Crecer (II)

Higuchi Ichiyō






Capítulo 6

—Esto es del todo insólito. Si ahora empezara a nevar con el calor que hace, no estaría menos sorprendida. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te negaste a ir al colegio, Midori. ¿Acaso te encuentras mal? Si no te apetece desayunar, puedo pasarme por la tienda de sushi Yasuke dentro de un rato. No tienes fiebre, así que esto no es cosa de un resfriado. Lo más probable es que arrastres el cansancio del día de ayer. ¿Quieres que vaya yo a hacer la plegaria matutina al gran Tarō? Será mejor que hoy te quedes en casa.
—No, mamá, de ninguna manera. Fui yo la que se comprometió a ir al templo cada mañana para pedir que mi hermana siga gozando de prosperidad. Si no voy yo, no me quedaré tranquila. ¿Me das unas monedas para el donativo? Gracias. ¡Hasta luego!

Midori sale corriendo de la residencia del Daikokuya y, entre arrozales, llega al templo Inari en un suspiro. Acto seguido, procede al ritual de invocación habitual: tira de la gruesa cuerda de paja para hacer repiquetear el gong, da un par de palmadas y junta las manos en señal de oración. ¿Qué habrá pedido? Lo desconozco.

Tanto a la ida como a la vuelta, Midori anda con la vista clavada en el suelo, siguiendo la senda que bordea los campos de arroz, de un intenso color verde. La solitaria figura de la joven, pues, no pasa desapercibida y desde la distancia alguien grita su nombre y corre hacia ella, agarrándola de la manga. Es Shōta.

—¡Midori! Siento muchísimo lo que pasó anoche —se disculpa, sin darle tiempo a la joven para hablar.
—Tú no tienes que pedirme perdón por nada, Shōta, no fue culpa tuya —contesta Midori.
—¡Pero era a mí a quien buscaban! ¡Era conmigo con quien querían habérselas! Maldita sea, ojalá mi abuela no hubiera venido a buscarme expresamente; así no me hubiera visto obligado a irme a casa y, quizás, Sangorō no hubiera recibido tal paliza. Cuando he ido a verlo esta mañana a su casa, el pobre estaba tan furioso que le saltaban las lágrimas. En cuanto a mí, con sólo escuchar la historia, me temblaba todo el cuerpo de la rabia. También me ha dicho que el malnacido de Chōkichi te tiró una sandalia a la cara. ¡Ese desgraciado! Incluso los excesos y la crueldad tienen límites, y él los ha sobrepasado con creces. Pero, por favor, Midori, te ruego que no me guardes rencor. No me escaqueé a sabiendas de lo que estaba ocurriendo, ni mucho menos. Cuando volví a casa con mi abuela me zampé toda la cena en un periquete y, justo cuando ya estaba en la puerta listo para volver a la papelería, mi abuela me dijo que se iba a los baños públicos y que debía quedarme para vigilar la casa. Creo que fue justo entonces cuando se armó todo el alboroto. Créeme, por favor: yo no tenía ni idea de lo que estaba pasando —se disculpa el chico como si el que hubiera incurrido en una falta fuera él mismo—. ¿Te duele? —pregunta, mirándole la frente.

Midori sonríe, recuperando parte del buen humor.

—No es nada del otro mundo, descuida —responde. Sin embargo, acto seguido, baja el rostro y evita mirar a Shōta a los ojos, avergonzada—. Shōta, te pediría que no le dijeras a nadie que Chōkichi me lanzó una sandalia a la cara. Si mi madre se entera, seguro que me canta las cuarenta. Ten en cuenta que mis padres jamás me han puesto un dedo encima. Si supieran que un patán cualquiera como Chōkichi me ha ensuciado la cara de barro, para ellos sería como si me hubieran pisoteado.
—¡Perdóname, por favor! Todo lo que os pasó ayer fue culpa mía. Te pido perdón. Pero, te lo ruego, no estés triste. No sé qué sería de mí si tú también me odiaras.

Mientras hablan, los dos jóvenes se han ido acercando a casa de Shōta.

—¡Ya sé! ¿Te apetece venir a casa, Midori? Ahora no hay nadie. Mi abuela ha salido y estará todo el día recaudando intereses. Cuando me quedo solo en esta casa tan grande me siento triste. Pasa, que te enseñaré los grabados de colores nishikie de los que hablamos. Tengo de todo tipo, ya verás. —Shōta mantiene aferrada la manga del yukata de Midori con toda la intención de no dejarla escapar, por lo que ella, sin mediar palabra, acepta la invitación.

El viejo biombo corredero de madera que da al jardín se abre con un chirrido. Si bien no es muy espacioso, los tiestos están alineados con gran maestría y las hiedras que cuelgan del alerón de la casa dan una sensación de frescor al ambiente (seguramente Shōta las había comprado el Día del Caballo en las ya pasadas fiestas de Inari).

Si alguien que desconociera la riqueza de la familia Tanaka se asomara por la puerta, lo más probable es que frunciera el cejo en señal de desaprobación, pese a que la familia que allí mora sea la más acaudalada del barrio. Sólo residen dos inquilinos: la viuda y su nieto. La señora Tanaka siempre lleva encima un juego de llaves —¡debe de haber miles y miles!— atado a la faja de la cintura, quizás para refrescarle el vientre. Además, la casa está flanqueada por incontables hileras de habitáculos, así que entre la incapacidad de pasar desapercibida y la cantidad de cerraduras y candados que debe contener la casa, hasta el momento nadie se ha atrevido a entrar a robarles.

Shōta pasa dentro primero y escoge un rincón por donde sopla algo de brisa. Propone a la chica sentarse allí un rato mientras le tiende un paipay de papel para abanicarse. Los modales que tiene, de una madurez tan impropia en un chico de doce años, resultan algo cómicos. Acto seguido, empieza a sacar uno a uno los grabados que su familia ha guardado desde hace varias generaciones para mostrárselos. Midori los observaba con sumo interés, y Shōta no cabe en sí de dicha.

—Midori, quiero enseñarte una raqueta de ornamentación de hace un montón de años que era de mi madre. Se la regalaron cuando trabajaba para una familia rica. ¿Ves lo grande que es? Y mírale la cara a la mujer del dibujo, ¿no te parece que son distintas a las de ahora? —Shōta suspira y, a continuación, empieza a hablar distraídamente de su familia—. Ojalá estuviera viva. Mi madre, digo. Murió cuando yo tenía dos años. Mi padre sigue vivo, pero tras la muerte de mi madre se volvió a su pueblo natal. Así que ahora en esta casa sólo quedamos mi abuela y yo. No sabes la envidia que me das, Midori.
—Vamos, Shōta, que se te mojará el grabado. Los chicos no lloran —lo consuela Midori.
—Está claro que soy un llorica. Pero es que de vez en cuando me pongo a pensar en cosas y… Aún doy gracias a que sea esta época del año. Algunas noches de invierno, cuando ya es noche cerrada y me toca ir a hacer las rondas de recolecta por Tamachi, se me caen lágrimas mientras ando por la ribera. Y no por el frío, precisamente. Ni yo mismo sé por qué lloro en esos momentos, la verdad. Pienso en mis cosas y… Ay, si tú supieras. Hace ya dos años que me dedico a recolectar las cuotas diarias. La abuela ya está algo mayor y no es seguro que ande sola a esas horas de la noche. Además, como ya no tiene buena vista, no ve dónde pone el sello ni está capacitada ya para hacer otros trámites. La abuela ha contratado a un montón de hombres hasta la fecha para que hicieran el trabajo por nosotros, pero dice que, como sólo somos una abuela y un crío para ellos, nos toman por bobos y no trabajan como debieran. La abuela arde en deseos de que crezca rápido y me convierta en adulto para hacer que me encargue de la casa de empeños. Le hace una ilusión tremenda poder colgar al fin el cartel de «Casa de Empeños Tanaka» y hacer las cosas bien, no como hasta ahora. La mayoría de gente cree que es una tacaña, pero lo cierto es que si ahorra hasta el último sen es porque lo hace por mí. Si lo piensas, el trato que recibe es muy injusto. Cuando tengo que ir a Tōrishinmachi —supongo que ya sabrás que la gente que vive allí lo pasa realmente mal— no puedo evitar imaginarme lo que estarán diciendo de la abuela tras mi partida. Cuando pienso en ello, no puedo evitar que me salten las lágrimas. Supongo que sí que soy un llorica, al fin y al cabo. Cuando he ido a buscar a Sangorō esta mañana, me lo he encontrado arrimando el hombro. Con la paliza que le dieron ayer seguro que le dolía todo el cuerpo, pero en lugar de compadecerse de sí mismo estaba trabajando como si nada para evitar que su padre sospechara algo. Mientras tanto, yo no he podido ni articular palabra. Por eso digo que no tengo remedio, soy un debilucho; no me extraña que la banda de las callejuelas se burle de mí —se lamenta Shōta, avergonzado de su propia debilidad.

Ambos guardan silencio durante unos instantes hasta que sus miradas se cruzan. Los ojos de Shōta entrañan muchas emociones.

—¿Sabes? La vestimenta que luciste ayer para el festival te quedaba como un pincel. No sabes la envidia que me diste —sonríe Midori, intentando animarle—. Si yo fuera un chico, me gustaría vestir como tú. Créeme, todos los ojos te miraban a ti.
—¿A mí, dices? ¡Te miraban a ti, Midori! Eres preciosa. Mucho más que tu hermana Ōmaki del distrito Yoshiwara; todo el mundo está de acuerdo. ¡Ay! Ojalá fueras mi hermana mayor. ¡Qué orgulloso me sentiría! No sabes lo que daría por ello. Iría contigo a todas partes, sin importar adónde. Fanfarronearía a todas horas. Como no tengo hermanos… Oye, Midori, ¿querrías hacerte una foto conmigo la próxima vez? Yo podría ir vestido con las ropas del festival de ayer, y tú podrías ponerte uno de tus vestidos más distinguidos, como ese de seda a rayas tan elegante que tienes, ¿qué me dices? Podríamos ir a la tienda de Katō en Suidōjiri. Ya verás qué rabia y celos le entrarán al mequetrefe del templo de Ryūge cuando se entere. Así seguro que por fin monta en cólera. No es de los que se enfadan, pero aunque finja que no le importa, me juego lo que quieras a que le hervirá la sangre. Si es que tiene, porque a veces lo dudo, de lo apático que es. O quizás a lo mejor se reirá, quién sabe. La verdad es que no me importa que se ría de nosotros. Si Katō nos hace una fotografía grande, quizás hasta la use para exponerla en la tienda. ¿Qué pasa, no te gusta la idea? No tienes buena cara…

La cara de Shōta, medio temerosa, medio esperanzada, es todo un poema.

—¿Y si salgo mal? Quizás después no quieras saber nada de mí —dice finalmente, prorrumpiendo en melodiosas risas.

Shōta respira al fin tranquilo al percatarse de que Midori vuelve a estar de buen humor.

El frescor matutino da paso, inexorablemente, al calor veraniego. Como el sol empieza a pegar fuerte, Midori se excusa:

—Shōta, ¿te apetece pasarte por la residencia esta tarde? Podemos jugar con los farolillos mientras buscamos peces. Ya han arreglado el puentecito del estanque, así que es seguro jugar por ahí —propone Midori.

Shōta observa a la chica levantarse y partir con una sonrisa en los labios. «Pero qué preciosa es», piensa para sus adentros.


Capítulo 7

Tanto Nobu, del templo Ryūge, como Midori, del Daikokuya, acuden a la escuela Ikueisha. Todo empezó a finales del pasado abril, cuando las flores de cerezo caían deshojadas en un suave manto de nieve y las glicinias florecían con todo su esplendor, arropadas por la sombra de los nuevos brotes de hojas verdes. Cada año, en esa época, se celebra el Gran Festival Deportivo de Primavera que tiene lugar en la pradería de Mizunoya. Los estudiantes juegan a saltar o tirar de la cuerda, al lanzamiento de pelota… Lo pasan en grande y se divierten tanto que se olvidan del paso de las horas; cuando despiertan de su efusividad, se dan cuenta con sorpresa de que la noche ya está al caer.

Todo empezó justo uno de esos días, cuando Nobu, en un acto bastante inusual en él, parece perder la compostura habitual. ¿Qué le sucederá? Mientras anda enfrascado en sus pensamientos tropieza con la raíz de un pino que hay en la orilla del estanque y cae de bruces, manos por delante, encima del camino de almagre fangoso. Las mangas del chaquetón que lleva se le ensucian de la arcilla rojiza. Pobre chico, ¡vaya pintas!

Midori, que en ese momento pasa cerca y lo ha visto todo, va hacia él y saca su pañuelo carmesí de seda.

—Aquí tienes. Límpiate con esto, ¿vale?

No obstante, a raíz de los solícitos cuidados de la chica, entre algunos de los compañeros de Nobu empieza a saltar la chispa de la envidia.

—Caray, para ser un aprendiz de bonzo se le da bastante bien el trato con las mujeres. ¿Habéis visto la cara de tontainas que se le ha puesto a Fujimoto cuando le ha dado las gracias a Midori? A lo mejor tiene la intención de tomarla por esposa, quién sabe. ¿Os lo imagináis? Midori, la célebre casera del Daikokuya convertida en la figurilla daikoku que se encarga de velar por la cocina y el hogar, como buena mujer de un bonzo. ¡Sería algo digno de ver!

Nobu es incapaz de sobrellevar tales presunciones y habladurías. Si llega a sus oídos algún comentario malicioso, no duda en poner mala cara en señal de desaprobación y dar media vuelta. ¿Cómo iba, entonces, a digerir esa incómoda situación si el centro del chisme no era otro que él mismo? Como consecuencia, cada vez que oye mencionar a Midori, Nobu se encoge con bochorno. Sólo de pensar lo que dirán sus compañeros —«¿Volverán a sacar el tema?», se pregunta, atormentado— es suficiente para que se le caiga el alma a los pies. No obstante, es consciente de que no conseguirá nada con enervarse, de modo que pretende fingir indiferencia en la medida de lo posible, como si la cosa no fuera con él. Con su habitual semblante serio, lo deja pasar una y otra vez. Si alguien se atreve a encarársele directamente y preguntarle sobre «lo suyo con Midori», Nobu simplemente adopta una cara de desconcierto; le basta una simple respuesta —«No sé de qué me hablas.»— para zanjar el asunto. No obstante, pese a su aparente fortaleza, cada vez que sale el tema a colación un sudor frío le recorre el cuerpo entero, tal es su inquietud.

Midori, por su parte, no sabe nada de todo esto y durante un tiempo actúa con total normalidad.

—¡Fujimoto! ¡Fujimoto! —lo llama Midori con su habitual afabilidad. Tras el colegio ambos jóvenes enfilan el camino de vuelta a casa. Midori, que va unos pasos por delante, se acaba de topar con una flor extraordinaria al borde del camino. Decide esperar a que Nobu, algo rezagado, llegue hasta ella—: ¡Mira qué flor tan bella! ¿No es preciosa? Quería cogerla pero no llego a la rama. Nobu, tú, que eres tan alto, llegarás sin problemas. ¿Me la podrías coger? Anda, que se supone que los de cursos superiores tenéis que ayudarnos.

Midori se lo ha pedido a él, y sólo a él, de entre todo el grupo de alumnos mayores con los que se encuentra. Estando frente a frente, además, Nobu no tiene escapatoria ni se ve capaz de negarse y pasar de largo. Pero el joven puede imaginarse lo que se le estará pasando por la cabeza al resto de chicos, así que la única solución que encuentra es agarrar una rama cualquiera que tiene cerca y arrancar sin miramientos la primera flor que tiene al alcance, sin importar si es bonita o fea. Se la tira de cualquier manera sin siquiera detenerse y pasa de largo de la joven a paso ligero.

—Pero ¿de qué va? ¡Será maleducado! —Es lo único que puede musitar la joven, patidifusa.

Después de ese incidente, sin embargo, ocurren otros más de la misma índole. Al final, Midori sólo puede llegar a la conclusión de que Nobu se comporta de ese modo adrede. Con el resto de personas es el mismo de siempre, y sólo a ella le reserva ese trato tan cruel y desalmado. Sin duda, es algo personal: si le pregunta algo, le responde evasivamente; si se le acerca, la rehúye; si le dirige la palabra, se muestra irritado. «Todo cuanto hago le molesta o incomoda. Y, por mucho que lo intente, no consigo caerle bien. ¡No es más que un niñito caprichoso! Hay que ser muy retorcido para hacer lo que me está haciendo. ¡Pues allá él! ¡A mí, ni me va ni me viene!».

Midori, harta, lo da finalmente por imposible. Al fin y al cabo, se dice, no hay motivo para dirigirle la palabra si ya no son amigos. Si se lo cruza, Midori no le dirige la palabra a menos que sea estrictamente necesario; si se topa con él en algún lugar, ya no le da ni el «Buenos días». Sin saber cómo ni por qué, un gran río se ha interpuesto entre ambos jóvenes, y no hay embarcación ni balsa capaz de remontar esa distancia. Ahora, Midori y Nobu, cada uno en su lado de la orilla, siguen hacia adelante por distintos caminos, caminos que ya no convergirán.

A partir de la mañana siguiente al festival, Midori no vuelve a reaparecer por la escuela. Sin lugar a dudas, la decisión de la joven se debe a que le resulta imposible, por más que lo intente, borrar la afrenta recibida. Aunque se ha lavado el barro de la frente, la humillación que siente por semejante ignominia no desaparece tan fácilmente. En el Ikueisha, tanto los de la banda de las callejuelas como los de la banda de la calle principal comparten los mismos pupitres. Podríais pensar que en la escuela se comportan como compañeros, pero siempre ha habido una línea indivisible que separa a los dos grupos; nunca entierran el hacha de guerra.

El numerito de la noche del festival ha sido un acto vil, la gota que ha colmado el vaso. ¿Cómo ha podido Chōkichi caer tan bajo como para meterse con una chica que, a todas luces, no era rival para él? La reputación de bruto de Chōkichi es de sobras conocida en el barrio, pero nadie se esperaba que llegara a aprovecharse de la debilidad de una chica de tal forma.

«Está claro que Chōkichi jamás hubiera llegado tan lejos con la emboscada a la banda de la calle principal de no ser porque contaba con el respaldo de Nobu. ¡El bueno de Nobu! Delante de la gente se comporta como si fuera un erudito y se muestra siempre obediente, pero cuando se quita la máscara muestra su rostro de verdad: ¡seguro que fue Fujimoto Nobu quien tiró de los hilos e instigó la trifulca! Pero ¿quién se cree que es? ¿Qué más da que esté en un curso superior, que se le den bien los estudios o que sea el señorito del templo Ryūge? ¡Yo soy Midori del Daikokuya! No le debo nada a nadie, ¡ni un mísero trozo de papel! ¿Cómo osan tildarme de muerta de hambre? ¡Eso sí que no se lo tolero! Me importa un pimiento cuán célebres sean los fieles que contribuyen económicamente al templo Ryūge. Mi hermana Ōmaki tiene clientes que la visitan escrupulosamente desde hace tres años, como el señor Kawa, el banquero; o también el señor Yone, de Kabutochō. Y también está el bajito, el diputado. ¡Estaba tan enamorado de mi hermana que se ofreció a pagarle el miuke para liberarla de su contrato y tomarla por legítima esposa! Pero mi hermana se negó porque no le gustaba demasiado su carácter, a pesar de que ese señor tenía un gran renombre y una buena reputación en la alta sociedad. ¡Y si no me creen, que lo pregunten a quien sea! ¡Que pregunten qué sería del Daikokuya sin Ōmaki! Sin mi hermana, el Daikokuya no es nada. El patrón bien que lo sabe, y precisamente por esto nos trata a mis padres y a mí con especial deferencia. Un día, por ejemplo, mientras jugaba al volante en casa, llegué sin proponérmelo hasta la sala principal, donde el patrón tiene colocado encima del tokonoma su apreciada figura de porcelana del dios Daikoku, que vela por todos nosotros. Pues bien, perdí el control del volante y este impactó con un jarrón de flores que había en el tokonoma, con tan mala suerte que cayó encima de la figura de Daikoku. La figura quedó bastante quebrada. En ese momento, el patrón estaba en la estancia contigua bebiendo sake. En lugar de regañarme, se limitó a decirme que era una revoltosa sin remedio sin siquiera parar de beber. Si lo hubiera hecho cualquier otra persona, estoy convencida de que le hubiera caído una buena. Las otras sirvientas se morían de envidia. Todo esto es, en suma, gracias a la influencia y autoridad de mi hermana. Mis padres y yo, al fin y al cabo, sólo somos los encargados del dormitorio y de las dependencias. ¡Mi hermana, en cambio, no es otra que la gran Ōmaki del Daikokuya! ¡Un don nadie como Chōkichi no es quién para faltarme al respeto de ese modo! Y en cuanto a ese aprendiz de bonzo del templo Ryūge, ¡allá él! Aún no logro entender cómo tiene la desfachatez de tratarme como lo ha hecho».

A partir de entonces, Midori le coge manía al colegio. Es una chica caprichosa, acostumbrada a que todo el mundo le vaya detrás, y no puede pasar por alto el menosprecio al que ha sido sometida. Rompe los pinceles, tira la tinta y guarda en un rincón sus libros y el ábaco. A partir de ahora, decide, se pasará el día jugando con sus amigos de verdad.


Capítulo 8

A diferencia del habitual bullicio de la vigilia —pues al caer la noche todos acuden frenéticamente al distrito del placer—, cuando salen los primeros rayos del sol sólo quedan los recuerdos diáfanos y melancólicos de un sueño truncado que los jinrikishas se encargan de llevar lejos, calle abajo.

Algún gran señor llega incluso al punto de encasquetarse el sombrero hacia abajo o cubrirse el rostro bajo la toallita con la clara intención, a todas luces, de rehuir las miradas reprobadoras de la gente. Cuanto más recuerda el amargo y a la vez placentero dolor que le ha supuesto la separación —en especial, el momento en el que la prostituta le ha dado una palmadita de despedida en la espalda—, más grande es la desagradable sonrisa de autosuficiencia reflejada en su rostro. Será mejor que preste atención al enfilar la calle Sakamoto, no vaya a ser que alguno de los carromatos que vuelven del mercado de Senju le dé un buen pisotón. Esta calle principal está sumida en el descontrol (por eso la llaman «la calle de los locos»); no habrás vuelto a la normalidad hasta haber doblado la esquina del santuario Mishima. Todos y cada uno de los grandes señores que desfilan al alba por el sendero de vuelta a casa lucen una expresión menos resuelta, la excitación de la víspera ya desvanecida. Si me preguntáis, os diré que transmiten una aureola de desmotivación y amedrentamiento, quizás por haber caído bajo el influjo del aroma femenino.

De pie junto al cruce, alguien los observa al pasar y no puede evitar comentar con malicia:

—En alguna parte los considerarán señores distinguidos, pero no valen ni un grano de arroz.

No es necesario citar la poesía de Po Chü-i de la antigua China, La canción de la pena eterna, para que os hagáis una idea de la inconmensurable supremacía femenina que regenta por doquier en el barrio. De entre estas chabolas de poca monta han surgido bastantes princesas Kaguya.

Yuki, por ejemplo, es una de ellas. Es una mujer bella y con un don especial para la danza. Actualmente se ha mudado a una de las casas de geishas más refinadas de Tsukiji donde atiende a personajes de gran prestigio. Su nombre significa «nieve», y quizás eso sea un indicador de la aparente inocencia que intenta despertar. ¿Habéis oído? Justo ahora está en la sala de los tatamis con clientes y pregunta cándidamente: «¿Y de qué árbol sale el arroz?…» ¡Con qué maña finge tener la cabeza llena de serrín! Pero antes de llamarse Yuki, esta muchacha vestía con una larga faja sin nudo y se ganaba unas cuantas monedas organizando timbas de cartas hanagaruta en su casa. Antes, todo el mundo la conocía. Pero, al abandonar su barrio, poco a poco ha empezado a caer en el olvido de sus antiguos allegados y ahora ya nadie la recuerda. Y cuando una flor se marchita y cae, otra toma el relevo.

La joven que está floreciendo ahora en el barrio es la hija menor del tintorero, Kokichi. Su nombre se escribe con los mismos caracteres que el famoso parque de Asakusa, su región de origen. Muchos dicen que el local Shintsutaya, en Senzokumachi, donde la joven trabaja, ha recibido una bendición.

Todas las habladurías giran alrededor de ellas y del éxito social que puedan o no tener. A los chicos, en cambio, no se los considera más que mero ganado que rebusca entre montañas de escombros, tal es su utilidad y valía. En el barrio se conoce a este grupito de jóvenes, hijos de meros dependientes, como «los mozos». A partir de los dieciséis o diecisiete años se envalentonan y, como gallos de corral, se juntan en grupos de cinco o siete. Por suerte no se cuelgan las flautas de bambú shakuhachi en la cintura (todo el mundo sabe que la gente que lo hace sólo pretende imitar a las espadas que antiguamente portaban los samuráis). Pero, no obstante esto, veréis que estos mozos se pasean siempre, en calidad de subordinados, con alguna banda cuyo líder se hace llamar por algún mote extraño y disonante. Si observáis, veréis que todos van con las mismas toallas que hacen las veces de uniforme, blandiendo grandes farolillos a su paso. No tardarán mucho en descubrir el encanto del juego de los dados. Mientras, se contentan con hacerse los graciosos delante de las celosías de los prostíbulos, al otro lado de las cuales se encuentran las cortesanas. Aunque por el momento aún les falta soltura y práctica verbal para estar a la altura de esas mujeres.

No importa la entereza con la que un mozo se entregue al negocio familiar durante el día: después de acudir a los baños públicos, al anochecer, se calzará los chanclos de madera de cualquier manera y se enfundará en un típico kimono de mangas estrechas en un abrir y cerrar de ojos. Sólo tienen un pensamiento entre ceja y ceja: «¿Dónde está? ¿En qué local está la nueva chica de la que todo el mundo habla? Ahí está. Le da un aire a la hija del dependiente de la tienda de hilos de Kanasugi. Aunque esta tiene la nariz más chata».

Tienen la cabeza llena de pájaros. Van de burdel en burdel intentando arrebatarles los cigarrillos a las cortesanas para dar una calada, implorándoles que les den un pañuelo de papel o jugando a intercambiar palmaditas. ¡Bien hecho! Está claro que estos mozuelos comprenden a la perfección lo que hay que hacer para forjarse un nombre y ser alguien el día de mañana. Desgraciadamente, aunque algunos de estos mozos sean hijos de familias honradas, más de uno terminará por cambiarse el nombre y convertirse en un truhán que sólo vive para buscar peleas delante de la Puerta Grande que marca la entrada al distrito de Yoshiwara.

Ay, ¡de cuánto poder gozan estas mujeres! No será necesario que me explaye más, supongo. El bullicio de Yoshiwara no descansa en todo el año, ni en primavera ni en otoño. Cuando el cliente oye el familiar y melodioso repiqueteo de las sandalias de madera —cloccloc, cloc-cloc— proveniente de la criada que, farolillo en mano (aunque esto ya no se estile demasiado), acude en su búsqueda para guiarle hasta el burdel, se le dibuja en el rostro una sonrisa de anticipo. ¡Contemplad! Parece que flote de la dicha que lo envuelve. Si cogéis a uno de estos hombres por banda y les preguntáis qué andan buscando exactamente, os dirá lo siguiente:

—¡Ah! Los cuellos rojos del kimono, el peinado shaguma, el largo del dobladillo de la camisola, las sonrisas radiantes o esas miradas afiladas… No sabría decirte qué es lo que me gusta más. Pero… ¡Ay, las oiran! ¡Las oiran sí que son dignas de ver! Son la flor y nata de estos lares. Aunque, claro, si nunca has estado ahí dentro, si jamás has visto a una, no lograrás entenderlo…

¿Qué tiene de estrafalario que la tela blanca del cuello se tiña de carmesí? Midori está de sobras acostumbrada a este ambiente, pues vive sumergida en él desde la mañana hasta la noche. Los hombres no le dan ni pizca de miedo y no la intimidan en absoluto. De hecho, tampoco considera que el oficio de las cortesanas sea algo rastrero. A estas alturas, a Midori le resulta muy lejano, como un sueño disipado por el tiempo, el día en que despidió a su hermana mayor, a lágrima viva, cuando esta dejó el pueblo para irse a Tokio. Ahora, no obstante, gracias al éxito de su hermana, puede encarnar la figura del amor filial y retornar con creces todas las deudas que había contraído para con sus progenitores. ¡Cómo la envidia Midori! Pero es evidente que la muchacha ignora las penalidades y tristezas a las que debe estar sometida su hermana a fin de retener su privilegiada posición. Para Midori, más que trucos banales, todo es un juego: los chillidos de ratón que imitan las cortesanas para atraer clientes, las palabras mágicas que pronuncian desde detrás de la celosía para embelesarlos, el secreto de la palmadita a la espalda en el momento de la despedida… Incluso dominaba el lenguaje peculiar que se hablaba dentro del distrito y no dudaba en utilizarlo fuera del recinto, sin mostrar ni un ápice de turbación.

Lo cierto es que estoy algo desconcertada, pues Midori no deja de ser una chica de trece años. Si la vierais jugando con sus muñecas, abrazándolas y arropándolas en sus mejillas, no la distinguiríais de una señorita de buena cuna. Todo cuanto sabe sobre lecciones de moral y economía doméstica lo ha aprendido en la escuela. Las habladurías que escucha día y noche hacen más mella: que si fulanito me gusta, que si ese otro no, que a ver qué casa de té había recibido el vestido de noche más lujoso para su oiran… Como podréis imaginar, a los ojos de una jovencita, todo lo que brillaba y era colorido quedaba grabado en su retina, y todo lo que no resaltaba no merecía su consideración. Midori aún es demasiado joven para juzgar a la gente e, incluso, para entenderse a sí misma. Su temperamento infantil le impide ver más allá de la bella flor que tiene ante sus narices; el esplendor la ciega. Por naturaleza, Midori tiene un carácter competitivo y obstinado que detesta perder, y la joven le da rienda suelta a esos sentimientos. Por consiguiente, con ese temperamento le resulta fácil construir castillos de arena.

Al amanecer, los grandes señores desfilan por la «calle de los locos» y la «calle de los sonámbulos» de camino a casa y abandonan Yoshiwara. Un día más ha llegado la hora de cerrar el negocio. Los trabajadores del recinto dormirán hasta tarde, aunque si decides dar un paseo por aquellas horas, encontrarás a otros que, rastrillo en mano, se dedican a dibujar las típicas ondas concéntricas en los jardines de piedra de la entrada de sus respectivos recintos o a rociar con agua las calles a conciencia.

Mas aguardad. Acaban de aparecer nuevos personajes desfilando por la calle principal del barrio.

—¡Ya vienen, ya vienen!

Provienen de las zonas de Mannenchō, Yamabushichō y Shintanimachi. Como conocen algunas triquiñuelas y saben hacer algún que otro truco, en el barrio los denominan «artistas». Hay de todo tipo: vendedores ambulantes de chucherías («¡Los mejores dulces y caramelos!», pregona un vendedor al andar para atraer clientela), acróbatas, titiriteros, músicos. ¡Y los bailes! La danza Sumiyoshi, con sus bailarines vestidos de blanco que rodean al maestro de ceremonias, quien, a su vez, les marca el ritmo con su parasol; y la danza del león Kakubei en la que los niños se ponen máscaras de león y bailan al ritmo de tambores. Sus ropajes son estrafalarios y los hay para todos los gustos: de crepé de seda, de seda pura (estos sí que se preocupan por su aspecto); aunque también los hay de cotón Satsuma, desgastados ya de tanto usarlos y lavarlos, pese a estar ceñidos con esmero mediante un estrecho obi de satén negro. Hay un buen puñado de mujeres bellas y hombres atractivos. Andan en grupos de cinco, siete o hasta diez personas, aunque también pasa un viejo solitario que lleva bajo el brazo un shamisen bastante desbaratado. Si os fijáis, veréis también una niña de cuatro o cinco años a la que le han hecho llevar las mangas del kimono recogidas con unos cordeles rojos para poder bailar la danza Kinokuni.

Durante el día, todos se apresuran hacia el distrito para vender su arte y oficio a clientes rezagados que buscan consuelo o a alguna cortesana melancólica. Todos y cada uno de ellos son conscientes de que si entran a Yoshiwara tendrán éxito asegurado. Es probable que no tengan ni un minuto de descanso en todo el día; y, evidentemente, eso les beneficiará mucho en la vertiente económica. El dinero manda. Nadie malgasta ni un instante entreteniendo a los habitantes del barrio: saben de sobras que ahí no harán negocio. Incluso el desesperado pordiosero, con sus harapos y su dudosa reputación, traspasa la entrada del recinto Yoshiwara sin mirar atrás.

Justo entonces, una bella juglar pasa por delante de la papelería. Lleva el rostro escondido debajo del típico gorro cónico de paja de modo que sólo muestra las mejillas, sonrosadas y delicadas. Mientras pasa de largo entona con una melodiosa voz una canción popular.

—¡Vaya! ¿Es que nunca nos dejará oír la canción entera a nosotros? Siempre nos dejan con la miel en los labios… —farfulla la mujer del propietario de la papelería.

Midori, que justo acaba de volver de los baños públicos, se encuentra sentada enfrente de la tienda, observando el ir y venir de la gente, mientras se peina el flequillo con el peine de madera de boj.

—¡No se preocupe! —responde la chica—. Ahora mismo la traigo de vuelta.

Midori echa a correr tras la juglar y, cuando finalmente le da alcance, le agarra la manga del kimono y desliza algo dentro. Aunque le preguntan qué le ha dado, la chica sonríe y guarda silencio. A cambio, Midori le hace cantar la trágica canción de Akegarasu, que narra el suicidio por amor de una cortesana. La juglar la complace con total naturalidad y empieza a entonar la melodía.

—Estaré encantada de volver a actuar bajo su cuidado —dice, ya finalizada la canción, con voz aterciopelada.

En la calle, un grupo de gente que ha presenciado lo ocurrido comenta con perplejidad lo que acaba de ocurrir:

—No me lo explico. Uno no puede percibir los servicios de una juglar así como así.
—Lo veo y no lo creo. ¿Y esto ha sido gracias a una simple chiquilla?

No es de extrañar, pues, que mientras la juglar recitaba la canción, todos los rostros observasen a Midori en lugar de a la mujer.

—¿Acaso no es extraordinario? —le comenta Midori a Shōta en voz baja—. Esto de parar a artistas mientras pasan por aquí, digo. ¡Ay, el son del shamisen! ¡El silbato de la flauta! ¡El ritmo del tambor! Me ha encantado hacer bailar y cantar a alguien a mi antojo… Quiero hacer cosas que nadie más hace.

Shōta se la queda observando, atónito.

—Pues a mí no me ha gustado el numerito.


Capítulo 9

«Y de esta forma he escuchado el cántico de la luz inconmensurable de Buda». El cántico viaja en perfecta armonía junto con la suave brisa que sopla del pinar. Debería ser capaz, en principio, de despejar la polvareda que se esconde en los recovecos del corazón, a todas luces. No obstante, de la cocina del templo llega una llameante humareda (alguien está cocinando pescado a la brasa, al parecer) y, por si fuera poco, en el cementerio anexo hay pañales tendidos por doquier. Desde el punto de vista religioso no se está cometiendo ninguna ofensa, por supuesto, pero a ojos de aquellos que aún consideran que la figura de un representante budista debería entrañar más moderación por los placeres terrenales, la imagen que transmite el templo Ryūge diverge bastante de sus ideales.

¿No creéis que sea curioso que tanto el bolsillo como la panza del abad del templo Ryūge se hayan inflado simultáneamente de tal manera? También me resultaría difícil, si me lo pidierais, escoger algún vocablo adecuado para describir su tono de piel. El cutis de la cara no es de un color rosado como la flor del cerezo, ni de un rosa chillón como el de la flor del melocotonero, sino más bien de un color bermejo equiparable al fuego de las brasas de la cocina. Desde la cima de la rasurada coronilla hasta la nuca no encontraréis ni una zona sin mácula: su testa brilla como una reluciente moneda de cobre. Todo él transpira salud y dicha. Aunque, eso sí, quizás os llevéis un buen susto cuando lo escuchéis prorrumpir en desinhibidas carcajadas (¡observad como se elevan sus pobladas —y algo canosas — cejas!). Tal es su frenesí que no me extrañaría que la estatua del Buda Amida del edificio principal del templo se cayera al suelo del sobresalto.

La joven esposa del abad —rondará los cuarenta y pocos— es una mujer de tez pálida y melena suave y brillante recogida en un moño marumage poco llamativo. No puede decirse que no sea agraciada. Siempre se muestra cordial y agradable con el resto de feligreses. La florista de delante del templo, de lengua suelta y algo viperina, se guarda de proferir imprecaciones sobre ella. Me pregunto cómo se ha ganado su simpatía. ¿Se deberá a los ropajes usados o a las sobras de la comida diaria que la buena mujer le entrega?

Antes de convertirse en la mujer del abad era una feligresa como cualquier otra adscrita al templo. Pero su marido se le murió temprano y, desvalida, se ofreció a realizar tareas de costura a cambio de que le permitieran cobijarse en el templo durante un tiempo. A no mucho tardar empezó a encargarse de la colada y a tomar las riendas de la cocina. Era tan trabajadora que incluso ayudaba al grupo de hombres a limpiar el cementerio adjunto del templo. Al cabo de un tiempo, el compasivo abad hizo cuentas y llegó a la conclusión de que le interesaba conservarla, de modo que se apiadó de la pobre viuda y tuvo a bien acogerla.

Por su parte, ella era plenamente consciente de que les separaba un abismo de veinte años, algo inconcebible, y sospechaba que la naturaleza de la invitación se debía a varios motivos. Pero, al fin y al cabo, no tenía otro lugar adonde ir. Al final, decidió que aquel sitio podía ser tan bueno como cualquier otro para finalizar sus días en paz. Con el tiempo aprendió a ignorar las miradas reprobadoras de la gente. Sí, en efecto, era un comportamiento algo censurable, pero la mujer tenía tal corazón de oro que los feligreses, rendidos ante su benevolencia, terminaron por hacer la vista gorda y aceptarla. Cuando se quedó embarazada de O’Hana, su primogénita, uno de los feligreses del templo, un comerciante de aceite de Sakamoto ya retirado, se ofreció en calidad de intermediario —ya veis, ¡un comerciante haciendo las veces de casamentero!— y, ante la insistencia de su honorable ofrecimiento, finalmente formalizaron su relación.

Nobu, el hijo menor, también había nacido del mismo vientre, aunque nadie lo diría. Mientras Nobu es el paradigma del raciocinio, un joven introvertido que se pasa el día encerrado tras las paredes de su habitación, su hermana mayor, O’Hana, es todo lo contrario. Posee un cutis digno de alabanza y una barbilla pequeña y algo regordeta que resulta adorable. Pese a no ser una gran belleza, se encuentra en la flor de su juventud y, consecuentemente, no le faltan pretendientes. Todavía le falta experiencia, pero aun así resulta una lástima no sacar tajada de su encanto. Sin embargo, aunque el padre comparta esta opinión, difícilmente puede permitir que la hija del abad se convierta en geisha; la gente se llevaría las manos a la cabeza. Quizás llegará el día en que veamos a Buda tocando las cuerdas del shamisen, pero hasta entonces es mejor que preste atención a la opinión de los feligreses. De modo que lo que ha hecho es poner una tienda de té bien mona en la calle Tamachi para que O’Hana, situada estratégicamente detrás del enrejado del mostrador a la vista de los transeúntes, despache dulzura y sonrisas a diestro y siniestro. La clientela de mozos, a los que les trae sin cuidado el peso de las hojas de té o su desorbitado precio, acude en tropel a todas horas. Los jóvenes muchas veces se pasan, además, sin ningún motivo aparente, y raro es el día en el que el local cierre antes de que se escuchen las doce campanadas nocturnas del templo.

Más atareado anda el abad: recogiendo las recaudaciones, vigilando la tienda de té, preparando los cantos y ritos fúnebres… Sin olvidar que unas cuantas veces al mes debe preparar las prédicas. ¡Pobrecillo! Cuando no ojea las cuentas de la libreta, se prepara la lectura de los sutras.

—A este paso mi cuerpo no aguantará mucho más… —se lamenta mientras se sienta encima de su estera favorita con un estampado de flores en el pasadizo exterior que da al jardín. Se ha remangado una de las mangas de la túnica y, abanicándose, muestra medio torso al descubierto mientras bebe sake de Okinawa. La taza (o, más bien, tazón, por sus dimensiones) está llena a rebosar. Al tratarse de un aguardiente fuerte, al poco rato pide el acompañamiento. Su plato favorito no es otro que anguila a la brasa con salsa de soja.
—¡Ve a la calle principal, a la pescadería Musashi, y tráeme unas cuantas broquetas de anguila, anda!

El encargo no va dirigido a otro sino a Nobu, su recadero predilecto. La conducta de su padre le saca de sus casillas, pero siempre obedece. Una vez más, se dirige hacia la tienda sin apartar la vista de los pies, cabizbajo, hasta que de pronto escucha las risotadas de algunos chicos y chicas provenientes de la papelería, que justamente queda al otro lado de la pescadería. «¿Se estarán riendo de mí?». Avergonzado, se hace el desentendido y decide pasar de largo en primera instancia. Desde la esquina, escondido, comprueba que nadie lo esté mirando y se cuela de un salto en la pescadería. ¡La vergüenza que estará pasando! Imaginaos cómo debe de sentirse, el pobre. No es de extrañar que haya jurado que jamás de los jamases probará ese pescado apestoso.

El bueno del abad tiene un carácter algo campechano, por así decirlo, aunque algunas voces lo critican que quizás sienta demasiado apego por el mundo material. No obstante, el abad es impermeable a los chismorreos; no es de los que se dejan amedrentar por cuatro palabritas de nada. ¿Qué mal hay en trabajar a destajo? Si le sobrara algo de tiempo, incluso podría poner una paradita para vender los famosos amuletos kumade… «Oye, ¿y por qué no?». Dicho y hecho: el año pasado, cuando llegó el Festival del Gallo en noviembre puso a su señora esposa, con la típica toallita atada en la cabeza, al frente de un tenderete de ornamentos para el pelo justo delante de la entrada del templo, en un pequeño descampado.

—¡Bellos ornamentos de la buena suerte! —pregonaba la mujer para atraer a clientes incautos.

En un primer momento estaba avergonzada de su propio comportamiento, pero cuando supo que el resto de comerciantes del barrio tenían negocios similares y que funcionaban la mar de bien pronto se le pasaron los nervios y la vergüenza. De todas formas, le seguía pareciendo algo inapropiado que todo el gentío de feligreses y transeúntes vieran a la mujer del abad como vendedora ambulante, por lo que le pidió a la florista que le echara una mano con el tenderete durante el día. Pero después del anochecer, la cosa ya era otro cantar: al fin y al cabo, de noche resultaría más difícil que alguien la reconociera. No tardó en encontrarle la gracia a la faena. Parece que entró bastante bien en el papel de dependienta; ojalá la hubierais visto, de pie y gritando a pleno pulmón: «¡Una ganga, una ganga!» para llamar la atención de los clientes, sin siquiera darse cuenta de su efusividad. De un día para otro pasó del recato a la avara codicia. Y los clientes, empujados por la muchedumbre, no eran menos; apabullados por la multitud, parecía que estaban fuera de sí mismos, olvidándose de que, tan sólo dos días atrás, habían acudido al templo como feligreses a rezar para poder reservarse un pasaje al Más Allá.

—¡Setenta y cinco sen por tres ornamentos! —La mujer lanzaba ofertas sin parar.

El comprador no se dejaba escarnecer. Aún había margen para el regateo.

—¿Qué tal tres ornamentos por setenta y tres sen?

En fin, ¿qué les diréis? Cada uno se gana la vida como puede, pese a hacerlo mediante chanchullos poco escrupulosos. Pero Nobu se tomaba esa deshonra muy a pecho. Aunque ese peculiar negocio familiar no llegara a oídos del resto de feligreses, no podía evitar pensar en lo que estarían pensando los habitantes del barrio. ¿Y si algún extraño rumor llegara a oídos de sus amigos y compañeros de colegio?

—Parece ser que el templo Ryūge ha puesto un tenderete de amuletos. ¿Y sabéis qué es lo mejor? ¡Que la dependienta es la madre de Nobu! Tendríais que haberle visto la cara, toda roja por los gritos y las ganas de vender. ¡Parecía una chalada!

Sólo de imaginarse esos posibles comentarios, Nobu se encoge de la vergüenza.

—Padre, ¿no cree que sería mejor cerrar el tenderete? —El joven intenta sembrar la duda en la mente del abad en cuanto tiene ocasión.
—Anda, cierra el pico —le responde entre risotadas, sin siquiera dignarse a tomarse en serio los consejos de su hijo—. Qué sabrás tú de cómo funciona el mundo.

Así es el abad: por la mañana prepara las plegarias nenbutsu y por la tarde se dedica a hacer cuentas con el ábaco. El hombre disfruta de su estilo de vida, está claro. Pero Nobu, por su parte, no puede evitar pensar que, detrás de la sonrisa indulgente de su padre, se esconde un hombre mezquino y deplorable. «¿Por qué diantre se rapó la cabeza?». Por mucho que le pese, lo detesta.

Se ha criado en un hogar plácido con sus padres y su hermana, sin la interferencia de terceros. A primera vista, no parece que haya ningún motivo por el cual se haya vuelto un chico tan taciturno y pesimista. Pero si tenemos en cuenta que ya es calmado y tranquilo de por sí, y si encima la gente hace siempre oídos sordos a cualquier cosa que dice, no me extraña que el pobre chico sea como es. Entre la conducta de su padre, el desenfreno de su madre y la educación de su hermana… Sólo él tiene la sensación de que no están a la altura de las circunstancias, mas cuando intenta sacar el tema a colación nadie le presta atención. Al final, el joven siempre capitula, desalentado. ¡Qué injusto le parece todo!

Sus compañeros lo toman por un excéntrico debido a su carácter meditabundo; creen que detrás de su silencio se esconde malicia. Pero lo cierto es que el corazón de Nobu es tan frágil que al mínimo signo de tempestad ya hace aguas; en el fondo es un cobarde. Si llegara a escuchar a alguien chismorreando sobre él, le faltarían agallas para encarársele y decirle que se largara a no ser que quisiera vérselas con él. Lo más probable es que termine por encerrarse en su habitación para no enfrentarse a nadie. Es un cobarde de cabo a rabo.

Como los estudios le van viento en popa y tiene una posición social nada envidiable para muchos, nadie se figura que, en el fondo, es un gallina. Levanta envidias allí donde va, de modo que de vez en cuando no es extraño que alguien lo critique.

—Nobu, del templo Ryūge, es como un dulce de arroz medio hecho: blando por fuera y, por dentro, duro como una piedra.


Capítulo 10

La noche del festival mandaron a Nobu que fuera a la tienda de té de su hermana, en Tamachi, y no volvió a casa hasta la mañana siguiente. Así pues, el joven no pudo imaginarse, ni en sueños, todo el jaleo que se había armado en la papelería. No fue hasta la mañana siguiente cuando, por boca de Ushimatsu, Bunji y los otros, tuvo constancia de lo ocurrido. La brutalidad de Chōkichi ha vuelto a sorprenderle, pero el daño ya está hecho. Llegados a este punto, por mucho que quiera, no puede dar marcha atrás. Encima, por si fuera poco, se siente profundamente contrariado por el hecho de que Chōkichi haya utilizado su nombre para imponerse; pese a que él no ha sido partícipe en la trifulca, se siente responsable de cara a los damnificados. Chōkichi, por su parte, debe ser consciente de que se ha pasado de la raya porque durante los siguientes tres o cuatro días no se ha dejado ver ante el hijo del abad; lo más probable es que Chōkichi tema lo que Nobu le va a decir cuando lo vea. Cuando considera que los ánimos están más calmados, finalmente acude al templo Ryūge para explicarse:

—Sé que seguramente estarás enfadado conmigo, Nobu. Sí, se me fue de las manos, lo admito, pero tienes que perdonarme. ¿Cómo íbamos a saber que tú estarías fuera y que Shōta no estaría en la papelería como siempre? Créeme, Nobu, mi intención no era escarmentar a esa mala pécora ni moler a golpes a Sangorō, de verdad. ¡Pero entiéndeme! Tras hacer una entrada triunfal en la papelería, blandiendo los farolillos para intimidar más, ¿cómo pretendías que nos largásemos como si nada, con el rabo entre las piernas? Entre una cosa y otra nos envalentonamos y… Bueno, ya sabes como terminó la cosa. Sólo quería darles una lección para que sepan quién manda, nada más. Yo soy el responsable, la culpa es toda mía. Tendría que haberte hecho caso, lo sé, y no sabes cuánto lo siento. Pero, piénsalo, ¿qué pensará el resto si ahora pareces disconforme con nuestros actos? Ahora ya es demasiado tarde para dar marcha atrás. Te lo suplico, no nos des la espalda ahora. Gracias a tu respaldo, la banda de las callejuelas ha podido surcar las calles del barrio como si fuese montada encima de un gran buque. Si nos dejas de lado, Nobu, será nuestra perdición. Aunque no estés de acuerdo con lo que pasó el otro día, continúa siendo nuestro almirante, por favor. ¡Te prometo que no volverá a pasar!

Ante la aparentemente sincera disculpa de Chōkichi, Nobu no puede reunir fuerzas para negarse y darle la espalda.

—De acuerdo —cede el joven, no sin antes dictaminar sus términos y poner cada cosa en su sitio—. Ahora ya no podemos cambiar lo que ha pasado. Pero se acabó lo de maltratar a los más débiles. ¿No ves que lo único que haríamos sería traer deshonra a nuestros nombres? Dejad en paz a Sangorō y a Midori, ¿entendido? Si Shōta viene a por la revancha con otros amigos, entonces decidiremos qué hacer. Pero que quede bien claro: no volveremos a ser nosotros los que empiecen la refriega.

Por la magnitud de lo ocurrido, el chaparrón que le ha caído a Chōkichi no ha sido nada del otro mundo. Quizás, consciente de que ha perdonado demasiado pronto a ese buscabullas, Nobu no puede evitar hacer unas plegarias, angustiado, a fin de que no vuelva a repetirse algo parecido.

Quien ha salido peor parado de la situación es Sangorō de las callejuelas, que no tiene la culpa de nada. Lo han molido a golpes y patadas y, por culpa de la paliza, le duele el cuerpo entero. De hecho, durante los dos o tres días siguientes tiene dolores a todas horas, tanto si está de pie como sentado. Su estado no pasa desapercibido a ojos ajenos: cada tarde, cuando su padre, Tetsu, se dedica a pasear el jinrikisha vacío entre las cincuenta casas de té del recinto de Yoshiwara, algún que otro conocido siempre termina por preguntarle por su chico:

—Oye, ¿qué le pasa a Sankō? Últimamente no trae muy buena cara… —Esta vez es el propietario de una tienda de comida a domicilio el que le llama la atención, casi acusándolo. Tetsu, por su parte, asiente con complacencia y le da la razón; es imposible discutir con él.

Al padre de Sangorō se le conoce en todo el barrio como Tetsu el Encorvado, pues siempre se dirige con máxima deferencia a los que están en un escalafón social superior al suyo. Sin olvidar la pertinente reverencia, su rostro siempre mira hacia abajo. La deferencia y zalamería que muestra para con los poderosos propietarios de las casas de té del distrito es abrumadora, y no es menor la consideración con la que trata al arrendatario de la casa o al propietario del terreno donde esta se erige. Nunca se atrevería a llevarles la contraria, por muy inverosímiles que fueran sus peticiones. Con un padre así, pues, difícilmente podía Sangorō sincerarse y explicarle que Chōkichi le ha propinado una paliza.

—¿Y qué más da eso ahora? —le respondería Tetsu, sacando fuego por la boca—. ¿No te das cuenta de que Chōkichi es el hijo de nuestro arrendador? Me da igual si tú no tienes la culpa o si él ha empezado, ¡no puedes plantarle cara a Chōkichi, y punto! Anda, tira para su casa y pídele perdón, ¡deprisa! Será posible, ¡qué hijo tan inútil!

Así pues, Sangorō decide guardar silencio. El pobre no soportaría la humillación de tener que pedirle perdón a ese bruto (y tiene por seguro que su padre no descansaría hasta que se disculpara). De este modo, decide morderse la lengua y dejar pasar siete o diez días.

Con el tiempo, las heridas le han ido sanando y se ha ido olvidando de la humillación que sufrió. Ahora se dedica a hacerle de canguro al hijo menor del arrendador, el hermano pequeño de Chōkichi, por dos míseros sen de propina (aunque tendríais que ver lo contento que está). Mientras se pasea por todos lados cargando al niño a su espalda, le canta una nana: «A dormir, chiquitito, a dormir». ¿Cuántos años tiene Sangorō?, os preguntaréis. Pues ronda ya los quince y, pese a que debería encontrarse en pleno fervor adolescente, no se inmuta en lo más mínimo cuando sale a la calle principal a pasearse con el bebé a cuestas. Shōta y Midori, sin poder evitarlo, suelen meterse con él:

—¿Dónde te has dejado la hombría, Sangorō?

Pero, pese a las bromas, nunca se olvidan de invitarlo a jugar con ellos.

En primavera dan comienzo las grandes fiestas, empezando por la observación tradicional de flores de cerezo. A mediados de verano, durante el O’Bon, tiene lugar la fiesta de farolillos en memoria de la célebre cortesana Tamagiku. A no mucho tardar le precede el festival de otoño de Niwaka. El recinto queda engullido por los jinrikisha que vienen y van sin descanso. Si os detenéis en la calle principal de Yoshiwara veréis que en el espacio de diez minutos pasan hasta setenta y cinco carruajes. Contadlos, no os miento.

No obstante, ahora, tras la segunda ronda del festival, los ánimos empiezan a calmarse. Poco a poco empiezan a verse libélulas rojas revoloteando encima de los arrozales. En poco tiempo volverá a sonar el canto de las codornices en el canal de Yokobori. El viento que sopla por la mañana y por la noche es cada día más frío y empieza a calarse hasta los huesos. Los inciensos para repeler mosquitos de la tienda Jōsei dejan paso a las cenizas caloríferas de bolsillo.

Ahora sólo llega a mis oídos el solitario sonido de la rueda de molino de la tienda Tamura de galletas saladas senbei, en Ishibashi, encargada de moler la harina de trigo. El tictac del gran reloj de Kadoebi repiquetea, en cierta manera, de un modo melancólico. El paso de las estaciones sigue su curso. A finales de otoño veréis el resplandor de las incansables hogueras del cementerio en Nippori. Las columnas de humo se alzan, tétricas, rememorando el paso de las almas de este mundo al otro. Mientras sigo mi camino por el sendero junto a la ribera que bordea por detrás las casas de té de Nakanochō me llega desde el cielo el son de las cuerdas pulsadas del shamisen. Al mirar arriba observo que la artífice de esa melodía es una geisha. Los versos de la canción que entona —«Nuestro efímero lecho de amor…»— están llenos de emociones truncadas.

En esta época del año, cuando se acerca el invierno, el flujo de la clientela se desvanece poco a poco. Ya no pasan tantos clientes alocados por aquí. Los hombres, más dados al libertinaje en épocas de calor, se vuelven recatados e incluso más honestos. O al menos eso me cuenta una mujer que solía trabajar en el distrito del placer. Pero tampoco quiero centrarme mucho en este tema, no querría hacerme pesada. Pensad que en lugares así hay mucho margen para habladurías más sonantes. Os hablaré, por ejemplo, del último acontecimiento del que tengo constancia: la masajista invidente que vivía en Daionjimae, que tendría unos veinte años a lo sumo, tuvo la mala suerte de tener un amor no correspondido. Tras juntar su pena con la impotencia de su invalidez, la joven se tiró al estanque de Mizunoya.
—¿Nadie sabe nada de Kichigorō, el verdulero, y de Takichi, el carpintero? Nadie los ha visto desde hace tiempo. A ver si les ha pasado algo… —se pregunta un vecino del barrio. La gente empieza a murmurar: «Pues ahora que lo dice…».
—Están entre rejas —responde otro convecino mientras se señala la nariz con el dedo. Desgraciadamente, nadie parece conocer a ciencia cierta los detalles del suceso, por lo que ningún vecino podrá seguir dándole cuerda al rumor.

Si cruzáis la calle mayor, encontraréis a un grupo de tres o cinco niñas que hacen un corro cogidas de la mano mientras entonan una inocente canción:

Florecen
y florecen,
¿pero qué flores son?

Juegan abstraídas sin alzar demasiado la voz. Poco a poco sus canciones quedan engullidas por el silencio y lo único que oiréis es el ruido constante de las ruedas de los incontables jinrikisha en el recinto Yoshiwara.

Al caer la noche, la llovizna otoñal cae sin tregua —¿hasta cuándo durará?— y, junto con las ráfagas de viento, impregna las calles de una tristeza fría y lóbrega. No se ve ni un alma por la calle, de modo que no es de extrañar que en la papelería no esperen que se pase ningún cliente hoy. La mujer del propietario ha cerrado la puerta principal de la tienda desde primeras horas de la noche. Entre los inquilinos de la tienda están, como de costumbre, Midori y Shōta, que se entretienen jugando con unas canicas de conchas junto con otros niños de menor edad. Es de lo más enternecedor verles hacer cosas de niños para variar. De repente, Midori aguza el oído.

—Vaya. ¿Habrá venido un cliente a comprar algo? —pregunta la chica—. Me ha parecido escuchar el sonido de pasos encima de los tablones de madera del alcantarillado que hay en la entrada…
—¿Ah, sí? Yo no he oído nada —responde Shōta interrumpiendo el recuento de conchas—. ¡Quizás ha venido alguien más de la banda! —Ante la posibilidad, la cara se le ilumina de excitación.

Sea quien fuere, alguien se ha quedado de pie delante de la entrada, pero ya no se oyen pasos. Parece que al desconocido se lo haya tragado la tierra.

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “Crecer (II)

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