Bouvard y Pécuchet. La novela (IX)

Gustave Flaubert




8

Satisfechos de su régimen, quisieron mejorar su temperamento con la gimnasia.

Y tomando el manual de Amorós, consultaron las tablas.

Todos aquellos muchachos, en cuclillas, tumbados, de pie, doblando las piernas, abriendo los brazos, enseñando el puño, levantando pesas, cabalgando potros, trepando por unas escalas, haciendo cabriolas en unos trapecios, un tal despliegue de fuerza y de agilidad provocó su envidia.

Sin embargo, las maravillas de la gimnasia que se describían en el prólogo no dejaron de apenarles. Pues ellos nunca iban a poder conseguirse un pabellón para los equipos, un hipódromo para las carreras, una piscina para la natación, ni una «montaña de la gloria», colina artificial, que tenía treinta y dos metros de altura.

Un potro de madera con relleno hubiera sido todo un dispendio, por lo que renunciaron a él; el tilo cortado en el huerto les sirvió de palo horizontal; y cuando consiguieron recorrerlo de un extremo a otro con habilidad, para disponer también de una barra vertical, plantaron de nuevo una de las viguetas de las contraespalderas. Pécuchet trepó hasta lo alto. Bouvard se resbalaba, volvía a caer siempre, hasta que finalmente desistió.

Le gustaron más los «bastones ortosomáticos», es decir, dos mangos de escoba atados mediante dos cuerdas, la primera de las cuales se pasa por debajo de las axilas, la segunda se enrolla en las muñecas; y durante horas, llevaba puesto aquel aparato, con el mentón alzado, sacando pecho y los codos pegados al cuerpo.

A falta de pesas, el carretero torneó cuatro trozos de fresno, que parecían unos panes de azúcar rematados en un cuello de botella. Hay que hacer pasar estas porras a derecha, a izquierda, hacia delante y hacia atrás; pero al ser demasiado pesadas, se les escapaban de los dedos, a riesgo de machacarles las piernas. No importa, se obcecaron con las «mazas persas» e incluso, temiendo romperlas, las frotaban todas las noches con cera y un trapo.

A continuación buscaron unos hoyos. Cuando encontraban uno apropiado, apoyaban en medio una larga pértiga y, lanzándose con el pie izquierdo, alcanzaban el otro borde, para luego volver a empezar. Siendo la campiña llana, se les veía de lejos; y los aldeanos se preguntaban qué eran aquellas dos cosas fuera de lo común que daban saltos en el horizonte.

Con la llegada del otoño se pusieron a hacer gimnasia de salón; les aburrió. ¡Cómo hubieran deseado tener un trémoussoir, un sillón que imitaba los movimientos de una silla de posta, ideado en el reinado de Luis XIV por el abate de Saint-Pierre. ¿Cómo estaba construido? ¿Dónde informarse? Dumouchel no se dignó siquiera a responderles.

Entonces instalaron en el cuarto del horno un columpio braquial. Sobre dos poleas atornilladas en el techo se pasaba una cuerda que sostenía un travesaño en cada extremo. Apenas la habían cogido, uno daba un empujón con la punta de los pies, el otro bajaba los brazos hasta el suelo; el primero, con su peso, atraía al segundo, que, tras aflojar un poco la cuerda, se alzaba a su vez; en menos de cinco minutos chorreaban de sudor.

Para seguir las instrucciones del manual, intentaron convertirse en ambidextros, hasta el punto de privarse de la mano derecha temporalmente. Pero no fue esto todo: Amorós indica los versos que hay que canturrear durante los ejercicios, y Bouvard y Pécuchet, mientras caminaban, repetían el himno n.º 9: «Un rey, un rey justo es un bien sobre la Tierra». Y cuando se daban golpes de pecho: «Amigos, la corona y la gloria», etcétera. A paso de carrera entonaban:

¡Que nos echen el galgo que se quiera!
¡Alcanzamos al ciervo a la carrera!
¡Sí! ¡Venceremos corriendo como gamos!
¡Corramos!, ¡corramos!, ¡corramos!

Y, más jadeantes que unos perros, se animaban al ruido de sus voces.

Había un aspecto de la gimnasia que los exaltaba: era su empleo como medio de salvamento.

Pero hubieran hecho falta unos niños para aprender a llevarlos en unos sacos, y le pidieron al maestro de escuela que les proporcionara algunos. Petit objetó que las familias se molestarían. Rebajaron sus pretensiones al auxilio de los heridos. Uno fingía haberse desmayado, y el otro lo cargaba en una carretilla, con todo tipo de precauciones.

En cuanto a los asaltos militares, el autor preconiza la escala de Bois-Rosé, así llamada por el capitán que tomó por sorpresa Fécamp, en otro tiempo, escalando el acantilado.

Ateniéndose a la ilustración del libro, insertaron unos palos en un cordaje y lo amarraron al pie del cobertizo.

Una vez montado en el primer barrote, y cogido al tercero, se echan las piernas hacia fuera, para que el segundo, que antes se tenía contra el pecho, se encuentre justo debajo de los muslos. Tras enderezarse, se coge el cuarto y se continúa. Pese a sus asombrosos quiebros de cadera, no les fue posible alcanzar el segundo peldaño.

¿Acaso resultaba más fácil agarrándose a las piedras con las manos, como hicieron los soldados de Bonaparte al atacar Fort-Chambray?

A fin de entrenarse para tales empresas, Amorós tiene una torre en su establecimiento.

El muro en ruinas podía hacer las veces de torre. Intentaron el asalto.

Pero Bouvard, tras haber retirado demasiado rápido su pie de un agujero, tuvo miedo y le entró vértigo.

Pécuchet le echó la culpa al método; habían descuidado lo que se refiere a las falanges, y por tanto tenían que volver a empezar.

Sus exhortaciones fueron inútiles; y en su presunción se decidió por los zancos.

Parecía predestinado por la naturaleza para ellos, pues enseguida utilizó el modelo más grande, con los palos de cuatro pies de altura; y, en equilibrio allí encima, recorría a paso largo el huerto, semejante a una gigantesca cigüeña de paseo.

Bouvard, en la ventana, le vio titubear y luego caerse cuán largo era sobre las judías, cuyas ramas, al romperse, amortiguaron su caída. Le recogieron cubierto de mantillo, con las ventanillas de la nariz sangrando, lívido, y él creía que le había salido una hernia.

Decididamente, la gimnasia no era adecuada para hombres de su edad, por lo que la dejaron, no atreviéndose ya a moverse por temor a sufrir un accidente, y se quedaban todo el santo día sentados en el museo soñando con otras ocupaciones.

Este cambio de hábitos influyó en la salud de Bouvard. Ganó peso, resoplaba tras las comidas como un cachalote, quiso adelgazar, comió menos, y se debilitó.

También Pécuchet se sentía «minado», tenía picores en la piel, y ronchas en la garganta.

—Eso no pinta nada bien, pero nada.

Bouvard pensó en ir a comprar a la posada unas botellas de vino español para entonarse el cuerpo.

Cuando salía de allí, el pasante de Marescot y tres hombres le traían a Beljambe una gran mesa de nogal; el «señor notario» se lo agradecía mucho. Había funcionado a la perfección.

Fue así como Bouvard tuvo conocimiento de la nueva moda de las mesas giratorias. Bromeó sobre ello con el pasante.

Pero ya en toda Europa, en América, en Australia y en las Indias, millones de mortales se pasaban la vida haciendo girar mesas, y descubrían la manera de convertir en profetas a los canarios, de dar conciertos sin instrumentos, de comunicarse por medio de unos caracoles. La prensa, al dar un tratamiento serio a esas patrañas, había reafirmado en su credulidad al público.

Los espíritus que daban golpes habían llegado al castillo de Faverges, desde donde se habían diseminado por el pueblo, y el notario era el más asiduo en interrogarles.

Ofendido por el escepticismo de Bouvard, invitó a los dos amigos a una velada de mesas giratorias.

¿Era acaso una trampa? Asistiría también la señora Bordin. Fue solo Pécuchet.

Había, en calidad de público, el alcalde, el recaudador de impuestos, el capitán, otros burgueses con sus mujeres, la señora Vaucorbeil y, efectivamente, la señora Bordin; además, una ex profesora de la señora Marescot, la señorita Laverrière, persona ligeramente bisoja con los cabellos grises que le caían en espirales sobre los hombros, a la moda de 1830. En un sillón había un primo de París, que llevaba un frac azul y tenía un aire impertinente.

Las dos lámparas de bronce, los anaqueles de cachivaches, unas romanzas ilustradas sobre el piano, y unas acuarelas minúsculas en unos marcos exorbitantes causaban siempre el asombro de Chavignolles. Pero aquella tarde los ojos convergían todos hacia la mesa de caoba. La pondrían a prueba al cabo de un rato, y se le daba la importancia que se da a las cosas que encierran un misterio.

Doce invitados tomaron asiento en torno a ella, con las manos extendidas para tocarse con los meñiques. Solo se oía el tictac del reloj de pared. Los rostros denotaban una profunda atención.

Al cabo de diez minutos, varios se quejaban de hormigueos en los brazos. Pécuchet estaba incómodo.

—Hace usted fuerza —dijo el capitán a Foureau.
—¡En absoluto!
—¡Yo le digo que sí!
—¡Bueno, caballero!

El notario los calmó.

A fuerza de aguzar el oído, creyeron oír unos crujidos en la madera. ¡Pura ilusión! No se movía nada.

El otro día, cuando los Aubert y los Lormeau habían venido de Lisieux, y pidieron prestada expresamente la mesa de Beljambe, ¡todo había funcionado! ¡Pero aquella noche mostraba tal obstinación!… ¿Por qué?

Sin duda le molestaba la alfombra; y pasaron al comedor.

El mueble elegido fue un ancho velador en el que se instalaron Pécuchet, Girbal, la señora Marescot y su primo, el señor Alfred.

El velador, que tenía ruedecillas, se deslizó hacia la derecha; los operadores, sin desplazar los dedos, secundaron el movimiento, y aquél por sí solo dio dos vueltas más. Se quedaron estupefactos.

Entonces el señor Alfred articuló en voz alta:

—Espíritu, ¿qué te parece mi prima?

El velador, oscilando con lentitud, hizo oír nueve golpes.

Según un sistema en clave que traducía en letras el número de golpes, ello significaba «encantadora». Estallaron en aplausos.

Luego Marescot, para pinchar a la señora Bordin, ordenó al espíritu que dijera su edad exacta.

El pie de la mesa golpeó cinco veces.

—Pero ¡cómo que cinco años! —replicó Girbal.
—Las decenas no cuentan —repuso Foureau.

La viuda sonrió, ofendida en lo más vivo.

Las respuestas a las otras preguntas no llegaron, de tan complicado como era el alfabeto. Funcionaba mejor la tablilla, sistema rápido del que se servía la propia señorita Laverrière para anotar en su álbum las comunicaciones directas con Luis XII, Clémence Isaure, Franklin, Jean-Jacques Rousseau, etcétera. Eran unos ingenios que vendían en la rue d’Aumale; el señor Alfred prometió que traería uno, y luego, vuelto hacia la ex profesora, añadió:

—Pero ahora un poco de piano, ¿no? ¡Una mazurca!

Vibraron dos acordes metálicos. Él cogió a su prima por la cintura, desapareció con ella, volvió. El aire levantado por el vestido que al pasar rozaba la puerta producía una cierta sensación de frescor. Ella echaba la cabeza para atrás, él redondeaba el brazo. Admiraron la gracia de la una, el aire fogoso del otro; y sin esperar a las pastas, Pécuchet se despidió, pasmado por la velada.

Por más que repitió: «¡Pero yo lo he visto!, ¡lo he visto!», Bouvard negaba los hechos y no obstante aceptó experimentar también él.

Durante quince días pasaron sus tardes, frente por frente el uno del otro, con las manos sobre una mesa, luego sobre un sombrero, sobre un canastillo, sobre unos platos. Todos estos objetos permanecieron inmóviles.

Pero no por eso el fenómeno de las mesas giratorias dejaba de ser menos cierto. El vulgo lo atribuye a unos espíritus, Faraday a la prolongación de la acción nerviosa. Chevreul a la inconsciencia de los esfuerzos, ¿o acaso, como admite Ségouin, de un grupo de personas se desprende una energía, una corriente magnética?

Tal hipótesis hizo pensar a Pécuchet. Cogió de la biblioteca la Guía del magnetizador, de Montacabère, la releyó atentamente, e inició a Bouvard en la teoría.

Todos los cuerpos animados reciben y comunican la influencia de los astros. Es una propiedad análoga a la virtud del imán. Dirigiendo esta fuerza es posible curar las enfermedades, he ahí el principio. La ciencia se ha desarrollado desde Mesmer, pero lo importante es siempre emanar el fluido y hacer unos movimientos que, primeramente, deben adormecer.

—Pues bien, ¡duérmeme! —dijo Bouvard.
—Imposible —replicó Pécuchet—; para sufrir la acción magnética y para transmitirla es indispensable la fe.

Luego, mirando atentamente a Bouvard, exclamó:

—¡Ah, qué lástima!
—Pero ¡cómo!
—¡Sí, si quisieras, con un poco de práctica, no habría magnetizador como tú!

Pues reunía todo cuanto hacía falta: facilidad de trato con la gente, una constitución robusta y una moral firme.

Esta facultad que acababan de descubrirle halagó a Bouvard. Se enfrascó de tapadillo en Montacabère.

Luego, como a Germaine le zumbaban los oídos hasta ensordecerla, una tarde dijo con tono de indiferencia:

—¿Y si probamos con el magnetismo?

La mujer no se negó. Bouvard se sentó delante de ella, tomó sus dos pulgares entre sus manos y la miró fijamente, como si no hubiese hecho otra cosa en su vida.

La buena de la mujer, con una estufilla debajo de los pies, comenzó a doblar el cuello; se le cerraron los ojos y se puso poco a poco a roncar. Al cabo de una hora de observarla, Pécuchet le dijo en voz baja:

—¿Siente algo?

Ella se despertó.

Al cabo de un poco recuperaría sin duda la lucidez.

Este éxito les envalentonó, y, retomando con aplomo el ejercicio de la medicina, cuidaron a Chamberlain, el pertiguero, de sus dolores intercostales; a Migraine, el albañil, aquejado de contracciones nerviosas en el estómago; a la vieja Varin, cuyo encefaloide de debajo de la clavícula precisaba, para madurar, la aplicación de emplastos de carne; a un gotoso, el padre Lemoine, que siempre andaba por las posadas; a un tísico, a un hemipléjico y a muchos otros. También trataron corizas y sabañones.

Tras la exploración de la enfermedad, se interrogaban con la mirada para saber qué pases magnéticos realizar, si debían ser grandes o pequeñas corrientes, ascendentes o descendentes, longitudinales, transversales, bigíditas, trigíditas o incluso quintidígitas. Cuando uno se cansaba, le sustituía el otro. Luego, tras volver a casa, anotaban sus observaciones en el diario de tratamiento.

Sus maneras untuosas se ganaron a la gente. Sin embargo, esta prefería a Bouvard, y su reputación llegó hasta Falaise, cuando hubo curado a la Barbuda, la hija del tío Barbey, un antiguo capitán de altura.

Esta sentía como si tuviera un clavo en el occipucio, hablaba con voz ronca, se pasaba a menudo varios días sin comer, luego devoraba yeso o carbón. Sus crisis nerviosas, que se iniciaban con sollozos, terminaban con derramamiento de lágrimas; y habían probado ya con ella todos los remedios, desde las tisanas hasta las moxas, por lo que, por cansancio, aceptó el ofrecimiento de Bouvard.

Una vez que hubo hecho salir a la criada y echado el cerrojos, se puso a friccionar su abdomen haciendo presión sobre los ovarios. El bienestar se manifestó por medio de suspiros y bostezos. Entonces le puso un dedo en el entrecejo, en la parte alta de la nariz, y de golpe se quedó inerte. Si le levantaban los brazos, estos volvían a caer; la cabeza mantuvo la posición que él le impuso, y los párpados entornados, sacudidos por un estremecimiento espasmódico, dejaban entrever los bulbos de los ojos que giraban lentamente; estos se fijaron en los ángulos, convulsos.

Bouvard le preguntó si sentía dolor; ella respondió que no. ¿Qué experimentaba en aquel momento? Ella podía ver el interior de su cuerpo.

—¿Qué ve?
—Un gusano.
—¿Qué hay que hacer para matarlo?

Frunció la frente:

—Lo intento…, pero no puedo, no puedo.

A la segunda sesión, ella se prescribió un caldo de ortigas; a la tercera, maro. Las crisis se atenuaron, desaparecieron. Era de veras como un milagro.

La digitación nasal no dio resultado con los demás; y para inducir al sonambulismo, proyectaron construir una tina mesmeriana. Pécuchet había recogido ya las limaduras de hierro y limpiado una veintena de botellas, cuando un escrúpulo le detuvo. Entre los enfermos, habría personas del otro sexo.

—¿Y qué haremos si les da un ataque de erotismo furioso?

Ello no hubiera detenido a Bouvard; pero era preferible evitar las habladurías y quizá algún chantaje. Se limitaron a una armónica de cristal, que llevaban con ellos a las casas, para gran regocijo de los niños.

Un día que Migraine se encontraba peor, recurrieron a ella. Aquellos sonidos cristalinos le exasperaron, pero Deleuze recomienda no asustarse por las protestas; la música continuó:

—¡Basta!, ¡basta! —gritaba Migraine.
—Un poco de paciencia —repetía Bouvard.

Pécuchet golpeaba más rápido sobre los platos de cristal, y el instrumento vibraba, y el pobre hombre aullaba, cuando apareció el médico, atraído por el estruendo:

—Pero ¡cómo! ¿Ustedes de nuevo? —exclamó, furioso de encontrarles siempre en casa de sus pacientes.

Ellos explicaron su medio magnético. Entonces él tronó contra el magnetismo, una sarta de sandeces, y cuyos efectos eran fruto de la imaginación.

Sin embargo, se magnetiza a animales. Así lo afirma Montacabère, y Fontaine llegó a magnetizar a una leona. Ellos no tenían ninguna leona, pero el azar les brindó otro animal.

Pues al día siguiente, a las seis, vino un esportillero a decirles que les reclamaban en la alquería a causa de una vaca medio desahuciada.

Ellos acudieron a toda prisa.

Los manzanos estaban en flor y la hierba, en el patio, humeaba al sol naciente. Al borde de la charca, medio cubierta por una sábana, mugía una vaca, tremolando por los cubos de agua que le arrojaban sobre el cuerpo, y, desmesuradamente hinchada, se hubiera dicho un hipopótamo.

Sin duda había ingerido algo «venenoso» paciendo entre los tréboles. Los Gouy estaban desolados, pues el veterinario no podía ir, y un carretero que conocía las fórmulas contra las hinchazones no quería moverse; pero aquellos señores, que tenían una biblioteca famosa, debían de conocer algún secreto.

Tras arremangarse, se colocaron el uno delante de los cuernos y el otro detrás de la grupa, y con un gran esfuerzo interior y una gesticulación frenética, mantenían los dedos muy abiertos para mandar sobre el animal torrentes de fluido, mientras el granjero, su mujer y el mozo y algún vecino miraban poco menos que espantados.

El ruido de tripas que se oía en el vientre de la vaca provocó borborigmos en el fondo de sus entrañas. La vaca soltó una ventosidad. Entonces dijo Pécuchet:

—Es una puerta abierta a la esperanza, quizá un destaponamiento.

Se produjo el destaponamiento, y nació la esperanza bajo la forma de una masa de materia amarilla que estalló con la fuerza de un obús. La piel se distendió, la vaca se deshinchó; una hora más tarde no parecía ya la misma.

No era ello ciertamente efecto de la imaginación. Por tanto, el fluido contiene una virtud especial, que puede encerrarse en determinados objetos de los que es posible extraerla sin que se vea debilitada. Dicho método ahorra los desplazamientos. Lo adoptaron, y mandaban a su clientela fichas magnetizadas, pañuelos magnetizados, agua magnetizada, pan magnetizado.

Luego, profundizando en sus estudios, abandonaron los pases en favor del sistema de Puységur, que reemplaza el magnetizador por un viejo árbol, en cuyo tronco se enrolla una cuerda.

Un peral de la finca parecía ni que pintado para ello. Lo prepararon abrazándolo con fuerza varias veces. Debajo colocaron un banco. Sus incondicionales se sentaban allí; y consiguieron resultados tan espectaculares que, para hundir a Vaucorbeil, le invitaron a una sesión con los notables del lugar.

No faltó ni uno.

Germaine les recibió en la salita, rogándoles que «tuvieran a bien disculpar» a sus amos, que llegarían enseguida.

De vez en cuando se oía sonar una campanilla. Eran enfermos que ella hacía acomodar en otra parte. Los invitados se daban con el codo para llamar la atención sobre las ventanas polvorientas, las manchas en los revestimientos, los desconchados en la pintura; y el huerto estaba en un estado que daba pena. ¡Madera seca por doquier! Dos palos, delante de la brecha del muro, impedían el paso al plantío de frutales.

Se presentó Pécuchet.

—A su entera disposición, señores.

Y al fondo, bajo el peral de Édouïn, vieron a varias personas sentadas.

Chamberlan, sin barba, como un cura, y sotanilla de lana ligera, con un gorro de cuero, se abandonaba a los estremecimientos causados por su dolor intercostal; Migraine, que seguía sufriendo del estómago, hacía muecas cerca de él. La vieja Varin, para disimular su hinchazón, llevaba un chal enrollado con varias vueltas. El tío Lemoine, calzado sin calcetines, tenía las muletas debajo de las pantorrillas, y la Barbuda, endomingada, estaba pálida como un muerto.

Del otro lado del árbol, encontraron a otras personas: una mujer con semblante de albina se secaba las glándulas del cuello que le supuraban. El rostro de una niña medio desaparecía detrás de unas gafas azules. Un anciano, con la columna vertebral deformada por una contracción, golpeaba con sus movimientos involuntarios a Marcel, especie de idiota, cubierto con un blusón hecho jirones y unos pantalones apedazados. Su labio leporino, mal recosido, dejaba ver sus incisivos, y tenía la mejilla vendada y tumefacta por una enorme fluxión.

Todos sujetaban en su mano una cuerdecilla que descendía del árbol; y los pájaros cantaban: el tibio olor del césped se expandía por el aire. El sol se filtraba por entre las ramas. Se caminaba sobre el musgo.

Sin embargo, los pacientes, en vez de adormecerse, abrían de par en par sus párpados.

—Hasta ahora, nada de especial —dijo Foureau—. Empiecen ustedes, yo me ausento un minuto.

Regresó, fumando con un Abd-el-Kader, último resto de la puerta de las pipas.

Pécuchet se acordó de un excelente método de magnetización. Metió dentro de su boca todas las narices de los enfermos y aspiró su aliento para atraer hacia sí la electricidad, al tiempo que Bouvard abrazaba el árbol para aumentar el fluido.

El albañil interrumpió sus hipidos, el pertiguero se sintió menos agitado, el hombre de la contractura dejó de moverse. Ahora podían acercarse a ellos, someterles a todas las pruebas.

El médico, con su lanceta, pinchó debajo de la oreja a Chamberlan, que se estremeció ligeramente. La sensibilidad en los demás fue evidente; el gotoso lanzó un grito. En cuanto a la Barbuda, sonreía como en sueños, y un hilillo de sangre le chorreaba por debajo de la mandíbula. Foureau, para comprobarlo por sí mismo, quiso coger la lanceta, y el doctor, tras haberse negado, dio un fuerte pellizco a la enferma. El capitán le cosquilleó las ventanillas de la nariz con una pluma, el recaudador estaba a punto de clavarle un alfiler debajo de la piel.

—Déjala en paz —dijo Vaucorbeil—, pues al fin y al cabo no hay nada de raro, ¡es una histérica! ¡Ni el mismísimo diablo entendería nada!
—¡Esta —dijo Pécuchet, señalando a Victoire, la mujer escrufulosa— es curandera! Reconoce las afecciones e indica los remedios.

Langlois ardía en deseos de hacerle una consulta sobre su catarro; no se atrevió a hacerlo; pero Coulon, más valiente, pidió algo para su reumatismo.

Pécuchet puso la mano derecha sobre la mano izquierda de Victoire, y, con los párpados en todo momento cerrados, las mejillas un tanto coloradas, los labios trémulos, la sonámbula, tras haber divagado, prescribió un valum becum.

Había trabajado en Bayeux en una botica. Vaucorbeil infirió que quería decir album graecum, palabra quizá oída en la farmacia.

Luego abordó al tío Lemoine, que, según Bouvard, percibía los objetos a través de los cuerpos opacos.

Era este un viejo maestro de escuela que había llevado una vida de crápula. Su pelo blanco se desparramaba en torno a su rostro, y, apoyado contra el árbol, con las palmas abiertas, dormía a pleno sol, de una manera majestuosa.

El médico le anudó un pañuelo doblado sobre los ojos, y Bouvard, al presentarle un periódico, dijo en un tono imperativo:

—¡Lea!

Él bajó la frente, movió los músculos de la cara, luego echó la cabeza hacia atrás y terminó por silabear:

—Cons-ti-tu-tion-nel.

¡Pero con un poco de habilidad se desplazan todas las vendas que se quiera!

Estas denegaciones del médico indignaban a Pécuchet. Llegó al extremo de pretender que la Barbuda podría describir lo que pasaba en ese mismo momento en su casa.

—Está bien —respondió el doctor. Y, tras haberse sacado el reloj, dijo—: ¿Qué está haciendo mi mujer?

La Barbuda dudó un buen rato; luego, con aire desabrido, dijo:

—¿Qué? ¡Ah! Ya caigo. Está cosiendo unas cintas en un sombrero de paja.

Vaucorbeil arrancó una hoja de su libreta de apuntes y escribió una nota, que el pasante de Marescot se apresuró a llevar.

La sesión había terminado. Los enfermos se marcharon.

Bouvard y Pécuchet, en resumidas cuentas, no habían tenido éxito. ¿Era debido a la temperatura o al olor a tabaco, o al paraguas del padre Jeufroy, revestido de cobre, metal contrario a la emisión fluídica?

Vaucorbeil se encogió de hombros.

No podía discutir, sin embargo, la buena fe de los señores Deleuze, Bertrand, Morin, Jules Cloquet. Ahora bien, esos maestros afirman que algunos sonámbulos han predicho acontecimientos, y han sido sometidos, sin sentir dolor, a crueles operaciones.

El padre refirió algunas historias más asombrosas. Un misionero vio a unos brahmanes recorrer una bóveda con la cabeza hacia abajo; el Gran Lama del Tíbet se desgarra las entrañas para hacer oráculos.

—¿Bromea usted? —dijo el médico.
—¡En absoluto!
—¡Vamos, hombre! ¡No me haga reír!

Y, desviándose del tema, cada uno contó algunas anécdotas.

—Yo —dijo el tendero— tenía un perro que estaba siempre enfermo cuando el mes empezaba en viernes.
—Nosotros éramos catorce hijos —prosiguió el juez de paz—. ¡Yo nací un catorce, mi boda se celebró un catorce y el día de mi santo cae en catorce! Explíquenme eso.

Beljambe había soñado, muchas veces, el número de viajeros que habría al día siguiente en su posada, y Petit contó la cena de Cazotte.

Entonces el párroco hizo la siguiente reflexión:

—¿Por qué no ve en ello simplemente…?
—Los demonios, ¿no? —dijo Vaucorbeil.

El padre, en vez de responder, hizo un signo con la cabeza.

Marescot habló de la Pitia de Delfos.

—Sin ninguna duda, unos miasmas.
—Ah, ahora con los miasmas.
—Yo admito un fluido —prosiguió Bouvard.
—Neuro-sideral —añadió Pécuchet.
—Pero ¡pruébelo, vamos, demuestre la existencia de ese fluido! Por otra parte, los fluidos están pasados de moda; hágame caso.

Vaucorbeil se fue más lejos para ponerse a la sombra. Los burgueses le siguieron.

—Si usted le dice a un niño: «Soy un lobo, y voy a comerte», él se figura que es usted un lobo y le entra miedo; se trata, por consiguiente, de un sueño provocado por unas palabras. Del mismo modo, el sonámbulo acepta las fantasías que se quiera. Recuerda y no imagina, no tiene más que sensaciones cuando cree pensar. De este modo se sugieren unos crímenes, y personas virtuosas pueden verse como bestias feroces y volverse antropófagos.

Todos miraron a Bouvard y Pécuchet. Su ciencia podía ser peligrosa para la sociedad.

Reapareció en el jardín el pasante de Marescot, trayendo una carta de la señora Vaucorbeil.

El doctor rompió el sello, palideció y finalmente leyó estas palabras:

«Estoy cosiendo unas cintas en un sombrero de paja».

La estupefacción no dejó reír a nadie.

—¡Es una coincidencia, por Dios! Esto no prueba nada. —Y como los dos magnetizadores tenían un aire de triunfo, se dio la vuelta cuando estaba en la puerta para decirles—: ¡No sigan con todo esto! ¡Son diversiones peligrosas!

El párroco, llevándose al pertiguero, le reprendió con dureza.

—¡Está usted loco! ¡Sin mi permiso! ¡Estas son prácticas prohibidas por la Iglesia!

Todos acababan de irse; Bouvard y Pécuchet conversaban con el maestro en el cerrillo cuando Marcel salió del plantío de frutales con el vendaje deshecho, y balbució:

—¡Curado, estoy curado, estimados señores!
—¡Bueno, basta ya, déjanos tranquilos!
—¡Ah, estimados señores, cuentan con todo mi aprecio, servidor de ustedes!

A Petit, hombre de progreso, la explicación del médico le había parecido rastrera, burguesa. La ciencia es un monopolio en manos de los ricos. Excluye al pueblo. ¡Ya es hora de que el viejo análisis de la Edad Media se vea reemplazado por una síntesis amplia y espontánea! A la verdad se llega con el corazón; y, declarándose espiritista, citó varias obras que si bien tenían ciertamente algún defecto, eran como el signo de una aurora.

Bouvard y Pécuchet se las hicieron mandar.

El espiritismo plantea como dogma la mejora inevitable de nuestra especie. Un día la tierra se convertirá en el cielo; y era por esto por lo que esa doctrina fascinaba al maestro. Sin ser católica, remitía a san Agustín y a san Luis. Allan Kardec ha publicado incluso fragmentos dictados por ellos y que están en línea con el pensamiento actual. Una doctrina práctica, bienhechora y que nos revela, como el telescopio, los mundos superiores.

Los espíritus, tras la muerte y en el éxtasis, se ven transportados allí. Pero a veces vuelven a descender sobre nuestro globo, donde hacen crujir los muebles, se inmiscuyen en nuestras diversiones, gustan de las bellezas de la Naturaleza y de los placeres de las artes.

Sin embargo, varios de nosotros poseemos una trompa aromal, es decir, un largo tubo detrás del cráneo que arranca del pelo hasta subir a los planetas y nos permite conversar con los espíritus de Saturno; no por intangibles las cosas son menos reales, y de la Tierra a los astros, de los astros a la Tierra, existe un ir y venir, una transmisión, un intercambio continuo.

Entonces el corazón de Pécuchet se llenó de aspiraciones desordenadas y, cuando cayó la noche, Bouvard le encontraba mirando por la ventana, contemplando esos espacios luminosos que están poblados de espíritus.

Swedenborg hizo grandes viajes. Pues, en menos de un año, exploró Venus, Marte, Saturno y veintitrés veces Júpiter. Además, en Londres vio a Jesucristo, vio a san Pablo, vio a san Juan, vio a Moisés, y, en 1736, vio incluso el Juicio Final.

Nos ha dado también unas descripciones del Cielo.

En él hay flores, palacios, mercados e iglesias absolutamente como entre nosotros.

Los ángeles, hombres en otro tiempo, escriben sus pensamientos en unas hojas, charlan de cuestiones domésticas o bien de materias espirituales, y los empleos eclesiásticos pertenecen a los que, en su vida terrena, cultivaron las Sagradas Escrituras.

En cuanto al Infierno, está lleno de un olor nauseabundo, con casuchas, montones de excrementos y personas mal vestidas.

Y Pécuchet se devanaba los sesos para comprender qué había de bello en tales revelaciones. Éstas se le antojaron a Bouvard el delirio de un imbécil. ¡Todo ello rebasa los límites de la Naturaleza! Pero ¿quién sabe cuáles son estos? Y se entregaban a las reflexiones siguientes.

Unos prestidigitadores pueden embaucar a una multitud; un hombre presa de una violenta pasión desencadenará otras; pero ¿cómo puede la sola voluntad actuar sobre la materia inerte? Dicen que un bávaro hizo madurar la uva; Gervais ha resucitado un heliotropo; y uno con más poderes aún, en Toulouse, aleja las nubes.

¿Habrá que admitir, por tanto, una sustancia intermediaria entre el mundo y nosotros? El od, un nuevo imponderable, una especie de electricidad, ¿acaso no es otra cosa? Sus emisiones explican el resplandor que los magnetizados creen ver, los fuegos fatuos de los cementerios, la forma de los fantasmas.

Estas imágenes no serían, pues, una ilusión, y los dones extraordinarios de los poseídos, semejantes a los de los sonámbulos, ¿tendrían una causa física?

Sea cual sea su origen, hay una esencia, un agente secreto y universal. Si pudiéramos retenerla, no sería necesaria la fuerza ni la duración. Lo que exige siglos se desarrollaría en cosa de un minuto; todo milagro sería factible y el universo estaría a nuestra disposición.

La magia tendría su origen en este anhelo eterno del espíritu humano. Sin duda se ha exagerado su valor, pero no es una mentira. Orientales que la conocen obran prodigios. Todos los viajeros así lo declaran, y en el Palais-Royal el señor Dupotet hace mover con un dedo la aguja imantada.

¿Cómo hacerse mago? Esta idea les pareció en un principio loca, pero retornó, les atormentó, y cedieron a ella, fingiendo que se lo tomaban a risa.

Es indispensable un régimen preparatorio.

Con objeto de agudizar sus facultades, vivían de noche, ayunaban, y, como querían hacer de Germaine una médium más receptiva, racionaban su comida. Ella se desquitaba con la bebida, y tomó tanto aguardiente que acabó de alcoholizarse completamente. Confundía el ruido de sus pasos con los zumbidos de sus oídos y las voces imaginarias que oía salir de las paredes. Un día que ella había puesto, por la mañana, una platija en la bodega, sintió miedo al verla toda cubierta de fuego, se encontró peor aún a partir de ese momento y acabó creyendo que ellos le habían echado mal de ojo.

Esperando tener visiones, se apretaban el uno al otro la nuca, se prepararon unas bolsitas de belladona y hasta recurrieron a la caja mágica: una cajita de la que asoma un hongo erizado de clavos y que se guarda pegado al corazón mediante una cinta atada al pecho. Todo fracasó. Pero podían emplear el círculo de Dupotet.

Pécuchet trazó con carbón en el suelo un redondel negro para encerrar dentro los espíritus animales que tenían que ayudar a los espíritus ambientales, y, feliz de dominar a Bouvard, le dijo con aires de pontífice:

—¡Te desafío a cruzarlo!

Bouvard miró detenidamente el círculo. Su corazón no tardó en latir, sus ojos se volvieron turbios.

—Ah, acabemos con esto.

Y saltó por encima para escapar a un malestar inexplicable.

Pécuchet, cuya exaltación iba en aumento, quiso hacer aparecer un muerto.

En tiempos del Directorio, un hombre mostraba, en la rue de l’Échiquier, a las víctimas del Terror. Los ejemplos de aparecidos son incontables. Cualquiera que sea su apariencia, ¡qué importa!, se trata de producirla.

Cuanto más cercano a nosotros el difunto, mejor responde a nuestra llamada; pero no tenía ninguna reliquia de su familia, ni sortija, ni miniatura, ni cabello, mientras que Bouvard estaba en condiciones de evocar a su padre; y como él daba muestras de repugnancia, Pécuchet le preguntó:

—¿Acaso tienes miedo?
—¿Yo? ¡Oh! ¡En absoluto! ¡Haz lo que quieras!

Sobornaron a Chamberlan, que les proporcionó de extranjis una vieja calavera. Un sastre les confeccionó dos hopalandas negras, con capucha a modo de hábito de monje. El coche de Falaise les trajo un largo rollo envuelto. Luego se pusieron manos a la obra, el uno lleno de curiosidad por realizarlo, el otro temeroso de creer en ello.

El museo estaba decorado como un catafalco. Tres candeleros ardían en el canto de la mesa pegada a la pared, debajo del retrato de Bouvard padre que dominaba la calavera. Habían metido incluso una vela dentro del cráneo, y se proyectaban unos rayos por ambas órbitas.

En medio, sobre un braserillo, humeaba incienso; Bouvard se mantenía detrás; y Pécuchet, vuelto de espaldas a él, arrojaba al hogar puñados de azufre.

Antes de llamar a un muerto, se requiere el consentimiento de los demonios. Pues bien, como aquel día era viernes, día que pertenece a Béchet, debían ocuparse primero de Béchet. Bouvard, tras haber saludado a derecha e izquierda, aflojó el mentón y levantando los brazos, comenzó:

—Por Ethaniel, Amazin, Ischyros…

Había olvidado el resto.

Pécuchet le sopló enseguida las palabras, que tenía anotadas en un cartoncito.

—Ischyros, Athanatos, Adonai, Saday, Eloy, Messias —la letanía era larga—, te conjuro, te ordeno, te mando, ¡oh Béchet! —Luego, bajando la voz—: ¿Dónde estás, Béchet? ¡Béchet! ¡Béchet! ¡Béchet!

Bouvard se arrellanó en el sillón, y se sentía muy a sus anchas de no ver a Béchet, pues su instinto le reprochaba su intento como si fuera un sacrilegio. ¿Dónde estaba el alma de su padre? ¿Podía oírle? ¿Y si de repente se presentaba?

El viento que entraba por un cristal roto agitaba levemente las cortinas, y los cirios hacían oscilar unas sombras sobre la calavera y sobre el retrato. Un color terroso las oscurecía por igual. El moho devoraba los pómulos, los ojos carecían ya de luz, pero una llama brillaba por encima, en los orificios de la cabeza vacía. A veces parecía ocupar el sitio del otro, posarse sobre el cuello de la levita, tener sus mismas patillas; y la tela, medio desclavada, oscilaba, palpitaba.

Poco a poco, sintieron como el roce de un aliento, la cercanía de un ser impalpable. Unas gotas de sudor perlaban la frente de Pécuchet, y he aquí que a Bouvard le empezaron a crujir los dientes, un calambre le crispaba el epigastrio; el suelo, como una ola, huía bajo sus pies; el azufre que ardía en la chimenea volvía a descender en grandes volutas; al mismo tiempo revoloteaban unos murciélagos; se oyó un grito; ¿quién era?

Debajo de sus capuchas dejaban ver unos rostros tan descompuestos que su terror no hacía sino redoblarse, sin atreverse a hacer siquiera un gesto ni a hablar, cuando detrás de la puerta oyeron unos gemidos como los de un alma en pena.

Finalmente, se aventuraron.

Era su vieja criada que, espiándoles por una rendija del tabique, había creído ver al diablo, y, de rodillas en el pasillo, no cesaba de santiguarse.

Fue inútil todo razonamiento. Ella les dejó esa misma noche, pues no quería servir más a semejante gente.

Germaine se fue de la lengua. Chamberlan perdió su puesto, y se formó entre ellos una tácita coalición mantenida por el padre Jeufroy, la señora Bordin y Foureau.

Su modo de vivir, que no era el de los demás, desagradaba. Se volvieron sospechosos e incluso inspiraban un vago terror.

Pero lo que sobre todo les hizo desmerecer en la opinión ajena fue la elección de su criado. A falta de otro, tomaron a su servicio a Marcel.

Su labio leporino, su fealdad y su jerga mantenían a la gente apartada de él. Hijo abandonado, había crecido a la buena de Dios en los campos, y de su larga miseria conservaba un hambre insaciable. Los animales muertos de enfermedad, el cerdo podrido, un perro aplastado, todo le iba bien, con tal de que el trozo fuera gordo, y era bueno como un corderillo, pero redomadamente estúpido.

La gratitud le había hecho ofrecerse como criado en casa de los señores Bouvard y Pécuchet; y creyéndolos además unos brujos, esperaba conseguir unas extraordinarias ganancias.

Desde los primeros días, les confió un secreto. En el brezal de Poligny, un hombre había encontrado en otro tiempo un lingote de oro. Se trata de una anécdota citada por los historiadores de Falaise; ellos ignoraban cómo seguía: doce hermanos, antes de partir para un viaje, habían escondido doce lingotes similares, a lo largo del camino, desde Chavignolles hasta Bretteville, y Marcel les suplicó a sus amos que emprendieran de nuevo la búsqueda. Dichos lingotes, se dijeron, acaso habían sido enterrados en tiempos de la emigración.

Se trataba de emplear la varilla del zahorí. Sus virtudes son dudosas. Pero estudiaron la cuestión, y se enteraron de que un tal Pierre Garnier aporta, en su defensa, razones científicas: las fuentes y los metales proyectarían corpúsculos en afinidad con la madera.

Lo que no era nada probable. Sin embargo, ¿quién sabe? ¡No costaba nada probar!

Cortaron una horquilla de avellano, y una mañana partieron al descubrimiento del tesoro.

—Habrá que devolverlo —dijo Bouvard.
—¡Ah, eso no! ¡Pero, bueno!

Al cabo de tres horas de camino, les hizo detenerse una reflexión: «¡La carretera de Chavignolles a Bretteville! ¿Era la vieja o la nueva? ¡Debía de ser la vieja!».

Volvieron sobre sus pasos, y recorrieron los alrededores, al azar, pues el trazado de la vieja carretera no resultaba fácilmente reconocible.

Marcel corría a derecha e izquierda, como un podenco cazando. Cada cinco minutos, Bouvard se veía obligado a llamarle; Pécuchet avanzaba pasito a paso, sosteniendo la varilla por ambas ramas, la punta en alto. A menudo le parecía que una fuerza y como un garfio tiraban de ella hacia el suelo. E inmediatamente Marcel hacía un corte en los árboles circundantes para encontrar más tarde el sitio.

Sin embargo, Pécuchet demoraba el paso. Su boca se abrió, revolvió los ojos. Bouvard le interpeló, le zarandeó por los hombros; él no se movió y permanecía completamente inerte, igual que la Barbuda.

Luego contó que había sentido en torno al corazón una especie de desgarro, un estado extraño, causado sin duda por la varilla, y no quería volver a tocarla.

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (IX)

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