Bouvard y Pécuchet. La novela (XII)

Gustave Flaubert






El padre Jeufroy no había interrumpido la defensa de los católicos.

—¿Acaso hicieron crucificar a sus protestantes, como lo hicieron con san Simeón, o devorar a un hombre por dos tigres, como le ocurrió a san Ignacio?
—Pero ¿cuentan para usted algo tantas mujeres separadas de sus maridos, de hijos arrebatados a sus madres? ¡Y los exilios de los pobres, a través de la nieve, en medio de unos precipicios! Se les amontonaba en las prisiones; apenas muertos, les arrastraban encima de una rejilla.

El padre dijo en tono sardónico:

—¡Permítame usted que lo dude! Sobre nuestros mártires hay menos incertidumbres. A santa Blandina la abandonaron desnuda en una red a merced de una vaca furiosa. Santa Julie murió a fuerza de golpes. A san Taraco, a san Probo y a san Andrónico les rompieron los dientes con un martillo, les desgarraron los costados con unos peines de hierro, les atravesaron las manos con unos clavos candentes, les arrancaron la piel del cráneo.
—Exagera usted —dijo Pécuchet—. ¡La muerte de los mártires era en aquellos tiempos una exageración retórica!
—¿Cómo que retórica?
—¡Pues sí! Mientras que yo, señor, lo que le cuento es lo que dice la Historia. ¡Los católicos, en Irlanda, evisceraron a unas mujeres embarazadas para arrebatarles a sus hijos!
—Eso nunca.
—¡Y entregarlos a los puercos!
—¡Vamos, hombre!
—¡En Bélgica, las enterraban vivas!
—¿Está de broma?
—¡Se conocen sus nombres!
—Aunque así fuese —objetó el sacerdote, sacudiendo con ira su paraguas—, no puede llamárseles mártires. No hay mártires fuera de la Iglesia.
—Un momento. Si el valor del mártir depende de la doctrina, ¿cómo puede servir este para demostrar su superioridad?

La lluvia se iba calmando; no despegaron de nuevo los labios hasta el pueblo.

Pero, en la entrada de la rectoría, el padre dijo:

—¡Le compadezco! ¡La verdad, le compadezco!

Pécuchet le contó seguidamente a Bouvard el altercado. Había despertado en él una animosidad anticlerical, y una hora después, sentado al amor de un fuego de sarmientos, leía El párroco Meslier.

Aquellas negaciones rotundas le impresionaron; luego, reprochándose el haber infravalorado tal vez a unos héroes, hojeó en la Biografía la historia de los mártires más ilustres.

¡Qué vocinglería del pueblo cuando entraban en la arena! Y si los leones y jaguares eran demasiado mansos, los incitaban a avanzar con gestos y voces. Se les veía totalmente cubiertos de sangre, sonreír de pie, la mirada vuelta hacia el cielo; santa Perpetua se recogió de nuevo el cabello despeinado para no parecer afligida. Pécuchet se puso a reflexionar. La ventana estaba abierta, hacía una noche serena, muchas estrellas brillaban. ¡En su alma debían de ocurrir cosas de las que no tenemos ya idea, una alegría, un espasmo divino! Y Pécuchet, a fuerza de soñar con ello, dijo que lo comprendía, que hubiera hecho como ellos.

—¿Tú?
—Por supuesto.
—¡No bromees! ¿Crees, sí o no?
—No lo sé.

Encendió una vela; luego sus ojos fueron a posarse sobre el crucifijo de la alcoba:

—¡Cuántos miserables han recurrido a él! —Y, tras un silencio, agregó—: ¡Ha sido desnaturalizado! ¡Es culpa de Roma: la política del Vaticano!

Pero Bouvard admiraba a la Iglesia por su magnificencia, y habría deseado ser cardenal en la Edad Media.

—Hubiera tenido buen aspecto de purpurado, ¿no crees?

La gorra de Pécuchet puesta ante las brasas no estaba seca aún. Al estirarla, notó algo en el forro y cayó una medalla de san José. Se sintieron turbados, pues el hecho les parecía inexplicable.

La señora de Noaris quiso saber de Pécuchet si no había experimentado como un cambio, una felicidad, y con sus preguntas se delató. En una ocasión, mientras jugaba al billar, ella le había cosido la medalla en su gorra.

Era evidente que lo amaba; habrían podido casarse; ella era viuda y él no sospechó ese amor, que quizá hubiera sido la felicidad de su vida.

Aunque se mostraba más religioso que el señor Bouvard, ella lo había encomendado a san José, cuyo auxilio es excelente para las conversiones.

Nadie conocía como ella todos los rosarios y las indulgencias que se ganan, el efecto de las reliquias, los privilegios de las aguas sagradas. Su reloj estaba fijado a una cadenilla que había tocado las cadenas de san Pedro. Entre sus dijecillos lucía una perla de oro, a imitación de la que se guarda en la iglesia de Allouagne, que contiene una lágrima de Nuestro Señor; un anillo en su dedo meñique encerraba unos cabellos del cura de Ars y, como ella cogía simples para los enfermos, su habitación se parecía a una sacristía y a una oficina de botica.

Pasaba el tiempo escribiendo cartas, haciendo visitas a los pobres, disolviendo concubinatos, repartiendo estampitas del Sagrado Corazón. Un monseñor tenía que mandarle «pasta de mártires», mezcla de cera pascual y de polvo humano recogido de las catacumbas, y que se empleaba para casos desesperados en emplastos o en píldoras. Le prometió una poca a Pécuchet.

Él pareció disgustado por semejante materialismo.

Por la noche, un criado del castillo le trajo un cuévano lleno de opúsculos, en los que se citaban unas palabras piadosas del gran Napoleón, frases ingeniosas de párrocos dichas en las posadas, muertes espantosas acaecidas a los ateos. La señora de Noaris se sabía todo aquello de memoria, así como una infinidad de milagros.

Algunos de los que contaba eran estúpidos, milagros sin objeto, como si Dios los hubiera hecho para dejar patidifusos a los hombres. Su propia abuela había metido en un armario doce ciruelas cubiertas con un paño y, al abrir el armario un año después, se vieron trece sobre el mantel, en forma de cruz. «¡Qué me dice!». Eran las palabras con las que terminaba siempre sus historias, que ella sostenía con la terquedad de una mula, pese a ser una buena mujer y de un humor jovial.

En cierta ocasión, sin embargo, «se salió de sus casillas». Bouvard le discutía el milagro de Pezilla: una compotera donde habían escondido unas hostias durante la Revolución se doró por sí sola.

—Tal vez tenía en el fondo un poco del color amarillo causado por la humedad.
—¡No! ¡Le repito que no! El dorado tuvo por causa el contacto con la Eucaristía.

Y ella adujo como prueba la certificación de los obispos.

—Ellos dicen que es como un escudo, un… un paladión en la diócesis de Perpiñán. ¡Mejor que se lo pregunte al padre Jeufroy!

Bouvard no pudo contenerse más, y, tras haber repasado su Louis Hervieu, se llevó con él a Pécuchet.

El eclesiástico estaba terminando de comer. Reine les ofreció unas sillas, y, a un gesto suyo, fue a buscar dos copas que llenó de rosolio.

Tras lo cual, Bouvard expuso el motivo de su visita.

El padre no respondió con franqueza:

—Todo es posible para Dios, y los milagros son una prueba de la religión.
—Sin embargo, hay leyes.
—Esto no tiene importancia. Él las desbarata para instruir, para corregir.
—¿Cómo sabe usted que las desbarata? —replicó Bouvard—. Mientras la Naturaleza sigue su curso normal, nadie hace caso; pero, en un fenómeno extraordinario, vemos la mano de Dios.
—Es posible —dijo el eclesiástico—, y cuando un acontecimiento se ve certificado por unos testigos…
—¡Los testigos tienen muchas tragaderas, pues hay falsos milagros!

El sacerdote se puso colorado:

—Sin duda… a veces.
—¿Cómo distinguirlos de los verdaderos? Y si los verdaderos, a los que se da el valor de pruebas, también necesitan ser probados, ¿por qué hacerlos?

Intervino Reine, y, en el tono de predicador de su amo, dijo que había que obedecer.

—¡La vida es un tránsito, pero la muerte es eterna!
—En pocas palabras —añadió Bouvard mandándose al coleto el rosolio—, los milagros de otros tiempos no han sido mejor demostrados que los actuales; razones análogas se argumentan en defensa tanto de los de los cristianos como de los de los paganos.

El párroco tiró el tenedor sobre la mesa.

—¡Ésos eran falsos, lo repito una vez más! ¡No hay milagros fuera de la Iglesia!

«Vaya —se dijo Pécuchet—, el mismo argumento que para los mártires: la doctrina se apoya en los hechos y los hechos en la doctrina.»

El padre Jeufroy, tras haberse tomado un vaso de agua, prosiguió:

—El negarlos es ya una forma de creer en ellos. ¡El mundo convertido por doce pescadores creo que sí es un buen milagro!
—¡En absoluto!

Pécuchet se lo explicaba de otro modo.

—El monoteísmo viene de los judíos, la Trinidad de los indios; el Logos está en Platón, la Virgen Madre en Asia.

¡Nada que hacer! El padre Jeufroy se aferraba a lo sobrenatural, no quería que el cristianismo pudiera tener humanamente la menor razón de ser, por más que en todos los pueblos encontrara antecedentes o deformaciones. Habría tolerado la irreligiosidad burlona del siglo XVIII; pero la crítica moderna, con su cortesía, le exasperaba.

—¡Prefiero el ateo blasfemo al escéptico que ergotiza!

Luego les miró con un aire de desafío, como para despedirlos.

Pécuchet regresó a casa melancólico. Había esperado el acuerdo de la Fe y de la Razón.

Bouvard le hizo leer este párrafo de Louis Hervieu:

Para conocer el abismo que las separa, oponed sus axiomas:
«La Razón os dice: El todo encierra la parte, y la Fe os responde por medio de la Consubstanciación. Jesús comulgando con sus apóstoles tenía su cuerpo en su mano y su cabeza en su boca».
«La Razón os dice: No se es responsable del crimen ajeno, y la Fe os responde por medio del pecado original.»
«La Razón os dice: Tres son tres, y la fe declara: Tres es uno.»

No frecuentaron más al padre.

Era la época de la guerra de Italia.

La gente honrada temblaba por el Papa. Se tronaba contra Víctor Manuel. La señora de Noaris llegaba hasta el punto de desear su muerte.

Bouvard y Pécuchet no protestaban sino tímidamente. Cuando la puerta del salón se abría delante de ellos y al pasar se reflejaban en los altos espejos, mientras que por las ventanas se percibían las alamedas en las que destacaba, contra el verde, el chaleco encarnado de un criado, experimentaban un cierto placer; y el lujo del ambiente les volvía indulgentes con todo cuanto se decía.

El conde les prestó todas las obras de De Maistre. Exponía sus principios ante un círculo de íntimos: Hurel, el párroco, el juez de paz, el notario y el barón, su futuro yerno, que venía de tiempo en tiempo para pasar veinticuatro horas en el castillo.

—¡Lo que hay de abominable —decía el conde— es el espíritu del ochenta y nueve! En primer lugar, se discute a Dios; a continuación, se discute al Gobierno; luego llega la libertad. Libertad para el insulto, la rebelión, los placeres, o más bien el saqueo, de tal modo que la religión y el poder deben proscribir a los independientes, los herejes. Todos clamarán sin duda contra la persecución, como si los verdugos persiguieran a los criminales. Resumiendo: ¡no hay Estado sin Dios! ¡Puesto que la ley solo puede ser respetada si viene de arriba, y ahora no se trata de los italianos, sino de saber quién vencerá, si la Revolución o el Papa, Satanás o Jesucristo!

El padre Jeufroy aprobaba mediante monosílabos, Hurel con una sonrisa, el juez de paz cabeceando. Bouvard y Pécuchet miraban al techo; la señora de Noaris, la condesa y Yolande trabajaban en pro de los pobres, y el señor de Mahurot, cerca de su prometida, hojeaba el periódico.

Luego había silencios, en los que cada uno parecía sumido en la búsqueda de un problema. Napoleón III no era ya un salvador, e incluso daba un ejemplo deplorable dejando en las Tullerías que los albañiles trabajaran el domingo.

—No debería permitirse. —Era la frase habitual del señor conde.

Economía social, bellas artes, literatura, historia, doctrinas científicas, decidía acerca de todo, en su calidad de cristiano y de padre de familia, ¡y plugo a Dios que el Gobierno, a este respecto, tuviese el mismo rigor que él desplegaba en su casa! El poder es el único juez acerca de los peligros de la ciencia; si se difunde con demasiada largueza, puede inspirar al pueblo ambiciones funestas. Era bastante más feliz, ese pobre pueblo, cuando los señores y los obispos atemperaban el absolutismo monárquico. Los industriales ahora se aprovechan de él. ¡Acabará por caer en la esclavitud!

Y todos añoraban el antiguo régimen, Hurel por bajeza, Coulon por ignorancia, Marescot por sentido artístico.

Bouvard, una vez en su casa, se enfrascaba de nuevo en La Mettrie, D’Holbach, etcétera; y Pécuchet se apartó de una religión que se había convertido en un medio de gobierno. El señor de Mahurot había comulgado para seducir mejor a «esas damas», y si era practicante era a causa de los criados.

Matemático y músico aficionado, intérprete de valses al piano y admirador de Toepffer, se distinguía por un escepticismo de buen gusto. Lo que se cuenta de los abusos feudales, de la Inquisición o de los jesuitas, son prejuicios; y exaltaba el Progreso, aunque despreciaba todo cuanto no era noble o salido de la Escuela Politécnica.

También el padre Jeufroy les disgustaba. Creía en los sortilegios, bromeaba sobre los ídolos, afirmaba que todos los idiomas derivan del hebreo; su retórica no conocía la sorpresa; invariablemente, sacaba a relucir el ciervo acorralado, la miel y el ajenjo, el oro y el plomo, perfumes, urnas, y el alma cristiana comparada con el soldado que debe decir frente al pecado: «¡No pasarás!».

Para ahorrarse sus peroratas, ellos llegaban al castillo lo más tarde posible.

Un día, sin embargo, se lo encontraron allí.

Hacía una hora que esperaba a sus dos alumnos. De pronto entró la señora de Noaris.

—La niña ha desaparecido. He traído a Victor. ¡Ah, desgraciado!

Le había encontrado en un bolsillo un dedal de plata que ella había perdido tres días antes; luego, sofocada por los hipos, dijo:

—¡Y eso no es todo, eso no es todo! ¡Mientras le echaba una reprimenda, me ha enseñado el trasero! —Y, antes de que el conde y la condesa pudieran decir nada, añadió—: ¡Por lo demás, es culpa mía, perdónenme!

Les había callado que los dos huérfanos eran los hijos de Touache, en esos momentos en prisión.

¿Qué hacer?

Si el conde los echaba, estaban perdidos, y su gesto caritativo parecería un capricho.

El padre Jeufroy no se extrañó. Siendo el hombre corrupto por naturaleza, hay que castigarlo para que mejore.

Bouvard protestó. Era preferible la dulzura.

Pero el conde, una vez más, se extendió sobre la mano de hierro indispensable tanto para los hijos como para los pueblos. Esos dos estaban llenos de vicios; la chiquilla era mentirosa, el rapaz, brutal. Ese robo, después de todo, se les disculparía; la insolencia, jamás, pues la educación debía ser la escuela del respeto.

Así pues, Sorel, el guardamonte, le daría inmediatamente al muchacho una buena azotaina.

El señor de Mahurot, que tenía algo que decirle, se encargó de la tarea. Cogió una escopeta de la antesala y llamó a Victor, que se había quedado en medio del patio, con la cabeza gacha:

—Sígueme —le dijo el barón.

Como el camino para ir a casa del guarda se desviaba un poco de Chavignolles, el padre Jeufroy, Bouvard y Pécuchet le acompañaron.

A cien pasos del castillo, les rogó que guardaran silencio mientras bordeaban el bosque.

El terreno descendía hasta la orilla del río, donde se alzaban unos paredones rocosos, que parecían láminas doradas a los rayos del sol poniente. Enfrente, el verde de las colinas recubríase de sombra. Soplaba un aire vivo.

Unos conejos surgieron de sus madrigueras y se pusieron a comer hierba en el prado.

Salió un disparo, luego un segundo y otro, y los conejos daban saltos en su precipitada huida. Victor se les arrojaba encima para atraparlos y jadeaba, empapado de sudor.

—¡Bien que vas a poner tus harapos! —dijo el barón.

Su blusón, hecho jirones, estaba manchado de sangre.

La vista de la sangre repugnaba a Bouvard. No admitía que esta pudiera derramarse.

El padre Jeufroy prosiguió:

—¡A veces las circunstancias la exigen! Si no es el culpable el que derrama la suya, ha de ser la de otro, verdad que nos enseña la Redención.

Según Bouvard, esta no había servido de nada, al estar condenados casi todos los hombres, pese al sacrificio de Nuestro Señor.

—Pero diariamente lo renueva en la Eucaristía.
—Y el milagro —dijo Pécuchet— se hace con palabras, sea cual sea la indignidad del sacerdote.
—Ahí está el misterio, caballero.

Sin embargo, Victor clavaba sus ojos en la escopeta, trataba incluso de tocarla.

—¡Quietas esas zarpas!

Y el señor de Mahurot tomó un sendero boscoso.

El eclesiástico tenía a Pécuchet a un lado, a Bouvard del otro, y le dijo:

—Cuidado, ya sabe: Debetur pueris

Bouvard le aseguró que él se humillaba ante el Creador, pero que sentía indignación por el hecho de que se le hubiera convertido en hombre. Se teme su venganza, y se trabaja por su gloria, reúne todas las virtudes, un brazo, un ojo, una política, una casa. «Padre Nuestro que estás en los Cielos», ¿qué quiere decir esto?

Y Pécuchet añadió:

—El mundo se ha agrandado, la Tierra ya no constituye su centro. Recorre su órbita en medio de una multitud infinita de planetas semejantes. Muchos la sobrepasan en tamaño, y la pequeñez de nuestro globo demuestra que Dios tiene un ideal más sublime.

Así pues, la Religión debía cambiar. El Paraíso es algo infantil con sus bienaventurados siempre contemplando, siempre cantando y que miran desde las alturas los tormentos de los condenados. ¡Cuando uno piensa que el cristianismo tiene por base una manzana!

El párroco se molestó.

—Niegue la Revelación, será más sencillo.
—¿Cómo quiere que Dios haya hablado? —preguntó Bouvard.
—¡Demuestre que no lo hizo! —decía Jeufroy.
—Se lo repito por enésima vez, ¿quién lo afirma?
—¡La Iglesia!
—¡Bonito testimonio!

La discusión aburría al señor de Mahurot, y mientras seguían caminando dijo:

—¡Hagan caso al párroco! ¡Sabe más que ustedes!

Bouvard y Pécuchet se hicieron unas señas para tomar por otro camino, luego, en la Croix-Verte, dijeron:

—¡Buenas tardes!
—¡Servidor de ustedes! —dijo el barón.

Le contarían todo ello al señor de Faverges, y quizá siguiese una ruptura. ¡Qué se iba a hacer! Se sentían despreciados por esos nobles. No les invitaban nunca a comer, y estaban hartos de la señora de Noaris, con sus quejas continuas.

Sin embargo, no podían quedarse con el libro de De Maistre, y quince días después volvieron al castillo, creyendo que no serían recibidos.

Pero lo fueron.

Toda la familia se encontraba en el saloncito, Hurel incluido, y, cosa rara, también Foureau.

El correctivo no había corregido en absoluto a Victor. Este se negaba a aprenderse el catecismo, y Victorine decía palabrotas. En resumidas cuentas, el muchacho iría al reformatorio, la niña a un convento. Foureau se había ocupado de las gestiones, y ya se iba cuando le llamó la condesa.

Se esperaba al señor Jeufroy para fijar juntos la fecha de la boda, que se celebraría en el Ayuntamiento antes de pasar por la vicaría, a fin de mostrar que despreciaban el matrimonio civil.

Foureau trató de defenderlo. El conde y Hurel lo atacaron. ¿Qué era un acto municipal frente a un sacramento? Y el barón no se hubiese creído casado de haberlo sido únicamente delante de una banda tricolor.

—¡Muy bien dicho! —dijo el padre Jeufroy, que entraba en ese preciso momento—. Habiendo sido establecido el matrimonio por Jesús…

Pécuchet le paró los pies:

—¿En qué evangelio? En tiempos de los apóstoles se lo tenía en tan poca consideración que Tertuliano lo compara con el adulterio.
—¡Ah! ¡Lo que faltaba!
—¡Pues sí! ¡Y no es un sacramento! Un sacramento requiere un signo. ¡Dígame cuál es el signo en el matrimonio!

Por más que el párroco respondió que simbolizaba la alianza de Dios con la Iglesia, añadió:

—¡No comprenden ustedes nada del cristianismo! Y la ley…
—Conserva su impronta —dijo el señor de Faverges—; ¡sin el cristianismo, estaría permitida la poligamia!

Una voz replicó:

—¿Qué tiene de malo?

Era Bouvard, medio oculto por una cortina.

—¡Se puede tener varias esposas, como los patriarcas, los mormones, los musulmanes, y a pesar de ello ser un hombre honrado!
—¡Jamás! —exclamó el sacerdote—, la honestidad consiste en hacer lo que es debido. Hemos de honrar a Dios. Pues bien, ¡no es cristiano quien no es honesto!
—Como cualquier otro —dijo Bouvard.

El conde, creyendo ver en esta réplica un ataque contra la religión, la ensalzó. Había liberado a los esclavos.

Bouvard citó algunas pruebas en contrario.

—San Pablo les recomienda obedecer tanto a sus amos como a Jesús. San Ambrosio llama a la servidumbre un don de Dios. El Levítico, el Éxodo y los concilios la sancionaron. Bossuet la clasifica entre el derecho de gentes. Y monseñor Bouvier la aprueba.

El conde objetó que el cristianismo, cuando menos, había desarrollado la civilización.

—Y la pereza, al hacer de la pobreza una virtud.
—Pero, caballero, ¿y la moral del Evangelio?
—¡Eh, eh, de moral no mucha! A los obreros de la última hora se les paga igual que a los de la primera. Se da al que tiene, y se quita al que no tiene. En cuanto al precepto de no devolver las bofetadas que se reciben y de dejarse robar, da aliento a los audaces, a los cobardes y a los malhechores.

El escándalo se redobló cuando Pécuchet declaró que casi prefería el budismo.

El cura rompió a reír:

—¡Ja, ja, ja, el budismo!

La señora de Noaris levantó los brazos:

—¡El budismo!
—¿Cómo… que el budismo? —repetía el conde.
—¿Acaso lo conoce? —preguntó Pécuchet al padre Jeufroy, que se embrollaba—. Pues bien, ¡sépalo!, mejor que el cristianismo, y antes que él, reconoció la futilidad de las cosas terrenas. Sus prácticas son austeras, y sus fieles más numerosos que todos los cristianos juntos y, en cuanto a la encarnación, ¡Visnú no se encarnó una vez, sino nueve! ¡Así que juzguen ustedes!
—Patrañas de viajeros —dijo la señora de Noaris.
—Defendidas por los francmasones —añadió el párroco.

Y todos hablaban a la vez:

—¡Vamos, hombre, continúe!
—¡Muy bonito eso!
—A mí me parece gracioso.
—No es posible.

Hasta el punto de que Pécuchet, exasperado, declaró ¡que se haría budista!

—¡Ofende usted a unas señoras cristianas! —dijo el barón.

La señora de Noaris se arrellanó en un sillón. La condesa y Yolande guardaban silencio. El conde revolvía los ojos. Hurel esperaba órdenes. El padre, para dominarse, leía su breviario.

El ver esto apaciguó al señor de Faverges, y, mirando atentamente a los dos hombres, dijo:

—Antes de criticar el Evangelio, y cuando tiene uno manchas en su propia vida, hay ciertas reparaciones…
—¿Reparaciones?
—¿Manchas?
—¡Basta ya, señores! ¡Deben ustedes comprenderme!

Luego dirigiéndose a Foureau, añadió:

—¡Sorel está avisado! ¡Váyanse!

Y Bouvard y Pécuchet se retiraron sin saludar.

Al final de la avenida, los tres desfogaron su resentimiento:

—Me tratan como a un criado —gruñía Foureau, y como los otros le daban la razón, sentía simpatía por ellos, no obstante el recuerdo de las hemorroides.

Unos peones camineros estaban trabajando en el campo. Se acercó el hombre que los mandaba, era Gorgu. Se puso a charlar con ellos. Vigilaba el empedrado de la carretera, votado en 1848, y debía aquel puesto al señor de Mahurot, el ingeniero.

—¡El que ha de casarse con la señorita de Faverges! Vienen de allí, ¿no?
—¡Por última vez! —dijo brutalmente Pécuchet.

Gorgu puso cara de cándido.

—¿Desavenencias? ¡Vaya! ¡Vaya!

Y si hubieran podido ver su cara cuando se dieron media vuelta, habrían comprendido que adivinaba la causa.

Algo más lejos se detuvieron delante de un recinto cerrado con un encañado, con perreras y una casita de tejas rojas.

Victorine estaba en el umbral. Resonaron unos ladridos. Apareció la mujer del guarda.

Como conocía el motivo de la venida del alcalde, llamó a Victor.

Estaba ya todo listo, y sus pertenencias en dos hatos prendidos con unos alfileres.

—¡Buen viaje! —les dijo ella—, estoy encantada de quitarme de encima a esos dos pequeños canallas.

¿Acaso era culpa suya si tenían un padre que era un presidiario? Por el contrario, ellos parecían muy pacíficos, no se inquietaban siquiera por el lugar al que los llevaban.

Bouvard y Pécuchet los miraban caminar delante de ellos.

Victorine tatareaba unas palabras incomprensibles, con su pañuelo al brazo, como una modista que lleva una caja de cartón. De vez en cuando se volvía, y Pécuchet, ante sus rizos rubios y su agraciada figura, lamentaba no haber tenido una hija así. Criada en otras condiciones, habría sido más tarde encantadora. ¡Qué felicidad verla crecer, oír cada día su gorjeo de pajarillo, besarla cada vez que tuviera ganas de hacerlo!; y le embargó la ternura, que, subiéndole del corazón a los labios, le humedeció los ojos, y le hacía respirar con cierto ahogo.

Victor, como un soldado, se había echado su hato a la espalda. Silbaba, lanzaba piedras a las cornejas en los surcos, iba a cortar unas ramitas debajo de los árboles. Foureau le llamó; y Bouvard, reteniéndole de la mano, disfrutaba de sentir en la suya aquellos dedos de niño robustos y vigorosos. ¡El pobre diablillo no pedía sino desarrollarse libremente, como una flor al aire libre! ¡Y se consumiría, en cambio, entre cuatro paredes, con clases, castigos, un montón de tonterías! Bouvard, movido por la compasión, se sublevó de indignación contra el destino, tuvo uno de esos momentos de rabia en los que se querría derribar un gobierno.

—¡Corre! —dijo—, ¡diviértete!, ¡disfruta mientras puedas!

El chaval se escapó.

Su hermana y él pasarían la noche en la posada, y, al amanecer, el enviado de Falaise recogería a Victor para llevarlo al reformatorio de Beaubourg; una religiosa del orfelinato de Grand-Camp haría lo propio con Victorine.

Tras haber dado estos detalles, Foureau se sumió de nuevo en sus pensamientos. Pero Bouvard quiso saber cuánto podía costar el mantenimiento de los dos chavales.

—¡Bah!… ¡Quizá unos trescientos francos! ¡El conde me ha entregado veinticinco para los primeros desembolsos! ¡Menudo tacaño!

Y, resentido por el desprecio que aquél sentía por su banda, Foureau apretó el paso, en silencio.

Bouvard murmuró:

—Me dan pena. ¡De buena gana me encargaría yo de ellos!
—También yo —dijo Pécuchet, que había tenido la misma idea.

¿Existían sin duda impedimentos?

—¡Ninguno! —replicó Foureau.

Por otra parte, como alcalde, tenía el derecho a confiar a quien le pareciera los niños abandonados. Y, tras un largo momento de duda, dijo:

—¡Pues bien, sí! ¡Cójanlos! Eso hará que se pique.

Bouvard y Pécuchet se los llevaron.

Al regresar a su casa, encontraron al pie de la escalinata, bajo la madona, a Marcel arrodillado, rezando fervorosamente. Con la cabeza echada hacia atrás, los ojos entornados, y sacando su labio leporino, tenía trazas de faquir extasiado.

—¡Vaya tío bestia! —dijo Bouvard.
—¿Por qué? Quizá está viendo cosas que le envidiarías si pudieras verlas tú. ¿No hay dos mundos completamente distintos? El objeto de un razonamiento tiene menos valor que la manera de razonar. ¡Qué importa lo que uno cree! Lo principal es creer.

Tales fueron, ante la observación de Bouvard, las objeciones de Pécuchet.

(Continuará…)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (XII)

  1. Pingback: Bouvard y Pécuchet. La novela (XI) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .