DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El goleador inca”

Fernando Morote





Mi historia como futbolista empezó en las pistas del barrio de El Porvenir. En esas pichangas a muerte demostré mis cualidades, dejando claro que no le corría a las patadas, le paraba el macho a cualquier defensa, por bravo que fuera, y sobre todo contaba con un poderoso olfato de gol.

Cuando llegué a las divisiones inferiores del Muni, pronto conseguí un puesto en la alineación titular. Ascendimos a la profesional y mis actuaciones en el Descentralizado le llenaron el ojo al viejo Didí para que me convocara a la selección que disputaría el mundial de México 70. En esa época mi aspecto físico parecía el de un pájaro frutero: pequeño, macizo y el pelo cortado al estilo cachimbo o soldado raso. En realidad, aún me consideraban un juvenil y me encontraba lejos de alcanzar el nivel de figura, pero era rápido y escurridizo, ágil en el salto y mis movimientos sorpresivos desconcertaban a los rivales.

De allí en adelante mi carrera se disparó meteóricamente. El dicho popular afirma que la memoria es frágil. Los fanáticos no españoles del Barza alrededor del planeta sólo recuerdan a los ídolos brasileños, argentinos o uruguayos. La mayoría desconoce que el primer sudamericano en plantarse la camiseta con el número 10 en la espalda fue un peruano.

La temporada del 73-74 acabó siendo espectacular. Mi compadre Cruyff y yo formamos una dupla imparable. Arrasamos en la Liga y logramos un nuevo palmarés para el club, que acumulaba 14 años de sequía. Aunque la tarde que le metimos aquella memorable catana de 5 a 0 al Madrid, en su propia casa, Johan me impidió celebrar la cereza que puse sobre el pastel cuando marqué el quinto pepazo de cabeza. Al momento de gritarlo a las tribunas, me cogió del pescuezo y me guapeó al oído: “¿Cholo, te has vuelto loco o quieres que nos maten? ¡Estamos en el Bernabeu!”.

La fama y el dinero que gané en Barcelona se fueron por un tubo en mujeres y borracheras. Mi Ferrari amarillo, el único de su tipo en la ciudad, aparecía retratado por los periódicos, en los estacionamientos de las discotecas, cada lunes en la mañana. Rinus Michels, nuestro técnico, ardía en rabia porque no me sometía al rigor de los entrenamientos. En represalia mandó traer a Neeskens para que ocupara mi posición en el ataque.

Durante la Copa América del 75, mi romance con los directivos catalanes se iba al desagüe. Mis raptos de indisciplina terminaron por colmarles la paciencia y me forzaron a nacionalizarme para evitar la limitación del cupo extranjero. Por otro lado, querían que me dedicara exclusivamente al equipo, no me daban permiso para sumarme a la ofensiva de Perú en el torneo continental, así que me escapé de la concentración y viajé para jugar la final en Venezuela, donde anoté el tanto de la victoria que nos consagró campeones después de casi 4 décadas.

De regreso al país me reuní en Alianza Lima con mis compañeros de siempre, el Nene Cubillas y el poeta de la zurda, César Cueto. Juntos fuimos al mundial de Argentina 78. Próximo a cumplir los 30, incluso conservando el don de la oportunidad, resultaba obvio que había perdido velocidad. Subido de peso, las piernas no me respondían los 90 minutos y usaba el cabello largo. Pese a que gambeteaba, dribleaba y regateaba lo mismo, las juergas y los desarreglos empezaban a cobrar factura.

Además, en ese cuadro brillaban demasiados monstruos. De poco me valía ser una estrella en Europa, igual me tocaba calentar la banca hasta recibir mi turno de entrar a la cancha. Eso sí, puedo asegurar que no estuve involucrado en el escándalo del 6 a 0 frente a los anfitriones en la ronda de cuartos; con la plata y el prestigio que tenía, a los grandotes de la Junta Militar gaucha ni se les ocurrió intentar sobornarme.

Me retiré con la mirada en alto. No me arrepiento de nada. Mis palomilladas jamás decepcionaron a Mina, mi esposa. Debajo de la blanquiazul de mis amores, y de la rojiblanca de mi patria querida, sigo vistiendo en el corazón la azulgrana con la que espero me entierren el día que parta.

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