Las hormigas

Boris Vian

 

 

I

Llegamos esta mañana y no hemos sido bien recibidos, pues en la playa no había nadie a no ser montones de individuos muertos y montones de pedazos de individuos, tanques y camiones destrozados. Llegaban balas un poco de todas partes, y a mí no me gusta tal desorden así porque sí. Saltamos al agua, pero era más profunda de lo que parecía, y resbalé sobre una lata de conservas. Al muchacho que estaba justo detrás de mí le ha arrancado las tres cuartas partes de la cara el proyectil que llegaba en ese momento, y yo me he guardado la lata de conservas como recuerdo. He recogido los pedazos de su cara en mi casco y se los he entregado, y él ha partido a hacerse curar. Pero ha debido equivocarse de dirección, porque se ha adentrado en el agua hasta que le ha faltado pie, y no creo que pudiera ver lo suficiente por el fondo como para no perderse.

He corrido a continuación en la buena dirección, y he llegado justo a tiempo para recibir una pierna en pleno rostro. He tratado de insultar al individuo, pero la mina no había dejado de él más que pedazos de difícil identificación, razón por la que he ignorado su gesto y he seguido camino.

Diez metros más adelante me he reunido con otros tres muchachos que estaban apostados detrás de un bloque de hormigón, y que disparaban contra un ángulo de pared situado más arriba. Estaban sudorosos y empapados de agua y yo debía estar como ellos, por lo que me he arrodillado y he disparado a mi vez. El teniente ha aparecido entonces. Se sostenía la cabeza con las dos manos y le manaba algo rojo de la boca. No tenía aspecto satisfecho, y rápidamente fue a tenderse en la arena con la boca abierta y los brazos hacia adelante. Ha debido manchar bastante la arena. Y era uno de los pocos lugares que quedaban limpios.

Desde donde estábamos, nuestra varada barcaza tenía al principio una apariencia completamente idiota, y después ni siquiera la apariencia de una barcaza cuando dos obuses le han caído encima. La cosa no me ha hecho gracia, porque todavía quedaban dos amigos en su interior, con las balas recibidas al incorporarse para saltar. He tocado en el hombro a los tres que disparaban conmigo, y les he dicho:

—Venid, vamos.

Por supuesto, les he dejado pasar delante, y he resultado previsor porque el primero y el segundo han sido abatidos por los dos tipos que tiraban a cubierto sobre nosotros. Delante de mí sólo quedaba ya uno, pobre tipo, y tampoco ha tenido suerte, pues tan pronto como se había deshecho del peor de los otros, su compañero ha tenido el tiempo justo de matarle antes de que, a mi vez, yo me ocupase de él.

Esos dos cerdos que estaban detrás de la esquina tenían una ametralladora y montones de cartuchos. La he orientado en la otra dirección y he apretado, pero me he detenido en seguida porque la cosa me rompía los oídos y, también, porque acababa de encasquillarse. Deben estar ajustadas para no disparar hacia donde no les corresponde.

Allí me sentía más o menos tranquilo. Desde lo alto de la playa se podía disfrutar de la vista. Sobre el mar, la cosa humeaba por todas partes, y el agua centelleaba muy fuerte. Se veían también los relámpagos de las salvas de los grandes acorazados, y sus obuses pasaban por encima de la cabeza con un curioso ruido sordo, como un cilindro de sonido grave horadado en el aire.

El capitán ha llegado. Quedábamos exactamente once. Ha dicho que no era mucho, pero que nos las arreglaríamos en cualquier caso. Más tarde hemos recibido refuerzos. Pero, de momento, nos ha ordenado excavar agujeros. Para dormir, yo pensaba, pero no. Hubo que meterse dentro y seguir disparando.

Felizmente, la cosa se aclaraba. Estaban desembarcando ahora a grandes hornadas de las barcazas, pero los peces se les colaban entre las piernas para vengarse del zafarrancho, y la mayor parte se caían al agua y volvían a levantarse tosiendo como locos. Algunos no se levantaban y se iban flotando con las olas, por lo que el capitán nos ha ordenado al instante neutralizar el nido de ametralladoras, que acababa de volver a empezar a disparar, avanzando detrás del tanque.

Nos hemos colocado detrás del tanque. Yo el último, porque no me fío mucho de los frenos de esos aparatos. Pero, en cualquier caso, resulta más cómodo caminar detrás de un tanque, porque se evita la molestia de enredarse en las alambradas y porque las estacas caen por sí solas. Pero no me gustaba su manera de chafar los cadáveres con una especie de ruido del que hace daño acordarse, pero que de momento resulta bastante característico. Al cabo de tres minutos, ha saltado sobre una mina y ha comenzado a arder. Dos de los individuos no han podido salir de su interior. El tercero ha podido, pero uno de sus pies se quedó dentro del tanque, aunque no sé si se ha dado cuenta de ello antes de morir. En cualquier caso, dos de sus obuses habían caído ya sobre el nido de ametralladoras, destrozando los huevos y también a los infelices. Los que estaban desembarcando han notado cierta mejoría, pero entonces una batería anticarros ha comenzado a escupir a su vez, y al menos otros veinte han vuelto a caer al agua. Por mi parte, me he tendido boca abajo. Desde mi posición, y con sólo ladearme un poco, les veía disparar. La coraza del tanque que estaba ardiendo me protegía a medias, y he apuntado cuidadosamente. El tirador ha caído retorciéndose con fuerza. He debido darle un poco demasiado bajo, pero no podía detenerme a rematarle. Era preciso, antes, abatir a los otros tres. Me ha costado trabajo, pero por fortuna el ruido del tanque que seguía ardiendo me ha impedido oírles berrear, pues también he matado mal al tercero. Por lo demás, la cosa seguía saltando y humeando por todas partes. Me he frotado los ojos un buen rato para ver mejor, pues el sudor me impedía ver, y el capitán ha regresado. Ahora sólo se servía de su brazo izquierdo.

—¿Podría vendarme el brazo derecho muy apretado contra el cuerpo?

Le he dicho que sí, y he empezado a envolverle con los apósitos. De repente se ha elevado del suelo con los dos pies a la vez y me ha caído encima, porque había caído una granada detrás de él. Se ha quedado tieso instantáneamente, lo que parece que ocurre cuando uno se muere muy fatigado, y, en cualquier caso, de esa manera me ha resultado más cómodo quitármelo de encima. Después he debido dormirme, y cuando me he despertado el ruido llegaba de más lejos y uno de esos tipos con cruces rojas por todo el casco estaba sirviéndome café.

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II

Después, nos hemos puesto en marcha hacia el interior y hemos intentado poner en práctica los consejos de los instructores y las cosas aprendidas en las maniobras. El jeep de Mike ha regresado hace un rato. Era Fred quien conducía, y Mike venía partido en dos. Conduciendo, Mike, se habían topado con un alambre. Ahora están equipando los demás cacharros con una lámina de acero en la delantera porque hace demasiado calor como para circular con los parabrisas levantados. La cosa chisporrotea aún por todas partes y hacemos patrulla tras patrulla. Creo que hemos avanzado quizá demasiado rápido, y tenemos dificultades para conservar el contacto con la intendencia. Nos han jorobado al menos nueve carros esta mañana, y ha ocurrido también una historia divertida. El bazooka de un tipo se ha largado con el proyectil, y él se iba enganchado detrás por la correa. Ha esperado a estar a unos cuarenta metros y ha descendido después en paracaídas. Creo que nos vamos a ver obligados a pedir refuerzos, porque acabo de oír como un gran ruido de podadera. Han debido cortarnos de nuestra retaguardia…

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III

…Esto me recuerda hace seis meses, cuando acababan de cortarnos de nuestra retaguardia. Actualmente debemos estar rodeados por completo, pero ahora ya no es verano. Por fortuna, nos queda qué comer, y también munición. Nos vemos obligados a relevarnos cada dos horas para montar la guardia, y la cosa se hace fatigosa. Los otros se apoderan de los uniformes de los individuos nuestros a los que hacen prisioneros, y les da por vestirse como nosotros, por lo que no debemos confiarnos. Junto a todo esto, carecemos de luz eléctrica y recibimos obuses en pleno rostro de los cuatro costados a la vez. Por el momento, estamos intentando volver a tomar contactos con la retaguardia. Tienen que mandarnos aviones, pues comenzamos a ir cortos de cigarrillos. Oigo ruido fuera. Debe estar preparándose algo. Ni siquiera tiene uno tiempo de quitarse el casco un momento.

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IV

Claro que se estaba preparando algo. Cuatro carros han llegado casi hasta aquí mismo. He visto el primero al salir, y él se ha detenido casi al instante. Una granada había desbaratado una de sus orugas, que se ha desenrollado de golpe con un espantoso ruido de chatarra. Pero el cañón del carro no ha renunciado a la vida alegre por tan poca cosa. Nos hemos hecho con un lanzallamas. Lo que resulta fastidioso con tal sistema es que es preciso abrir la cúpula del tanque antes de servirse del lanzallamas, pues sin ello revienta (como las castañas) y los individuos de su interior quedan mal cocidos. Tres de nosotros hemos ido a resquebrajar la cúpula con una sierra para metales, pero otros dos carros llegaban en ese momento y nos hemos visto obligados a hacerlo saltar sin abrirlo previamente. El segundo ha saltado también, y el tercero ha dado media vuelta, pero no se trataba más que de una finta, porque había llegado marcha atrás. Por eso nos había extrañado un tanto verlo disparar sobre los tipos que le seguían. Como regalo de aniversario nos ha enviado doce obuses del 88. Tendremos que reconstruir la casa si queremos volver a servirnos de ella, aunque será más rápido hacerse con otra. Hemos acabado por desembarazarnos también de este tercer carro cargando un bazooka con polvos de estornudar. Los de su interior se han golpeado de tal manera el cráneo contra el blindaje que no hemos sacado más que cadáveres. Únicamente el conductor respiraba aún un poco, pero se le había quedado atrapada la cabeza con el volante y no la podía retirar, y así, antes de jorobar el carro, que no tenía nada, hemos preferido cortarle la cabeza al tipo. Detrás del tanque, motociclistas con fusiles ametralladores habían hecho su aparición organizando un bochinche del diablo, pero hemos conseguido hacernos con ellos gracias a una vieja cosechadora. Durante este tiempo empezaron a llovemos sobre la cabeza algunas bombas, e incluso un avión que nuestra Defensa Antiaérea acababa de derribar sin hacerlo a propósito porque, en principio, estaba disparando contra los carros. De la compañía hemos perdido a Simon, Morton, Buck y P. C. Nos quedan los demás, y un brazo de Slim.

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V

Seguimos rodeados. Llueve ahora sin parar desde hace dos días. Al tejado no le queda más que una teja de cada dos, pero las gotas caen justo donde hace falta y verdaderamente no estamos mojados. En absoluto sabemos cuánto va a durar todavía todo esto. Seguimos con las patrullas, pero resulta bastante difícil mirar a través de un periscopio sin haber recibido entrenamiento, y es fatigoso también permanecer con el barro por encima de la cabeza durante más de un cuarto de hora. Ayer nos encontramos con otra patrulla. No sabíamos si era de las nuestras o de las del otro lado, pero debajo del barro no se arriesga nada con disparar porque resulta imposible hacer daño, dado que los fusiles explotan en el acto. Lo hemos ensayado todo para intentar librarnos de este lodo. Incluso le hemos derramado gasolina encima. Al arder lo seca, desde luego, pero después se quema uno los pies si pasa por encima de él. La verdadera solución consiste en excavar hasta tierra firme, pero resulta todavía más dificultoso hacer patrullas por ella que hacerlas por el barro. Mejor o peor, acabaremos por acostumbrarnos. Lo fastidioso es que ha llegado a haber tanto que hasta se producen mareas. En este momento, por fortuna, llega a la altura de la valla. Pero por desgracia, dentro de un rato subirá de nuevo hasta el primer piso, lo que no deja de ser desagradable.

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VI

Esta mañana me ha ocurrido una inmunda aventura. Estaba bajo el hangar, detrás del barracón, preparándoles una buena broma a los dos individuos que podía divisar perfectamente con los gemelos mientras, a su vez, intentaban localizarnos. Tenía conmigo un pequeño mortero del 81 y estaba acomodándolo en un cochecito de niño, y Johnny, por su parte, debía disfrazarse de campesina para empujarlo. Pero, para empezar, el mortero vino a caérseme encima de un pie. Es lo que me pasa siempre al llegar a ese momento de la maniobra, aunque en este caso el chupinazo ha salido mientras yo me repantigaba agarrándome el pie, y una de esas cosas con aletas en la cola ha ido a reventar en el segundo piso, justo en el piano del capitán, quien estaba interpretando Jada. El asunto ha hecho un ruido del infierno. El piano ha quedado destrozado, pero lo más fastidioso ha sido que al capitán no le había pasado nada, o en todo caso, nada suficientemente grave como para impedirle golpear duro. Felizmente, casi inmediatamente después, uno del 88 ha venido a estallar en la misma habitación. Sin reparar en que los otros debían haberse guiado por el humo producido por el primer impacto, me ha dado las gracias diciendo que le había salvado la vida al hacerle bajar. Para mí la cosa carecía ya por completo de interés a causa de mis dos dientes rotos, y también porque todas sus botellas estaban justo debajo del piano.

Cada vez estamos más rodeados, y todo se nos viene encima sin interrupción. Felizmente, el tiempo empieza a mejorar. Apenas llueve ya más de nueve horas de cada doce, y de aquí a un mes podremos contar con refuerzos llegados por avión. Nos quedan víveres para tres días.

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VII

Los aviones empiezan a lanzarnos fardos con paracaídas. He sufrido una decepción al abrir el primero. Dentro no había más que un surtido de medicamentos. Se los he cambiado al doctor por dos tabletas de chocolate de avellanas del bueno, no de esa guarrada de las raciones, y por medio frasco de coñac, pero se ha desquitado arreglándome el pie chafado. Le he tenido que devolver el coñac, pues sin ello en este momento no tendría más que un pie. Otra vez zumbidos en las alturas. Se produce un pequeño claro, y vuelven a lanzar paracaídas, pero esta vez parece que es gente.

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VIII

En efecto, era gente. Hay dos que resultan chocantes. Al parecer se han pasado todo el trayecto haciéndose llaves de judo, soltándose castañazos y revolcándose por debajo de todos los asientos. Han saltado al mismo tiempo, y entonces se han puesto a jugar a cortarse, con el machete, las cuerdas de sus paracaídas. Por desgracia, el viento les ha separado. Entonces se han visto obligados a continuar disparando los fusiles. Rara vez he llegado a ver tan buenos tiradores. En este momento están enterrándolos, pues han caído desde demasiado alto.

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IX

Estamos rodeados. Nuestros carros regresaron y los otros no han aguantado su embestida. Por mi parte, no he podido combatir seriamente, a causa de mi pie, pero he animado a los compañeros. Resultaba muy excitante. Desde la ventana lo veía todo muy bien, y los paracaidistas llegados ayer se movían como diablos. Ahora tengo un fular de seda de paracaídas amarilla y verde sobre marrón, lo que va de maravilla con el color de mi barba. Pero mañana voy a afeitarme para el permiso de convalecencia. Estaba excitado hasta tal punto que lancé un ladrillo contra la cabeza de Johnny, que acababa de fallarle a uno y, actualmente, tengo dos nuevos dientes de menos. Esta guerra no renta nada en los que a dientes se refiere.

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X

—La costumbre debilita las impresiones.

Le he dicho esto a Huguette —tales son los nombres que tienen—, bailando con ella en el Centro de la Cruz Roja, y ella me ha replicado:

—Eres un héroe.

Pero me ha faltado tiempo de encontrar una respuesta delicada porque Mac me ha tocado en el hombro, y entonces he tenido que cedérsela. Las demás hablaban de mala manera, y la orquesta tocaba demasiado rápido. El pie me importuna todavía un poco, pero dentro de quince días se acabó, otra vez en marcha. Me volví hacia una chica de las nuestras, pero la tela del uniforme es demasiado basta y debilita también las impresiones. Hay muchas chicas aquí. Ellas comprenden en cualquier caso lo que se les dice, razón por la que me he sonrojado, pero no hay gran cosa que hacer con ellas. Salí y en seguida encontré muchas otras, no de la misma clase sino bastante más comprensivas, pero eran quinientos francos mínimo, y eso porque estoy herido. Es curioso, pero estas últimas tienen acento alemán.

Después perdí de vista a Mac y bebí mucho coñac. Esta mañana me duele horriblemente la cabeza, sobre todo en el sitio donde el P.M. me golpeó. No me queda dinero porque finalmente le compré unos cigarrillos franceses a un oficial inglés, y bien que lo siento. Acabo de tirarlos, pues eran asquerosos. Hizo bien en deshacerse de ellos.

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XI

Cuando se sale de los almacenes de la Cruz Roja con una caja de cartón para meter los cigarrillos, el jabón, los dulces y los periódicos, uno siente que por la calle le siguen con los ojos, y no comprendo por qué, pues seguramente ellos venden bastante caro su coñac como para poder comprar también, y sus mujeres tampoco salen regaladas. Mi pie está casi por completo curado. No creo que vaya a quedarme todavía mucho tiempo aquí. He vendido los cigarrillos para poder salir un poco, y después me he dedicado a gorronearle a Mac, pero éste no los suelta fácilmente. Empiezo a aburrirme. Esta tarde voy al cine con Jacqueline. A ésta la encontré ayer por la noche en el club, pero creo que no es demasiado inteligente porque me retira la mano sin parar y no se mueve ni una pizca bailando. Los soldados de aquí me horrorizan. Van demasiado despechugados y no hay dos que lleven el mismo uniforme. En fin, nada que hacer salvo esperar que llegue la tarde.

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XII

De nuevo aquí. En cualquier caso, uno se aburría menos en la ciudad. Avanzamos muy lentamente. Cada vez que hemos terminado la preparación artillera, enviamos una patrulla, y uno de los tipos de la patrulla vuelve, cada vez, desmochado por un francotirador. Entonces volvemos a empezar la preparación de artillería, enviamos aviones que lo tumban todo, y dos minutos después los francotiradores han vuelto a empezar a disparar. En este momento regresan los aviones. Cuento hasta setenta y dos. No se trata de aviones grandes, pero es que el pueblo es pequeño. Desde aquí pueden verse las bombas cayendo en espiral, y la cosa produce un ruido como sofocado, con hermosas columnas de polvo. Vamos a volver a atacar, pero antes tendremos que enviar una patrulla. Mala suerte, me ha tocado. Poco más o menos hay que hacer un kilómetro y medio a pie y a mí no me gusta caminar durante tanto rato, pero en esta guerra no se nos da nunca la oportunidad de elegir. Nos apretujamos detrás de los escombros de las primeras casas y, por la impresión que me da, de un extremo al otro del pueblo no debe quedar ni una sola en pie. Tampoco tiene aspecto de que queden muchos habitantes, y los que vemos ponen una cara muy chistosa cuando la han conservado entera, pero deberían comprender que no podemos arriesgarnos a perder hombres para preservarlos junto con sus casas. Además, las tres cuartas partes de las veces se trata de antiguas viviendas sin ningún interés. Y por otro lado, es el único medio que tienen para desembarazarse de los otros. Esto suelen comprenderlo, por regla general, aunque hay algunos que piensan que no es el único medio. Después de todo, la cosa les incumbe, e incluso hasta quizá les tengan cariño a sus casas, pero seguramente algo menos en las condiciones en que ahora están.

Sigo de patrulla. Como siempre, voy el último, resulta más prudente. El primero acaba de caer en el cráter de una bomba que estaba lleno de agua. Sale lleno de sanguijuelas hasta el casco. También saca consigo un gran pez completamente aturdido. De regreso, Mac le ha enseñado a achisparse, pero lo que no le gusta es el chewing-gum.

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XIII

Acabo de recibir una carta de Jacqueline. Ha debido confiársela a otro tipo para que la echara al correo, pues venía en uno de nuestros sobres. Realmente se trata de una chica extravagante, pero tal vez sea que todas las chicas tienen ideas poco corrientes. Hemos retrocedido un poco desde ayer, pero mañana volvemos a avanzar. Siempre los mismos pueblos completamente demolidos. La cosa produce bastante melancolía. Hemos encontrado una radio completamente nueva. Están probándola ahora, y no sé si realmente se puede reemplazar una lámpara por un cabo de vela, aunque pienso que sí. Oigo que está tocando Chattanooga. La bailé con Jacqueline poco antes de salir de allá. Pienso que voy a contestarle si aún tengo tiempo. Ahora suena Spike Jones. También me gusta esta música, y me encantaría que todo acabase para irme a comprar una corbata de civil con rayas azules y amarillas.

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XIV

Volvemos a ponernos en marcha dentro de un momento. De nuevo estamos muy cerca del frente y de nuevo empiezan a caer obuses. Llueve, no hace demasiado frío y el jeep anda bien. Vamos a echar pie a tierra para continuar andando.

Parece que empieza a olerse el final. No sé por qué dicen eso, pero en cualquier caso me gustaría salir de todo esto lo mejor posible. Todavía quedan lugares donde las cosas están muy feas. No se puede prever cómo acabará el asunto.

Dentro de quince días me toca otro permiso, y he escrito a Jacqueline para que me espere. Quizá no he acertado haciéndolo, no hay que dejarse atrapar.

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XV

Todavía estoy de pie sobre la mina. Salimos esta mañana de patrulla y yo iba el último, como siempre. Todos pasaron al lado, pero yo sentí el chasquido del mecanismo bajo mis pies y me he parado en seco. Sólo estallan cuando se levanta el pie. He lanzado a los demás lo que llevaba en los bolsillos y les he dicho que se fuesen. Ahora estoy solo. Podría esperar que regresaran, pero les he dicho que no vuelvan. También podría tratar de arrojarme cuerpo a tierra, pero la perspectiva de vivir sin piernas me horroriza. No he conservado más que mi cuaderno de notas y el lápiz. Voy a arrojarlos lejos antes de cambiar de pierna, y es absolutamente preciso que lo haga porque estoy harto de la guerra y porque me están dando calambres.

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