Bouvard y Pécuchet. La novela (VIII)

Gustave Flaubert




7

Dieron comienzo unos días tristes.

Por temor a quedar decepcionados, abandonaron sus estudios, y los vecinos de Chavignolles los evitaban, la prensa tolerada por el régimen no informaba ya de nada, y su soledad era profunda, su inercia total y absoluta.

A veces abrían un libro, para volver a cerrarlo al cabo de poco; ¿para qué? Otros días se les ocurría limpiar el huerto, pero un cuarto de hora después se sentían fatigados; o eran presa del desaliento al ver el estado de su alquería; o bien se ocupaban de las tareas domésticas, pero Germaine empezaba con sus quejas; renunciaron.

Bouvard quiso redactar un catálogo del museo, pero llegó a la conclusión de que no eran más que estúpidos cachivaches.

Pécuchet pidió prestada la escopeta a Langlois para disparar las alondras; pero, al primer disparo, el arma estuvo a punto de matarle.

Vivían, pues, en medio de ese tedio de la vida de campo que se hace tan pesado cuando el cielo claro aplasta con su monotonía un corazón sin esperanza. Se oye el paso de un hombre calzado con unos zuecos yendo a lo largo del muro, o cómo caen del tejado las gotas de lluvia. De vez en cuando, una hoja muerta roza el cristal, revuela y se va. El viento trae unos indistintos tañidos fúnebres. En el fondo del establo, muge una vaca.

Bostezaban uno frente al otro, consultaban el calendario, miraban el reloj de pared, esperaban la comida; y el horizonte era siempre el mismo: ¡unos campos enfrente, la iglesia a la derecha, una cortina de álamos a la izquierda; sus copas se mecían en medio de la bruma, perpetuamente, con aire triste!

Determinadas costumbres que hasta entonces habían tolerado les resultaban ahora insoportables. Pécuchet se volvía fastidioso con su manía de dejar su pañuelo encima del mantel, Bouvard no dejaba ya su pipa, y al hablar no paraba de balancearse. Se producían discusiones a propósito de los platos o de la calidad de la mantequilla. En aquel estar a solas, pensaban en cosas distintas.

Un suceso había perturbado a Pécuchet.

Dos días después del motín de Chavignolles, mientras paseaba su desengaño político, llegó a una avenida de frondosos olmos, y oyó exclamar a sus espaldas una voz:

—¡Detente!

Era la señora Castillon. Corría por el lado opuesto, sin haber reparado en su presencia. Un hombre que caminaba delante de ella se dio la vuelta. Era Gorgu; y se abordaron a unos dos metros de Pécuchet, del que los separaba la hilera de árboles.

—¿Es cierto —preguntó ella— que vas a combatir?

Pécuchet se metió en la zanja para oír.

—¡Pues sí —repuso Gorgu—, voy a combatir! ¿Y eso a ti qué te importa?
—¿Y tú me lo preguntas? —exclamó ella contorsionando los brazos—. Pero ¿y si te matan, amor mío? ¡Oh, quédate!

Y sus ojos azules eran más suplicantes aún que sus palabras.

—¡Déjame en paz! ¡Tengo que irme!

Ella mostró una sonrisa sardónica de cólera.

—La otra te lo ha permitido, ¿eh?
—¡Ni la mentes! —Y alzó su puño cerrado.
—¡No, amigo mío, no! Me callo, no diré nada.

Y unas gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas hasta el encañonado del cuello.

Era mediodía. Lucía el sol sobre la campiña, cubierta de mieses amarillas. En lontananza, se deslizaba lentamente la capota de un coche. Había una sensación de modorra en el aire, ni un grito de pájaro, ni un zumbido de insecto. Gorgu había roto una ramita y raspaba su corteza. La señora Castillon no levantaba la cabeza.

Pensaba, pobre mujer, en la inutilidad de sus sacrificios, en las deudas que había saldado, en sus compromisos futuros, en su reputación perdida. Pero, en vez de quejarse, le recordó los primeros tiempos de su amor, cuando iba, todas las noches, a reunirse con él en la alquería, hasta el punto de que una vez su marido, creyendo que se trataba de un ladrón, había disparado un pistoletazo por la ventana. La bala seguía incrustada en la pared.

—Desde el primer momento que te vi, me pareciste hermoso como un príncipe. ¡Me gustan tus ojos, tu voz, tus andares, tu olor! —Y añadió más bajito—: ¡Estoy loca por ti!

Él sonreía, halagado en su orgullo.

Ella le cogió los flancos con ambas manos, con la cabeza echada hacia atrás, en actitud de adoración.

—¡Querido mío! ¡Mi amor! ¡Alma mía! ¡Vida mía! Veamos, di, ¿qué quieres? ¿Dinero? Ya lo encontraremos. ¡La culpa es mía! ¡Te aburría! ¡Discúlpame! Encárgale trajes al sastre, toma champán, ve de juerga, te lo permito todo, todo. —Y, con un esfuerzo supremo, murmuró—: ¡También ella…, con tal de que vuelvas conmigo!

Él se inclinó sobre su boca, con el brazo en torno a su cintura, para impedir que se cayera, y ella balbucía:

—¡Corazón mío! ¡Amor mío! ¡Qué guapo eres! ¡Dios mío, qué guapo!

Pécuchet, inmóvil, hundido en la zanja hasta la altura de la barbilla, les observaba, jadeando.

—¡Nada de debilidades! —dijo Gorgu—, ¡solo faltaría que perdiese la diligencia! ¡Se prepara un buen golpe; y yo estoy metido en él! Dame diez céntimos para que le pague una copa al cochero.

Ella se sacó cinco francos de la bolsa.

—Ya me los devolverás. ¡Ten un poco de paciencia! ¡Hace tanto tiempo que está paralítico! ¡Tenlo en cuenta! ¡Y si quieres, iremos juntos a la capilla de la Croix-Janval, y allí, amor mío, te juraré, ante la Virgen, casarme contigo, una vez que él haya muerto!
—¡Ah! ¡Ese marido tuyo no la espicha jamás!

Gorgu se había dado media vuelta. Ella le dio alcance; y le aferró por los hombros:

—¡Déjame ir contigo! ¡Seré tu criada! Necesitas a alguien. Pero ¡no me dejes! ¡Antes la muerte! ¡Mátame!

Se echaba a sus pies, tratando de coger sus manos para besárselas; se le cayó el gorrito, a continuación la peineta, y sus cortos cabellos se desparramaron. Eran blancos en las sienes, y como ella le miraba de arriba abajo, toda sollozante, con los párpados enrojecidos y los labios tumefactos, él se exasperó y la rechazó.

—¡Largo de aquí, vieja! ¡Buenas tardes!

Cuando ella se hubo levantado, se arrancó la cruz de oro que colgaba de su cuello y, lanzándola contra él, dijo:

—¡Toma! ¡Canalla!

Gorgu se alejaba, golpeando con su ramita las hojas de los árboles.

La señora Castillon no lloraba. Se quedó, con la boca abierta y las pupilas apagadas, sin hacer un solo movimiento, petrificada en su desesperación; ya no era un ser humano, sino una cosa en ruinas.

Lo que acababa de sorprender fue, para Pécuchet, como el descubrimiento de un mundo, ¡todo un mundo!, con sus luces deslumbrantes, sus florecimientos desordenados, sus océanos, tempestades, tesoros y abismos de una profundidad infinita; infundía una sensación de terror, pero ¡qué importa! Soñó con el amor, ambicionaba sentirlo igual que ella, inspirarlo como él.

Sin embargo, detestaba a Gorgu, y, en el cuerpo de guardia, le había costado lo suyo no traicionarlo.

El amante de la señora Castillon lo humillaba con su talle esbelto, sus caracoles simétricos en las sienes, su barba mullida, unos aires de conquistador; mientras que su pelo… se le pegaba al cráneo como una peluca mojada; su torso, en su hopalanda, se asemejaba a un travesaño, le faltaban dos colmillos y tenía una fisonomía severa. Consideraba que el cielo había sido injusto con él, se sentía un desheredado de la fortuna, y su amigo ya no le quería.

Bouvard le abandonaba todas las noches. Tras la muerte de su mujer, nada le hubiera impedido casarse con otra, que ahora le habría mimado y se ocuparía de la casa. Era demasiado viejo ya para pensar en tales cosas.

Pero Bouvard se miró en el espejo. Sus pómulos conservaban sus colores, seguía teniendo el pelo rizado como en otro tiempo, no le faltaba ningún diente, y, ante la idea de que podía aún gustar, sufrió un remozamiento. La señora Bordin surgió en su memoria. Se le había insinuado, la primera vez, con ocasión del incendio de los almiares; la segunda, en la comida que habían dado; luego en el museo, durante la declamación, y últimamente había venido, sin rencor, tres domingos seguidos. Fue, pues, a su casa, y volvió, prometiéndose seducirla.

Desde el día en que Pécuchet había observado a la joven criada sacando agua, él le hablaba más a menudo; y ya barriera el pasillo, colgara la ropa o removiera en las cacerolas, no se cansaba de mirarla, sorprendido él mismo de sus emociones, como en la adolescencia. Tenía momentos de fiebre y de languidez, y le perseguía el recuerdo de la señora Castillon estrechando a Gorgu.

Le preguntó a Bouvard cómo conseguían los libertinos tener mujeres.

—Les hacen regalos, las llevan a un restaurante.
—¡Muy bien! ¿Y luego?
—Las hay que fingen un desmayo, para que las lleven a un diván; otras dejan caer su pañuelo al suelo. Las mejores te dan una cita, con franqueza. —Y Bouvard se entregó a unas descripciones que no hicieron sino encender la imaginación de Pécuchet, como unos grabados obscenos—. La primera regla que hay que tener en cuenta es no creer lo que dicen. ¡He conocido a algunas que, bajo la apariencia de ser unas santas, eran verdaderas Mesalinas! ¡Ante todo, hay que ser atrevido!

Pero no se manda sobre el atrevimiento. Pécuchet posponía cada día su decisión, pues se sentía, por otra parte, intimidado por la presencia de Germaine.

Esperando que pidiese la cuenta, le exigió un sobreesfuerzo, tomaba nota de las veces que se emborrachaba, no dejaba de observar en voz alta su falta de limpieza, su pereza, y tan bien lo hizo que la despidieron.

¡Entonces Pécuchet fue libre!

¡Con qué impaciencia esperaba la salida de Bouvard! ¡Cómo le latía el corazón, una vez cerrada la puerta!

Mélie trabajaba junto a un velador, cerca de la ventana, a la claridad de una vela; de vez en cuando rompía el hilo con sus dientes, luego parpadeaba, para pasarlo por el ojo de la aguja.

En primer lugar, quiso saber qué tipo de hombres le gustaban. ¿Eran, por ejemplo, los del tipo de Bouvard? En absoluto; ella prefería a los delgados. ¡Se atrevió a preguntarle si había tenido enamorados!

—¡Nunca!

Luego, acercándose, contemplaba su naricita, su boquita de piñón, el óvalo de su cara. Le dirigió unos cumplidos y la exhortó a la cordura.

Inclinándose sobre ella, percibía en su corsé unas formas blancas de las que emanaba un tibio olor que le calentaba la mejilla. Una tarde, tocó con los labios los cabellos rebeldes de su nuca, y se sintió estremecer hasta la médula de los huesos. En otra ocasión, la besó en la barbilla, refrenándose para no morder su carne, de tan sabrosa como era. Ella le devolvió su beso. La estancia comenzó a dar vueltas. No veía ya nada.

Él le regaló un par de botines, y la invitaba a menudo a una copita de anís…

Para evitarle fatigas, se levantaba temprano, cortaba la leña, encendía el fuego, llegando hasta tener el detalle de lustrarle los zapatos a Bouvard.

Mélie no se desmayó, ni dejó caer su pañuelo, y Pécuchet no sabía qué hacer, pues su deseo aumentaba por temor a satisfacerlo.

Bouvard cortejaba con asiduidad a la señora Bordin.

Ella le recibía un poco ceñida con su vestido de seda tornasolada que crujía como los arreos de un caballo, mientras jugueteaba con su larga cadena de oro para aparentar serenidad.

Sus diálogos giraban sobre las gentes de Chavignolles o sobre su «difunto marido», que había sido oficial de justicia en Livarot.

Luego ella se informó acerca del pasado de Bouvard, llena de curiosidad por conocer «sus correrías de joven», y de paso acerca de su patrimonio, y cuáles eran los intereses que le unían a Pécuchet.

Él admiraba el esmero de su casa, y, cuando cenaba en ella, la limpieza del servicio y la excelencia de la mesa. Un desfile de platos de un sabor intenso, interrumpido a intervalos regulares por un vino añejo de Pommard, les conducía hasta los postres, y luego pasaban largo rato tomando el café; y la señora Bordin, dilatando las ventanillas de la nariz, mojaba en la tacita su labio carnoso, ligeramente sombreado por una pelusilla negra.

Un día, apareció escotada. Sus hombros fascinaron a Bouvard. Como estaba sentado en una sillita enfrente de ella, se puso a pasarle las dos manos a lo largo de los brazos. La viuda se molestó. Él no hizo ningún otro intento, pero se figuraba unas redondeces de una amplitud y de una consistencia maravillosas.

Una noche que lo que había preparado Mélie no le gustó, tuvo una alegría al entrar en el salón de la señora Bordin. ¡Era allí donde hubiera tenido que vivir!

El globo de la lámpara, recubierto de un papel rosa, difundía una luz tenue. Ella estaba sentada al amor del fuego; y le asomaba un pie por el borde del vestido. La charla decayó desde las primeras palabras.

Sin embargo, ella le miraba, las pestañas semicerradas, de un modo lánguido, con obstinación.

¡Bouvard no pudo aguantarse más! Y, tras arrodillarse sobre el parquet, balbució:

—¡La amo! ¡Casémonos!

La señora Bordin respiró con fuerza, luego, con aire ingenuo, dijo que bromeaba; sin duda, la gente se burlaría, no era algo razonable. Esta declaración la aturdía.

Bouvard objetó que no necesitaban el consentimiento de nadie.

—¿Qué nos lo impide? ¿Acaso el ajuar? Nuestra ropa blanca tiene la misma letra, ¡una B! Uniremos nuestras mayúsculas.

El argumento fue de su agrado. Pero un asunto de más peso le impedía decidirse antes de finales de mes. Y Bouvard gimió.

Ella tuvo la delicadeza de acompañarle de vuelta a casa, junto con Marianne, que llevaba un farol.

Los dos amigos se habían ocultado sus respectivas pasiones.

Pécuchet contaba con seguir guardándose para sí su amorío con la criada. Si Bouvard se oponía a él, ¡se la llevaría a otros lugares, aunque fuese a Argelia, donde la vida no es cara! Pero raramente se planteaba semejantes hipótesis, colmado de su amor, sin pensar en las consecuencias.

Bouvard hacía planes de convertir el museo en cámara nupcial, a menos que Pécuchet se negase a ello; en tal caso, viviría en el domicilio de su esposa.

Una tarde de la semana siguiente, estaba en casa de ella, en su jardín, las yemas comenzaban a abrirse, y había, entre las nubes, unos grandes claros azules, cuando ella se agachó para coger unas violetas, y dijo, ofreciéndoselas:

—¡Salude a la señora Bouvard!
—Pero ¡cómo! ¿Es cierto?
—Absolutamente cierto.

Él quiso estrecharla entre sus brazos, pero ella le rechazó.

—¡Qué hombre!

Luego, tras ponerse seria, le advirtió que no tardaría en pedirle un favor.

—¡Concedido lo tiene!

Fijaron la firma de su contrato para el jueves siguiente.

Nadie tenía que saber nada de ello hasta el último momento.

—¡De acuerdo!

Y salió, con los ojos fijos en el cielo, ligero como un cervatillo.

Pécuchet, esa misma mañana, se había prometido acabar con su vida si no conseguía los favores de su criada, y la había acompañado a la bodega, esperando que las tinieblas le hicieran audaz.

Ella había hecho varios intentos por irse; pero él la retenía para contar las botellas, elegir unas tablas, o ver el fondo de los toneles, lo que duraba ya un buen rato. Ella se encontraba enfrente de él, bajo la luz de un tragaluz, de pie, con los párpados caídos, las comisuras de la boca un tanto levantadas.

—¿Me amas? —preguntó bruscamente Pécuchet.
—¡Sí! Le amo.
—Pues bien, entonces, ¡demuéstramelo!

Y, ciñéndola con el brazo derecho, comenzó con la otra a desabrocharle el corsé.

—¿Me va a hacer daño?
—¡No! ¡Ángel mío! ¡No temas!
—Si el señor Bouvard…
—¡No le diré nada! ¡Estate tranquila!

Detrás había una pila de leña. Ella se dejó caer, los pechos fuera de la camisa, la cabeza echada hacia atrás, luego ocultó su rostro debajo de un brazo, y otro hubiera comprendido que no carecía de experiencia.

Pronto llegó Bouvard para cenar.

Comieron en silencio, temeroso cada uno de delatarse. Mélie les servía, impasible, como de costumbre; Pécuchet desviaba los ojos, para evitar los suyos, mientras que Bouvard, mirando las paredes, pensaba en futuros arreglos.

Ocho días después, el jueves, regresó furioso.

—¡La mala bruja!
—¿De quién hablas?
—De la señora Bordin.

Y contó que había llevado su locura hasta el punto de querer hacerla su mujer; pero que todo se había acabado, hacía un cuarto de hora, en el despacho de Marescot.

Ella había pretendido recibir como dote la finca de Les Écalles, de la que no podía disponer, porque, al igual que la alquería, había terminado de pagarla con dinero ajeno.

—¡Efectivamente! —dijo Pécuchet.
—¡Y yo hice la tontería de prometerle el favor que quisiera! ¡Y era eso lo que quería! ¡Pero yo me he negado rotundamente, y si ella me quisiera, habría cedido! —En cambio, la viuda, le había cubierto de insultos, había denigrado su físico, su panza—. ¡Mi panza! ¡Imagínate tú!

Pécuchet, sin embargo, había salido varias veces, caminaba con las piernas abiertas.

—¿Estás mal? —preguntó Bouvard.
—¡Sí, sí, estoy mal!

Y, una vez cerrada la puerta, Pécuchet, tras muchas vacilaciones, confesó que acababa de descubrirse una enfermedad secreta.

—¿Tú?
—¡Sí, yo!
—¡Ah, pobre muchacho!, ¿y quién te la ha pegado?

Y Pécuchet se puso todavía más colorado, diciendo en voz aún más baja:

—¡Solo puede haber sido Mélie!

Bouvard se quedó estupefacto.

Lo primero que había que hacer era despedir a la joven.

Ella protestó con aire cándido.

El caso de Pécuchet era grave, sin embargo; pero, avergonzado de su torpeza, no se atrevía a ir al médico.

Bouvard pensó en recurrir a Barberou.

Le hicieron un informe detallado de la enfermedad, para enseñárselo a un médico que la curaría por correspondencia. Barberou puso todo su celo en ello, convencido de que tenía que ver con Bouvard, y le llamó viejo verde, al tiempo que le felicitaba.

—¡A mi edad! —decía Pécuchet—, ¿no es triste?
—Le gustabas.
—Debería haberme avisado.
—¡La pasión no razona!

Y Bouvard se quejaba de la señora Bordin.

A menudo, la había sorprendido parada delante de Les Écalles, en compañía de Marescot, conferenciando con Germaine, ¡cuántos tejemanejes por un poco de tierra!

—¡Es una avara! ¡No hay otra explicación!

Rumiaban así sus desengaños, en la salita, al amor del fuego, Pécuchet, ingiriendo sus remedios, Bouvard, fumando en pipa, y disertaban sobre las mujeres.

—Extraña necesidad, pero ¿de veras es una necesidad? Nos empujan al crimen, al heroísmo y al embrutecimiento. El infierno bajo unas enaguas, el paraíso en un beso, arrullos de tórtola, ondulaciones de serpiente, zarpazos de gato, perfidia del mar, volubilidad de la luna. Enumeraron todos los lugares comunes sobre las mujeres.

Era el deseo de tener una lo que había interrumpido su amistad. Les entraron remordimientos.

—Basta de mujeres, ¿no? ¡Vivamos sin ellas!

Y se abrazaron afectuosamente.

Había que reaccionar; y Bouvard, tras la curación de Pécuchet, consideró que la hidroterapia les sería beneficiosa.

Germaine, tras volver después de la marcha de la otra, arrastraba todas las mañanas la bañera hasta el pasillo.

Los dos, desnudos como unos salvajes, se arrojaban grandes cubos de agua, luego corrían para llegar a sus habitaciones. Les vieron a través de la empalizada; no faltó quien se escandalizase.

(Sigue leyendo...)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (VIII)

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