En Grand Central Station me senté y lloré (Final)

Elizabeth Smart

 

 

OCTAVA PARTE

Su hermano y su madre y su abuela yacen abandonados en la muerte sobre las baldosas del metro de Londres. Dos antagonistas, apretados en el menor espacio posible, se apoyan uno contra otro para dormir.

Letras que llevan las negras cicatrices de la navaja del censor traducen lo inimaginable: «Oí a un niño preguntar dónde estaban sus piernas», «Ahora recordamos con nostalgia las cebollas y los limones». La voz de la radio dice: «De las privaciones, de la muerte de los amigos, brota una valentía nueva».

Las bombas son más grandes, pero los cerebros humanos que las bombas revientan son del mismo tamaño. Las caras destrozadas en las ciudades costeras inglesas son las que un día besamos; las manos que alguien barre junto con los escombros son las que un día estrechamos; nuestra vida privada es lo que aparece en los titulares, y sin embargo, el perro sarnoso que merodea bajo nuestra ventana nos inspira una compasión más auténtica. Cayeron Babilonia y Sodoma y el Imperio Romano, pero la ventisca invernal acuchilla con la crueldad de costumbre, y el amor, como siempre, arranca de cuajo el corazón, con más fuerza que un imaginado campo de minas.

Su hermano y su madre y su abuela están enterrados, pero en la lava de la historia. Ya les llora el coro trágico de la posteridad. Sus efigies aparecerán cuando se abra una nueva Pompeya.

Pero este minuto sangriento se preocupa sólo de la realidad del instante: se acerca el amanecer y él no ha regresado; y no basta para consolarme saber que hace sólo ocho horas, por teléfono, su voz temblorosa anunció las tres muertes.

¿Por qué el dolor del mundo, incluso diez siglos de desgracias, tendría que empequeñecer el hecho de que amo? Hay que acunar la semilla, acunar la semilla, hasta en el cráter del volcán. Soy la última mujer embarazada en un mundo en ruinas. La cama está fría y los celos son crueles como la tumba.

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Cuando mis ojos flotan por la habitación como dos barcos perdidos en el mar, conozco las medidas exactas de mi cautiverio. Imposible escapar, por más cabezazos que me dé contra las paredes de esta caja; imposible llamar, para que me hagan compañía, a los fantasmas de ojos visionarios. Nunca se puede llorar en ningún sitio. Las paredes son siempre demasiado delgadas y el llanto tan ruidoso que su eco resuena por las calles y cruza bahías de agua salada.

No hay nunca y en ningún sitio tiempo para esa palabra.

Para recordarme las catástrofes, tengo el doloroso apareamiento de los gatos por los tejados que hay junto a mi ventana; el carillón que da los cuartos de hora sin llegar al final; el silbido de los radiadores, alegre y regular como los grillos en el campo. El ascensor, en cambio, martillea una promesa de acontecimiento jamás cumplida, y a veces las cañerías chillan remotamente como el mensaje de un cometa que cae.

Paso revista a todo lo que conozco, pero no consigo sintetizar ningún significado. Si me quedo dormida, la Realidad, la catástrofe cierta y cumplida, me despierta sacudiéndome como una enfermera brutal. La veo agazapada, implacable, en un rincón del techo. Se abalanza sobre mí en diagonal, geométrica como el rayo.

Dice: permanezco, SOY, nunca dejaré de ser: una escarcha mortal cubrirá tu recuerdo; tú olvidarás, tú te evaporarás, pero a mí nada puede borrarme.

Es así como la catástrofe, cada cuarto de hora, me pone en la boca el sabor de la muerte, y me demuestra, sin muchos miramientos, cómo me prostituyo a cambio del olvido.

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El empapelado rezuma tristeza, y las paredes me oprimen como el miedo. Esta oscura habitación de hotel es el centro del torbellino, en el que cualquier resistencia es inútil.

Esta es la cama donde tantas veces nos liberó el amor, disolviendo las paredes, pero también donde la noche le sacudía por el cuello como a un perro, haciéndole escupir su angustia, hasta el último jirón de miedo:

—¡Eres una puta! ¡Nada más que una puta!

—¿Qué es esto, un chantaje?

—¡No! ¡No! ¡No!

Allá está la silla, no tan afortunada en su función: él sólo la usaba para leer el periódico o esperar, impersonalmente distraído. Ella fue mi peor rival: casi siempre me lo arrebataba. Aunque alguna vez, más benigna, me lo cedía, y al pasar ante él pavoneándome, yo notaba, en sus dedos, el afán de poseerme.

No hay nada tan fecundo como un espejo. En las noches de suerte, me devolvía mi cara como prendiéndome una condecoración: he aquí la cara que encendió mil noches, el señuelo que llevó al arcángel a tu cama, el precario instrumento con el que cazas estrellas polares. Pero a veces, a solas, el espejo clavaba mis dos ojos con alfileres, como mariposas, y me mostraba una cara a punto de naufragar en lágrimas, a punto de estrellarse contra sus propios estériles consejos, cuando estallara al fin el cataclismo que ya estaba rodando cuesta abajo hacia el presente, igual que una avalancha.

La visión de esa cara desquiciada en la penumbra de la habitación me empujaba a rezar y a hacer ruido. Que tu propia sombra te salga al encuentro anuncia el fin. Algo demasiado probable, demasiado inminente, había roído esa cara hasta borrarla. Pero entonces se fundió la bombilla, y la luz inhóspita del alba sólo mostraba poros abiertos y los restos del maquillaje de la víspera.

Pero una y otra vez, cuando espío el espejo, esperando encontrar una imagen lo bastante distorsionada como para hacer soportable mi dolor convirtiéndolo en leyenda, esa forma se inclina sobre mí en un abrazo eterno como las insistentes luces de neón; o recuerdo la noche en que el espejo convirtió a mi amante en una joven asiría que bajaba las pestañas bajo un turbante en flor. Entonces fuimos dos hermanas, yo la mayor. Él, qué lástima, no tenía senos… ¡Incesto, pájaro rutilante! Pero tan gracioso, tan sumiso, ¿quién le pondrá la mano encima? Se quitó el tocado y volvimos a ser dos personas normales y corrientes a punto de acostarse.

La máquina de escribir perforaba nuestros juegos más inofensivos, y cavó el foso que por poco nos destroza, igual que me destrozó las uñas. Ahora comprendo lo incompatible que resulta el amor con la oficina: comprendo por qué las secretarias, a pesar de su sentido práctico, no están nunca satisfechas. La máquina de escribir lo roe todo hasta los huesos, y los huesos nunca oyeron hablar del deseo de poseer un salto de cama rosa y con volantes, ni tuvieron el reposo suficiente para tramar nuevas maneras de complacer cinco sentidos refinados. Ella taladra los nervios y se alía con los avaros. No es un instrumento del amor.

En los cafés con cortinas de felpa, donde por veinticinco centavos cada uno gozábamos de un efímero lujo, a veces las cosas iban bien, y yo contenía la respiración y dejaba el tenedor en suspenso sobre los pastelitos de pescado cuando llegaba la revelación. Espiando el espejo de reojo, veía su cara observándome, y no dudaba entonces de su indulgencia.

El monte de piedad y el banco, adonde fuimos buscando cartas y respuestas a nuestras llamadas de socorro, cambiaban de humor igual que músicos colocados bajo luces giratorias de colores. Pero ni las calles pobretonas ni el hotel de tres al cuarto representaban para mí, como lo fueron siempre para él, símbolos de desgracia y de miseria, fronteras de un país donde no se puede hablar con nadie, donde nada ocurre nunca.

Fuéramos adonde fuéramos, no obstante, e hiciéramos lo que hiciéramos, teníamos siempre que volver, como zorros acosados, a aquella habitación de hotel. Y siempre el empapelado cubierto de inscripciones aniquilaba cualquier optimismo que pudiéramos haber conseguido. Las frases escritas en la pared no ofrecían soluciones. Nos empujaban a la desesperación. Suya es la responsabilidad penal por todo lo que pasa.

Pues ¿acaso alguien hace planes de suicidio tomando el sol? El montón de polvo debajo de la cama, las sábanas sucias jamás lavadas, eso es lo que nos empuja a cometer el acto fatal.

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Cuando el barco, golpeado por el tifón, se resquebraja, nos tapamos la cabeza y nos decimos que todo volverá a la normalidad. Pero ahora ya no nos lo creemos. Esta vez puede no ser como las otras veces, que, con el tiempo, se convirtieron en divertidas anécdotas. Los rumores que corrían, sobre diez mil personas sepultadas por el terremoto, eran, a fin de cuentas, ciertos.

Más irredimibles que cualquier catástrofe humana, los dinosaurios se arrastraron por el desierto hasta morir. No dejaron descendientes que embellecieran su saga, sino sólo huesos blancos y huellas en la arcilla: notas a pie de página en los libros de arqueología. Quizá esta hora es nuestra hora, y nuestro fin el mismo que el de los dinosaurios.

Quizá ya es imposible volver atrás, y de nosotros sólo quedarán archivos tan llenos de tópicos como las fotos de las estrellas de cine.

Pero con nosotros o sin nosotros, el Día debe regresar, insistimos: el día en que la Burla se siente a tomar el sol, decorando su cuerpo ocioso con dibujos de un rojo sin nombre, que antaño fue sangre.

La filosofía, como los líquenes, necesita siglos para desarrollarse, y el Manual de Instrucciones la ignora sistemáticamente. Si no lo puedes soportar, vete con viento fresco.

Yo no lo soporto, de modo que me quedo echada en la cama del hotel, descomponiéndome en elementos químicos cuyos avatares prolongará el tiempo hasta que el tiempo mismo se extinga, sin que esos pocos años en que los mantuve juntos, componiendo una pasión humana, dejen la menor huella.

Y él, ¿por dónde galopa, como un caballo en remotas praderas? No le oigo, y el silencio escribe cosas demasiado terribles para que él pueda negarlas. ¿Será posible que hayamos perdido la batalla?

No hay duda de que me asesinó catorce noches seguidas. Para resucitar de semejante matanza, está claro que el Mesías se ha de convertir en mujer. Él justificó la ausencia explicando que era el mero mecanismo de las cosas. Pero «Eso» no es lo mismo.

Él cometió un pecado que el Amor no pasará por alto. La policía, las escenas conyugales, la frialdad de los amigos, el soborno de los guardias, la sordidez de los hoteles, no pudieron nada contra el amor, pero el amor tiene otras leyes, cuya infracción, incluso la más leve, se castiga sin juicio.

Y él pecó contra el amor. Por más que alegue que lo hizo por Piedad, por más que explique que la Piedad sólo estaba librando una batalla contra el Amor, y perdiéndola, lo cierto es que a la Piedad no le sirvió de nada, mientras que sus vacilaciones ofendieron al Amor. Y era, a fin de cuentas, el Amor la carta a la que lo había apostado todo, todo lo que tenía, la única que no podía arriesgar.

De modo que aquí estoy, sin estrella polar. ¿Hay algo que pueda refrenar mi desesperación? ¿Algo que pueda rescatarme de ella?

Demasiadas noches han construido realidades explosivas, y sin la única Realidad que esas realidades invalidan, no hay nada que pueda remediar los cinco millones de refugiados, los cadáveres de quienes murieron de hambre, la sangre y las mutilaciones. «Sólo el Amor con una profunda mirada puede detenerlo.»

¿Pero dónde está el Amor? Crucificado a lo largo de quinientas millas. Desparramado sobre la nieve, cubriendo el país arruinado en el que sólo los pájaros se sienten en su casa, y eso sólo durante seis meses al año.

Cómo podría poner el amor a la altura de mis esperanzas, si mis esperanzas son suicidas, desquiciadas, mientras que el asunto es sencillísimo, es obvio: es ella quien le preocupa: son sus lágrimas, no las mías, las que siente resbalar sobre su pecho cada noche; y es, en definitiva, la piedad y no el amor, lo que de principio a fin llena sus veinticuatro horas.

¿Que yo soy su esperanza? Puede ser. Pero es ella quien constituye su presente. Y si su presente es ella, yo no soy su presente. En consecuencia, yo no soy, y me pregunto cómo es que nadie ha notado que estoy muerta y se ha tomado la molestia de enterrarme. ¿No ven que estoy deshecha? Paso horas echada, con los ojos vidriosos, o lloro lágrimas de pura debilidad.

Todos me irritan: no vienen a cuento. Las personas, las cosas, no me afectan; las odio si me llevan la contraria o retrasan mi desmoronamiento. La naturaleza se reduce al fastidioso clima, y las flores a toscos recordatorios de la podredumbre.

Estos últimos diez días no he estado enamorada sino desesperada. Y sin amor estoy perdida, no se imagina él hasta qué punto: él, convencido de que la naturaleza siempre me resucita. Cierto, la naturaleza ha sido benévola conmigo, en mí o en mi favor ha obrado milagros, pero era para esto: para traerme hasta aquí; era aquí adonde todo conducía. Y si no está completa, se viene abajo; si le falta la totalidad le falta todo, y yo estaré tan muerta como podrido estaba el huevo del párroco.

A veces, cuando en la jaula de mi cabeza estrujo el dolor, me digo: Si tú estás sufriendo, piensa en lo que ella sufrió: cien veces más y sin esperanza, mientras tu felicidad radiante pisoteaba, bailando, su calvario.

Entonces su cabellera, cayendo como la tristeza, flota en el parque desierto, y el viento la empuja con las hojas muertas; o recuerdo su gesto, tembloroso de tan cargado de sentido, cuando le acariciaba a él las sienes con el dorso de la mano.

Pero si mi corazón se abre y se desgarra, no es por ella: muero una y otra vez sólo por mí misma. Pues su conmovedora imagen me impide incluso gritar para que él venga en mi ayuda, y por mucho que me quiera, está en brazos de ella.

¡Realidad, realidad inalterable: con ella, está con ella: no está conmigo porque está en la cama con ella!

Pero no sangro. El cuchillo clavado en mi carne deja sólo el agujero que demuestra que estoy muerta.

¿Por qué escribe martirios «menores»? ¿Acaso la crucifixión no duró sólo tres días? ¿Es la brevedad de la tortura o el hecho de que aún respire la esperanza lo que le hace decir «menores»? ¿Cómo algo tan total puede no ser mayor?

Me ha martirizado, pero lo ha hecho en nombre de ninguna causa, y no tiene la menor idea del tamaño y la gravedad de mis heridas. Quizá no lo sabrá nunca, pues decir: Me mataste cada día, y muy especialmente cada noche, sería acusarle. Y yo no acuso, ni siquiera insinúo: Podrías haber hecho eso o aquello en lugar de esto.

Incluso digo: Tienes que hacer esto, debes hacerlo, no hay alternativa, apremiándole a que me asesine.

Pero si hay un cuchillo hincado en el motor que bombea mi sangre, mi sangre se detiene, por mucho que yo intente hacerla entrar en razón. ¿Notará él que mi corazón ha dejado de latir?

Pero él puede, sí, con sólo una mirada él puede restaurarme, e inundarme con tanto nuevo amor que todas mis cicatrices, revestidas de satén y rutilantes, partirán al asalto de su corazón. Desde esta gran distancia, después de tantas noches separados, más no puedo ver. Como un manto de nieve, horas eternas, sin puntos ni comas, recubren mi imaginación.

Qué ocurrirá si no hay resurrección instantánea, eso ya no lo sé. Una negrura peor que las más negras premoniciones de la muerte, o el olvido de las tribus prehistóricas.

Pero hay una cosa de la que sí siento el presagio, y el presagio es mortal: y es que si él alguna vez permite que se repitan noches como ésas, si se somete al remordimiento por pecados pretéritos contra otros mientras peca tan peligrosamente contra mí, no podré revivir. Lo quiera o no, eso me dará el tiro de gracia.

Y él puede disfrazarlo con los colores más empalagosos: de humanidad, de piedad, de compasión; puede suplicar al amor que sea clemente, y yo también rezaré: Quiero ser buena, pero no servirá de nada. Sólo la realidad tiene potencia, y esa realidad será fatal.

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No es posible que él no vuelva. Aquí estoy, a quinientas millas de distancia, apoyada en un codo, esperando a cada hora su leve golpecito perentorio en la puerta. Cada vez que el inútil chirrido del ascensor se pone en marcha me sobresalto: Monstruo, ¿vas a desembuchar de una vez el milagro que me debes? ¿Será un telegrama? ¿Una llamada?

Esa es la hierba de la esperanza que indomable crece en mi pensamiento, que no se atreve a admitir que quizá esta noche su boca, centro de todas las rosas, se está cerrando sobre una boca que no es la mía, y anida en ella, rebosando amor y súplicas, como un bebé en el pecho.

Pues decir que no vendrá, que nunca vendrá, es arrojarme al torbellino y entregar mi razón a la locura: es arrojar mi niño, mi niño amado, aún no nacido, a una inundación de sangre y muerte. Eso no puedo hacerlo, y la naturaleza me envía un millar de instintos desesperados que me empujan arriba y abajo por las calles, a escrutar revistas, a quedarme febrilmente absorta comparando precios de gramófonos.

No pensaré en el futuro ahora. No tengo tiempo. Cuando haya lavado las medias pensaré. Cuando haya cosido ese botón pensaré. Cuando haya escrito la carta pensaré.

Previsora, la naturaleza me otorga la habilidad de Penélope para tareas precisas, diminutas, que en el pasado yo hacía de cualquier manera, como coser ojales y volantes para cuellos. Pues Dios mío querido, no debo pensar ahora, porque no puedo llorar aquí. Las paredes son demasiado delgadas.

No hay ningún sitio y ningún tiempo para esa palabra.

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No puedo hacer nada, paralizada por la duda como estoy. Sólo puedo esperar, como un huevo que espera veintiún días, a que él llegue, empujado por la convicción irrefutable, como por todos los vientos del oeste. Los pretéritos tótems del peligro, las cicatrices que pasadas heridas dejaron en el cuerpo de mi amado, yo los habría recubierto con una funda de seguridad; ahora la duda con sus garras la arranca. Como una arpía la duda arranca con sus garras las suaves superficies tras las cuales tal vez, revestida de engaño y de renuncia, se esconde la muerte.

Soy más vulnerable que la princesa a la que siete colchones no consiguieron disimular el guisante. El obstáculo que el amor no puede vencer no son las certezas, sino las dudas, las dudas terribles: un Vesubio en mi estómago, la duda aporta suficientes indicios para que yo misma descifre el acertijo, y el acertijo dice: estás perdida.

Y entonces el horror me petrifica, y las quinientas millas se yerguen entre nosotros como ejércitos, y sería capaz de arrojarme a los brazos de ella en un deshielo de remordimiento y de vergüenza, por haberla matado para nada.

Demasiado bien entiendo que bajo nuestras caras de amantes heroicas, todas somos la mujer de Lot, y miramos atrás. ¿Pero no hay nada irrefutable? ¿Ningún hecho inexpugnable? ¿Es que ni siquiera una vez en un billón de años damos en el blanco, justificando una acción decisiva, justificando la matanza?

Nuestra pasión junto al estanque helado obligó al sol a salir. Nuestra pasión meció a huérfanos hasta que se durmieron, y endureció el corazón del grumete. La mirada de Heathcliff perforó Inglaterra: generaciones enteras de brezo sobre el páramo no lograron disimular el agujero.

Devolvedme la fe en la única realidad que me importa, y podré curar el cáncer y la calumnia y la guerra. Dadme esa realidad, y seré capaz de cortarme las manos y dárselas a ella para consolarla durante una hora.

Hiéreme, traicióname, pero dame una sola cosa, la certeza del amor, pues todo el día y toda la noche, lejos de él y con él, en todas partes y siempre, esa es mi gravedad, y las manzanas que han madurado en mi jardín caen sólo en esa dirección.

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Siempre en esas noches que exigen decisión, las frías calles escriben en la sangre la respuesta, la misma que esculpe las arrugas en las caras de las viejas: la sabiduría reservada a los ancianos, porque no son capaces de recordar la pasión.

Y los jóvenes dicen: Antes morir que aceptar esa ignominia.

Pero los viejos se arrastran por toda Europa empujando carretillas y barrigones hinchados por el hambre; se pelean como gatos por un mendrugo de pan que les mantendrá con vida, y se consuelan soñando con un pastel recubierto de glaseado color rosa.

¿Es que olvidan, o es que de veras una mirada desde lejos tiene sus compensaciones?

Los jovencitos y los hombres de mediana edad se colocan pistolas en la sien, o se tiran por la ventana del piso cuarenta por orgullo.

Pero los viejos se conforman con implorar una mirada de aquellos que han usurpado su lugar. ¿Son realmente lúcidos? ¿O camina junto a ellos la naturaleza, sosteniendo sus brazos fofos y murmurando mentiras medicinales? Pues la memoria les abandona y sus ojos se hacen más vagos cuanta más perspectiva adquieren sobre el pasado que se aleja. ¿Quién puede decir que se ha ganado algo si es a ese precio?

«Creo que veo el mundo hecho un guiñapo, querida, igual que un cadáver, pero me falla la vista y no estoy del todo seguro.»

«Anoche me pareció oír una bandada de ángeles llorando junto a mi ventana, pero lo mismo me confundo, mis oídos ya no son lo que eran. No tiene importancia. No te molestes en intentar averiguarlo.»

¿Tendremos algo que decir, nosotros, que ya a estas alturas sabemos demasiado? «Qué más da, si al final todo es lo mismo.»

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«Si quieres librar tu corazón del amor y de todo su escozor, duerme entonces, amor mío, duerme…»

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Oh los dedos del frío, los deditos sigilosos, disuasorios.

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NOVENA PARTE

La hierba está ya verde en el campo. Mi imaginación se aferra a esa realidad como a una bolsa de agua caliente, y se aturde con ella, y la usa como una droga para librar mi corazón de todo lo que lo agita. Mi futuro está ya allí plantado, y mi esperanza se prepara a florecer a la vez que los cerezos.

Mi amante merodea en torno al asesinato. No puedo llamarle. No puedo decir: Mátala de una vez, y tampoco puedo decir: Resucítala y quédate con ella para siempre —la única alternativa—.

No está aquí. Se ha ido, del todo. No hay nada más que el globo hinchado. Nada, excepto el brazalete que él puso en mi muñeca, me recuerda que alguna vez estuve viva. Mis ojos apagados, mis días vacantes, sólo demuestran que estoy muerta, no dicen por qué, ni hablan de su existencia.

Contemplo vagamente los instrumentos del amor, y con frío asombro me pregunto: ¿De veras se estremeció el planeta cuando él acercó la mano? El pecho al que antaño él prendía fuego desde lejos yace ahora más frío, menos inflamable que el Everest.

Mi estado presente está lejos del deseo porque lo dejó atrás. Es el estado en que lo insoportable se eclipsa: un estado de coma. Y estoy hasta tal punto sumergida en esta amnesia, en ese purgatorio, que he perdido la fe en el renacimiento: en el fondo no creo en el regreso de la primavera, en el amor, en nuestras bocas unidas.

¿Ocurrió alguna vez? ¿De veras estuvimos tan juntos, como corrientes que se atraen con tanta fuerza, que terminan por fluir en una sola?

Si conservara la lucidez necesaria para recordar que mi apatía presente procede en línea recta de un amor excesivamente intenso, todo quedaría demostrado. Pero la lógica no está al servicio del amor, ni suele tampoco acompañar los estados de coma. Estoy flotando a la deriva. Sin cabeza. Peligrosamente deshabitada.

A veces atisbo un despertar; pero la pesadilla de comprender-demasiado-tarde me estalla como un volcán en la cabeza, esparciendo una niebla todavía más densa. Como un loco que mira con ojos de soslayo, pegados con cola a una cuenta de vidrio, veo ese cerezo y la hierba verde, y procuro enfocarlo, y todo lo encauzo en esa dirección. Con la meticulosidad propia de los locos, terminaré por conseguirlo.

Pero mañana y mañana y mañana están guardados bajo siete llaves, tan inexplorados como la otra cara de la luna, y suscitan mucha, muchísima menos curiosidad. Alcanzo el cerezo y florecemos todos. O alcanzo el cerezo y nos morimos. Pero alcanzo el cerezo. Eso es todo mi plan y todo el objetivo de los cuarenta años que me quedan, suponiendo, aunque parezca imposible, que me queden tantos.

Por la costa del Pacífico vagabundeo como Dido, oyendo en las olas que rompen tanta pasión de lágrimas, que pregunto cómo puede no estar llorando el mundo entero inconsolablemente.

En la hierba, bajo los pinos, me siento muy erguida, pues el simple reclinarme me recuerda las posturas del amor, y soy incapaz de arrostrar el dolor de la memoria. Luego divago ladera arriba, fija en los pies la mirada fieramente vacía, y digo: ¿Ella también está poniendo sus pies al servicio de la monotonía sedante?

En esos momentos muertos, cuando la belleza, abofeteada, pasa desapercibida y no provoca emoción alguna, es entonces cuando puedo saber lo que ella también siente, al caminar sin corazón.

¿Y qué hay de mi ángel, del ángel que ella ha perdido ahora, incendio milagroso suspendido en el aire entre todas las guerras? El ángel se revuelve enjaulado en su inacción, impotente busca la salida, y la noche primaveral que entra ilegalmente en Nueva York le agujerea.

¿Quiénes fueron las santas, me pregunto, y cómo consiguieron que Dios les llenase la cama? ¿Cómo puede cualquier mujer de este mundo vacío tender un puente al cielo? Entonces, sentada en una piedra con la mentira de la vida de Wordsworth bajo el brazo, me pregunto: ¿Qué es el amor?, disecándolo con las palabras más pedantes, asegurándome a mí misma que toda esa sangre fue derramada con objeto de convertirme en filósofa.

Pero mientras tanto, como un joven farero avizorando el mar a la espera de un barco cargado de noticias y de revistas de colores, mi alma tiende la mano ardientemente para atrapar el crujido de una carta que me traiga el indulto.

De noche, bajo el claro de luna, que se me antoja casto y eclesiástico, recorro la polvorienta carretera, suplicando, por miedo al exceso de recuerdos, que me sea concedido convertirme en ermitaña, esforzarme siempre en ascender, o lo contrario: derrumbarme en un diluvio de sangre del espíritu.

¡Dejadme yacer sobre las piedras frías! ¡Dejadme alzar pesos demasiado pesados para mí! ¡Dejadme gritar: Más! ¡Bajo el dolor! ¡Que las llamas den forma a mi pálido rostro, que me dejen demostrar mi resistencia al látigo, que me aten con las cuerdas reservadas al asceta invulnerable, que me conviertan en emblema de la santidad posible!

Pero mis propios pies perturban el mensaje que el silencio destina a mis oídos, y por la noche el pecho se me cae en la mano como una criatura insoportable e injustamente maltratada.

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¿Pero por qué cincelar? Dilo de manera que los vecinos puedan entenderlo: Cuando estamos en la cama siento…

¿No estás triste de estar sola?

Sí, claro, ¿usted no?

Ah, y qué fría está la cama.

Y la rubia, la guapetona, ¿en qué postura dormía? Probaré yo también.

El cornejo baja las orejas. El verano lo subyuga. Del mismo modo la coquetería es subyugada por la procreación. Abulto demasiado para poder bailar el minué.

Está esperando otro bebé para dentro de seis meses.

Vaya, vaya… Me lo imaginaba.

Paseando por la parte más espesa del bosque encontré una pequeña tumba. La tomé por una flor recién abierta, crecían dos primaveras sobre ella. ¿Qué mujer riega su vergüenza con lágrimas bajo los decadentes cedros?

No tenía ganas de preguntar a nadie. Me miran con malos ojos. Perforan mi anular porque está desnudo, y miden mi vientre como sastres, para tejer un chisme bien jugoso.

¿Estás en un apuro, verdad, guapa? Te has metido en un buen lío, a que sí.

Oh, no, gracias, estoy bien, estupendamente. Algún malentendido con el banco, nada más.

Si me quieres contar algo, puedes, confiar en mí, ¿sabes? Sé lo que es la vida, mi marido y yo, sabemos lo que es la vida.

No, no, muchísimas gracias, estoy muy bien.

No es que quiera meterme en lo que no me importa, pero fue un poco raro, la verdad, la manera en que llegaste y todo eso. Ya sabes cómo es la gente de chismosa, y además pareces una cría.

No, qué va, soy mayor, tengo veintitrés años.

¡De veras! Nunca lo hubiera dicho. Yo tengo treinta y cinco. Tengo un dormitorio amueblado y un salón amueblado y tapetes de encaje y un revistero de caoba: apuntamos alto, mi marido y yo.

Oí una conversación de las hijas de los vecinos: Al claro de luna, ¡je, je! ¿Se puede saber qué estabas haciendo en el coche aparcado en la curva de la carretera?

Oh, a mí el sexo no me interesa lo más mínimo, no sabes cuánto me aburre que me metan mano, pero lo disimulo para que ellos no se ofendan. Para algunas de mis amigas es distinto, sabes, se tienen que frenar porque si no… Te lo juro, aunque no te lo creas. Pues a mí no sé qué me pasa, será que he nacido así.

A las brujas las quemaron en la hoguera, en toda Nueva Inglaterra, sólo por culpa del amor, sólo porque llevaban el aura del deseo satisfecho.

Me siento sola. No consigo ser una santa. Sé lo que quiero, a quién quiero. Le escogí a él, de entre todas las cosas. Fría y deliberadamente le elegí. Pero la pasión no fue fría. Me prendió fuego. Incendió el mundo. Amor, amor, alivia mi corazón, abrázame, alivia mi corazón. ¿No notas cómo se mueve ese hijo de puta?

La cabecita dura se aprieta contra mi vejiga. Es nuestro hijo. Es la recompensa del amor. Por eso bebo leche y cierro los oídos al estrépito del desastre y la furia del cotilleo y el estruendo de la guerra. Escucho a Mozart, hago ramos de flores primaverales, me paseo tomando el sol.

El niño rezuma paz, pero no puede disipar la soledad. Pasa el tiempo, pero la soledad crece más que el niño. Pesa más.

Qué desperdicio de luna, qué desperdicio de árboles en flor exuberantes y de lilas creciendo al borde del camino. Basta de halagos: es a sus pies donde hay que depositarlos, para convencerle de que regrese a la vida, de que vuelva a mi lado.

Helechos que os desplegáis, mariposa del bosque, sed mis aliados.

Pero la inexorable primavera sigue su curso, y tiene el desparpajo de acabar en su ausencia, mientras yo paso de una forma a otra, y el niño olvidadizo brinca sin esperar un padre.

Cuarenta días en el desierto y ni una sola visión divina. Paisajes deslumbrantes, pero yo me adormezco entre ellos, tomando el sol, sin extraerles una sola metáfora. La naturaleza me está utilizando. Ha plantado semillas en mí. Cuando salto por rocas y cerros me noto un equilibrio diferente, y caigo hacia atrás o tropiezo con demasiada facilidad, por la sobrecarga en la parte delantera.

Pero no extraigo paralelismos de las repeticiones, ni los encuentros me sirven para encender palabras con chispas de plata. Baja las persianas, embrión mío, sobre mis ojos.

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Pero mis ojos, como el crepúsculo sangriento, atisban entre los velos y las brumas que se alzan de la tristeza, en busca de ese encuentro que moriré si no consigo. Y como un muelle roto, mi voluntad, que esforzadamente trepaba peña arriba, cae rodando con frenético estrépito. Me han expulsado del prado de la paz, en el que ya nada, nunca, nada me hará creer.

Mi pasión no puede atajarla la generación que viene. Nadie puede echarme un salvavidas. Debo retroceder sobre mis pasos y aceptar mi sentencia con los brazos abiertos. No puedo seguir cerrando los oídos a mi destino con la esperanza de salvar algo de entre esta inundación de sangre. No puedo rescatar ni la Memoria ni el Niño. El amor es mi única carta: lo apuesto todo a ella.

Tú, dolor, que traerás a mi hijo, sal de entre las cortinas de la naturaleza, esa escrupulosa ama de casa, y dame la verdad o nada. La naturaleza lucha por su embrión como tigresa con todas sus armas, pero el dolor me ha afilado la mente, y agujerea la salvación natural.

Se me apresuran por la calle húmeda los pies para coger el tren, y la mano aferra el billete con destino a mi condena. Haz una reverencia, cerezo, voy a encontrarme con mi amante.

Ni una pizca de consuelo si esto falla. Ni resurrección ni vida después de la muerte. He probado todos los remedios y todos me han fallado. La desesperación invade la esperanza como una mala hierba. La desesperación crece, y como el cuco, echa del nido a mi bebé, que duerme. Quizá, quizá, pero no puedo esperar más.

Destino, recibe mi ultimátum, redactado por la abajo firmante y rubricado en el día de la fecha, leído y aprobado, mi testamento definitivo e inmutable.

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DÉCIMA PARTE

En Grand Central Station me senté y lloré.

No me dejaré aplacar por los pacíficos engranajes de la existencia, ni encontraré consuelo en la solicitud de los camareros que notan mi cara devastada. El sueño intenta seducirme prometiéndome un mañana más razonable. Pero a mí no me traicionará semejante Judas de falacia: traiciona a todo el mundo: los lleva a la muerte. Todo el mundo acepta: todo el mundo hace concesiones.

Dicen: A medida que nos hacemos mayores aceptamos la resignación.

Pero cómo entran en ella: tambaleándose, humillados, ciegos. Y para ese pecado, el pecado de bajar la cabeza ante la resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención. Es el pecado castigado con la condenación eterna.

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¿Pero qué cosa, como no sea la morfina, podría tejer redes soportables capaces de aprisionar al tiburón tigre que, intentando huir por todas las salidas imposibles, me destroza la mente? Los sentidos entregan al sueño lo insufrible, y cesa, sólo que vuelve a aparecer, horrendo, al borde de mis pesadillas, haciendo gestos espantosos que ahuyentan la paz, pero que no consigo descifrar.

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El dolor era insoportable, pero yo no quería que terminase: era grandioso como una ópera. Iluminaba todo Grand Central Station como un Día del Juicio Final. Tenía músculos de acero más poderosos que los de Sansón en plena lucha. Podría haberme mostrado el sueño de Dante entero. Sólo con que hubiera conseguido soportarlo.

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Voy a tener un hijo, y por lo tanto todos mis sueños son de agua. Desde la otra orilla, un fantasma me hace señas, el fantasma de una calamidad a punto de cumplirse. Pero esta noche, el niño reposa en mí como una isla predestinada, la única isla de todos los mares.

Cuando Lexington Avenue se disolvió en mis lágrimas, y las casas y los neones y las nebulosas zozobraron en el caos del diluvio, ese niño era el recién nacido desnudo cabalgando sobre el agua. Él es el clavo que me clava a mi centro.

Pero este océano desbordante es el amor, y brota de mí a chorros, como de una arteria rota, y me ahogo en él. Las ventanas de los rascacielos de cincuenta pisos centellean y se derrumban en las olas. El agua está cubierta de puntos astronómicos. Es una trampa magnética, mortal, que atrapa todo a su paso.

¿Adónde nos arrastra esta riada, la inundación de mi dolor que ha reventado los diques? Oh huracán, toma una decisión. La que sea, con tal de que acabemos.

El dolor trompetea su triunfo. Está loco furioso, anhelando resolverse en violencia, mas no encuentra ninguna. No hay final. No termino de ahogarme. El agua sumerge y mezcla, pero no estoy muerta. No estoy muerta, no. Estoy debajo del agua. El mar entero está encima de mí.

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Entonces me abalanzo a cruzar Grand Central Station sin que nada en absoluto me detenga, como una limusina lanzada a toda velocidad sin frenos, propulsada por mi desesperación fulgurante.

Me da talento. Rebaja las nimiedades que antes me aterrorizaban. Las abrumo de desdén.

¡Váyase al infierno!, digo a los mismos que antes me acobardaban cuando humildemente les pedía un bocadillo.

Obedecen al destello que chispea en el centro de mi ojo vidrioso, último y fiero baluarte que aún resiste. Es inútil invocar reverencias y sonrisas ubicuas: sólo me quedan ya doce centavos de ese infalible soborno, y mi cara flota a la deriva en esa hemorragia de tristeza que lo ha disuelto todo, hasta el acero cromado los palacios de cristal el cemento de Nueva York.

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Pero los bares abiertos toda la noche están demasiado acostumbrados a esos desechos humanos que beben café para entrar en calor antes de tirarse al río. En el cuero que recubre las mesas, la sangre nunca se seca del todo. Son mesas que invitan a redactar notas de despedida: «Adiós a todos. No puedo más».

«Tenía la mirada extraviada, sí», le dicen a la policía. «Pero es que por aquí pasan tantos como ella. Cuando uno tiene abierto toda la noche, ya se sabe.»

Sacuden la cabeza cuando la ven salir, y recogiendo la taza de café vacía murmuran: «En buen lío se ha metido la pobre», y para protegerse del terror, hacen chistes contra los fantasmas. «Cosas de la vida… ¿Y a usted, señora, qué le pongo?»

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Juego a hacer carreras con el desastre por la Tercera Avenida. El desastre espejea en las aguas del río Hudson. Cuando me atrevo a mirar hacia arriba buscando un signo que me reconforte, inexorables neones resplandecen.

No, nadie se compadecerá de ti en esta ciudad donde el fracaso es sinónimo de vergüenza, y las lágrimas anacronismos, algo que ya no se lleva, ni siquiera en los cines.

«Mira, guapa, todos tenemos problemas. Anímate, mujer, no hay que tomarse las cosas tan a pecho.»

Si en un momento como éste consigues sonreír, podrías llegar a ser una estrella de la publicidad. Ahí es nada. Tiene agallas, la chiquita esa. Ahí donde la ves, con ese desparpajo, tiene detrás una tragedia que si yo te contara… Hace muchos años tenía sentimientos, lloraba y todo, te lo aseguro. Sí, era un ser humano como tú y como yo, claro que de eso hace muchos años. ¿Pero ves adónde se puede llegar? Está ganando quince mil dólares al año, como quien no quiere la cosa.

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Alguien está en el templo, Dios, repartiendo billetes falsos de un dólar. Yo no le pedí a nadie que me envidiara. Ni siquiera pedí unos zapatos de ese color que está tan de moda. Yo sólo quería una cosa. Te di instrucciones detalladas. El nombre, lo deletreé con letras grandes como continentes, incluso la dirección, la dirección que ahora me arremolina la sangre, porque es también la de ella.

En voz alta y clara pronuncié las palabras; dije: Es esto lo que quiero. Esto, y ninguna otra cosa. Dame esto nada más y pagaré el precio que me pidas. Sin ninguna reserva. Te aprovechaste de eso. No te guardé rencor. Pero, Señor, si lo que pido es justo, ¿por qué me sigues dando largas? No me queda nada más por dar.

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El revisor del autobús echa mostaza en su bocadillo de jamón, de pie, para comérselo deprisa y corriendo entre dos viajes. Ha llegado y se ha marchado mientras yo plantaba tres cruces en mi tumba. ¿Y cuándo tiene tiempo para el amor, digo yo?

Supongo que estará hecho un paquetito en su estómago lo mismo que el bocadillo de jamón.

«Si dispone de poco tiempo, pruebe Tums contra la indigestión. Tums, la divisa de los que tienen prisa.»

Puntual como su taladradora, el revisor entra y sale de la cueva de la revelación. Tiene un ojo lleno del polvo de la calle y el otro en el reloj. Mujer, abre las piernas, que tengo que fichar dentro de cinco minutos.

A ella la veo muchas veces, librando batallas campales por un par de medias rebajadas en el sótano de Macy’s. ¿Quién desatará el nudo petrificado que es su cara? ¿Quién cortará ese nudo gordiano?

Una cizalla, oh hermanas, frívolas hermanas locas, o un par de medias de cristal.

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Mi amor está crucificado en una cruz flotante, y aulla mi nombre en plena noche. Su esposa lo oye y con ojos de fuego perfora la oscuridad de parte a parte. Mi amor lleva una venda como una tripa de dolor atada al cuello, allí donde hace poco se rajó la garganta.

Está colgando, húmedo de impotentes lágrimas, con una mano clavada al Amor, la otra a la Piedad, y los dos pies clavados a la longitud de lo inevitable, flotando en los mares perpetuos de la tragedia, en los huracanes de esta época fuera de lo común.

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Todas mis estrellas polares se han convertido en estrellas caídas. Mi mente flota como los restos de naufragio en la gran riada. Nadie, ni siquiera algún morboso adolescente, se ha aferrado nunca de un modo tan salvaje a una conclusión melodramática. El mundo, entre tanto, eleva su clamor.

Sí, claro, es la histeria lo que me azota, con el nombre de mi amado como látigo, ella es la que me empuja a aullar, enloquecida por la soledad, igual que la primera ameba que se dividió en dos, debajo de su ventana. Como si todos los mundos futuros se hallaran en la conjunción de nuestras células separadas, me retuerzo de desesperación, vociferando su nombre, mientras mi germen se encoge, y el universo entero se marchita, como una corola que ninguna abeja encontró nunca.

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Sigue balanceándose. Incluso mientras duerme, está en el potro de tortura.

Al otro lado de la habitación yace ella, lívida de amor y de tristeza, legendaria y de piedra como una catedral católica. Su sacrificio fue el sacrificio perfecto. Todos los hombres civilizados van a llorar por ella. Coros enteros de plañideras se lamentarán eternamente ante ese mausoleo, conmovedor y legítimo. Sus disciplinadas lágrimas harán crecer una hierba tan verde que ablandará los más insensibles corazones.

Todos los ladrillos eran de sangre. La aguja del campanario la embistió, a modo de bautizo, en el mismo momento en que su rostro ofrecido esperaba recibir el beso de Cristo. Las piedras son lisas porque se revolcó sobre ellas durante su agonía: su calvario las desgastó. Ella fue derramada como ofrenda. Tres veces la martirizaron, pero la tercera murió de verdad.

Él está paralizado, viéndola columpiarse en el aire. Ella mueve los ojos, moribundos, en blanco.

Ve cómo la traiciona su dios; pero murmura: In la sua voluntade…

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Los ojos de las rameras corretean como ratones arriba y abajo de los restaurantes, husmeando posibilidades. Sus estrepitosas risas mecen la desgracia como una cuna de madera sobre el suelo. Mi cuna está dentro de mí. También se mece, pero la mece un huracán. Sus codos me lastiman. A patadas, me expulsa de la anhelada elegancia. Jovencitas enamoradas, conservad la cabeza fría, mantened la calma, planificad vuestra estrategia, atentamente, Dorothy Dix. Jovencitas enamoradas, sed putas, duele menos.

Él también se mece en su red de trapecista, colgado en medio del huracán, columpiándose encima de la condenación. Oh huracán, toma una decisión, la que sea, pero decide de una vez.

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¿Cómo puedo compadecerle, por muy expuesto que esté al aguijón de los vientos, si cada uno de los agujeros por los que me desangro me lo hizo él con un beso? Es bello como la alegoría. Bello como la leyenda que la imaginación arroja sobre la arena.

Pero sobre él ¿qué bombas caen, como no sean los indiscriminados elementos, azarosos como el relámpago, ubicuos como el aire? El está abierto a mil gritos de demencia y terror. Delirando se balancea en la noche, sacudido por escalofríos, combatiendo a un millar de enemigos, un millar de desgracias.

Pero mi niño de fuego ancla el amor dentro de mí, y allá donde voy me devoran las llamas, como una rueda de tortura de Santa Catalina, perpetua como la rotación del planeta, y con muchas menos probabilidades de salirse de su órbita.

Dentro de uno o dos días amainará la tormenta, cariño, Catalina querida. Pórtate bien, quédate tranquila.

En una hora, mi ángel de dolor, un cometa ha estrellado su eternidad contra la catástrofe infinita.

La catástrofe es el camarero que limpia las migas de la mesa de cuero rojo, sonriendo burlón con sus dientes de oro, para luego pavonearse delante de los amigos.

No hay día de mañana, ni el de la razón ni ningún otro. Y el día de hoy, mi único hoy, lo derramo inútilmente en mi cuaderno de diez centavos, con los ojos arrasados por las lágrimas. Esta es la hora en que hace mucho tiempo yo me levantaba, y bellamente engalanada de desdén, daba orden al sol de que saliera. Hoy esta hora no es ninguna hora y no lleva a ninguna parte. Se columpia en el aire, absurda.

A mi lado alguien camina laboriosamente, agarrándose a las sillas para no caer. ¿Quién puede ser?… Soy yo, yo misma. Cruzo la cafetería haciendo eses, y el sueño me hace proposiciones, como una prostituta. Todas las lágrimas han sido lloradas, una por una: cada una de ellas yace sobre el suelo, manchando el lugar donde cayó. No me quedan palabras. No me quedan pensamientos. Pero quia amore langeo. Me estoy muriendo de amor. Este es el lenguaje del amor.

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Mañana a las diez voy a tomar un tren. Todos los trenes me llevan hacia ríos que me hacen señas, guiños. Cruzando el día o cruzando el crepúsculo, me abro paso como un rayo dejando atrás los ríos hacia el río. Un río me espera. Uno, el único, y sabe ya con qué ruido mate caeré dentro del agua.

Y estoy empapada antes siquiera de tocar la superficie. Estoy ahogada antes de alcanzar las algas del fondo. Rehuyo la mirada que el río me echa. Pero él sigue bailando. Me desea. Lo noto: tiene hambre de mí. Y yo estoy a punto de caer en sus redes.

En mis terroríficos sueños, el agua se convierte en hielo, la cascada que promete liberación permanece inmóvil y desobediente. Estoy pues prisionera, como un hombre encerrado vivo en un ataúd, o un fantasma encadenado que jamás se librará de las cadenas.

El me tiende su mano, su comprensión, suave como una paloma, con mejillas semejantes a las primeras manzanas. Llora consuelo sobre mi boca. Besa los círculos que dibuja el agua al cerrarse sobre mi cuerpo ahogado. Suave como un pez, el beso se zambulle hasta alcanzarme y me atraviesa nadando, y el amor deja tras de sí una estela de burbujas. Todas las toneladas de presión de todos los océanos no pueden resistir a ese roce que me azuza con lamentos.

Perforando las capas de impenetrabilidad, el Mañana, como un ardiente efebo de Sócrates, mira hacia abajo, al cadáver ahogado, y la resurrección brilla en sus ojos. Veo el cuerpo de mi amante entrelazado con el suyo. Mi amante me hace señas. Sonríe. Señala con el dedo. Baja la mano hasta el agua y agitándola destruye mi imagen. El cieno me recubre. El cieno me tapa los ojos. Mis sollozos ascienden a la superficie hechos burbujas, mis aullidos son como alfilerazos en el aire, como mensajes de libélula.

En ese momento la confusión se aclara. Veo que allá arriba se despliega un anochecer de verano. Mi amante yace bajo el tilo besando al Mañana con su boca que en tiempos era mía. Oh el tumulto, el inútil clamor de los condenados. Oh el lenguaje del amor. El ininterpretable. El inarticulado. Amore. Amore. Amore.

¿Será posible que no me oiga, estando como está tan cerca de mí, y durmiendo con un sueño tan ligero? Estas horas son las únicas horas. ¿Qué puede darle el sueño, comparado con lo que yo habría podido darle? Tiene que despertarse sobresaltado. Tiene que venir aquí y encontrarme.

Él grita en sueños. Ve el inmenso pájaro de la catástrofe sobrevolándole. Sus alas están forradas con el periódico del día. Otros cinco millones de voces también están chillando. ¿Cómo puedo hacerme oír?

«Sigue durmiendo, amor mío», le dice su ángel de la guarda.

«¿Todo va bien?»

«No, pero da igual, sigue durmiendo.»

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El alba repta sobre su ventana como un animal culpable. Esta es la mismísima habitación que él prefirió al amor. Esperemos que sea silenciosa y cicatrizante. A mí me bloquea toda visión, toda perspectiva. Es la maldita comodidad que prefirió a mi pecho.

La que comparte la comodidad con él llora por los rincones en silencio, derrama una ternura que pasa inadvertida, y prepara el té que él necesita.

«¿Has visto mi cuaderno, cariño?»

«Está debajo del escritorio, cielo.»

Dale su cuaderno, oh mi amable usurpadora, cuyo lugar yo a mi vez usurpé, mi enemiga, a quien maté y que me mató. Déjale escribir palabras que le absuelvan de ambos asesinatos.

La página es tan blanca como mi cara después de llorar toda la noche. Es tan estéril como mi mente devastada. Todos los martirios son en vano. También él se está ahogando en la sangre de un sacrificio desproporcionado.

Es hora, amor, de deponer las armas, pues todas las batallas están perdidas.

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¿Y qué le dirán la rosa y el espino a los hijos de mi hermana cuando jueguen junto a la tumba? Me pincha la mano, la bonita flor. Toda mi canción habla sólo de una rosa.

¿Pero para qué se mataron el uno al otro? ¿Cómo quieres que lo sepa, mi pequeña Wilhelmine? Es el lenguaje del amor, que nadie entiende. Es el primer grito de mi hijo que no verá la luz. Ve al jardín: tus manzanas están maduras.

Como los espíritus que montan guardia a las puertas del infierno, aparecen los porteros negros y reciben al día con escobas y enormes recogedores. Con un trapo empapado de desinfectante borran el amor, frotan las lágrimas. Con estrépito y fervor madrugan los trabajadores, salen a invadir el mundo que heredaron, pisoteando las huellas del pasado que aún gime y sangra.

«Buenos días, jefe. Un café y un par de huevos fritos.»

Mira el niño idiota que engendraste esa noche. Él es todo lo que queda del mundo. Él es América, y vale más que el amor. Él es el heredero de la civilización, oh vosotros, plebe: su nacimiento es obra vuestra.

Él es más feliz que tú, cariño. ¿Pero bastará para llenar los próximos mil años? Bueno, ahora es demasiado tarde para quejarse, cielo. Sí, todo ha terminado. Nada de arrepentirse. Nada de autopsias. Tienes que amoldarte a las circunstancias tal como son, eso es todo. Tienes que aprender a ser adaptable.

Yo personalmente prefiero la presa de Boulder a la catedral de Chartres. Prefiero los perros a los niños. Prefiero las mazorcas de maíz a los genitales masculinos. Todo va sobre ruedas, todo es fantástico, y tú qué tal, yo muy bien con okal. Está en el bote. No puede fallar.

Amor mío, cariño, ¿me oyes, desde ahí donde duermes?

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