Vida y pasión de Santiago el Pajarero (I)

Julio Ramón Ribeyro






Representación en seis cuadros

La acción se desarrolla en Lima, Ciudad de los Reyes, en la segunda mitad del siglo XVIII, durante el gobierno del Virrey Manuel Amat.

PERSONAJES (Por orden de aparición)

SANTIAGO, el pajarero
ROSALUZ, novia de Santiago
MARÍA, esclava de Rosaluz
BASILIO, el coplero
BALTAZAR GAVILÁN, escultor
EL DUQUE DE SAN CARLOS, consejero en finanzas
ESTEBAN GONZALVES, barbero
EL VIRREY AMAT
COSME BUENO, profesor de matemáticas de la Universidad de San Marcos
DOS ALGUACILES
UN SECRETARIO
DOS CLIENTES
CUATRO HOMBRES en la calle
UN HOMBRE en la galería
VECINO
DIRECTOR del cuerpo docente
CATEDRÁTICOS
PÚBLICO

(Inspirada en una tradición de Ricardo Palma).


Cuadro primero

Al pie del cerro San Cristóbal

Decoración de huerta. Atardecer. Al fondo, perspectiva del San Cristóbal. Santiago, subido en una piedra, mira el follaje de los árboles donde se escuchan los cantos de los pájaros. Rosaluz, con un chal sobre los hombros, da vueltas, impaciente, a su alrededor.

ROSALUZ.— Pero ¿qué tanto miras?
SANTIAGO.— ¡Calla!
ROSALUZ.— ¡Bájate de allí y dame el brazo!
SANTIAGO.— ¡Chit!
ROSALUZ.— ¡Para eso me traes aquí, para pasarte la tarde mirando a los pájaros!
SANTIAGO.— No sigas hablando, que los vas a espantar.
ROSALUZ.— Soy yo la que me voy a espantar si sigues parado en esas piedras.

(Los cantos cesan. Santiago desciende y da unos pasos, la cabeza en alto, siguiendo el vuelo de los pájaros).

SANTIAGO.— ¡Se fueron…! La voz humana no los hace muy felices. ¿Me dejas seguirlos un momento? Solamente voy hasta el río. Siéntate aquí y vigila mi jaula.
ROSALUZ.— No puedo demorarme más. Le he dicho a mi mamá que iba a vísperas con María. Las campanas de Los Descalzos ya han tocado.
SANTIAGO.— Solamente unos minutos. Voy hasta el río y vuelvo.
ROSALUZ.— ¡No! Me voy. (Da unos pasos).
SANTIAGO.— (Alcanzándola) Perdóname, Rosaluz. Soy en verdad poco gentil… Hacerte venir hasta aquí. ¡Pero es que tú no comprendes! (La ciñe por la cintura) ¿Sabes que cuando era grumete pasé diez años contemplando los pájaros marinos? En las costas de estas tierras hay millones de pájaros que van de norte a sur y de sur a norte. Durante días enteros siguen a los barcos y forman como un río que palpita en el cielo. Los conozco mejor que a los hombres. Diría que son mis mejores amigos.
ROSALUZ.— Y por mirar a los pájaros te echaron de la marina.
SANTIAGO.— No fue por eso, Rosaluz. Fue a causa de un naufragio. Pero eso no tiene importancia.
ROSALUZ.— ¡Claro que la tiene! ¿De qué vamos a vivir cuando nos casemos? Tu tienda de Botoneros no da ni para regalarme jazmines. Un hombre que cría pájaros, ¿cómo puede fundar una familia? ¡La culpa la tienen tus amigos Basilio y Baltazar! Te juntas con personas sin oficio ni beneficio, con holgazanes que se pasan la vida soñando.
SANTIAGO.— (Herido) Es cierto, no vamos a vivir de los pájaros. (Misterioso) Pero ellos pueden enseñarnos muchas cosas.
ROSALUZ.— Lo único que pueden enseñarnos es a alimentarnos de migajas. Pero en ese caso prefiero quedarme soltera. En casa de mi madre no me falta nada, gracias a Dios.
SANTIAGO.— (Repite) Pueden enseñarnos muchas cosas los pájaros… ¿Nunca te he dicho en qué ocupo mis noches?
ROSALUZ.— Te irás al Doblón de Oro, a beber mosto con tus amigos.
SANTIAGO.— Te equivocas.
ROSALUZ.— Sí, ya sé que me equivoco… (Mimosa) Me han dicho que velas hasta tarde en tu tienda, ¿verdad?, y que tu luz es la última que se apaga en los portales.
SANTIAGO.— ¿Cómo lo sabes?
ROSALUZ.— Me lo dijo el barbero, tu vecino.
SANTIAGO.— (Soñando) A veces velo tanto que veo penetrar el sol por mi ventana.

(Suenan las campanas de Los Descalzos. Rosaluz se santigua).

ROSALUZ.— (Impaciente) ¡Vámonos ya!
SANTIAGO.— Espera.
ROSALUZ.— ¡Haz la señal de la cruz!
SANTIAGO.— (Se santigua) ¡Soy tan distraído! (Va hasta las piedras y coge su jaula) Mira, ¿sabes lo que es esto?
ROSALUZ.— No sé… Un pájaro como cualquier otro.
SANTIAGO.— Es claro, tú no puedes ver la diferencia.
ROSALUZ.— Lo único que sé es que hace poco volaba libremente y que ahora está prisionero. Eres malo, Santiago, martirizas a las pobres avecillas.
SANTIAGO.— Hacía días que lo acechaba. Este pájaro se llama tijereta. Pero no creas que le haré daño. Lo soltaré una vez que lo haya examinado.
ROSALUZ.— ¿Y para qué lo vas a examinar? (Por la derecha aparece María, la esclava de Rosaluz) ¡Allí viene María!
MARÍA.— ¡Ave María Purísima! Han tocado por segunda vez en Los Descalzos.
SANTIAGO.— ¿Vienes del río?
MARÍA.— Sí, Vuesa Merced.
SANTIAGO.— ¿No has visto pasar a los pájaros?
MARÍA.— ¿A los pájaros? A fe mía, no los he visto.
ROSALUZ.— Tú crees que todo el mundo está pendiente de ellos. ¡Vámonos ya!
MARÍA.— Dense prisa, mis amos, que llegaremos tarde al Santísimo.
SANTIAGO.— Anda no más, que te seguimos.
MARÍA.— (Saliendo) De cerquita, mis amos, que no volveré la cabeza.
SANTIAGO.— (A Rosaluz, que empieza a caminar) Espera, aún no te he terminado de contar.
ROSALUZ.— (Se detiene) ¿Qué cosa?
SANTIAGO.— Lo que hay dentro de esta jaula.
ROSALUZ.— Ya me lo dijiste: hay un pájaro.
SANTIAGO.— Este pájaro es un tesoro. Ha sido un milagro cazarlo por aquí porque ellos sólo viven del lado del mar.
ROSALUZ.— Pues es una buena noticia la que me das. Podrás venderlo por muy buenos duros.
SANTIAGO.— ¿Venderlo? ¡Nadie dará por él un cuarto! Para los demás no vale nada, ni siquiera sabe cantar. Pero para mí tiene una importancia que no puedes imaginar. Lo soltaré en mi desván y observaré cómo vuela.
ROSALUZ.— ¿En eso ocupas tus noches?
SANTIAGO.— Has adivinado.
ROSALUZ.— (Alejándose de él) ¡Pero Dios mío!
SANTIAGO.— ¡Espera, Rosaluz!
ROSALUZ.— (Saliendo) ¡Perder su tiempo de esa manera!
SANTIAGO.— (Siguiéndola) ¿Pero no te das cuenta para qué observo a los pájaros?

(Rosaluz sale por la derecha, Santiago se sobrepara y regresa por su jaula. Cuando la recoge los pájaros empiezan a cantar nuevamente entre el follaje. Santiago queda observándolos un momento y avanza, la cabeza en alto, hacia las piedras, pero se escuchan las campanas de Los Descalzos. Santiago sale rápidamente por la derecha).

TELÓN

Cuadro segundo

En el portal de Botoneros

Portal de Botoneros. Siete de la noche. Santiago va de la tienda a la trastienda guardando sus jaulas. Penetra Basilio a la carrera.

Escena primera

BASILIO.— ¡Échame un poco de agua, Santiago, que llevo un incendio en el corazón!
SANTIAGO.— Pero ¿qué sucede?
BASILIO.— ¡Abrázame tres veces y bésame en las dos mejillas!
SANTIAGO.— Por azar, ¿has ganado la lotería?
BASILIO.— Las loterías sólo las ganan los frailes y los familiares de la Santa Hermandad.
SANTIAGO.— ¿Te han hecho Gobernador de una provincia?
BASILIO.— ¡Jamás le he besado los pies a nuestro ilustrísimo Virrey!
SANTIAGO.— No sé, entonces, a qué se debe tu arrebato.
BASILIO.— ¡Estoy enamorado!
SANTIAGO.— ¿Otra vez?
BASILIO.— ¡No! Ésta es la primera vez que sufro tan bello accidente.
SANTIAGO.— Dime cómo ha ocurrido eso.
BASILIO.— Estuve en el teatro y vengo trastornado, transportado, sediento…
SANTIAGO.— ¡Por Dios! ¿No será de Micaela Villegas?
BASILIO.— ¡El diablo me libre de semejante pez! Es un bocado muy grande para un humilde pecador como yo. Dicen que nuestro honradísimo y sexagenario Virrey ha perdido el seso por ella y está gastando los doblones de la corona en construirle un palacio.
SANTIAGO.— Pero ¿quién, entonces, te ha puesto en semejante estado?
BASILIO.— ¡Isabelilla!
SANTIAGO.— ¡No sé quién será!
BASILIO.— ¿Es posible que no la conozcas? Claro, tú jamás te mueves de tu tienda sino es para ir al San Cristóbal o Amancaes a cazar pajarracos. Isabelilla es una nueva actriz.
SANTIAGO.— ¿Cómo es?
BASILIO.— ¿Y crees que lo sé? ¡He estado dos horas en el teatro mirándola sin verla o viéndola sin mirarla! Necesitaría tener el ingenio de Dante para describirla. Pero mi numen de coplero ha dado sólo para un cuarteto. Escucha:

La madre que te parió
mereciera parir veinte
y que yo fuera diezmero
y me tocaras en suerte.

(Ambos ríen. Santiago queda pronto callado y pensativo).

BASILIO.— No te veo el ánimo muy alegre. Pareces un recaudador de impuestos que ha perdido su cargo. ¿Qué te sucede?
SANTIAGO.— (Suspira) Han pasado muchas cosas en estos días.
BASILIO.— Estoy seguro que es por Rosaluz por quien suspiras.
SANTIAGO.— No es por ella.
BASILIO.— ¡Voto al diablo! ¿Por quién ha de ser, entonces? Juraría que hoy día no la has visto.
SANTIAGO.— Hace diez días que no la veo.
BASILIO.— ¡He ahí la razón!
SANTIAGO.— No la veo desde nuestro último paseo al San Cristóbal. He ido luego a visitarla y no la he encontrado. Pero no es esto lo que me acongoja.
BASILIO.— A mi turno, me tocará adivinar.
SANTIAGO.— No podrás adivinarlo: ha muerto mi tijereta.
BASILIO.— ¿Qué es eso?
SANTIAGO.— Un ave extraña que capturé hace poco.
BASILIO.— ¡Ya sabía que en todo esto había pájaro encerrado! Pero no te aflijas: aves hay a millares en el cielo; en todo caso, hay más aves que mujeres.
SANTIAGO.— Pero ésta es difícil de encontrar. Vuela por los mares del sur.
BASILIO.— Mira, te traeré un jilguerillo para que te consueles. Baltazar podrá birlar uno del convento de su padrino.
SANTIAGO.— No es lo mismo. Tendré que ir al Callao o a las playas de Lurín para conseguir otra semejante.
BASILIO.— Bueno, ya que no te puedo consolar, te ofrezco un vaso de vino.
SANTIAGO.— ¿En el Doblón de Oro?
BASILIO.— Sí, Baltazar nos espera allí. Lo dejé medio borracho.
SANTIAGO.— Me gustaría acompañarte, pero prefiero quedarme aquí. Necesito pensar. He tenido últimamente muchas ideas.
BASILIO.— ¿Qué clase de ideas?
SANTIAGO.— Ideas, no sé cómo decirlo, ideas que me enceguecen. Por momentos creo volverme loco.
BASILIO.— Nunca me has hablado de esas cosas.
SANTIAGO.— Mi cabeza arde como una fragua. Algo está sucediendo aquí adentro, algo que no puedo ver con claridad, pero que sin duda será algo admirable.
BASILIO.— Pero, dime al fin en qué ocupas esa cabeza.
SANTIAGO.— Es un secreto, Basilio.
BASILIO.— ¡Por piedad, déjate de secretos! Yo no te oculto nada. De mi amor por Isabelilla pensaba hacer el único misterio de mi vida y no bien he salido del teatro que ya estoy aquí, pregonándolo a los cuatro vientos.
SANTIAGO.— En otra oportunidad te hablaré. Además, todavía no estoy seguro. Es cuestión de días o tal vez de minutos. He llegado al límite de la reflexión y la luz tiene que estallar.

(Baltazar aparece, tambaleándose, y penetra en la tienda).

BALTAZAR.— Basilio, sabía que te iba a encontrar aquí. Embózate en tu capa y sígueme.
BASILIO.— Iba en este momento al Doblón de Oro.
BALTAZAR.— Déjate de doblones, que buena falta nos hacen. Ahora no vamos allí. Ahora nos vamos al puente.
SANTIAGO.— Por ventura, ¿sabes cuántos vinos te has bebido hoy, Baltazar?
BALTAZAR.— Por cada vino abrí un agujero en la mesa y cuando me levanté la mesa parecía un cernidor. ¡Basilio, se trata de un lance de honor!
BASILIO.— ¿Un duelo, por casualidad?
BALTAZAR.— ¡Chitón! ¡No hay un hombre que se bata conmigo! (Extrae de su capa unas tijeras) ¿Sabes para qué sirve este instrumento?
BASILIO.— ¡Cuernos! ¡Con eso eres capaz de degollar al mismo Sansón!
BALTAZAR.— Con toda seguridad, degollaremos algo esta noche.
SANTIAGO.— Vayan con cuidado, Basilio. Y tú, Baltazar, harías mejor en regresar a tus esculturas.
BALTAZAR.— ¿Quién dice que yo soy escultor? Lo único que hago es dar de cuchilladas a la madera o a la piedra… también a las personas cuando se cruzan en mi camino. Apúrate, Basilio, que la persona que me interesa ya debe estar cerca del puente.

(Ambos se embozan en sus capas y desaparecen por la izquierda. Santiago sale a la calzada. Pasa un vendedor de jazmines, luego un vendedor de cigarros. Santiago compra uno y luego de encenderlo queda pensativo, mirando al cielo. El barbero sale de su tienda contigua).

Escena segunda

BARBERO.— Buenas noches, maese Santiago.
SANTIAGO.— (Sin dejar de mirar al cielo) Buenas noches le dé Dios.
BARBERO.— ¿Tomando el fresco?
SANTIAGO.— Contando las estrellas.
BARBERO.— Usted siempre mirando hacia arriba.
SANTIAGO.— Arriba, por lo menos, no vemos gente fastidiosa.
BARBERO.— Puede usted caer en un charco.
SANTIAGO.— Y ahogarme, ¿no es verdad? ¡Mucha gente se alegraría!
BARBERO.— Lo sentiríamos mucho, don Santiago.
SANTIAGO.— Sobre todo aquí, en los portales.
BARBERO.— (Acercándose) Hace días que no veo a Rosaluz por estos lugares.
SANTIAGO.— ¿De veras? Yo tampoco.
BARBERO.— (Acercándose más) Don Santiago, quería hablarle otra vez de ese asunto.
SANTIAGO.— ¿De qué asunto?
BARBERO.— ¡Por Dios, usted lo sabe bien!
SANTIAGO.— ¿De mi tienda?
BARBERO.— Justamente.
SANTIAGO.— Mi respuesta es la misma: ¡no!
BARBERO.— Le doy por el traspaso trescientas onzas de oro.
SANTIAGO.— Veo que ha subido usted la oferta.
BARBERO.— Usted sabe, maese Santiago, la falta que me hace su local. Mi clientela crece todos los días. Soy el mejor barbero de la Ciudad de los Reyes. Necesito agrandar mi negocio y abrir aquí al lado una perfumería y una farmacia.
SANTIAGO.— ¿Y qué será de mí, pobre pajarero?
BARBERO.— Usted se arruina aquí, don Santiago. Olvídese de los pájaros y ponga un camal en la calle de los Mataderos. Se lo recomiendo, es un buen negocio.
SANTIAGO.— Usted olvida una cosa, maese Gonzalves: yo no soy comerciante.
BARBERO.— (Con despecho) A veces me parece que usted me tiene mala fe y que no me cede su tienda solamente por perjudicarme.
SANTIAGO.— ¿Yo?
BARBERO.— (Alejándose) Usted me tiene inquina, don Santiago.

(Entra en su tienda. Santiago apaga su cigarro y penetra en su tienda. Queda pensativo detrás del mostrador. Por la derecha aparece Rosaluz del brazo del Duque de San Carlos).

Escena tercera

DUQUE.— Estas calles del centro están muy bien iluminadas, lo cual es una desgracia para los enamorados. ¿No conoce usted algún sitio donde un caballero pueda pasearse con una bella moza sin despertar la envidia ni la indiscreción de las gentes? En Madrid es muy sencillo; basta caminar hasta el barrio de Atocha.
ROSALUZ.— Un hombre galante como su Señoría, no necesita de guía alguno en este país. Pronto conocerá las calles más tranquilas de la ciudad. Pero, vea usted, hemos llegado.
DUQUE.— ¡Con que ésta es la tienda de Santiago, el pajarero!

(Santiago los ve y sale a saludarlos).

ROSALUZ.— Tengo el honor de presentarte al Duque de San Carlos.
SANTIAGO.— (Se inclina) Dios guarde a su Señoría.
DUQUE.— Encontré a la simpática Rosaluz en el Paseo de Aguas y ha tenido la amabilidad de conducirme por una ciudad que apenas conozco. Hace una semana llegué de Cádiz.
SANTIAGO.— Sea usted bienvenido.
ROSALUZ.— El Duque de San Carlos andaba buscando una barbería. Me permití recomendarle la de Esteban Gonzalves.
SANTIAGO.— Hiciste bien. Es nuestro mejor barbero.
DUQUE.— (Observando la tienda) Tiene usted un negocio muy acogedor. Yo también soy aficionado a las avecillas. (Con intención) Tal vez me anime a comprarle alguna.
SANTIAGO.— Será un placer poder servir a su Señoría.
DUQUE.— A propósito, me dijo la gentil Rosaluz que usted trabajó en la marina.
SANTIAGO.— Durante diez años.
DUQUE.— Yo podría hacer gestiones para que usted se reincorpore. He sido también marino en mi juventud. Bella carrera, por cierto, donde con suerte se pueden hacer buenos doblones.
ROSALUZ.— (A Santiago) El señor Duque es pariente de nuestro Virrey.
DUQUE.— Eso no significa nada. Lo cierto es que me encantaría poder ayudarlo. Rosaluz dice que usted conoce muy bien la navegación. Con dos años más de práctica podría llegar a ser primer piloto. Justamente el barco en el cual vine zarpa en estos días para Panamá y luego seguirá viaje hasta España.
SANTIAGO.— Le agradezco mucho su ofrecimiento, pero no puedo aceptarlo.
DUQUE.— Piénselo bien. Por los tiempos en que vivimos, es la manera más segura de lograr fortuna. Así, no tendrá que hacer esperar más tiempo a tan linda flor, para casarse.
SANTIAGO.— Lo sé perfectamente.
DUQUE.— ¿Acaso no le interesa el mar?
SANTIAGO.— En estos momentos, más me interesa el cielo.
DUQUE.— ¡Caramba, es usted devoto!
SANTIAGO.— Veo que no me he explicado bien.
DUQUE.— Bueno, no quiero distraerlos más tiempo. Querrá usted hablar con su gacela. La barbería está allí, ¿verdad? (A Santiago) Le deseo mucha ventura. (A Rosaluz le besa la mano) A sus pies. (Entra a la barbería).

Escena cuarta

SANTIAGO.— ¿De dónde has desenterrado esa carcasa?
ROSALUZ.— (Escandalizada) ¡Santiago, ten más respeto por un Duque! Está hospedado en el palacio de Amat… ¿Sabes? Me ha pedido que le ayude a buscar su servidumbre. Necesita cuatro esclavos negros.
SANTIAGO.— Que los compre en el mercado.
ROSALUZ.— Él los quiere fornidos y obedientes. Le diré a María que busque entre sus conocidos.
SANTIAGO.— ¿Dónde está María?
ROSALUZ.— Eso mismo me pregunto yo. Hasta los portales nos venía siguiendo. Luego desapareció.
SANTIAGO.— Mejor; así podremos hablar tranquilamente. Para empezar, ¿a qué debo el honor de esta visita?
ROSALUZ.— ¿Te sorprende que venga a visitarte?
SANTIAGO.— Hace diez días que no te veo.
ROSALUZ.— Estuve enferma.
SANTIAGO.— Sin embargo, estuviste en la pelea de gallos.
ROSALUZ.— ¿Cómo lo sabes?
SANTIAGO.— No olvides que soy pajarero. Tengo un jilguerillo que me cuenta todo.
ROSALUZ.— Dirás mejor, un gavilán. Ese borrachín te ha venido con chismes.
SANTIAGO.— No hables mal de Baltazar… (Con vehemencia) Rosaluz, créemelo, te he extrañado mucho en estos días.
ROSALUZ.— Yo también, Santiago… Tú sabes que te quiero, a pesar de todo.
SANTIAGO.— ¿Por qué dices, «a pesar de todo»?
ROSALUZ.— ¡Porque eres el hombre más tonto que pisa la Ciudad de los Reyes! Imagínate, rechazar una oferta como la que te ha hecho el Duque de San Carlos, para reingresar en la marina. Cuando dijiste: «no», estuve a punto de saltarte al cuello y arañarte.
SANTIAGO.— ¿Quieres, acaso, que me vaya de Lima?
ROSALUZ.— ¡No es eso!
SANTIAGO.— ¿Qué quieres que haga, entonces?
ROSALUZ.— Que te establezcas, que hagas algo útil; en fin, que hagas algo de lo cual pueda sentirme orgullosa.
SANTIAGO.— Haré algo de lo cual todo el mundo hablará.
ROSALUZ.— ¡Déjate de quimeras! Tú vives en las nubes. De proyectos, estoy cansada.
SANTIAGO.— Pero si tú no tienes fe en mí, ¿quién la tendrá?
ROSALUZ.— ¡Yo no puedo ser eternamente la novia de Santiago, el pajarero!
SANTIAGO.— Ten un poco de paciencia.
ROSALUZ.— Me duele decirlo, pero tengo que hacerlo. He conversado con mi mamá sobre tu porvenir. Ella también está perdiendo la paciencia.
SANTIAGO.— ¿Qué tiene que ver tu madre en todo esto?
ROSALUZ.— Quiere que te fije un plazo. Nuestros amores duran ya cuatro años. La gente comienza a murmurar.
SANTIAGO.— Un plazo… ¿para qué?
ROSALUZ.— ¿No te digo que vives en las nubes, Santiago? ¿Para qué ha de ser? Para que te decidas.
SANTIAGO.— Yo estoy decidido.
ROSALUZ.— ¡Veo que no me entiendes! Se trata de que en este plazo hagas algo; que al cabo de un tiempo, me digas: «Fíjate, cuento con todo esto, podemos señalar ya la fecha de nuestro casamiento».
SANTIAGO.— ¿Y cuál sería ese plazo?
ROSALUZ.— No sé… pongamos un mes.
SANTIAGO.— ¡Un mes!… Pero ¿te das cuenta de lo que dices? En un mes no hay tiempo ni para soñar. Un mes pasa como un relámpago o como un escalofrío.
ROSALUZ.— ¡Debes hacer un esfuerzo!
SANTIAGO.— Un esfuerzo, ¿dices?… (Reflexivo) Quizás tengas razón… En estos días todo puede suceder… ¡faltan tan pocos detalles!… Rosaluz, ¡valga el plazo! En un mes sabré a qué atenerme.
ROSALUZ.— (Abrazándolo) ¡Bravo, Santiago!… Pero ¿me lo prometes seriamente?
SANTIAGO.— Seriamente, Rosaluz.
ROSALUZ.— ¡Mi madre se pondrá contenta!… ¿Y qué cosa harás en este mes? ¿Venderás tu tienda?
SANTIAGO.— No sé…
ROSALUZ.— ¿Entrarás en la marina?
SANTIAGO.— No sé, no sé, Rosaluz… no me preguntes nada. Déjalo todo por mi cuenta. Lo único que te digo es que haré algo importante.
ROSALUZ.— ¡Será una gran sorpresa para mí!
MARÍA.— (Aparece sofocada, con un ramillete de jazmines en la mano) ¡Ave María Purísima! Buscando al jazminero por toda la ciudad. Lo encontré en la calle del Gato, cerca de la farmacia.
SANTIAGO.— (Mirando el ramillete) ¿De dónde has sacado eso?
ROSALUZ.— ¡Qué lindo ramillete!
MARÍA.— El señor Duque me pidió en secreto que lo comprara.
ROSALUZ.— (Cogiéndolo) ¿Es para mí?
MARÍA.— Debe usted ponérselo en el pelo. A la derecha, como lo usan las mujeres solteras.

(Rosaluz se lo pone).

SANTIAGO.— Si todo marcha bien, pronto lo usarás a la izquierda.
ROSALUZ.— El Duque es muy gentil.
SANTIAGO.— Debería estar celoso, pero esta noche me siento particularmente fuerte; no me asustan los Duques ni los Virreyes.
ROSALUZ.— Bien, Santiago, te dejamos solo. (Lo besa con ligereza).
MARÍA.— (Mientras sale) Por la Catedral vi pasar a su amigo Basilio. Iba corriendo y su capa flotaba, parecía un cóndor.
SANTIAGO.— (Interesado) ¿Cómo dices?
MARÍA.— Que corría como alma que lleva el diablo.
SANTIAGO.— ¡No! Algo más dijiste.
MARÍA.— Que parecía volar, como un cóndor.
SANTIAGO.— ¡Como un cóndor! Eso es… ¿y dices que su capa flotaba?
MARÍA.— Sobre sus hombros.
SANTIAGO.— Volaba como cóndor.
ROSALUZ.— (Saliendo) Hasta pronto, Santiago. Y acuérdate de lo prometido. Deja a un lado las quimeras y pórtate bien.

(Desaparece con María por la izquierda. Santiago queda ensimismado. Luego comienza a pasearse por su tienda, excitado).

Escena quinta

BASILIO.— (Aparece corriendo) ¡Escóndeme, Santiago, que me persiguen los alguaciles!
SANTIAGO.— (Sin inmutarse) Me dicen que volabas, como un cóndor.
BASILIO.— ¡Por amor de Dios! ¿Quieres verme ahorcado en la Plaza Mayor?
SANTIAGO.— No hablemos de esas cosas, hay algo más importante.

(Se escuchan pasos precipitados).

BASILIO.— ¡Ya están aquí!

(Desaparece por la trastienda. Dos alguaciles se detienen en la puerta de Santiago).

ALGUACIL I.— ¿Ha visto pasar a un hombre embozado en una capa?
SANTIAGO.— No me pregunten nada.
ALGUACIL I.— ¿No reconoce nuestros distintivos? Somos los alguaciles de la villa.
SANTIAGO.— Sigan buscando. Con paciencia todo se encuentra.
ALGUACIL.— (Al alguacil II) Este hombre está enajenado. (Siguen su camino).
BASILIO.— (Aparece por la trastienda) ¿Se fueron ya?
SANTIAGO.— Estoy obcecado, Basilio, perdóname… (Se golpea la frente) Esta cabeza anda mal… ¿Has cometido algún crimen?
BASILIO.— Ha sido Baltazar.
SANTIAGO.— ¡Vamos! ¿Qué cosa ha hecho ese demonio?
BASILIO.— Déjame que te cuente. Salimos de aquí juntos, ¿recuerdas? Cuando llegamos al puente, Baltazar me dijo: «No te muevas de aquí. Cuando veas pasar a la mujer que te indicaré, te acercarás a ella y le preguntarás cualquier cosa». Baltazar se apoyó en la baranda y yo quedé esperando su señal. «Allí viene», me dijo de pronto. Era una mujer que tú, yo y todo Lima conoce porque Baltazar hace tres años que enloquece por ella.
SANTIAGO.— ¡Mariquita!
BASILIO.— La misma. Cuando estuvo cerca, me adelanté y le pregunté: «¿Dónde venden la gallina de los huevos de oro?»… Baltazar, que estaba agazapado, saltó a sus espaldas con la tijera en la mano…
SANTIAGO.— ¡La mató!
BASILIO.— Algo peor: cortó la trenza de un solo tijeretazo, saltó el vellocino encantado… La bella gritó… Dos alguaciles remontaban el puente. ¡Ya podrás imaginarte!… Baltazar salió disparado hacia el Rastro de San Francisco y yo volé hacia la Catedral.
SANTIAGO.— ¿Lo habrán cogido?
BASILIO.— Él es más ágil que yo y se dio maña para despistarlos. Fue a mí a quien persiguieron.
SANTIAGO.— ¡Esa historia merece un buen vaso de vino! A Mariquita la llamarán, de ahora en adelante, Mariquita La Pelona… ¡Yo también me siento eufórico esta noche!
BASILIO.— Lo noto. ¿Vino Rosaluz?
SANTIAGO.— ¡Ha venido hasta un Duque a visitar mi pocilga!… Pero no es eso lo que me tiene trastornado. Basilio: creo que te voy a revelar un gran secreto.
BASILIO.— ¡Vamos!, échalo de una vez.
SANTIAGO.— Pero no sé cómo explicarlo, ni por dónde comenzar.
BASILIO.— Comienza por el fin, si te es más fácil.
SANTIAGO.— ¿Tú sabes por qué vuelan los pájaros?
BASILIO.— ¡Por Judas Iscariote! ¡Sabía que me ibas a salir con una de esas historias!
SANTIAGO.— Esta vez hablo en serio. Es un asunto tan grave que en él va mi salud, y no solamente la mía.
BASILIO.— ¿Me asustas, Santiago?
SANTIAGO.— Repito: ¿Sabes tú por qué vuelan los pájaros?
BASILIO.— Porque tienen alas, me imagino.
SANTIAGO.— Es una respuesta muy simple… ¿Ves esta hoja de papel? (La coge y la arruga) Si yo hago una bola con ella y la dejo caer (la suelta), el papel caerá directamente al suelo.
BASILIO.— Así veo.
SANTIAGO.— En cambio, si a esta otra (coge otra) le doy otra forma (la dobla suavemente por la mitad), y la suelto, a pesar de ser igual a la primera y tener el mismo peso, se mantendrá un momento en el aire.

(Deja caer la hoja).

BASILIO.— Naturalmente.
SANTIAGO.— Todo consiste en encontrar una forma tan perfecta que los objetos se mantengan en el aire en lugar de precipitarse.
BASILIO.— ¿Y cuál es esa forma?
SANTIAGO.— La forma ya la he encontrado. Lo que falta es el impulso.
BASILIO.— Pero ¿adónde te llevará todo esto?
SANTIAGO.— A una sola cosa: el hombre puede volar.
BASILIO.— (Cogiéndose la cabeza) ¡Pero, Santiago! ¡Estás loco! Deberías hacerte exorcizar.
SANTIAGO.— No en vano he estudiado a los pájaros durante diez años. He hecho y roto cientos de diseños. Mi desván guarda los rastros de todos mis proyectos. Pero el diseño que ahora tengo en mente no me puede fallar. Basilio: se trata de un gran invento.
BASILIO.— No te creo una palabra, Santiago, pero me entusiasmas. Además, todo es posible en esta miserable creación.
SANTIAGO.— ¿Te imaginas, Basilio, al hombre atravesando los espacios? ¿Volando a la velocidad del cóndor? Un día bastará para llegar a Panamá. Se podrá atravesar los mares más rápido que las carabelas. En tres etapas se llegará a la Metrópoli: ¡Un día hasta Portobelo, otro hasta La Habana y otro hasta Madrid! ¡Es posible, Basilio, es posible!
BASILIO.— ¡Si aquello resulta te llamarán Santiago, el volador!
SANTIAGO.— De aquí a un mes terminaré mi último diseño. Me falta examinar algunos tipos de aves, un cóndor, entre otros. Luego escribiré una Memoria y la presentaré al Virrey. ¡Mi invento será una revolución!
BASILIO.— Si Amat te recibe, estás salvado. ¡Te volverás rico!
SANTIAGO.— Eso vendrá por añadidura. Lo importante es superar a las aves, conquistar el aire y darle al hombre el dominio total del universo.
BASILIO.— ¡Bravo, Santiago! Hablas como un poeta. Ahora soy yo quien te ofrece un vaso de vino.
SANTIAGO.— Esta vez, creo habérmelo ganado con todo derecho. (Apaga el quinqué y coge su capa) Vamos a buscar a Baltazar para bebernos unas copas en el Doblón de Oro.

(Cierra la puerta. Ambos se cogen del brazo y mientras se retiran de la escena, Basilio va cantando la copla de Santiago, el volador).

Santiago, de pajarero
se convirtió en inventor,
ya no le pidan romero
para el pájaro cantor.
Santiago, dice el coplero,
gana el cielo con primor,
desde hoy, mi compañero
¡es Santiago, el volador!

TELÓN

(Sigue leyendo…)

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