En Grand Central Station me senté y lloré (II)

Elizabeth Smart

 

 

CUARTA PARTE

Pero en la frontera de Arizona nos pararon y nos dijeron: «Den media vuelta», y me encontré sentada en un cuartucho con barrotes en las ventanas mientras ellos escribían a máquina.

¿Qué parentesco tiene este hombre con usted? (El amado mío es mío, y yo soy suya, de aquel que entre los lirios su ganado apacienta.)

¿Cuánto tiempo hace que le conoce? (Yo soy para mi amado y él para mí. Entre los lirios su ganado apacienta.)

¿Durmieron ustedes en la misma habitación? (¡Ay qué hermosa eres, amiga mía, ay cuán hermosa, tus ojos de paloma!)

¿En la misma cama? (¡Ay cuán hermoso, amado mío, eres tú, y cuán gracioso! Nuestro lecho está florido.)

¿Realizaron el coito? (A la sombra del que deseé, senteme, y su fruta dulce a mi garganta.)

¿Cuándo realizaron el coito por primera vez? (Metiome en la cámara del vino, la bandera suya en mí es amor.)

¿Tenían ustedes la intención de cometer fornicación en el Estado de Arizona? (Manojito de mirra mi amado para mí, morará entre mis pechos.)

¡Ay qué hermosa eres, amiga mía, ay cuán hermosa, tus ojos de paloma!

¡Váyase de aquí!, gritó el guardián, al verme llorar por la puerta entreabierta.

(El amado mío es mío.)

Ándese con ojo, gritó el guardián, que como siga así agravará su caso.

(Béseme con besos de su boca.)

¡Estese quieta!, gritó el guardián, y me dio un bofetón.

Me han metido en un coche celular. La esposa del policía está sentada, muy tiesa, en el asiento delantero. Se me acusa de silencio y de amor.

La matrona dice: Deme esa pulsera, no están permitidas las joyas. (El amado mío…) Démela inmediatamente. Y el anillo. (El amado mío…) Y el bolso. ¿Todo este maquillaje lleva aquí dentro? ¡Pero qué barbaridad! ¡Barra de labios! ¡Perfume! No me extraña que esté donde está. (Aliviadme con flores y con manzanas, dadme algún contento.)

Los ojos del mundo, enfermo de celos, espían por la cerradura, en los ojos del guardián. Pero con todo, la única tortura es su ausencia.

La pared está cubierta de garabatos, arañados en el yeso con un alfiler: «Si consigues salir de aquí sigue mi consejo. Sé bueno».

¿Está él debajo de mi ventana con una serenata de lágrimas?

Cuando nos separaron me vieron apretarme contra su rodilla. Interceptaron nuestras miradas por culpa de lo que había en nuestros ojos.

¿Para qué viven ustedes entonces?

Yo de todo eso no quiero saber nada, dijo el policía, yo soy padre de familia y socio del Rotary Club.

En los escalones de la cárcel encontramos un pájaro blanco. Pobre paloma mía, refugiada en las grietas de la roca, en recónditos rincones. Es el pájaro de la libertad ese que está ahí fuera, en el frío, un pájaro que no es oficial, un pájaro que no tiene influencias. Él sintió latir el corazón del pájaro contra la palma de su mano, y lloró también, en la cabina telefónica.

El inspector lo escribió todo, con seis copias en papel carbón. Vaya sinvergüenza el tío, dijo, y la chica es una fanática religiosa.

Cuando le di las gracias a la carcelera por el desayuno replicó: ¡Cállese! Aquí no habla nadie más que yo.

El pimentero del otro lado de mi ventana con barrotes se desmayaba, verde de amor. Y viendo, como vieron, una prueba tan flagrante, ¿siguen sin tener fe? Está prohibido abrir la ventana por abajo, dijo la mujer.

A ver si así escarmienta, dijo el inspector, y el señor Wurtle aconsejó: Tendrían que haber ido a hoteles diferentes, tendrían que haber vivido en países diferentes, tendrían que haber nacido en épocas diferentes, en mundos diferentes, y nada de esto habría ocurrido.

¿Son todos los americanos castos? Todos, por ley. Y de noche los hombres tienen siempre su espada junto al muslo, por lo que pueda pasar. (En el mi lecho en las noches busqué al que ama mi alma.)

Entonces, ¿qué me dice del asiento trasero del coche aparcado en una curva de la carretera? Sí, pero sin montes de mirra. Ni collados de incienso.

Vamos, Salomón, ten un poco de sentido común, anda, no te metas en líos. Hazte socio de un club. Búscate una pandilla.

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Todo está escrito. Hay catorce hojas y seis copias de cada una. Sobrevuelan el continente como pájaros de mal agüero, y anidarán en los archivos, exiliándome para siempre de la tranquilidad. Cualquiera que tenga influencias puede entrar a hurtadillas y saber lo que dije cuando estuve en apuros, tras diez horas de interrogatorio. La verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, con Poncio Pilatos apoyado en el respaldo de mi silla, con treinta millones de fans de cine gritándome consejos maliciosos, y el amor, oh el amor, hambriento en el Ford bajo el sol del desierto, cegándome e hiriéndome y desgarrándome.

¿No está usted convencido, señor inspector? ¿Usted no cree en el amor?

Sonrió con una sonrisa llena de sobreentendidos. ¿El amor? ¿Se cree usted que me chupo el dedo? No necesito sus explicaciones.

¿Pero es que todos los americanos son vírgenes, y fieles luego para toda la vida? Y en las fiestas, señor inspector, habrá usted oído hablar de lo que pasa en las fiestas…

No necesito sus explicaciones, dijo, no soy ningún niño.

¿Pero y usted, señor inspector, y usted?

No tengo autoridad, dijo, yo soy un mandado, cumplo mi deber y punto.

Pero a que le preocupa la justicia, señor inspector, de lo contrario no estaría usted donde está.

Yo no hago las leyes, contestó, no es cosa mía, yo no tengo autoridad. Sonrió, pero su sonrisa le dio miedo y se alejó de mí. Él y un hombre con los labios finos leyeron las cartas que nos habíamos escrito.

Son sólo cartas literarias, dije, sobre cosas que a los dos nos gustaban.

¿Pero usted es comunista?, me preguntó.

No.

¿Pero ha participado en actividades comunistas?

No.

¿Tiene usted amigos comunistas?

No más que de otra clase.

Se arrepintió de su sonrisa, y para compensar, se mostró más severo. Al hombre de los labios finos, el aura de nuestro deseo satisfecho le ponía lívido de rabia. Al anochecer había ido a avisar al hotel.

Los dos policías que nos habían detenido y nos habían traído a la ciudad cruzando el desierto estaban sentados uno junto al otro en un banco, como dos colegiales, peinaditos, obedientes y con las uñas limpias, a punto de volver a sus tranquilos hogares, con esposa y cena caliente, mientras nosotros rodábamos de la confusión a la tragedia porque en la frontera de Arizona les había dado ese capricho.

Somos padres de familia, dijeron. Todo eso del amor, no somos partidarios.

¿Pero qué es lo importante en la vida entonces? ¿Para qué vive uno?

Me miraron por encima del hombro. El de los labios finos apartó los ojos y apuntó en su informe: Ha intentado seducir a nuestros hombres.

Pueden decirse adiós, dijo el inspector que había sonreído, pero que con sus conjeturas había separado nuestras bocas. (Debajo de tu lengua encuentro leche y miel.) A ver si todo esto les sirve de escarmiento, dijo.

Cuando lloré, cuando por fin lloré en voz alta, mostraron su satisfacción, los cinco, y se frotaron las manos. Misión cumplida al fin, tras dos días de trabajo.

Paloma mía, mi amor, que ellos no han conseguido profanar, ve a la cabina de teléfono con Diógenes y marca un número que alguien entienda. El impuesto sobre la renta fue lo que acabó con Al Capone. ¿De qué se trata ahora?

Su mirada, su mirada perdida, en la ciudad del desierto, cuando cruzaba la calle solo, con los hombros caídos, mientras a mí se me llevaban en el coche celular… No puede ser, no puede ser, pensé. Por demasiado amor, sólo por demasiado amor.

¿Quién está a nuestro favor, si esos están tan fieramente en contra? Todos nuestros deseos eran privados, no aspirábamos a otro ámbito que el formado por nosotros dos. ¿Podíamos corromper a los jóvenes mirándonos a los ojos? ¿Huirían en masa de las oficinas? ¿Se hundiría la Bolsa?

Ustedes les provocaron, afirmó el señor Wurtle. Se han portado como un par de estúpidos. Todo esto se podía haber evitado. Les tendrían que haber dado coba, seguirles la corriente. No tendrían que haber hablado tanto.

Pero me hicieron jurar…

Simple formalidad.

Pero sacaron a colación la naturaleza de la Verdad…

¿Qué es la verdad?, replicó el señor Wurtle. La policía no está para historias.

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QUINTA PARTE

Y así pues, de camino a Canadá bajo el sol de otoño, la idea de volver al redil me hace desfallecer, pues aunque estoy coronada y ungida de amor y he obtenido todo lo que le pedía a la vida, ¿qué soy, al entrar en casa de mis padres, sino una hija pródiga como tantas otras? Veo sus caras; nunca seré capaz de contemplarlas sin pasión. Miran por la ventana con ojos exhaustos por el miedo, el perpetuo miedo a ver llegar fantasmas prematuros, que cruzando la llanura intentan volver al redil.

Y yo, que llevo el mundo en el bolsillo, no puedo ofrecerles nada para aliviar su decepción o recompensar su optimismo, sino sólo mendigar una vez más el ternero engordado que ya tantas otras veces degollaron, siempre en vano. Con sus propias esperanzas, con su arrepentimiento, la imaginación de los padres construye para los hijos andamios, que los hijos dejan casi siempre de lado, desbordando el marco y creciendo de través, como árboles doblegados por un viento fatal con el que los padres no habían contado.

Pero el oro viejo de los árboles de octubre, los cedros enanos, los horizontes, los helados barrancos con sus ramas de sauce, me embriagan y confirman mi convicción en lo que he hecho, me reclaman como una madre indiscutible diciendo tanto si quieres, cariño, como si no, tanto si quieres como si no. Los peñascos se alzan para corroborarlo, pues Babilonia cayó y ellos permanecen: han sido moldeados, pero nunca conquistados, por el tiempo, que brota de la eternidad. Quienes ven ese paisaje cada mañana cuando abren las cortinas, ¿cómo podrían negarme compasión? Como el gigante Anteo, cuando me arrojan contra la tierra reboto, recargada de esperanza. Amarillas o escarlata, todas las hojas ondean, animándome, como una oriflama, y las pardas, que yacen en el suelo, dan testimonio a millares de la sencillez de la verdad.

El amor puede pues cegar los ojos de mis padres y hacerles olvidar lo que esperan de mí; o puede ser que de mi apuro brote la elocuencia y que les ablande la verdad: no es imposible que la comprensión ilumine a los oficinistas que bajan por la calle Sparks, deshaciendo entuertos que se remontan a la época de Wolfe; ni puede descartarse que en el café Honey Dew alguien me dirija una mirada amable cuando entro.

Si no pido perdón a nadie por pecados que me niego a considerar tales, ¿por qué lloro entonces al volver a casa, cruzando un paisaje que amo con amor de amante? Desde mucho antes de la hora prevista para mi llegada, esas caras con sus plegarias como heridas espían por la ventana, acartonadas de ansiedad, pero dispuestas a acogerme con amor. El sonido de sus pasos, deteniéndose una y otra vez ante la chimenea, proclama todo el dolor del planeta.

¡Oh Absalón, Absalón, déjate ablandar por la piedad!

Procedente de California, donde es tan fácil olvidar los lamentos, el noviembre que se acerca me azota con la pasión del año moribundo. Y tras la codicia que endurece parte del rostro norteamericano y lo convierte en piedra, se me antoja que es amabilidad, benevolencia, lo que se asoma a mirarme por las ventanillas de los trenes. Sin duda el mozo de estación que me lleva las maletas ha extraído, de sus privaciones materiales, una enseñanza de orden espiritual. Sin duda el aceptar un papel mediocre confiere dignidad.

En las descoloridas casas de madera percibo reminiscencias de la pasión de los pioneros, de la tenacidad de los hombres de Estado de los primeros tiempos, moderados, pero con carácter: hombres capaces de citar a Shakespeare mientras hablaban de política bajo los olmos. Ningún neón inmenso ha usurpado su verdadera historia, secundaria pero memorable. Tampoco la sangre de los primeros colonos, derramada en riñas y heroísmo, ha sido aún embotellada por una cocacola cualquiera para venderla en frascos de tradición a diez centavos.

Los rostros, las casas descoloridas, el aire del otoño, todo son buenos augurios para el pródigo.

Pero apoyada contra la ventanilla del tren, borracha de la esperanza que rezuma siempre lo que no ha empezado, recuerdo mis regresos anteriores. Conserva esa visión, me digo, apretando la frente contra los cristales: los rostros son amables: la gente es reservada; los pájaros se juntan en bandadas para emigrar, presagio de un cambio fatal; recuerda, cuando agraviados se te cierren los ojos al percibir los celos de los que se han quedado en casa, que no se trata de un pintoresquismo accidental: es una espera sin conciencia de sí misma, como la de un niño no nacido, el decorado en el que se desarrollará la historia.

Recuerda que aunque la embriaguez inicial desaparece, sin embargo esas cosas, en ese momento, te conmovieron hasta hacerte llorar, y convirtieron una simple mirada por la ventanilla del vagón restaurante en una plenitud insoportable.

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SEXTA PARTE

Sentada en la silla giratoria del despacho de mi padre, con su escritorio masivamente simbólico entre nosotros, comprendí que jamás podría defenderme. No tenía otra defensa que dos sílabas, que no me atrevía a pronunciar, de tanto como las habían manchado los cantantes de jazz y los predicadores hipócritas y Dorothy Dix.

«¿Amor? Qué disparate», decía mi madre. «Lo que cuenta es la lealtad y la decencia y el saber comportarse.» Pero los ojos se le asomaban a la cara como un par de bárbaros medievales, aferrándose a la vida, que menguaba sin aportarles el reposo.

Pero de mi padre había esperado más. Él tenía la facultad de exponer sus ideas como las pruebas en un proceso. Pero si sentía acercarse la emoción sonreía dolorosamente y esperaba, meciéndose en su silla giratoria, a que se hubiera alejado. «¿No será que estás un poquitín obsesionada con todo este asunto?»

Y entonces desfilaba ante mis ojos la entera procesión de los incrédulos: los matones de la policía y sus sobreentendidos repugnantes, las insinuaciones del señor Wurtle y cómo nos provocaba —«¿Así que según usted, eso que llaman Amor existe?»—, las bienintencionadas matronas que desde su amurallada vida sermonean: «Piénsalo bien y te darás cuenta de que si rompes un matrimonio, a la larga te arrepentirás», «Cuando comprendiste lo que iba a pasar, lo que tenías que haber hecho era poner tierra por medio», y todos esos batallones de ciegos con sus pancartas, proclamando el veredicto público: «Si necesita dinero, ¿por qué no consigue un trabajo?», «¿Qué sabe del Amor el que, cuando su país está en apuros, lo abandona?».

Dios querido, qué acogedoras parecen las cataratas de Chaudiere heladas bajo el cielo de diciembre comparadas con esos rostros inflexibles. Hasta la nieve ampara mejor a la próxima generación, que duerme. Ellos, que invocan un amor más elevado, ¿qué esconden bajo el interminable frío de su mirada? No arrullan retoño alguno de humanidad bajo su máscara, pues no es ninguna máscara.

Soy el duende verde de las leyendas, que llama a las puertas de las casas pidiendo pan para saber quiénes son buenas personas. Pero todos están necesitados, y ninguno es bondadoso. «Yo estoy ahorrando para la Cruz Roja. ¿Y usted, cuál es su contribución al esfuerzo de guerra, si se puede saber?»

Ve a la guerra, hermanito, contribuye a que se derrame más y mejor sangre, para que las conciencias blandas tengan la oportunidad de enjugarla. Lleva la cabeza rapada como un presidiario y se divierte con juegos sanguinarios. «No conozco a ese tío, pero para mí que es un sinvergüenza.»

¿Sabíais que once mil caras idénticas a la de Cristo están enflaqueciendo en la cárcel? No tenían dinero, no tenían pistolas, no llevaban raya en los pantalones. El policía está cada día más gordo y rivaliza con los nuevos tanques. Obstruye la puerta del pequeño café. Al verle, una pareja derrama la leche en la barra, recordando lo que hicieron anoche bajo el puente. Pero el policía está ciego. Sólo golpea cuando oye un ruido fuerte. Hay otros, en cambio, con ojos como halcones furtivos, que rondan las calles buscando una cara en la que un beso ilegal pudiera estar formándose.

No, no hay defensa para el amor, y las lágrimas no harán sino aumentar el delito. Sé razonable. Sé como todo el mundo. Eres una chica lista. Eres inteligente. Muévete, haz algo con tu vida.

De modo que no habrá exequias. Eso que iba a conquistar el mundo, y después del mundo, la muerte, no se mencionará siquiera. Ni uno solo de todos esos mártires clavados en cada árbol del hemisferio oeste interesará al redactor jefe. Todo lo más, en la página de pasatiempos, como relleno, un suelto sobre los obligados a morir. La mantequilla sube diez centavos. El ser humano baja.

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Recuerda la víspera de Año Nuevo en Ottawa, la ciudad hosca bajo la nieve, y tú con anginas que partían en dos tus deseos para el nuevo año.

Mi madre dijo: ¡No, no quiero saber nada más de ti!, cuando le alargué la mano para decirle adiós; y mi padre me pidió por teléfono: Dinos por dónde andas, seco y fatigado; y tú dijiste, con tu garganta magullada: No me hagáis gritar porque escupo flema. Vosotros me hicisteis la mayor injusticia.

¿Adónde íbamos pues? A cualquier sitio donde pudiéramos estar juntos y solos. Semejante deseo ofende a cualquiera que tenga menos que amor en el bolsillo. Además, es hora de ponerse uniformes, no camisones. No sirve de nada preguntarles cómo podría ser útil yo, que sin ti sería un peso muerto, un cadáver: cuando un juez te interroga, tienes que tantear buscando las respuestas que espera de ti. La sencilla palabra Amor ofende con su desnudez. Dejó de ser cómoda cuando el camello más caro se quedó atascado en el ojo de la aguja.

Cuando me marché de Ottawa me pregunté: ¿A quién voy a decir adiós?, y no se me ocurría nadie. Algunos me saludan con sonrisas sinceras, pero pasan años de mi ausencia sin que se den cuenta, y mi conversación les parece protesta.

¿Es que disfruto escandalizando a los mayores? ¿No me preocupa que ganemos la Guerra?

Ha habido hombres que han sido más recordados que naciones enteras, y naciones de hombres han estado dispuestas a morir por una sola palabra.

Entonces, ¿mi palabra o la vuestra? Niña, no seas insolente.

Mi hermana está en casa, nos ha dejado a sus hijos para tener una semana libre y luchar por un empleo. Y está mi tía como una arpía implacable, luchando por uniformar a todas las mujeres.

¿Quién se atreve a respirar placer cuando la guerra es la palabra pero aún no la realidad? Aquí los rumores de guerra tapan incluso el objetivo último, que a pequeñas dosis podríamos disfrutar, por qué no, ahora. En Londres son más sabios: parejas de desconocidos se besan en los refugios subterráneos, y las efigies bombardeadas son objeto de chistes.

Asiste al funeral de la hipocresía, oh mi amado país, y derrama la habitual lágrima hipócrita. Las mías las ahorro para un acontecimiento de otro orden.

Un acontecimiento que si tú, mi amor, demuestras a fin de cuentas ser muy otro de lo que yo había esperado, provocará un entierro bajo un mar de lágrimas saladas más memorable que las ruinas romanas, y una batalla de una sola mujer tan sangrienta como la de diez millones de hombres. Pues para este acontecimiento nací, renací tras un entierro de mucho más de tres días, y construiré para conmemorarlo monumentos capaces de durar más de dos mil años. De esta conjunción de imposibles podría haber nacido una generación de ojos capaces de apreciar semejantes meteoros, una generación que enarbolaría, como un estandarte, una leyenda.

No es que quiera blasfemar, o decir: Mira lo que soy. No digo más que esto: Recuerda Ottawa la víspera de Año Nuevo: en ese día tan acechado de amenazas, y a cuyos antagonistas no carece de mérito haber sacado la lengua, yo elegí. Elegí sin influencias, sin aspavientos, sin ninguna flecha que me señalara dirección alguna, excepto lejos de ti.

Ni la razón ni la sensatez ni la codicia ni la piedad ni la perspicacia ni la ambición ni la conveniencia ni el deber filial pusieron mi mano entre las tuyas. Ni puede decir nadie que perdí la cabeza en el momento crucial.

Afirmaré pues, para dejar constancia ante mí misma, y para recordarlo si algún día soy otra que la que soy ahora: A pesar de las fuerzas furiosas, desenfrenadas en la reprobación, vi claramente entonces que no existía en ninguna parte en todo el mundo nada más que eso; que ni los conventos ni las islas del Pacífico ni las selvas ni todo el jazz de América ni el frenesí de las zonas de guerra podían esconder rincón alguno que contuviese una pizca de consuelo si eso me fallaba. En todos los estados del ser, en todos los mundos, esto es lo único que hay.

Recuerda también que dije: Aunque esto es todo lo que hay, aunque es lo único y es vulnerable, aunque pueden atacarlo, aunque puede morir, aunque no es más que una palabra mendiga frente a las altísimas finanzas, a pesar de todo, no es escaso: es suficiente.

No lo acepto con tristeza o arrepentimiento, con melancolía o desesperación. Lo acepto sin mañana y sin ningún lirio de promesa. Es lo suficiente, es lo ahora, y aunque llega sin nada, me lo da todo.

Con ello puedo repoblar el mundo entero, puedo dar a luz nuevos mundos en refugios subterráneos mientras arriba caen bombas; puedo hacerlo en lanchas salvavidas mientras el barco se hunde; puedo hacerlo en cárceles sin permiso de los carceleros; y oh, cuando lo haga calladamente en el vestíbulo durante las reuniones del Congreso, un montón de hombres de Estado saldrán retorciéndose el bigote, y verán la sangre del parto, y sabrán que han sido burlados.

El amor es fuerte como la muerte. De modo que esta noche meteremos en un nido el mundo entero con todo su desorden, y colgará balanceándose confortablemente como si estuviera tan lejos y tan olvidado por la historia como el derecho de los pieles rojas a ser libres.

Tanto si tus anginas controlan todos tus pensamientos y tus actos como si no, la noche estará forrada de seda y rodeada de paz, una noche lujosa y sin fantasmas. Será un sueño profundo, no un simple éter para disponer de otras doce horas inútiles. Dormiré por el placer de dormir, y no para esperar que pase el tiempo: El tiempo.

Ahora podré, tanto si me hacéis llorar como si no, absorber el paisaje mientras vuelvo deprisa a casa, y dejarme influir hasta por el más raquítico pino o abedul; y mientras me abrocho la túnica amarilla, asomada a la mañana, seré discípula de un triángulo de luz.

¿No es paradójico que ahora me inunde este diluvio de placeres diminutos, ahora, cuando soy más rica y más invulnerable que nunca? Me habrían sido tan útiles. Uno solo me habría bastado: lo habría convertido en un grandioso signo, en esa época en que tomaba tranvías para ir y volver de casa de mi madre, con todos los sentidos desolados, cuando el no tenerte le daba a mi vida sabor a infierno. Entonces, mi madre me agarraba por todas partes, con garras de biología y compasión e histérico hipnotismo, y me hacía anhelar mi propia aniquilación. ¿Puede incluso Freud explicar el terror de esas garras, la imposibilidad de escapar a su ansia de poder, y por qué fueron más fuertes que el viento del noreste, la memoria, la razón o las rocas precámbricas?

No, pues es algo que escapa a cualquier categoría, a cualquier explicación; se esconde en una nota a pie de página que admite la existencia de fenómenos perturbadores, pero no tiene respuesta a por qué ciertos ángeles llevan halos de pájaros que cantan, o por qué a Baldr, el dios nórdico, le crecía muérdago en los talones.

Pero mientras siga estando armada, como ahora, hasta los dientes, con armas para combatir el mundo antagonista, aunque un millar de proyectos me fallaran, jamás echaré de menos el pasado, cuando no podía ver ningún futuro. Puedes ser inválido para toda la vida, o paralítico, o leproso, podemos morir de hambre en las cloacas, o ser aniquilados por la plaga: pase lo que pase tendré un puñado de centeno, cuya cotización ningún Banco Exterior controla, ni su valor disminuye al trasplantarse.

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Recuerda también, cuando apoyas la vulnerable cabeza entre las manos, que aquello por lo que estamos siendo castigados, y aun peor, por lo que estamos castigando, no es sólo ese océano de paz que alcanzamos cuando me llamas zorra, sino la Causa. (La causa, mi alma.)

Pues a veces, cuando el calor que nos hace desfallecer aparece rodeado de tan fastuoso séquito, decimos: Somos demasiado felices, demasiado ricos, demasiado fuertes. Y entonces, abrumados por la culpa o la vergüenza de ser tan privilegiados, flanqueamos y decimos: Es injusto que los débiles y los desventurados sufran y nosotros no.

Pero si me haces la injusticia de pensar que soy hermosa, que tengo un millón de admiradores dispuestos a salvarme de la desesperación, y en consecuencia una catástrofe no sería tan grave para mí como para cualquiera, recuerda que eres tú, sólo tú, quien me otorga esos dones. Cuánto más terrible sería entonces mi pérdida, pues me arrebataría incluso lo que parece mío por naturaleza, mi poder de soportar y resistir.

Recuerda que la tentación, para ti, no soy yo: lo es todo aquello que te desvía de mí. Ni lo eres tú para mí, sino que eres mi meta, la única. A veces tú también lo ves tan claro como lo veo yo ahora, pues dices: «¿Tú crees que si no lo hiciera, podría…?».

Pero la Piedad como un niño mendigo se te acerca, servil, con la palma suplicante y ojos más conmovedores que la hermosura. Y bajando por la Tercera Avenida oyes chillar a los ratones en las trampas tendidas por las amas de casa.

¿Acaso me ves, pues, como una privilegiada, como un coloso cuyos muslos egoístas, olvidadizos, emergen de la desgracia ajena? ¿O como la abominable superhembra, que agarra y devora, invulnerable a fuerza de codicia?

Esos pensamientos, ay, son tus pecados, tu revestimiento de vergüenza: eso, y no los chicos rubios como jóvenes arbustos con los párpados sombreados de azul que amorosamente se inclinan sobre ti en una trastienda.

Hay quien ama a Lucifer porque perdió su batalla contra Dios. Algo de razón tenía el diablo, y quizá algo olía a podrido en el Cielo por entonces. No creas que no he visto colas cortadas de ardillas, que abandonaron sobre un tronco para salvar la vida, y patas de conejo roídas en trampas, enmarañadas con el acero.

Si camino deprisa por la calle, no es que esté jugando, con los transeúntes, a un juego que sólo existe en mi cabeza: es timidez, la misma que empuja a las modistillas a mirar nerviosamente afuera, medio escondidas entre los tristones visillos de encaje de sus habitaciones mal iluminadas, prefiriendo soñar junto a sus hornillos de gas y beber té aguado antes que someterse al brutal descubrimiento del mundo. Existen, sabes, mujeres así, y te diré que tratan los objetos con cuidado, como si fueran niños o animales. Pero no creas que el cielo las desdeña. Miles de ángeles suspiran tiernamente por ellas: y ahora mismo les están bordando faldas, y se preparan a enseñarles la rumba.

Pero por los ángeles ¿quién llora? ¿Quién se fija en ellos cuando vuelven la cabeza apretando los labios? No es que yo pretenda ser también un ángel. Pero sé que estar alegre, ser feliz, aunque sea suavemente, le crea a uno enemigos.

Recuerda: yo no soy el desahogo, sino la meta.

No pretendo cegarte, sino encontrarte.

Lo que tú tomas por sirenas que seductoras cantan para hacerte caer en tu destino como en una emboscada es sólo la voz de lo inevitable, que te da la bienvenida tras una espera tan larga. Yo fui hecha sólo para ti.

Han transcurrido eones, se han formado planetas y se han desintegrado para que estuviéramos juntos. Tu destino te vigila, y si fallara su colosal conspiración, ¿no comprendes que me echaría a mí la culpa?

No, no servirá de nada enseñarles a tu hijo y decir: Mirad, he salvado esto de la sangre. ¿No ves que están cansados de que se les den largas? Tú eres la hora y la generación que marcaron para alcanzar sus fines.

Y además, tu hijo no baja del nido para ser el chivo expiatorio de nadie, sino para comer su propia manzana con su propio pecado, del mismo modo que lo hará, a su vez, su propio hijo, a su debido tiempo.

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SÉPTIMA PARTE

Han colgado esa cara maravillosa marcada con numerológica vergüenza en la galería de los criminales. Está atado a la cama con camisa de fuerza. ¿Es hospital o cárcel? No lo sabría decir. Yo estoy fuera sin poder entrar. Corrí por todos los pasillos con pavimento de goma, pero los asientos del teatro estaban vacíos. No. Me confundo.

Él dijo que no se permitían las visitas. Ni siquiera los viernes.

Entonces fui con revistas y fruta, y la enfermera dijo: Pase, pase. Su esposa está con él.

De modo que di media vuelta, pero todas las puertas del pasillo estaban cerradas. No, algunas eran de cristal, pero dobles, y fuera estaba nevando.

Mi amor, mi amor querido, ¿dónde estás? Bajo el árbol florido. Sí. (También nuestro lecho está florido, y el aliento de tu boca como el olor de las manzanas.)

La escalera formaba una espiral y bajaba millas y millas. Pero alfombrada. Sí, claro, pero la gente espiaba, malévola, y hacía comentarios sobre mi ropa raída. El torbellino estaba justo encima de nosotros, con pavorosas garras, no viento, sabes, no, sino jirones de periódico, arremolinándose peligrosamente cerca. Tengo miedo. ¿Y si se me lleva volando?

Fue por esa época cuando encontré la carta doblada: Amor mío, mi vida eres tú: quiero continuar como antes. La volví a dejar en su sitio, sí. Pero él la cogió de la repisa de mármol de la chimenea y la tiró. Le vi. El árbol que hay fuera de la ventana estaba cargado de nieve. Eso demuestra algo, ¿no?

Faltaban diez minutos para las doce de la noche cuando él dijo: Sal y consígueme un termo; y oí el Año Nuevo llegar mientras esperaba junto al mostrador de la droguería. La nieve se derritió y las calles estaban enfangadas de sangre.

Quería hablarte del Niño. Siempre fue así. En la habitación, la sangre nos llegaba a los tobillos.

Sí, lo sé.

La oí gemir: ¿Por qué no me dejasteis quedarme el niño, ay, por qué no me dejasteis quedarme el niño?

Era una niñita, morena, con los dedos muy largos. Era guapa, ¿verdad?, no como la mayoría de los recién nacidos.

El hombre de la cervecería dijo: No ha consumido usted nada en una hora, sintiéndolo mucho tengo que pedirle que se vaya. La ropa recién lavada echaba vapor sobre los radiadores, todavía estaba húmeda. Es diciembre, y los bosques están demasiado húmedos para una cita. Si te sientas en las piedras tendrás hemorroides. ¿Por qué llegan tantos telegramas? ¿Enviamos otro?

Sí, es humano.

Me odiarías si actuara de otra manera, ¿no crees?

Cuando salió de la cárcel tenía los ojos muertos y dijo: He perdido la inocencia, mirando hacia el techo y masticando un medicamento asqueroso.

Cuando salió del hospital llevaba la garganta vendada. Tuvieron que atarle, de tanto como se debatía. El anestesista era un artista, tenía axilas exactamente como cálices, sólo con ver un sombrero de copa tenía una erección, no le costaría nada entrar en el Ejército.

Hoy mismo lo he hecho ya dos veces, dijo él mientras estábamos echados en el huerto, una vez con ella, una vez contigo, y una vez con la mandíbula de un asno. Una, dos, tres.

Amor mío, me parece que tienes un poco de sangre en la ropa.

Sí, es del vientre de la ballena.

Qué posesivas son las mujeres.

Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi amado entre los hijos. Todos los surcos del huerto están arados excepto los que hay junto al tronco del árbol donde crece la hierba. Ahí se yergue, como el Vellocino de Oro.

Perdóname, pues naturalmente sirvo a dos amas.

Podría indicarme el camino para salir de aquí, por favor, doctor, o inspector, no puedo verle muy bien en esta luz.

Nadie me oye. La culpa es del pavimento de goma. He estado horas y horas llamando a las distintas puertas.

¿Pero es usted comunista?

No.

¿Pacifista?

No.

¿Es por culpa de un sinvergüenza, entonces? En tal caso, creo que lo único que puede hacer es ir al borde del acantilado y decir: No soy nadie, y saltar. Son ochenta y ocho dólares, y dos más por las pastillas.

Amor mío, ¿por qué me dejaste en Lexington Avenue en el Ford sin frenos?

Se caló en medio del tráfico y se estropeó debajo de su ventana. Ella estaba escribiendo una carta: Te quiero mucho; Ve con Cuidado, en mayúsculas.

Esa era otra carta.

Sí, pero me confundo. Un día ella vio un cenador de oro en el huerto. Un día dijo: Quieres una orgía con la Rubia, pues adelante, agota tu pasión con ella.

Lo veo todo, la popa de oro bruñido. ¿Y si me enfadara y montara una escena?

Pero es mejor que no. No.

No. Te creo, naturalmente, te creo, pues ¿no dijiste que yo era la única? Sí, dijiste: Cuidado con esa chica. Es ella quien hace circular mi sangre, por ella vuelven las estaciones y giran las estrellas.

Eso fue lo que soñé, y por eso tenía ojeras esta mañana a la hora del desayuno. Todo el mundo se dio cuenta, y creo que alguien incluso se rió con disimulo.

¿No le interesa mucho a usted la política, verdad? ¿Nunca lee los periódicos? Me tomé el café, pero tenía una leve sensación de náuseas. Es normal, no me preocupa lo más mínimo, no es nada.

¿Te encuentras mejor, amor mío?

Está afónico, sólo consigue hablar en un susurro.

Amor mío, cariño, tómate un vasito de leche, échate y descansa un poco. Yo te cuidaré. Puedo llevar el amor en los hombros como San Cristóbal. Pesa mucho, pero puedo llevarlo. Pero tropiezo en las piedras de la sospecha. ¿Sospecha, dije? No.

No. No. No es nada. Te quiero. Un poquito de náuseas nada más.

Al cabo de un rato salí al aire libre, y su cara era la luna que colgaba de las ramas nevadas.

.

(Continuará…)

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