Oración final

Helena Garrote Carmena








Por todos los perros, gatos, simios y moscas de la fruta que un día fueron lanzados al espacio exterior con el propósito de que, a su regreso, averiguásemos a través de su carne o sus cerebros si hay agua en la luna, o qué demonios sucede ahí fuera.

No se puede ser más tonto que el ser humano. Ningún mono, al volver, nos supo explicar, la divinidad de lo infinito al amor de la lumbre, ni describirnos esa noche perpetua, ni contarnos si se cruzaron con alguien. Ni tan siquiera tomaron notas. Laika nunca tuvo la certeza de la existencia de Dios. Murió de miedo a las pocas horas de su lanzamiento. Ham, el chimpancé, regresó tras haber sobrevivido a continuas descargas eléctricas durante las cuales no dejó de darle insistentemente a un botón. Se le recibió con honores, en la prensa fue un héroe, pero no hizo declaraciones de su breve odisea.

Imagino el universo lleno de animales, gravitando alrededor de planetas enanos, alejándose silenciosos a años luz, relucientes cerca de las estrellas o siendo absorbidos por descomunales agujeros negros.

Mientras, aquí abajo, nosotros contemplamos ignorantes el firmamento y le cantamos a la luna, hay toda una fauna que flota ahí arriba, tranquila e ingrávida. Seguro que Ham lo sabía.

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