Rita

Helena Garrote Carmena

Fotografía-Carlos Marcenaro




Vivo en una casa pequeña que antes era de mi madre y antes fue de mi abuela. Es un piso interior, con una sola ventana que da a un patio de luces.

Sufro de insomnio, y eso ha hecho que se agudice mi sentido del oído, soy una especie de animal vigilante. Al amanecer me siento junto a la ventana y mientras me tomo un café, compruebo cómo el vecindario se va poco a poco desperezando.

Puedo identificar sin equivocarme las primeras toses, el cacharreo de cada cocina o el suave balbuceo de algún nuevo bebé. El tercero de la izquierda es mi favorito, porque ahí vive Rita.

Permanezco atento, hasta que veo aparecer su precioso melenón pelirrojo pasando de un lado al otro de la ventana. A veces su cabeza encendida emerge, y luego desaparece, como hacen los delfines cuando salen a respirar. Seguramente estira las sábanas y arregla el cuarto. Luego se aleja a lo profundo canturreando. Su cuerpo flaco, cimbreándose gracioso por los cuarenta metros donde habita.

Una noche se escucharon golpes y gritos. No le di mucha importancia porque no era la primera vez, ni la segunda. Cada noche tiene sus propios sonidos, al final te acostumbras y hasta te sientes menos solo, pero alguna vecina debió hartarse y llamó a la policía. Salí de la cama cuando oí las sirenas, y a oscuras, me pegué a la mirilla para observar sin ser visto.
Vi subir a la Gintonics, seguida de tres agentes muy bien uniformados. Después llegó una ambulancia; tan jóvenes, tan ligeros… Se armó mucho revuelo en la escalera pero yo evité salir porque a mi estas cosas siempre me ponen muy nervioso. Por el trotar arriba y abajo, deduje que la bronca había sido en el tercero. Luego vi como se llevaban a Rita.

No la volvimos a ver. Dice la Paquita – la del quiosco-, que esto ya se veía venir, que aquello parecía la casa de Tócame Roque con tanto “visitante” entrando y saliendo. Dice, que esa noche, el Rumano llegó vociferando y dando tumbos y tuvieron una de órdago. Dice, – la Paquita-, que vio como el Rumano la agarraba por el cuello y le propinaba una buena bofetada, claro, ella se la devolvió y entonces a él se le fue la mano. La Paquita siempre dice que a los hombres no hay que encabritarlos.

Ya tengo el vestido terminado. Calculé muy bien los metros de satén y las costuras están perfectas. Mañana lo estreno. Si me viese Rita, seguro que diría: ¿Dónde vas tan guapo canijo?. Me llamo Romeo, pero ella siempre me llamaba canijo, y a mi no me importaba, me lo decía con mucha gracia.

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