Sencilla semblanza del maestro Eduardo Prado

Alberto Ernesto Feldman

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No es fácil distinguir a Eduardo en la orquesta formada, lista para comenzar el concierto. Su posición detrás de los segundos violines y su físico menudo sumado a los destellos de los metales y los reflectores lo dificultan. Si usted se sienta cerca del pasillo, en el centro de la sala, lo ocultará el Director, en primer plano, pero lo reconocerá en los solos de clarinete y se sentirá llevado a las nubes en una alfombra mágica.

Por tener más de cincuenta años de idilio con la Música, la calidad y la amplitud de su repertorio, exceden los límites de este pequeño homenaje personal. Solo quiero contar el origen y el desarrollo de su vocación desde su niñez, cuando desde los siete u ocho años pasaba horas en el vestíbulo de su casa de Parque Chas, maravillado por los sonidos que la acústica del lugar permitía a sus juguetes preferidos: una ocarina y una trompetita plástica.

A los quince años tiene, a través de un vecino músico, un encuentro providencial con el clarinete e ingresa en un estado de fascinación por ese instrumento, estado que todavía persiste. Busca a sus maestros entre los mejores y así estudia dos años con Martorella y cuatro con Mariano Frogioni. Termina el secundario y comienza a estudiar Ingeniería en la Universidad de Bs. Aires, al mismo tiempo que anima fiestas familiares y estudiantiles con su instrumento.

La seriedad con que encara sus estudios musicales lo decide a abandonar la Facultad, ante la protesta de sus padres, dispuestos sin embargo a apoyar a su hijo, empeñado firmemente en su vocación. ¡Vaya si se empeña!…A pesar de no cursar en Conservatorios Oficiales, gana en 1967 una beca del Consejo Británico y en 1968 otra beca del Gobierno francés.

Se contacta con autores argentinos estrenando obras modernas de difícil ejecución, y es tal el respeto a que se hace acreedor, que es nada menos que Alberto Ginastera, en aquel momento director del área musical del Fondo Nacional de las Artes quien lo apadrina para su presentación ante los organismos extranjeros que otorgan las becas. En 1970 ingresa por concurso a la Orquesta Juvenil de Radio del Estado y en 1971, también por concurso, a la Sinfónica Nacional, en la cual se desempeñó  hasta su jubilación.

En 1978 gana por oposición el puesto de clarinete solista por un año en la orquesta de la Fundación Gulbenkian, con sede en Lisboa, con la cual efectúa una gira por Rusia y los países bálticos, siendo muy reconocida su actuación en Leningrado.

A su regreso, luego de la licencia concedida, retoma su puesto en la Sinfónica Nacional como segundo clarinete.

Es un brillante ejecutante de Jazz y un maestro de la improvisación. Con dos sobrinos suyos, excelentes músicos ejecutantes de armónica y guitarra, ha constituido un trío que  hace  vibrar al oyente con sus interpretaciones de swing,  dixieland y blues.

Gusta mucho también, según me contó, de improvisar en representaciones teatrales, en situaciones terapéuticas y también en ceremonias indígenas, donde realiza lo que se denomina “Música de la Luna Llena”, que es el momento en que se genera la carga máxima de energía cósmica, según tradiciones aborígenes.

Como podemos apreciar, Eduardo es un interesado práctico en el desarrollo interior y la vida espiritual, formando parte de grupos de estudio y meditación de nivel internacional emparentados con la práctica del yoga y las doctrinas humanistas de Rabindranath Tagore.

Siempre que puede, carga su telescopio en su coche y se dirige al norte de Córdoba, concentrando toda su atención y su afecto en las grandes cosas que están lejos y en las pequeñas cosas que se encuentran a la vera del camino en sus largas caminatas por las sierras, y así se extasía lo mismo ante la visión de las estrellas o los anillos de Saturno que ante la belleza de una gota de rocío que refleja la luz del amanecer  y que atrapa con su cámara fotográfica.

En el año  2002, con motivo de la crisis económica, política y social que a todos nos afectó en mayor o menor grado, me quedé sin trabajo a los 61 años, en un contexto laboral difícil y a una edad todavía más difícil.

En aquella época, tomaba clases elementales de clarinete con Eduardo, que en poco tiempo, con un método en que el aliento y la alegría de hacer Música potenciaban el aprendizaje, me hizo adelantar en pocos meses lo que no había podido progresar en años.

Pero de pronto, todo se derrumbó. Con el telegrama de despido todavía caliente en el bolsillo toqué el timbre en la casa del maestro y cuando me abrió la puerta, luego de saludarnos, preguntó extrañado porqué no había traído el instrumento —Eduardo, le contesté, voy  a suspender las clases por el momento porque me quedé sin trabajo y ahora mis prioridades son otras…

Nunca olvidaré sus palabras: —Usted está equivocado, Alberto: si hay algo que usted no puede dejar ahora es la Música; no se haga problema, yo le banco las clases hasta fin de año (estábamos en junio), precisamente ahora no es conveniente dejarlas.

Todo este montón de palabras que escribí se podía haber reducido a sólo dos: ¡Gracias Eduardo!…, pero es mi intención que otras personas conozcan al maestro Prado como yo lo conocí.

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