Raúl Argemí dice adiós

Raúl Argemí ha sido una referencia en la literatura reciente en España. Llegó en 2000, dejando atrás el recuerdo de la cárcel y la tortura en Argentina, y se encontró un clima propicio a la creación, una sociedad inquieta, pujante, una cultura expansiva. Aquí publicó casi toda su obra, aquí ganó premios como el Hammet (Semana Negra, 2005), el Felipe Trigo (2002), L’H Confidencial (2008), lo que le abrió las puertas a la edición en otras lenguas (francés, italiano, alemán, holandés). Ha sido cofundador del portal editorial sigueleyendo.es, y uno de sus pilares hasta hoy. Su imagen era imprescindible en cualquier encuentro de novela negra que se preciase. Hasta hoy. Ya no aguanta más. La situación económica no entiende de otra cosa que la crematística, y se ceba con la gente  que, como él, se dio a la creación y no al pelotazo.

Se va. Se va y nos deja a modo de despedida este relato que huele a azufre y a profecía nada halagüeña con la realidad circundante. Duele, hay que leerlo. Es triste y necesario.

Cuando se marche, habrá que seguir leyendo a Argemí para que no se nos vaya del todo.

 

 

Raúl Argemí

 

El presente artículo de despedida fue publicado originalmente en sigueleyendo.es

Saqueos. Se non ti vedo più, felice morte

En el año 2000 llegué a España. No llegaba empujado por la crisis económica, como suelen simplificar algunos biógrafos de ocasión: estaba harto de los argentinos. Ya Argentina estaba en ruinas. Sólo faltaba el soplo para que un castillo de naipes podridos terminara de venirse abajo y el perro comiera perro entre las ruinas.

Me fui porque mis compatriotas no querían ver el desastre y, salvo las esporádicas manifestaciones contra políticas y políticos que luego volvían a votar, no hacían nada para detener el naufragio. Y yo no quería, ni podía, hacer por ellos lo que quedaba por hacer.  Mis tiempos de heroico combatiente, de vanguardia incomprendida, de Llanero Solitario, habían terminado.

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Emigré, me fugué, a un país en el que al menos tenía en común el idioma, España. Un país que no decepcionó la idea que tenía de él: debe ser uno de los pocos en el mundo donde se eleva la ignorancia a la categoría de virtud. Uno de los pocos donde quién nunca ha leído un libro se vanagloria de eso en voz alta, y agrega que en su casa no tiene ninguno, porque solo sirven para juntar polvo.

En Argentina el que no lee se siente en la obligación de mentir. Dice que ha leído a Borges, y a Cortázar, porque le da vergüenza mostrarse como lo que es, un ignorante. Y eso es la marca de la generación de mis abuelos, obreros que aprendieron a leer y luchar de la mano de sus camaradas, y fundaron bibliotecas públicas a la par que sindicatos.

Aquí, de lo que se jactaban era de las resacas, de las borracheras y sus secuelas. Hoy ya no sé si pueden hacerlo. Una fuente que monopoliza ese ramo me ha dicho que la venta del gas para “tirar” cerveza ha descendido en un 40 por ciento. ¿Cuántos borrachos menos significa esa cifra? No puedo saberlo, hay mucho alcohol que no necesita gas.

Esto no comenzó con la desmovilización que produjo la “transición modélica”, viene de mucho más atrás. Del momento en que se expulsó de España la cultura y la inteligencia, junto con los moros y los judíos. Córdoba, el al-Ándaluz, eran la luz de Europa. Allí llegaban los sabios y estudiosos de todo el continente para que les tradujeran la herencia de griegos y romanos, que la Edad Media había quemado junto con las brujas.

Después se instaló la ignorancia, la religión y la mugre como signos de cristianos viejos. La Reconquista dejó su marca. Debajo de las preciadas ropas del Corte Inglés, a la última moda, asoma el pelo del burro.

Pero como tuve un sueño, soñando en el que escribía esta nota, quiero mostrarme sibilino. No señor, sibilino no quiere decir mal parido, sino heredero de la Sibila de Grecia, que predecía el futuro, sepa usted.

Digo, sibilino: que en uno o dos años, como mucho, los españoles asaltarán los supermercados en busca de comida, y los imbéciles que le salgan al paso con exhortaciones tipo “nada de violencia”, o habrán sido reconvertidos por el hambre, o serán lapidados. (Lapidados quiere decir muertos a pedradas, señor que no lee.)

Un año después de llegar yo a España, Argentina tocó fondo y barrios enteros ocuparon, asaltaron, los supermercados mayores para dar de comer a sus hijos.

 

No era imprevisible. Poco antes de dejar la Patagonia, a un amigo que tenía un caballo de paseo, se lo carnearon. Sabía que eso era posible porque el hambre mandaba y lo había atado con una cadena al cuello. Esa noche sintió ruidos y, como en otras ocasiones, disparó al aire por una ventana. Le respondieron con varios balazos y no se asomó afuera hasta llegada la luz del día.

De su caballo quedaba la cabeza, firmemente atada a la cadena, el resto se lo habían llevado, para comérselo.

Cuando en mi país se generalizaron los saqueos de los supermercados, tuve que escuchar comentarios de mire usted a qué han llegado estos argentinos, que eran tan ricos, por corruptos, por fanfarrones, porque no sé si vio en la tele, en los carritos algunos no se llevaban comida, se llevaban televisores.

Como yo era un sudaca, un sudaca venido a mendigar trabajo, y para peor un sudaca argentino, no podía patearles los dientes y optaba por ser didáctico: Señor, señora, el que se lleva el televisor lo venderá por monedas para comprarse tabaco, porque en los súper no hay tabaco. ¿Por qué no mira a la gente que pasa al lado, empujando carritos llenos de arroz, tallarines, harina de maíz, leche en polvo, pañales, jabones? Esas mujeres van llorando y se tapan la cara porque nunca pensaron que tendrían que robar para dar de comer y lavar a sus hijos.

Para los españoles, que conservan ese no se qué que cultivaron cuando eran imperio en las colonias, ese quién sabe qué, que les impedía comer papas –patatas- porque era cosa de indios, o sea de casi animales, saquear un supermercado era inaceptable. Como era inaceptable la crispación en la política, eso era de países poco civilizados. Llamar enemigo al enemigo estaba mal visto, había que llamarlo “señoría”.

Pues bien, ahora les digo incluso a aquellos a quienes se lo dije en su momento y que seguramente no lo recuerdan, porque la memoria es selectiva: los saqueos en España están a la vuelta de la esquina.

Por más que se empecinen, hasta los Yayo Flautas, cuando sus pensiones se vayan al carajo, saldrán a buscar comida de cualquier manera. Y lo tengo claro: de la peor manera, con dolor, si te has empeñado, y a mí me vale, en ser un tipo legal y no vivir del robo.

Y de eso no se vuelve. Cuando se cruza esa frontera lo inaceptable se vuelve una costumbre. Así, cada vez que asome una crisis, sea el país que fuere, volverán los saqueos.

Pobre pero honrado, como solían decir mis abuelos españoles, se habrá ido a la mierda, porque el espectáculo de los que te roban impunemente, desde los bancos o los partidos políticos autoriza todos los extremos.

Amigos míos, o tal vez desde ahora ex amigos, lo que se viene es eso. Lo de ahora todavía es Jauja.

Y por razones similares a las que me llevaron a dejar Argentina, ya estoy listo para dejar España.

Que cada uno haga lo que tiene que hacer, si no es cierto que el franquismo castró a los españoles para siempre.

Yo no lo voy a hacer por ustedes. Mi tiempo de predicador de utopías murió hace años. Si aún no se han dado cuenta de qué momentos le esperan a España, no seré yo quien les indique el camino.

Que cada uno se joda como pueda. Todavía queda mucho alcohol sin gas para adormecer la conciencia.

(Un toque de humor sádico: si la Corona de España quiere esquivar su mal rato, tendría que cambiar la bandera. Yo que ellos pondría en el medio un botella, que eso licua las diferencias entre vascos, catalanes, extremeños, andaluces, etc.)

Y si incrusto en esta nota imágenes de saqueos, es para que se vayan haciendo un idea de lo que se viene, de lo que van a vivir.

Por supuesto que la policía ya no empleará balas de goma sino de plomo.

Por supuesto que habrá muertos entre los que traten, de cualquier manera, de alimentar a sus hijos.

¿Para qué está la policía sino para proteger un sistema, controlado y dirigido por los que nunca sentirán hambre, ni se quedarán sin casa, ni tendrán que emigrar a cualquier parte para conseguir un trabajo? Un sistema en el que se alternan sin contradicciones de fondo, llamándose “señoría”, los hijos de puta de siempre.

Si me quiere recordar, señor que lee, que durante la república se dio un salto fenomenal en la educación y en los derechos de las mujeres y los trabajadores, por ejemplo, le respondo que ese fue el único desajuste en la Historia de España. La alteración de un modo de vida que, por suerte, llego Franco y mandó parar. 40 años de franquismo. Ninguna dictadura se extiende tanto en el tiempo sin la complicidad y la aceptación de los de abajo.

Debería usted, señor que lee, y por eso se cree distinto de “esa gente”, volver a El Príncipe, de Maquiavelo. Hay dos clases de tiranos o dictadores: los que se hacen odiar y temer, que no duran demasiado tiempo, porque generan resistencia. Y los que se permiten el toque de ridículo necesario para que sus pisoteados pueden hacer chistes sobre ellos, y conformarse con los chistes. Franco fue de los segundos. Lo que demuestra que era mucho más inteligente, y peligroso, que Hitler.

Cuando comiencen los saqueos en España, seguramente me hundiré en la angustia, viéndolos por televisión, desde el sitio que encuentre en mi país de origen. Como vi por televisión los saqueos de Argentina desde esta España.

Y me permito repetir el final de la última carta del Che a su padre: Se non ti vedo più, felice morte.

2 Respuestas a “Raúl Argemí dice adiós

  1. Raúl: llegó el momento de responderte. Coincido en cosas, claro. Pero desde este país, en el que estás de vuelta y en el que insisto en vivir a pesar de todo, debo puntualizarte que me incluís entre lo peor. No debo ser el único; debemos ser muchos, tantos como los que hacen falta. Tus comentarios definitivos y fatales, joden. Hace mucho quería decírtelo. el flaco

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