La muerte del pequeño burgués (I)

Franz Werfel






I

El piso se componía de sala de estar, cocina y gabinete. Era el cuarto piso de una casa de la Josefstädterstrasse, en las afueras de Viena. El señor y la señora Fiala dormían en el gabinete; Clara, la hermana de la señora Fiala, tenía un jergón de paja en la cocina; y como no quedaba sitio para un segundo jergón, Franzl dormía en el sofá, tapizado de hule, de la salita, situada en la parte posterior de la casa, de cara al patio. Y aunque dicho patio apenas recibía luz alguna, los indulgentes moradores del piso no dejaban por eso de señalar al visitante la acacia que florecía en sus profundidades, afirmando que si bien las habitaciones resultaban algo oscuras, tenían, en cambio, la ventaja de ser muy tranquilas. Aquel día, un fresco airecillo de invierno azotaba las calles y el sol se había despabilado lo suficiente para proyectar unas vacilantes manchas de luz en la pared de la salita, en el preciso momento en que el señor Fiala entraba en ella.

Echó una mirada a la habitación, y no se sintió del todo descontento. Otros lo pasaban peor. ¡Cuántos había que no tenían piso de ninguna clase! Incluso la gente de más elevada posición que la suya, como altos funcionarios y oficiales del ejército. En aquellos últimos años habían ocurrido cosas tan inverosímiles que uno debía contentarse con lo que tenía y dar gracias aún. Para un hombre de sesenta y cuatro años de edad era una verdadera suerte tener trabajo. Cierto es que sólo trabajaba medio turno, pero la empresa despedía a diario a otros empleados. Dios era bueno, y la paga de un almacenero era demasiado reducida para que valiese la pena prescindir de ella. Las cosas no iban del todo mal. Dos ancianos de sesenta y dos y sesenta y cuatro años no necesitaban gran cosa para comer. Aquel lastre, Clara, comía en las casas en que prestaba sus servicios. La única dificultad estaba en Franzl.

Así empezó y concluyó el hilo de los pensamientos del señor Fiala; día y noche seguían exactamente el mismo curso. Luego se dispuso a comenzar lo que invariablemente hacía cuando, de regreso a casa, entraba en aquella habitación. Primero se dirigió al cuelgapipas y pasó la mano por encima de las cazoletas de porcelana. Jamás había fumado en pipa, ni de ningún otro modo; aquel objeto era regalo de un antiguo fumador que había querido deshacerse de él. Al señor Fiala le gustaba acariciar la porcelana: le proporcionaba una sensación de suavidad y bienestar. Su contacto le hizo recordar tiempos mejores, ahora ya muy lejanos. Dio media vuelta y se dirigió a la mesita que había junto a la ventana. Parecía una mesita de costura, pero su verdadera finalidad resultaba difícil de concretar, gracias a su redundante ornamentación. Así, por ejemplo, en cada una de sus cuatro esquinas aparecía la figura tallada de un animal heráldico: algo así como un hipocampo, o quizá una gárgola. Encima de la mesa no había más que un secante y un pisapapeles. El señor Fiala se apoyó en ella y así permaneció un buen rato, como si el contacto de un objeto de tan refinado gusto renovase su sensación de bienestar. Sin prestar atención a los dos sillones que había junto a la mesita, se encaminó al aparador. Era aquél su objeto más querido y se había negado a desprenderse de él cuando había tenido que vender el resto del mobiliario. Porque, en otro tiempo, los Fiala habían dispuesto de cuatro habitaciones amuebladas, dos de las cuales cedían en hospedaje. El aparador era una pieza digna de verse; allí estaba, sólido como una fortaleza, con sus torres, sus columnas y sus remates en forma de cabeza de león. Además, procedía de casa del acomodado panadero de Kralowitz, cuya hija había tomado él en matrimonio. Para el poseedor de un aparador como aquél, la vida todavía tenía objeto. De haberlo vendido, su importe hubiera incrementado en unos dos millones de coronas los ingresos procedentes del resto de la venta. Pero, a pesar de todo, estaba contento de haberlo conservado, pues al fin y al cabo la venta del antiguo piso le había dejado una suma más que decente, ¡gracias a Dios! Y, además, ¿de qué servía el dinero por aquellos tiempos? Su esposa había pretendido que lo pusiera en la caja de ahorros, pero él estaba lo suficientemente cuerdo para no hacer semejante tontería, sobre todo con la experiencia que ya tenía de dos cuentas corrientes, cuyos importes se habían volatilizado. Si estos últimos recursos siguieran el mismo camino de los anteriores, ¿qué sería de ellos? ¿Qué podrían esperar su mujer y Franzl? María tendría que ir al hogar de ancianos de Lainz, y el muchacho al asilo de Steinhof. Y el señor Fiala no se hacía muchas ilusiones respecto de ambas instituciones; había oído hablar demasiado de los «hogares». Se decía que, en ellos, la vida era tan insoportable que los asilados preferían arrojarse por el balcón para acabar de una vez. «Día y noche se ven entrar y salir ataúdes». Sin duda los informes eran exagerados; pero, por muy buenos que fueran los «hogares», no dejaba de ser una desgracia tener que ingresar en ellos. Sus padres habían sido personas respetables, no unos indigentes. Él no podía ultrajar su memoria. Tampoco había sido nunca un pordiosero: siempre había tenido lo suficiente para comer. Su familia no acabaría sus días en Lainz, al menos mientras él pudiera remediarlo. Al tiempo que sus retorcidas manos acariciaban la pulida superficie del aparador, el señor Fiala pensó en su secreto. El señor Schlesinger le había dado aquel útil consejo. El señor Schlesinger era un agente de seguros de la «Tutelia». Ambos eran oriundos de la misma comarca y, además, eran vecinos desde hacía muchos años. La sensación de seguridad que experimentaba el señor Fiala procedía de aquel secreto que él y el señor Schlesinger compartían. Cierto es que todavía a veces sentía cierta inquietud; su cabeza estaba ya débil y cansada, ¡y eran tan sugestivos y tentadores los razonamientos del señor Schlesinger! Por otra parte, no era cosa fácil guardar secretos habiendo mujeres. Schlesinger tenía razón al decirle: «No se deje sonsacar por ellas». Lo peor de las mujeres era su eterna desconfianza.

El señor Fiala abandonó el aparador y completó su diario recorrido deteniéndose ante el lugar de donde dimanaba su verdadero solaz y satisfacción. Colgado en la pared, a menos de media altura, aparecía un grupo fotográfico, orlado de abundante follaje seco, cuyas quebradizas hojas semejaban alas de insectos. Una dedicatoria en letras doradas rezaba: «A don Karl Fiala, de los funcionarios del Tesoro. Viena, 1910». Desde luego, no era cosa frecuente que los jefes de un negociado dedicasen su fotografía a un subalterno. En realidad, ¿cuántas veces aquellos bondadosos caballeros habrían sometido sus rostros iluminados por una condescendiente sonrisa, a la discreción de un fotógrafo? No obstante, el señor Fiala no estaba en la actualidad tan subyugado por aquella deferencia como lo había estado en otro tiempo, ni se espaciaba tanto como antes en la reflexión del desagravio que para él representaba el regalo de aquella fotografía. Desde luego, Pech, el jefe del negociado, había sido el culpable de su prematura jubilación, seguramente porque había querido colocar en su empleo a algún paniaguado. Porque, verdaderamente, a nadie se le ocurre voluntariamente pedir el retiro a los cincuenta. Y si realmente hubiera estado tan achacoso como para retirarse, ¿estaría vivo todavía, al cabo de catorce años? Por el contrario; dos días antes, Schlesinger le había mandado hacerse visitar por un médico, quien, tras una minuciosa auscultación lo había encontrado perfectamente sano. Con todo, en el pecado habían llevado la penitencia, pues en la actualidad tanto el hipócrita señor Pech como su protegido habían caído mucho más bajo que él.

Pero estas cuestiones no le preocupaban gran cosa aquel día, mientras contemplaba el retrato. Su mirada no se dirigía hacia los dos enjutos funcionarios, sino directamente al arrogante y magnífico personaje sentado entre ambos. Era éste el único de los tres que llevaba sombrero: un amplio bicornio galoneado en plata; y su figura quedaba más realzada todavía por el pesado abrigo de pieles, lleno de cordones y alamares, que le llegaba hasta los pies. Las mangas, sobre todo, lucían más galones que las de un general. Y las enguantadas manos sostenían una larga vara negra con puño de plata. En conjunto, aquel personaje guardaba una curiosa semejanza con otro, notablemente más encumbrado, que en los austeros y tranquilos días del pasado había gobernado el reino. ¿Y a un hombre así lo habían calificado de achacoso? ¿A un hombre que, saliendo a paso lento y mesurado de su portería, obstruía casi toda la entrada con su imponente humanidad siempre alerta? ¿A un hombre a quien miraban con respeto los niños de la escuela al pasar frente al edificio, y que se sentía herido en su dignidad de funcionario cuando algún forastero le preguntaba por el piso u oficina a que había de dirigirse para sus asuntos? ¿Y que, dirigiendo primeramente al inquiridor una mirada de condescendencia, bajaba luego la voz hasta reducirla a un leve murmullo al dar la respuesta solicitada?

El señor Fiala se deleitaba con esas relumbrantes glorias del pasado, sin identificar ni una sola vez al magnífico y orondo personaje de la fotografía con el desaliñado anciano que la contemplaba. El individuo del retrato y el actual almacenero de remendada camisa eran dos seres diferentes. El único parecido radicaba en las barbas, que eran iguales en uno y otro. Iguales, pero distintas. Porque ¿quién podía comparar aquellas pobladas y audaces patillas imperiales con los ralos mechones canos que colgaban a uno y otro lado de la cara del señor Fiala?

En todo caso, el anciano no. Él sólo miraba y remiraba. Porque aquella fotografía era un altar. Le daba fuerzas y alegría. Precisamente por eso, temía siempre ser sorprendido en su contemplación. E incluso ahora se volvió con recelo, temeroso de que alguien pudiese abrir la puerta.

Fue entonces, por vez primera, cuando se dio cuenta del ambiente festivo que reinaba en la habitación. La mesa situada frente al sofá había sido cubierta con un mantel, un fino mantel color de rosa. Incluso había servilletas y unas espléndidas tazas de café que habían pertenecido a su suegra, la esposa del panadero de Kralowitz. ¿Dónde habría ocultado su mujer todo aquello tanto tiempo? La pregunta casi asaltó la mente del señor Fiala; casi, pero no del todo. Porque inmediatamente quedó envuelto en una atmósfera tan rosada como el mismo mantel y lo invadió una profunda sensación de felicidad. Aquello era como un domingo de antes de la guerra. ¿Qué había ocurrido? Porque las tazas, las servilletas y el mantel, ¿no eran por ventura la resurrección del personaje de la fotografía en todo el esplendor de sus pieles y galones? Aunque aturdido e incrédulo, el señor Fiala se dejaba llevar por aquel sueño. El secreto, el convenio cerrado entre él y Schlesinger, y sellado por el último reconocimiento médico, acrecentaba el éxtasis de aquellos momentos. ¡Así, pues, todavía quedaban esperanzas de alcanzar un fin dichoso! Con la ayuda de Dios, todo volvería a ser como antes; la sombra del «hogar» ya no turbaría su tranquilidad. Y también habría de sobra para que Franzl no tuviera que ir a un asilo.


II

El señor Fiala seguía entregado a su feliz ensueño cuando su esposa entró con el servicio del café. El señor Fiala contempló atónito la bandeja que llevaba su mujer, porque en ella, aparte de una cafetera y una lechera que jamás utilizaban, había una fuente llena de las más exquisitas obras de repostería: molletes, ensaimadas, hojaldres y pastelillos, todo ello salido de manos de la hija del panadero, maestra consumada en su arte. Pero ¿para quién se hacía aquel derroche? Su esposa jamás encendía el horno, excepto cuando deseaba mostrar su gratitud a alguna persona más pudiente que, de un modo u otro, le hubiese dado pruebas de afecto. La señora Fiala también estaba desconcertada, ya que forzosamente había de dar una explicación a todo aquello y no sabía cómo hacerlo; de pronto, toda aquella magnífica exhibición que la había tenido alegremente ocupada durante todo el día, le parecía injustificable y absurda.

—Verás, Karl… Es que… Bueno, ¡es que hoy es tu santo!

La razón no parecía suficiente. Movió la cabeza con disgusto, apenada por su insensatez. El placer de la sorpresa se había desvanecido. Su marido trabajaba todo el día y volvía a casa desalentado. Jamás salía, jamás pedía nada para sí, jamás bebía, jamás fumaba. Aquella mañana había estado pensando en todo ello y se había conmovido; en el fondo, toda persona, por vieja que fuese, necesitaba tener alguna satisfacción, algún gusto. Quizá había habido algo más: una melancólica mirada al viejo retrato, seguida de una momentánea sensación de orgullo.

El señor Fiala no había vuelto aún de su asombro. Estaba francamente perplejo. Miraba a su mujer parpadeando, como si acabara de despertarse. Mucho se equivocaba o su esposa llevaba una blusa de seda negra con botones de azabache, recuerdo también de otros tiempos. Y se había puesto la dentadura postiza, que apenas usaba nunca, porque las encías se le habían contraído y le quedaba grande.

El señor Fiala contemplaba absorto las ya olvidadas galas de su mujer. Había oído que la fiesta se celebraba en su honor, porque era su santo. Había cientos de miles de Karls en el mundo y todos ellos celebraban este día. La idea lo llenó de satisfacción y orgullo. Si los demás lo celebraban, ¿por qué no había de hacerlo él? Pensó en su secreto y éste trajo a su mente el eco de una polea. Siguió su ritmo con la imaginación y luego, con mucho cuidado, abrazó a su mujer. Ya hacía tiempo que sus demostraciones de afecto no pasaban de allí.

Se sentaron a la mesa y empezaron a disfrutar del banquete.

La leche era espesa y dejaba una fina capa de nata en el café caliente. Dudaron un momento… Y, luego, cada uno de ellos cogió dos terrones de azúcar. Hasta la habitación misma parecía tomar parte en aquella idílica orgía: había muy poca luz, pero se hubiera dicho que ello era adrede, como prueba de atención hacia el maltrecho mobiliario y temporal reconocimiento de la identificación de Karl Fiala, el almacenero, con el arrogante portero del Real e Imperial Tesoro.

Mientras ambos guardaron silencio, la ilusión fue perfecta. Pero, desgraciadamente, el señor Fiala se encontraba tan bien, que soltó lo primero que le pasó por la cabeza; una observación completamente vulgar, que les hizo retroceder violentamente a la rutina diaria:

—¡Gracias a Dios que Clara no está aquí!

La señora Fiala temía a su hermana; también ella disfrutaba a gusto de aquel ratito de soledad con su esposo. Pero al expresar éste tan francamente lo que sentía, se vio obligada a defender, como de costumbre, a su hermana. Clara era la manzana de la discordia entre marido y mujer. El señor Fiala también le tenía miedo. No era extraño que se despertase sobresaltado a media noche, temblando ante la sola imagen de aquella mujer que dormía en la habitación contigua. En dos ocasiones le había agredido con la escoba; estaba plenamente convencido de que cuando llegase realmente a viejo, cuando fuese un anciano débil y enclenque, su cuñada lo golpearía sin contemplaciones. Ya se la imaginaba hundiéndole el mango de la escoba en un ojo; incluso llegaba a sentir cómo éste se le hinchaba y ardía con un dolor insoportable. Mientras tanto, a su lado, su esposa repetía hasta el agotamiento las mismas excusas de siempre: Clara había sido muy desgraciada; la vida de asistenta era muy dura para ella; todas las criadas se volvían regañonas al hacerse viejas; y, sobre todo, pese a sus defectos, tenía buen corazón y trabajaba incansablemente.

El señor Fiala cambió de tema, pues aquél era un caso desahuciado.

—¿Dónde está Franzl?
—Ha ido a buscar leña.

Llamaron a la puerta. Era el señor Schlesinger, el agente de seguros, que entraba, como frecuentemente hacía, a charlar un rato. Vivía en el mismo rellano de los Fiala y, además, era, como ellos, oriundo de Kralowitz. Se detuvo en el umbral y exteriorizó su sorpresa haciendo chasquear repetidamente la lengua contra el paladar, antes de preguntar, más para sus adentros que para los Fiala:

—¿Qué pasa aquí?

El señor Fiala estaba excitado. Sus ojos azules dirigieron una mirada implorante al agente de seguros, árbitro del secreto que el anciano guardaba tan celosamente. Pero la expresión de la señora Fiala dejaba traslucir su orgullo de ama de casa al hallarse ante un hombre que sabía apreciar aquella ostentación de mantelería fina, platos, fuentes y obras maestras del arte de la repostería. Fue a buscar otra taza a la cocina y la llenó de café, al tiempo que invitaba al señor Schlesinger a tomar asiento.

Mientras lo hacía, Schlesinger movió expresivamente la cabeza y dijo:

—¡Sí, sí, enseguida se conoce dónde hay dinero!

El señor Schlesinger era un hombre de unos cincuenta años, dotado de una reluciente calva y un bigote entrecano. Era sumamente correcto, sabía expresar el justo grado de satisfacción que le producían el café y las pastas, y se mostraba familiarizado con los antecedentes de la señora Fiala. El nombre de Veverka, el panadero de Kralowitz, le era muy conocido. Pero si lo mencionó fue tan sólo para luego poder hablar de sí mismo, cosa que lo entusiasmaba, como delataba la melancólica complacencia reflejada en su voz:

—Usted conocía el establecimiento de Marcus Schlesinger, en la Ringplatz de Kralowitz, ¿verdad?

La señora Fiala asintió enérgicamente.

—Lencería, paños, ultramarinos, fruta y tabaco. ¡Unos grandes almacenes, incluso en aquellos tiempos! Todo Kralowitz y la comarca entera se hubieran visto perdidos sin mi padre, ¿no es cierto?

La señora Fiala se hallaba ensimismada en la grata contemplación de su propio pasado.

—¿No era mi padre el más próspero comerciante de la localidad? ¡Dígalo, dígalo usted, señora Fiala!

La señora Fiala siempre lo había creído así. La voz de Schlesinger bajó a un amargo tono menor:

—Y ahora, yo le pregunto, señora Fiala: ¿no cometió mi padre una verdadera locura al vender el negocio? Pero él tenía que salirse con la suya. Se trasladó a Viena y perdió todo su dinero en la Bolsa.

El señor Fiala tenía algo que decir a aquel respecto: quizás también hubiese sido mejor para él no haber salido nunca de su pueblo. Pero el señor Schlesinger no estaba para que lo interrumpiesen en la narración de su tragedia, y haciéndolo callar con un gesto, prosiguió:

—Hoy podría hallarme yo al frente de mi propio establecimiento en la Ringplatz. Cuatro grandes escaparates, repletos de cosas para todos los gustos, y yo, de pie en la puerta, contemplando la plaza. Cuando llegase un cliente, no tendría que moverme: los dependientes lo atenderían —para eso están— y yo podría seguir contemplando la plaza. ¡Pero mi padre era un loco, y yo soy hoy un mendigo!

El señor Schlesinger vació furiosamente de un sorbo su taza de café, y prosiguió, cada vez más exaltado:

—¡Hermoso negocio el que tengo ahora! ¡Siempre a la caza de clientes, y los clientes son ariscos como cabras salvajes! No piensan jamás en que hayan de morir un día u otro y, naturalmente, no se aseguran. ¡Y tienen toda la tazón!

El señor Fiala le dirigió tal mirada de asombro, que Schlesinger no tuvo más remedio que retractarse de un escepticismo tan en pugna con su profesión, exclamando en tono jovial:

—¡Bueno, mejor dicho, el señor Fiala, por lo menos, ha tropezado con la suerte gracias a mí!

Y tras esta incomprensible observación, suspiró y añadió sin aparente conexión:

—¡Mejor hubiera sido que me hiciera fotógrafo!

Nadie le pidió aclaración alguna a sus palabras, ni tampoco él se dignó darla. Levantándose de su sillón, empezó a pasear para arriba y para abajo por la salita, sin cesar de hablar, blandiendo los brazos y golpeando los muebles con los nudillos.

—¿Cuántos escalones creen ustedes que llego a subir al cabo del día? Cuando llego a mi café al anochecer, estoy tan reventado, que ni ganas me quedan de jugar a las cartas. ¡Y si vieran la cantidad de dinero que tengo que recoger! Antes no había problema. Pero ahora…, a veces casi ni puedo alzar el brazo izquierdo. Y cada diez escalones tengo que pararme a respirar. Un mendigo, eso es lo que soy; un anciano pordiosero. ¿Qué más quieren de mí?

La señora Fiala se deshizo en líricas protestas sobre la juvenil apariencia del señor Schlesinger. Pero el otro permaneció impasible, mientras insistía:

—¿No sabe usted que un hombre a los cincuenta años es más viejo que otro a los setenta? Pues, sí, señora; a los cincuenta es cuando empieza a sentirse la vejez. En cambio, su marido, a su edad, ya ha pasado el punctus spundus. Él va camino de los cien.

Cogió el vaso de ginebra que la señora Fiala acababa de servirle y lo alzó, en acción de brindar. Luego, sentándose de nuevo, volvió a suspirar:

—Nosotros los judíos fumamos demasiado.

Inmediatamente se corrigió:

—Perdón, que conste que yo no soy judío. Yo soy partidario de la Santísima Virgen.

No podía ocultar su disgusto por haber dejado escapar aquellas palabras. Adoptó un aire serio y apologético. Pero su atolondrada muestra de cinismo había pasado inadvertida a los Fiala. Éstos se limitaron a parpadear ligeramente, mientras él rezongaba:

—Sí, es más provechoso.

Luego enmudeció y permaneció con los ojos fijos en el espacio, disimulando cierto recelo. Fiala estaba intranquilo; tenía que hacer una serie de preguntas a Schlesinger. La señora Fiala salió de la habitación; pero, antes de que su marido pudiera empezar, ya estaba de regreso. Las balandronadas de Schlesinger sobre sus pasadas grandezas en Kralowitz habían excitado su amor propio. Se había sacado la dentadura postiza y traía consigo una caja pintada de negro. Sus arrugados dedos revolvían el desordenado contenido de la cajita: retazos de seda, cintas de terciopelo, sartas de azabache y cuentas de cristal. Pero el verdadero tesoro se hallaba en el fondo. María Fiala tampoco era una pelagatos; también ella tenía sus recuerdos de Kralowitz: unas fotografías como para envenenar a cualquiera. Ofreció una al señor Schlesinger y éste la tomó con moderado entusiasmo. Tanto a ella como a su marido les gustaba embalsamar, por así decirlo, en fotografías, los momentos —¡tan rasos!— de sus vidas. El arte del fotógrafo desempeñaba un papel muy importante en ellos. El señor Fiala tenía su retrato predilecto y ella el suyo. Y era precisamente este último el que ahora examinaba detenidamente el agente de la «Tutelia». La señora Fiala aclaró:

—Es la tumba de mis padres, en el cementerio de Kralowitz. Era una fotografía de exposición, en la que se veía una parcela cubierta de césped y rodeada de señoriales cadenas, con un monumento en el centro. Hasta el quisquilloso Schlesinger tuvo que reconocer que era, ciertamente, una tumba de una familia acomodada. Respetuosamente, asintió varias veces con la cabeza y luego dijo, en un tono reservado que parecía ensombrecer con cierta duda sus manifestaciones:
—Sí, es hermosa…

Pero la fotografía reproducía algo más. Veíase en ella a la propia señora Fiala, con un vestido de desmesuradas proporciones y un sombrero guarnecido de plumas del que colgaba un amplio velo. Daba el brazo a Karl, el cual lucía sombrero y guantes. A su otro lado, Clara, opulenta de pecho y vestida con sus mejores galas.

Schlesinger pensaba para sus adentros: «¿De dónde sacarían esos trajes?»; pero convino, condescendientemente, en que era una magnífica fotografía. De pronto, la señora Fiala lanzó un grito, como si hasta aquel preciso momento no hubiese descubierto la infamia perpetrada, el ultraje cometido hacia su persona en aquellos remotos tiempos. Con voz plañidera gritó:

—¡Ah, el muy bribón!

Y, sin embargo, no cabían disimulos, la cosa saltaba a la vista: un desvergonzado mocoso se había deslizado en el cementerio y, ocultándose detrás del monumento central de la tumba, había sacado la cabeza por su parte superior en el momento oportuno, de tal suerte que aparecía en la fotografía riendo y enseñando la lengua al fondo del fúnebre grupo. Lo había hecho entonces, lo hacía ahora y seguiría haciéndolo, como una cruel burla del destino, por toda la eternidad.

El señor Schlesinger no pudo hacer otra cosa que condenar al irreverente galopín y devolver la fotografía a la señora Fiala. Ésta cerró precipitadamente la caja de sus tesoros, pues alguien llamaba a la puerta. Ni siquiera le quedó tiempo para mostrar el retrato de sus dos encantadoras y harto ligeramente vestidas sobrinas, que habían cosechado innumerables éxitos como danzarinas de ballet, y que actualmente estaban contratadas en América del Sur.

Entró Franzl. Sin abrir la boca ni mirar siquiera a sus padres, se metió en la cocina y dejó caer ruidosamente al suelo la carga de leña que llevaba. Franzl no era en realidad un muchacho sino un alto y desgarbado hombre de treinta y dos años. La señora Fiala sostenía que todas sus extravagancias eran fruto de su enfermedad. Porque Franzl era epiléptico y se veía acometido por frecuentes ataques; no podía acordarse de lo que le decían y por eso jamás encontraba trabajo, a pesar de salir diariamente en su busca. Existen ciertas instituciones que recogen a las personas como Franzl; y, más de una vez, la señora Fiala había pensado en aprovechar estas caritativas medidas adoptadas por el Estado. En tales ocasiones, procuraba explicar a su marido que, desde que el gobierno actual se preocupaba de ellas, la comida en estas casas de salud era, por lo que había oído decir, mucho mejor que la que podían dar en casa a su hijo. Pero el señor Fiala no compartía su opinión. A pesar de ser normalmente un hombre blando de carácter y sumamente complaciente, en cuanto tocaban este punto se mantenía firme en su determinación y no cedía un ápice. Franzl no se movería de casa. Mientras él viviera, se ocuparía del muchacho… ¡E incluso quizás después también!

La señora Fiala invitó a su hijo a tomar parte en el festín:

—¿Quieres tomar algo, Franzl? ¿Un poco de café o un pastelillo?

Franzl se limitó a mirar, sin hablar, como si pensara: «¿Qué he hecho yo para merecerlo?». Luego volvió a entrar en la cocina y, sentándose en un cajón de madera, permaneció con la vista fija en el mortecino crepúsculo, como hacía cada día. Y con el crepúsculo, también como cada día, el miedo empezó a apoderarse de la señora Fiala. Clara no tardaría en llegar. Entró en la cocina y escondió precipitadamente las tazas y los demás cacharros. Luego, recogió el mantel con manos temblorosas y lo guardó.

Una especie de desasosiego hizo presa, a su vez, del señor Schlesinger. La presencia de Franzl tenía el don de cortarle las palabras. La vista de las miserias humanas siempre le había sido insoportable. El contacto con la muerte o la enfermedad lo hacían sentirse personalmente vejado. Al fin y al cabo, su misión en la vida consistía en asegurar a la humanidad contra esos asaltos naturales. Apresuradamente dio las gracias por el convite y estrechó la mano al señor Fiala, quien, a pesar de ello, lo siguió, impaciente, hasta el rellano. Allí podía preguntar tranquilamente lo que deseaba, sin otra preocupación que estar atento a la llegada de Clara. Le temblaba la mano cuando sacó la póliza de la cartera.

—Así, pues, ¿todo está conforme, señor Schlesinger?

El agente de seguros se puso las gafas. Cuando habló, su voz había pasado del tono personal al oficial, aquel con el que cazaba a sus clientes.

—¡Mi querido señor Fiala! Profesionalmente hablando, se ha sacado usted el premio gordo.

El anciano estaba pendiente de las tranquilizadoras palabras del agente. Éste empezó a discurrir sobre una serie de tecnicismos acerca del negocio de seguros. Luego, cogiéndolo por un botón de la chaqueta, prosiguió:

—Usted logró amontonar unos miserables millones, que de muy poca cosa le hubieran servido. Si usted me hubiera preguntado: «Schlesinger, ¿qué le parece si me comiera el dinero?», ¿qué cree usted que le habría contestado?

Los ojos azules de Fiala no se apartaban del rostro de su interlocutor, esperando con ansiedad el veredicto.

—Pues le hubiera dicho: «¡Cómaselo!». ¿Qué otra cosa podía hacer con él? ¿Poner aquella minucia en un banco? ¡Valiente interés le hubieran dado! ¿Ya sabe usted que todos los bancos están quebrando? Hoy en día, hasta las mayores fortunas del mundo suspenden pagos. Así, pues, en primer lugar, sus ahorros apenas le hubieran producido nada; y, en segundo lugar, los hubiera perdido totalmente.

El señor Fiala se rindió por completo ante esta cruda exposición de los hechos. Manifestó su conformidad con un enérgico movimiento de cabeza.

—Lo que yo he hecho por usted excede de los límites de la amistad, Fiala. Yo nada gano con ello. ¡Dios me libre! Me avergonzaría de semejante cosa. ¿Y bien? Usted es un hombre lleno de vigor, un hombre que se encuentra en sus mejores años. No gana usted un sueldo fabuloso, cierto es, pero puede usted vivir de él. Y vivir bien, como a la vista está. Puede usted sostener una familia y seguirlo haciendo durante mucho tiempo. ¿Por qué, pues, ha de comerse usted sus cuatro ahorros, o meterlos en un banco y perderlos? De momento todo va bien; pero ¿y cuando no pueda usted trabajar…, o algo peor…?

El anciano estaba visiblemente impresionado. Hizo nuevamente una señal afirmativa con la cabeza.

—Entonces, ¿qué, señor Fiala? Bien; yo me he preocupado de ese «entonces qué». El milagro se hará realidad. Usted no se habrá comido su dinero, ni lo habrá perdido en un banco o en una caja de ahorros. De momento ha tenido que entregar usted todas sus reservas en calidad de prima. Pero, luego, viene la «Tutelia» y entrega a su familia, no un diez o un veinte por ciento de interés, ¡sino un doscientos, un quinientos, un mil por ciento! Le devuelve a usted un verdadero capital para su sostenimiento.

Aquella explicación dejó completamente satisfecho al señor Fiala. El documento se agitaba en sus manos temblorosas. Con gran dificultad, trató de llegar a la conclusión final:

—¿Y cuándo…, me pagarán…, ese capital? Schlesinger se humedeció el dedo y, con aire de hombre avezado a aquella clase de asunto, empezó a volver las páginas de la póliza.
—Tiene que estar por aquí… Aquí está: «Y nos obligamos, si el fallecimiento del asegurado tiene lugar después de haber cumplido los sesenta y cinco años…».

Una sonrisa de optimismo iluminó el rostro del agente de seguros, mientras seguía diciendo:

—Tiene usted sesenta y cuatro años, y no me extrañaría que llegase usted a los cien. Pero, en cuanto cumpla sesenta y cinco, ya tiene usted derecho a cobrar. Por consiguiente, sólo le falta un año. Las condiciones no pueden ser más favorables, se lo aseguro. ¡Nadie, fuera de la «Tutelia», hace en la actualidad semejantes condiciones!

Unos pasos lentos y penosos se oyeron en el fondo de la tortuosa escalera. Fiala volvió a meter precipitadamente el documento en la cartera y desapareció. Refunfuñando, el señor Schlesinger empezó a buscarse en los bolsillos la llave de su casa.


III

Invariablemente, lo primero que hacía Clara al regresar a casa era quitarse los zapatos y las medias. Desde que llegaba, andaba descalza para economizar los zapatos. Tenía los pies tan hinchados, que daban verdadera lástima. No podía usar otros zapatos que los que desechaba el dentista en cuya casa trabajaba; una montaña humana. Los bien formados pechos de que habían gozado, no sólo ella, sino también su hermana, no eran ni sombra de lo que habían sido, y lo mismo le ocurría con el cabello. Jamás se desprendía del sucio pañuelo que llevaba cuidadosamente atado en torno a la cabeza. Pero, bajo el pañuelo, sus facciones alargadas y huesudas eran capaces de asombrar al espectador con el más variado repertorio de semblantes y matices. Nadie hubiera podido adoptar una sonrisa más cándida que la de ella, al ser sorprendida por algún ama de casa en pleno delito de comerse una golosina de las preparadas para salir a la mesa. Si algo se perdía —algún billete o una joya— en la casa en que estuviera haciendo hienas, nadie lo buscaba con tanto celo e interés como Clara. Y, sin embargo, jamás se había visto nada parecido a los arrebatos de cólera que de vez en cuando la asaltaban. Clara era «diferente». No atesoraba fotografías ni recuerdos del pasado, ni se desvivía por los terciopelos ni las mantelerías finas. Cierto es que frecuentemente aludía a los tesoros que encerraba su baúl, pero éste permanecía cerrado desde hacía muchos años. Su hermana María, en su secreto anhelo por las cosas agradables de la vida, había ofrecido un pequeño refrigerio a su marido en el día de su santo; a Clara no se le hubiera ocurrido nunca hacer semejante cosa. Pero en cuanto entró en la habitación, olfateó el ambiente, percibió un olor desacostumbrado, y preguntó:

—Han hecho café, ¿eh?

Presa de terror, la señora Fiala se apresuró a desmentirlo:

—¡No, sólo el té desabrido de siempre, Clarinka!

Su voz trémula confirmó las sospechas de Clara. Frunció los labios y empezó a transitar por la cocina, en consonancia con su estado de ánimo: arrojando violentamente las cosas a los rincones, sacando y poniendo cacharros en el hornillo, como si quisiera separar su ración de la de los demás. Dejó de prestar atención a su hermana. Finalmente, deshizo el paquete que había traído, cuyo contenido parecía haber sido sacado de un cubo de basura: dos manzanas pasadas, unos cuantos platos rotos, dos latas de sardinas vacías, cabos de vela, estuches de cigarros y, como pieza selecta del botín, una camisa de hombre, sucia y andrajosa. Clara usufructuaba un rincón especial en la cocina, al que nadie osaba acercarse, y allí escondió celosamente su tesoro. La señora Fiala, tratando de halagarla para hacerla cambiar de humor, cometió la imprudencia de preguntarle de dónde había sacado aquellas maravillas. Clara se encaró con ella violentamente:

—Las he robado, ¡naturalmente! Soy una ladrona ¿no es así? Eso es lo que llamas a tu propia hermana: ¡ladrona! Cuando me hacen algún regalo…

Torció la boca con una mueca horrible, los ojos y la nariz enrojecieron y se humedecieron, y empezó a gemir y a hipar, resoplando y lamentándose entre un chillido y otro. No soportaría por mucho tiempo la compañía de gente tan odiosa; ya encontraría ella un lugar donde dormir. Ella no era una ladrona; pero, en cambio, los que la rodeaban eran tan desvergonzados e hipócritas, que malgastaban secretamente el dinero en café y pasteles, y convidaban a los judíos, mas a ella no le daban. Aquellos derrochadores no habían aprendido nada de la vida; no sabían nada de nada; sólo sabían gastar. Y cuando ella traía a casa un obsequio, sus familiares se reían. Ése era el premio que recibía por ser ahorradora y dar a las cosas su debido valor.

La señora Fiala sabía que era inútil decir nada. Así es que salió sin hacer ruido y se metió en su habitación.

En cuanto se hubo quedado sola, Clara se dirigió al lugar donde sospechaba que habían ocultado las pastas. Y, efectivamente, ¡allí estaban! Cogió tres de las cuatro que quedaban en la fuente y las metió en una de las latas de sardinas, donde probablemente acabarían convirtiéndose en polvo.

Y luego, con la sana intención de amedrentar aún más a la familia, promovió un nuevo escándalo que acabó de sembrar el pánico: ¡le habían forzado el baúl! Lanzando un verdadero alarido, rompió a llorar histéricamente. La señora Fiala logró calmarla al cabo de un buen rato, aunque no consiguió persuadirla de su error. Clara siguió convencida de que la habían saqueado: ¡a la vista estaba que habían aflojado la cuerda de su baúl!

Mientras tanto, el señor Fiala permanecía sentado en la sala, completamente a oscuras. No encendió la luz; jamás lo hacía, más que para comer y al irse a dormir. Además, en aquellos momentos, ¿para qué quería luz? Las rosadas visiones que en su cerebro habían suscitarlo las palabras de Schlesinger aún revoloteaban por su cabeza, manteniéndolo aislado del alboroto provocado por Clara. En aquellos instantes, el señor Fiala sentía lo que un hombre que hubiera pasado por muy arduas pruebas y hubiese conseguido salir triunfante de ellas. El documento encerrado en su cartera representaba la salvación. Salvación de un futuro sombrío, de cualquier mala jugarreta que pudiera gastarle el destino. Los tranvías podrían ahora seguir tranquilamente su camino hacia Lainz; la visión de sus conductores y revisadores ya no le produciría inquietud ni sobresalto. Después de aquellos años terribles, se sentía ahora invadido por una sensación de seguridad, de profundo bienestar, mientras descansaba en su butaca junto a la mesita de costura.

¡Pensar que la gente podía ganar dinero especulando con la muerte! Fiala experimentó una profunda admiración por aquella muestra del progreso humano. Franzl no quedaría en la calle, ni lo encerrarían en una casa de salud. Eso era lo más importante de todo. ¿Podía desear algo más? En realidad, ¡nada que valiera la pena! O quizás sí; quizás hubiera deseado otra cosa: una tontería, una pequeñez quizás, pero que no por eso dejaba de acariciar desde hacía mucho tiempo. Sus ojos mortales no podían ver la fotografía colgada en la pared; no podía verse en su antiguo esplendor, así como tampoco a los dos funcionarios que lo acompañaban en el retrato. Los tres personajes se hallaban sumidos en la oscuridad. Pero los ojos de su mente veían a otro hombre, lo veían claramente, como si lo tuviera delante; veía a su enemigo, al hombre que lo había despedido; al archienemigo, el símbolo y prototipo de la enemistad: el alto funcionario y jefe del departamento, ¡el señor director Pech! ¡Si el señor Pech pudiese ser testigo de cómo un hombre honrado, víctima de una injusticia, sobrevivía a los sesenta años de edad a través de la guerra y el hambre, y pese a todos los desastres alcanzaba un fin decoroso! El señor Pech, probablemente, ya habría ido a parar al «hogar» de Lainz desde hacía tiempo. Personas de mucha más categoría que la suya, entre ellos concejales y alcaldes, carecían de abrigo en pleno invierno y tenían que mendigar de puerta en puerta. El señor Fiala se deleitó pensando en que algún día iría de paseo con María y Franzl por los jardines del hospicio; veía ya con la imaginación al señor Pech, miserablemente vestido, tendido en un banco, y a él, paseando frente al desgraciado, exhibiendo a su familia y diciendo: «¡Ya lo ve, señor Pech!».

Pero, ¡ay!, la fantasía, pese a su encanto, nada podía frente al barullo que ahora se había armado en el rellano de la escalera. Clara estaba jugando su última carta. Presa de un verdadero ataque de rabia, acusaba ahora, a voz en grito, a los demás inquilinos de haberle robado. En aquella casa, al igual que en otras muchas, el retrete se hallaba en el descansillo de la escalera y era de uso común para todos los vecinos de cada piso. Pues bien, Clara vociferaba que había escondido en aquella guarida ciertas cajas que contenían parte de sus tesoros, y que aquellas cajas habían desaparecido. Decía que las había puesto allí porque en su propia casa no había un solo rincón donde su familia no metiese las narices. Sus gritos eran coreados por las risas y befas de los demás vecinos. Una voz grave trató de restablecer el orden, preguntando cuáles eran aquellos objetos preciosos que Clara había almacenado en tan singular escondrijo, a lo que la interfecta respondió:

—¡Ovillos de bramante, de antes de la guerra!

Ante tal respuesta, el escándalo fue inenarrable, y acabó por último en un coro de carcajadas. La señora Fiala había ido a refugiarse al lado de su marido, en la salita. Ella soportaba pacientemente los insultos de Clara; pero cuando, como ahora, se trataba de un escándalo en el que intervenían los vecinos, escurría el bulto, avergonzada. La verdad es que no esperaba menos a que su esposo se deshiciera en invectivas contra Clara; incluso estaba preparada para darle toda la razón, no sólo sobre aquel incidente, sino en todo lo referente a su hermana. Grande fue, pues, su sorpresa, al ver que Fiala no sólo no se lamentaba, sino que trataba de consolarla, diciéndole con un gesto de resignación:

—No hagas caso.

El señor Fiala se levantó de la butaca y fue a colocarse al lado de su mujer, erguido como en sus mejores tiempos, como el portero de antaño. En la oscuridad, desdobló un papel y pareció que iba a leerlo en voz alta. Pero se limitó a estrechar fuertemente la mano de su mujer, mientras de su boca empezaron a fluir palabras, las palabras de Schlesinger: reveló a su mujer todo el secreto y el milagro. Ambos podían ahora vivir tranquilos, sin miedo al futuro. A su muerte, María recibiría una cantidad, un capital consistente en el doscientos, el quinientos o el mil por ciento de la exigua ganancia obtenida con la venta del antiguo piso y de los muebles. Indiscutiblemente, aparte de ser su santo, aquél era un día señalado. No sin inconsciente presciencia, María había sacado hoy a la luz aquella fina mantelería color de rosa. Pero la señora Fiala lloraba. Cierto es que ella lloraba a la menor ocasión; pero raramente lo hacía, como ahora, con lágrimas de júbilo.

—¡Mi querido Karl! —sollozó.

No obstante, al cabo de unos segundos, la hermana de Clara planteó francamente la pregunta:

—¿Y cuándo…, cuándo nos pagarán?

La completa oscuridad que reinaba en la habitación suavizó un poco la aspereza de la pregunta. Pero, de todos modos, Fiala encontró muy natural la curiosidad de su mujer. Siguió recitando:

—Si el fallecimiento tiene lugar después de haber cumplido los sesenta y cinco años…

Y con toda la autoridad de un acaudalado testador, ordenó:

—Y Franzl tiene que quedarse aquí, ¿me entiendes? ¡Franzl no ha de salir de casa!

Franzl había huido del escándalo provocado por su tía. De pie, frente al portal de la casa, contemplaba la calle y la ciudad, aquella ciudad desaliñada, iluminada pobremente, aquella desgraciada ciudad de posguerra que empezaba a rendirse a los abrazos de la benigna noche. Los tranvías pasaban en ambas direcciones con un ruido desagradable. Los que se dirigían al centro de Viena iban vacíos; los que venían de allí iban atestados de gente. Franzl estaba cansado. Se había pasado todo el día recorriendo agencias de colocaciones. Sabía de sobra que toda aquella actividad que desplegaba era inútil, pero encontraba en ello un entretenimiento para sus ratos de ocio. En el desviadero en que los tranvías daban la vuelta, el freno de uno de los vehículos rechinó con un ruido parecido al alarido de un animal torturado. Aquel chillido taladró la débil cabeza de Franzl, y le produjo una sacudida de dolor que despertó en él viejos recuerdos, los mismos terribles recuerdos de siempre. Pero apenas le quedaban fuerzas para pensar, ni siquiera para preguntarse: «¿Por qué he de seguir viviendo?». El infeliz fue asaltado por un deseo enorme de huir, de correr a lo largo de Gürtel, hacia los más lejanos suburbios, fuera de la ciudad, más y más allá, sin tregua ni descanso, lejos, bien lejos, dentro de la noche, hasta que su cuerpo cayera exánime y muriera de agotamiento.

Pero volvió a entrar, silencioso, en la casa. Demasiado sabía que aquellas ansias de libertad eran siempre el anuncio de uno de sus ataques.


IV

Pasó el tiempo. Llegó noviembre. Nada digno de mención había ocurrido desde el solemne y secreto festín con que la señora Fiala había querido obsequiar a su marido.

Clara regresaba a casa cada noche, cargada con su acostumbrado botín. Aquel peculiar don que poseía de hacer la vida insoportable a cuantos la rodeaban, iba cada día en aumento. Hasta el fin de sus días habría de ir presentando su factura; ¿y quién sabía si llegarían alguna vez a deshacerse de ella? Su hermana se había resignado ya hacía tiempo, y rompía lanzas en su favor contra todo el que osaba atacarla. Por su parte, el señor Fiala permanecía cada día de ocho a dos en el almacén, anotando en una libreta las entradas y salidas de mercancías. Cuando llegaba a casa, efectuaba su habitual recorrido por la salita de estar, y acababa invariablemente ante el grupo fotográfico. Franzl seguía buscando empleo inútilmente; cada nueva tentativa acababa en seco ante la pregunta: «¿Goza usted de buena salud?». Al caer la noche iba a sentarse, como de costumbre, en su cajón de la cocina.

Pero el señor Schlesinger ya no vivía allí. Un buen día había desaparecido y nadie sabía su paradero.

El señor Fiala parecía el mismo de siempre. Ninguno de sus compañeros de trabajo, ni sus conocidos, ni sus vecinos, le habían notado cambio alguno. Pero Franzl había mirado en una o dos ocasiones a su padre de un modo singularmente penetrante. Y, sin embargo, no había mucho que ver. Sólo que el señor Fiala estaba cada día más callado —algunos días apenas si hablaba en absoluto— y una especie de nueva obsesión parecía haberse adueñado de él. Después de todo, quizás Franzl tuviera razón para mirarlo de aquel modo. Corría el mes de noviembre. En el campo, llega siempre un día en que aun la casa más cercana, a menos de veinte pasos de distancia, queda tan envuelta por la densa niebla, que parece algo remoto y apenas si pueden distinguirse sus contornos. Pues bien: el rostro del señor Fiala en aquellos días parecía asimismo borroso y lejano, debido a las sombras que lo envolvían.

Una tarde se hallaban solos en el piso el señor Fiala y su hijo. La señora Fiala y su hermana habían salido. Era el Día de Difuntos. ¿Y qué tenían que hacer en casa las mujeres? Porque aquél era su gran día: una festividad de la Iglesia, al lado de la cual la Navidad, el Sábado de Gloria, el Corpus Christi y el Domingo de Pentecostés quedaban pálidas. Para ellas, aquél era un día de júbilo como ningún otro del calendario. Era una lástima que no tuvieran ningún pariente enterrado en Viena, a cuya tumba pudieran ir en peregrinación y adornarla con flores y fanales. Era una lástima, ciertamente; pero ello no impedía que fueran de las primeras en acudir aquel día a las puertas del enorme cementerio de Semmering, a primera hora de la tarde. Hasta el mismo viaje en tranvía resultaba más excitante y de interés que los demás días. ¡Era tan magnífico el espectáculo de las coronas y guirnaldas balanceándose a cada movimiento del atestado vehículo! Incluso, por falta de espacio, habían tenido que colgar en el exterior del tranvía una enorme corona de flores blancas que tapaba el número del coche y provocaba la admiración y pasmo de los transeúntes. Había ofrendas funerarias de todas clases: desde aquel rico y magnífico tributo, hasta la más barata corona de hojas artificiales con unas cuantas siemprevivas. El ambiente del interior del tranvía se hacía irrespirable con aquel denso perfume de flores mortuorias, cuyos olores parecían evocar el mismo vaho de podredumbre que estaban destinados a disimular. Y, por si fuera poco, en aquel reducido espacio, la atmósfera se espesaba más aún con el olor de las ropas de luto, humedecidas por la lluvia; aquel olor rancio de los sombreros, velos y vestidos fúnebres guardados en alcanfor entre una defunción y la siguiente. Y, dominándolo todo, las exhalaciones de toses, resfriados, anginas y catarros. Pero nada de ella disminuía la gozosa expectación de María y de Clara. Se encontraban bien entre aquellas apreturas.

La multitud ofrece siempre un espectáculo conmovedor y espeluznante. Y éste era, ciertamente, el que ofrecía aquella compacta masa de gente estacionada en la plazoleta, frente a las verjas del cementerio. Los tranvías llegaban, uno tras otro; en medio de gritos y repiqueteo de campanas, descargaban su equipaje e iban en busca de más. La policía montada hacía todo lo posible para contener aquella marea humana y encauzarla ordenadamente. Pero la multitud, insensible y obstinada como fuerza de la naturaleza que en realidad es, avanzaba rugiendo en irresistible corriente hacia las obstruidas verjas. El policía de tráfico, desde su torrecilla, hacía unos gestos patéticos, pero ineficaces, que sólo servían para aturrullar a los conductores de los vehículos. Una larga columna de ambulancias esperaba a prestar sus servicios detrás de una barrera; porque, desde luego, aquel homenaje a las almas de los difuntos estaba tan concurrido y el público tan entusiásticamente entregado a la tarea de su celebración, que lo más probable era que en un lugar u otro le ocurriera un accidente a cualquiera de aquellos mortales empecinados y, al año siguiente, hubiera de encontrarse, no entre los homenajeantes del exterior, sino entre los homenajeados de verjas adentro.

Gracias a los codazos y pisotones a diestra y siniestra dados por Clara, las dos hermanas consiguieron entrar enseguida en el cementerio. Avanzaron a lo largo de la hermosa avenida central, pasando frente a los ostentosos y elegantes mausoleos. Entraron un momento en la iglesia para santiguarse con agua bendita y hacer una genuflexión ante el altar. Luego deambularon al azar por los múltiples senderos llenos de hojarasca, hasta los últimos confines del cementerio; hasta aquellos parajes envueltos por la niebla donde crecían árboles jóvenes, no más altos que las apretadas hileras de cruces y lápidas. Esperaban encontrar allí algunos conocidos. Otras mujeres de Bohemia a las que presentar sus respetos. Porque, para toda la gente humilde de la ciudad, aquél era un acontecimiento social, una ceremonia de los vivos en la casa de los muertos. Se saludaban unos a otros con educadas y sonrientes inclinaciones, mientras preguntaban por el sepulcro de alguna familia conocida. Hacían corteses alusiones a la belleza de las tumbas y a sus moradores: «¡Qué bien debe reposar en este hermoso lugar!», decían; y todos inclinaban la cabeza y contemplaban aquel rectángulo cubierto de césped que para ellos no tenía nada de horrible ni estremecedor. Se ofrecían mutuamente bocadillos y pasteles y se pasaban la botella de uno a otro con amistosa hospitalidad, mientras la dueña de la tumba sonreía complacida, como si le hubieran alabado los muebles de la casa o el aderezo de la mesa, y retocaba las guirnaldas, arreglando las cintas y los fanales. Luego, llegaba el gran momento por todos esperado. La niebla se espesaba y se oscurecía, tomaba un color de café y hasta podía encontrarse su gusto en la boca. Uno tras otro, a lo largo de aquel inmenso espacio acariciado por una suave brisa, iban encendiéndose los fanales. Era una innumerable legión de pálidas lucecitas vacilantes, de misteriosos fuegos artificiales; una larga y mística luminaria que hormigueaba junto a la tierra, una interminable procesión de linternas de mineros, fuegos fatuos de una inútil remembranza que oscilaba al viento de un caliginoso crepúsculo otoñal.

A aquella misma hora, el señor Fiala se hallaba sentado en la cocina de su casa, tomando un poco de té que esta vez le había preparado Franzl. Fiala sostenía el pote sobre las rodillas, mientras con aire distraído iba desmigajando el pan dentro de la amarga infusión. Se entretuvo un buen rato en esta operación, sin que ni él ni su hijo pronunciasen una sola palabra.

De pronto, Fiala dio una orden, en un tono de voz extraño y desagradable:

—Franzl, ve al Hospital General y habla con Votova. Ya lo conoces, ¿verdad? Pregúntale si hay alguna cama libre. Y date prisa. Vuelve antes de que regresen las mujeres.

Jamás hasta entonces había recibido Franzl una orden de su padre. Fiala no esperaba de su hijo ninguna ayuda, del mismo modo que tampoco le representaba ningún estorbo. Pero ahora le había dado unas instrucciones, breve y casi rudamente. Sin embargo, Franzl no se mostró sorprendido. Por el contrario, se hubiera dicho que esperaba desde hacía tiempo recibir aquella orden u otra parecida. Incluso parecía que las palabras de su padre hubieran relajado una tensión latente entre ambos, que hubieran dado un nombre a lo innominado y con ello hubieran roto un hechizo que separaba a padre e hijo. El epiléptico cogió su gorra y salió sin decir palabra ni volver la cabeza.

Fiala encendió una vela con manos inusitadamente firmes. Entró en la salita de estar; pero esta vez no hizo su habitual recorrido por la misma, ni se detuvo con la vela alzada entre la admirada y, por lo general, influyente fotografía. En vez de ello, fue a sentarse junto a la mesita de costura y se sacó del bolsillo un calendario. Con sumo cuidado, fue arrancando una a una las hojas del intacto almanaque, después de examinarlas detenidamente, como si cada uno de aquellos días de la semana y de aquellas fechas en rojo y negro significasen un extraordinario y relevante acontecimiento en su vida. Llegó por fin al mes de noviembre y a la festividad de los Difuntos. Y no pudiendo ya arrancar más hojas, sus manos fueron volviéndolas cada vez más lentamente con los ojos fijos, por espacio de largos minutos, en la contemplación de cada nuevo día que iba apareciendo, en rojo o negro, en el calendario. Cada hoja costaba más de pasar; era como si con cada una de ellas hubiera de cargar todo el peso del tiempo que había transcurrido. Avanzando tan lentamente hacia su meta, tardó mucho tiempo en alcanzarla, consiguiéndolo al fin al llegar al 31 de diciembre. Entonces, el señor Fiala cogió del comienzo del almanaque unas cuantas hojas del mes de enero y misteriosamente las unió al final.

Esta operación lo había entretenido tanto, que apenas si le quedó tiempo para preparar su partida después de que Franzl regresó. El señor Votova lo esperaba.

Metió apresuradamente unas cuantas cosas en un viejo maletín y, en compañía de su hijo, bajó lentamente la escalera y salió a la calle. Franzl hizo ademán de dirigirse hacia la parada del tranvía más cercana, pero su padre prefirió ir a pie, y hasta apretó el paso dentro de lo que le permitía la rigidez de su columna vertebral. Incluso empezó a hablar, haciendo observaciones sobre las cosas de la calle, pero sin aludir ni una sola vez a lo que se traía entre manos: nada de enfermedades, ni de hospital, ni de propósitos ni consecuencias. Ni siquiera un recado para su esposa. Franzl, por su parte, nada preguntó, sino quise mantuvo en la misma tesitura que su padre. Fueron hablando de la línea número 175 de tranvías y de cómo aquel día pasaban sólo dos coches, en vez de tres, por necesitar los demás para atender el servicio que llevaba al cementerio. Hablaron del pavimento de la calle, que se veía levantado, y del acortamiento de la línea, y de si las expendedurías de tabaco deberían o no estar abiertas a aquella hora. Al pasar frente a una de ellas, Fiala pidió a su hijo que entrase a comprarle un diario. Franzl lo compró. Su padre no lo esperó, sino que siguió caminando sin acortar el paso, como si no pudiese detenerse o temiera hacerlo.

Pronto llegaron a la Alserstrasse. Atravesaron el patio del hospital. Encontraron al señor Votova en su despacho. Era un antiguo colega de la Oficina del Tesoro. Dirigiendo a Fiala una mirada algo perpleja, exclamó:

—¿Cómo puede ser? ¿Viene usted hasta aquí por su propio pie y quiere que lo admitamos? La gente se figura que basta tener un resfriado para entrar en el hospital y que aquí lo mantengan y encima le den una comida de primera. ¿Qué le ocurre a usted? ¡No crea que va a ser cosa fácil! En fin, ya veremos. Venga conmigo.

De algo sirvió la influencia del señor Votova. El nombre del señor Fiala tuvo acceso al registro de entrada y empezaron a llenarle una ficha. Edad y fecha de nacimiento. El mal predispuesto escribiente hizo la observación de que los ancianos generalmente no recordaban cuándo habían nacido ni qué edad tenían. Pero se equivocó con el señor Fiala, porque en un tono de voz metálico, muy distinto del suyo normal, éste le facilitó la información precisa, repitiéndola sin que se lo pidiesen, como para dejar bien sentado que no había ningún error.

—Nacido en Kralowitz, Bohemia, el 5 de enero de 1860. Residente en Viena desde hace treinta y cinco años. Naturalizado austriaco. Católico.

Con expresión grave, contempló la mano que escribía: «5 de enero».

Luego fue conducido a la sala de reconocimiento, donde había de decidirse si lo admitían o no. El médico de guardia era un hombre joven, en su primer año de interno, y como tal estaba obligado a trabajar horas extraordinarias, incluso los días festivos; haciendo el «cabrón», como decía él.

El doctor Burgstaller —que así se llamaba— dormía tendido en un sofá, con un brazo colgando. Sus dedos, sucios de nicotina, sostenían la colilla de un cigarrillo apagado. Estaba haciendo acopio de fuerzas, convencido de que tendría una noche accidentada.

Al entrar Fiala en la habitación, entreabrió los ojos. Fiala se acercó al médico, igual que, cuarenta años antes, solía acercarse al médico del regimiento; con la cabeza erguida y los brazos rígidos, pegados a la costura del pantalón. Estos casos desconcertaban al doctor Burgstaller. Levantándose del sofá, fue dando la vuelta alrededor del recién llegado, con aire receloso, aunque sin perder aparentemente la calma profesional. Fiala parecía uno de aquellos veteranos que frecuentemente le tomaban el pelo. Anticipándose a la esperada provocación, lo atacó:

—¿Qué le pasa? ¿Qué es lo que quiere? ¿De qué se queja? ¿Qué le duele?

Fiala murmuró unas palabras y se llevó la mano al pecho. El médico ordenó:

—¡Quítese la ropa!

Pero, inmediatamente, alarmado por la perspectiva de tener que hacer un diagnóstico, revocó la orden:

—¡No, no se la quite!

Pero, claro, algo tenía que hacer. Le tomó el pulso al anciano. Si el reloj le funcionaba bien, el pulso de aquel hombre iba excesivamente deprisa. Con una mirada de rabia hacia el perturbador de su tranquilidad, decidió seguir adelante y colocó un termómetro bajo la axila del paciente.

Mientras esperaba el resultado, hizo una serie de preguntas a Fiala, calculadas para impresionar con su superioridad y perspicacia médica a la gente que rondaba por la habitación. Fiala fue contestándole en voz alta y mesurada, con la misma inflexible entereza que había desplegado aquellas últimas semanas.

Por último, Burgstaller cogió el termómetro y lo examinó bajo la luz. Y su expresión cambió radicalmente, al decir con interés casi infantil:

—¡Dios santo; pero si tiene usted 40!

Y aquí comienza en realidad nuestra macabra historia. Porque no nos hubiéramos atrevido a presentar al lector esta aburrida y trivial narración, si nuestro relato no contuviera algunos elementos que se apartaran de lo normal.

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “La muerte del pequeño burgués (I)

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