado. No había nadie en la antesala. Me hizo esperar más de media hora. Luego me recibió sentado tras su mesa, y lo primero que hizo fue preguntarme: «¿Y usted por qué no está en el frente?». Me quedé estupefacto y le contesté: «Vengo aquí en representación del Gobierno español —y le tendí mi pasaporte diplomático de agregado en la Embajada— para pedirle que me dé informes acerca de por qué carecemos, en España, de las películas tomadas por los camarógrafos soviéticos». «Yo no tengo por qué darle a usted ninguna explicación, y lo único que le vuelvo a preguntar es que por qué no está usted en el frente». Y se levantó, dando la entrevista por terminada. Me dio tanta rabia, que escribí una carta en cuatro ejemplares, que dirigí a Araquistain, al Partido francés, a Álvarez del Vayo y a Wenceslao Roces. A los pocos meses lo llamaron de vuelta a Moscú y lo fusilaron. Eso de los procesos de Moscú motivó muchas discusiones. ¿Tú sabías que el mariscal Tujachevski era cuñado de Elsa?
—No. Nunca me hablaron de eso.
—Sí. Entonces veía yo mucho a Aragon. Pero ahora, no. Hace pocos años fuimos una noche —todavía vivía Sadoul— a cenar a su casa. Creo que nunca he comido tanto caviar. Caviar gris, grande, espléndido.
—Sí, como el que creíamos que comeríamos hoy.

[Nos reímos].

—A los tres meses me volví a París y le dije a Pascua, que entonces era embajador, que ya me había cansado y que creía que no servía para nada el trabajo de los globos. Entonces, en Hollywood, hacían películas favorables a la República española, pero con unos fallos tremendos de información. Por ejemplo, habían oído hablar de que se bebía en botas, pero en vez de poner las normales, habían sacado esas enormes de un becerro entero. Entonces yo le propuse a Pascua —y a Vayo— el ir de consejero, gratis, a Hollywood. Les pareció muy bien. Tal vez se trataba de esas premoniciones de las que tú hablabas, Ione Robinson, que era la querida de Quintanilla y al mismo tiempo del secretario del Tesoro norteamericano, me prestó cien mil francos, y Sánchez Ventura me dio, creo, mil cuatrocientos dólares, que es lo que tenía ahorrado, a condición de que se lo devolviera cuando pudiese. Ya suponía él también que aquello no podía durar mucho, y prefería tener ese dinero en Estados Unidos. Ya te he contado que se lo devolví todo, poco a poco. Tengo todos los papeles en mi caja fuerte. Llegué a Hollywood después de pasar ocho días con mi amigo Centeno, en Princeton, y fui a ver al productor Frank Davis, comunista, que iba a hacer una película, Blockade, que era la historia de cómo un barco norteamericano sacaba unos niños del Bilbao asediado. Pero a los dos días el Centro Cinematográfico de Washington dio la orden de que no se hicieran películas que tuvieran referencias a favor o en contra de la República. Y me quedé sin trabajo. Porque en Hollywood yo estaba en la lista negra desde mil novecientos treinta. Ya sabes toda la historia de mi estancia allí, de mi negativa a Thalberg de ir a ver una filmación de Lily Damita, etcétera. Esto lo tienen muy en cuenta los norteamericanos. Ya en el treinta y nueve vivía como podía, hasta que por allí, en enero o febrero, se presentó Dick Abbot, vicepresidente del Museo de Arte Moderno, con su mujer, Iris Barry. Yo la conocía a ella de Londres, desde los años del surrealismo. Ella me conocía muy bien, su primer marido, Mortimer, que también era comunista, era presidente de un trust cinematográfico importante. Me llevó con ellos un músico norteamericano amigo mío, Georges Anteuil. Yo le debo mucho a Iris: por ella no me he muerto de hambre en Estados Unidos. Se me había acabado el dinero que traía, y no había que pensar, en aquel tiempo, en que mi familia me enviara dinero. Volví a Nueva York con Nino Weber, que había sido aviador en la primera guerra mundial, hijo de un por entonces todavía famoso autor dramático francés. Niño había trabajado con Max Reinhardt. Anduvimos vagando, buscando trabajo no solamente nosotros, sino también otro músico que ahora es famoso, Varesse. Buscamos por todas partes, y hasta fuimos a pedir trabajo al padre de Janet Alcoriza, que era un famoso músico de películas y director de orquesta. Bueno, eso fue en Hollywood. En Nueva York íbamos a leer las listas de la gente que ofrecía trabajo, allí, en la calle en donde estaba el elevado, dispuestos a hacer cualquier cosa: de peones, de chófer, de lo que fuera. Allí me encontré con un catalán, Galí, que conocía de Hollywood. Estaba en Estados Unidos desde mil novecientos cuatro, se había hecho rico fabricando ruedas dentadas. Me dijo, con su acento que no había perdido nada de su fuerza: «Yo te voy a encontrar trabajo. Mira, te vas a un restaurante francés de la calle Cuarenta y Nueve, y allí te vas a encontrar con Fulano. Te advierto que es el jefe de todos los cocineros de Nueva York. Bueno, un gánster. Pero es el jefe. Y le dices que te mande, pero con un buen puesto, a Sheraton». Me dio la tarjeta, pero no fui. Yo estaba viviendo en casa de Iris. Allí tenía mi cuarto, me traían el desayuno a la cama, y a veces cenaba cuando los Davis no salían. Había estallado la guerra. Weber se había ido con De Gaulle, e Iris, que tenía un olfato del demonio, había traído de Europa la película de Leni Riefenstahl sobre el Congreso de Núremberg y otra sobre la invasión de Polonia. Eran muy amigos de los Rockefeller, y en el Museo de presentó la película a Nelson para que se diera cuenta de la importancia que tenía el cine como elemento de propaganda, cosa de la cual los yanquis no tenían la menor idea. Rockefeller se quedó muy impresionado, y entonces decidieron crear la sección de cine en el Museo de Arte Moderno, y aun antes de que se creara yo me puse a trabajar en The Triumph of the Will. Eran doce rollos y había otros doce de la conquista de Polonia. Con la ayuda de una muchacha alemana para que los cortes de los discursos tuvieran continuidad, lo reduje exactamente a la mitad. Lo demás ya lo sabes: se asustaron tanto, que, después de haber mandado hacer dieciocho copias para los países sur americanos, decidieron que no se exhibieran por miedo de que aquella brutalidad y aquel despliegue de fuerzas fuera contraproducente.
—Aunque te parezca extraño, anoche, en la televisión, en una serie acerca del pasado de Hollywood, en un capítulo sobre Hollywood y las películas sociales, pasaron largos trozos del que seguramente fue tu montaje.
—Estoy seguro de que en las filmotecas de las embajadas americanas debe haber copias de esa película. Estuve en el Museo hasta el año cuarenta y cuatro, en que me fui a Hollywood de jefe del departamento de español de la Warner Brothers, porque pensaban hacer versiones en español y en francés de las películas de guerra hechas durante esos años. Pero al poco tiempo se dieron cuenta de que les iba a costar mucho hacer estos remakes con actores hispanoamericanos y franceses, y decidieron hacer doblajes. Y así vine a ser jefe del departamento de doblaje de la Warner Brothers con treinta y cuatro empleados a mis órdenes, entre ellos Alfonso Vidal y Planas.
—Que ha muerto en California hace un par de años. ¿Tú le conocías de antes? —Claro. Como que le dimos un banquete, creo que el año veintiuno, cuando estrenó, en el Eslava, Santa Isabel de Ceres.
—Hermosa comedia…
—Bueno. Pero, entonces, el sacar a escena putas respetuosas y santas era de un atrevimiento prodigioso. Además, era anarquista, y a nosotros nos bastaba eso para estar de su parte. Era un tipo hirsuto y desagradable. Pero no importaba. En el banquete estuvieron Rafael Sánchez Ventura, Eugenio Montes y todos los ultraístas que andaban entonces por Madrid. También me traje a Hollywood a José Rubia Barcia.
—Que ha escrito unos cuantos libros muy buenos.
—Sí, sobre Valle-Inclán. Era profesor adjunto de la Universidad. Y a Jacqueline Sadoul, hija de aquel famoso marino francés que se rebeló en el Mar Negro.
—¿Tienes premoniciones?
—Sí.
—Y tú marchas de España en mil novecientos treinta y seis; de Francia, el treinta y ocho; de Estados Unidos, ¿responderían a eso?
—Tal vez. Y eso que de Hollywood yo tenía motivos de preocupación. Ya en el cuarenta y cuatro vinieron a hacer averiguaciones… Yo tenía —como siempre— algunas armas. Tuve que ir a declararlas. El empleado me preguntó: «¿Es usted norteamericano?». Cuando le dije que no, puso una cara de asustado y se negó a registrarlas, me dijo que se las regalara a un amigo norteamericano para que ése a su vez las declarara. Fui a ver al armero, y se negó también a apuntármelas, por extranjero. Gracias a Payne, que era comunista, amigo mío y secretario del gobernador, se pudieron arreglar las cosas. Pero ya entonces, él mismo empezó a deshacerse de todos los libros marxistas que tenía… El cuarenta y cuatro. Si algo me dice vete, me voy. Cuando ingresé al Museo de Arte Moderno, tenían unos planes enormes: íbamos a hacer una cantidad ilimitada de documentales. Teniendo detrás a Nelson Rockefeller, todo eran facilidades. Luego no hubo dinero y nos dedicamos sólo a traducir al español… Lo de la Riefenstahl salió magnífico. Se hicieron dieciocho copias en español, para todas las Embajadas, pero luego vino la orden de no proyectarlas. Un día, la Barry, la directora, decidió proyectarla para Chaplin y René Clair. Malas personas. Me preguntó a mí que qué me parecía, y le dije que yo no me hacía responsable. Allá ella. Ella era la que mandaba, porque yo tenía la orden de olvidarme de la película. La película está bien.
—Es la primera vez que te oigo hablar bien de un trabajo tuyo.
—Es que está bien. Está bien. Bueno, se proyectó. Chaplin se moría de la risa. Chaplin, personalmente, es un ser despreciable. Una vez, casi se cae de la butaca. Clair, en cambio, al final de la proyección, estaba blanco: «No la exhiban». Se veía claramente que ante este despliegue de la fuerza hitleriana sentía la imposibilidad de ganar la guerra. En cambio, Chaplin —que era muy amigo mío desde los años treinta, en Hollywood— se moría de risa. No sé si fue antes o después de El gran dictador. Cuatro rollos de discursos y desfiles, muy bien montados, y seis de la invasión de Polonia. Las películas originales las sacó de la Embajada alemana un agregado militar que desertó. Las sacó así, por las buenas. Tuvimos la orden de trabajar en total secreto. Así lo hicimos. Debe de haber copia de esa película en la Embajada norteamericana, aquí. Me gustaría volver a verla.
—Alguien se pondría en contra, ¿no?
—De verdad el que se puso en contra fue el representante de los católicos en Washington, que, entonces, no eran tantos ni tan influyentes como ahora, el señor Pendergast fue quien movió principalmente el asunto. Leyó el libro de Dalí y empezó a hablar, a hacer gestiones. Cuando yo presenté mi renuncia, resulta que hacía ocho meses que estaban haciendo una gran presión para que yo renunciara. El señor Barry me dijo que me mantuviera firme, que armara un escándalo. Pero la verdad es que yo soy capaz de retractarme de cualquier cosa si puedo ayudar con ello a un amigo. ¿Qué coño me importaba a mí el escribir una carta en que reconocía que el surrealismo era un movimiento que respetaba la ley y estaba dentro de todo lo normal y establecido, si con eso podía yo preservar la situación de mi amiga Iris Barry, que se había portado conmigo estupendamente y a quien yo le debía tanto? Me lo echaron en cara algunos surrealistas. Los mandé a la mierda. Yo seguía teniendo mis ideas surrealistas, como las tengo ahora. Pero no me importaba nada escribir una carta oficial, que no se atenía gran cosa a la verdad, si con ello podía hacer un favor grande a quien se había portado conmigo tan magníficamente. Y lo hice y no me pesa. Y lo volvería a hacer. Es verdad que Dalí no me denunció como comunista, pero en su cochino libro sí decía que su respeto profundo por la Iglesia y la religión cristianas le impedían haber participado de una manera seria en la realización de La edad de oro, película impía y blasfema.

*****

Tierra sin pan presenta el caso de todos los documentales, que, naturalmente, tienden a llamar la atención del espectador en lo pintoresco o en lo trágico, en lo más pintoresco o en lo más trágico. Pero, además, se trataba de España, y con esa película fijaba Buñuel su posición política, sobre todo si se tiene en cuenta que fue filmada en marzo-abril de mil novecientos treinta y tres. No era hacer política, era algo más. Frente a lo que las guerras subsiguientes nos han mostrado, no es gran cosa, pero precisamente tenemos que ponernos en la época y en el sitio donde se filma dejando aparte la calidad cinematográfica de lo real que aparece por primera vez en la obra de Luis Buñuel. De Tierra sin pan hay que pasar, sin solución de continuidad, a pesar de los dieciocho años que van a transcurrir, hasta Los olvidados.

Se comprende perfectamente que después de Un perro andaluz, La edad de oro y Tierra sin pan, Buñuel piense que ya no tiene nada que decir con la cámara. Vuelve a París. Gracias a los escándalos de sus dos primeras películas halla fácilmente trabajo bien retribuido en las compañías norteamericanas, que se pirran por contratar a cualquiera que se salga de lo corriente con tal de rebajarlo a un nivel comercial, y Luis Buñuel irá de la Warner Brothers a la Paramount y a la Metro Goldwyn Mayer, haciendo trabajos sin importancia que le permitirán vivir espléndidamente, él, que no necesita ni siquiera de esos medios.

Una ciática que le tiene cerca de tres meses inmovilizado le lleva a leer la obra casi completa de Carlos Arniches. Se divierte mucho, y cuando se restablece, en Madrid, casado ya y con un hijo, va a ver a su amigo Ricardo Urgoiti y le pregunta si ha visto o leído Don Quintín el Amargao. Le pone un cheque de cien mil pesetas encima de la mesa y le dice: «Pon otro tanto». Nace Filmófono. Hasta la guerra harán cuatro películas (ya veremos cómo) y gana mucho dinero. Para Luis Buñuel, de hecho, el cine ha terminado. Es un medio de vida, es una manera de hacer algo porque no sabe estar sin hacer nada, pero no ve la posibilidad de hacer algo más que de verdad le satisfaga.

Ha pasado por todo desde que regresó a París, en mil novecientos treinta y tres. Se encontró a su viejo amigo Claudio de la Torre. Le ha asegurado que no quiere hacer más cine después de su aventura de Tierra sin pan. Claudio, tan elegante, tan inglés, le ofrece hacer doblajes para la Paramount, trescientos francos diarios. Se deja tentar. Trabaja con el marido de Marlene Dietrich y, sobre todo, aprende inglés.

Al año siguiente, en noviembre, nace Juan Luis, y la Warner Brothers ya se lo ha sonsacado a la Paramount y lo han mandado a Madrid como «supervisor» de sus doblajes. Como tal, no tiene nada que hacer más que reconcomerse por los sucesos de Asturias y quedarse inmóvil por la ciática.

Parirá Filmófono.

Urgoiti acepta. Después de Don Quintín el Amargao, en el que aparece como productor ejecutivo y que dirige Luis Marquina, por dos mil pesetas (Ugarte ha hecho la adaptación, o parte de ella, tan extraño como siempre, yendo y viniendo con Federico García Lorca, La Barraca y sus amores contrariados), Buñuel decide retirarse.

Pero ya está ahí, bajo la idea del arquitecto bilbaíno Soldevila, La hija de Juan Simón. Soldevila necesita quince días para filmar un plano. Urgoiti, desesperado, llama a Buñuel para que le saque del atolladero. Por mil pesetas, José Luis de Heredia acepta dirigir la película ¿Quién me quiere a mí? Y sin solución de continuidad estamos en 1936. Arniches reúne dos obras suyas y nace ¡Centinela, alerta! Urgoiti y Buñuel deciden hacer una película de mayores alcances, y Buñuel le escribe a Jean Grémillon, que acepta dirigir la película por quince mil pesetas. La lástima es que a poco de llegar empiezan a dolerle terriblemente las muelas, y Buñuel y Ugarte se la encuentran de nuevo. El 18 de julio, ya vuelto Grémillon a Francia, Buñuel está montando la película.

*****

—¿Cómo te encontrabas en aquella época?
—Muerto de miedo. Yo no pertenecía a ningún partido, a ningún sindicato. Me gustan las armas, pero manejarlas en la mesa, limpiarlas. A lo sumo, cazar. Pero eso de que disparen y que le tiren a uno, no. No jugué ningún papel en los famosos días. Iba a los cafés, a la Alianza de Intelectuales. Me dieron un carnet de la UGT, un pase de Mundo Obrero diciendo: «El compañero Luis Buñuel es afín a nuestras ideas». Sender, que había ido un momento al frente, nos insultaba en el café. Buena se la hicieron luego, cuando salió corriendo. Pepín Bello era derrotista. Me acuerdo de Elie Faure, en calzoncillos, en un hotel, en plena Gran Vía, llorando. Íbamos, como te decía, a la Alianza de Intelectuales, que entonces estaba pasado Lista. Allí, Kotapos y Claudio, Claudio de la Torre, que ignoraba que Mercedes, Mercedes Ballesteros, su mujer, hija del que me suspendió en Historia, era centurión de Falange. Creo que se metieron en una Embajada. Hasta que me fui a París, de jefe de Protocolo de la Embajada con Juanito Vicens y luego con Sánchez Ventura. Lo de la información… El que trabajaba de veras era García Ascot. Hasta gastándose su dinero. ¡Qué gran embajador fue Araquistain! Ossorio, después, no era una cosa seria, y al doctor Pascua lo único que le importaba era su perro.
—¿Te acuerdas de Ogier?
—Cómo no, Ogier Preteceille. Buena gente.
—Yo le conocía, hacía muchos años, de Valencia. Trabajaba en El Pueblo, el periódico de Blasco. Debió de llegar el año trece. Muy joven, pero ya formaba parte de la «bande à Bonnot». Es curioso cómo luego, el sesenta, cuando iba a salir la traducción francesa del Campalans, y Rirette Maitrejean, que corrigió las pruebas, se encontró en la novela y me fui a hablar con ella, salió Ogier a relucir y le llamé por teléfono.
—Hombre, si yo supiera dónde vive…
—No sé lo que harías. Le hablé. Está ciego. Me dio tal horror, que no fui a verle.
—Yo hubiera ido. Si hubiese estado paralítico, entonces no.
—Es curioso cómo vives dos vidas. En tus películas odias a los ciegos, no a los paralíticos.
—No me había fijado.
—Suelen decir que montaste España leal en armas (Madrid, 36).
—No hice más que supervisar el montaje que hizo Jean-Paul Dreyfus, que hoy se llama Jean-Paul le Chanois, con el material que nos mandaba la Subsecretaría de Propaganda.
—Colinos.
—Sí. Por entonces, el treinta y siete, Araquistain pagó, de su dinero, la sonorización de Las Hurdes, y se estrenó y tuvo éxito. Lo último que hice fue lo de los globos con las encíclicas, que fue una idea de Fisher, un austríaco. Entonces estaban haciendo en Hollywood bastantes películas sobre la guerra de España, que querían ser simpatizantes, y se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era ir allí, oficialmente, y supervisarlas para que no dijeran barbaridades como lo estaban haciendo. Ya estábamos en el treinta y siete. No quise que me pagaran el viaje. Me lo prestó Sánchez Ventura. Ya te contaré luego cómo se lo devolví. Total, que cuando llegué a Hollywood llamaron a mi quinta. Le escribí a Cruz Marín, que estaba de ministro en Washington, para ver qué hacía, y me dijo que me esperara o, mejor dicho, que esperara órdenes. Como es natural, no llegaron nunca, y allí me quedé, en Hollywood, sin dinero, sin posibilidad de que mi familia me mandara nada. Y recurrí a los amigos. Me encontré con Iris Barry y Georges Anteuil, y por ellos me fui a Nueva York como director de documentales en el Museo de Arte Moderno. Allí monté un documental sobre el Congreso de Núremberg del año treinta y cuatro, con todos los discursos de Hitler. Creo que eran treinta y cuatro rollos y había que reducirlos por lo menos a diez, no para los cines, sino para que los viese Roosevelt, que no podía perder el tiempo viendo todo el material. Lo hice primer en veinticuatro y luego en diez. Y lo mismo hice con los documentales sobre la conquista de Polonia. Entonces me encontré ya a Gustavo Durán y a Gustavo Pittaluga. Gustavo Durán era assistant associated y chef editor. Nada menos. Debíamos doblar y hacer documentales. Nuestro jefe era un tipo estupendo, Kenneth McGovan. Pero todo dependía de Rockefeller. Me acuerdo de dos cosas bastante divertidas. En uno de los documentales se trataba del trabajo en el campo, y en el otro, de cómo se fabrica el acero. En el primero salían cinco estudiantes latinoamericanos: un argentino, un venezolano, un chileno, un uruguayo, ya no sé, que trabajaban en el campo con excelentes resultados, siguiendo las indicaciones de sus profesores. Hubo que quitarlo. Pregunté por qué. «No sea que aprendan y luego crean en sus países que pueden hacerlo», me dijeron. El del acero fue mucho más sencillo: lo suprimieron. Por la misma razón. No fuera que se les ocurriese montar unos altos hornos aquí o allá. ¡Fuera!

Una respuesta a ““Conversaciones con Buñuel” [Fragmento] (Final)

  1. Pingback: “Conversaciones con Buñuel” [Fragmento] (III) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .