DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El intelectual negro”

Fernando Morote

Nicomedes Santa Cruz






No pertenezco a una estirpe corriente. Nací en un barrio donde todos parecíamos quemados en un incendio. Por llevar la carne tostada, nadie nos veía bien ni nos tomaba en serio. No éramos considerados ciudadanos, representábamos el estereotipo de la sorna social, los personajes oscuros que sólo servían para producir cochinadas, desgracias o miserias: sementales consuelos de solitarias niñas blancas, estrellas porno para las fantasías sexuales de esposas insatisfechas, temibles delincuentes especializados en violaciones, invencibles llenadores de techos o inquebrantables cargadores de bultos, tétricos guardianes de panteones olvidados, exuberantes cabeceadores en equipos de futbol, y cosas de esa calaña.

Es claro que no soy rubio albino ni mestizo cetrino, tampoco oriental rasgado. ¿A cuento de qué viene, entonces, que me llamen afro-peruano, moreno o de color? No creo en eufemismos. No hay necesidad de tenerle miedo a las palabras; no son éstas las que ofenden sino el tono y la intención con que se pronuncian. A mucha honra soy negro de pelo prieto y piel curtida, el timbre de mi voz puede derribar un muro de hormigón y mi bigote espeso es una tentación para cualquier pintor de brocha gorda. Cuando toca soltar un carajo, lo hago a pecho abierto.

Nunca pisé la universidad y a duras penas terminé la educación primaria. Sin embargo, mi nombre significa algo similar a “el que se prepara la victoria” o “el que tiene la voluntad de vencer”. Mi padre, un electricista y mecánico refugiado en los Estados Unidos debido a la persecución posterior a la guerra con Chile, me transmitió el gusto por la música y el interés por la literatura.

El sonido de la herrería inspiró mis compases. Abandoné mi puesto de cerrajero en la fábrica y salté a los escenarios para ejecutar coreografías de marineras, festejos y landós. A pesar de ser grandote y fuerte, confieso que poseía la gracia de una bailarina de ballet. Mi estentórea dicción y mis chispeantes expresiones han quedado registradas en la memoria popular, insertándose en el lenguaje coloquial de las generaciones actuales. La auténtica sabiduría, por lo usual, se origina en la vorágine de las calles y las esquinas, lejos de la solemnidad de los salones y las academias.

Fui poeta, narrador, cronista, investigador, ensayista, crítico y promotor cultural. En suma, un erudito multifacético pregonando el orgullo de la negritud, tras haberme instruido por mano propia. Descollé escribiendo y recitando décimas o textos de diez versos, compuestos de octosílabos, con una rima espectacular. Acompañado de una guitarra y un cajón, era capaz de arrancar una sonrisa y provocar una delicia ensoñadora, aunque el mensaje que lanzaba solía ser un zarpazo en la cara o un gancho al hígado.

Mi capacidad de improvisar durante la declamación impresionaba por su sabor, ritmo y sarcasmo a los que se autoestimaban entendidos y encumbrados. Lograr eso exige un talento desbordante y natural que no abunda en los círculos más selectos. Al principio utilicé la radio y la prensa, luego la televisión, como medios para difundir masivamente, de manera pacífica, el folclore de mi raza. Elevé, a través de mis libros y discos, un discurso de protesta y reivindicación cuya admiración trascendió las fronteras del Perú, llegando a expandirse a lo largo de Latinoamérica y otros continentes. La raíz histórica, ligada a la esclavitud y la explotación de mis hermanos que cantaban y danzaban en las plantaciones de azúcar en nuestras costas soleadas, se repite en diversas latitudes del mundo.

Con tales antecedentes, ¿cómo me iban a relacionar, de modo coherente, con un arte que inició y practicó siglos atrás Calderón de la Barca? ¿Un zambo hablando de temas y conflictos nacionales? No jodas, hombre. Me convertí en una figura incómoda porque abordaba la problemática étnica con humor y filosofía, exhibiendo un agudo y afilado poder de observación de la realidad. No faltaron quienes trataron de bajarme, de volverme al galpón. La pobre mentalidad local desairaba mi aporte, calificándome de vate menor. El complejo de inferioridad siempre fue de ellos, no mío.

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