La muerte del pequeño burgués (Final)

Franz Werfel






V

En el instante en que el cuerpo de Fiala tomó contacto con la cama en la mal ventilada sala del hospital, todas las dolencias de su organismo —que eran varias y muy serias— parecieron tomar vida simultáneamente. Probablemente fue la cama quien provocó su aparición: aquel mueble estrecho y esmaltado de blanco, en nada parecido a la cama en que uno duerme, descansa, sueña y ama, sino un angosto e ingenioso mecanismo para cuando se está enfermo. Lo más sorprendente era que un hombre con ules achaques hubiera podido sostenerse en pie tanto tiempo, yendo cada día a su trabajo, engañando a propios y a extraños sobre su verdadero estado de salud y sin quejarse para nada. Una serie de anomalías, no en uno, sino en varios aspectos, fueron anotados en la pizarra colgada a la cabecera de la cama, y aquélla quedó más repleta de garabatos que la de ninguna otra sala.

Recobrada de su primera impresión, la señora Fiala mostró un serio resentimiento hacia su marido, por no haber podido descubrir lo enfermo que estaba. Y este rencor se acrecentaba si alguien le reprochaba su falta de cuidado. Karl había sido siempre un hombre reservado e intratable, decía. Siempre con aquella cara que no dejaba traslucir ninguna emoción, ningún cambio. ¡Pero todos los hombres eran iguales! Ni qué decir tiene que se veía enérgicamente secundada por Clara, quien tenía la certeza moral de que alguna secreta maquinación —probablemente hacer desaparecer algún objeto de valor— se ocultaba tras aquella especie de huida, aquella fiebre y aquella permanencia en la cama. ¿Qué otro motivo podía impeler a nadie a abandonar su domicilio en aquel modo y meterse en un hospital? ¡Sobre todo, un hombre que el día antes estaba tan bien como cualquier otro! En cuanto a la señora Fiala, nadie le quitaba de la cabeza que un enfermo estaba mejor cuidado en su casa, por muy reducida y pobre que ésta fuera. Su inquina se hacía extensiva al hospital. Era cosa sabida, decía, que los médicos jamás intentaban curar a los pacientes pobres de las salas gratuitas, sino que, por el contrario, los hacían quedarse en cama y llegaban incluso a exacerbar la enfermedad en el cuerpo de la víctima para poder luego explicarla prácticamente a los estudiantes.

Durante los primeros días, Fiala se mantuvo en igual estado que al ingresar en el hospital. No parecía estar peor de lo que estaba el Día de Difuntos. Permanecía en la cama, inmóvil, y callado, como si el silencio fuera una tarea que requiriese todos sus esfuerzos. Si era necesario, se levantaba; y así lo hacía para comer. Se sentaba a la mesa con los demás enfermos que estaban en disposición de hacerlo, y se comía hasta la última cucharada de su ración sin pronunciar palabra. Su esposa venía a verlo cada día a la hora de visita. Él la miraba con aire complacido, pero más bien ausente. La señora Fiala cada vez le traía una medicina distinta en el cesto de la compra, una nueva panacea pasada de contrabando ante los enfermeros del hospital. Fiala engullía sumisamente aquellas pócimas, elaboradas Dios sabe dónde. Clara venía también algunas veces. Pero no se contentaba con sentarse junto a la cama de su cuñado y formular lúgubres pronósticos. Volvía la cabeza para contemplar a los demás enfermos, se agitaba en su silla y acababa por levantarse e ir a prestar atención a estos otros. Se aproximaba de puntillas a una cama, adoptando un aire de indiferencia, pero con una sonrisa que quería indicar que estaba al corriente de todo, y, finalmente, invitaba a las pobres víctimas a sublevarse. Y bien pronto descubrió una larga lista de hechos reprobables: los enfermeros se bebían el café de la merienda y volvían a llenar la cafetera de agua; sorprendió a otros pellizcando el pan destinado a los enfermos; vio al jefe de la sala golpear a un paciente y pocos instantes después besar a una linda enfermera en el pasillo, etcétera, etcétera.

«Claro está que no diré nada. Yo no he visto nada. En definitiva, ¿a mí qué me importa?», afirmaba a sus aterrorizados oyentes, mientras les confiaba éstas u otras enormidades.

Ya sabemos que Clara no podía ver una cosa abandonada sin tomarla inmediatamente bajo su custodia. En este punto, el hospital constituía una verdadera tortura para ella. Un día vio un perol con restos de comida; seguramente de algún enfermo que no había podido acabar su ración. Clara se las ingenió para meterse en el bolsillo un trozo de carne y tres patatas hervidas. Fiala lo vio, pero no le prestó atención, pues tenía todas sus energías concentradas en otro género de lucha.

Hasta finales de noviembre, su estado se mantuvo invariable, con diversas alternativas de fiebre. Pero entonces se le declaró una pulmonía doble, acompañada de pleuresía. Estas complicaciones lo atacaron bruscamente, como animales de rapiña, y se le dio por perdido. Los médicos lo desahuciaron y ordenaron que lo llevasen a una sala especial.

La señora Fiala fue llamada al despacho del director. El profesor se hallaba sentado ante el escritorio, escoltado por un practicante que permanecía de pie a su lado. El jefe estaba firmando los partes diarios, tan impaciente y descuidadamente, que casi rasgaba el papel. Sin levantar la vista, gruñó al practicante:

—¿Pariente?
—Esposa de Fiala, de la sala número tres, señor profesor.

El director dio media vuelta en su sillón giratorio y quedó frente a la señora Fiala.

—Bien, señora Fiala…

Contempló a la anciana, cuya mandíbula inferior colgaba, desencajada, con una expresión de terror. Era un hombre que se conservaba bastante bien y al que la vista de una mujer vieja causaba verdadera repugnancia. Volvió a su primitiva posición y dejó el asunto en manos del practicante.

—¡Háblele usted!

El practicante sonrió. Y adoptando una expresión de dócil resignación ante lo inevitable, dijo:

—Apreciada señora Fiala: es preciso que tenga usted valor. Hemos hecho todo cuanto nos ha sido posible y hemos de seguir haciéndolo. Pero a su pobre marido no le quedan más que ocho o diez días, a lo sumo, de padecer. Puede usted tener la seguridad de que haremos cuanto esté en nuestras manos. Pero ha de estar usted preparada, como le digo…

La señora Fiala no apartaba la vista de aquel hombre que le hablaba; su rostro reflejaba un profundo abatimiento. El practicante, no sabiendo qué más decir, le estrechó la mano y la despidió dándole los buenos días. La andana se arrastró hasta la puerta, gimiendo y sollozando. Una vez afuera, dio rienda suelta a su dolor, deshaciéndose en lágrimas y lamentos.


Todo hospital tiene unas habitaciones, con muchas menos camas que en las demás salas, reservadas a los moribundos, ya que es conveniente mantener a éstos lo más alejados posible de los demás enfermos. El señor Fiala fue trasladado a una de esas habitaciones. Había en ella cuatro camas, destinadas a los desahuciados. La primera estaba vacía. En la segunda yacía un joven, aparentemente sin conocimiento, cuya cara pálida casi se confundía con la blancura de la almohada. Pero en la cama siguiente, junto a la que ocupaba el señor Fiala, yacía… el señor Schlesinger. Dios lo había dispuesto así. El agente de seguros había tenido razón al decir que los judíos fumaban demasiado. Pero no era probable que el tabaco tuviera toda la culpa de la extrema debilidad y atrofia de su corazón, ni de la degeneración de sus arterias y venas. Al irle en aumento la imposibilidad del brazo izquierdo, había presentido que se acercaba su fin. Quizás la verdadera responsabilidad la tuvieran aquellas interminables escaleras que tenía que subir para cazar a sus clientes. Pero, de ser así, ¡cuánta gente moriría a los cincuenta, santo cielo! Quizás fuera debido a aquel desasosiego que lo consumía, a aquel miedo, a aquel pánico irresistible a tener que estar en constante movimiento toda la vida, a tener que estar siempre poniendo un pie delante del otro. Quizás… Pero ¡al diablo con ello! ¡Eran tantas las cosas de las que un hombre podía morir!

Ni el señor Fiala ni el señor Schlesinger se sorprendieron al encontrarse en aquel lugar. Claro es que apenas hablaron. Allí quedaron, asegurador y asegurado, el uno junto al otro. Un poco más allá, el tercero… Los tres experimentaban la misma sensación: iban a toda velocidad, en un barco o en un automóvil, y ponían toda su atención en el viaje.

A cualquier persona sana que entrara en la habitación, contemplara aquellos tres rostros macilentos y escuchara aquella triple respiración fatigosa, le asaltaba de repente la impresión de que los tres hombres cosían algo. Sí, su resuello era un hilo con un ruido herrumbroso, crujiente. Cosían sin cesar el ropaje de su propia muerte; una camisa o una túnica invisible, del género más grosero y barato. Hora tras hora, los tres hombres seguían cosiendo, uniforme, continua, infatigablemente.

Schlesinger era el único que de vez en cuando dejaba de coser. Cada día le entregaban el Neue Freie Presse y encima de la mesita de noche tenía tres libros: dos de ellos eran unas novelas procedentes de una biblioteca ambulante y el tercero un ejemplar ilustrado, con cantos dorados, de los poemas de Heine, en una edición que había sido muy popular años antes. Este libro representaba para Schlesinger sus recuerdos de juventud; junto con los devocionarios familiares, había constituido la biblioteca de sus padres en su casita de Bohemia.

Schlesinger cogía alguna vez el diario o uno de los libros; pero no podía leerlos y pronto volvía a dejarlos en su sitio. El tomo de poesías era el que más ratos permanecía sobre el cobertor de la cama.


Se abrió la puerta y entró un robusto enfermero acompañando a una viejecita. Era una mujer tan pequeña, tan menuda, que casi arrastraba por el suelo el bolso que llevaba en la mano. Schlesinger hizo un ligero movimiento al reconocer a su madre. El enfermero condujo a aquella especie de enana junto a la cama de su hijo y le acercó una silla. Pasaron varios minutos en silencio. Luego, la viejecita dijo, con una vocecita aguda, casi infantil:

—Hijo mío, no puedo ver qué aspecto tienes.

Otra larga pausa, antes de que el hijo respondiese:

—Bien, madre, ¿qué noticias hay?
—¿Qué noticias quieres que haya?

Y con esta contrapregunta, la monótona vocecita puso fin, de una vez por todas, a cualquier otra que pudiera hacérsele sobre noticias, de dondequiera que fueran.

La señora Schlesinger acudió a su bolso.

—¿Te dan bien de comer, hijo mío?

Tras un ligero forcejeo, logró abrir el bolso, y sus inseguras manos, cubiertas por mitones negros, sacaron un paquetito.

—Te he traído unos pastelillos; antes te gustaban mucho.

El hijo no contestó. Pasaron varios minutos.

—Hijo mío, deberías comer. ¡Tienes que comer!

El enfermo respondió, casi sollozando:

—¿Para qué, madre?
—Has de comer…; te dará fuerzas.

El sonsonete de su vocecita resonó ligeramente en la habitación. Reinó de nuevo el silencio, roto tan sólo por la fatigosa respiración del enfermo. De pronto, Schlesinger cogió el tomo de poesías y lo alargó a su madre.

—Mire, madre… esto lo teníamos en Kralowitz.

Entonces ocurrió algo indescriptible e impresionante. La viejecita palpó el libro de arriba abajo con sus manos temblorosas, mientras musitaba para sí algo ininteligible; luego, se deslizó de la silla y quedó de pie, apareciendo mucho más pequeña y deforme que mientras había permanecido sentada. Y con su vocecita infantil empezó a recitar, como si estuviera en la escuela:

Yo soy la princesa Ilse,
y vivo en el Ilsenstein.
Ven conmigo, amado,
que yo feliz te haré.

Hospital, enfermedad, muerte…; todo quedaba olvidado. Conmovida por el sonido de su propia voz, la anciana guardó silencio. Pero alguien respondió: de la tercera cama, donde yacía el infeliz desconocido, llegó una especie de relincho, una risa incontenible que, pareciendo al principio una burla, fue creciendo hasta convertirse en un grito de dolor. La viejecita tomó aquello por expresiones de aliento y estímulo, pero no le vino a la memoria otra cosa para recitar que un estribillo infantil de su ciudad natal:

¡Houpai, Cistai, Kraloivitz,
valiente inútil es nuestro Fritz!

Tras de lo cual volvió a sentarse. Una vez más se hizo el silencio. Hasta la señora Schlesinger parecía ahora respirar tan trabajosamente como los moribundos. Era ya entrada la noche, cuando el enfermero vino a recogerla. Y en medio de la oscuridad, dijo:

—¡Hijo mío, ya veo que estás muy mal!


La viejecita se había ido. Los enfermos reanudaron su inhumano viaje, precipitándose con el fragor del trueno a lo largo de calles y a través de puentes. Y puntada a puntada, resuello a resuello, siguieron cosiendo el vestido invisible que confeccionaban para la muerte.

Reinaba aún una débil claridad crepuscular en la sala, cuando otra voz rompió el silencio, interrumpiendo el raudo viaje y el rítmico compás de las respiraciones. Esta vez era la voz de Fiala; y no era una voz febril o delirante, sino muy clara y serena. Llamó a Schlesinger por su nombre, y tuvo que repetirlo varias veces antes de que el otro volviese su cara contraída en dirección a Fiala. La llamada era inoportuna; porque el señor Schlesinger, mientras iba hundiéndose más y más en el abismo, buscaba entre las sombras, no a una anciana medio idiotizada por la gestación de nueve hijos, sino a su madre. De todos modos, aquello le tenía sin cuidado a Fiala, su paisano y compañero de agonía. El señor Fiala ni siquiera miró a Schlesinger mientras, en un tono grave y ponderado, planteaba su pregunta sin abandonar de la mano un calendario con las hojas arrancadas hasta aquel día:

—¿Y si el fallecimiento ocurre antes de cumplirse los sesenta y cinco años, qué reciben entonces los familiares?

Aquellas palabras eran fruto de una detenida reflexión; habían sido elaboradas y pulidas, tras largos días y noches de fiebre y angustia. Pero cuando el señor Schlesinger las oyó, se sintió asaltado por un acceso de ira como nunca había tenido. Pareció recuperar en un instante todas las fuerzas perdidas; se incorporó de un salto, arrojó a un lado las sábanas y quedó de rodillas encima de la cama. Se le desorbitaron los ojos y rechinó los dientes con rabia. Y es que en la cama vecina yacía, no el señor Fiala, sino un fiasco, un aborto como él mismo: era su propia vida chapucera y destrozada, era la desilusión, el desengaño, la miseria, las cadenas, la torpeza, la estupidez, la asfixiante insensatez de la vida cotidiana. Borracho de odio, sediento de venganza, sin saber lo que decía, gritó:

—¡Cumplir, hay que cumplir! ¡Más vale que cumpla! ¡Hágame caso! ¡Porque, si no, sólo le darán una porquería, una basura, una inmundicia…! Ya puede usted rezar a Dios o a Rothschild, si quiere…; que no le darán más que una porquería…; una inmundicia…

Cayó pesadamente en la cama y empezó a quejarse y a pedir ayuda. Vino un practicante. Vino el médico. Una inyección puso final al arrebato. Al cabo de una hora volvía a ser el de siempre: un hombre que cosía y cosía, fatigosa, ininterrumpidamente.

Fiala, sin embargo, no cosía. Sin abandonar el calendario, con el sello de la muerte estampado en el rostro, contemplaba fijamente la luz del techo con una expresión exaltada. Entre las cejas se le marcaba un pliegue profundo, la huella de una siniestra resolución, de una inflexible tenacidad que jamás nadie pudo sospechar en él mientras estuvo sano.


VI

El milagro aconteció después de habérsele administrado los últimos sacramentos al señor Fiala. El enfermo los recibió en estado de perfecta lucidez, serenamente, como si se tratase de una medicina más, siquiera fuera de orden sobrenatural. Durante la noche pareció entrar en la última agonía, y el médico de guardia dio orden de que se le dejara morir en paz y tranquilidad, ya que todo lo más que viviría sería hasta el mediodía siguiente. Esto sucedía en la segunda semana de diciembre. Nadie lo molestó; ni siquiera el médico, en sus acostumbradas rondas, se acercó a su lecho.

Por la tarde, el enfermero entró en la habitación para ver si podía avisar ya al médico para certificar su defunción. Sentía cierta repugnancia por los muertos y prefería que se llevasen el cadáver lo antes posible.

Y, efectivamente, diez minutos después, entraba en el despacho del médico, para anunciar que, lejos de haber muerto, el enfermo estaba sentado en la cama y había pedido con voz perfectamente clara que le sirviesen leche. El médico estaba francamente molesto ante esta terquedad. Claro es que era fácil equivocarse en cuanto al tiempo. Pero esta falta de puntualidad y de lógica en el proceso natural de la muerte era para poner de mal humor a cualquiera. El médico se sentía como un funcionario que ha cometido un visible yerro y trata de ocultar su turbación adoptando un aire de tranquila indiferencia. Parecía como si no sólo el tratamiento, sino también las autoridades médicas estuvieran comprometidas en aquel fracaso. En realidad, encontró al moribundo echado y no sentado en la cama —el enfermero debía de haberlo soñado—; pero no había la menor duda de que pedía leche. El médico procuró amoldarse a la nueva situación creada. Desde luego, resultaba un caso verdaderamente extraordinario el que un hombre tan próximo a la muerte hiciese marcha atrás de aquel modo. Pero eso era precisamente lo que hacía de Fiala un «caso»; y, tratándose de un «caso», las injuriadas autoridades médicas quedaban rehabilitadas. El médico —de paso he de decir que se hallaba en los comienzos de su brillante carrera y que, confidencialmente, esperaba ganar cátedra el año próximo—; el médico se encaró con el paciente, haciendo gala de aquel brusco y cordial entusiasmo que normalmente reservaba para sus clientes particulares. Encontró que la respiración, la actividad cardíaca y las defensas generales del enfermo, si bien al borde del colapso, seguían todavía funcionando. Por otra parte, existía una concreta reacción de las pupilas, la lengua estaba controlada y el sistema nervioso en general aparecía despejado. El caso había excitado la curiosidad científica del futuro profesor. Garrapateó apresuradamente una serie de instrucciones y recetas encaminadas a estimular al paciente y a aumentar sus energías. Y mientras lo hacía, su cerebro elucubraba ya sobre la idea de futuras publicaciones. El médico era joven, y su mente daba igual valor a las consideraciones literarias que a las prácticas.

Durante la semana siguiente, y a base de un enérgico tratamiento de inyecciones, estimulantes, alimentos y cosas por el estilo, llegó a parecer que la vida del enfermo iba a prolongarse, incluso a salvarse, ya que los síntomas más peligrosos tendían a desaparecer. Pero los médicos se desesperaron cuando, pocos días antes de Navidad, hizo su aparición una septicemia. El corazón seguía latiendo, pero la sangre estaba envenenada y se manifestaron los primeros síntomas de gangrena.

Fiala ya no era sólo un «caso», sino una verdadera sensación. Porque, a pesar de todo aquello, no se moría.

El interés médico aumentaba día por día; en los pasillos se publicaba diariamente un parte facultativo sobre su estado, como si fuera, no el señor Fiala, sino todo un héroe quien sostuviera aquella lucha titánica con la muerte. Cada detalle era repetido de boca en boca y discutido calurosamente.

Se comentaba que, hasta en sus peores momentos, el enfermo se negaba a tomar morfina. En sus horas de delirio intentaba saltar de la cama; daba la impresión de un ser que busca afanosamente algo. Jamás rechazaba el alimento, como si su sistema digestivo se hallase estimulado, enardecido. Éstos eran hechos ciertos; pero también surgían leyendas que eran propaladas por los enfermeros. Se atribuía al enfermo una fuerza hercúlea. Su mano esquelética había apretado por la muñeca a una enfermera hasta quebrarle los huesos, según contaba la propia interesada. Hasta el señor Votova, que conocía de tanto tiempo atrás a Fiala, movía la cabeza, perplejo.

—¡Y pensar que era un hombre tan tímido, tan apocado, que tenía miedo a las mujeres de su casa! ¡Y ahora no quiere morirse!

Mientras tanto, allí yacía aquel pobre cuerpo consumido y castigado, bien ajeno a su fama y notoriedad, convertido en una pieza de museo. Los médicos gustosamente hubiesen procurado calmar sus sufrimientos; pero incluso cuando se hallaba inconsciente, rechazaba enérgicamente a todo el que se le acercaba con una aguja hipodérmica.

Por las mañanas, la habitación de la celebridad era un jubileo de curiosos, enfermeros, médicos e internos que entraban y salían. Los catedráticos traían a sus alumnos y trataban de analizar las misteriosas causas de aquel fenómeno. Hasta los psiquiatras procuraban sacar partido: mantenían la esperanza de que en el delirio de sus tan prolongados últimos momentos, acudiese a sus labios, desde las profundidades de su psique, alguna útil revelación, alguna palabra que explicase aquel caso insólito. Parecía, verdaderamente, una película de la muerte a cámara lenta.

En aquel tiempo, había en la universidad un viejo profesor escandinavo, llamado Cornelio Caldevin, eminente especialista en cardiología, que tenía la facultad de infundir ánimos a sus pacientes, fuera cual fuese su estado físico; un poder que no podía ser otra cosa que la exteriorización de un indudable don espiritual. De hecho, Caldevin había empezado la carrera sacerdotal antes de seguir la de médico, por lo que aquel don espiritual podía muy bien ser una reliquia de las preocupaciones de sus primeros tiempos. Sus colegas solían reírse de sus modales un tanto afectados y de las generalidades sobre religión que intercalaba en sus lecciones y conferencias. Era un verdadero genio diagnosticando, una lumbrera en su especialidad, un afortunado investigador y un médico de amplia y larga experiencia, por todo lo cual sus divagaciones no científicas eran miradas con indulgencia. Caldevin fue uno de los que compareció con sus alumnos a la cabecera del lecho de Fiala. Y hubo algo hermoso y sublime en su gesto, cuando puso su mano sobre la frente del enfermo sin apartarla mientras permaneció en la habitación. Habló en voz muy baja, casi en un susurro, a pesar de que lo corriente era que en aquella habitación, en donde normalmente podía uno estar seguro de que los pacientes no escuchaban, se hablase en tono normal.

Y éstas fueron las palabras de Caldevin o, al menos, lo que de ellas pudo entenderse, pues el profesor no solamente habló muy bajo, sino en forma vacilante y desconectada:

—Ya lo ven, señores. Y ven este corazón…

Tomó el pulso a Fiala.

—Sí, todavía late. Algo sigue viviendo. Amigos míos: el corazón humano… no lo es todo…; sí, claro está, el corazón, anatómicamente hablando, es el órgano fundamental…, la máquina, por así decirlo, como todos sabemos…, el centro, el resorte esencial de la vida, independiente de la voluntad, etcétera… Pero, señores, ¡hay algo en nosotros que reina sobre el corazón!
—¡El rey de corazones!

Uno de los estudiantes pronunció el chiste en voz alta. El profesor quedó desconcertado e interrumpió sus comentarios. Su mirada tropezó con la de un joven y ambicioso ayudante. Al profesor le fue imposible articular ninguna palabra más. Pero el ayudante, inexplicablemente irritado, murmuró para sus adentros: «¡El viejo loco…!».

Dos médicos jóvenes salieron del hospital: el doctor Burgstaller, que había reconocido a Fiala el día de su ingreso, y su colega, el doctor Kapper. Se encaminaron a su café predilecto.

Mientras daba pequeños sorbitos a su vaso de leche, dijo Kapper:

—Es un asunto desagradable el de ese difunto que no quiere morir.

Burgstaller asintió. Pero, no obstante, eran muchos los que no morían, a pesar de que los inéditos los desahuciaran. Kapper comprendió que su colega no lo había entendido.

—No es eso lo que quiero decir. Ya sabes tú cómo mueren los proletarios. Es sumamente edificante. No tienen miedo a la muerte y no piden nada. Todo está predeterminado, se mantienen serenos y sumisos ante la muerte… y todos mueren igual. Pero entre la clase media, cada cual tiene su modo de morir. Porque cada uno de ellos tiene miedo a perder algo más que su vida. Una cuenta corriente, una buena libreta de ahorros, una reputación… ¡hasta un desvencijado mueble cualquiera! Como si fuera algo preceptivo, el hombre de la clase media es un hombre con un secreto.

Kapper miró a su alrededor con aire de triunfo. Se había sorprendido incluso a sí mismo. Había pronunciado una frase lapidaria. Burgstaller bebió su segundo schnaps antes de comentar, en tono de advertencia:

—¡Cuidado, Kapper, que te estás metiendo en política! ¿Es que vamos a empezar a discutir a las once de la mañana?
—No era política.
—Entonces era literatura. Y yo no entiendo de esas cosas.

Hay que decir, como aclaración, que el joven doctor Kapper había publicado ya diversos artículos en revistas literarias de tendencia radical; temas magníficos, pergeñados en un brillante estilo. Burgstaller lo miró conmiserativamente antes de proseguir:

—Pero si te refieres a cómo muere la gente, permíteme que te diga, amigo mío, que hasta ahora sólo he visto una sola clase de hombres que odien la muerte. ¿Quieres que se diga quiénes son esos hombres? Vosotros, los judíos.

Kapper contempló sin parpadear su vaso de leche. No tenía la menor intención de discutir aquel tema. ¿Qué podía saber Burgstaller de aquellas cosas? No es que él, Kapper, esquivase el bulto. Siempre firmaba sus escritos con su verdadero nombre, Jonás, cuando tan fácil le hubiera sido utilizar otro. Pasó por alto la ofensiva de Burgstaller y volvió al tema que había elegido:

—Ayer estuve diez minutos junto a Fiala. El caso me interesaba. Un hombre de la baja clase media. Pero, ¡qué cabeza!, «Miguel Ángel», pensé para mis adentros. Yo supongo que hasta el hombre más vulgar debe hallarse completamente extenuado en su agonía. Pero él no. De pronto, y en estado de inconsciencia, desde luego, empezó a hablar. ¿Y qué creerás que dijo? Me quedé petrificado, te lo aseguro.

Burgstaller bebía su tercer schnaps.

—«Hay que cumplir». No puedo asegurar si dijo «cumplir» o «cumplido», o «después de cumplir». Pero siguió repitiendo monótonamente, cientos de veces: «¡Cumplir!».

Burgstaller, enojado, pegó un golpe en la mesa con la palma de la mano.

—¡Cállate de una vez, que pareces una vieja chismosa! No quiero oír más chocheces de enfermeras. Déjame en paz, y no vuelvas a hablarme en todo el día de ese asqueroso hospital. ¡Mira por la ventana!

En la calle bullía la vida. No había nieve ni barro que mantuviese a la gente bloqueada en sus casas. Y la vida tomaba forma de cientos de piernas femeninas, desnudas hasta las rodillas. Burgstaller seguía inconscientemente con los labios el ritmo voluptuoso de su marcha. Sin volver la cabeza, dijo:

—¿Qué haces esta noche?
—¿Esta noche? ¿Por qué?

Burgstaller siguió mirando a través de la vidriera.

—Pero, ¡santo Dios!, ¿es qué estás loco? ¡Hoy es víspera de Año Nuevo! ¡Canciones, vino y mujeres! Y yo mañana no estoy de guardia. Ven conmigo esta noche.

El doctor Kapper bajó los ojos, con una mezcla de orgullo y pena.

—No puedo. Tengo que trabajar.

Aquellos días, la señora Fiala procuraba escapar de la soledad de su cocina. Visitaba a los vecinos, o hacía compañía a la portera, o ayudaba a la mujer del tendero, y cuanta más confianza adquiría con sus relaciones, más y más lloraba en su presencia. Relataba a todo el mundo las horribles cosas que continuamente le sucedían. Una vez, el sombrero de su marido la había mirado ferozmente. En otra ocasión, el abrigo de Fiala, que estaba colgado en el perchero, se había vuelto por sí solo del revés, como censurándola, y ella se había desmayado. Y, por si fuera poco, «él» se le había «aparecido».

Y es que, mientras en el hospital se desarrollaba aquel interminable combate con la muerte, la señora Fiala creía algunas veces que su esposo había muerto. Otras, miraba desdeñosamente a sus conocidos y, fuera de sí, les gritaba que ya verían cómo su marido se ponía bueno muy pronto y les volvería la cara a todos ellos. Pero, fuera cual fuese su estado de ánimo, lloraba y lloraba, mecánica, acompasadamente.

Las visitas a su marido fueron haciéndose cada vez menos regulares y frecuentes. No podía remediarlo: el hospital estaba muy lejos, ella era ya vieja, el viaje resultaba muy caro, ya no podía llevarle cosas de comer y, sobre todo, la vista del moribundo la aterrorizaba de tal manera, que cada vez quedaba postrada.

Y así llegó un día en que, de los tres miembros de la familia, sólo Franzl iba a verlo, llegando a permanecer día y noche en el hospital. Al principio, trataron de quitárselo de encima; pero llegó a hacerse útil a los enfermeros y éstos acabaron tomándolo bajo su protección y dejándole quedarse allí.

Afortunadamente, el señor Fiala seguía percibiendo su paga, y la empresa, voluntariamente, envió un donativo de tres millones de coronas, aunque tal cantidad no duraría mucho. Porque en su fuero interno, la señora Fiala había apartado ya la casi totalidad de dicha suma para el sepelio de su marido, ya que era evidente que tenía que hacerle un buen entierro de tercera y, a pesar de que los tiempos eran duros, deseaba hacer poner una lápida en su sepultura.

La señora Fiala había llegado a tal grado de presbicia, que le era imposible leer; pero también su visión espiritual era harto limitada. Ahora, ella y Clara vivían solas. Ya no necesitaba defender a su hermana de las críticas de los demás, y el resultado era que su miedo iba aumentando cada día más; el miedo y una impotente rabia, al verse de tal suerte indefensa ante aquella despiadada criatura.

Jamás había confiado a Clara su secreto. ¡Pero la letra de imprenta era tan difícil de leer, y tan difícil de entender el rebuscado lenguaje de la «Tutelia»! Se pasaba horas y horas sentada en la cocina, devanándose los sesos ante el impreso. Pero, por más que se pusiera las gafas y las frotase con el delantal, el escrito seguía borroso e ininteligible para ella. Clara era más joven; tenía la vista más clara y también la cabeza. Clara había estudiado y había aprendido a escribir y a contar. Pero en su talento estaba precisamente el peligro. La señora Fiala luchó largo tiempo por conservar su independencia. Pero el poder de Clara aumentaba cada día: regresaba a casa con su paquete de desperdicios, los arrojaba al rincón y empezaba a dar vueltas como una furia por la cocina, metiendo las narices en los potes de la comida, descubriendo robos por todas partes y acusando a gritos a los vecinos en el rellano de la escalera.

Cierta noche, la señora Fiala no pudo guardar por más tiempo el secreto. Enseñó la póliza a su hermana. Clara se dirigió al recibidor y examinó el documento a la luz. Con el nudo del sucio pañuelo que le cubría la cabeza torcido hacia una oreja, y entre parpadeos, resoplidos y chasquidos de lengua, leyó el papel de arriba abajo, dos, tres veces, y luego se lo metió en el bolsillo.

—Voy a enseñárselo a mi médico —dijo.

Renacieron los recelos de la señora Fiala.

—¿Qué quieres hacer con él, Clarinka?

Clara soltó una carcajada. Sacándose nuevamente el papel del bolsillo, hizo ademán de arrojarlo a la cara de su hermana.

—¿Te figuras que voy a quedarme con esta porquería? ¡Pero si no vale un comino!

La voz de María Fiala empezó a temblar:

—¿Es que no voy a cobrar nada?

Clara no disimuló su rencoroso triunfo.

—El documento dice que si Karl muere antes del cinco de enero…

Cuando volvió a guardar la póliza, era la viva imagen de la inocencia herida.

—Si se lo llevo a mi médico es sólo porque soy demasiado buena.

La señora Fiala volvió a la cocina. Se sentó en el cajón de Franzl y trató de ordenar sus ideas; mejor dicho, la idea. Media hora después, empezó a hacerse la luz en su nublado cerebro. El pánico fue apoderándose de ella, haciéndola temblar como si la recorriera una corriente eléctrica; tan fuerte era, que la boca le sabía a metal. Por primera y única vez en su vida, sintió temor de Dios.

Algo espantoso estaba ocurriendo. Era inconcebible. Su esposo, el que debía haber muerto, no moría. La idea del seguro lo hacía esforzarse en vivir. ¡Por consideración a ella, que lo había abandonado hacía tanto tiempo! Tambaleándose, se puso en pie y empezó a sollozar. Luego, tal como iba, sin ni siquiera ponerse el abrigo, se lanzó a la calle. La portera y la mujer del tendero la miraron, estupefactas, al pasar.


VII

Mientras tanto, Fiala permanecía erguido como una estatua de bronce en su portal bajo el escudo de armas. El portal era ancho y alto, pero su enorme corpachón lo obstruía por completo. Su magnífico abrigo de piel de oso le llegaba hasta los pies. El bicornio rozaba el arco de la entrada. La vara que sostenía en la mano era casi un garrote. Se mantenía firme en su puesto, dispuesto a cumplir las órdenes recibidas. No sabía quién se las había dado. Pero las órdenes eran órdenes. Lo que hubiera de suceder, que sucediese. Era estupendo volver a tener órdenes, deberes que cumplir. Metido todo el santo día en la cocina con las mujeres, uno se hacía viejo. Y Fiala no era viejo, ni estaba cansado; se sentía fuerte, lleno de vida, como un osezno. A las cinco de la tarde quedaría libre. Al sonar las cinco llegaría el descanso. En el iluminado reloj del campanario, las figuras negras y rojas iban saliendo, rápida, impacientemente, una tras otra: doce y diecisiete, ocho y ciento veintiséis. Miles de horas iban sonando; todas, menos las cinco. Fiala disfrutaba en el cumplimiento de su cometido: vigilar, no dejarse engañar ni persuadir… ¡por nadie! Guardar la puerta; no dejar entrar a nadie. Ésas eran las órdenes recibidas. ¡Dios sabría lo que estarían discutiendo arriba, en la sala de juntas! Él acababa de poner de patitas en la calle al jefe, con una severa amonestación. Y ahí llegaba el señor Pech.

—¡Apártese, Fiala!
—¡Éste es mi puesto!
—¡Debo entrar en la oficina!
—¿Tiene usted un pase?
—¡Pero si soy de la casa!
—¡Me importa un bledo! ¡Órdenes son órdenes!

Pero Pech volvía a insistir. Unas veces volvía solo; otras, acompañado de un chiquillo al que intentaba hacer colarse. Pero Fiala se mantenía firme en su puesto. Pech se sacó una moneda del bolsillo. Pero Fiala era incorruptible. Él sólo aceptaba lo que en justicia le correspondía: su paga, y nada más. Las horas iban pasando, iban saliendo del reloj en forma de figurillas negras y rojas. Como un equipo de nadadores, aparecían sobre el trampolín y saltaban al vacío. En la calle, la vida seguía su curso; aquella vida que él conocía tan bien. Pasaban corriendo los niños de la escuela, mirando y admirando su arrogancia. Fiala no movía un solo músculo, no permitía que lo distrajesen; fingía no ver a aquellos monos. Intentaban atraer su atención, armando bulla con sus patines y jugando a la pelota en sus narices. Él no hacía caso. Ni siquiera miraba de reojo a las muchachas que pasaban rozándolo y murmurándole cosas al oído. Él ya conocía sus bromas; el corazón no le latía más aprisa por eso.

Cada cosa a su tiempo. Pero la prueba resultó muy dura cuando pasó frente al edifico el regimiento: el Undécimo Regimiento de Infantería Real e Imperial, con sus capotes grises. «¡Batallón, al… to!». Iba a la cabeza el propio coronel Swoboda, montado a caballo, con el desenvainado sable en alto. Llevaba una ramita de abeto en la gorra. Cada hombre de la doble columna la llevaba también. La voz de mando resonó en toda la calle: «¡Cabo de Escuadra Fiala!». Y Fiala no respondió: «¡A la orden!». Sabía que no debía hacerlo. Pero siguió oyéndose el eco de la llamada: «¡Cabo de Escuadra Fiala!». La banda empezó a tocar la marcha del regimiento: «Oh, tú, Austria mía». Fiala reconoció la mula que cargaba con el bombo. La banda se puso en movimiento, y los músicos avanzaron balanceando los instrumentos al compás de la marcha. La doble columna de soldados siguió tras ellos, marcando el paso con rítmico vaivén. Los platillos chocaban con estrépito, mientras el regimiento se alejaba hacia el campo de tiro o hacia el campo de maniobras, o quizás tan sólo a tomar parte en alguna francachela. Entre los soldados reconoció a muchos amigos, pero esta vez no podía ir a divertirse con ellos; nada de naipes, ni baile, ni borracheras de cerveza. Él tenía que seguir allí, en su puesto. Pronto desaparecieron de su vista. Sólo el sonido metálico de los platillos siguió vibrando a través de su cuerpo y marcando el compás de los latidos de su corazón.

Se hizo de noche, y Fiala siguió allí. Las horas ya no saltaban fuera del campanario como muñecos de resorte. Ya no existía el campanario. La calle estaba llena de cubos de basura y las cenizas se esparcían por el suelo. Fiala seguía vigilando. Aquel servicio era para él como un peso que le oprimía el corazón. El uniforme, el sombrero y el abrigo de piel lo tenían aprisionado, encerrado, por así decirlo, con su aflicción. Llegó Franzl con un cesto en la mano. Franzl era un pobre idiota de ojos hundidos, y Fiala era su padre. Y por eso estaba obligado a hacer algo horrible en atención al desgraciado: tenía que beberse el té cada vez que el muchacho se lo traía. Pero aquello no era exactamente té caliente, sino agua hirviendo o, mejor aún, era fuego, fuego sin azúcar que Fiala bebía a pequeños sorbitos haciendo un esfuerzo. Las llamas azules empezaron a lamer las paredes interiores de su cuerpo, abrasándolas, consumiéndolas. Y mientras tanto, las paredes exteriores, la piel, permanecía helada. Si al menos hubiera podido cerrar los ojos, lo habría olvidado todo. Pero no podía olvidar; debía seguir recordando y discerniendo, porque no había sonado aún la hora de su descanso. ¿No había hecho bastantes guardias en el Undécimo Regimiento? No parecía sino que pesase sobre él un castigo por mala conducta; el castigo de una guardia permanente. ¿Quién había dado la orden? Pero no podía pensar: también esto le estaba prohibido. Pensando le entraba sueño. De nuevo surgió Pech frente a él. «¡No lo entiendo, Fiala! Apártese un poco, que no pasará nada. ¡Es tan sencillo!». Pero para Fiala no era nada sencillo. No cedería una sola pulgada ante aquella incitación al desorden. Por el contrario, se mantuvo firme en su portal y siguió contemplando la polvorienta calle. Lo que ahora vio lo hizo estremecerse: el deán Kabrhel, el párroco de Kralowitz, pasaba frente a él. Era gordo y cojo, y sostenía en alto, como en la procesión del Santísimo, una custodia de plata con el Cuerpo de Nuestro Señor. Lo escoltaban dos sacerdotes, uno a cada lado. Delante de ellos iba Subak, el maestro de escuela, llevando un estandarte. Unos cuantos devotos, en traje de labriegos, cerraban el cortejo. Intencionadamente, Fiala miró hacia otra parte. La vista de aquellos personajes lo llenaba de angustia, como si aquella gente tuviese alguna autoridad sobre él y estuvieran comprobando su castigo. En la procesión figuraban también animales sagrados: Fiala reconoció las vacas y los toros negros del alguacil. El deán se volvió hacia el portal. «¡De rodillas!», ordenó. Y todos los presentes, incluso los toros y las vacas, se arrodillaron en medio de la calle. Entonces Su Reverencia, el diácono, se adelantó con la custodia hacia el recalcitrante guardián y repitió: «¡De rodillas!». Fiala lo hubiera hecho gustosamente, pero no podía. Sabía que antes debía ocurrir algo y este algo no había llegado. ¡Ah, qué enorme pecado había cometido no arrodillándose con los demás! Tan grave era que hasta los animales se dispusieron a castigar su osadía. Primero los gansos: acudían a millares, del estanque del pueblo, balanceándose y silbando furiosamente. Fiala sabía lo peligrosos que eran aquellos animales cuando estaban excitados. Quizás debería huir… Pero no podía mover las piernas. De pronto, llegó a sus oídos el murmullo del agua… Y he aquí que la calle se había convertido en un río, en el río que corría junto a su antigua casa. Reconoció la maleza de sus riberas, los mejores lugares para pescar, bañarse y coger cangrejos. Pero ¿por qué quedaba tan lejos la otra orilla? Sin embargo, no había de qué admirarse. ¿Por qué no había de ser el Danubio más estrecho en la punta del Prater? ¡Y qué suaves aquellas pequeñas olas que llegaban hasta el umbral de la puerta! Pero su deleite duró poco. Una extraña plaga se había declarado entre los peces. Millares de carpas, sollos y peces aún mayores, flotaban panza arriba sobre el agua. Apestaban a demonios. Fiala, sinceramente compungido, empezó a rezar:

—Dios mío, si estoy aquí, es porque me lo han mandado. No porque desee nada para mí, no porque busque ninguna recompensa. Desde niño he ansiado poseer una casita; una casa que, de ser posible, tuviera girasoles en el jardín. No quisiste concedérmela. No he tenido ninguna alegría en la vida. ¿Por qué he de padecer tanto?

Fiala sabía que una oración fervorosa y oportuna servía de mucho. Había hecho bien en rezar. Porque ahora empezó a hacer su aparición la niebla, una niebla de otoño, espesa, cálida, que fue extinguiéndose por los desnudos campos, llegando hasta el portal y reconfortando así el alma del guardián al impedirle ver lo que lo rodeaba. Aislado en medio del invisible mundo de Dios, ahora podía esperar tranquilamente. Apoyado en su recia vara, procuraba mantenerse erguido. Ya no necesitaba nada más. Si hubiera sabido alguna canción, algún antiguo canto de Bohemia, los hubiera entonado. ¡Era tan agradable hallarse envuelto en la niebla, aspirar el aroma de la tierra húmeda y descansar en medio de aquel silencio! Sintió sueño. Cerró los ojos…

Pero no estaba así decretado. Alguien lo llamó. Oyó su nombre, o al menos creyó oírlo, pero se dio cuenta de que la palabra pronunciada no era Fiala, sino Tutelia. Tuvo un sobresalto, como si lo hubiesen sorprendido cometiendo un crimen. «¡A la orden!», gritó, haciendo un esfuerzo para abrir los ojos. El reloj había desaparecido del campanario, y a través del agujero redondo que quedaba en su lugar se veía el cielo rojizo. Llegaban de todas partes clamores de trompetas. Las maniobras habían terminado; se oían cada vez más cerca las pisadas de los soldados, el golpear de los cascos de los caballos. ¡Qué familiares le resultaban aquellos ruidos, qué alegres y solemnes al mismo tiempo, mientras avanzaban por la Mariahilfestrasse! Al frente, la policía montada; luego, los guardias de corps; entre ellos, la carroza real, con las ruedas y linternas doradas, arrastrada por corceles blancos. Los acordes del himno nacional y las banderas desplegadas al viento. A lo lejos se veían cimbrear los augustos penachos verdes. Fiala comprendió que la hora de su rendición se acercaba. Sólo había de avanzar un paso, adelantarse en el momento oportuno y gritar al primero de los oficiales que se acercaban:

—Sírvase dar parte: difunto.

Entonces lo guiarían hasta su lugar en la dorada comitiva.

Ya era hora. La niebla se había convertido ahora en un humo espeso, cuajado de llamas. Pero ¿quién obstruía el paso? La calle debía mantenerse despejada, debía quedar un espacio completamente libre entre él y el majestuoso ser que avanzaba en su dirección. La multitud lo cercaba, trataba de empujarlo nuevamente hacia el portal lleno de humo, de cuya guardia había sido ya relevado. Contempló el gentío que se abalanzaba sobre él…, y su alma se inflamó de cólera y desesperación. Cien Marías y quinientas Claras lo empujaban hacia la prisión de la que acababa de ser liberado. Las Marías lloraban e iban cargadas de coronas funerarias. Las Claras empujaban escobas que agitaban ante su rostro. Trataban de atarle las manos con bramantes de antes de la guerra. Toda la culpa la tenían aquellas viejas brujas. Siempre habían procurado tenerlo encerrado en la cocina, y ahora que le llegaba la hora del descanso lo perseguían llorando y maldiciendo, tratando de cerrarle el paso. Pero, ¡Dios sea loado!, su brazo había recobrado nuevamente las fuerzas y ahora blandía amenazadoramente su vara, en cuyo extremo relucía la empuñadura de metal.


Derrumbada en su silla, la señora Fiala contemplaba horrorizada el macabro espectáculo de aquella muerte que no acababa de llegar. Aquellos últimos días, la plañidera anciana tenía que ser arrastrada cada noche fuera de la habitación. Fiala había dejado de ser un «caso»; ya no despertaba el asombro de antes. Un corazón más fuerte que otros: eso era todo. Pocos hombres tenían la fortaleza de un caballo; pero, si el caso se daba, no había que calificarlo de milagro. La señora Fiala permanecía horas y horas inmóvil junto a aquel montón de podredumbre que yacía bajo las sábanas emitiendo sonidos entrecortados y revolcándose en sus propias inmundicias, ya que ahora nadie se preocupaba de lavarlo. La amarillenta cabeza del moribundo descansaba sobre la blanca almohada resaltando como el rostro majestuoso de un padre de la Iglesia. La anciana ya no reconocía el semblante de su esposo. De vez en cuando, el enfermo se estremecía, hacía algún movimiento, crispaba las manos o sacudía las piernas bajo las sábanas.

Llegó Clara y sermoneó a su hermana; debía volver a casa, ya que de nada servía que se estuviese allí sentada. La señora Fiala parecía petrificada. A cada instante aparecía Franzl en la puerta, con los ojos desorbitados, como si tuviera que hacer un esfuerzo para mirar a su padre. Clara elevó de pronto la voz a su acostumbrado tono chillón. Fiala abrió los ojos y contempló fijamente a las dos mujeres. Se incorporó en la cama y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, sacó las piernas de debajo de las sábanas y buscó apoyo en el suelo. Lanzó un ronco grito de triunfo y permaneció erguido unos segundos, como un gigantesco espectro, agitando los brazos en el aire, como si quisiera golpear a alguien. Avanzó un solo paso y cayó pesadamente, como un saco de huesos.


Aquí acaba la historia de la muerte de este humilde ciudadano, Karl Fiala. Como un buen corredor, llegó más allá de la meta y vivió dos días más de lo estipulado. Pues murió el siete de enero. La defunción fue inmediatamente certificada y los enfermeros se apresuraron a conducir el cadáver al lugar adecuado, como un montón de escombros largo tiempo abandonado.

La señora Fiala, no pudiendo ya contemplar por más tiempo el rostro demacrado de su esposo, creyó oportuno llorar una vez más junto al lecho vacío. Clara recordó que en una ocasión la mano del agonizante había buscado algo debajo de la almohada y ella había creído percibir un destello como de oro. Se dirigió disimuladamente hacia aquel lugar, haciendo ver que lloraba, y empezó a explorar bajo la almohada. Pero, de pronto, sintió que una garra de acero le asía la muñeca. Lanzó un chillido:

—¡Déjame, maldito idiota! ¿Crees que voy a robarte algo? ¡Mira, María!

Sin replicar, Franzl levantó la almohada y se metió en el bolsillo los dos objetos sin valor que encontró debajo de ella: las tapas de un calendario y un trocito de galón deshilachado de algún antiguo uniforme.

Una respuesta a “La muerte del pequeño burgués (Final)

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