CRECER (I)

Higuchi Ichiyō






Capítulo 1

Cuando empecéis a recorrer el distrito os daréis cuenta de que la distancia que hay hasta la Puerta Grande donde se encuentra el «sauce de las despedidas» —cuyas finas y quebradizas ramas parece que amparen el regreso de los clientes rezagados— se hace larga, muy larga. Las luces de las mancebías y de los burdeles quedan reflejadas en la superficie del Foso de los Dientes Negros, y el bullicio y risas que provienen del segundo piso de las majestuosas casas es tan palpable que parece estar al alcance de la mano. El constante ir y venir de los jinrikishas, tanto de día como de noche, sugiere que el negocio va viento en popa. Los vecinos de la zona se refieren a esta parte exterior del distrito como «enfrente del templo Daionji» y, aunque este topónimo tenga cierto aire budista, nadie osará poner en tela de juicio que, en realidad, se trata de una zona bastante animada.

No obstante, al volver la esquina del santuario Mishima no encontraréis opulentas construcciones, sino más bien hileras e hileras de diez o veinte habitáculos de una sola estancia y de alerones combados. Salta a la vista que se trata de un barrio en el que los negocios no andan demasiado bien. Delante de las destartaladas puertas corredizas —muchas de ellas ya sólo pueden cerrarse hasta la mitad— los vecinos trabajan a destajo recortando papelitos en pequeñas formas estrambóticas y rocambolescas para, acto seguido, embadurnarlos con colores llamativos, clavarlos en una especie de pequeños rastrillos de bambú y rociarlos con unos pigmentos blanquecinos. Por su ímpetu y laboriosidad, estos comerciantes más bien podrían equipararse a los bailarines de la danza ritual del arroz. El paisaje que ofrecen estos rastrillos colgando de las partes traseras de las viviendas es, cuanto menos, pintoresco. Pero no se trata de algo aislado; no cuelgan de una o dos casas únicamente, sino que están por todas partes. Se toman todo el proceso muy en serio: al despuntar el día los sacan y cuelgan afuera para dejar secar la pintura, y cuando anochece vuelven a guardarlos dentro. Familias enteras —qué digo, ¡el barrio al completo!— se dedican a esta inusual tarea.

—¿Y qué son esos objetos, exactamente?
—¿Cómo? ¿No lo sabes? Son los preparativos previos al Día del Gallo, que se celebra en noviembre. ¡Son amuletos kumade de la suerte! Tendrías que ver a la gente el día del festival, andan como locos por hacerse con uno y llevarlo al santuario de Ōtori para que se cumplan sus codiciosas plegarias. ¡Compran tantos amuletos que casi ni les caben en las manos!

Los comerciantes de toda la vida inician los preparativos de la manufactura de los amuletos desde principios de año, justo después de descolgar los ornamentos de pino de Año Nuevo de sus entradas, y se dedican en cuerpo y alma durante todo el año hasta que llega el día del festival. También hay quienes lo consideran un trabajo secundario para ganar un dinero extra y no empiezan a ponerse manos a la obra hasta el verano (de hecho, no es de extrañar ver a gente con los brazos y pies llenos de manchas de pintura en esa época). Todos y cada uno de ellos cuentan con que las ventas irán tan bien que podrán incluso permitirse nuevos kimonos para las vacaciones de Año Nuevo. Los comerciantes de la zona, sin excepción, repiten a pies juntillas los mismos cánticos y plegarias («¡Oh, poderoso Ōtori! Si decidís agraciar con una gran fortuna a aquellos que compran los amuletos, ¡no os olvidéis de aquellos que los confeccionan! ¡Apiadaos de nosotros y ayudadnos a que nuestras ganancias se multipliquen por diez mil!»), aunque esas oraciones acostumbran a caer en saco roto, pues no se sabe de casi nadie que haya hecho fortuna por estos lares.

Por lo general, la mayoría de gente que vive en esta zona está relacionada de un modo u otro con el distrito de placer Yoshiwara. El padre, por ejemplo, se dedica a hacer esto o lo otro en algún burdel de poca monta. Cuando empieza a anochecer y oye el ruido de las fichas de madera repiquetear en los armarios sabe que ha llegado la hora de trabajar. Se echa el chaquetón de trabajo encima —cuando la mayoría de hombres se lo quitan— y se pone en pie, haciendo ademán de salir de casa. Detrás de él, su esposa, como tantas otras, hace saltar chispas mediante dos pedernales encima de su marido para que le protejan de todo mal. Su rostro está contrito en una mueca de preocupación. ¿Será esta la última vez que vea a su esposo? Sus preocupaciones no son en vano, pues el lugar al que el hombre acude a trabajar es peligroso en extremo: puede verse involucrado en una riña dentro de algún local en la que un hombre, no contento con acabar con la vida de la cortesana a la que ama, decida matar también al personal, que no tiene la culpa de nada. ¡Y pobre de él si se le cruza por la mente desbaratar los planes de una cortesana y su amante que han decidido de mutuo acuerdo poner fin a sus vidas! En ese tipo de ambientes hostiles, cualquier cosa puede salpicarle y acabar con su vida. Y pese al peligro que corre, día tras día enfila el camino hacia el distrito del placer como si se tratara de un colegial yendo a un festival en pleno fervor primaveral.

¿Y sus hijas, decís? Pues también están metidas en el mundillo: esa jovencita de ahí es la sirvienta de una cortesana en uno de los burdeles más suntuosos; y esa otra de más allá se encarga de atraer la clientela hacia el local «No-se-quéShichiken». Blande con alegría el farolillo de papel que publicita su local mientras revolotea por las calles dando brincos. Si bien esa es su actual ocupación, ¿qué será de ellas cuando su perído de prueba finalice? Si les preguntas en qué se convertirán, lo más probable es que os respondan que en la cortesana de más renombre del país, tan maravillosa que sólo flota entre las tarimas de los teatros más distinguidos. Y, entonces, un buen día se dará cuenta de que en menos que canta un gallo ha arañado la treintena y se ha convertido en una mujer adulta, de aspecto pulcro, vestida con un refinado kimono y un chaquetón a conjunto de algodón azul marino con rayas rojas o azul celeste, a juego con unos tabi del mismo azul marino. Sus sandalias con suela de cuero retumban con fuerza —corre atropelladamente, con prisas—y en los brazos lleva un fardito. Está muy claro qué hay en su interior, sobran las palabras. Alguien deja caer el puente levadizo que hay junto a la casa de té por encima del foso ante los insistentes repiqueteos de las sandalias de la mujer.

—Si iba por la Puerta Grande tenía que dar mucha vuelta… —se excusa. Al final, por esta zona se la conoce, simple y llanamente, como «la que trabaja de costurera».

Aquí, las costumbres tienen poco o nada que ver con la vida ordinaria. Encontrarás pocas mujeres que lleven el lazo del obi bien ceñido por detrás. Una cosa es ver a mujeres de cierta edad vestir kimonos de mal gusto y colores llamativos. Si les gusta vestir holgadas y en lugar de ceñirse el obi como toca prefieren llevarlo más suelto, allá ellas. Pero ¿qué me decís de esas jovencitas de catorce o quince años que se pasean engalanadas con estridentes diseños como si fueran princesas y mastican con desfachatez las bayas del alquequenje? Habrá gente que mirará para otro lado, pero la mayoría de las veces no lo hacen porque ya están acostumbrados: es algo de lo más habitual en el distrito.

Una ramera que hasta hace unos días respondía al nombre artístico de una tal Murasaki (apelativo sacado, sin duda, de La historia de Genji) y que trabajaba en un prostíbulo de tres al cuarto junto a la acequia, ha decidido, justo hoy, juntar fuerzas con un truhán de la zona y tirar adelante un pequeño tenderete nocturno especializado en brochetas de pollo. Pero, como ninguno de los dos tiene experiencia, el negocio no tardará en hacer aguas. Cuando la cortesana se quede más desplumada que los pollos de su negocio empezará a anhelar su anterior oficio y decidirá, a todas luces, que ya será hora de regresar a su antiguo nido. De hecho, son estas las mujeres más veneradas por esos lares, muy por encima de las mujeres ordinarias o amas de casa del montón.

En septiembre, el distrito se engalana para el festival de otoño de Niwaka. ¡Echad un vistazo a la calle principal! Observad como los niños parodian con gran destreza a Rohachi e imitan los ademanes de Eiki. Es del todo evidente que el esfuerzo de esos niños ha dado sus frutos, ¡y de qué manera! La rapidez de su aprendizaje dejaría sin palabras a la mismísima madre de Mencio. Como siempre hay alguien que les ríe las gracias, lo más probable es que esos chicos vuelvan a las andadas y repitan el recital esa misma noche. Y si creéis que estos niños de seis o siete años son precoces para su edad, ¡esperad a que cumplan catorce y veréis lo que es bueno! Los encontraréis canturreando con descaro las melodías en boga del distrito, ataviados con una toalla de baño encima de los hombros. ¡Ésos sí que se las traen, de lo espabilados que son! En las escuelas de la zona, el reparto de canciones de una clase de música normal y corriente puede verse alterado y sustituido por la cantarela típica de los festivales («¡Guichonchón, guichonchón!»). El día del Festival Deportivo no será otra que La canción del árbol la que entonen los estudiantes, dándose aires de grandeza. Si bien la educación ya es una tarea difícil en circunstancias normales, imaginaos por lo que deberán estar pasando los pobres profesores que se encargan de la enseñanza de estos chicos de la escuela de Ikueisha, cerca de Iriya. A pesar de tratarse de una escuela privada de poca monta, cuenta con casi mil alumnos. El recinto escolar es tan pequeño y estrecho que, si le echáis un vistazo, tendréis la sensación de que no cabe ni una aguja de lo apretujados que están los estudiantes. Pero, pese a estas condiciones, el buen renombre del profesorado juega un gran papel en favor de estos chicos. Por esa zona, si alguien pregunta por «el colegio», todo el mundo le dirigirá hacia el Ikueisha.

Entre el ir y venir de niños, el hijo del bombero exclama:

—Mi padre se encarga de la caseta de vigilancia que hay junto al puentecillo de madera, ¿sabes? —Parece un experto en apagar fuegos, pese a que su padre aún no le ha instruido en la profesión—. Tiene que velar por las casas de té de su zona.
—¿Qué más da? ¡Seguro que has sido tú el que ha roto los picos de la valla de bambú que nos protegen de los ladrones! Estarías jugando a los bomberos y has intentado subir la valla como si fuera una escalera de incendios, ¿me equivoco? —refunfuña otro de los chicos, dándose aires detectivescos. Es el hijo de un picapleitos de tres al cuarto (de ahí esa actitud, seguramente)—. En cuanto a ti —continúa, dirigiéndose a otro—, tu padre es un cobrador de deudas del burdel, ¿a que sí?

Cualquiera enrojecería de la vergüenza ante estas palabras, por muy pequeño que fuera. El chico en cuestión no puede más que bajar el rostro —cuyos pómulos empiezan a asemejarse a dos tomatitos—con sumisión, azorado, incapaz de desmentirlo. En el barrio tampoco podía faltar el hijo del amo de uno de los burdeles más exitosos. Su familia no vive cerca del epicentro de la zona del placer, por descontado, sino en una gran mansión lejos de la zona. No es de extrañar que el niño se dé aires de grandeza; es evidente que es el ojito derecho de papá. Lleva puesto un gorro de flecos según la última moda. Su expresión insolente hace pensar que su familia no pasa penurias económicas, hecho que queda confirmado al observar el deslumbrante traje de estilo occidental que viste con gallardía. Y no lo sabéis todo: hay algún que otro niño que incluso lo llama «señorito» con actitud casi reverencial. ¡Todo un espectáculo!

Entre todos estos estudiantes de la escuela se encuentra también Shin’nyo, del templo Ryūge, conocido asimismo como Nobuyuki. Su pelo es oscuro y abundante, pero ¿cuánto tiempo le queda hasta que llegue el momento de rapárselo? No a mucho tardar la tonalidad de su kimono pasará a teñirse del color de la tinta negra, tal como corresponde a la vestimenta de los bonzos. Pero la pregunta que debemos hacernos es: ¿habrá tomado esa decisión por voluntad propia? Sea como fuere, es un estudiante brillante y todo parece indicar que heredará el oficio de su padre, el abad del templo. Aun así, Nobuyuki es un joven de actitud calmada por naturaleza y, quizás por eso, el resto de estudiantes solían tenerlo cruzado. En el pasado le hicieron bastantes jugarretas.

Una vez, unos chicos ataron con cuerda a un gato muerto y se lo tiraron encima.

—Te dedicas a esto, ¿no? Venga, recítale un cántico para que su alma llegue al Más Allá —se mofaron algunos mientras le arrojaban el gato encima una y otra vez.

No obstante, eso ya es agua pasada. Ahora se ha convertido en el número uno del colegio y, en consecuencia, ya nadie se mete con él, ni por descuido. Es de mediana estatura y tiene catorce años. Lleva su oscura cabellera muy corta según la moda estudiantil, pero, aun así —aunque quizás son imaginaciones mías—, hay algo en él que lo hace diferente al resto de gente. Pues por mucho que su nombre sea Fujimoto Nobuyuki, carente de connotación religiosa alguna, proyecta una imagen que se asemeja más bien a la de un acólito del Buda Gautama.


Capítulo 2

El 20 de agosto tiene lugar el festival del santuario Senzoku, el protector del barrio. Todas y cada una de las calles que lo conforman quedarán repletas de carrozas engalanadas con sus mejores ornamentos (pues nadie desea perder la oportunidad de sacar pecho; todos quieren que su carroza sea la mejor). Cada año bordean la ribera hacia arriba y se adentran en el distrito del placer —que abre sus puertas en todo su esplendor y, de forma excepcional, a todo el vecindario— con fiereza. ¡No os podéis imaginar el brío con el que los fervorosos mozos penetran en manada al interior del distrito! Y, como es de esperar, nada de esto escapa a los oídos de los más pequeños, que de sobras saben de qué pie calza la sociedad en la que viven. Sin duda alguna, ellos también se enfundarán en yukatas de cotón a juego con los colores de su zona, pero no se limitarán a eso, ¡faltaría más! Ya sea por culpa de la influencia de los jóvenes o por el ambiente desenfrenado que deriva del festival, la actitud de todos y cada uno de estos muchachos es de una petulancia sin fin. Parece que incluso lo hagan a propósito. Si escucháis los comentarios que hacen, nada típicos de su edad, estoy segura de que se os pondría la piel de gallina.

El cabecilla de la autoproclamada «banda de las callejuelas» no es otro que Chōkichi, su fundador. Aunque en realidad sea el hijo mayor del jefe de bomberos, Chōkichi es un bruto. Tiene quince años, y es de lo más arrogante. Desde que sustituyó a su padre en el pasacalle durante el festival de otoño de Niwaka, blandiendo con orgullo la vara de metal haciendo las veces de abanderado, Chōkichi andaba siempre inflando pecho. Ahora lleva siempre el obi ceñido casi a la altura de las caderas, emulando, sin duda, el estilo de los hombres, y responde siempre con desprecio y altanería a cualquier comentario que le hagan.

—¿Habéis visto qué pintas y qué modales? Porque es el hijo del jefe de bomberos, que si no… ¡otro gallo cantaría! —suelen murmurar a escondidas las esposas de los otros bomberos del cuerpo.

Chōkichi está acostumbrado a campar a sus anchas y salirse siempre con la suya, aprovechándose de la influencia que ejerce entre esas callejuelas. Aunque eso era antes de que apareciera Shōtarō, el cabecilla de la «banda de la calle principal». Es el hijo de la casa de préstamos Tanaka de la calle principal. Pese a ser tres años menor que él, Shōtarō es un chico simpático con don de gentes, y su familia tiene dinero. No es de extrañar que no se lleve mal con nadie. Por todo ello, y como cabe de esperar, Chōkichi lo considera su archienemigo.

«¡Ese papanatas me saca de quicio! No aguanto su expresión, mirándome siempre como si fuera un don nadie. Parece que me restriegue que yo voy a la escuela privada Ikueisha y él a otra pública. ¿Qué se cree, que las canciones que cantamos en nuestras escuelas no son las mismas? Quizás se piensa que las que les enseñan a ellos en la pública son más auténticas. Claro, se da esos aires porque tanto el año pasado como el otro los preparativos para el festival que hizo su banda superaron con creces a los nuestros. ¡No me extraña, con la ayuda de los mayores, así cualquiera! Por si fuera poco, encima me quedé con las ganas de darle una buena paliza. Si vuelven a superarnos en el festival de este año, ¡será el fin de mi banda! Por mucho que soltara amenazas (“¿Con quién te crees que estás hablando? ¡Con Chōkichi, de la banda de las callejuelas!”), nadie me tomaría en serio. A este paso, tendré tan pocos miembros en la banda que no podremos formar ni un equipo de natación para nadar por el estanque de Benten en la competición de este año. Si se tratara sólo de fuerza bruta, ganaría de calle. Pero la gente se deja engatusar por los buenos modales de Shōtarō, ¡serán lelos! Y, por si fuera poco, como es tan estudioso, lo toman por un sabelotodo y se acobardan ante él. Eso es lo que les pasó a Tarōkichi y a Sangorō, que, pese a ser de la banda de las callejuelas, se pasaron al otro bando. ¡Sanguijuelas traidoras, para desertar sí que tuvieron agallas! Vamos, Chōkichi, que el festival es pasado mañana: en lugar de pensar que estamos acabados, es hora de hacer algo a la desesperada para que sepan quién manda aquí. ¡Le plantaré un buen moratón en toda la cara a ese mequetrefe! No me importa si pierdo un ojo o una pierna, ¡esta vez pasaremos cuentas y sabrá lo que es bueno! Con la ayuda de Ushi, el hijo del tirador de jinrikisha, de Bun, el de la tienda de lazos para el pelo, y de Yasuke, el de la juguetería, podría hacer frente a la banda de la calle principal. ¡Ah! ¡Pero qué digo, casi me olvido de él! ¡Pues claro! Si Fujimoto nos presta su intelecto, ¡seremos imbatibles!».

Pues dicho y hecho: cuando el día del 18 de agosto empieza a anochecer, Chōkichi se encamina ni corto ni perezoso hacia el templo de Ryūge donde vive Fujimoto Nobuyuki. Rodea el jardín trasero del templo abriéndose paso entre los matorrales de bambú al mismo tiempo que intenta zafarse de los mosquitos que le zumban cerca de los ojos y la boca. Cuando localiza los aposentos de Nobuyuki, se empieza a acercar muy despacito.

—¿Estás aquí, Nobu? —pregunta al fin, dejándose ver—. Ya sé que se dice que sólo me entiendo a golpes con la gente, y quizás tengan razón. Pero cuando me sacan de quicio, ¡por algo será! ¿No crees? Escúchame bien, amigo mío, estoy hasta la coronilla. ¿Sabes que el año pasado la banda de Shōtarō la tomó con mi hermano pequeño? Ese criajo insoportable comenzó a golpear el árbol de farolillos de mi hermano, y después sus compinches, que querrían meter cizaña para variar, se abalanzaron sobre él de la nada y le hicieron pedazos los farolillos de papel. ¿Qué tienes que decir al respeto? Se cebaron con un niño pequeño que no tenía la culpa de nada y le hicieron añicos sus preciados farolillos, ¿te lo puedes creer? ¡Y, por si fuera poco, no se les ocurrió otra cosa que coger a mi hermano entre todos y lanzarlo por los aires! ¿Qué clase de gente haría algo así? Encima, el hijo del dueño de la tienda de dango y confituras, Zopenco, que, como es tan alto, va por el mundo dándose aires de adulto, empezó a insultarle: «¡Tomad vuestro merecido, banda de las callejuelas!», dijo. «¿Y este de aquí se supone que es el hijo del capataz de los bomberos y el hermano de un cabecilla de grupo de poca monta? Yo aquí no veo cabecillas ni cabezas, ¡sino un rabo! ¡Un rabo de cerdito!». ¿Te lo puedes creer, Nobu? Durante todo ese rato yo estuve en el desfile del festival de Senzoku sin enterarme de nada. Cuando finalmente llegó a mis oídos lo que había pasado me puse hecho una furia y grité que se prepararan, que Chōkichi iba a pasar cuentas para darles su merecido, pero mi padre me oyó y me pegó la bronca. ¡Encima! Esa noche me fui a dormir con lágrimas en los ojos, ¡lágrimas de rabia! Y tampoco hace falta que te cuente lo que pasó hace dos años porque supongo que lo recordarás. Esos renacuajos de la banda de la calle principal se reunieron delante de la papelería. Tenían toda la pinta de estar haciendo algún tipo de representación, o comedia, ¡lo que sea! El caso es que, cuando me vieron, me soltaron de golpe y sopetón: «¡Anda, pero si es Chōkichi! ¿Qué pasa, que los de la banda de las callejuelas os habéis quedado secos de ideas y venís aquí a ver si os inspiramos?». Encima se me hicieron los graciosos, ¿sabes? Pero lo que más me repateó fue ver el trato respetuoso que le daban a Shōta; ¡cualquiera diría que es un huésped de la Corte imperial, oye! Aunque tenga tanto dinero que no sabe qué hacer con él, su familia tiene una casa de empeños, no un palacio, ¡por lo que más quieras! ¡El negocio de la familia Tanaka es la usura! Y aun así, ¿con qué derecho se lo tiene tan creído? No habría que dejar vivir a unos tipejos como él, ¿no crees, Nobu? ¡Si me lo cargara le estaría haciendo un favor a la sociedad, incluso! La cosa ha pasado ya de castaño oscuro: pasado mañana, en el festival, me encargaré de pasar cuentas. ¡Y a golpes, faltaría más!
»Por eso he acudido a ti, Nobu, hazlo por un amigo: necesito que me respaldes. Sé que no eres partidario de la violencia, pero necesito que te pongas de mi lado. No es sólo por mí: ¡hazlo también para limpiar el honor del colegio Ikueisha! ¿No te corroe en el alma que ese pedante de Shōtarō se pasee por allí gritando a los cuatro vientos que las canciones de la pública son las buenas y verdaderas? ¡Ayúdame a ajustar cuentas con él! Piensa que cuando me tachan de no ser más que un mero “estudiante gandul y zopenco de la privada” es como si también te insultaran a ti. ¡Por lo que más quieras, te lo suplico, échame una mano! Dime que me ayudarás y que blandirás el árbol de los farolillos en nombre nuestro. Estoy desesperado, no sé qué más puedo hacer. Si vuelven a derrotarnos, será el fin de Chōkichi —se lamenta el joven. Sus anchos hombros le tiemblan de la rabia.
—Pero Chōkichi, si soy un debilucho…
—Me da igual si eres un debilucho o no.
—Y no seré capaz de blandir los farolillos…
—No pasa nada.
—Si me uno a vosotros perderéis igual.
—¡Da igual si perdemos, qué remedio! La clave es que todos sepan que estás de nuestro lado. Me juego el pellejo a que más de uno querrá seguirte. Yo soy un cabeza cuadrada, seamos francos. Pero tú, Nobu, tú eres un chico culto. Si a algún espabilado de la banda de la calle principal se le pasa por la cabeza darse aires de erudito y hablarnos usando palabras chinas, tú podrás seguirle el juego en el mismo tono. ¡Ay, qué bien me siento ahora! Ya estoy más tranquilo. Muchas gracias. Si accedes, ¡será como tener la fuerza de mil hombres! ¿Nos ayudarás? —Nobuyuki no pudo evitar sorprenderse ante tal inusual muestra de felicidad y esperanza por parte de Chōkichi.

Es digno de ver: a un lado, el hijo de un trabajador ataviado con un obi de casi tres shaku de largo y calzado con unas sandalias zōri. Al otro, un joven ataviado como un monje en potencia, con su chaquetón del color de la corteza y un simple obi morado. Aunque son como el día y la noche y no piensan del mismo modo (pues nunca logran llegar a un acuerdo, al fin y al cabo), Nobuyuki no puede olvidar que sus padres, el gran bonzo y su esposa, tienen en gran estima a Chōkichi, pues este dio su primer vagido delante de las puertas del templo. Más tarde habían acudido al mismo centro, el colegio Ikueisha. Cuando los de la pública hablan mal de los de la privada, Nobuyuki también frunce el ceño. Además, como Chōkichi no es demasiado popular entre la gente por culpa de su innata incapacidad para hacer amigos, en el fondo le da un poco de lástima. Shōtarō, en cambio, tiene a todos los jovenzuelos del barrio —incluso a los mayores— de su parte. No es que Chōkichi se sienta inferior a Shōta, ¡ni por asomo!, pero es cierto que por culpa del hijo de los Tanaka, Shōtarō, Chōkichi pierde año tras año. Por si fuera poco, Chōkichi ha puesto sus esperanzas en él; incluso se lo ha suplicado. Nobuyuki se siente incapaz de defraudarlo.

—Está bien, me uniré a vosotros —responde Nobuyuki—. Tienes mi palabra. Pero te pido que no lleguéis a las manos. Así tendremos más opciones de ganarles. Si son ellos los que buscan pelea, ¡allá ellos! Si las cosas se tuercen hasta tal punto, yo mismo aplastaré a Shōtarō con la punta del meñique. —Parece ser que Nobu se ha olvidado por completo de que instantes antes se ha autoproclamado un debilucho. Acto seguido, del cajón de su escritorio saca su preciada daga Kokaji, un regalo proveniente de Kioto, y se la muestra al otro joven.

—¡Madre mía! Y parece que corte de verdad —la admira Chōkichi, acercándose más para observarla mejor.

Cuidado como la blandís, chicos, no vaya a ser que esto termine en tragedia.


Capítulo 3

Su melena suelta le llega casi hasta los pies, si bien ahora la lleva fuertemente recogida hacia atrás en un gran moño que parece pesar bastante, al estilo shaguma, «oso rojo». Aunque el nombre inspira cierto temor, todas las jovencitas de buena familia de la época se peinan así. La joven es de piel nívea y nariz perfilada. Su boca no es pequeña, precisamente, pero está bien conformada y no puede decirse que no sea atractiva. Si escudriñáis sus rasgos de uno en uno es probable que diste de la imagen de belleza arquetípica, pero la frescura que emana de su voz al hablar y los ojos que rebosan cariño y respeto al mirar a la gente, así como su porte grácil y vivaz, le dan un aire agradable y encantador en conjunto.

A la vuelta de los baños matutinos, la joven viste un yukata amplio de color caqui con unos vistosos estampados de mariposas y pajarillos. Lleva el obi chūya bien ceñido a la altura del pecho. Es de satén negro, si bien el reverso es de otro color, y calza unas sandalias bokuri de madera lacada con bastante plataforma (¡eso no se ve todos los días!).

—Ay, ¡qué ganas tengo de verla de aquí a tres años! —comentan entre sí un grupo de hombres jóvenes que salen del distrito del placer Yoshiwara al cruzársela, toalla en mano y con su nuca blanquísima.

La joven es Midori, del Daikokuya. Es natural de la región occidental de Kishū y aún conserva un poco de acento de la zona, aunque eso aún le suma más encanto. No encontraréis a nadie que no admire su carácter generoso y gentil. Pese a no ser más que una niña, su monedero está siempre lleno gracias al gran éxito que su hermana cosecha como cortesana en Yoshiwara (pues está en lo más alto de su carrera y todo el dinero que no se queda el prostíbulo es para ella). Todo el enjambre de aprendices que acompaña siempre a su hermana no se reprime ni un pelo alrededor de Midori para ganarse el favor de su hermana mayor:

—Aquí tienes, pequeña Mii —le ofrece una yarite, una cortesana ya entrada en edad, llamando a Midori por su apelativo cariñoso—, para que te compres una muñequita.
—Toma, preciosa, acéptalo y cómprate una pelotita de colores —le ofrece una shinzo o aprendiz de cortesana.

No obstante, pese a que Midori siempre acepta el dinero con humildad, es muy consciente de que sólo pretenden ganársela con favores. Como tampoco se siente agradecida, en lugar de comprarse juguetes, se dedica a repartir el favor entre sus veinte compañeras de clase comprándoles pelotitas de caucho con diseños a juego para divertirse entre todas. Aunque eso sólo había sido el principio: una vez incluso había comprado todos y cada uno de los juguetes que había en los estantes de la papelería criando polvo. Con ese gesto hizo feliz a más no poder a la mujer del dueño de la tienda, como cabe esperar. Aunque, si os paráis a pensarlo, no es nada común que una chica de su edad y origen pueda permitirse semejantes despilfarros día tras día. No puedo evitar preguntarme qué será de esta chica dentro de unos años. Aunque tiene padre y madre, parece ser que no ejercen mucho como tales; hacen la vista gorda a su conducta y jamás le han alzado la voz para ponerla en cintura.

Y, decidme, ¿no os parece algo sospechoso que el patrón del Daikokuya donde trabaja su hermana mayor preste tanta atención a esta jovencita? Al fin y al cabo, no es su hija adoptiva ni tampoco un familiar. Cuando el patrón se dirigió a Kishū para examinar a su hermana mayor y comprarla para su establecimiento, extendió su invitación a Midori y a sus padres, quienes, creyendo que les resultaría bastante difícil ganarse la vida por los lares de Kishū, aceptaron la generosa oferta. De ahí que tanto Midori como sus padres vivan ahora en el Daikokuya. ¿Tendría el patrón acaso más cosas en mente cuando les permitió quedarse? Quién sabe. Pero lo cierto es que, de momento, ahora están a cargo de la residencia anexa al establecimiento. La madre trabaja como costurera y confecciona vestidos para las chicas del centro, y el padre lleva las cuentas a un local de poca monta. En cuanto a Midori, está inscrita en la escuela para aprender distintas artes, desde música a arreglo floral, pasando por la ceremonia del té y manualidades. Pero, aparte de esto, Midori tiene plena libertad para hacer lo que le plazca durante el resto del día; a veces echa la tarde en los aposentos de su hermana, y otras veces pasa el tiempo jugando por las calles para impregnarse del sonido del shamisen o del tambor, así como de los colores vistosos —carmesíes y púrpuras, sobretodo— típicos de las cortesanas.

Cuando Midori llegó a Yoshiwara por primera vez el cuello del kimono que vestía era de color malva —nada adecuado para una señorita— a juego con el kimono de encima, pese a que la etiqueta exigiera que tenía que conjuntar con el de debajo. Las otras niñas del barrio se metieron con ella: «¡Vuélvete al pueblo, provinciana! ¡Pueblerina!», y Midori derramó lágrimas durante tres días y tres noches. Pero ahora, en cambio, es ella la que se burla de las otras: «¿Pero qué llevas puesto?», espeta cuando ve que alguien no conjunta bien las telas. Ya nadie se atreve a alzarle la voz.

El día 20 tendrá lugar el festival y todos sus amigos están resueltos a celebrarlo por todo lo alto. Midori, como siempre, no tiene intención de defraudarlos.

—Veamos, tenemos que pensar algo entre todos. Hay que ingeniárselas para hacer algo que nos guste a la mayoría —propone—. No os preocupéis por el dinero, que de eso ya me encargo yo.

Tal como es de esperar, Midori se hace cargo de los gastos. El resto de los niños no tardan en aceptar el ofrecimiento, pues ¿quién les puede asegurar que semejante amiga, la mismísima reina de la bendición y generosidad en persona, volvería a aparecer ante sus narices? En estos casos, los niños son más pragmáticos que los adultos y no dudan en sacar tajada de la situación.

—¡Representemos una farsa! Podríamos pedirle a alguien que nos deje su tienda y montamos un escenario para que nos vea todo aquel que pase cerca —propone un chico.
—¿Pero qué tonterías dices? En lugar de eso, ¿qué me decís si montamos una carroza o’mikoshi? ¡Que para algo es un festival! ¿No sería genial? Pero una de las de verdad, como la que tienen en el Kabataya. ¿Qué más da si pesa mucho? Lo llevaremos entre todos al ritmo del cántico ¡yatchoi, yatchoi! —Este otro chico, de lo entusiasmado que está, se ha atado una cinta a la cabeza como si ya llevara el o’mikoshi a cuestas—: ¡Será coser y cantar!
—¡Pues a nosotras este plan no nos gusta nada! ¿Qué tiene de divertido veros dando saltos arriba y abajo? ¿Que no ves que a Midori no le gusta tu idea? Y, a ver, dime, ¿por qué tenemos que hacer caso a lo que tú digas? —le espeta la portavoz del grupo de chicas. Da la impresión de que se muere de ganas por chillar algo así como: «¡Dejémonos ya de tantas tonterías! Que si festival por aquí, festival por allá… ¡Vayamos al teatro Tokiwaza a ver un vodevil, chicas!». Qué cosas.

En ese momento, con una mirada penetrante y seductora, Tanaka Shōta finalmente levanta el rostro y propone su idea:

—¡Ya sé! ¿Y si hacemos un espectáculo de transparencias con una linterna mágica? En mi casa tengo algunas láminas y transparencias, y las que nos falten, Midori, nos las compras tú. Lo podríamos hacer delante de la papelería, ¿qué me decís? Yo me encargaré de hacer funcionar la linterna mágica y Sangorō, el de las callejuelas, podría hacernos de narrador. ¿Cómo lo ves, Midori? ¿Te parece bien la idea?

A la aludida le encanta el plan:

—¡Me parece genial, qué buena idea! Además, con Sangorō de narrador tendremos risas aseguradas. ¿Os imagináis que pasamos una lámina de su cara por error? ¡Las carcajadas se oirían por todo el barrio!

Cuando terminan las bromas empiezan a organizarse. No a mucho tardar vemos a Shōta corriendo arriba y abajo empapado de sudor, pues es el encargado de comprar todo lo que les falta. Pero ¿por qué se esmerará tanto?

Finalmente llega el día previo al festival, y el plan del grupo de Shōta llega a oídos de la banda de las callejuelas.


Capítulo 4

El redoble de los tambores y el melódico son del shamisen se esparcen por todos y cada uno de los rincones, si bien esa parte de la ciudad está bastante acostumbrada al jolgorio de los festivales. Pero esta vez es distinto: la celebración del festival de Senzoku tendrá lugar por todo lo alto. Durante el decurso del año difícilmente tiene lugar otro acontecimiento de este calibre, a excepción, quizás, del festival de Ōtori. Los santuarios sintoístas de Mishima y Onoteru, como cabe esperar, no pueden competir con el esplendor del santuario de Senzoku. De hecho, esta rivalidad entre templos no deja de parecerme, cuanto menos, sorprendente.

La banda de las callejuelas y la banda de la calle principal, inusualmente, se han puesto de acuerdo al menos en una cosa: todos visten unos yukatas confeccionados con algodón de mōka con los caracteres del nombre de sus respectivas bandas hilvanados de tal modo que pretenden imitar los trazos sueltos de la caligrafía.

—Estos trapos que llevan no son mejores que los del año pasado, ¡ni mucho menos! —murmullan tanto los de una banda como los de otra.

Debido a la longitud de las mangas del yukata, se las remangan con cordones de lino amarillo, un pigmento conseguido gracias al fruto de la gardenia. Cuanto más grueso, mejor. Los zagales que aún no han cumplido los trece o catorce años se pasean airosos exhibiendo una retahíla de juguetes colgados de la espalda, de formas tan dispares como muñecos Daruma, búhos o perros, todos ellos hechos de papel maché. Siete… nueve… once… ¡Hasta once juguetes colgándoles de los cordones! Los cascabeles y sonajeros que llevan pendiendo de las espaldas repiquetean cuando echan a correr —sin zapatos, calzando meramente calcetines tabi— por todos lados con un característico clin-cling, clin-cling. Es, sin lugar a dudas, un espectáculo digno de presenciar.

Algo apartado de la multitud se encuentra Shōta, de la casa Tanaka. Lleva una chaqueta de mangas anchas hanten a rayas rojas con el emblema familiar y, debajo, un delantal azul marino que contrasta con la blancura de su piel de niño de buena familia (pues estos atuendos solían llevarlos trabajadores de piel tostada por el sol). Pero no os penséis ni por un instante que estos atavíos no son exclusivos; sólo hay que fijarse en el obi de color azul cielo, fuertemente ceñido a la cintura, y descubriréis una tela de crepé de primerísima calidad hábilmente teñida. Las insignias tintadas en la solapa del cuello de la chaqueta saltan a la vista por sí solas. Asimismo, se ha colocado una flor de las carrozas del festival en el nudo de la nuca de la cinta que lleva atada a la cabeza. Las sandalias de suela y cordeles de cuero repiquetean al ritmo de la música, si bien Shōta ha decidido no unirse a la orquesta musical que marcha a su alrededor. La víspera del festival empieza a tocar a su fin, por lo que alrededor de la papelería se han ido reuniendo los miembros del grupo de la calle principal hasta finalmente ser doce. Pero aún falta un miembro más: Midori, que seguramente continúa enfrascada en su ritual de acicalamiento nocturno.

—¿Aún no ha llegado? ¿A qué espera? —repite Shōta una y otra vez mientras entra y sale de la tienda—. Sangorō, ve tú a buscarla. Nunca has estado en la residencia del Daikokuya, ¿verdad? Si la llamas desde el jardín seguramente te oirá. ¡Vamos, rápido!
—Entendido, ya voy yo a buscarla. Dejaré aquí mi farolillo de papel, así nadie me quitará la vela. Shōta, encárgate tú de vigilar mis cosas, ¿vale? —contesta Sangorō.
—¡Serás agarrado! Si tanto tiempo tienes para quejarte, más te valdría que espabilaras y te marcharas ya. Vamos, ¿a qué esperas? —le insta. Parece que a Sangorō no le importa que un chico más pequeño que él le dé órdenes.
—Volveré en un abrir y cerrar de ojos, como el mismísimo Jirōzaemon —promete, echando a correr a la velocidad de Idaten.
—¡Anda! ¿Lo habéis visto, chicas? ¿Qué era eso que acaba de poner pies en polvorosa? —se burla una de las muchachas al verlo partir. Las otras corean el comentario con algunas risas burlonas.

Sangorō es de complexión rolliza y algo bajito. Su cara es grande y redonda —la forma recuerda más bien a un martillo de madera—, y no tiene cuello apenas. Al volverse podréis ver un rostro frontudo con la nariz chata. Además, los dientes salidos que tiene seguro que han generado más de un mote (Sangorō Dientes-de-conejo o algo por el estilo). Es moreno de piel, pero lo que más llama la atención es su expresión afable. Su mirada bonachona parece estar dispuesta a encarnar el papel del bufón del grupo. Cuando sonríe, se le marcan los hoyuelos de forma encantadora. Tiene las cejas colocadas de una forma tan extravagante que parece como si alguien hubiera jugado al juego de la sonrisa afortunada con ellas. Pero, a pesar de su aspecto, es un chico divertido y sin maldad.

Si os preguntáis si es pobre o no, sabed que para la ocasión viste su indumentaria habitual, confeccionada con sencillas telas de crepé de Awa. Las mangas del yukata, normalmente holgadas, se le han quedado estrechas después de tantos años.

—No, bueno, resulta que no me han podido confeccionar el yukata a juego que pedí a tiempo para el festival… —explica a los amigos, que desconocen sus circunstancias familiares y económicas. Es el mayor de seis hijos. Su padre los mantiene a duras penas tirando del jinrikisha y transportando clientes. Tiene apalabradas hasta cincuenta casas de té como clientela (y no gente cualquiera, pues se trata de las casas de té que se abocan alineadas por la cuesta de Emonzaka hasta las puertas del distrito Yoshiwara). Pero, por desgracia, aunque el negocio del transporte vaya sobre ruedas, eso no repercute en la economía familiar. La vida, pues, no para de ponerles palos en las ruedas.
—Ahora que ya tienes doce años, cuento contigo para que me ayudes a tirar la familia adelante —le había dicho su padre dos años atrás. Sangorō había acudido a la imprenta de Namiki, pero como era un perezoso no duró ni diez días. De hecho, desde entonces no ha durado más de un mes en un mismo oficio. Desde noviembre hasta finales de invierno suele encargarse de coser las plumas de papel para los volantes de juguete típicos de Año Nuevo. En verano ayuda en la tienda del heladero cerca del dispensario. Para sorpresa de más de uno, a Sangorō no se le da nada mal atraer a la clientela con sus gritos a pleno pulmón y sus bufonadas, y ya hay quien lo considera el cebo perfecto para pescar clientes. El año pasado, cuando era uno de los que tiraban de las carrozas flotantes en el festival de otoño de Niwaka, sus compañeros empezaron a apodarle Mannenchō, con algo de maldad. Pero todos y cada uno de ellos eran conscientes de que Sangorō era el bufón del grupo, el bromista, y en el fondo nadie le guardaba rencor. Esa era, quizás, su mejor cualidad.

La casa Tanaka es la amarra que mantiene a Sangorō y su familia a flote. Están muy en deuda con la señora Tanaka, si bien los intereses diarios que les cobran por las deudas contraídas son exorbitantes. Pero si no fuera gracias a la señora Tanaka, no podrían seguir adelante con sus vidas. Por eso mismo a Sangorō le resulta inconcebible pensar mal de su salvavidas económico, y si Shōta le grita: «¡Sankō, ven al parque de la calle principal a jugar con nosotros!», le resulta imposible negarse y acude a su llamada por obligación. Pero no hay que olvidar que Sangorō ha nacido y se ha criado en la zona de las callejuelas, que la parcela de su casa es propiedad del templo Ryūge y que su arrendatario no es otro que el padre de Chōkichi. Sangorō, por tanto, no puede darle la espalda abiertamente a Chōkichi y a la banda de las callejuelas, pero, por circunstancias que lo superan, se ve obligado a escabullirse con la banda de la calle principal. Para su pesar, y como consecuencia, se ha convertido en el centro de más de una mirada maliciosa.

Mientras tanto, Shōta está sentado en la entrada de la papelería. Aburrido de esperar, mata el tiempo tarareando en voz baja la canción de El romance secreto.

—¡Pero bueno! ¿Ya andas cantando canciones de amor? —comenta entre risas la mujer del propietario de la papelería—. Habrá que echarte un ojo de vez en cuando. ¡Sí que crece rápido esta juventud!

Shōta se queda sin palabras y enrojece hasta la punta de las orejas. Para ocultar su vergüenza, llama al grupo en voz alta:

—¡Anda, venid todos afuera!

Justo al salir de la tienda, se topa de bruces con su abuela:

—¿No tienes hambre, Shōta? Ya es la hora de cenar. Hace un buen rato que te estoy llamando para que vengas, ¿o acaso estabas tan enfrascado con tus jueguecitos que no me has oído? —A continuación, la señora Tanaka se dirige a la mujer del dependiente—: Shōta volverá a jugar después de cenar. Disculpe las molestias.

Como su abuela lo ha venido a buscar expresamente en persona, Shōta difícilmente puede zafarse.

Tras la partida de Shōta, el ambiente festivo desaparece de repente. Aunque de hecho sólo se ha ido un chico de todo el grupo entero, se nota la diferencia: cuando Shōta no está, incluso los adultos lo notan. No es de los bromistas y revoltosos, y tampoco hace reír tanto como Sangorō, pero la gente lo adora igualmente por su bondad, cualidad que raramente se deja ver entre los niños de casas ricas.

—¿Habéis visto las pintas que traía hoy la viuda Tanaka? Que ya tiene una edad, ¡una no puede pasearse así con sesenta y cuatro años! Aún doy gracias de que no se unte de polvos blancos la cara. Pero ¿y el peinado marumage con el moño tan grande? Ya no es una chiquilla para peinarse así.
—Y no os dejéis engañar por ese tono de voz tan lisonjero, en el fondo es una carroñera avariciosa. Ésta es capaz de plantarse en el lecho de muerte de un deudor para reclamarle su dinero; y si no, tiempo al tiempo. No me extrañaría que cuando le llegue su hora quiera que la entierren junto con su querido dinero. ¿No creéis?
—Sí, mucho hablar, pero al final nosotras también inclinamos la cabeza cuando pasa por delante. El dinero manda, al fin y al cabo.
—Tienes razón. Ya me gustaría a mí tener un pellizco de su bolsillo…
—He oído que incluso ha concedido préstamos a las casas grandes de Yoshiwara.

En la calle principal tres mujeres chismorrean sobre el patrimonio de la familia Tanaka, aunque ninguna sabe a ciencia cierta a cuánto asciende.


Capítulo 5

—«Permanezco a la espera a medianoche, junto al brasero portátil. ¡Qué duro es! ¿Será esto que siento amor?».

El viento que sopla es algo frío y, pese a ser una noche de verano, refresca un poco. Se ha dado un baño para deshacerse de los calores y sudores de la mañana y ahora se encuentra delante del espejo de cuerpo entero para terminar de arreglarse. Su madre es la que se encarga de peinar y arreglar su melena suelta. ¡Pero qué preciosa que está su querida hija Midori! La madre la inspecciona de pie, primero, y sentada, después.

—Quizás deberías ponerte un poco más de polvos blancos por el cuello —le aconseja la madre.

Para la ocasión han escogido un kimono sin forro de seda, de un refrescante azul pálido y teñido al estilo yūzen. A su estrecha cintura lleva bien ceñido un obi formal de color paja con unos finos hilos del color del oro bordados a través. Encima de una de las piedras del jardín exterior reposan sus chanclos de madera geta, pero aún tardará unos instantes más hasta calzárselos para salir.

—¿Aún no ha terminado? ¿Por qué tarda tanto? —Mientras espera a Midori, Sangorō ha dado ya siete vueltas al muro del jardín. Incluso se le han pasado las ganas de bostezar. Los mosquitos, famosos en el barrio, que patrullan esa zona se abalanzan sobre el chico por mucho que él intente ahuyentarlos. El pobre tiene picadas por doquier, desde el cuello hasta la raíz del pelo. Justo cuando su paciencia llega al límite, Midori aparece al fin.
—Venga, vamos —la saluda.

Sangorō la coge de la manga y, sin mediar palabra, echa a correr a toda prisa.

—¡Para, que me quedo sin aire! ¿A qué tanta prisa? Por tu culpa ahora me duele el pecho. Si tanta prisa tienes, por mí ya te puedes ir tú solito. A mí me dejas tranquila —le espeta la chica.

Al final resuelven llegar a la papelería por separado, pero, al parecer, Shōta sigue cenando porque no ha vuelto aún.

—Pues vaya, ¡qué aburrimiento! ¿Y ahora qué se supone que debemos hacer? Si no viene, tampoco podemos empezar el espectáculo de las linternas mágicas —se queja Midori. A continuación, se gira hacia la encargada de la tienda—: Señora, ¿no venden juegos aquí? ¿Tiene el tangram o algún juego de mesa? ¡Lo que sea! No puedo estarme de brazos cruzados —finaliza, algo contrariada.

El resto de chicas del grupo le piden unas tijeras a la mujer en el acto y empiezan a recortar papeles para jugar al tangram. Los chicos, por su parte, con Sangorō en cabeza, se ponen a rememorar el baile y las melodías del pasado festival de otoño de Niwaka:

«¡Pasen y vean el floreciente distrito norte,
los farolillos de papel y las farolas eléctricas adornan los
aleros,
contemplad las cinco calles, siempre concurridas de gente!»

Los chicos gritan con efusividad. Es una canción que estaba de moda el año pasado y el anterior, por lo que los jóvenes la bailan y cantan de memoria sin cambiar ni una sola coma, reproduciendo a la perfección hasta el último gesto o palma. Una pequeña muchedumbre empieza a amontonarse alrededor de la tienda para presenciar el espectáculo que supone el particular baile de los diez jóvenes.

—¡Sangorō! ¿Estás por aquí? ¡Ven un momento, por favor, que se está armando una buena! —El chico que acaba de llamarlo es Bunji, el hijo del fabricante de cintas para el pelo.
—¡Voy! —responde el aludido sin sospechar nada.

Justo al alejarse de la tienda de un salto alguien grita: «¡Aquí está! ¡Ya es nuestro!».

—¡Mira a quién tenemos aquí, al oportunista! Sucio traidor, ya puedes ir preparándote porque te haré una cara nueva. ¿Cómo te has atrevido a manchar el honor de la banda de las callejuelas? ¿Qué te creías, que no pasaríamos cuentas? ¡Pues te equivocas, alelado! ¿Con quién te crees que hablas, eh? ¡Ahora tendrás que habértelas con Chōkichi! Ya verás. ¡Haré que te arrepientas de habernos dado la espalda y de haberte reído de nosotros, desgraciado!

Chōkichi empieza a apalizarlo y le propina un buen puñetazo en la cara. Sangorō sólo acierta a soltar un improvisto «¡Ah!» de la sorpresa. Intenta huir como puede, pero alguien de la banda de las callejuelas lo ha cogido del cuello del yukata.

—¡Vamos, moledlo a palos! ¡Acabad con Sangorō!
—¡Que salga Shōta, que verá lo que es bueno!
—Si los otros enclenques pretenden huir, lo llevan claro.
—Tampoco dejaré irse de rositas a Zopenco, el de la tienda de dango y confituras. ¡Que se prepare!

En un abrir y cerrar de ojos la batalla campal se apodera de la tienda cual marea devastadora. La banda de las callejuelas se encarga de tirar al suelo y destrozar sin contención alguna todos y cada uno de los farolillos de papel que cuelgan del alero de la tienda.

—¡Cuidado con la lámpara colgada! Parad, ¡no quiero peleas en la tienda! —vocifera la mujer del propietario, si bien los aludidos hacen oídos sordos.

Son como mínimo unos catorce o quince chicos, todos ataviados con unas toallas dobladas atadas a la cabeza y enarbolando unas colosales linternas, de las que se sirven para destrozar el local por doquier. Mientras buscan a su presa, sueltan golpes y patadas a diestro y siniestro. Finalmente entran con violencia dentro de la tienda sin siquiera descalzarse. ¡Qué desfachatez!

Una vez dentro buscan sin éxito a Shōta, su archienemigo:

—¿Dónde lo habéis escondido, eh?
—¿Adónde ha huido? ¡Venga, habla!
—¿A qué esperas? ¡No nos iremos de aquí hasta que nos digas dónde está!

Han acorralado a Sangorō y le propinan golpes y patadas por todo el cuerpo. Midori no puede aguantarlo ni un momento más y se abre paso entre la multitud para pararles los pies.

—¡Ya basta! ¿Me podéis decir qué os ha hecho a vosotros el pobre San? Si lo que queréis es buscar una refriega con Shōta, ¡encaraos con él directamente! Para vuestra información, ni ha huido ni se está escondiendo: ¡simplemente no está aquí! Esta es nuestra zona de recreo, ¡así que no os permito ni que le pongáis la mano encima a mis amigos ni que nos destrocéis el local! Y en cuanto a ti, Chōkichi, ¡eres repugnante! ¿Por qué apaleas así al pobre San? ¡Detente! ¿Por qué has vuelto a tirarlo al suelo? ¿Que no ves que está hecho un trapo? Si quieres pegar a alguien, pégame a mí. ¡Yo me las veré contigo! —grita la joven, soltando improperios a la banda de las callejuelas. A continuación se dirige a la dependienta de la papelería, que hacía ademán de retenerla—: ¡Señora, déjeme, no intente detenerme!
—¿Y tú de qué vas, eh, ramera de pacotilla? Se te va la fuerza por esa bocaza que tienes. ¿Cómo te atreves a alzarme la voz? ¡Tú, que no eres más que una muerta de hambre que sólo aspira a seguir los pasos de su hermana mayor! ¿Habértelas conmigo, dices? Tranquila, aquí tienes un adversario de tu talla.

Chōkichi, que se encuentra convenientemente a una prudente distancia de la chica y amparado por varios compinches, se saca una de las sandalias —llena de barro— y la lanza a Midori, sin errar la puntería. Le da de lleno en la frente con un golpe seco y le ensucia el rostro.

Midori se ha quedado más blanca que el papel. Con esa afrenta, Chōkichi se ha pasado de la raya.

—¡No, quieta! —La dependienta la rodea con los brazos para detenerla—. Sólo conseguirás que te hagan más daño.
—Ahora ya no te pavoneas tanto, ¿eh? —responde Chōkichi—. Pues que sepáis todos que Fujimoto del templo Ryūge está de nuestro lado. ¿Entendido? Si queréis pasar cuentas os recibiremos con mucho gusto en las callejuelas. Y en cuanto a ti —continúa, girando el rostro hacia Sangorō—, ¡idiota, imbécil! ¡No eres más que un mierda, un debilucho y un gallina! Te estaremos esperando. Ten cuidado cuando andes por las callejuelas de noche…

Chōkichi ha agarrado de nuevo a Sangorō y lo arroja contra el suelo de la entrada de la tienda. Justo en ese instante se oyen los pasos apresurados de un guardia acercándose. Sabiéndose descubiertos, Chōkichi grita: «¡Pirémonos!» a pleno pulmón. Ushimatsu, Bunji y el resto de los diez miembros se escabullen en un abrir y cerrar de ojos en varias direcciones y por separado. Las callejuelas se ocupan de escudarlos.

—¡Maldito seas, maldito seas, maldito seas…! ¡Chōkichi, desgraciado…! Y Ushimatsu y Bunji, hijos de mala madre… ¡Me las pagaréis, ya lo veréis! ¿Por qué no habéis acabado conmigo? ¡Decid! ¿Por qué no me habéis dado el golpe de gracia? Yo os diré por qué: ¡yo soy Sangorō! ¡No me iré al otro barrio tan fácilmente! ¡Aunque me muera, volvería en forma de espíritu y os rompería el pescuezo! De esta te acordarás, Chōkichi… —se lamenta Sangorō.

Por las mejillas resbalan, una tras otra, grandes lágrimas —parecen dos torrentes—, hasta que finalmente no puede aguantar más y rompe a llorar con sonoros sollozos. Le han propinado semejante paliza que, en estos momentos, le debe estar doliendo el cuerpo entero, hasta la última pestaña. Los numerosos golpes y patadas que ha recibido le han rasgado las ya de por sí estrechas mangas del yukata, y lleva toda la espalda y el trasero llenos de barro y mugre. Su mirada echa chispas —salta a la vista que está intentando contenerse—, y la intensidad de su odio se palpa en el ambiente. Sus compañeros lo observan consternados y cohibidos, sin saber cómo consolarlo.

La dependienta de la papelería se apresura a ir junto a Sangorō y le ayuda a ponerse en pie con ambos brazos. Le da unos golpecitos de ánimo al hombro y le limpia el yukata de barro.

—¡Aguanta, chico, aguanta! No te tortures más. No tiene sentido que le des más vueltas, pues te superaban en número con creces. No podrías haberlos ganado, y menos con tus amigos que, precisamente, no destacan por su fuerza física. Ni una adulta como yo les ha podido parar los pies, ya lo has visto. ¿No te das cuenta? Aunque al menos doy gracias de que no te hayan herido o lesionado, menos mal. Pero me temo que, cuando vuelvas solo, te tiendan una emboscada. ¡Ah! Suerte que ya ha llegado el guardia. —La mujer se dirige hacia el policía—. Por favor, hágame el favor de acompañarlo hasta su casa, si es tan amable. Así nosotros podremos respirar tranquilos también. Acérquese un momento, que le contaré lo sucedido.

La mujer le narra los hechos por encima al guardia recién llegado.

—Claro que lo acompañaré, forma parte de mi trabajo. Anda, vamos.

El guardia coge de la mano a Sangorō, pero este se opone.

—No, descuide, no se preocupe, no es necesario que me acompañe. Puedo volver sin su ayuda —responde con un hilo de voz, azorado.
—Tranquilo, no tengas miedo. Sólo te acompañaré a casa. No tienes que preocuparte por nada —sonríe el guardia, acariciándole el pelo. Sangorō se siente más y más apocado a cada segundo que pasa.
—Verá, es que si mi padre se entera de que me he peleado, me caerá una buena… La familia del cabecilla de esa banda es la arrendataria de nuestra casa, ¿sabe? —se sincera Sangorō, abatido.
—Pues en ese caso te acompañaré sólo hasta la entrada, ¿qué me dices? —El guardia, tras haber comprendido la situación, lo tranquiliza—. No haré nada que te haga meter en líos, descuida.

Finalmente el guardia consigue hacerle entrar en razón y ambos se marchan juntos, para tranquilidad del resto, que los observa mientras se alejan. Pero, sin previo aviso, al girar por una de las callejuelas, Sangorō suelta la mano del guardia y empieza a correr como si le fuera la vida en ello, alejándose del hombre.

(Sigue leyendo…)

2 Respuestas a “CRECER (I)

  1. Pingback: TRAMPLED UNDER FOOT. Catálogo de autores y obras: Literatura asiática | Periódico Irreverentes·

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