Crecer (Final)

Higuchi Ichiyō





Capítulo 11

Shōta abre la portezuela que hay junto a la puerta principal:

—¡Te pillé! —grita mientras saca la cabeza hacia fuera y entrevé una solitaria silueta que se aleja arrastrando los pies a dos o tres casas de distancia—. ¿Quién va? ¿Quieres entrar? —exclama mientras se calza a medias con las sandalias de Midori. Justo cuando Shōta está a punto de echar a correr detrás del desconocido a pesar de la lluvia, se para en seco—. Ah, es él.

Shōta da media vuelta y entra en la papelería.

—Aunque lo llamemos, no vendrá, Midori. Es él.

Shōta se pasa la mano por la cabeza emulando el corte raso que lucen los monjes.

—¿Era Nobu? —pregunta Midori—. ¡Ese monje de pacotilla! Seguro que ha venido a la papelería para comprar algo, pero al oír nuestras voces y escucharnos a hurtadillas ha decidido dar media vuelta con el rabo entre las piernas. Es el tipejo más pérfido y sin agallas que he conocido. ¡Una sabandija! ¡Tartamudo, desdentado! ¡Es despreciable! ¡Ay, ojalá hubiera entrado para que le diera un buen escarmiento! Devuélveme una de las sandalias, que quiero echarle un vistazo.

Midori toma el lugar de Shōta y saca la cabeza por la puerta, mojándose ligeramente el flequillo por las gotas de lluvia que caen del alero.

—¡Qué rabia me da! —dice al tiempo que estira el cuello para poder observarlo mejor. A cuatro o cinco casas de distancia y sosteniendo un farolillo de gas, se encuentra la inconfundible figura de Nobu, que, sujetando en el hombro de cualquier manera un paraguas daikoku, se aleja paulatinamente con un andar sombrío y triste.

Midori se queda observándolo largo y tendido, posando su mirada fijamente en la espalda del chico.

—Midori, ¿qué te pasa? —le pregunta Shōta con recelo mientras la sacude ligeramente.
—¿A mí? Nada —responde sin energía. Se le ha caído el alma a los pies. Entra de nuevo en la tienda y empieza a contar las canicas —. Desde luego, ¡este aprendiz de bonzo es de lo peor! Lo odio. De cara al público evita todo tipo de encontronazos, actúa como si fuera el paladín de la benevolencia, con esa carita de niño bueno que tiene. Pero por dentro es una persona totalmente diferente y de lo más farsante. Mi madre siempre dice que los que no se cortan ni un pelo y dicen todo lo que piensan tienen un corazón de oro, así que no es de extrañar que alguien tan escurridizo y farsante como Nobu sea en realidad tan mala persona. ¿Tú también lo crees así, Shōta?

Ante semejante perorata de descrédito, Shōta responde con cierta altanería y adoptando una actitud afectada típica de los adultos:

—En mi opinión, el chico del templo Ryūge al menos tiene conocimiento. Pero Chōkichi es ciertamente un caso perdido.
—¡Qué dialéctica, Shōta! No te pega nada hablar con esos aires de persona mayor. Estás hecho un graciosete, pero aún eres un niño. —Con el dedo, Midori pincha una de las mejillas hinchadas del chico —. ¡Uy, qué cara tan seria pones! Tendrías que verte —dice, estallando en carcajadas.
—Tú ríete, pero dentro de poco yo también seré adulto. Y vestiré como tal. Como el amo del Kabata, con ese montón de mangas cuadradas y largas, o algo por el estilo. Me pondré el reloj de oro que mi abuela ha estado guardando con celo, encargaré que me forjen algún anillo y fumaré cigarrillos. Y de calzado, déjame pensar… A ver, a mí me gustan más las sandalias de cuero que las de madera; mis favoritas son las de triple suela, las de los cordeles de satén de la mejor calidad. ¿A que me quedarían bien?

Midori no puede evitar reír disimuladamente.

—¡Vaya pintas! Con lo bajito que eres, ¿y dices que quieres enfundarte en trajes de mangas largas y sandalias de cuero de tres suelas? ¡La ropa te irá enorme y las sandalias ni se te verán! Aunque sería algo digno de ver. ¡Te confundirán con un frasquito andante de medicina para los ojos! —se burla Midori, poniendo más leña en el fuego.
—¡No digas tonterías! Huelga decir que, para entonces, ya habré crecido. ¿O qué te crees, que nunca pegaré el estirón? —contraataca el chico con altivez.
—Bueno, pero a saber cuándo será eso —responde Midori. A continuación, señala al techo—. Mira, incluso ese ratoncito lo encuentra divertido.

Todos los presentes, incluida la mujer del propietario, estallan en carcajadas. El único que mantiene la compostura es Shōta. Posando su preciosa e intensa mirada en la joven, continúa:

—Parece ser que no te lo tomas en serio, Midori, pero te diré una cosa: en todo el mundo no hay ni una sola persona que no se convierta en adulto. ¿Qué tiene de raro lo que he dicho? Dime, venga. Algún día tomaré a una chica por esposa y me pasearé con ella por todo el barrio. Eso sí, a mí me gusta todo lo bello, así que mi esposa no podrá ser una excepción o no la aceptaré. Si es como O’Fuku, de la tienda de galletas saladas, cuyo rostro está picado por la viruela, o como la frontuda hija del comerciante de madera, las enviaré a tomar viento. En mi casa no entrarán, ya te lo digo. Las marcas de viruela y sarna me repugnan.

Ante semejante contundencia, la dependienta de la papelería no puede evitar chincharle, burlona:

—Pues Shōta, chico, no entiendo por qué sigues viniendo a mi tienda. ¿O acaso no ves las marcas de viruela de mi cara?
—No es lo mismo: usted ya es una señora mayor. ¡Yo hablaba de la mujer que se convertirá en mi esposa! Usted no me molesta.
—Vaya. Te ruego que disculpes mi confusión —le responde la mujer para seguirle el juego y evitar que Shōta se ofenda—. Veamos, déjame pensar. Chicas de buen ver del barrio, ¿eh? Está O’Roku, de la floristería, o Kii, de la tienda de frutas. O quizás… quizás… Bueno, la verdad es que la más guapa de todas está sentada ahora mismo junto a ti. Dime, Shōta, ¿quién será la escogida? ¿O’Roku, con esos preciosos ojitos que tiene? ¿Kii, cuya sedosa voz puede entonar las baladas kiyomoto? ¿Quién será la afortunada? —le acucia.

Shōta enrojece.

—¿Tomar por esposa a alguien con las pintas de O’Roku o a esa tal Kii? ¿Se puede saber qué rayos les ve?

A fin de evitar mostrar su rubor, el chico se aleja del foco de luz del techo y se echa para atrás, hacia el tabique de madera.

—¿Eso significa que escogerías a Midori, pues?

La mujer ha dado en el clavo.

—¡¿Cómo voy a saberlo?! No chochee, ande.

Shōta les da la espalda y, de cara a la pared, marca el ritmo con el dedo mientras tararea una canción en voz baja: «Gira, molinillo, gira».

Por su parte, Midori ha empezado a reunir de nuevo las canicas.

—¡Venga! Volvamos a empezar.

Ella, por su parte, no se ha sonrojado nada de nada.


Capítulo 12

Aunque no tiene por qué, cada vez que Nobu va a Tamachi sigue siempre el mismo camino que bordea el canal. Cuando lo recorre, no puede evitar fijar su atención en un portal sencillo, pero elegante. Al mirarlo con más detenimiento observa las linternas de piedra de Kurama, provenientes de Kioto, y un cerco de no mucha altura hecho a partir de ramitas de lespedeza que proporciona al edificio un aire de distinción y elegancia. Encima del corredor exterior que da al patio se entrevén, enrolladas, las esteras de bambú del verano, propiciando una sensación agradable. Al observar la casa una vez más no puede evitar rememorar un pasaje de La historia de Genji. Quién sabe si también aquí, más allá de las ventanas de papel y cristal, se encuentra la viuda de Azechi rezando una plegaria con el rosario; junto a ella quizás se encuentre la joven Waka-Murasaki, con su juvenil flequillo y su melena azabache cortada a la altura de los hombros. La casa en cuestión no es otra sino la residencia del Daikokuya.

No ha parado de llover desde el día anterior, pero aun así su madre no ha dudado en pedirle a Nobu que vaya hasta Tamachi para entregarle a su hermana la almilla que le había pedido. Como ya la ha terminado, quiere hacérsela llegar cuanto antes.

—Me sabe mal, pero ¿te importaría acercarte y dársela antes de ir a la escuela? Seguro que Hana la está esperando con ansias.

Nobu, que no sabe negarse a nada por culpa de su carácter apacible, acata el mandato de su madre con un simple: «Ya voy, ya voy». Coge el fardo, se calza con las sandalias de madera de magnolia de cordones grises de algodón y, amparado por el paraguas, se pone en marcha.

Gira por la esquina del Foso de los Dientes Negros y, como de costumbre, recorre el sendero. Justo cuando se encuentra a la altura del Daikokuya, tiene tan mala suerte que una ráfaga de viento sopla de improviso con tanta intensidad que le gira de cabo a rabo las varillas del paraguas daikoku. Poco ha faltado para que el paraguas saliera volando hacia el cielo encapotado.

—¡Madre mía!…

Para contrarrestar el ímpetu del vendaval Nobu destina toda la fuerza que le queda hacia los pies para mantener el equilibrio y no sucumbir ante las ráfagas, pero el cordón de una de las sandalias se le rompe en el proceso (¡no tenía ni idea de que se pudiera romper tan fácilmente!). Sin sandalia, se encuentra en un apuro más serio que el de no tener paraguas. Al final ha sido peor el remedio que la enfermedad.

Apurado, Nobu chasquea la lengua. Sin un plan mejor, decide guarecerse de la lluvia en el portal del Daikokuya. Deja el paraguas recostado en la pared y, cobijado bajo el alerón, intenta reparar el cordón. No obstante, un aprendiz de monje como él no está acostumbrado a este tipo de manualidades. «¿Cómo diantres va esto…?». Pero, por mucho que lo intente, no sólo no consigue arreglarlo, sino que además empieza a sentirse nervioso. Impotente y avergonzado, se saca una hoja de caligrafía (la pretendía utilizar como borrador en clase) de la manga del kimono, desgarra un trozo del papel y la retuerce varias veces hasta que se forma un cordoncillo. Justo entonces, el travieso vendaval decide volver a la carga y, de un potente embate, hace caer el paraguas que Nobu había colocado cuidadosamente en la pared; de un revuelo, lo aleja cada vez más y más.

—¡Maldito viento! —lo increpa, exasperado.

Cuando Nobu alarga la mano para alcanzar y recuperar el paraguas, el fardo que se había colocado en el regazo resbala y cae al suelo con descuido. Por si fuera poco, el pañuelo se le ensucia de barro e incluso las mangas de su propio kimono terminan por quedar completamente enfangadas.

¡Pobre Nobu! Cualquiera que lo viera se apiadaría de él, con el kimono echado a perder y sin paraguas para cobijarlo. Encima, por culpa del cordón roto, se ha quedado sin sandalia.

Desde lejos, Midori observa a través de una ventana de cristal a la figura.

—¡Ostras! Afuera hay alguien a quien, al parecer, se le ha roto uno de los cordeles. ¿Le ofrezco un trocito de tela, mamá? —pregunta la joven. Acto seguido coge la caja de costura de uno de los cajones y extrae un pedazo de tela de crepé de seda de yūzen. Impaciente, se calza las sandalias del jardín y aferra a toda prisa un paraguas de estilo occidental de la galería exterior. Saltando de piedra en piedra, Midori cruza el jardín con presteza hasta llegar al portal.

No obstante, se para en seco al reconocer al damnificado en cuestión. Los colores no tardan en subírsele y tal es su estupor, que, avergonzada, no puede evitar maldecir su suerte. Está tan sorprendida que el corazón le late a toda velocidad. «¿Nos ha visto alguien?». Midori no puede evitar dar una ojeada a su alrededor. Justo cuando se iba acercando de nuevo al portal —¡qué temor le infundía ahora!—, Nobu se gira de improvisto y la descubre. El joven también se ha quedado sin palabras y un sudor frío empieza a recorrerle el cuerpo. Incluso se le pasa por la mente la idea de salir corriendo descalzo.

Si fuera la Midori de siempre no perdería la oportunidad de burlarse de su rival, aprovechando que se encuentra en apuros. No tendría reparo alguno, tampoco, en prorrumpir en risotadas hasta quedarse saciada del todo. Tampoco se negaría el lujo de decirle cuatro cosas bien dichas:

«¿Cómo osasteis venir a arruinarnos la fiesta la noche del festival? Con la excusa de vengaros de Shōta, Chōkichi molió a palos al pobre Sangorō, que no tenía la culpa de nada. Mientras tanto, tú, el instigador de todo, te mantuviste al margen mientras observabas desde tu pequeña atalaya. ¿No piensas pedir perdón? ¿Qué pasa, se te ha comido la lengua el gato? Hiciste que Chōkichi me tachara de ramera. Eso también fue idea tuya, ¿no? Bueno, ¿y qué tendría eso de malo? ¡Al menos yo no tendré que rebajarme nunca para pedirle favores a escoria como tú! Yo tengo a mi padre, a mi madre, al patrón del Daikokuya y a mi hermana para respaldarme. ¿Te crees que te debo algo, asqueroso bonzo corrompido? No te atrevas a volver a llamarme ramera, ¿estamos? Si tienes algo que decirme, ¡me lo dices a la cara! Nada de cuchichear por la espalda. ¡A la cara! Y estate tranquilo, que entonces me las veré contigo siempre que quieras. ¡Vamos, habla!».

De ser la Midori de siempre, le hubiera agarrado la manga del kimono mientras le soltaba la perorata de un tirón. Nobu, abatido, no habría sido rival para ella.

No obstante, en lugar de eso, permanece oculta bajo la sombra de la entrada, tras la puerta corrediza enrejada. Sin atreverse a darse la vuelta y regresar, la joven sigue de pie con el corazón en un puño, indecisa.

No es la Midori de siempre.


Capítulo 13

Desde el preciso instante en el que sabe que se encuentra a las puertas del Daikokuya, Nobu, aterrado, hace todo lo posible para pasar de largo cuanto antes mejor. No se permite siquiera mirar alrededor. Pero por culpa de la inoportuna lluvia y de la traviesa ventolera se le ha roto uno de los cordones de la sandalia, de modo que, al borde del colapso y totalmente desquiciado, no le queda otra que intentar arreglarlo como buenamente pueda.

Ante semejante serie de infortunios no es de extrañar que a Nobu, desalentado y derrotado, se le haya caído el alma a los pies. Para empeorar la situación, justo en este instante oye el repiqueteo de unos pasos que, saltando de piedra en piedra desde el jardín, se apresuran hacia él. La certeza de saber que se trata de Midori, aun sin tener que girarse, aviva aún más el desasosiego que siente en su interior. A fin de no descubrir su tembleque de manos ni mostrar la palidez que delata su rostro, Nobu permanece de espaldas al portal, fingiendo estar sumergido en la reparación del cordel. Pero ahora mismo tiene la cabeza en otro sitio y, por mucho que lo intenta, no es capaz de llevar a buen puerto su cometido.

De pie detrás del joven, Midori alarga el cuello para espiar los movimientos de Nobu.

«¿Pero qué hace? Será posible, ¡qué poca maña! No lo logrará jamás con esas manos tan torpes. Se ha atado el cordoncillo del revés, ¿que no lo ve? Y aunque consiga pasarlo por el agujero de paja, no le durará ni un suspiro. ¡Cuidado, que las mangas le están rozando el suelo y se le están ensuciando! ¡Y por si fuera poco el paraguas se le irá volando! ¿Qué diantres le cuesta dejarlo bien cerradito y de pie?».

Atormentada por la ineptitud de Nobu, a Midori se le empieza a agotar la paciencia, pero ni así es capaz de dirigirse a él y decirle: «Ten, aquí tienes un pedacito de tela. Átatelo con esto». En lugar de eso, continua en el mismo lugar exacto que instantes antes, totalmente inmóvil. Ni se ha percatado de que la lluvia le está mojando las mangas a ella también. Escondida detrás del portal y haciendo caso omiso al chaparrón, lo observa desde las sombras.

No obstante, ajena a la situación, su madre la llama desde casa:

—¡Midori! ¿Qué estás haciendo? Déjate de jueguecitos y vuelve dentro, anda… Con la que está cayendo y tú jugando en el jardín. ¿Acaso quieres volver a pillar un constipado como la otra vez?
—¡Ya voy! —responde la joven con voz alta y clara.

Avergonzada y consciente a la vez de que Nobu la ha oído, el corazón de la joven empieza a latir con fuerza y sus mejillas enrojecen. Permanece unos instantes más así, inmóvil e indecisa, incapaz de dar un paso y abrir el portal, como también de darle la espalda y abandonarlo a su suerte. Tras darle vueltas y más vueltas, Midori le lanza el pedacito de tela a través de las ranuras del enrejado sin mediar palabra. Nobu, por su parte, finge no haberlo visto. Su expresión denota una indiferencia total y absoluta.

«Por supuesto. No ha cambiado en absoluto», piensa la joven, dolorida. Sus ojos empiezan a reflejar el rechazo al que acaba de ser sometida y, con su rostro abnegado por la tristeza y el desconsuelo, unas lágrimas empiezan a formarse en su mirada.

«¿Por qué me aborrece tanto? ¿Por qué me mira con esa expresión de indiferencia? ¡Soy yo la que debería estar enfadada con él!». La exasperación que siente no tiene límites, pero su madre continúa reclamándola con insistencia y Midori se ve obligada, con el corazón en un puño, a dar un paso atrás, y otro, y otro… «¡Bah! ¿Qué más da?». Consciente de que si se queda ahí un instante más Nobu descubrirá el dolor reflejado en su rostro, Midori, avergonzada por sus dudas, da media vuelta y regresa hacia el interior de la residencia. El sonido de las suelas de sus sandalias al repiquetear con las piedras acompaña su partida.

Ahora sí, Nobu finalmente se vuelve con expresión triste. En el suelo, empapado por la lluvia, permanece tirado el precioso pedacito de tela de yūzen con un estampado de hojas de arce escarlatas. Se encuentra a escasos centímetros de él y, al observarlo, una sensación de calidez lo embriaga por dentro. Pero aun así se ve incapaz de recogerlo y se limita a observarlo con expresión ausente.

Dándose por vencido de pasar el cordoncillo por el agujero ante su palpable ineptitud, se saca uno de los cordeles que le ataban la larga manga del chaquetón y se anuda la sandalia al pie. «A ver ahora…». No es una solución demasiado estética, precisamente. Sin mencionar lo incómodo que resulta: dar un simple paso le provoca esfuerzo. «¿Y de esta guisa tendré que ir hasta Tamachi?». El joven vuelve a perder la compostura, desmotivado, pero a sabiendas de que es su única vía de escape resuelve ponerse manos a la obra: ya de pie y con el fardo bien recogido a un costado, se dispone a dar el segundo paso. Justo cuando empieza a alejarse del portal, su mirada vuelve a posarse en el trozo de tela escarlata de yūzen. El mero pensamiento de dejarlo abandonado le resulta insoportable, así que finalmente, con el corazón en un puño, decide dar media vuelta con ademán de recogerlo.

No obstante, justo entonces, alguien se dirige a él de improviso.

—Nobu, ¿qué te ha pasado? ¿Se te ha roto el cordón de la sandalia? ¿Y qué pintas son esas? ¡Estás irreconocible, chico, y no es precisamente un halago!

Nobu se gira, sorprendido. ¡Pero si es el bribón de Chōkichi! Por su aspecto, parece que acabe de regresar del distrito Yoshiwara. Encima del yukata de cotón viste un refinado kimono de algodón azul marino con rayas rojas y celestes, bien ceñido con un grueso obi ocre a la altura de la cadera, como ya es habitual en Chōkichi. El cuello, bastante grueso, es de seda negra proveniente de la isla de Hachijō. Encima del conjunto viste un hanten de mangas anchas nuevo. En el paraguas que llevaba está escrito el número y nombre de un burdel. Los zapatos son altos, de madera lacada, y por el brillo de la laca parece obvio pensar que los ha estrenado esa misma mañana. En definitiva, Chōkichi ofrece un aspecto impecable e irreconocible, y el aludido parece ser consciente de ello.

—Pues resulta que se me ha roto el cordón de la sandalia y estaba pensando qué hacer para arreglarlo —responde débilmente con voz lastimera—. Estas cosas se me dan fatal.
—Ni que lo digas. ¿Cómo vas a arreglarlo así? Anda, cálzate mis zapatos y vete. Mis cordones son fuertes y no te darán problemas —le ofrece Chōkichi.
—Pero, entonces, ¿y tú qué harás? —dice Nobu.
—¡Por mí no te preocupes, que soy zorro viejo! —Mientras habla, Chōkichi se coge el faldón del conjunto sin perder tiempo, se lo arremanga y se lo mete por el dobladillo del obi para que no cuelgue, dejando al descubierto toda la parte de las rodillas para abajo. A continuación se descalza—. ¡Mucho mejor! Qué alivio, chico.
—¿Cómo voy a dejarte que vayas sin calzado en mi lugar? —insiste Nobu, contrariado.
—Te he dicho que no te preocupes. ¿Cómo vas a ir descalzo por las calles de piedra con esas plantas de pie que tienes? ¡Si son más blandas que las de un bebé! Anda, ponte mis sandalias —lo apremia Chōkichi, haciendo gala otra vez de una inusual amabilidad. La gente considera al chico una calamidad sin remedio, pero lo cierto es que ver a este gentil Chōkichi mostrando tanta cordialidad y pronunciando palabras gentiles mientras mueve sus pobladas cejas arriba y abajo cómicamente (¡parecen dos orugas rebeldes!) es todo un espectáculo.
—Y por tus sandalias no te preocupes, que me las llevaré a tu casa. Si las dejo en tu cocina no tendrás ningún problema, ¿no? Venga, hagamos el cambiazo —insiste Chōkichi, tomando el mando de la situación. Con las manos recoge las sandalias, una de ellas rota—. Andando, Nobu. Nos vemos luego en la escuela, ¿vale?

Tras prometerle que así sería, Nobu pone rumbo a Tamachi para entregar el fardo a su hermana. Chōkichi, por su parte, se dirige de vuelta a casa. Delante del portal, el pedacito de crepé de yūzen escarlata permanece desamparado y sin dueño en el suelo, rociado por el llanto de las nubes.


Capítulo 14

Este noviembre hay tres Festivales del Gallo. La lluvia ha pasado por agua el segundo, pero tanto en el primer festival como en el tercero ha brillado el sol durante todo el día. El ambiente es, pues, inmejorable. El santuario de Ōtori está a rebosar de gente y, bajo semejante pretexto, no son pocos los jóvenes que aprovechan para entrar en el recinto de Yoshiwara. Lo consiguen gracias a las puertas laterales de emergencia, que sólo se abren en contadas ocasiones como la presente, y acuden en manada. El jolgorio y los gritos de júbilo retumban con tanta estridencia que me hace preguntar si los pilares del cielo o las legendarias cuerdas que sostienen el mundo lograrán aguantar el tercer día del festival sin desmoronarse.

Hoy la calle de Nakanochō está irreconocible por la gran afluencia de público proveniente de todos los rincones del barrio. Los jóvenes aprovechan que los puentes levadizos de Sumichō y Kyōmachi están bajados para infiltrarse. Incluso hay grupos de gente que intentan escabullirse gritando a pleno pulmón: «¡Abran paso, abran paso!», emulando sin duda alguna los cánticos que profesan los barqueros del río para llevar a sus clientes de un lado a otro, tal es la riada de peregrinos que desborda Yoshiwara. Empezando por los chillidos para captar clientes de las cortesanas apostadas tras las celosías de los pequeños burdeles situados junto al canal hasta los cantos y las melodías del shamisen provenientes de los pisos superiores de las casas más lujosas, lo cierto es que para la mayoría de estos ocasionales visitantes esto supondrá un recuerdo inolvidable y de lo más emocionante. O esa es, al menos, la opinión generalizada.

Hoy, Shōta tiene permiso para hacer fiesta; no es necesario que vaya a recaudar. Primero se pasa por la tienda de boniatos de Sangorō para ver qué tal le va y, a continuación, va a ver a Zopenco, ese chico alto y de aspecto huraño de la tienda de dango.

—¿Cómo va el negocio? —pregunta Shōta mientras le da una ojeada a la sopa de judías rojas.
—¡Shō! Menos mal que has venido. Se nos ha acabado la pasta de judías dulces de anko y no sabemos qué hacer. ¡No nos queda nada más que ofrecer! Nos hemos puesto a cocer más judías, pero mientras tanto van llegando clientes y no quiero dejarlos escapar. ¿Se te ocurre alguna solución? —le pregunta, presa del pánico.
—¿Eres cortito o qué te pasa? Usa toda la pasta que se ha quedado pegada a la olla, que así no le sacarás provecho. Mézclala con agua caliente y échale un poco de azúcar para endulzarla más. Así tendrás raciones para diez y hasta veinte personas. Todo el mundo lo hace, ¿qué te crees? No te preocupes, que no seréis los únicos. Hoy no es un buen día para ponerse tiquismiquis con tus principios. Venga, ¡a vender, a vender, no pares!

Mientras va hablando, Shōta coge un tarro de azúcar y se lo acerca a Zopenco. Su madre, una mujer tuerta, observa a Shōta con expresión sorprendida.

—¡Caramba! Se nota que estás hecho para los negocios. Eres un pozo de sabiduría, chico —exclama la mujer, deshaciéndose en halagos—. ¡Das hasta miedo!
—¡Qué va! No es una invención mía; se lo acabo de ver hacer a Muecas, el de las callejuelas, cuando pasaba antes por su tienda. También se habían quedado sin pasta de judías y han usado el mismo truquito —responde con modestia Shōta. A continuación se dirige a su amigo—: Por cierto, ¿has visto hoy a Midori? ¿Sabes dónde está? La estoy buscando desde primera hora de la mañana, pero no la encuentro. Por la papelería tampoco se ha pasado. Quizás esté en el recinto de Yoshiwara…
—¡Sí que la he visto! Ha pasado por delante de la tienda hace poco y ha entrado al recinto por el puente levadizo de Ageyamachi. ¡Tendrías que haberla visto, Shō! Hoy Midori lleva el pelo recogido así, al estilo shimada —explica el joven, gesticulando con las manos con movimientos extravagantes—. Estaba preciosa —añade rascándose la nariz con algo de vergüenza.
—Midori es mucho más bonita que su hermana Ōmaki. Espero que no termine convirtiéndose en una oiran… —responde Shōta cabizbajo.
—¿Y qué habría de malo en ello? El año que viene pienso abrir una tienda de artículos estacionales y cuando consiga reunir suficiente dinero, iré directo a buscarla y pagaré para gozar de su entretenimiento.
—No te des estos aires, anda. ¿Acaso te crees que lo permitiría? ¿Que no ves que si haces eso te pondría de patitas en la calle?
—¿Y eso por qué, eh?
—Y yo qué sé. Pero lo haría —replica Shōta mientras sus mejillas se sonrojan al tiempo que la comisura de los labios se curva en una sonrisa—. En fin, voy a dar una vuelta por ahí.

Shōta sale de la tienda sin esperar una respuesta. «Hasta los quince o dieciséis años la cuidan con esmero, como una mariposa, como una flor». Con voz trémula e incierta, entona el estribillo de una melodía en boga en el barrio. «Pero ahora que ya es adulta, sólo el trabajo la envuelve». Mientras anda, el metal de las sandalias repiquetea, hasta que su pequeño cuerpo finalmente se pierde en medio del mar de gente.

Tras ser engullido por el gentío, Shōta se da cuenta de que se encuentra en una de las zonas del distrito de Yoshiwara. Justo al otro lado de la calle se percata de la presencia de una shinzō, O’Tsuma, la gerente de una de las casas de té, que, mientras habla con su acompañante, camina hacia él. Es entonces cuando se da cuenta de que quien habla con ella no es otra que la mismísima Midori, del Daikokuya. Es ella, sin duda. Luce un magnífico recogido peinado al estilo ōshimada, tal como le ha contado Zopenco. Del recogido le cuelgan adornos varios que hacen el conjunto más vistoso aún: cascadas y ramilletes de flores, una peineta de carey, coloridos cordeles y horquillas… Sin lugar a dudas, es la primera vez que Shōta ve a Midori ataviada con tanto esmero y colorido. Podría confundirse perfectamente con una muñeca de Kioto. De la estupefacción, el joven se ha quedado plantado sin moverse ni pronunciar palabra alguna. Simplemente se dedica a observarla desde lejos, incapaz de salvar la distancia que los separa.

—¡Shōta! Me alegro de verte —exclama Midori al percatarse de la presencia del joven y echando a correr hacia él—. O’Tsuma, ya no es necesario que me acompañes más. Tenías que hacer unas compras, ¿no? Vete tranquila, que yo volveré con él hasta casa. Muchas gracias por hoy —dice, bajando ligeramente la cabeza en señal de despedida.
—¡Vaya, Midori, qué interesada! Ahora que has encontrado a tu amiguito ya no necesitas que te acompañe, ¿eh? Bueno, pues entonces me voy a hacer unos recados a Kyōmachi. —Dando pasitos cortos pero rápidos, O’Tsuma desaparece en una callejuela comercial.

Finalmente, Shōta sale de su estupor y coge una de las mangas de la chica para captar su atención.

—Te queda muy bien. ¿Cuándo te has hecho el peinado? ¿Esta mañana? ¿Ayer? ¿Por qué no viniste a enseñármelo? —la interroga el joven, fingiendo estar enfadado.

De repente, los ánimos de Midori caen por los suelos.

—Me ha peinado mi hermana. Esta mañana, en su habitación. —Parece que le cueste un gran esfuerzo hablar—. Lo odio con todo mi ser.

Midori baja la cabeza, avergonzada por las miradas de la gente.


Capítulo 15

Midori no lo aguanta más. Apresada por el bochorno, cohibida por una ingrata atención, sus propios pensamientos la atormentan. Tal es su retraimiento que hasta se toma los halagos de la gente como burlas personales. Para ella, todos los que se vuelven para elogiar su aspecto sólo lo hacen para menospreciarla.

—Me vuelvo ya a casa, Shōta —manifiesta.
—¿Cómo? ¿Que no te apetece jugar hoy? ¿Te han reñido en casa? ¿Te has peleado con Ōmaki o algo? —le pregunta él con inocencia. Al fin y al cabo, sigue siendo un niño.

Ante esas preguntas, el rostro de la joven enrojece. No sabe qué contestarle. Para acabar de empeorar la situación, justo entonces pasan por delante de la confitería de dango. Zopenco, cuando los ve, grita a pleno pulmón:

—¡Pero qué bien avenidos se os ve!

Ante la broma del chico, el rostro de Midori se contrae mientras intenta reprimir el llanto.

—Shōta, no quiero que me acompañes —suelta de repente. Acto seguido echa a andar con la firme intención de dejar atrás a su amigo.

Shōta se ha quedado atónito: ha sido ella quien le ha dicho que fueran juntos al santuario de Ōtori y ahora, en vez de eso, sus pasos han cambiado de ruta y se dirigen de vuelta a casa. ¡Y a toda prisa!

—¿Ya no quieres ir conmigo al santuario? ¿Por qué quieres irte así, sin más? ¿Se puede saber qué mosca te ha picado?

A pesar de los esfuerzos de Shōta, Midori no aminora el paso y permanece callada. Al final, a Shōta, que por mucho que lo intente no entiende nada, se le acaba la paciencia y le da alcance. La agarra de la manga y la mira con extrañeza. La chica está sonrojadísima.

—No me pasa nada —responde, aunque por el tono de voz Shōta sabe que no le dice la verdad.

Al llegar al Daikokuya, Midori pasa por debajo de la portezuela de la entrada seguida de Shōta, que como acude con frecuencia a jugar a casa de la chica no duda en entrar sin pedir permiso. La sigue hasta el corredor exterior de la galería y de un paso entra en silencio a la casa.

—¡Oh, hola, Shōta! —La madre de Midori acaba de verlos entrar—. Qué contenta estoy de que hayas venido. Tenemos a Midori de mal humor desde esta mañana, y ya no sabemos qué hacer. Juega un ratito con ella, anda, a ver si así se le pasa.

Shōta se endereza y pregunta con una seriedad nada normal en un joven de su edad:

—¿Acaso se encuentra mal? —inquiere con formalidad, preocupado.
—No, no —responde la mujer con una sonrisa enigmática—. Se le pasará de aquí a unos días. En un abrir y cerrar de ojos volverá a ser la chica consentida de siempre. Anda que… ¡Mira que pelearse hasta con sus amigos! A veces esta señorita me agota la paciencia, de verdad —musita, dándose la vuelta para regresar a sus tareas.

Mientras tanto, y sin que nadie se percatara, Midori se ha ido a una pequeña salita con tatami. Ha sacado un futón y una bata de noche de tela acolchada y, tras desatarse el obi y quitarse la bata exterior del kimono tirándolo al suelo sin miramientos, se tiende boca abajo encima del futón y se tapa con la bata hasta arriba sin pronunciar palabra.

Shōta se aproxima poco a poco hasta el cojín, con miedo a hacerla enfadar más, si cabe.

—Midori, ¿qué te ocurre? ¿Estás enferma? ¿Te encuentras mal? ¿Se puede saber por qué estás así? —le pregunta de nuevo, presa de la preocupación e intentando no acercarse más de la cuenta.

El chico permanece erguido, con las manos apretando fuertemente las rodillas. Pero Midori sigue sin decir nada. Esconde la vista detrás de las mangas de la bata de noche a fin de ocultar las lágrimas que le recorren las mejillas y que empañan su flequillo, aún demasiado corto como para peinárselo hacia atrás, tal como exige el estilo ōshimada. Es obvio que algo atormenta a su amiga, pero el corazón aún inocente e infantil de Shōta no es capaz de formular palabras de consuelo. Al final, la preocupación se vuelve impotencia:

—¿Me puedes decir qué te pasa de una vez, Midori? No he hecho nada que pudiera enfadarte. Así que, dime, ¿por qué te portas así conmigo? ¿Qué te he hecho yo? —le espeta, dolido, sin quitarle los ojos de encima. Está completamente perdido.

Midori se seca las lágrimas.

—No estoy enfadada, Shōta.
—Entonces, ¿qué te pasa?

Ante la pregunta, Midori vuelve a sentirse presa del pudor. ¿Cómo explicárselo? La situación es más complicada de lo que parece. Por mucho que quiera, no puede decirle qué es lo que le preocupa, o lo que la ha cohibido antes, en la calle. Permanece, pues, en silencio; por mucho que quiera, no encuentra las palabras para sincerarse ni con Shōta ni con nadie. Al pensar de nuevo en el detonante de su congoja, el rubor vuelve a posarse en sus mejillas. Y si le preguntan qué le pasa, ni ella misma sabe qué responder; no es algo que pueda definirse con palabras, es un sentimiento que, gradualmente, está haciéndole sentir cada vez más intranquila e insegura. Son tantas cosas juntas, tantos sentimientos contrariados impensables para la Midori de un día atrás… Es incapaz de confesárselo a nadie. Si pudiera, se encerraría en un cuarto oscuro para así no tener que ver ni hablar con nadie. Nadie se le quedaría mirando. Estaría sola, y podría hacer lo que se le antojara. Podría desahogarse sin tener que preocuparse por las miradas de la gente ni los comentarios jactanciosos.

«Quiero poder seguir jugando a las casitas con mis muñecas. Eso sí que me subiría los ánimos… ¡No quiero hacerme mayor, no me da la gana! ¡No, no y no! ¿Por qué diantres tengo que crecer, eh? Quiero retroceder en el tiempo… Siete meses, diez meses, un año, ¡me da igual!». Pensando en estas cosas, cualquiera la tomaría por una señora mayor. Tan enfrascada está en sus pensamientos que, de hecho, casi se le ha olvidado que Shōta sigue a su lado. Cuando el joven vuelve a presionarla para que le cuente lo que le sucede, Midori lo corta en seco. Ya no puede más.

—Vete a casa, Shōta. Te lo pido por favor. Soy mayor que tú y tienes que hacerme caso; vete a casa. ¡Haz lo que te digo! Si te quedas más rato aquí, me muero, ¿lo entiendes? Cuanto más me habláis, más me duele la cabeza, y cuantas más cosas me preguntáis, más me mareo. ¡No quiero que nadie se acerque a mí! ¡Nadie! Ni tú, Shōta. Así que vete a casa, por favor.

Es la primera vez que la joven se comporta con tanta crueldad.

Shōta, sin entender nada, tiene la sensación de estar caminando entre una neblina espesa.

—No pareces tú, Midori, no sé qué te pasa hoy conmigo. ¿Cómo puedes decirme estas cosas? No hay quien te entienda —responde sin perder la calma, dejando traslucir un fingido tono de reprimenda mientras que, al mismo tiempo, contiene el dolor real que se afana por materializarse en forma de lágrimas de desconsuelo. Pero, por desgracia, Midori no está en condiciones de darse cuenta del efecto que han tenido sus palabras en el chico.
—¡Vete, vete de una vez! ¡Si no te vas ya, dejaré de ser tu amiga para siempre! ¡Te odio, Shōta!

Ante el tono de aborrecimiento de la joven, Shōta finalmente claudica.

—Si esto es lo que quieres, perfecto, me voy. Te ruego que disculpes mi entrometimiento. —Shōta se alza de un salto y, sin siquiera despedirse de la madre de Midori, que justo en ese momento estaba tomando la temperatura del agua del baño, se precipita al jardín y sale corriendo hacia la calle.


Capítulo 16

Sangorō corre en línea recta mientras se abre camino y se pierde entre la multitud. Poco después, entra con ímpetu en la papelería. Por el repiqueteo de las monedas que lleva en el bolsillo parece ser que la venta de broquetas del tenderete ha ido como la seda. Va acompañado de sus hermanos y hermanas pequeños.

—¡Comprad todo lo que queráis, no os cortéis! —exclama lleno de júbilo. ¡Por fin puede hacer de hermano mayor! Se le nota muy complacido consigo mismo.

Justo entonces Shōta entra en la tienda. Parece ser que ha venido corriendo.

—¡Hola, Shōta! Te estaba buscando. ¿Sabes qué? Hoy nos ha ido muy bien en el tenderete y he conseguido un buen puñado de monedas, así que pensaba regalarte algo.
—¿Pero qué sandeces dices? ¡No seas imbécil! ¿Cómo vas a regalarme algo tú a mí? ¡No me seas impertinente! ¿Quién te has creído que eres, eh? —Desde luego, esa acritud no es nada típica de Shōta. Pero su semblante cambia de repente. Parece abatido—. Lo siento. No es momento para esto.
—¿Qué ha pasado? Dime. ¿Otra pelea? —lo interroga Sangorō guardando a toda prisa un panecito de judías dulces de anko en el bolsillo—. ¿Con quién? ¿Con el bonzo de Ryūge? ¿O contra Chōkichi? ¿Dónde ha pasado, dentro del recinto de Yoshiwara o delante del santuario de Ōtori? Ya verás, Shōta, esta vez no pasará como el día del festival de Senzoku en verano. A no ser que me vuelvan a pillar por sorpresa como la otra vez, a mí nadie me gana. Déjamelo a mí, yo me encargaré de ellos. Tú quédate detrás de mí durante la pelea y mantén la cabeza fría. —Parece ser que quien ha perdido la cabeza es el mismo Sangorō, que ya espera a pies juntillas el momento para rendir cuentas.
—Que no es eso. No te embales. No hay ninguna pelea —se limita a responder. No es capaz de explicarle lo que le acaba de pasar.
—¿Ah, no? Por las prisas y el aspecto que tenías cuando has entrado a la tienda hecho una furia he pensado al instante que sería eso… Pero es que tú no lo sabes, Shōta. Tiene que ser esta noche o nunca. Chōkichi se va a quedar sin su querido brazo derecho.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Te refieres a Fujimoto Nobu? —pregunta Shōta.
—Vaya, ¿no te has enterado? Yo lo acabo de oír justo ahora. La mujer del bonzo del templo de Ryūge le ha dicho a mi padre que dentro de poco Nobu ingresará en alguna escuela budista para bonzos de no sé dónde. Cuando se pase al hábito se le habrán acabado las trifulcas para siempre. Aunque me gustaría verlo intentando arremangarse esas mangas de tela fina que le llegarán hasta el suelo. ¡Todo un espectáculo! Así que, tal y como están las cosas, el año que viene serás el dueño y señor tanto de la calle principal como de las callejuelas, Shōta —finaliza Sangorō, lisonjero.
—No me hagas la pelota, anda. Seguro que si te ofrecieran dos míseros sen te pasarías a la banda de las callejuelas de Chōkichi, ¿me equivoco? Aunque tuviera cien amigos más como tú, ¡no los querría para nada! Eres libre de irte con quien quieras, que no te necesito. Me basto y me sobro yo solito para encararme con Fujimoto. Pero ¿qué es esta historia? ¿Dices que se va? ¡Con las ganas que le tenía! ¿Así que lo mandan lejos a estudiar? ¡Qué rabia…! Tenía entendido que se largaría el año que viene después de graduarse. Me pregunto a qué vendrá tanta prisa por irse —Shōta chasquea la lengua, furioso e impotente—. ¡Qué rabia me da! ¡Bonzo de pacotilla!

En el fondo, todo esto le importa más bien poco. La frialdad y hostilidad de Midori siguen haciendo mella en su interior y su cabeza no deja de darle vueltas a la discusión que acaban de tener. Incluso se le han pasado las ganas de tararear y cantar, como suele hacer siempre. Shōta se siente tan desanimado que ni el bullicio del gentío consigue mejorarle los ánimos. ¿Cómo ha podido terminar de semejante modo el Festival del Gallo? ¿Cómo han llegado a esta situación? No puede quitarse a Midori de la cabeza.

Cuando cae la noche y los fanales iluminan las calles, decide irse de la papelería. Nadie más lo ha visto desde entonces.

Desde aquel día, Midori ha cambiado completamente. Parece una persona diferente. Cuando su hermana la manda llamar acude sin falta a su encuentro en Yoshiwara, pero aparte de esto ya casi no sale de casa, ni mucho menos para salir a jugar a la calle. Sus compañeros, que la echan de menos, siempre le insisten para que salga un rato con ellos, pero Midori siempre se los quita de encima con falsas promesas una y otra vez:

—A la próxima, ¿vale?

Incluso se ha distanciado de Shōta, con lo buenos amigos que eran. La nueva Midori no tiene nada que ver con la anterior: se sonroja por todo y adopta siempre una actitud pudorosa; no reconoceríais a la chica que, no hace mucho, bailaba con desparpajo en la papelería. Parece ser que esa época ya es agua pasada. La gente que la conocía se muestra inquieta y preocupada por la joven: ¿acaso estará enferma? Pero su madre los tranquiliza a todos.

—Dentro de poco volverá a ser el torbellino de antes, no se preocupen —sonríe—. Es algo puntual, se le pasará.

Lejos de conocer el motivo de ese cambio súbito, la gente, sorprendida al principio, empieza a opinar:

—Pues a mí me gusta más así. Ahora se ha vuelto más femenina, más calmada y madura —la alaban unas voces.
—¡Con lo alegre y dicharachera que era! Qué lástima… —se compungen otras.

La calle principal se ha vuelto gris y monótona, como si sus luces se hubieran apagado. Ya casi no se oye, si no es de vez en cuando, la melodiosa voz de Shōta. Con el fanal en una mano, se le puede ver noche tras noche: una triste sombra que camina por la ribera mientras hace la ruta de la colecta, acechado por el frío. De vez en cuando Sangorō lo acompaña y le hace compañía con sus habituales payasadas.

En lo que respecta al rumor que circula sobre Nobu del templo Ryūge y su casi inminente ingreso en una escuela budista, aún no ha llegado a oídos de Midori. Ha encerrado bajo llave todo su orgullo y testarudez. En su interior ahora guarda un cúmulo de sentimientos y sensaciones desconocidos con los que no sabe cómo lidiar; no sin extrañeza, le cuesta trabajo reconocerse a sí misma estos días. Se ha vuelto una joven vergonzosa y tímida.

Una mañana escarchada de invierno alguien deja en el suelo un narciso de papel en la entrada de su casa, pasándolo entre las rejillas de la celosía del portal. No tiene ni idea de quién lo habrá dejado allí, pero aun así, sin saber por qué, Midori le coge cariño al instante. Lo pone en un florero que coloca encima de una de las estanterías. Al admirarlo, siente una punzada en el corazón: esa flor parece tan solitaria y, a la vez, tan pura…

Es precisamente ese el día en el que la noticia llega al fin a oídos de Midori: Nobu ingresará en la escuela budista, donde el color de sus ropajes se teñirán de negro azabache justo a la mañana siguiente.

Una respuesta a “Crecer (Final)

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