Bouvard y Pécuchet. La novela (X)

Gustave Flaubert





Al día siguiente regresaron a los lugares donde habían hecho las marcas en los árboles; con una azada Marcel abría hoyos; pero la excavación nunca conducía a nada, y cada vez se sentían de lo más mohínos. Pécuchet se sentó en el borde de uno de los hoyos; y mientras soñaba, con la cabeza alzada, esforzándose en oír la voz de los espíritus por medio de su trompa aromal, llegando a preguntarse si tenía una, fijó la mirada en la visera de su gorra; le dominó de nuevo el éxtasis de la víspera. Su duración fue larga, aquello se estaba volviendo horroroso.

Por encima de las mieses asomó, en un sendero, un sombrero de fieltro: era el señor Vaucorbeil que iba al trote montado en su yegua. Bouvard y Marcel le llamaron a voces.

Cuando llegó el médico la crisis había cesado. Para examinar mejor a Pécuchet, le quitó su gorra y vio una frente cubierta de eccemas cobrizos:

—¡Ja, ja!, ¡fructus belli! ¡Son unas sifílides, amigo! ¡Cuídeselas, diablos! No se bromea con el amor.

Pécuchet, avergonzado, volvió a ponerse la gorra, una especie de boina, terminada en una visera en forma de medialuna, y cuyo modelo había tomado del atlas de Amorós.

Las palabras del doctor le dejaron estupefacto. Pensaba en ellas, mirando al aire, cuando de repente le volvió a coger.

Vaucorbeil le observaba, y luego le tiró la gorra al suelo de un papirotazo.

Pécuchet recobró sus facultades.

—Me lo temía —dijo el médico—, pues la visera charolada le hipnotiza como un espejo, fenómeno que no es raro entre las personas que miran un cuerpo brillante con demasiada atención.

E indicó cómo practicar la experiencia en unas gallinas, montó en su jaca y desapareció lentamente.

A unos dos kilómetros de distancia observaron un objeto piramidal que se alzaba, en el horizonte, en el patio de una alquería. Se hubiera dicho un racimo de uva negra monstruoso, picado de puntitos rojos aquí y allá. Era, según la costumbre normanda, un largo palo guarnido de unos travesaños en los que se encaramaban las pavas para esponjarse al sol.

—Entremos.

Y Pécuchet abordó al granjero, que accedió a su petición.

Trazaron una línea con albayalde en medio del lagar, ataron las patas a un pavo y acto seguido lo extendieron boca abajo, con el pico en la raya. El ave cerró los ojos, y enseguida pareció muerta. Y otro tanto sucedió con las otras. Bouvard se las pasaba rápidamente a Pécuchet, que las iba alineando al lado de las que estaban adormecidas. La gente de la alquería daba muestras de inquietud. La propietaria se puso a gritar, una niña lloraba.

Bouvard desató a todas las aves. Progresivamente se fueron reanimando, pero se ignoraba las consecuencias que ello traería. A una objeción un poco áspera de Pécuchet, el granjero empuñó su horca.

—¡Largo de aquí, rediós! ¡O les saco las tripas!

Ellos salieron a toda prisa.

¡No importa! El problema estaba resuelto; el éxtasis depende de una causa material.

¿Qué es, pues, la materia? ¿Qué es el espíritu? ¿Dónde se origina la influencia de la una sobre el otro, y a la recíproca?

Para llegar a comprenderlo, indagaron en Voltaire, en Bossuet, en Fénelon, e incluso volvieron a abonarse a un gabinete de lectura.

Los maestros antiguos eran inaccesibles por la extensión de las obras o la dificultad del idioma, pero Jouffroy y Damiron les iniciaron en la filosofía moderna, y había autores que se ocupaban de la del siglo anterior.

Bouvard tomaba sus argumentos de La Mettrie, de Locke, de Helvétius; Pécuchet, de Cousin, de Thomas Reid y de Gérando. El primero se apegaba a la experiencia, el ideal lo era todo para el segundo. Este seguía a Aristóteles, el otro a Platón, y discutían.

—¡El alma es inmaterial! —decía uno.
—¡En absoluto! —objetó el otro—, la locura, el cloroformo, una sangría la trastornan y, como siempre no piensa, no es una sustancia destinada únicamente a pensar.
—Sin embargo —observó Pécuchet—, yo tengo en mí mismo algo superior a mi cuerpo, y que a veces lo contradice.
—¿Un ser en el ser? ¡El Homo duplex, vamos, hombre! Unas tendencias diferentes revelan unos motivos opuestos. Eso es todo.
—Pero esa cosa, esa alma, permanece idéntica bajo los cambios del exterior. ¡En consecuencia, es simple, indivisible y por tanto espiritual!
—Si el alma fuera simple —replicó Bouvard—, el recién nacido tendría los recuerdos y las fantasías de un adulto. El pensamiento, por el contrario, sigue el desarrollo del cerebro. En cuanto a que es indivisible, ni el perfume de una rosa, o el apetito de un lobo, así como un acto de la voluntad o una afirmación pueden dividirse en dos.
—¡Ello no quiere decir nada —dijo Pécuchet—, pues el alma carece de las cualidades de la materia!
—¿Admites la gravedad? —prosiguió Bouvard—. Ahora bien, si la materia puede caer, también puede pensar. Al haber tenido un comienzo, nuestra alma tiene que morir y, al ser dependiente de los órganos, desaparecer con ellos.
—¡Yo afirmo que es inmortal! Dios no puede querer…
—Pero ¿y si Dios no existe?
—Pero ¡cómo! —Y Pécuchet recitó las tres pruebas cartesianas—: «Primo, Dios es inherente a la idea que tenemos de Él; secundo, existir es posible para Él; tertio, si fuera un ser finito, ¿cómo tendríamos una idea de la infinitud? Y puesto que nosotros tenemos esta idea, nos viene de Dios, ¡por tanto Dios existe!».

Pasó al testimonio de la conciencia, a la tradición de los pueblos, a la necesidad de un creador.

—Cuando veo un reloj…
—¡Sí, sí!, ¡ya me lo conozco!, pero ¿dónde está el padre del relojero?
—¡Pero hace falta una causa!

Bouvard dudaba de las causas.

—Del hecho de que un fenómeno suceda a otro fenómeno se concluye que deriva de él. ¡Demuéstralo!
—¡Pero el espectáculo del Universo denota una intención, un plan!
—¿Por qué? El mal está organizado tan perfectamente como el bien. El gusano que nace en la cabeza del cordero y lo mata equivale, en cuanto a anatomía, al cordero mismo. Las monstruosidades exceden las funciones normales. El cuerpo humano podría estar mejor hecho. Las tres cuartas partes del globo son estériles. ¡La luna, esa luminaria, no siempre asoma! ¿Crees que un océano está destinado a los navíos, y la madera de los árboles a la calefacción de nuestras casas?

Pécuchet respondió:

—Sin embargo, el estómago está hecho para digerir, las piernas para andar, los ojos para ver, aunque se produzcan dispepsias, fracturas y cataratas. ¡Nada se da sin un fin! Los efectos sobrevienen ahora o más tarde. Todo depende de las leyes. Así pues, hay causas finales.

Bouvard imaginó que quizá Spinoza le proporcionaría nuevos argumentos, y le escribió a Dumouchel para tener la traducción de Saisset.

Dumouchel le envió un ejemplar, que había pertenecido a su amigo el profesor Varelot, exiliado el 2 de diciembre.

La Ética les aterró con sus axiomas, sus corolarios. Únicamente leyeron los párrafos señalados con lápiz, y comprendieron lo siguiente:

La sustancia es lo que es en sí, para sí, sin causa ni origen. Esta sustancia es Dios.

Solo Él es la Extensión, y la Extensión no conoce límites. ¿Con qué limitarla?

Pero, aunque sea infinita, no es el infinito absoluto, pues no contiene más que un tipo de perfección, y el Absoluto los contiene todos.

A menudo se detenían para reflexionar mejor. Pécuchet tomaba rapé y Bouvard estaba rojo de la concentración.

—¿Te divierte eso?
—¡Sí, por supuesto! ¡No te detengas!

Dios se desarrolla en una infinidad de atributos, que expresan, cada uno a su manera, la infinitud de su ser. Nosotros no conocemos más que dos: la Extensión y el Pensamiento.

Del Pensamiento y de la Extensión dimanan modos innombrables, los cuales contienen a su vez otros.

Todo aquel que abarcase, a la vez, la entera Extensión y el entero Pensamiento no conocería contingencia alguna, nada accidental, sino una serie geométrica de términos, ligados entre sí por unas leyes necesarias.

—¡Ah, sería hermoso! —dijo Pécuchet.

Por consiguiente, no existe libertad ni en el hombre ni en Dios.

—¡Ya lo oyes! —exclamó Bouvard.

Si Dios tuviera una voluntad, un objetivo, si actuara por una causa, es que tendría alguna necesidad, es que carecería de perfección. No sería Dios.

Así nuestro mundo no es más que un punto en el conjunto de las cosas, y el Universo impenetrable a nuestro conocimiento, una porción de una infinidad de universos que emiten cerca del nuestro modificaciones infinitas. La Extensión envuelve nuestro Universo, pero es envuelta a su vez por Dios, que contiene en su pensamiento todos los universos posibles, y su pensamiento mismo está envuelto en su sustancia.

Les parecía ir en globo, de noche, con un frío glacial, llevados por una corriente sin fin, hacia un abismo sin fondo, y sin nada alrededor de ellos fuera de lo Inasible, lo Inmóvil, lo Eterno. Aquello era demasiado. Renunciaron.

Y deseando algo menos arduo, compraron el Curso de filosofía, un texto para estudiantes, de Guesnier.

El autor se pregunta cuál será el método bueno, ¿el ontológico o el psicológico?

El primero era adecuado para las sociedades primitivas, cuando el hombre dirigía su atención hacia el mundo exterior. Pero ahora que la vuelve sobre sí mismo, «nosotros creemos el segundo más científico», y Bouvard y Pécuchet se decidieron por él.

La psicología tiene por finalidad estudiar los hechos que acaecen «en el seno del yo»; estos se descubren mediante la observación.

—¡Observemos, pues!

Y durante quince días, tras el desayuno por lo común, buscaban en su conciencia, al azar, esperando hacer en ella grandes descubrimientos, y no hicieron ninguno, cosa que no dejó de asombrarles sobremanera.

Pero si la idea es espiritual, ¿cómo representar la materia? De ahí el escepticismo en cuanto a las percepciones exteriores. Si es material, ¿los objetos espirituales no estarían representados? De ahí el escepticismo en materia de conceptos mentales.

—Por otra parte, ¡hay que andarse con cuidado! Pues esta hipótesis nos llevaría al ateísmo.

Pues al ser una imagen una cosa finita, le es imposible representar lo infinito.

—Sin embargo —objetó Bouvard—, cuando pienso en un bosque, en una persona o en un perro, veo ese bosque, esa persona, ese perro. Por consiguiente, las ideas los representan.

Y abordaron el origen de las ideas.

Según Locke, hay dos, la sensación y la reflexión, y Condillac lo reduce todo a la sensación.

Pero entonces la reflexión carecería de base. Exige un sujeto, un ser sintiente; y es impotente para proporcionarnos las grandes verdades fundamentales: Dios, el mérito y el demérito, lo justo, lo bello, etcétera, nociones llamadas «innatas», es decir, anteriores a los hechos y universales.

—Si fueran universales, las tendríamos desde nuestro nacimiento.
—Con esta palabra se quiere indicar una predisposición a tenerlas, y Descartes…
—¡Tu querido Descartes se confunde! Porque sostiene que el feto las posee, y en otro lugar confiesa que es de forma implícita.

Pécuchet se quedó asombrado.

—¿Dónde lo has leído?
—¡En Gérando!

Y Bouvard le dio un golpecito en el vientre.

—¡Acaba con esto! —dijo Pécuchet. Luego, pasando a Condillac, dijo—: ¡Nuestros pensamientos no son metamorfosis de la sensación! Ella los origina, los pone en juego. Para ponerlos en juego, se requiere un motor. Pues la materia, por sí sola, no puede producir el movimiento… Y he encontrado eso en tu querido Voltaire—añadió Pécuchet, haciéndole un profundo saludo.

Rumiaban así los mismos argumentos, cada uno despreciando la opinión del otro, sin convencerle de la propia.

Pero la filosofía hacía crecer la estima en sí mismos. Se acordaban no sin compasión de sus preocupaciones por la agricultura, la literatura, la política.

Ahora el museo les desagradaba. Nada les habría gustado más que vender todos aquellos cachivaches y pasaron al capítulo segundo: de las facultades del alma.

¡Se cuentan tres, no más! La de sentir, la de conocer y la de querer.

En la facultad de sentir, distinguimos la sensibilidad física de la sensibilidad moral.

Las sensaciones físicas se clasifican naturalmente en cinco clases, en cuanto provenientes de los órganos de los sentidos.

Los hechos de la sensibilidad moral, por el contrario, no deben nada al cuerpo. «¿Qué tienen en común el placer de Arquímedes al descubrir la ley de la gravedad y el goce inmundo de Apicio al zamparse una cabeza de jabalí?».

Esta sensibilidad moral tiene cuatro géneros; y el segundo género, los «deseos morales», se divide en cinco especies, y los fenómenos del cuarto género, los «afectos», se subdividen en otras dos especies, entre ellas el amor a uno mismo, «inclinación legítima, sin duda, pero que, si se vuelve exagerada, recibe el nombre de egoísmo».

En la facultad de conocer reside la percepción racional, que a su vez se distingue en dos movimientos principales y cuatro grados.

La abstracción puede presentar algún escollo para las inteligencias excéntricas.

La memoria nos pone en correspondencia con el pasado como la presciencia con el porvenir.

La imaginación es más bien una facultad particular sui generis.

¡Cuántas vueltas para demostrar unas banalidades, el tono pedantesco del autor, la monotonía expresiva!: «Estamos dispuestos a reconocerlo», «lejos de nosotros el pensar», «preguntemos a nuestra conciencia», el sempiterno elogio de Dugald-Stewart, en fin, toda aquella palabrería les desalentó hasta el punto de que, saltándose la facultad de la voluntad, entraron en la lógica.

Esta les enseñó qué es el análisis, la síntesis, la inducción, la deducción y las causas principales de nuestros errores.

Casi todos provienen de un mal uso de las palabras.

«El sol se pone, el tiempo se oscurece, el invierno se acerca», ¡locuciones manidas que hacen pensar en unas entidades personales cuando no se trata sino de acontecimientos de lo más simple! «Me acuerdo de tal objeto, de tal axioma, de tal verdad», ¡mera ilusión! Son las ideas, y en absoluto las cosas, las que quedan en el yo, y el rigor del lenguaje exigiría decir: «Recuerdo tal acto de mi espíritu, mediante el cual he percibido ese objeto, he deducido ese axioma, he admitido esa verdad».

Como el vocablo que designa un accidente no lo abarca en todos sus aspectos, trataron de usar solo términos abstractos, de manera que en vez de decir: «Demos una vuelta», «es hora de comer», «tengo diarrea», decían las frases siguientes: «Un paseo nos sentaría bien», «es la hora de ingerir alimentos», «siento necesidad de exonerar».

Una vez que dominaron la lógica, pasaron revista a los diferentes criterios, en primer lugar el del sentido común.

Si el individuo no puede saber nada, ¿por qué habrían de saber más todos los individuos juntos? Un error, aunque tenga cien mil años, no constituye una verdad por el mero hecho de ser viejo. La multitud sigue invariablemente la rutina. En cambio, es una minoría la que trae el progreso.

¿Es preferible, entonces, fiarse del testimonio de los sentidos? Estos engañan a veces, y nos informan únicamente sobre las apariencias. El fondo se les escapa.

La Razón ofrece mayores garantías al ser inmutable e impersonal, pero para manifestarse necesita encarnarse. Entonces la Razón se convierte en mi razón, poco importa si una regla es equivocada. Nada prueba que sea justa.

Se recomienda controlarla con los sentidos; pero estos pueden volver las tinieblas más espesas aún. De una sensación confusa se puede deducir una ley defectuosa, que más tarde impedirá ver las cosas con claridad.

Queda la Moral. ¡Es como rebajar a Dios al nivel de lo útil, como si nuestras necesidades fueran la medida de lo Absoluto!

En cuanto a la evidencia, negada por uno, afirmada por otro, se convierte en criterio de sí misma. Cousin lo ha demostrado.

—No veo más posibilidad que la Revelación —dijo Bouvard—. Pero, para creer en ella, hay que admitir dos conocimientos previos: el del cuerpo que ha sentido y el de la inteligencia que ha percibido; admitir los sentidos y la razón, testimonios humanos y, por consiguiente, poco fiables.

Pécuchet reflexionó, se cruzó de brazos.

—Pero nosotros vamos a caer en el abismo aterrador del escepticismo.

Este no aterraba, según Bouvard, más que a los débiles mentales.

—Gracias por el cumplido —replicó Pécuchet—. Pero hay hechos indiscutibles. Puede llegarse a la verdad dentro de unos ciertos límites.
—¿A cuál? ¿A que dos más dos hacen siempre cuatro? ¿A que el contenido es, en cierta medida, inferior al continente? ¿Qué quiere decir que es casi verdadero, una fracción de Dios, la parte de una cosa indivisible?
—¡Ah! ¡No eres sino un sofista!

Y Pécuchet, vejado, le puso cara de pocos amigos durante tres días.

Los emplearon en hojear los índices de varios libros. Bouvard sonreía de vez en cuando, y, retomando la conversación, dijo:

—Lo difícil es no dudar. Así, para Dios, las pruebas de Descartes, de Kant, y de Leibniz no son las mismas, y se invalidan mutuamente. La creación del mundo mediante los átomos, o mediante un espíritu, resulta inconcebible.
»Me siento a la vez materia y pensamiento, aun ignorando lo que es lo uno y lo otro.»La impenetrabilidad, la solidez, la gravedad me parecen unos misterios igual que mi alma, y con mayor razón la unión del alma y del cuerpo.
»Para explicarla, Leibniz imaginó su armonía, Malebranche la premonición, Cudworth un mediador, y Bossuet ve en ella un milagro perpetuo, lo que es una sandez: un milagro perpetuo no sería ya un milagro.
—¡Efectivamente! —dijo Pécuchet.

Y los dos se confesaron que estaban cansados de los filósofos. Tanto sistema hace que uno se haga un lío. La metafísica no sirve de nada. Se puede vivir sin ella.

Por otra parte, sus problemas económicos no hacían sino aumentar. Debían tres toneles de vino a Beljambe, doce kilos de azúcar a Langlois, ciento veinte francos al sastre, sesenta al zapatero. Siempre había gastos; y el tío Gouy no pagaba.

Fueron a ver a Marescot para que les encontrara dinero, ya mediante la venta de Les Écalles, ya mediante una hipoteca sobre su hacienda, o bien enajenando su casa, que sería pagada con un vitalicio y cuyo usufructo conservarían. Era un medio impracticable, dijo Marescot, pero había una solución mejor a la vista y ya les tendría informados.

A continuación pensaron en su pobre huerto. Bouvard emprendió la poda del cenador, Pécuchet se puso a cortar la espaldera. Marcel tenía que entrecavar las platabandas.

Pasado un cuarto de hora, paraban, el uno cerraba su podadera, el otro deponía sus tijeras, y comenzaban a pasear lentamente: Bouvard, a la sombra de los tilos, sin chaleco, sacando pecho, los brazos desnudos; Pécuchet, a lo largo de la pared, con la cabeza gacha, las manos tras la espalda, la visera de su gorra vuelta sobre el cuello por precaución; y caminaban así paralelamente, sin ver siquiera a Marcel, que, descansando al borde de la caseta, se estaba comiendo un mendrugo.

De aquella meditación habían nacido unos pensamientos; discutían, temían perderlos; y la metafísica retornaba.

Retornaba a propósito de la lluvia o del sol, de una china en el zapato, de una flor en el prado, a propósito de todo.

Mientras miraban arder la vela, se preguntaban si la luz está en el objeto o en nuestros ojos. Puesto que hay estrellas que pueden haber desaparecido cuando nos llega su resplandor, acaso admiramos cosas que ya no existen.

Tras haber encontrado en un bolsillo del chaleco un cigarrillo Raspail, lo desmenuzaron sobre un poco de agua y el alcanfor reapareció.

¡He aquí, pues, el movimiento en la materia! Un grado superior del movimiento llevaría a la vida.

Pero si la materia en movimiento bastara para crear seres, estos no serían tan variados. Pues, en el origen, no existía ni tierras, ni aguas, ni hombres, ni plantas. ¿Qué es, pues, esa materia primordial, que no hemos visto jamás, que no es ninguna de las cosas de este mundo, y que sin embargo las ha producido todas?

A veces tenían necesidad de un libro. Dumouchel, cansado de hacerles favores, ya no les respondía, y ellos estaban empeñados en la cuestión, principalmente Pécuchet.

Su necesidad de verdad se convertía en una sed abrasadora.

Afectado por los discursos de Bouvard, abandonaba el espiritualismo, para volver a él acto seguido y abandonarlo de nuevo, y exclamaba, con la cabeza entre las manos:

—¡Oh! ¡La duda, la duda! ¡Preferiría la nada!

Bouvard era consciente de las insuficiencias del materialismo, pero trataba de aferrarse a él, declarando, por lo demás, que le hacía perder la chaveta.

Partían de razonamientos con una base sólida; pero esta se venía abajo; y de repente se les habían agotado las ideas; igual que una mosca que vuela cuando se quiere atraparla.

Durante las noches de invierno charlaban en el museo, al amor de la lumbre, mirando las brasas. El viento que silbaba en el pasillo hacía temblar los cristales, las masas negras de los árboles se mecían, y la tristeza de la noche aumentaba la gravedad de sus pensamientos.

Bouvard se iba de vez en cuando al otro extremo del piso, luego volvía. Los candeleros y los cuencos arrimados a las paredes proyectaban sobre el suelo unas sombras oblicuas; y el san Pedro, visto de perfil, proyectaba la silueta de su nariz sobre el techo, semejante a un monstruoso cuerno de caza.

Costaba circular por entre los objetos, y a menudo Bouvard, por inadvertencia, se golpeaba contra la estatua. Con sus grandes ojos, sus morros caídos, y su aire de borracho, también molestaba a Pécuchet. Desde hacía un tiempo querían deshacerse de ella, pero, por desidia, lo dejaban de un día para otro.

Una tarde, en medio de una disputa sobre la mónada, Bouvard se golpeó una oreja contra el dedo pulgar de san Pedro y, volviendo contra él su irritación, exclamó:

—Este fantoche me tiene harto, ¡echémoslo fuera!

Por la escalera era difícil. Abrieron la ventana, lo inclinaron sobre el borde, despacio. Pécuchet, de rodillas, trataba de levantarlo por los pies, mientras que Bouvard hacía fuerza sobre los hombros. El bueno del santo de piedra no se movía, por lo que tuvieron que recurrir a la alabarda como palanca, y finalmente consiguieron extenderlo todo recto. Entonces, tras haber basculado, cayó en picado en el vacío, con la tiara por delante, resonó un sordo ruido, y al día siguiente lo encontraron, hecho en mil pedazos, en el antiguo hoyo de los abonos compuestos.

Una hora después entró el notario trayendo una buena noticia. Una persona de la localidad adelantaría mil escudos mediante una hipoteca sobre su alquería; y cuando ellos mostraban ya su regocijo, dijo:

—¡Perdón! Pone una cláusula; y es que le vendan ustedes Les Écalles por mil quinientos francos. El préstamo será saldado hoy mismo. El dinero lo tengo yo en mi despacho.

Tenían ganas de ceder tanto el uno como el otro. Bouvard acabó por responder:

—¡Dios mío…, de acuerdo!
—¡Conformes! —dijo Marescot.


Y les informó del nombre de la persona, que no era otra que la señora Bordin.

—¡Lo sospechaba! —exclamó Pécuchet.

Bouvard, humillado, guardó silencio.

Ella u otro, ¡qué más daba! Lo principal era salir de apuros.

Tras embolsarse el dinero (el de Les Écalles sería abonado más tarde), pagaron de inmediato todas sus deudas, y regresaban a su domicilio cuando, a la vuelta del mercado, les paró el tío Gouy.

Iba a su casa para informarles de una desgracia. El viento, la noche antes, había derribado veinte manzanos en el patio, derribado la destilería, arrancado el tejado de la alquería. Pasaron el resto de la tarde comprobando los estragos, y al día siguiente, con el carpintero, el albañil y el pizarrero. Las reparaciones ascenderían a mil ochocientos francos por lo menos.

Luego por la noche se presentó Gouy. La propia Marianne le había contado hacía un rato la venta de Les Écalles. Un trozo de un rendimiento magnífico, como le gustaba a él, que casi no requería cultivo, ¡el mejor trozo de toda la hacienda! Y pedía una rebaja de su arriendo.

Los amos se la negaron. Se sometió el caso al juez de paz, y este dio la razón al arrendatario. La pérdida de Les Écalles, la escritura estimada en dos mil francos, le suponía un perjuicio anual de setenta francos, y ante los tribunales sin duda ganaría.

Su fortuna se veía disminuida. ¿Qué hacer? ¿Y cómo vivir al cabo de poco?

Se sentaron ambos a la mesa, presa del desaliento. Marcel no entendía nada de cocina, y esa vez su cena excedió a todas las demás. La sopa parecía agua de fregar, el conejo olía mal, las alubias estaban sin cocer, los platos grasientos y, a los postres, Bouvard estalló, amenazándole con tirárselo todo a la cabeza.

—Seamos filósofos —dijo Pécuchet—, algo menos de dinero, los ardides de una mujer, la torpeza de un criado, ¿qué es todo eso? ¡Estás demasiado inmerso en lo material!
—Solo cuando me fastidia —dijo Bouvard.
—¡Pues yo no lo admito! —prosiguió Pécuchet. Últimamente había leído un análisis de Berkeley, y añadió—: ¡Yo niego la extensión, el tiempo, el espacio, incluso la sustancia!, pues la verdadera sustancia es el espíritu que percibe las cualidades.
—¡Perfecto! —dijo Bouvard—, pero una vez suprimido el mundo, faltarán las pruebas para la existencia de Dios.

Pécuchet protestó, y largamente, pese a tener un catarro nasal, causado por el yoduro de potasio, y a que una fiebre permanente contribuyera a su exaltación. Bouvard, inquieto por ello, llamó al médico.

Vaucorbeil le recetó un jarabe de naranja con yoduro y para más tarde unos baños de cinabrio.

—¿Para qué? —prosiguió Pécuchet—. Un día u otro la forma desaparecerá. ¡La esencia no muere!
—¡Sin duda —dijo el médico—, la materia es indestructible! Sin embargo…
—¡Pues no, no! Lo indestructible es el ser. Este cuerpo que tengo delante de mí, el suyo, doctor, me impide conocer su persona, no siendo aquél, por así decir, más que un ropaje, o más bien una máscara.

Vaucorbeil le creyó loco:

—¡Buenas tardes! ¡Cuide su máscara!

Pécuchet no cejó en su empeño. Se consiguió una introducción a la filosofía hegeliana, y quiso explicársela a Bouvard.

—Todo lo que es racional es real. Lo único verdaderamente real es la idea. Las leyes del Espíritu son las leyes del Universo; la razón del hombre es idéntica a la de Dios.

Bouvard fingía comprender.

—Por tanto, lo Absoluto es al mismo tiempo el sujeto y el objeto, la unidad en la que convergen todas las diferencias. Así se ven resueltas las contradicciones. La sombra permite la luz, el frío unido al calor produce la temperatura, el organismo se mantiene solo a través de la destrucción del organismo, por todas partes hay un principio que divide, un principio que une.

Estaban en el cerrillo; y pasó por delante de la empalizada el párroco, breviario en mano.

Pécuchet le rogó que entrase para terminar delante de él la exposición del pensamiento de Hegel y ver qué decía el sacerdote.

El hombre de la sotana se sentó cerca de ellos, y Pécuchet abordó el cristianismo.

—Ninguna religión ha establecido perfectamente esta verdad: «¡La Naturaleza no es más que un momento de la Idea!».
—¡Un momento de la Idea! —murmuró el sacerdote, estupefacto.
—¡Pues sí! Dios, al tomar forma humana, mostró su unión consubstancial con ella.
—¿Con la Naturaleza? ¡Oh, oh!
—Por medio de su muerte dio testimonio de la esencia de la muerte; por tanto, la muerte estaba en él, formaba y forma parte de Dios.

El eclesiástico se enfurruñó.

—¡Basta de blasfemias! Fue por la salvación del género humano por lo que él soportó los sufrimientos.
—¡Está en un error! Se considera la muerte en el individuo, en quien es sin duda un mal, pero en lo relativo a las cosas, es distinto. ¡No separe el espíritu de la materia!
—Sin embargo, caballero, antes de la Creación…
—No hubo tal Creación. Siempre ha existido. De otro modo sería una entidad nueva que vendría a añadirse al pensamiento divino, lo cual es absurdo.

El cura se levantó, unos asuntos le reclamaban en otra parte.

—¡Me enorgullezco de haberle dejado sin argumentos! —dijo Pécuchet—. ¡Una palabra más y…! Dado que la existencia del mundo no es un tránsito continuo de la vida a la muerte, y de la muerte a la vida, sino que, en vez de ser cierto que todo existe, nada existe. Pero todo deviene, ¿comprendes?
—¡Sí!, comprendo, ¡o más bien no! —El idealismo finalmente exasperaba a Bouvard—. Ya estoy harto; el famoso cogito me revienta. Se toman las ideas de las cosas por las cosas mismas. ¡Se explica lo que se entiende muy poco mediante palabras absolutamente ininteligibles! Substancia, extensión, fuerza, materia y alma.

Son otras tantas abstracciones, imaginaciones. ¡En cuanto a Dios, imposible saber cómo es, ni siquiera si es! En otro tiempo, provocaba el viento, el rayo, las revoluciones. Ahora está de capa caída. Por otra parte, no le veo la utilidad.

—¿Y qué hay de la moral en todo eso?
—¡Ah!, ¡qué le vamos a hacer!
—Carece de base, efectivamente —se dijo Pécuchet.

Y se quedó en silencio, acorralado por culpa de las premisas que él mismo había planteado. Fue una sorpresa, un verdadero revés.

Bouvard no creía siquiera ya en la materia.

La certeza de que nada existe (por más deplorable que pudiera ser) no deja de ser una certeza. Poca gente es capaz de tenerla. Esta trascendencia les infundió orgullo y les hubiera gustado establecerla; no dejó de presentarse una ocasión para ello.

Una mañana, al ir a comprar tabaco, vieron una aglomeración ante la puerta de Langlois. La gente rodeaba la góndola de Falaise, y hablaban de Touache, un presidiario que vagabundeaba por el lugar. El cochero se lo había encontrado en la Croix-Verte llevado por dos gendarmes y los vecinos de Chavignolles dejaron escapar un suspiro de alivio.

Girbal y el capitán se quedaron allí; luego llegó el juez de paz, con la intención de recabar información al respecto, y Marescot con birrete de terciopelo y zapatillas de badana.

Langlois les invitó a hacer los honores de su tienda con su presencia. Allí estarían más a sus anchas, y, pese a los parroquianos y al ruido de la campanilla, esos señores siguieron discutiendo acerca de las fechorías de Touache.

—¡Dios mío! —dijo Bouvard—, ¡tenía mala entraña, eso es todo!
—Pero uno puede dominarla con la virtud —replicó el notario.
—¿Y si se carece de virtud?

Y Bouvard negó positivamente el libre arbitrio.

—¡Sin embargo —dijo el capitán—, yo puedo hacer lo que quiero! Soy libre, por ejemplo, de mover la pierna.
—¡No, señor, pues tiene usted un motivo para hacerlo!

El capitán buscó una respuesta, no la encontró. Pero Girbal le soltó un alfilerazo:

—¡Un republicano que habla contra la libertad! ¡Tiene gracia!
—¡Es de chiste! —dijo Langlois.

Bouvard le interpeló:

—¿Cómo es, entonces, que no reparte usted cuanto tiene entre los pobres?

El tendero recorrió con una mirada inquieta toda su tienda.

—¡Vaya! ¡Tan tonto no soy! ¡Me lo guardo para mí!
—Si fuera usted san Vicente de Paúl, actuaría de modo distinto, pues tendría su carácter. Usted obedece al suyo. ¡Por tanto no es libre!
—Le busca usted tres pies al gato —respondieron a coro los presentes.

Bouvard no rechistó y, señalando la balanza que había sobre el mostrador, dijo:

—Ella se mantendrá inerte mientras uno de los platillos esté vacío. Pues otro tanto ocurre con la voluntad; y la oscilación de la balanza entre dos pesos que parecen iguales es como el trabajo de nuestra mente, cuando delibera sobre los motivos, hasta el momento en que el más fuerte se impone y la determina.
—Todo esto —dijo Girbal— no tiene nada que ver con Touache y no impide que sea un redomado bribón.

Pécuchet tomó la palabra:

—Los vicios son algo propio de la Naturaleza, igual que las inundaciones, las tempestades.

El notario le paró los pies, y alzándose a cada una de sus palabras de puntillas, dijo:

—Su sistema me parece de una inmoralidad absoluta. Da pábulo a todo tipo de excesos, disculpa los crímenes, absuelve a los culpables.
—Exactamente —dijo Bouvard—. El desgraciado que sigue sus apetitos está en su derecho, igual que el hombre honrado que obedece a la razón.
—¡No defienda a los monstruos!
—¿Por qué monstruos? ¡Cuando nace un ciego, un idiota, un homicida, ello nos parece un desorden, como si el orden nos fuera conocido, como si la Naturaleza actuara movida por un fin!
—Entonces, ¿pone usted en tela de juicio la Providencia?
—¡Sí, la pongo!
—¡Si no, fíjese más bien en la Historia! —exclamó Pécuchet—. Recuerde los asesinatos de reyes, las masacres de pueblos, las disensiones en las familias, el dolor de los individuos.
—Y al mismo tiempo —añadió Bouvard, pues se excitaban el uno al otro—, esa Providencia se preocupa de las avecillas y hace crecer de nuevo las patas de los cangrejos. ¡Ah! ¡Si entiende usted por Providencia una ley que lo rige todo, lo acepto, pero con reservas!
—¡Sin embargo, caballero —dijo el notario—, existen los principios!
—¡Pero qué me cuenta usted! ¡Una ciencia, según Condillac, es tanto mejor cuanto menos los necesita! No hacen más que resumir unos conocimientos adquiridos y nos vuelven a llevar hacia esas nociones que, precisamente, son discutibles.

Prosiguió Pécuchet:

—¿Ha examinado usted, como nosotros, ha ahondado en los arcanos de la metafísica?
—¡Es cierto, caballeros, es cierto!

Y los presentes se dispersaron.

Pero Coulon, haciendo un aparte con ellos, les dijo en un tono paternal que no era precisamente devoto, y que incluso detestaba a los jesuitas. ¡Pero él no iba tan lejos como ellos! ¡Oh, no, por supuesto!; y en un ángulo de la plaza pasaron por delante del capitán que, encendiendo de nuevo su pipa, mascullaba:

—¡Yo hago, sin embargo, lo que me place, por Dios!

Bouvard y Pécuchet profirieron también en otras ocasiones sus detestables paradojas. Ponían en duda la probidad de los hombres, la castidad de las mujeres, la inteligencia del Gobierno, la cordura del pueblo, en fin, socavaban los fundamentos.

Foureau se enojó y les amenazó con la cárcel si continuaban con tales discursos.

La evidencia de su superioridad ofendía. Como sostenían tesis inmorales, tenían que ser inmorales; corrieron calumnias sobre ellos.

Entonces se desarrolló en su espíritu una facultad molesta, como era la de reconocer la estupidez y no poder ya soportarla.

Se deprimían por cosas insignificantes: la publicidad de los periódicos, el perfil de un burgués, una tonta reflexión oída por casualidad.

Pensando en lo que decían en su pueblo, y que hasta las antípodas estaban llenas de otros Coulon, de otros Marescot, de otros Foureau, sentían pesar sobre ellos como la gravedad de la Tierra entera.

Ya no salían, ni recibían a nadie.

Una tarde se oyó en el patio un diálogo entre Marcel y un señor tocado con un sombrero de alas anchas y anteojos negros. Era el académico Larsonneur. Este vislumbró una cortina entreabierta, puertas que se cerraban. Se había propuesto un intento de arreglo, y se fue hecho una furia, encargando al criado que les dijera a sus señores que les consideraba unos patanes redomados.

Bouvard y Pécuchet no se preocuparon por ello. El mundo iba perdiendo importancia; lo percibían como en medio de una nube, descendida de sus cerebros a sus pupilas.

Y, por otra parte, ¿acaso el mundo no es una ilusión, un mal sueño? ¡Puede ser que al final la buena fortuna y las desgracias se equilibren! Pero el bien de la especie no consuela al individuo.

—¡Qué me importan los demás! —decía Pécuchet.

Su desesperación afligía a Bouvard. Era él quien le había empujado hasta ese extremo, y el deterioro de su domicilio avivaba su tristeza con irritaciones diarias.

Para recuperar los ánimos, intentaban convencerse por medio de razonamientos, se imponían trabajos, y no tardaban en caer de nuevo en una desidia mayor, en un profundo desaliento.

Al terminar de comer, se quedaban de codos sobre la mesa, gimiendo con aire taciturno. Marcel ponía unos ojos como platos, luego volvía a la cocina, donde se atracaba a solas.

A mediados de verano, recibieron una invitación de boda anunciándoles el enlace de Dumouchel con la señora viuda Olympe-Zulma Poulet.

—¡Que Dios le bendiga!

Y se acordaron de los tiempos en que ellos eran felices.

¿Por qué ya no seguían a los segadores? ¿Qué se había hecho de los días que entraban en las alquerías, buscando antigüedades por todas partes? Nada, ahora, produciría ya esas horas tan dulces que llenaban la destilería o la literatura. Un abismo les separaba de ello. Algo irrevocable había sucedido.

Quisieron dar, como en otro tiempo, un paseo por los campos, fueron muy lejos, se perdieron. Unas nubecillas se aborregaban en el cielo, el viento mecía las espigas de la avena, a lo largo de un prado un riachuelo murmuraba, cuando de pronto un olor nauseabundo les hizo detenerse, y vieron sobre unos guijarros, entre unos zarzales, una carroña de perro.

Sus cuatro patas estaban resecas. El rictus de la boca descubría debajo de los morros azulados unos colmillos de marfil; en vez de vientre había un amasijo color terroso que parecía palpitar, tal era el hormiguear de gusanos que se agitaban, heridos por el sol, bajo el zumbido de las moscas, en aquel olor insoportable, olor terrible y como devorador.

Bouvard fruncía la frente; y unas lágrimas inundaron sus ojos. Pécuchet dijo estoicamente:

—¡Un día también nosotros acabaremos así!

La idea de la muerte les había sobrecogido. Charlaron de ella, de regreso.

Después de todo, la muerte no existe. Es un diluirse en el rocío, en la brisa, en las estrellas. Uno se convierte en parte de la savia de los árboles, del esplendor de las piedras preciosas, de las plumas de las aves. Se restituye a la Naturaleza lo que ella nos prestó, y la Nada que llegará no es en absoluto más temible que la Nada que tenemos a nuestras espaldas.

Trataban de imaginarla como una noche profunda, como un agujero sin fondo, un continuo desvanecerse; cualquier cosa era mejor que esa existencia monótona, absurda y sin esperanza.

Recapitularon sus necesidades insatisfechas. Bouvard siempre había deseado tener caballos, carruajes, grandes caldos de Borgoña y bellas mujeres complacientes en una casa magnífica. La ambición de Pécuchet era el saber filosófico. Pues bien, el mayor problema, el que engloba a los demás, puede resolverse en cosa de un minuto. ¿Cuándo, pues, llegaría ese momento?

—Tanto da poner fin a esto enseguida.
—Como quieras —dijo Bouvard.

Y examinaron la cuestión del suicidio.

¿Qué había de malo en arrojar una carga que le aplasta a uno y cometer una acción que no hace daño a nadie? Si ello ofendiera a Dios, ¿tendríamos ese poder? No se trata de una cobardía, por más que se diga, y no deja de ser una hermosa insolencia escarnecer, aunque sea en detrimento propio, lo que los hombres más estiman.

Deliberaron sobre el tipo de muerte.

El veneno hace sufrir. Para degollarse, hace falta mucho valor. Con la asfixia, se fracasa a menudo.

Finalmente Pécuchet subió al desván dos cuerdas de la gimnasia. Luego, tras haberlas atado al mismo travesaño del techo, dejó colgar un nudo corredizo y colocó debajo dos sillas para alcanzar las cuerdas.

Se decidió este método.

Se preguntaban qué impresión causaría en el distrito, adónde irían a parar a continuación su biblioteca, sus papeles, sus colecciones. Pensar en la muerte les hacía enternecerse respecto a sí mismos, pero no por eso abandonaban su plan, y, a fuerza de hablar de ello, se acostumbraron a la idea.

La noche del 25 de diciembre, entre las diez y las once, estaban reflexionando en el museo, vestidos de modo distinto. Bouvard lucía una bata sobre su chaleco de punto; y Pécuchet, desde hacía tres meses, no se quitaba ya el hábito de monje, para ahorrar.

Como tenían un hambre canina (pues Marcel, que había salido al amanecer, no había vuelto a aparecer), Bouvard creyó saludable tomarse una botella de aguardiente, y Pécuchet un té.

Al retirar el hervidor, se derramó agua sobre el parquet.

—¡Torpe! —exclamó Bouvard.

Luego, encontrando la infusión mediocre, quiso reforzarla con dos cucharadas más.

—Debe de estar pésimo —exclamó Pécuchet.
—¡En absoluto!

Y como ambos tiraban de la caja, se cayó la bandeja; una de las tazas se rompió, la última del bonito juego de porcelana.

Bouvard palideció.

—¡Vamos, continúa! ¡Rómpelo todo! ¡No te detengas!
—¡Gran desgracia, la verdad!
—¡Pues sí, una desgracia! ¡La heredé de mi padre!
—Natural —añadió Pécuchet riendo sardónicamente.
—¡Ah! ¡Me ofendes!
—¡No, pero estás harto de mí! ¡Confiésalo!

Y a Pécuchet le dio un ataque de ira, o más bien de demencia. También a Bouvard. Gritaban los dos a la vez, uno irritado por el hambre, el otro por el alcohol. La garganta de Pécuchet ya no emitía más que un estertor.

—Una vida así es infernal; prefiero la muerte. ¡Adiós!

Cogió el candelero, se dio media vuelta y salió dando un portazo.

A Bouvard, en medio de las tinieblas, le costó lo suyo abrirla, corrió detrás de él, llegó al desván.

La vela estaba en el suelo, y Pécuchet de pie sobre una de las sillas, con la cuerda en una mano.

El espíritu de imitación pudo con Bouvard:

—¡Espérame!

Y subía ya sobre la otra silla, cuando, deteniéndose de pronto, dijo:

—Pero… no hemos hecho testamento.
—Vaya, es cierto.

Unos sollozos hinchaban sus pechos. Se asomaron al tragaluz para respirar.

El aire era frío, y numerosos astros brillaban en el cielo, negro como la tinta.

La blancura de la nieve que cubría la tierra se perdía en las brumas del horizonte.

Percibieron unas lucecitas a ras de suelo, que, acercándose, aumentando de tamaño, iban todas en dirección a la iglesia.

Una curiosidad les empujó hacia allí.

Era la misa del gallo. Aquellas luces provenían de los faroles de los pastores. Algunos, debajo del pórtico, sacudían sus capotes.

El serpentón roncaba, el incienso humeaba. Unos vasos, suspendidos a lo largo de la nave, dibujaban tres coronas de fuegos multicolores y, en el extremo de la perspectiva, en los dos laterales del tabernáculo, se alzaban las llamas rojas de unos cirios gigantes. Por encima de las cabezas de la multitud y las capellinas de las mujeres, más allá de los cantores, se distinguía al cura, con su casulla dorada; a su voz aguda respondían las voces graves de los hombres que llenaban la galería, y la bóveda de madera retemblaba sobre sus arcos de piedra. Unas imágenes, que representaban el vía crucis, adornaban los muros. En medio del coro, delante del altar, yacía un cordero, con las patas debajo del vientre, las orejas tiesas.

La tibia temperatura les produjo un singular bienestar, y sus pensamientos, tormentosos hasta hacía apenas un momento, se volvían dulces, como olas que se calman.

Escucharon el Evangelio y el Credo, observaban los movimientos del sacerdote. Sin embargo, los viejos, los jóvenes, las pobres harapientas, las granjeras con gorrito alto, los robustos mocetones de rubias patillas, todos rezaban, absorbidos en la misma alegría profunda, y sobre la paja de un establo veían irradiar como un sol el cuerpo del Niño Jesús. Esta fe de los otros emocionaba a Bouvard a despecho de su razón, y a Pécuchet, a pesar de la dureza de su corazón.

Hubo un silencio; los dos se inclinaron, y, al tintineo de una campanilla, el corderito baló.

El sacerdote enseñó la hostia, en el extremo de sus dos brazos, lo más alto posible. Entonces estalló un canto de alegría que invitaba al mundo a postrarse a los pies del Rey de los Ángeles. Bouvard y Pécuchet, involuntariamente, se mezclaron en ello, y sentían como una aurora nacer en sus almas.

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (X)

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