DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El abuelo nostálgico”

Fernando Morote

Ricardo Palma




Obtuve mi primer premio a los 15 años de edad. Ya que mis padres eran de origen muy humilde, me crié en la calle. Allí absorbí y aprendí la crema y nata de la cultura popular. En ella se forjó mi estilo canchero y cachaciento, que en términos elegantes significa sarcástico y satírico.

Los escritores a veces no podemos escapar al oprobio de tener que asumir ocupaciones desligadas por entero del oficio creativo. El arte me alimentaba el espíritu, pero no me llenaba el estómago. En consecuencia, me vi obligado a desempeñar labores burocráticas en organismos del Estado. Mi función como contador en la Marina de Guerra del Perú me sirvió para recibir en el futuro la ayuda de un mecenas, quien me enseñó el valor de las relaciones sociales.

Más tarde, la calidad de educación que había adquirido gracias a mi disciplina y curiosidad, me llevó a incursionar en la política, al inicio como amanuense y después como Senador. Luego llegué a ser secretario privado del Presidente de la República. Pero cuando lo asesinaron a causa de diferencias y disputas egotistas, me decepcioné tanto de la estrechez mental y la miseria moral de los involucrados, que decidí retirarme. Fui exiliado al menos en dos ocasiones debido a la defensa férrea de mis principios. Eso sucedió mucho antes de las canas y los espejuelos, porque el bigote lo he cargado siempre.

Superada la crisis, me fui a Europa de vacaciones y me emborraché con las obras universales de los clásicos. A partir de entonces me dediqué al ejercicio literario a tiempo completo. En mi larga carrera, exploré todos los géneros: poesía, novela, teatro y periodismo. Además, como no podía ser de otra manera para un genio de mi calibre, inventé el mío propio: las Tradiciones.

En esas piezas narrativas mezclo historia con realidad. Pero entiéndase bien que no soy profesor sino prosista. Nada de lo estampado en esas líneas es en absoluto exacto. Me gusta alterar, exagerar, distorsionar hechos verdaderos a fin de cambiar el mundo hostil que me rodea. Mi exuberante imaginación, sumada a mi innegable tendencia a fantasear, son mis armas de mayor envergadura. En gran medida inyecté la vena humorística en varias generaciones de autores que saltaron a la palestra en las décadas posteriores a mi muerte.

Mi pluma deja al vulgo confundido, incitándolo a creer como ciertas las anécdotas que relato. Por un lado lo son, por otro constituyen mi visión personal de los eventos y acontecimientos que atrajeron mi atención. No me interesaba el presente, que se me antojaba vacuo y soso. Mi enjundia intelectual, mi alma soñadora e ingeniosa convirtieron el pasado en mera ficción.

Aunque mis textos modelaron en alguna cuota la identidad colectiva del país, también debo ofrecer un acto de contrición y reconocer que, sin querer, contribuí a establecer en un vasto sector la sociedad peruana esa mentalidad retrógrada que admira y añora la época colonial como si hubiera sido un período de felicidad y prosperidad para el pueblo. Gozo de tal aprecio, respeto y veneración que nadie se atreve a señalar el daño que causé con esa práctica, aparentemente inocente.

Me expreso con tal convicción y determinación, inherentes al talento que manejo, que mis lectores se tragan a pie juntillas cada frase que acuño en el papel. Tampoco voy a pedir disculpas si mis seguidores sobresalen por su ingenuidad.

Apadriné a brillantes mujeres, no sólo en el campo de las letras, redactando prólogos para sus libros; me comporté de igual modo favoreciéndolas en el ámbito laboral, por medio de mis conexiones, para conseguirles puestos de trabajo.

En su momento fui designado socio de la Academia Española de la Lengua y hacia el ocaso de mi vida dirigí con orgullo y eficiencia la Biblioteca Nacional, a la que entregué mis abnegados esfuerzos para edificarla como un ente dinámico que ilustrara e inspirara a los ciudadanos, con la sana intención de que pudieran erigirse en mejores seres humanos. Lo que, por lo visto a la fecha, ha sido un rotundo fracaso.

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