Bouvard y Pécuchet. La novela (XI)

Gustave Flaubert






9

Marcel reapareció al día siguiente a las tres, con la cara de un color verdusco, los ojos enrojecidos, un chichón en la frente, el pantalón lleno de rotos, apestando a aguardiente, inmundo.

Había ido, como todos los años, a veinticinco kilómetros de allí, cerca de Iqueuville, a celebrar la Nochebuena en casa de un amigo; y más tartaja que nunca, llorando, queriendo darse golpes, imploraba perdón, como si hubiera cometido un crimen. Sus amos se lo otorgaron. Una calma inusitada les inclinaba a la indulgencia.

La nieve se había fundido repentinamente, y ellos se paseaban por su huerto, aspirando el aire tibio, felices de vivir.

¿Había sido solamente el azar el que les había apartado de la muerte? Bouvard se sentía enternecido. Pécuchet se acordó de su primera comunión; y llenos de gratitud por la Fuerza, la Causa de la que dependían, se les ocurrió la idea de dedicarse a las lecturas piadosas.

El Evangelio les ensanchó el alma, les deslumbró igual que un sol. Veían a Jesús, de pie en la cumbre de la montaña, con un brazo en alto, y a la muchedumbre abajo escuchándole; o bien a orillas del lago, entre los apóstoles que tiran las redes; luego montado en el pollino, en medio del clamor de los aleluyas, con su melena ondeando por el agitarse de las palmas; por último, en la cruz, con la cabeza reclinada, de la que cae eternamente el rocío sobre el mundo. Lo que les conquistó, lo que hacía sus delicias, era el amor por los humildes, la defensa de los pobres, la exaltación de los oprimidos. Y en aquel libro, en el que se despliega el cielo, no había nada de teológico en medio de tantos preceptos; ni un dogma, ni una exigencia salvo la pureza del corazón.

En cuanto a los milagros, su razón no se vio sorprendida; los conocían desde niños. La talla moral de san Juan encantó a Pécuchet, predisponiéndole a comprender mejor la Imitación.

No había en esta nada de parábolas, flores, pájaros, sino lamentos, un replegarse del alma en sí misma. Bouvard se afligió al hojear aquellas páginas que parecen escritas con un tiempo brumoso, en el fondo de un claustro, entre un peñasco y una tumba. Nuestra vida mortal aparecía en ella tan digna de lástima que es preciso, olvidándola, volverse hacia Dios; y los dos hombres, después de todas sus decepciones, sentían la necesidad de la sencillez, de amar algo, de conceder un descanso a su espíritu.

Abordaron el Eclesiastés, Isaías, Jeremías.

Pero la Biblia, con sus profetas de voz de león, el rugir de la tormenta en las nubes, todos los sollozos de la Gehenna, y su Dios desbaratando los imperios, como hace el viento con las nubes, les aterraba.

Leían eso el domingo, a la hora de vísperas, mientras repicaba la campana.

Un día se fueron a misa, luego regresaron. Era una distracción al final de la semana. El conde y la condesa de Faverges les saludaron de lejos, lo cual no pasó inadvertido. El juez de paz les dijo, guiñándoles el ojo: «¡Muy bien! Así me gusta».Ahora todas las burguesas les mandaban el pan bendito.

El padre Jeufroy les hizo una visita; ellos se la devolvieron, se frecuentaron; y el cura no hablaba de religión.

Se quedaron asombrados ante esta reserva, por lo que Pécuchet, con aire indiferente, le preguntó qué hay que hacer para llegar a la fe.

—Practique primero.

Y se pusieron a practicar, el uno con esperanza, el otro por desafío, pues Bouvard estaba convencido de que no sería nunca un devoto. Durante un mes siguió regularmente todos los oficios, pero, a diferencia de Pécuchet, no quiso comer de vigilia.

¿Era una medida de higiene? ¡Ya se sabe para qué sirve la higiene! ¿Una cuestión de conveniencia? ¡Abajo las conveniencias! ¿Una señal de sumisión para con la Iglesia? ¡También eso le traía sin cuidado! Dicho en pocas palabras, declaraba esta regla absurda, farisaica, y contraria al espíritu del Evangelio.

El Viernes Santo de los otros años comían lo que Germaine les servía.

Pero esta vez Bouvard había encargado un bistec. Se sentó, cortó la carne; y Marcel le miraba escandalizado, mientras que Pécuchet quitaba la piel todo serio a un trozo de bacalao.

Bouvard permanecía con el tenedor en una mano, el cuchillo en la otra. Hasta que por fin, decidiéndose, se llevó un bocado a los labios. De pronto le temblaron las manos, su cara oronda palideció, su cabeza se inclinó hacia atrás.

—¿Te encuentras mal?
—¡No!… Pero… —Y le hizo una confesión. Como consecuencia de su educación (era algo que le superaba) no podía comer carne aquel día por temor a morir.

Pécuchet, sin abusar de su victoria, aprovechó la ocasión para vivir a su antojo.

Una noche volvió a casa con una expresión seria de alegría impresa en el semblante, y, dejándolo caer, dijo que venía de confesarse.

Entonces discutieron sobre la importancia de la confesión.

Bouvard admitía la de los primeros cristianos, que se hacía en público: la moderna es demasiado fácil. Pero no negaba que este indagar en nosotros mismos fuera un elemento de progreso, un fermento de moralidad.

Pécuchet, anhelante de perfección, buscó sus defectos; los arranques de orgullo habían desaparecido desde hacía tiempo. Su gusto por el trabajo le ayudaba a vencer la pereza; en cuanto a la gula, nadie más sobrio que él. A veces se dejaba llevar por la ira.

Se juró que no volvería a ocurrirle.

Luego habría que crecer en virtud, primero en humildad; es decir, creerse incapaz de todo mérito, indigno de la menor recompensa, inmolar su espíritu, y rebajarse a tal punto que le pisoteen a uno como al barro de los caminos. Estaba lejos aún de esta disposición de ánimo.

Carecía de otra virtud: la castidad. Porque, para sus adentros, echaba de menos a Mélie, y el cuadro de la señora con el vestido Luis XV le turbaba con su escote.

Lo guardó en un armario, redobló el pudor hasta el punto de temer dirigir sus miradas sobre sí mismo, y se acostaba con el calzón puesto.

Tantas preocupaciones acerca de la lujuria no hicieron sino acrecerla. Sobre todo por la mañana tenía que sufrir grandes luchas, como las tuvieron san Pablo, san Benito y san Jerónimo, a muy avanzada edad; a continuación recurrían a terribles penitencias. El dolor es una expiación, un remedio y un medio, un homenaje a Jesucristo. Todo amor exige sacrificios, ¡y cuál más penoso que el de nuestro cuerpo!

A fin de mortificarse, Pécuchet prescindió de la copita de después de las comidas, redujo a cuatro al día las pulgaradas de rapé, y no llevaba ya gorra cuando hacía un frío de perros.

Un día en que Bouvard estaba atando la parra apoyó una escalera en el muro de la terraza de delante de la casa; se encontró, involuntariamente, frente al cuarto de Pécuchet.

Su amigo, desnudo de cintura para arriba, se estaba flagelando las espaldas con las disciplinas, primero lentamente; luego, cobrando ánimos, se bajó el pantalón, se puso a azotarse las nalgas y cayó en una silla, sin aliento.

Bouvard se sintió turbado como ante el descubrimiento de un misterio que no debe salir a la luz.

Desde hacía un tiempo, observaba una mayor limpieza en los cristales, menos sietes en los manteles, una comida mejor; cambios que eran debidos a la intervención de Reine, el ama del señor cura.

Mezclando las cosas de la iglesia con las de su cocina, fuerte como un esportillero y fiel aunque irrespetuosa, se entrometía en la vida de los hogares y daba consejos, hasta convertirse en la dueña y señora de ellos. Pécuchet confiaba plenamente en su experiencia.

En una ocasión ella le trajo a un individuo rechoncho, con unos ojillos chinescos y una nariz aguileña. Era el señor Goutman, un vendedor de artículos religiosos; bajo el cobertizo desempaquetó algunos, metidos en cajas: cruces, medallas y rosarios de todos los tamaños, candelabros para oratorios, altares portátiles, ramilletes de oropel, y sagrados corazones de cartón azul, sanjosés de barba rojiza, calvarios de porcelana. A Pécuchet le volvieron loco. Solo el precio le frenaba.

Goutman no pedía dinero. Prefería los trueques y, tras subir al museo, ofreció, a cambio de los hierros viejos y todo el plomo, un stock de sus productos.

Bouvard los encontró horribles. Pero la mirada de Pécuchet, las insistencias de Reine y la labia del chamarilero consiguieron convencerle. Cuando lo vio tan fácil, Goutman quiso, además, la alabarda; Bouvard, cansado de demostrar cómo se usaba, también se la entregó. Hecho el saldo total, resultó que los señores debían todavía cien francos. La cosa se solucionó gracias a cuatro letras a un vencimiento de tres meses, y los dos amigos se congratularon por el buen negocio que habían hecho.

Sus adquisiciones fueron distribuidas por todas las estancias. Un pesebre lleno de heno y una catedral de corcho fueron a adornar el museo. En la repisa de la chimenea de Pécuchet hubo un san Juan Bautista de cera; a lo largo del pasillo, los retratos de las glorias episcopales, y, al pie de la escalera, debajo de una lámpara con cadenillas, una santa Virgen con manto azul y coronada de estrellas. Marcel limpiaba estas maravillas, convencido de que en el Paraíso no había nada más bello.

¡Qué lástima que el san Pedro estuviera roto, pues qué bien habría quedado en el vestíbulo! Pécuchet, parándose a veces delante del viejo hoyo de los abonos compuestos, donde resultaban reconocibles la tiara, una sandalia, un pedazo de oreja, dejaba escapar unos suspiros, luego seguía trabajando en el huerto, pues ahora añadía los trabajos manuales a los ejercicios religiosos y entrecavaba la tierra, con el hábito de monje, comparándose a san Bruno. Este disfraz podía constituir un sacrilegio; renunció a él.

Mas estaba adquiriendo el estilo eclesiástico, sin duda por la frecuentación del párroco. Tenía su misma sonrisa, su voz, y, con un aire friolero, se metía como él las dos manos hasta los puños en las mangas. Día llegó en que el canto del gallo le importunó, las rosas le aburrían; ya no salía o lanzaba a la campiña unas miradas feroces.

Bouvard se dejó llevar al mes de María. Los niños que cantaban los himnos, los ramos de lilas, los festones de verdura le habían provocado como el sentimiento de una juventud imperecedera. Dios se manifestaba a su corazón mediante la forma de los nidos, las aguas cristalinas de los manantiales, el efecto benéfico del sol, y la devoción de su amigo le parecía extravagante, fastidiosa.

—¿Por qué gimes durante las comidas?
—Debemos comer gimiendo —repuso Pécuchet—, porque es comiendo como el hombre perdió su inocencia.

Esta frase la había leído en el Manual del seminarista, dos tomos en doceavo que habían pedido prestados al padre Jeufroy. Y bebía agua de la Salette, se entregaba, a puerta cerrada, a unas jaculatorias, esperaba entrar en la cofradía de San Francisco.

Para obtener el don de la perseverancia, decidió ir en peregrinación a la santa Virgen.

La elección de las localidades fue ardua. ¿Mejor Notre-Dame de Fourvières, o la de Chartres, de Embrun, de Marsella o de Auray? La de Délivrande, más próxima, servía lo mismo para sus fines.

—¡Me acompañarás!
—¡Haría el papel de sandio! —dijo Bouvard.

Pero, después de todo, quizá volvería convertido en creyente, cosa que no se negaba a ser, por lo que cedió para complacerle.

Las peregrinaciones deben hacerse a pie. Pero cuarenta y tres kilómetros resultarían duros; y las góndolas se prestaban mal para la meditación, por lo que alquilaron un viejo cabriolé, que, tras doce horas de camino, les dejó en la posada.

Tomaron una habitación de dos camas, con dos cómodas con sendas jarras de agua en unas palanganas ovales, y el posadero les informó de que aquélla era «la habitación de los capuchinos» en tiempos del Terror. Habían escondido en ella a Notre-Dame de la Délivrande con tantas precauciones que los buenos de los padres decían allí misa clandestinamente.

Esto fue del agrado de Pécuchet, y leyó en voz alta un folleto sobre la capilla, que había cogido abajo en la cocina.

Fue fundada a comienzos del siglo II por san Regnoberto, primer obispo de Lisieux, o por san Ragneberto, que vivió en el siglo VII, o por Roberto el Magnífico, a mediados del siglo XI.

Los daneses, los normandos y sobre todo los protestantes la habían incendiado y devastado en diferentes épocas.

Hacia 1112, la estatua primitiva fue descubierta por un cordero, que, golpeando con una pata en un herbazal, indicó el lugar en el que se hallaba, y en dicho lugar el conde Baudouin erigió un santuario.

Sus milagros son incontables. Un mercader de Bayeux, cautivo de los sarracenos, la invocó: se caen sus grilletes y se escapa. Un avaro descubre en su desván un ejército de ratas, la llama en su auxilio y las ratas se van. El contacto de una medalla que había rozado su efigie hizo arrepentirse en su lecho de muerte a un viejo materialista de Versalles. Devolvió el habla al señor Adeline, que la había perdido por haber blasfemado; y, merced a su protección, los señores de Becqueville tuvieron fuerzas suficientes para vivir castamente estando casados.

Se cita, entre los que ella curó de afecciones irremediables, a la señorita de Palfresne, a Anne Lorieux, a Marie Duchemin, a François Dufai, y a la señora de Jumillac, de soltera Osseville.

La visitaron personajes eminentes: Luis XI, Luis XIII, dos hijas de Gastón de Orléans, el cardenal Wiseman, Samirrhi, patriaca de Antioquía; monseñor Véroles, vicario apostólico de Manchurria; y el arzobispo de Quélen fue a darle las gracias por la conversión del príncipe de Talleyrand.

—¡Ella podrá —dijo Pécuchet— convertirte también a ti!

Bouvard, ya acostado, soltó una especie de gruñido y se durmió como un tronco.

Al día siguiente, a las seis, entraban en la capilla.

Estaban construyendo otra; toldos y tablas obstruían la nave, y el monumento, de estilo rococó, desagradó a Bouvard, sobre todo el altar de mármol rojo, con sus pilastras corintias.

La estatua milagrosa, en una hornacina de la izquierda del coro, estaba envuelta en un vestido de lentejuelas; se presentó el pertiguero, trayendo para cada uno de ellos un cirio. Lo hincó en una especie de candelabro de varios brazos que dominaba la balaustrada, pidió tres francos, hizo una inclinación y desapareció.

Luego miraron los exvotos.

Unas inscripciones sobre unas placas testimoniaban la gratitud de los fieles. Pueden admirarse dos espadas cruzadas, donativo de un ex alumno de la Escuela Politécnica, ramilletes de novia, medallas militares, corazones de plata y en un rincón, en el suelo, una pila de muletas.

De la sacristía salió un cura portando el sagrado copón.

Tras haber permanecido unos minutos al pie del altar, subió los tres escalones, entonó el Oremus, el Introito y el Kyrie, que el monaguillo, de rodillas, recitó de un tirón.

Los asistentes eran pocos, doce o quince ancianas. Oíase el susurro de sus rosarios y el ruido de un martillo golpeando unas piedras. Pécuchet, inclinado sobre su reclinatorio, respondía a los «amén». Durante la Elevación, suplicó a la Virgen que le enviara una fe constante e indestructible.

Bouvard, en el asiento de al lado, le cogió el libro de rezos y se detuvo en las letanías de la Virgen.

«Madre purísima, Madre castísima, Madre venerable, Madre amable, Virgen poderosa, Virgen clemente, Torre de Marfil, Casa de Oro, Puerta del Cielo, Estrella Matutina…» Estas palabras de adoración, estas hipérboles le llevaron hacia la que es celebrada por tantos homenajes.

Soñó con ella tal como se la representa en los cuadros de las iglesias, sobre un cúmulo de nubes, con querubines a sus pies, con el Niño Dios contra su pecho; madre de las ternuras que reclaman todas las aflicciones de la Tierra; ideal de la Mujer ascendida al Cielo; pues, nacido de sus entrañas, el Hombre ensalza su amor y solo aspira a descansar en su corazón.

Terminada la misa, recorrieron las tiendas adosadas al muro del lado de la plaza. En ellas se veían imágenes, benditeras, urnas con filetes dorados, cristos de nuez de coco, rosarios de marfil; y el sol, hiriendo los cristales de los cuadros, deslumbraba los ojos, hacía resaltar la tosquedad de las pinturas, la fealdad de los dibujos. Bouvard, que en casa encontraba aquellas cosas horribles, se mostró indulgente. Compró una estatuilla de la Virgen en escayola azul. Pécuchet, como recuerdo, se contentó con un rosario.

Los vendedores gritaban:

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Por cinco francos, por tres francos, por sesenta céntimos, por cuatro cuartos, no rechacéis a Nuestra Señora!

Los dos peregrinos callejeaban sin elegir nada. Se oyeron unas observaciones descorteses.

—¿Qué quieren esos pajarracos?
—¿No serán turcos por casualidad?
—¡Más bien protestantes!

Una muchacha alta tiró a Pécuchet de la levita; un viejo gafudo le posó una mano en un hombro; todos gritaban a la vez; luego, abandonando sus barracas, fueron a rodearlos, redoblaron sus provocaciones y ofensas.

Bouvard no pudo aguantarse más:

—¡Déjennos en paz, por Dios!

La turba se alejó.

Pero una mujer gorda les siguió un rato por la plaza y les dijo a voces que se arrepentirían de ello.

Al regresar a la posada, encontraron en el café a Goutman. Era su negocio lo que le traía a aquellos lugares, y charlaba con un individuo que estaba revisando un estado de cuentas en la mesa de delante de ellos.

Este individuo llevaba una gorra de cuero, pantalones muy anchos, y tenía la tez roja y el talle esbelto, pese a sus cabellos blancos, y un aire entre un oficial retirado y un viejo comicastro.

De vez en cuando soltaba un juramento, y acto seguido, a una palabra de Goutman dicha más baja, se calmaba enseguida, y pasaba a otro papel.

Bouvard, que lo observaba, al cabo de un cuarto de hora se le acercó.

—¿No es usted Barberou?
—¡Bouvard! —exclamó el hombre de la gorra.

Y se abrazaron.

Desde hacía veinte años, Barberou había hecho un poco de todo.

Director de un periódico, agente de seguros, encargado de un vivero de ostras. «Un día se lo contaré.» Por fin, vuelto a su primer oficio, viajaba como representante de una casa de Burdeos, y Goutman, que «se encargaba de aquella diócesis», le colocaba sus vinos entre los eclesiásticos.

—Discúlpeme, estoy con usted en un minuto.

Había retomado sus cuentas, cuando, dando un bote sobre su asiento, exclamó:

—Pero ¿cómo que dos mil?
—¡Sin duda!
—¡Ah! ¡Esta sí que es buena!
—¿A qué se refiere?
—Le digo que he visto a Hérambert personalmente —replicó Barberou hecho una furia—. ¡La factura dice cuatro mil; nada de bromas!

El chamarilero no se inmutó.

—Está bien; le exime de su deuda, ¿qué más quiere?

Barberou se levantó, y, viendo su semblante pálido primero y luego lívido, Bouvard y Pécuchet creían que iba a estrangular a Goutman.

Pero volvió a sentarse y se cruzó de brazos.

—¡Es usted un redomado canalla, reconózcalo!
—¡Déjese de insultos, señor Barberou; hay testigos; ándese con cuidado!
—¡Le llevaré a juicio!
—¡Blablablá! —Luego, tras haber cerrado su cartera, Goutman levantó el borde de su sombrero, y dijo—: ¡Que le vaya bien!

Y salió.

Barberou expuso los hechos: por una deuda de mil francos que se había visto doblada por las artimañas de los usureros, le había entregado a Goutman tres mil francos en vino, que bastaba para saldar la deuda con una ganancia de mil francos; en cambio, todavía debía tres mil. ¡Sus jefes le despedirían y le pondrían un pleito!

—¡Crápula! ¡Bribón! ¡Judío asqueroso! ¡Y encima come en casa de los presbíteros! Por lo demás, ¡todo lo que tiene que ver con las sotanas!…

Y se puso a despotricar contra los curas, y descargaba golpes con tanta violencia sobre la mesa que la estatuilla estuvo a punto de caerse.

—¡Tranquilo! —dijo Bouvard.
—¡Vaya! ¿Y esto qué es? —Y Barberou, tras haber deshecho el envoltorio de la pequeña Virgen, dijo—: ¡Un cachivache de peregrinación!, ¿ustedes?

Bouvard, en vez de responder, sonrió de un modo ambiguo.

—¡Es mía! —dijo Pécuchet.
—Me sabe mal por usted —prosiguió Barberou—, pero ¡ya le instruiré yo sobre el asunto, no tema!

Y como hay que ser filósofos, y la tristeza no sirve de nada, les invitó a comer.

Los tres se sentaron a la mesa.

Barberou estuvo amable, recordó los viejos tiempos, cogió de la cintura a la moza, quiso tomarle las medidas a la barriga de Bouvard. Pronto iría a verlos a su casa, y les llevaría un libro que tenía su gracia.

La idea de aquella visita no les entusiasmó demasiado. Charlaron de ello en el coche, por espacio de una hora, al trote del caballo. A continuación, Pécuchet cerró los párpados. También Bouvard guardaba silencio. En su fuero interno, se inclinaba por la religión.

Marescot se había presentado la víspera para informarles de una cosa importante. Marcel no sabía nada más al respecto.

El notario no pudo recibirles hasta al cabo de tres días; y de inmediato expuso la cuestión. Por una renta de siete mil quinientos francos, la señora Bordin proponía al señor Bouvard comprarle su hacienda.

Ella le había echado el ojo desde que era joven, conocía sus lindes, virtudes y defectos; y ese deseo era como un cáncer que la corroía. Pues la buena de la señora, como verdadera normanda que era, tenía por encima de todo el amor al patrimonio, menos por asegurar su capital que por el placer de pisar suelo propio. Esperando conseguirla, había hecho sus averiguaciones, llevado a cabo una vigilancia diaria, ahorrado durante mucho tiempo, y esperaba, con impaciencia, la respuesta de Bouvard.

Este, incómodo, no quería que Pécuchet se encontrase un día sin fortuna; pero había que atrapar la ocasión al vuelo, que no era sino el resultado de la peregrinación: por segunda vez, la Providencia se mostraba favorable con ellos.

Hicieron la contrapropuesta siguiente: la renta, no de siete mil quinientos francos, sino de seis mil, sería entregada a quien sobreviviese de los dos. Marescot hizo valer que uno estaba delicado de salud. La naturaleza del otro le predisponía a la apoplejía, y la señora Bordin firmó el contrato, llevada por la pasión.

Bouvard se quedó melancólico. Alguien deseaba su muerte, y tal reflexión le inspiró graves pensamientos, ideas de Dios y de eternidad.

Tres días después, el padre Jeufroy les invitó a la comida de gala que daba una vez al año a unos colegas.

La comida dio comienzo a eso de las dos para terminar a las once de la noche.

Tomaron sidra de pera, se entretuvieron haciendo juegos de palabras. El padre Pruneau compuso, sobre la marcha, un acróstico. El señor Bougon hizo juegos de cartas, y Cerpet, un joven vicario, cantó una breve romanza rayana en la galantería. Semejante ambiente divirtió a Bouvard. Al día siguiente estuvo menos sombrío.

El párroco fue a verle con frecuencia. Presentaba la religión bajo unos agradables colores. ¿Qué perdía uno, por lo demás? Y Bouvard no tardó en aceptar acercarse al comulgatorio. Pécuchet, al mismo tiempo que él, participaría en el sacramento.

Llegó el gran día.

La iglesia, a causa de las primeras comuniones, estaba de bote en bote. Los burgueses y burguesas abarrotaban sus bancos, y el pueblo llano se mantenía de pie al fondo, o en el coro, por encima de la puerta.

Lo que iba a ocurrir dentro de poco era inexplicable, pensaba Bouvard, pero la razón no basta para comprender determinadas cosas. Grandes hombres han aceptado la religión. Mejor seguir su ejemplo, y en una especie de aturdimiento contemplaba el altar, el incensario, los cirios, con la cabeza un tanto vacía, porque no había comido, y sentía una extraña debilidad.

Pécuchet, meditando sobre la Pasión de Jesús, se exaltaba en arrebatos de amor. Hubiera querido ofrecerle su propia alma, la de los demás, y los raptos, los transportes, las visiones de los santos, todos los seres, el universo entero. Aunque rezaba con fervor, las varias partes de la misa le parecieron un poco largas.

Finalmente los varoncitos se arrodillaron en el primer escalón del altar, formando con sus trajes una franja negra, que remataban de forma desigual unas melenas rubias o morenas. Los reemplazaron las chiquillas, con sus velos cayéndoles bajo las coronas; de lejos se hubiera dicho un cortejo de blancas nubecillas en el fondo del coro.

Luego les llegó el turno a las personas mayores.

La primera del lado del Evangelio era Pécuchet, pero, demasiado emocionado sin duda, hacía oscilar la cabeza de derecha a izquierda. Al párroco le costó introducirle la hostia en la boca y él la recibió revolviendo los ojos.

Bouvard, por el contrario, abrió tanto las mandíbulas que su lengua le colgaba sobre el labio como una bandera. Al levantarse, estaba codo con codo con la señora Bordin. Sus ojos se encontraron. Ella sonreía; sin saber por qué, él se sonrojó.

Después de la señora Bordin, comulgaron juntos la señorita de Faverges, la condesa, su dama de compañía, y un señor que no era conocido en Chavignolles.

Los dos últimos fueron Placquevent y Petit, el maestro, cuando de pronto vieron aparecer a Gorgu.

No llevaba ya perilla; y volvió a su sitio, con los brazos en cruz sobre el pecho, de manera muy edificante.

El párroco arengó a los chavales. Les dijo que procuraran en el futuro no hacer como Judas, que traicionó a su Dios, y conservaran siempre su ropaje de inocencia. Pécuchet echó de menos la suya. Pero la gente retiraba ya las sillas; las madres tenían prisa por abrazar a sus hijos.

A la salida, los feligreses intercambiaron felicitaciones. Algunos lloraban. La señora de Faverges, mientras esperaba su coche, se volvió hacia Bouvard y Pécuchet y les presentó a su futuro yerno:

—El señor barón de Mahurot, ingeniero.

El conde se quejaba de no verles. Volvería la semana siguiente.

—No lo olviden, por favor.

La calesa había llegado; las damas del castillo partieron, y el gentío se dispersó.

Encontraron en su patio un paquete en medio de la hierba. El cartero, como la casa estaba cerrada, lo había lanzado por encima de la cerca. Era la obra que Barberou les había prometido: Examen del cristianismo, de Louis Hervieu, ex alumno de la École Normale. Pécuchet la rechazó. Bouvard no deseaba conocerla.

Le habían repetido que el sacramento le transformaría: durante varios días, Bouvard acechó algún florecimiento en su conciencia. Seguía siendo el mismo, y le dominó un estupor doloroso.

Pero ¡cómo! ¡La carne de Dios se mezcla con nuestra carne y no produce nada! ¡El pensamiento que gobierna los mundos no ilumina nuestro espíritu! ¡El poder supremo nos abandona a la impotencia!

El padre Jeufroy, tranquilizándole, le recomendó el Catecismo del padre Gaume.

Por el contrario, la devoción de Pécuchet no hacía sino crecer. Le hubiera gustado comulgar bajo las dos especies, cantaba salmos mientras se paseaba por el pasillo, paraba a los vecinos de Chavignolles para discutir y convertirles. Vaucorbeil se le rió en las barbas, Girbal se encogió de hombros y el capitán le llamó tartufo. Ahora la opinión de la gente era que se excedían.

Una excelente costumbre es abordar las cosas en tanto que símbolos. Si ruge la tormenta, imaginaos el Juicio Final; delante de un cielo sin nubes, pensad en la morada de los bienaventurados; decid en vuestros paseos que cada paso os acerca a la muerte. Pécuchet siguió este método. Cuando se ponía el hábito, pensaba en la envoltura carnal de la que se revistió la segunda persona de la Trinidad, el tictac del reloj le recordaba los latidos de su corazón, un alfilerazo, los clavos de la cruz; pero por más que permaneciera de rodillas durante horas, multiplicara los ayunos, y exprimiera su imaginación, el desapego de sí mismo no se producía; imposible alcanzar la contemplación perfecta.

Recurrió a escritores místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, Luis de Granada, Scupoli, y a otros más modernos, como monseñor Chaillot. En vez de las sublimidades que se esperaba, no encontró sino banalidades, un estilo muy flojo, frías imágenes y muchas comparaciones tomadas del muestrario de los lapidarios.

En cualquier caso, aprendió que existe una purgación activa y otra pasiva, una visión interior y otra exterior, cuatro especies de oraciones, nueve cualidades superiores en el amor, seis grados de humildad, y que la herida del alma no difiere mucho del vuelo del espíritu.

Había puntos que le creaban problemas.

«Puesto que la carne es maldita, ¿cómo es posible que debamos dar gracias a Dios por el don de la existencia? ¿Qué proporción guardar entre el temor indispensable para la salvación y la esperanza que no lo es menos? ¿Dónde está el signo de la gracia? Etcétera.»

Las respuestas del padre Jeufroy eran simples:

—No se atormente. Si uno quiere llegar al fondo de todo, se desliza por una pendiente peligrosa.

El Catecismo de la perseverancia, de Gaume, había desagradado tanto a Bouvard que cogió el libro de Louis Hervieu. Era un sumario de la exégesis moderna prohibido por el Gobierno. Barberou, como republicano que era, lo había comprado.

Despertó dudas en el espíritu de Bouvard, y en primer lugar sobre el pecado original.

—Si Dios creó al hombre pecador, no debería castigarle, y el mal es anterior a la caída porque había ya volcanes, bestias feroces. En fin, ¡este dogma trastoca mi concepto de la justicia!
—¿Qué quiere usted? —decía el cura—, es una de esas verdades con las que todo el mundo está de acuerdo, sin que puedan aducirse pruebas; y nosotros mismos hacemos recaer sobre los hijos los crímenes de sus padres. Así las costumbres y las leyes justifican ese decreto de la Providencia, que se reencuentra en la Naturaleza.

Bouvard meneó la cabeza. Dudaba también del infierno.

—Puesto que todo castigo debe tener por mira la reeducación del culpable, ello es imposible con un castigo eterno; ¡y cuántos lo sufren! Piense, todos los antiguos, los judíos, los musulmanes, los idólatras, los herejes y los niños muertos sin bautizar, esos niños creados por Dios, ¿y con qué fin? ¡Para castigarles por una culpa que no han cometido!
—Tal es la opinión de san Agustín —añadió el párroco—, y san Fulgencio incluye en la condenación hasta a los fetos. La Iglesia, a decir verdad, no se ha pronunciado al respecto. Una observación, sin embargo: no es Dios, sino el pecador quien se condena a sí mismo, y siendo la ofensa infinita, puesto que Dios es infinito, el castigo debe ser infinito. ¿Alguna pregunta más, señor?
—Explíqueme el misterio de la Santísima Trinidad —dijo Bouvard.
—Con mucho gusto. Pongamos un símil: los tres lados del triángulo, o más bien nuestra alma, que incluye: el ser, el conocer y el querer; lo que en el Hombre llamamos facultad, en Dios es persona. He aquí el misterio.
—Pero los tres lados del triángulo no son cada uno de ellos el triángulo; esas tres facultades del alma no constituyen tres almas, y las personas de la Trinidad son tres Dioses.
—¡Esto es una blasfemia!
—¡Pues, entonces, no hay más que una persona, un Dios, una substancia que se manifiesta de tres modos!
—Adoremos sin comprender —dijo el párroco.
—De acuerdo —dijo Bouvard.

Temía pasar por impío, ser mal visto en el castillo.

Ahora iban tres veces por semana, hacia las cinco, y la taza de té les reanimaba. El señor conde, con su porte, «recordaba la distinción de la antigua Corte»; la condesa, plácida y gorda, daba prueba sobre todo de gran cordura. La señorita Yolande, su hija, era «la joven modelo», el ángel de los keepsakes, y la señora de Noaris, su dama de compañía, se parecía a Pécuchet, pues tenía su misma nariz puntiaguda.

La primera vez que entraron en el salón, ella defendía a alguien.

—¡Le aseguro que es otro! Su regalo así lo prueba.

Ese alguien era Gorgu. Acababa de regalarles a los futuros esposos un reclinatorio gótico. Lo trajeron. Las armas de las dos casas campeaban en relieves de colores. Al señor de Mahurot pareció agradarle, y la señora de Noaris le dijo:

—¡Acuérdese usted de mi protegido!

A continuación trajeron a dos niños, un chiquillo de unos doce años, y su hermana, que tenía tal vez diez. Por los agujeros de sus harapos se veían sus miembros enrojecidos por el frío. El uno iba calzado con unas viejas chinelas, la otra no llevaba más que un zueco. Sus frentes desaparecían bajo sus melenas, y miraban a su alrededor con unos ojos de mirada encendida, como lobeznos aterrados.

La señora de Noaris contó que se los había encontrado por la mañana en la carretera general. Placquevent no podía proporcionar ningún detalle sobre ellos.

Les preguntaron su nombre.
—Victor, Victorine.
—¿Dónde está vuestro padre?
—En prisión.
—Y antes, ¿qué hacía?
—Nada.
—¿De qué pueblo sois?
—De Saint-Pierre.
—¿Qué Saint-Pierre?

Los dos pequeñajos decían, por toda respuesta, sorbiéndose los mocos:

—No sé, no sé.

Su madre había fallecido, y ellos mendigaban.

La señora de Noaris expuso lo peligroso que sería dejarles abandonados; enterneció a la condesa, pinchó al conde en su amor propio, recibió el apoyo de la señorita, se obstinó, consiguió lo que quería. La mujer del guardamonte se ocuparía de ellos. Luego ya se les encontraría un trabajo y, como no sabían leer ni escribir, la señora de Noaris les daría clases ella misma a fin de prepararles para el catecismo.

Cuando el padre Jeufroy iba al castillo, se mandaba a buscar a los dos chavales; él les hacía preguntas, luego daba una conferencia más bien pretenciosa, dado el auditorio.

En una ocasión en que había hablado sobre los patriarcas, Bouvard, de regreso con él y con Pécuchet, los criticó con aspereza.

Jacob se había distinguido por sus fullerías, David por sus crímenes, Salomón por su vida disoluta.

El padre le respondió que había que verlo con más amplias miras. El sacrificio de Abraham es la figura de la Pasión; Jacob es otra figura del Mesías, como José, como la serpiente de bronce, como Moisés.

—¿Cree —preguntó Bouvard— que escribió él el Pentateuco?
—¡Sí, sin duda!
—Sin embargo, en él se cuenta su muerte; lo mismo puede decirse de Josué, y en cuanto a los Jueces, el autor nos advierte de que en la época a la que se refiere Israel no tenía aún reyes. La obra fue, por tanto, escrita bajo los reyes. También los profetas no dejan de asombrarme.
—¡Ahora va a negar a los profetas!
—¡En absoluto! Pero su mente exaltada percibía a Jehová bajo unas formas distintas, la de un fuego, de una zarza, de un anciano, de una paloma, y además no estaban seguros de la revelación, dado que estaban pidiendo siempre una señal.
—¡Ah! ¿Y dónde ha descubierto usted estas bonitas cosas?…
—En Spinoza.

Al oír este nombre, el párroco pegó un brinco.

—¿Lo ha leído usted?
—¡Dios me guarde de hacerlo!
—Sin embargo, caballero, la Ciencia…
—Caballero, no se es sabio si no se es cristiano.

La Ciencia no le inspiraba más que sarcasmos:

—¿Acaso su ciencia hará crecer una espiga de trigo? ¿Qué sabemos nosotros? —decía.

Pero él sabía que el mundo fue creado para nosotros; sabía que los arcángeles están por encima de los ángeles; sabía que el cuerpo humano resucitará tal como era hacia los treinta años.

Su aplomo sacerdotal irritaba a Bouvard, que, por desconfianza de Louis Hervien, escribió a Varlot, mientras que Pécuchet, mejor informado, le pidió al padre Jeufroy explicaciones sobre las Sagradas Escrituras.

Los seis días del Génesis significan seis grandes épocas. Los vasos preciosos que los judíos arrebataron a los egipcios deben entenderse como riquezas intelectuales, las artes cuyo secreto habían robado. Isaías no se desnudó completamente, pues nudus, en latín, significa «desnudo de cintura para arriba»; por ello Virgilio aconseja desnudarse para arar, ¡y un escritor como él no hubiera impartido ciertamente preceptos contrarios al pudor! El hecho de que Ezequiel devore un libro no tiene nada de extraordinario; ¿acaso no se dice «devorar un opúsculo, un periódico»?

Pero si vemos metáforas por todas partes, ¿qué será de los hechos? El cura sostenía que, en cualquier caso, los hechos eran reales.

Este modo de interpretarlos le pareció desleal a Pécuchet. Ahondó en sus investigaciones y preparó una nota sobre las contradicciones de la Biblia.

El Éxodo nos dice que por espacio de cuarenta años se ofrecieron sacrificios en el desierto, pero no se hizo ninguno, si hemos de creer a Amós y a Jeremías. Los Paralipómenos y el libro de Esdrás no se ponen de acuerdo en cuanto al censo de la población. En el Deuteronomio, Moisés ve al Señor cara a cara; según el Éxodo, no pudo verlo jamás. ¿Dónde está, entonces, la inspiración?

—Un motivo más para admitirla —replicaba sonriendo el padre Jeufroy—. Los impostores tienen necesidad de componendas, ¡quien es sincero no las necesita! En caso de duda, recurramos a la Iglesia. Ella es siempre infalible.

¿De quién le viene la infalibilidad?

Los concilios de Basilea y de Constanza la atribuyen a los concilios. Pero a menudo los concilios son discordantes, prueba de ello es lo que les ocurrió a Atanasio y a Arrio; los de Florencia y de Letrán decretan que ésta pertenece al Papa. Pero Adriano VI declara que el Papa puede equivocarse como cualquier otro.

¡Ardides! Todo lo cual no afecta en absoluto a la solidez del dogma.

La obra de Louis Hervieu señala algunas variaciones: el bautismo estaba reservado en otros tiempos a los adultos. La extremaunción no se convirtió en sacramento hasta el siglo IX; la presencia real de Dios en la hostia fue decretada en el siglo VIII, el Purgatorio reconocido en el siglo XV, la Inmaculada Concepción es cosa de anteayer.

Y Pécuchet llegó hasta el punto de no saber qué pensar de Jesús. Tres evangelistas hacen de él un hombre. En un pasaje de san Juan, parece ser equiparado a Dios; en otro pasaje del mismo, san Juan reconoce que es inferior a él.

El padre replicaba con la carta del rey Abgar, los Hechos de Pilatos y el testimonio de las Sibilas «cuyo fondo es verdadero». Encontraba a la Virgen entre los galos, el anuncio de un redentor en China, la Trinidad por todas partes, la cruz en el sombrero del Gran Lama y, en Egipto, en la mano de los dioses; y mostró hasta un grabado que representaba un nilómetro, que era un falo, según Pécuchet.

El padre Jeufroy consultaba en secreto a su amigo Pruneau, que le buscaba pruebas en los autores. Se desencadenó una guerra de erudición; y acicateado por el amor propio, Pécuchet se volvió trascendente, mitólogo.

Comparaba a la Virgen con Isis, la Eucaristía con el homa de los persas, a Baco con Moisés, el arca de Noé con la barca de Xithuros; estas semejanzas servían, en su opinión, para demostrar la identidad de las religiones.

Pero no puede haber muchas religiones, desde el momento en que no hay más que un solo Dios, y cuando se quedaba corto de argumentos el hombre de la sotana exclamaba: «¡Es un misterio!».

¿Qué significa esta palabra?

Falta de saber, muy bien. Pero si designa una cosa cuyo solo enunciado implica contradicción, es una tontería; y Pécuchet no dejaba ya ni a sol ni a sombra al padre Jeufroy. Le sorprendía en su jardín, le esperaba en el confesonario, le perseguía en la sacristía.

El sacerdote recurría a astucias para rehuirle.

Un día, que había partido para Sassetot a administrar a alguien los sacramentos, Pécuchet se paró delante de él en el camino, una forma de hacer la conversación inevitable.

Era al atardecer, hacia finales de agosto. El cielo escarlata se oscureció, y se formó una gran nube, regular por abajo, con volutas en lo alto.

Pécuchet, en primer lugar, habló de cosas insustanciales; luego, tras haber dejado caer la palabra «mártir», dijo:

—¿Cuántos cree usted que hubo?
—Unos veinte millones por lo menos.
—Según Orígenes, su número no es tan grande.
—¡Debe saber que Orígenes es sospechoso!

Cruzó una amplia ventolera, inclinando la hierba de las cunetas, y las dos hileras de olmos hasta el extremo del horizonte.

Pécuchet prosiguió:

—Entre los mártires se incluye a muchos obispos galos muertos resistiendo a los bárbaros, lo que está fuera de lugar.
—¿Va a defender a los emperadores?

Según Pécuchet, habían sido calumniados.

—La historia de la legión tebana es una fábula. Discuto también a Sinforosa y a sus siete hijos, a Félicité y a sus siete hijas, y a las siete vírgenes de Ancira, condenadas a la violación, por más que fueran septuagenarias, y a las once mil vírgenes de santa Úrsula, una de las cuales se llamaba «Undecemilla», nombre tomado por una cifra; ¡y más aún a los diez mártires de Alejandría!
—Sin embargo… Sin embargo, se les cita como autores dignos de crédito.

Cayeron las primeras gotas. El cura abrió su paraguas; y Pécuchet, cuando estuvo debajo, se atrevió a afirmar que los católicos habían causado más mártires entre los judíos, los musulmanes, los protestantes y los librepensadores que todos los romanos antaño.

El eclesiástico protestó:

—¡Pero si se cuentan diez persecuciones desde Nerón hasta Galerio!
—¿Y qué me dice de las masacres de los albigenses? ¿Y de la Noche de San Bartolomé? ¿Y de la revocación del Edicto de Nantes?
—Excesos sin duda deplorables, pero ¡no irá usted a comparar a esas gentes con san Esteban, san Lorenzo, Cipriano, Policarpo, una multitud de misioneros!
—¡Disculpe! ¡Le recordaré a Hipatía, a Jerónimo de Praga, a Jan Huss, a Bruno, a Vanini, a Anne Dubourg!

La lluvia arreciaba, y las gotas caían con tal violencia que rebotaban en el suelo como pequeños proyectiles blancos. Pécuchet y el padre Jeufroy caminaban lentamente, apretados el uno contra el otro, y el párroco decía:

—¡Tras unos suplicios abominables, se les arrojaba en unas calderas!
—La Inquisición empleaba también la tortura, y le asaba a uno de maravilla.
—¡Se exponía a las damas ilustres en los lupanares!
—¿Acaso cree usted que los dragones de Luis XIV fueron decentes?
—¡Y tenga en cuenta que los cristianos no habían hecho nada contra el Estado!
—¡Tampoco los hugonotes!

Soplaba viento, barría la lluvia en el aire. Esta azotaba las hojas, corría en arroyuelos a lo largo del camino, y el cielo, color de barro, se confundía con los campos desnudos, porque la cosecha había acabado. Ni un refugio. A lo lejos, solo la cabaña de un pastor.

El delgado gabán de Pécuchet ya no tenía un solo hilo seco. El agua corría por su espinazo, le entraba en las botas, en las orejas, en los ojos, pese a la visera de la gorra Amorós; el párroco, recogiéndose en un brazo el faldón de su sotana, descubría sus piernas, y las puntas de su birrete escupían el agua sobre sus hombros cual gárgolas de catedral.

Tuvieron que detenerse y, volviéndose de espaldas a la tempestad, permanecieron cara a cara, vientre contra vientre, sujetando a cuatro manos el paraguas que oscilaba.

(Sigue leyendo...)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (XI)

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