Bouvard y Pécuchet. La novela (VII)

Gustave Flaubert





6

La mañana del 25 de febrero de 1848 corrió por Chavignolles la noticia, traída por un individuo que venía de Falaise, de que París estaba cubierto de barricadas, y al día siguiente se fijó en el Ayuntamiento la proclamación de la República.

Este gran acontecimiento dejó estupefactos a los burgueses.

Pero cuando se supo que la Corte de Casación, el Tribunal de Apelación, el Tribunal de Cuentas, el Tribunal de Comercio, el Colegio de Notarios, el Colegio de Abogados, el Consejo de Estado, la Universidad, los generales y el propio monsieur de la Rochejacquelein daban su adhesión al Gobierno provisional, los pechos se ensancharon; y como en París se plantaban árboles de la libertad, el Consejo municipal decidió que también hacían falta en Chavignolles.

Bouvard, contento por el triunfo del Pueblo como patriota que era, ofreció uno; en cuanto a Pécuchet, estaba muy contento porque la caída de la monarquía venía a confirmar con creces sus previsiones.

Gorgu, obedeciéndoles con celo, desarraigó uno de los álamos que bordeaban el prado de debajo de la Loma, y lo trasladó hasta el lugar designado, el «Paso de la Vaca», a la entrada del pueblo.

Antes de la hora de la ceremonia, los tres esperaban el cortejo.

Redobló un tambor, y apareció una cruz de plata; no tardaron en asomar dos antorchas llevadas por los cantores del coro, y el párroco con la estola, la sobrepelliz, la capa y el bonete. Cuatro monaguillos le acompañaban, un quinto llevaba el acetre para el agua bendita, y le seguía el sacristán.

El párroco se subió al reborde de la fosa donde se alzaba el álamo, adornado de cintas tricolores. Enfrente se veía al alcalde y a sus dos tenientes de alcalde, Beljambe y Marescot, luego a los notables, el señor de Faverges, Vaucorbeil, Coulon, el juez de paz, un buen hombre de aire soñoliento; Heurtaux iba tocado con una gorra de policía, y Alexandre Petit, el nuevo maestro, se había puesto la levita, una modesta levita verde, la de los domingos. Los bomberos, al mando de Girbal, empuñando el sable, formaban una sola fila; del otro lado brillaban las placas blancas de algunos viejos quepis de los tiempos de Lafayette, cinco o seis, no más, al haber caído en desuso la Guardia Nacional en Chavignolles. Campesinos y sus mujeres, obreros de las fábricas vecinas, mozalbetes se apiñaban detrás; y Placquevent, el guarda rural, desde su altura de más de metro ochenta, los controlaba con la mirada, mientras paseaba cruzado de brazos.

La alocución del párroco fue como la de los otros sacerdotes en idénticas circunstancias.

Tras haber hablado con vehemencia contra los reyes, glorificó la República. ¿Acaso no se dice la república de las letras, la república cristiana? ¿Qué más inocente que la una, qué más hermoso que la otra? Jesucristo formuló nuestra sublime divisa: el árbol del Pueblo era el árbol de la cruz. Para que la religión dé sus frutos, necesita de la caridad, y, en nombre de la caridad, el eclesiástico conjuró a sus hermanos a no causar desorden alguno, a volver a sus casas apaciblemente.

Luego asperjó el arbusto, implorando la bendición de Dios.

—¡Que pueda desarrollarse, y nos recuerde la liberación de toda esclavitud y esa fraternidad más beneficiosa que la sombra de sus ramas! ¡Amén!

Unas voces repitieron ¡Amén! Y, tras un redoble de tambor, el clérigo, entonando un tedeum, retomó el camino de la iglesia.

Su intervención había producido un efecto excelente. Las pobres gentes veían en ella una promesa de felicidad, los patriotas una deferencia, un homenaje rendido a sus principios.

Bouvard y Pécuchet consideraban que les hubieran tenido que agradecer su regalo, hacer al menos una alusión a él; y se sinceraron con Faverges y el médico al respecto.

¡Qué importaban semejantes miserias! Vaucorbeil estaba encantado con la Revolución, y también el conde. Detestaba a los Orleans. No les verían más; ¡buen viaje! ¡Todo para el pueblo en adelante! Y, seguido de Hurel, su factótum, fue a reunirse con el señor cura.

Foureau caminaba con la cabeza gacha, entre el notario y el posadero, humillado por la ceremonia, temeroso como estaba de que se produjera un motín; e instintivamente se volvía hacia el guarda rural, que deploraba con el capitán la ineptitud de Girbal y el mal comportamiento de sus hombres.

Pasaron unos obreros por la carretera, cantando La Marsellesa. Gorgu, en medio de ellos, blandía un junco; Petit los escoltaba, sin perderles de vista.

—¡Esto no me gusta ni un pelo! —dijo Marescot—, ¡vociferan, se exaltan!
—¡Ah, por Dios! —prosiguió Coulon—, ¡la juventud bien debe divertirse!

Foureau suspiró:

—¡Vaya una diversión! ¡Para que luego acabe en la guillotina!

Tenía visiones de cadalsos, no esperaba sino horrores.

También Chavignolles sufrió de rebote los motines parisinos. Los burgueses se abonaron a los periódicos. Por la mañana, la gente abarrotaba la oficina de correos, y la directora no habría podido librarse de ellos sin la colaboración del capitán, que l ayudaba de vez en cuando. Luego la gente se quedaba en la plaza, charlando.

La primera violenta discusión tuvo por objeto Polonia.

Heurtaux y Bouvard pedían su liberación.

El señor de Faverges pensaba de modo distinto:

—¿Con qué derecho iríamos allí? ¡Sería lanzar Europa contra nosotros! ¡Nada de imprudencias!

Y como todo el mundo le daba su aprobación, los dos partidarios de la causa polaca se callaron.

En otra ocasión, Vaucorbeil defendió las circulares de Ledru-Rollin.

Foureau replicó con la historia de los cuarenta y cinco céntimos.

—Pero el Gobierno —dijo Pécuchet— había abolido la esclavitud.
—Pero ¡qué me importa a mí la esclavitud!
—Pues bien, ¿y qué me dice de la abolición de la pena de muerte para los delitos políticos?
—¡Pues, claro! —prosiguió Foureau—, aquí se querría abolir todo. Pero ¿quién sabe? ¡Menudas pretensiones que tienen actualmente los inquilinos!
—¡Mejor! —Pues así los propietarios, según Pécuchet, se veían favorecidos—. El que posee un inmueble…


Foureau y Marescot le interrumpieron, gritando que era un comunista.

—¡Yo, comunista!

Y hablaban todos a la vez. Cuando Pécuchet propuso fundar un club, Foureau tuvo la osadía de responder que eso nunca se vería en Chavignolles.

A continuación, Gorgu reclamó unos fusiles para la Guardia Nacional, puesto que la opinión pública le había designado como instructor.

Los únicos fusiles que había eran los de los bomberos. Girbal los retenía. Foureau no tenía demasiado interés en entregarlos.

Gorgu le miró:

—Sin embargo, hay quien opina que sé cómo usarlos.

Porque a sus varias habilidades unía la de cazador furtivo, y a menudo el alcalde y el posadero le compraban una liebre o un conejo.

—¡Pues cójalos, demonios! —dijo Foureau.

Esa misma tarde dio comienzo la instrucción.

Esta tenía lugar en el prado, enfrente de la iglesia. Gorgu, en blusón corto azul, una faja ciñéndole los riñones, ejecutaba los movimientos de manera automática. Su voz, al dar órdenes, era brutal:

—¡Escondan esas barrigas!

Y al punto Bouvard, conteniendo la respiración, encogía la tripa y enderezaba su trasero.

—¡Nadie ha dicho que se arqueen, maldita sea!

Pécuchet confundía las filas y los puestos, la media vuelta a la derecha con la media vuelta a la izquierda; pero el más inútil era el maestro; enclenque y pequeñajo, con una barba rubia en collar, se tambaleaba por el peso del fusil, cuya bayoneta molestaba a los que tenía al lado.

Llevaban pantalones de todos los colores, correajes mugrientos, viejos uniformes demasiado cortos, que dejaban ver la camisa por los lados; y todos afirmaban «no tener otra cosa». Se abrió una suscripción para vestir a los más pobres. Foureau se hizo el rácano, pero las damas se distinguieron. La señora Bordin dio cinco francos, pese a su odio a la República. El señor de Faverges equipó a doce hombres y nunca faltaba a la instrucción. Luego se instalaba en casa del tendero y pagaba la bebida al primero que llegaba.

Los poderosos de entonces le bailaban el agua servilmente a la clase baja. Los obreros ante todo. Se solicitaba el honor de ser uno de ellos. Estos se ennoblecían.

Los del cantón eran en su mayoría trabajadores del textil; otros trabajaban en las hilaturas del algodón y en una papelera, recién establecida.

Gorgu les fascinaba por su labia, les enseñaba el pugilato, llevaba a sus íntimos a tomar una copa a casa de la señora Castillon.

Pero los campesinos eran más numerosos; y los días de mercado, el señor de Faverges, paseándose por el lugar, se informaba de sus necesidades, trataba de convertirlos a sus ideas. Escuchaban sin responder, como el tío Gouy, dispuestos a aceptar cualquier tipo de gobierno con tal de que bajara los impuestos.

A fuerza de chácharas, Gorgu se hizo un nombre. Tal vez le llevaran a la Asamblea.

También el señor de Faverges pensaba en ello, aunque trataba de no comprometerse. Los conservadores oscilaban entre Foureau y Marescot. Pero como el notario no quería dejar su despacho, salió elegido Foureau. Un patán, un cretino. El médico se indignó por ello.

Suspendido en todas las oposiciones, echaba de menos París, y era la conciencia de su vida fracasada lo que le confería un aire taciturno. Ahora que se le ofrecía una carrera de más alcance, ¡qué desquite! Escribió una declaración de intenciones, y fue a leérsela a los señores Bouvard y Pécuchet.

Le felicitaron por ella; sus ideas eran coincidentes. Sin embargo, ellos escribían mejor, tenían conocimientos de historia, podían aspirar como él a la Cámara. ¿Por qué no? Pero ¿quién de los dos debía presentarse? Dio comienzo así una porfía de cortesías.

Pécuchet prefería a su amigo a él mismo.

—¡No, te corresponde a ti! ¡Tienes más prestancia!
—Es posible —respondía Bouvard—, pero ¡tú más cara dura!

Y, sin haber resuelto el problema, prepararon un plan de acción.

Esta manía de ser diputado había ganado también a otros. El capitán soñaba con ello bajo su gorra de policía, mientras fumaba con su cachimba, y también el instructor, en su escuela, así como el párroco entre una y otra oración, tanto es así que a veces se sorprendía con los ojos dirigidos al cielo, diciendo: «¡Haz, oh Dios mío, que sea diputado!».

Tras haber sido animado a ello, el médico se dirigió a casa de Heurtaux, y le expuso las posibilidades que tenía.

El capitán no se anduvo con ceremonias. Sin duda, Vaucorbeil era conocido, pero poco apreciado por sus colegas y principalmente por los boticarios. Todos maliciarían contra él; el pueblo no quería a un señor; sus mejores enfermos le dejarían; y, tras haber sopesado estos argumentos, el médico lamentó su débil posición.

Apenas se hubo ido, Heurtaux se fue a ver a Placquevent. ¡Entre viejos militares, el honor obliga! Pero el guarda rural, consagrado en cuerpo y alma a Foureau, se negó rotundamente a prestarle su apoyo.

El párroco le hizo ver al señor de Faverges que no era el momento. Había que dar tiempo a la República a desgastarse.

Bouvard y Pécuchet hicieron presente a Gorgu que no sería nunca lo bastante fuerte como para derrotar a una coalición de campesinos y burgueses, le llenaron de incertidumbres, le retiraron toda confianza.

Petit, por orgullo, había dejado traslucir su deseo. Beljambe le previno de que, si fracasaba, su destitución era segura.

Finalmente, monseñor ordenó al párroco que se mantuviera tranquilo.

Así pues, no quedaba más que Foureau.

Bouvard y Pécuchet le presentaron batalla, recordando su mala fe en la cuestión de los fusiles, su oposición al club, sus ideas retrógradas, su avaricia, e incluso convencieron a Gouy de que quería restablecer el antiguo régimen.

Por más vaga que pudiera sonarle la cosa al campesino, la detestaba con el odio acumulado en el ánimo de sus antepasados a lo largo de diez siglos, y puso en contra de Foureau a todos sus parientes y a los de su mujer, cuñados, primos, sobrinos segundos, toda una horda.

Gorgu, Vaucorbeil y Petit proseguían con la demolición del señor alcalde; y una vez despejado así el terreno, Bouvard y Pécuchet, sin que nadie se lo temiera, podían conseguirlo.

Echaron a suertes quién tenía que presentarse. La suerte no decidió nada, y fueron a consultarle el asunto al médico.

Este les dio una noticia. Flacardoux, redactor de Le Calvados, había presentado su candidatura. La desilusión de ambos amigos fue grande; cada uno, además de la suya propia, acusaba la del otro. Pero la política los encendía. El día de las elecciones supervisaron las urnas. Fue Flacardoux quien se impuso.

El señor conde había vuelto a dirigir sus miras hacia la Guardia Nacional, sin obtener la charretera de comandante. Los vecinos de Chavignolles pensaron en nombrar a Beljambe.

Este favor del público, extraño e imprevisto, dejó consternado a Heurtaux. Había desatendido sus deberes, limitándose a inspeccionar a veces las maniobras, y a exponer sus observaciones. ¡No importa! Le parecía monstruoso que se prefiriera un posadero a un antiguo capitán del Imperio, y tras la invasión de la Cámara el 15 de mayo dijo: «¡Si el grado militar se confiere así en la capital, ya no me extraña nada lo que sucede!».

Estaba comenzando la Reacción.

La gente daba crédito a lo de las compotas de piña de Louis Blanc, al lecho de oro de Flocon, a las orgías reales de Ledru-Rollin, y como la provincia pretende conocer todo lo que pasa en París, los burgueses de Chavignolles no tuvieron dudas acerca de estos infundios, y admitían los rumores más absurdos.

Una tarde, el señor de Faverges se fue a ver al párroco para comunicarle la llegada a Normandía del conde de Chambord.

Según Foureau, Joinville se disponía, con sus marinos, a meter en vereda a los socialistas. Heurtaux afirmaba que a no mucho tardar Luis Bonaparte sería cónsul.

Las fábricas cerraban. Bandas de pobres deambulaban por los campos.

Un domingo —era a primeros de junio—, un gendarme partió de improviso en dirección a Falaise. Los obreros de Acqueville, Liffard, Pierre-Pont y Saint-Rémy marchaban sobre Chavignolles.

Las tiendan cerraron, se reunió el Consejo; y este decidió, a fin de prevenir altercados, no oponer resistencia alguna. Los gendarmes fueron incluso acuartelados, con la orden expresa de no aparecer.

Pronto se oyó como un rugido de tempestad. Luego el canto de los girondinos hizo vibrar los cristales de las ventanas; y unos hombres, que iban cogidos del brazo, aparecieron por la carretera de Caen, polvorientos, sudorosos, harapientos. Llenaban la plaza. Se alzaba de ella un gran estruendo.

Gorgu y dos de sus compañeros entraron en la sala. El uno era flaco y de triste semblante, llevaba un chaleco de punto, con los botones de condecoración colgando. El otro, negro como el hollín, un maquinista sin duda, tenía el pelo cortado a cepillo, unas cejas pobladas y llevaba unos zapatos de cordones. Gorgu iba con su chaqueta sobre el hombro, como un húsar.

Permanecían los tres de pie, y los ediles, que estaban sentados en torno a la mesa cubierta por un tapete azul, les miraban, pálidos de la angustia.

—¡Ciudadanos! —dijo Gorgu—, ¡necesitamos trabajo!

El alcalde temblaba; le falló la voz.

Marescot respondió por él que el Consejo tomaría inmediatamente una resolución; y tras haber salido los compañeros, discutieron varias ideas.

La primera de ellas fue la de sacar piedra.

Para utilizarla, Girbal propuso hacer un camino de Angleville a Tournebu.

El de Bayeux prestaba exactamente el mismo servicio.

¡Se podía restaurar la balsa! ¡No era un trabajo suficiente! ¡O bien abrir una segunda balsa! Pero ¿dónde?

Langlois era de la opinión de que convenía levantar un terraplén a lo largo de Mortins, por si había inundaciones; era preferible, según Beljambe, desbrozar los brezales. ¡Imposible llegar a nada!… A fin de calmar a la multitud, Coulon bajó al soportal, y anunció que se prepararían unos grupos de trabajo de tipo asistencial.

—¿Asistencial? ¡No, gracias! —exclamó Gorgu—. ¡Abajo los aristócratas! ¡Exigimos el derecho al trabajo!

Era el problema candente del momento. Gorgu hacía de ello un título de gloria. Le aplaudieron.

Al darse la vuelta, se encontró codo con codo con Bouvard, a quien Pécuchet había llevado hasta allí, y entablaron una conversación. No había prisa; el municipio estaba rodeado; el Consejo no escaparía.

—¿De dónde sacar dinero? —decía Bouvard.
—¡De los ricos! Por otra parte, el Gobierno ordenará unos trabajos.
—¿Y si no hay necesidad de ellos?
—¡Pues se harán por anticipado!
—¡Pero los salarios bajarán! —repuso Pécuchet—. ¡Cuando falta el trabajo es por un exceso de producción! ¡Y vais vosotros y pedís que se aumente!

Gorgu se mordía el bigote.

—Sin embargo…, con la organización del trabajo…
—¡Entonces, el Gobierno hará de patrón!

Algunos murmuraban en torno a ellos:

—¡No! ¡No! ¡No más patronos!

Gorgu se irritó.

—¡No importa! ¡Hay que proporcionar un capital a los trabajadores, o bien instituir formas de crédito!
—¿De qué modo?
—¡Ah! ¡Eso no lo sé! ¡Pero debe instituirse el crédito!
—Basta ya —dijo el maquinista—, estos payasos no hacen más que incordiarnos.

Y subió escalinata arriba, declarando que echaría abajo la puerta.

Placquevent le recibió con la rodilla derecha doblada y los puños apretados:

—¡Acércate un poco más!

El maquinista retrocedió.

El abucheo de la multitud llegó hasta la sala; todos se levantaron con ganas de salir pitando. ¡Los socorros de Falaise no llegaban! Se deploraba la ausencia del señor conde. Marescot retorcía una pluma. El tío Coulon gemía. Heurtaux montó en cólera porque no se sacaba a los gendarmes.

—¡Dé usted la orden! —dijo Foureau.
—¡No tengo ninguna orden que dar!

Pero el ruido se redoblaba. La plaza estaba repleta de gente; y todos miraban hacia la primera planta del Ayuntamiento, cuando en la ventana central, debajo del reloj, vieron asomar a Pécuchet.

Había tomado astutamente la escalera de servicio; y queriendo imitar a Lamartine, se puso a arengar a la multitud:

—¡Ciudadanos!

Pero la gorra, la nariz, la levita, toda su persona carecía de carisma.

El hombre del chaleco de punto le interpeló:

—¿Es usted obrero?
—No.
—Patrón, entonces.
—Tampoco.
—¡Pues bien, retírese!
—¿Por qué? —prosiguió orgullosamente Pécuchet.

Y enseguida desapareció del hueco de la ventana, agarrado por el maquinista. Gorgu vino en su ayuda.

—¡Déjele! ¡Es una buena persona!

Se habían cogido mutuamente de las solapas.

La puerta se abrió, y Marescot, en el umbral, proclamó la decisión municipal. Era una sugerencia de Hurel.

El camino de Tournebu tendría un desvío hacia Angleville, que llevaría al castillo de Faverges.

Era un sacrificio que se imponía el municipio en interés de los trabajadores.

Estos se dispersaron.

Al regresar a casa, unas voces de mujer hirieron los oídos de Bouvard y Pécuchet.

Las sirvientas y la señora Bordin lanzaban exclamaciones, la viuda gritaba más fuerte, y apenas les vio dijo:

—¡Ah! ¡Menos mal! ¡Hace tres horas que les espero! ¡A mi pobre jardín no le queda ya un solo tulipán! ¡Hay inmundicias por todas partes del césped! ¡No hay forma de lograr que se largue!
—¿Quién?
—¡El tío Gouy!

Este había ido con una carretada de estiércol, y la había volcado desordenadamente en medio de la hierba.

—¡Y ahora está cavando! ¡Dense prisa para que acabe con eso!
—¡La acompaño! —dijo Bouvard.

En el exterior, al pie de la escalinata, un caballo enganchado a los varales de una carreta mordisqueaba una mata de adelfas. Las ruedas, al pasar rozando las platabandas, habían aplastado el boj, roto un rododendro, doblegado las dalias, y unos montoncitos de estiércol negro, como toperas, salpicaban el césped. Gouy lo estaba entrecavando con ardor.

Un día la señora Bordin había dicho imprudentemente que quería roturarlo. Él se había puesto a la tarea, y pese a su prohibición proseguía. Ésa era la manera en que él entendía el derecho al trabajo, los discursos de Gorgu le habían desbarajustado el cerebro.

Solo se fue ante las amenazas que Bouvard profirió en serio.

La señora Bordin, a modo de resarcimiento, no pagó la mano de obra y se quedó con el estiércol. Era una mujer juiciosa: la esposa del médico, e incluso la del notario, aunque de rango superior, le tenían consideración.

Los grupos de trabajo asistencial duraron una semana. No se produjo altercado alguno. Gorgu había abandonado el lugar.

No obstante, la Guardia Nacional permanecía en todo momento en estado de alerta: el domingo había una revista, desfiles militares a veces, y rondas cada noche. Inquietaban al pueblo.

Tiraban de las campanillas de las casas en plan de broma; entraban en las alcobas donde los esposos roncaban en la intimidad del tálamo; y entonces se ponían a contar chistes verdes y el marido, tras levantarse, iba a por unas copas. Luego volvían al cuerpo de guardia para echar una partida de dominó, tomaban sidra, comían queso y el centinela, que se aburría en la puerta, la abría a cada minuto. Reinaba la indisciplina, debido a la blandura de Beljambe.

Cuando estallaron las Jornadas de Junio, todo el mundo se mostró de acuerdo en «correr en ayuda de París», pero Foureau no podía dejar la alcaldía, Marescot su escribanía, el médico a su clientela, Girbal a sus bomberos. El señor de Faverges se hallaba en Cherburgo. Beljambe se metió en la cama. El capitán refunfuñaba: «¡No me quisieron a mí, pues que se las apañen!».

Bouvard tuvo la prudencia de retener a Pécuchet.

Las rondas por el campo se extendieron más lejos.

Se producían momentos de pánico, ocasionados por la sombra de un almiar, o las formas de las ramas: en una ocasión todos los guardias nacionales salieron huyendo. Al claro de luna, habían percibido, en un manzano, a un hombre con una escopeta, que les estaba apuntando.

En otra ocasión —hacía una noche oscura—, la patrulla, que se había parado en el hayedo, oyó a alguien delante de ella.

—¿Quién vive?

¡Ninguna respuesta!

Dejaron que el individuo continuase su camino, siguiéndole a distancia, ya que podía llevar pistola o una macana; pero una vez llegados al pueblo, pudiendo pedir ayuda, los doce hombres del pelotón se arrojaron a la vez sobre él, gritando:

—¡Documentación!

Le zarandearon y cubrieron de insultos. Habían salido los del cuerpo de guardia. Lo arrastraron hasta allí y, al resplandor de la vela que ardía sobre la estufa, reconocieron finalmente a Gorgu.

Llevaba un mísero gabán de lana ligera con las hombreras deshechas. Los dedos de los pies se le salían por los agujeros de los zapatos. Arañazos y contusiones ensangrentaban su rostro. Había adelgazado tanto que infundía espanto y revolvía los ojos como un lobo.

Tras acudir rápido, Foureau le preguntó la razón por la que se encontraba en el hayedo, por qué había regresado a Chavignolles, en qué había empleado su tiempo en las últimas seis semanas.

Eso a ellos no les incumbía. Era libre.

Placquevent le cacheó para descubrir unos cartuchos. Le meterían preventivamente en prisión.

Bouvard se interpuso.

—¡Es inútil! —prosiguió el alcalde—. ¡Sabemos perfectamente lo que piensan ustedes!
—¿Y entonces?
—¡Ah! ¡Tengan cuidado, se lo advierto! Tengan cuidado.

Bouvard no insistió más.

Entonces Gorgu se volvió hacia Pécuchet:

—Y usted, amo, ¿no dice nada?

Pécuchet agachó la cabeza, como si dudara de su inocencia.

El pobre diablo mostró una sonrisa de amargura.

—¡Yo, sin embargo, le defendí!

Apenas se hizo de día, dos gendarmes se lo llevaron a Falaise.

No compareció ante un consejo de guerra, pero fue condenado por el tribunal correccional a tres meses de cárcel por haber pronunciado discursos subversivos.

Desde Falaise, les escribió a sus antiguos amos que le enviaran cuanto antes un certificado de buena conducta, y como la firma debía ser compulsada por el alcalde o por su secretario, ellos prefirieron pedirle ese pequeño favor a Marescot.

Se les introdujo en un comedor decorado con unos platos de vieja fayenza; un reloj de Boule ocupaba el panel más estrecho. Sobre la mesa de caoba, sin mantel, había dos servilletas, una tetera y dos pocillos. La señora Marescot atravesó el piso con una bata de mañana de cachemir azul. Era una parisiense que se aburría en el campo. Luego entró el notario, con un birrete en una mano y un periódico en la otra; y enseguida, con aire amable, estampó su sello, por más que su protegido fuese un hombre peligroso.

—¡La verdad es que —dijo Bouvard— por unas simples palabras…!
—Discúlpeme, pero cuando la palabra incita al delito, querido señor…
—Sin embargo —prosiguió Pécuchet—, ¿cómo establecer una línea divisoria entre las frases inocuas y las culpables? Lo que hoy está prohibido, mañana recibirá el aplauso general.

Y censuró la manera feroz con que se trataba a los insurrectos.

Marescot alegó naturalmente la defensa de la sociedad, el bien público, la ley suprema.

—¡Disculpe! —dijo Pécuchet—, el derecho de uno solo es tan respetable como el de todos, y no tiene usted otra cosa que oponer a él más que la fuerza si se vuelve contra su axioma.

Marescot, en vez de responder, enarcó desdeñosamente las cejas. Con tal de que pudiera seguir redactando sus escrituras y vivir rodeado de sus cerámicas en su confortable casita, no había injusticia que pudiera inquietarle. Los negocios le reclamaban. Se excusó.

Su teoría del bien público les había indignado. Ahora los conservadores hablaban como Robespierre.

Otro motivo de asombro: Cavaignac iba de capa caída. La guardia móvil se volvió sospechosa. También Ledru-Rollin había perdido incluso la estima de Vaucorbeil. Los debates sobre la Constitución no interesaron a nadie; y el 10 de diciembre todos los vecinos de Chavignolles votaron por Bonaparte.

Los seis millones de votos enfriaron la inclinación de Pécuchet por el Pueblo; y se puso a estudiar con Bouvard la cuestión del sufragio universal.

Si es un derecho de todos, no puede ser ejercido con inteligencia. Siempre habrá un ambicioso que lo manipule, los otros obedecerán como un rebaño, al no estar los electores siquiera obligados a saber leer; por eso, según Pécuchet, se habían producido tantos fraudes en la elección presidencial.|

—Fraude ninguno —prosiguió Bouvard—, yo más bien creo que el Pueblo es necio. Piensa en todos los que compran la Revalescière, la pomada Dupuytren, el agua de olor de Châtelaines, etcétera. Esos bobos son los que forman la masa electoral, y nosotros tenemos que aguantar su voluntad. ¿Por qué no puede sacar uno, con la cría de conejos, un beneficio de tres mil francos? Porque una excesiva aglomeración causa una gran mortandad. Pues del mismo modo, por el solo hecho de que existe una multitud, el germen de la estupidez que se contiene en ella se desarrolla y causa unos efectos incalculables.
—¡Tu escepticismo me espanta! —dijo Pécuchet.

Más tarde, en primavera, se vieron con el señor de Faverges, que les puso al corriente de la Expedición de Roma. No se atacaría a los italianos, pero necesitábamos garantías. De lo contrario nuestra influencia se perdería. Nada más legítimo que esta intervención.

Bouvard desorbitó los ojos.

—¡Pero si sostenía usted lo contrario a propósito de Polonia!
—¡No es lo mismo!

Ahora se trataba del Papa.

Y el señor de Faverges, al decir: «Nosotros queremos, nosotros hacemos, nosotros contamos», hablaba en nombre de un grupo.

Bouvard y Pécuchet acabaron sintiendo desagrado tanto por las mayorías como por las minorías. La plebe, a fin de cuentas, valía tanto como la aristocracia.

El derecho de intervención les parecía equívoco. Buscaron sus principios en Calvo, Martens, Vattel; y Bouvard concluyó:

—Se interviene para reponer a un príncipe en el trono, para liberar al pueblo, o por simple precaución, cuando hay un peligro a la vista. ¡En ambos casos, se trata de un atentado contra el derecho ajeno, un abuso de fuerza, una violencia hipócrita!
—Pero los pueblos son solidarios entre sí, como los hombres —dijo Pécuchet.
—Es posible. —Y Bouvard se perdió en sus reflexiones.

Poco después comenzó la expedición de Roma al interior.

La élite de los burgueses parisienses manifestó su odio por las ideas subversivas saqueando dos tipografías. Se formaba el gran partido del orden.

Sus líderes de distrito eran el señor conde, Foureau, Marescot y el párroco. Todos los días, hacia las cuatro, se paseaban de un extremo a otro de la plaza, y comentaban los acontecimientos. El tema principal de conversación era el reparto de los folletos de propaganda. Los títulos no dejaban de tener su miga: «Dios así lo quiere», «El paladín de la igualdad», «Salgamos del lodazal», «¿Adónde vamos?». Pero lo mejor eran los diálogos a la pata la llana, con imprecaciones y errores ortográficos, para la elevación moral de los campesinos. Gracias a una nueva ley, la difusión de las noticias estaba en manos de los prefectos, y acababan de encerrar a Proudhon en Sainte-Pélagie: era una inmensa victoria.

En general, los árboles de la libertad fueron cortados. Chavignolles obedeció la consigna. Bouvard vio con sus propios ojos los restos de su álamo en una carreta. Sirvieron para calentar a los gendarmes y se ofreció el tocón al señor cura, ¡que lo había bendecido, no obstante! ¡Qué escarnio!

El maestro no disimuló lo que pensaba.

Bouvard y Pécuchet le felicitaron por ello un día que pasaban por delante de su puerta.

Al día siguiente, él se presentó en su casa. Durante el fin de semana, ellos le devolvieron la visita.

Caía la tarde, la chiquillería acababa de irse, y el maestro de escuela, en mangas de camisa, estaba barriendo el patio. Su mujer, que llevaba un pañuelo de madrás, daba el pecho a un niño. Una niña se escondió detrás de su falda; un crío repulsivo jugaba en el suelo, a sus pies; el agua jabonosa de la colada que se hacía en la cocina corría a lo largo de la pared.

—¡Ya ve —dijo el instructor— cómo nos trata el Gobierno!

Y acto seguido la emprendió contra el infame capital. ¡Había que democratizarlo, liberar la materia!

—¡No pido nada mejor! —dijo Pécuchet.

Al menos el derecho a la asistencia debía ser reconocido.

—¡Un derecho más! —dijo Bouvard.

¡No importa! El Gobierno provisional había sido débil al no ordenar la Fraternidad.

—¡Traten ustedes de establecerla!

Como ya no se veía, Petit mandó brutalmente a su mujer que subiera un candelero a su gabinete.

En las paredes encaladas, prendidos con alfileres, había los retratos litográficos de los oradores de la izquierda. Un anaquel con algunos libros dominaba un escritorio de abeto. Para sentarse había una silla, un taburete y una vieja caja de jabones; Petit fingía reírse de ello. Pero la miseria marcaba sus mejillas, y sus sienes estrechas denotaban una terquedad de mula, un orgullo irreductible. No aflojaría jamás.

—¡Esto es, por otra parte, lo que me sostiene!

Sobre una tabla había una pila de periódicos, y él expuso con palabras febriles los artículos de su credo: ¡desarmar a las tropas, la abolición de la magistratura, la igualdad de salarios, un nivel de vida medio que llevaría a la Humanidad a la edad de oro, bajo la forma de República, con un dictador a la cabeza, un hombre fuerte que gestionase todo con decisión!

Luego cogió una botella de anís y tres vasos para brindar por el héroe, por la víctima inmortal, ¡por el gran Maximilien!

En el umbral apareció la sotana negra del párroco.

Tras haber saludado efusivamente a los presentes, abordó al maestro y le dijo casi en voz baja:

—¿Y qué hay de ese asunto de san José?
—No han dado nada —prosiguió el maestro.
—¡Es culpa suya!
—¡He hecho lo que he podido!
—¡Ah!, ¿de veras?

Bouvard y Pécuchet se levantaron por discreción. Petit les hizo sentarse de nuevo y, dirigiéndose al párroco, dijo:

—¿Es todo?

El padre Jeufroy dudó; luego, con una sonrisa que quería atenuar la reprimenda, dijo:

—Dicen que descuida un poco la Historia Sagrada.
—¡Oh! ¡La Historia Sagrada! —intervino Bouvard.
—¿Qué le reprocha, caballero?
—¿Yo? ¡Nada! ¡Solo que quizá hay cosas de más utilidad que la historia de Jonás y los reyes de Israel!
—¡Libre es usted de pensar lo que le plazca! —replicó con sequedad el sacerdote.

Y sin preocuparse de los extraños, o a causa de ellos, dijo:

—¡La hora del catecismo es demasiado corta!

Petit se encogió de hombros.

—Cuidado. ¡Perderá usted a sus becarios!

Los diez francos al mes de estos alumnos suponían el grueso de sus ganancias. Pero las sotanas le exasperaban:

—¡Qué le vamos a hacer! ¡Vénguese, pues!
—Un hombre de mi carácter no se venga —dijo el cura, sin inmutarse—. Solo le recuerdo que la ley del quince de marzo nos atribuye la supervisión de la enseñanza primaria.
—¡Ah! ¡Lo sé perfectamente! —gritó el maestro—. ¡E incluso a los coroneles de la gendarmería! ¿Y por qué no al guarda rural? ¡Así estarían al completo!

Y se dejó caer sobre el taburete, mordiéndose los puños, conteniendo su rabia, sofocado por la conciencia de su propia impotencia.

El clérigo le tocó ligeramente en un hombro.

—¡No ha sido mi intención afligirle, amigo! ¡Cálmese! ¡Seamos un poco razonables!… Pronto será Pascua; espero que dé buen ejemplo, comulgando con los demás.
—¡Ah! ¡Eso es pedir demasiado! ¡Yo, yo, someterme a estupideces semejantes!

Ante esta blasfemia, el párroco palideció. Sus pupilas echaban chispas. Le temblaba la mandíbula:

—¡Cállese, desgraciado! ¡Cállese!… ¡Y pensar que es su mujer quien está a cargo de los paños de la iglesia!
—Bueno, ¿y qué? ¿Qué ha hecho ella?
—¡Falta siempre a misa! ¡Como usted, por otra parte!
—¡Ah! ¡Por eso no se despide a un maestro de escuela!
—¡Pero se le puede trasladar!

El cura no dijo nada más. Estaba al fondo de la estancia, en la sombra. Petit, con la cabeza sobre el pecho, pensaba.

Aunque llegaran al otro extremo de Francia, comiéndose hasta el último céntimo en el viaje, volverían a encontrar allí, bajo nombres distintos, al mismo párroco, al mismo rector, al mismo prefecto; todos ellos, incluido el ministro, no eran sino eslabones de una cadena que lo estrangulaba. Ya había recibido un aviso, y llegarían otros. ¿Y luego? Y en una especie de alucinación, ¡se vio andando por una carretera, alforja al hombro, con sus seres queridos al lado, la mano tendida hacia una silla de posta!

En ese momento, a su mujer, en la cocina, le entró un ataque de tos; el recién nacido se puso a berrear, mientras el crío lloraba.

—¡Pobres niños! —dijo con dulzura el cura.

Entonces el padre estalló en sollozos:

—¡Sí, sí, todo lo que usted quiera!
—Cuento con ello —prosiguió el párroco.

Y, tras haber hecho una reverencia, dijo:

—¡Señores, muy buenas tardes!

El maestro de escuela permaneció con la cabeza entre las manos. Rechazó a Bouvard.

—¡No! ¡Déjeme! ¡Tengo ganas de morirme! ¡Soy un miserable!

Los dos amigos regresaron a su domicilio, felicitándose por su independencia. El poder del clero les aterraba.

Ahora se lo utilizaba para reafirmar el orden social. La República no tardaría en desaparecer.

Tres millones de electores se vieron excluidos del sufragio universal. Se exigió el depósito de garantía a la prensa, se restableció la censura. Se atacaban las novelas por entregas. La filosofía clásica era considerada peligrosa. Los burgueses predicaban el dogma de los intereses materiales y el pueblo parecía contento.

El de los campos volvía con sus viejos amos.

El señor de Faverges, que poseía propiedades en el Eure, fue elegido para la Cámara legislativa, y su reelección al Consejo General de Calvados se daba por descontada.

Consideró conveniente dar una comida a los notables del lugar.

El vestíbulo, donde tres criados les esperaban para que les entregasen sus gabanes, el billar y los dos salones en fila, las plantas en los jarrones chinos, los bronces sobre las chimeneas, los listeles dorados de los revestimientos, las gruesas cortinas, los anchos sillones, todo aquel lujo les impresionó de inmediato gratamente como si fuera una gentileza que tenían para con ellos; y al entrar en el comedor, ante el espectáculo de la mesa cubierta de carnes en platos de plata, con la hilera de vasos de cristal delante de cada uno, los entremeses aquí y allá y un salmón en medio, todos los rostros se distendieron.

Eran diecisiete, incluidos dos robustos hacendados, el subprefecto de Bayeux y un individuo de Cherburgo. El señor de Faverges pidió a sus invitados que disculparan a la condesa, indispuesta por una migraña; y tras unos cumplidos sobre las peras y los racimos de uva que llenaban cuatro cestillos en las esquinas, llegó la hora de referirse a la gran noticia: el plan de desembarco en Inglaterra por Changarnier.

Heurtaux lo deseaba como soldado, el párroco por odio a los protestantes, Foureau en interés del comercio.

—¡Expresan ustedes —dijo Pécuchet— sentimientos dignos de la Edad Media!
—¡La Edad Media tenía sus cosas buenas! —prosiguió Marescot—. ¡Como nuestras catedrales!…
—Sin embargo, señor, los abusos…
—¡Eso no tiene importancia, la Revolución no habría llegado!…
—¡Ah, la Revolución, ésa es la desgracia! —dijo el clérigo dejando escapar un suspiro.
—¡Pero todo el mundo ha contribuido a ella! Y perdone, señor conde, ¡los mismos nobles por su alianza con los filósofos!
—¿Qué quieren? ¡Luis XVIII legalizó el expolio! ¡Desde entonces, el régimen parlamentario nos mina las bases!…

Apareció un rosbif y, durante unos minutos, no se oyó más que el ruido de los tenedores y de las mandíbulas, con el paso de los sirvientes sobre el parquet y estas dos palabras repetidas: «¡Madeira! ¡Sauterne!».

El señor de Cherburgo retomó la conversación. ¿Cómo detenerse al borde del abismo?

—Entre los atenienses —dijo Marescot—, entre los atenienses, con los que tenemos muchos aspectos en común, Solón metió en cintura a los demócratas ampliando el censo electoral.
—Sería preferible —dijo Hurel— suprimir la Cámara; todo el desorden proviene de París.
—¡Descentralicemos! —dijo el notario.
—¡Ampliamente! —apostilló el conde.

Según Foureau, el municipio debía ser dueño y señor absoluto, hasta llegar a prohibir el tránsito por sus caminos a los viajeros, si lo consideraba conveniente.

Y mientras los platos se sucedían, gallina en su jugo, cangrejos de río, setas, ensalada de verduras, alondras asadas, se trataron muchos temas: el mejor sistema de impuestos, las ventajas de la gran cultura, la abolición de la pena de muerte; el subprefecto no olvidó citar esa frase encantadora de un hombre ingenioso: «¡Que empiecen los señores asesinos!».

Bouvard estaba sorprendido por el contraste entre las cosas que le rodeaban y las que se decían, pues siempre parece que las palabras deben corresponderse con los ambientes, y que los altos techos están hechos para los pensamientos elevados. No obstante, llegó colorado a los postres y entreveía las compoteras como a través de una niebla.

Habían tomado vinos de Burdeos, de Borgoña y de Málaga… El señor de Faverges, que se conocía el paño, hizo descorchar champán. Los comensales, trincando, bebieron por el éxito de la elección, y eran más de las tres cuando pasaron al fumadero para tomar el café.

Sobre una consola, entre unos números de L’Univers, había una caricatura del Charivari; representaba a un ciudadano, cuyos faldones de la levita dejaban ver una cola, que terminaba en un ojo. Marescot dio una explicación al respecto. Rieron mucho.

Tomaban licores, y la ceniza de los cigarros caía sobre la tapicería de los muebles. El párroco, queriendo convencer a Girbal, atacó a Voltaire. Coulon se durmió. El señor de Faverges declaró su fidelidad a Chambord.

—Las abejas ponen a prueba la monarquía.
—¡Pero los hormigueros, la república!

Por lo demás, el médico ya no aguantaba más.

—¡Tienen ustedes razón! —dijo el subteniente—. ¡La forma de gobierno importa poco! —¡Con libertad! —objetó Pécuchet.
—Un hombre honrado no la necesita —replicó Foureau—. ¡Yo no suelto discursos! ¡No soy periodista! ¡Y sostengo que Francia quiere ser gobernada con mano de hierro!

Todos reclamaban un salvador.

Y, al salir, Bouvard y Pécuchet oyeron que el señor de Faverges le decía al padre Jeufroy:

—Hay que restablecer la obediencia. ¡La autoridad deja de existir si se discute! ¡El derecho divino, no hay más que esto!
—¡Así es exactamente, señor conde!

Los pálidos rayos de un sol de octubre se proyectaban detrás de los bosques, soplaba un viento húmedo y, al caminar sobre las hojas muertas, respiraban como liberados.

Todo lo que no habían podido decir se escapó en exclamaciones:

—¡Qué idiotas! ¡Qué bajeza! ¡Era difícil imaginar tanta terquedad! Para empezar, ¿qué significa el derecho divino?

El amigo de Dumouchel, ese profesor que les había instruido sobre estética, respondió a la pregunta con una sabia carta.

La teoría del derecho divino fue formulada en tiempos de Carlos II por el inglés Filmer.
Hela aquí:
«El Creador concedió al primer hombre la soberanía del mundo. Fue transmitida a sus descendientes, y el poder del Rey emana de Dios: “Él es su imagen”, escribe Bossuet. La potestad paterna nos prepara para la dominación de uno solo. Los reyes están concebidos sobre el modelo de los padres.
»Pero Locke refutó esta doctrina. La potestad paterna se distingue de la monarquía, al tener todo súbdito el mismo derecho sobre sus hijos que el monarca sobre los suyos. La realeza no existe más que por la elección popular; es más, a la elección se hacía mención en la ceremonia de la coronación, cuando dos obispos, señalando al Rey, preguntaban a los nobles y a los villanos si le aceptaban como tal.
»Así pues, el Poder emana del Pueblo. ¡Tiene el derecho a “hacer todo lo que le plazca”, dice Helvétius, “de cambiar su constitución”, dice Vattel, “de rebelarse contra la injusticia”, pretenden Glafey, Hotman, Mably, etcétera! Y santo Tomás de Aquino le autoriza a liberarse de un tirano. Incluso, dice Jurieu, “se le dispensa de tener razón”».

Asombrados por el axioma, cogieron el Contrato social, de Rousseau.

Pécuchet lo llevó hasta sus últimas consecuencias; luego, tras cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, hizo el análisis:

—Se presupone una convención en base a la cual el individuo alienó su propia libertad. El pueblo, al mismo tiempo, se comprometía a defenderle contra las desigualdades de la Naturaleza, y le hacía propietario de cuanto posee.

¿Dónde está la prueba del contrato?

¡En ninguna parte! Y la comunidad no ofrece garantía alguna. Los ciudadanos se ocuparán exclusivamente de política. Pero ante la necesidad de los oficios, Rousseau aconseja la esclavitud. Las ciencias han echado a perder al género humano. El teatro es corruptor, el dinero funesto, y el Estado debe imponer una religión, so pena de muerte.

Pero ¡cómo!, se dijeron ellos, ¡si eso era el pontificado de la democracia!

Todos los reformadores lo han copiado, y se consiguieron el Examen del socialismo, de Morand.

El primer capítulo expone la doctrina saint-simoniana.

En el vértice está el Padre, Papa y Emperador a un tiempo. Abolición de las herencias, todos los bienes muebles e inmuebles irán a formar un fondo social, que será explotado con un criterio jerárquico. Los industriales gestionarán los caudales públicos. Pero nada que temer: el jefe será «el que más ame».

Se echa de menos una cosa, a la Mujer. De la llegada de la Mujer depende la salvación del mundo.

—No comprendo.
—¡Ni yo!

Y abordaron el fourierismo.

Todas las desgracias derivan de la constricción. Que se liberen las fuerzas de atracción, y reinará la Armonía.

Nuestra alma encierra doce pasiones principales: cinco egoístas, cuatro anímicas, tres distributivas. Las primeras tienden al interés del individuo, las siguientes al de los grupos, las últimas al de los grupos de grupos, o series, cuyo conjunto es el Falansterio, sociedad de mil ochocientas personas que viven en un palacio. Todas las mañanas, unos coches llevan a los trabajadores al campo, y los traen al atardecer. Se enarbolan estandartes, se dan fiestas, se comen pasteles. Cada mujer, si así lo desea, puede tener tres hombres: el marido, el amante y el progenitor. Para los solteros, se instituye el bayaderismo.

—¡Esto me gusta! —dijo Bouvard.

Y se sumió en los sueños del mundo armoniano.

Con el restablecimiento de los ciclos naturales, la Tierra se volverá más bella; la vida humana se prolongará por el cruce de razas. Se dirigirá a las nubes igual que se hace ahora con el rayo, lloverá de noche sobre las ciudades para limpiarlas. Habrá barcos que atravesarán los mares polares deshelados bajo las auroras boreales. Pues todo se produce por la conjunción de dos fluidos —macho y hembra—, que brotan de los polos, y las auroras boreales son un síntoma del celo del planeta, una emisión prolífica.

—A esto no llego —dijo Pécuchet.

Después de Saint-Simon y de Fourier, el problema quedó reducido a una mera cuestión salarial.

Louis Blanc, en interés de los obreros, quiere la abolición del comercio exterior; Lafarelle, que se graven las máquinas; otro, que se desgraven las bebidas, o bien que se restablezcan los gremios de los maestros de los oficios, o que se distribuyan sopas. Proudhon imagina una tarifa uniforme, y reclama para el Estado el monopolio del azúcar.

—Tus socialistas —decía Bouvard— piden siempre la tiranía.
—¡Qué va!
—¡Es así!
—¡Eres absurdo!
—¡Pues tú me sacas de quicio!

Mandaron pedir las obras de las que no conocían más que resúmenes. Bouvard señaló varios puntos y, enseñándoselos, dijo:

—¡Lee tú mismo! Nos proponen como ejemplo a los esenios, a los hermanos moravos, a los jesuitas del Paraguay, y hasta el régimen carcelario. Entre los icarianos, se come en veinte minutos, las mujeres paren en el hospital. En cuanto a los libros, está prohibido imprimirlos sin la autorización de la República.
—Pero Cabet es un idiota.
—Pues aquí tienes entonces a Saint-Simon: los publicistas someterán sus trabajos a un comité de industriales; y a Pierre Leroux: la ley obligará a los ciudadanos a escuchar a un orador; y a Auguste Comte: los sacerdotes educarán a la juventud, dirigirán todas las obras del espíritu, e incitarán al Poder a que regule la procreación.

Estos documentos afligieron a Pécuchet. Por la noche, en la cena, replicó:

—Estoy de acuerdo en que entre los utopistas hay cosas ridículas; pero merecen nuestro aprecio. Les apenaba lo repulsivo que es el mundo, y, para hacer este más hermoso, todos tuvieron que sufrir mucho. Acuérdate de Tomás Moro decapitado, de Campanella torturado en siete ocasiones, de Buonarroti con una cadena al cuello, de Saint-Simon muriéndose de hambre, y de otros muchos más. Habrían podido vivir tranquilos; ¡pero no! Siguieron su camino, con la cabeza alta, como unos héroes.
—¿Crees que el mundo —prosiguió Bouvard— cambiará gracias a las teorías de un señor?
—¡Eso qué importa! —exclamó Pécuchet—, ¡no son estos unos tiempos para encenagarse en el egoísmo! ¡Busquemos el mejor sistema!
—Entonces, ¿piensas encontrarlo?
—¡Por supuesto!
—¿Tú?

Y a Bouvard le entró tal ataque de risa que le bailaban rítmicamente los hombros y la panza. Más rojo que las mermeladas, con su servilleta debajo del sobaco, repetía: «¡Ja, ja, ja!» de una manera irritante.

Pécuchet salió de la estancia dando un portazo.

Germaine le llamó a grandes voces por toda la casa, y le encontraron al fondo de su cuarto sentado en una butaca, sin fuego ni candela y la gorra echada sobre las cejas. No estaba enfermo, sino sumido en sus reflexiones.

Pasada la desavenencia, reconocieron que a sus estudios les faltaba una base: la economía política.

Se documentaron sobre la oferta y la demanda, el capital y los intereses, la importación, la prohibición.

Una noche, Pécuchet fue despertado por el ruido de unas botas en el pasillo. La víspera, como de costumbre, había echado él mismo todos los cerrojos, por lo que llamó a Bouvard, que dormía profundamente.

Permanecieron inmóviles en sus camas. El ruido no recomenzó.

Tras preguntar a las criadas, estas dijeron no haber oído nada.

Pero, al pasearse por su jardín, observaron en medio de una platabanda, cerca de la empalizada, la huella de una suela, y dos estacas del encañado rotas. Era evidente que habían escalado por él.

Había que avisar al guarda rural.

Como no estaba en el Ayuntamiento, Pécuchet se dirigió al tendero.

¿Y a quién vio en la rebotica, al lado de Placquevent, entre los parroquianos? ¡A Gorgu nada menos! Gorgu trajeado como un burgués e invitando a los presentes.
Este encuentro no quería decir nada.

Pronto llegaron a la cuestión del Progreso.

Bouvard no ponía en duda el progreso en el terreno científico. Pero la cosa no estaba tan clara por lo que hace a la literatura; y si bien el bienestar aumenta, la vida ha perdido su esplendor.

Pécuchet, para convencerle, tomó un pedazo de papel:

—Trazo oblicuamente una línea ondulada. Todo el que la siga, cada vez que la línea desciende, dejará de ver el horizonte. Y sin embargo la línea asciende, y, pese a los altibajos, acabará llegando a la cima. Esta es la imagen del Progreso.

Entró la señora Bordin.

Era el 3 de diciembre de 1851. Traía el periódico.

Leyeron deprisa, uno al lado del otro, el llamamiento al pueblo, la disolución de la Cámara, el encarcelamiento de los diputados.

Pécuchet palideció. Bouvard miraba detenidamente a la viuda.

—Pero ¡cómo! ¿No dice usted nada?
—¿Qué quieren que haga yo? —Habían olvidado ofrecerle un asiento—. ¡Y yo que he venido pensando que les daría una alegría! ¡Ah! ¡No están ustedes nada amables hoy!

Y salió, molesta por su descortesía.

La sorpresa les había hecho enmudecer. Luego fueron por el pueblo a desfogar su indignación.

Marescot, que les recibió en medio de sus contratos, era de otra opinión. La cháchara de la Cámara había terminado, gracias a Dios. Por fin habría una política de hechos.

Beljambe ignoraba los acontecimientos, y, por otra parte, le traían sin cuidado.

En el mercado, pararon a Vaucorbeil.

El médico estaba de vuelta de todo aquello.

—¡Hacen ustedes mal atormentándose por eso!

Foureau, que pasaba por allí, dijo con aire burlón:

—¡Los demócratas están hundidos!

Y el capitán, del brazo de Girbal, exclamó de lejos:

—¡Viva el Emperador!

Pero Petit tenía que comprenderles, y, tras haber llamado Bouvard a la ventana, el maestro de escuela abandonó la clase.

Encontraba de lo más gracioso que Thiers estuviera en la cárcel. Lo cual era una venganza para el pueblo.

—¡Ja, ja, señores diputados, ha llegado su turno!

Las descargas de fusilería en los bulevares recibieron la aprobación de Chavignolles. ¡Ningún perdón para los vencidos, ni tampoco piedad para las víctimas! Tan pronto como uno se rebela, es considerado un desalmado.

—¡Demos gracias a la Providencia! —decía el párroco—, y después de ella a Luis Bonaparte. ¡Se rodea de los mejores hombres! El conde de Faverges será senador.

Al día siguiente, recibieron la visita de Placquevent.

Esos señores habían hablado demasiado. Les invitaba a estarse calladitos.

—¿Quieres saber lo que yo pienso? —dijo Pécuchet—. Pues que los burgueses son gente feroz, los obreros unos celosos, los curas serviles, y el pueblo acepta finalmente a todos los tiranos con tal de que pueda llenarse el buche, ¡Napoleón ha hecho bien! ¡Que lo amordace, lo pisotee y lo extermine! ¡Nunca será bastante para su odio al derecho, su cobardía, su ineptitud y su ceguera!

Bouvard pensaba: «¡Ah, el Progreso, menuda broma!». Y añadió:

—¡Y la política, menuda porquería!
—No es una ciencia —prosiguió Pécuchet—. Es preferible el arte de la guerra, pues puede preverse lo que va a suceder; tal vez deberíamos ocuparnos de él.
—¡Ah, no, gracias! —replicó Bouvard—. Todo me disgusta. ¡Haríamos mejor vendiendo nuestra casa y yéndonos a donde sea, con los salvajes!
—¡Como tú quieras!

Mélie, en el patio, estaba sacando agua.

La bomba de madera tenía una larga palanca. Para bajarla, Mélie inclinaba los riñones y entonces se le veían las medias azules hasta la altura de la pantorrilla. Luego, con gesto rápido, alzaba el brazo derecho, mientras volvía ligeramente la cabeza, y Pécuchet, mirándola, sentía algo totalmente nuevo, un encanto y un placer infinitos.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (VII)

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