El mico (I)

François Mauriac

 

 

1

—¿Por qué dices que sabes tu lección? ¿No ves que no la sabes?… ¿La has aprendido de memoria? ¿Seguro?

Sonó una bofetada.

—Sube a tu cuarto. Que no te vea hasta la cena.

El niño se llevó la mano a la mejilla, como si tuviera la mandíbula fracturada:

—¡Oh! ¡Ay, ay! ¡Me ha lastimado! (Anotaba un punto a su favor y tomaba ventaja). Le diré a Mamie…

Paule asió con rabia el brazo endeble de su hijo y le propinó una segunda bofetada.

—¿A Mamie? ¿Y ésta? ¿Irás a quejarte de ella a papá? ¡Vamos…, ve!

Lo empujó hacia el corredor, cerró la puerta y la abrió de nuevo para arrojarle su libro y sus cuadernos. Siempre llorando, Guillaume se agachó y los recogió. Después, de golpe, el silencio; apenas un sollozo en la sombra. ¡Por fin quedaba libre!

Ella escuchaba el ruido decreciente de la carrera. No iría, seguramente, al dormitorio de su padre en busca de un refugio. Y puesto que en ese mismo momento su abuela —su «Mamie»— estaba haciendo gestiones para conseguir un preceptor, iría a la cocina para hacerse compadecer por Fräulein. Ya debía estar «lamiendo una cacerola» bajo la mirada enternecida de la austríaca. «Ya lo estoy viendo…». Lo que Paule veía, cuando pensaba en su hijo, eran sus piernas patizambas, sus muslos descarnados, los calcetines caídos sobre los zapatos. No reparaba en los ojos rasgados color de moras de ese pequeño ser salido de su seno, pero en cambio odiaba esa boca siempre abierta de niño que respira mal, ese labio inferior un poco caído, mucho menos que el de su padre, pero que bastaba para recordarle a Paule una boca detestada.

La rabia refluía en ella. ¿La rabia o quizá, simplemente, la exasperación? Pero no es tan fácil discernir la exasperación del odio. Volvió a su dormitorio, se detuvo un instante delante del espejo del armario. Cada otoño volvía a usar su blusa de lana verdosa; el escote era demasiado ancho. Y esas manchas habían reaparecido a pesar del lavado. La falda de color castaño, salpicada de barro, tenía la parte delantera ligeramente levantada, como si Paule estuviera encinta. Sin embargo, ¡Dios sabía!…

Pronunció a media voz: «La baronesa de Cernes. La baronesa Galeas de Cernes. Paule de Cernes…». Una sonrisa distendió sus labios sin iluminar ese rostro bilioso invadido por el bozo (los muchachos de Cernes se burlaban de las patillas de la señora Galeas). Reía sola al pensar en la joven que había sido y que, trece años antes, delante de otro espejo se alentaba a sí misma para dar el paso, repitiendo esas mismas palabras:

El barón y la baronesa Galeas de Cernes… El señor Constant Meuliére, exalcalde de Burdeos, y la señora Meuliére tienen el placer de participar a usted el casamiento de su sobrina Paule Meuliére con el barón Galeas de Cernes.

Ni su tío, ni su tía, aunque impacientes por deshacerse de ella, la habían impulsado a esa locura; hasta la habían puesto en guardia. ¿Quién, pues, le habría enseñado en el Liceo a venerar los títulos? ¿A qué impulso había cedido? Hoy se sentía incapaz de definirlo. Tal vez la curiosidad, el deseo de forzar la entrada en un medio prohibido… Jamás había olvidado a ese grupo de niños nobles en el jardín público, los Curzay, los Pichon-Longueville, con los que era imposible jugar. La sobrina del alcalde en vano daba vueltas alrededor de las orgullosas niñas. «Mamá nos prohíbe jugar con usted…». La joven, sin duda, había querido vengar a la niña. Creía que ese casamiento era una puerta abierta hacia lo desconocido, un punto de partida hacia no sabía qué vida. Hoy ya no ignora qué es eso que se llama un medio cerrado. Cerrado al pie de la letra. Penetrar en él parecía difícil, casi imposible; ¡pero salir!…

¡Haber perdido la vida por eso! No era arrepentimiento lo que sentía de vez en cuando, y era mucho más que una obsesión: una presencia, una contemplación de todos los instantes, una cara a cara con esa vanidad imbécil, con esa brutalidad criminal, llave de su irreparable destino. Para colmo, ni siquiera llegó a ser «la Señora Baronesa». No existía más que una Señora Baronesa: vieja.

Paule nunca sería más que la señora Galeas. Se le daba el insólito nombre del idiota. Así participaba más estrechamente de esa ruina que ella había desposado; que había hecho suya para siempre.

Esa burla de la suerte, el horror de haberse vendido por una vanidad de la cual le hurtaban hasta la misma sombra, ocupaba su espíritu por la noche y la tenía despierta hasta el alba. Aunque se distrajese con historias o con imaginaciones a veces obscenas, el fondo de su pensamiento permanecía inmutable: se debatía, toda la noche, entre las tinieblas de una fosa en la que ella misma se había precipitado y de donde sabía que no volvería a subir. Siempre la misma noche, cualquiera fuese la estación; en los viejos álamos carolinos, cerca de su ventana, las lechuzas otoñales aullaban a la luna como perros, mil veces menos odiosas que los implacables ruiseñores de la primavera. Ese mismo furor de haber sido engañada la acogía al despertar, sobre todo en invierno, a la hora en que Fräulein descorría brutalmente las cortinas. Paule, al emerger de las tinieblas, veía, a través del vidrio, árboles fantasmagóricos que agitaban en la niebla sus miembros negros bajo harapos de hojas.

Aun así, esas mañanas, cuando en el calor del lecho desierto estaba como embotada, eran lo mejor del día. El pequeño Guillaume se olvidaba voluntariamente de venir a besarla.

Con frecuencia, Paule oía que la anciana baronesa, detrás de la puerta, a media voz, urgía al niño a ir junto a su madre. Por más que detestara a su nuera, no transigía en cuanto a principios. Entonces, Guillaume se deslizaba en el dormitorio y desde el umbral observaba, en las almohadas, esa cabeza temible, esos cabellos estirados sobre las sienes que descubrían una frente estrecha, mal delineada, esa mejilla amarilla (y el lunar entre una pelusa negra) sobre la cual apoyaba ligeramente los labios; y sabía de antemano que su madre secaría el lugar en que depositaba ese beso fugaz y diría con asco: «Siempre me mojas…».

Ella no luchaba ya contra ese asco. ¿Acaso era culpa suya no obtener nada de ese pobre ser? ¿Qué hacer con un niño imbécil, simulador, que se siente apoyado por su abuela y por su vieja Fräulein? Pero la misma baronesa comenzaba a entrar en razón; había consentido en intentar una gestión ante el preceptor. ¡Sí, el preceptor laico! No había otro camino: el cura, que atendía tres parroquias, vivía a más de una legua del castillo. Dos veces, en 1917 y en 1918 —después del armisticio—, habían tratado de ponerlo pupilo, primero en el colegio jesuita de Sarlat y después en un pequeño seminario de los Bajos Pirineos. Al cabo de un trimestre había sido devuelto: ese mico ensuciaba las sábanas, y esos señores no estaban preparados, sobre todo durante esos años, para hacerse cargo de niños atrasados o incapacitados.

¿Cómo recibiría a la anciana baronesa ese preceptor, ese joven de pelo rizado y ojos risueños, ese salvado de Verdún? ¿Se sentiría halagado de que ella se hubiese tomado la molestia de acudir a él? Paule se había sustraído de la entrevista. No se atrevía a afrontar a nadie, y ese brillante maestro de escuela, sobre todo, le inspiraba miedo. Sin embargo, el administrador de Cernes, Arthur Lousteau, de la Action francaise, lo admiraba y aseguraba que llegaría lejos… Paule pensaba que la anciana baronesa, como todos los nobles de la campaña, sabía hablar a los campesinos. Ella conocía las sutilezas del patois. Ese viejo lenguaje que usaba con una anticuada gracia era uno de los encantos que todavía se le podían encontrar. Pero el preceptor socialista era de otra raza y quizá las maneras demasiado afables de la baronesa le parecieran injuriosas. Esa afectación de suprimir las distancias ya no surtía efecto sobre los jóvenes de esa especie. ¡En fin! Él había vuelto herido de Verdún; eso crearía un lazo con la anciana, cuyo hijo menor, Georges de Cernes, había «desaparecido» en Champaña.

Paule abrió la ventana y vio, al final de la avenida, la delgada silueta agobiada de la baronesa. Se apoyaba firmemente en su bastón. En lo alto de su rodete estaba encaramado el sombrero de paja negra. Avanzaba entre los viejos olmos abrasados por el sol declinante. Paule advirtió que la vieja hablaba sola, que hacía ademanes. El que estuviera así agitada no era buena señal. La joven descendió la escalera de doble circunvolución, que era la maravilla de Cernes, y se reunió con ella en el vestíbulo.

—Un grosero, hija mía, como era de esperarse.

—¿Se niega? ¿Está segura de no haberlo ofendido? ¿De no haberlo tratado con sus grandes humos? Sin embargo, yo le había explicado a usted…

La vieja agitaba la cabeza, pero era esa protesta involuntaria de los ancianos, que parecen decir «no» a la muerte. Una flor de tela blanca se movía grotescamente sobre el sombrero de paja. Sus ojos estaban velados por lágrimas que no corrían.

—¿Qué pretexto le ha dado?

—Dijo que no tenía tiempo… Que la secretaría de la alcaldía no le dejaba tiempo libre…

—¡Vamos! Él debe de haber encontrado otras razones…

—No, hija mía, se lo aseguro. Insistía continuamente con sus ocupaciones; no pude convencerlo.

La baronesa de Cernes se sostenía del pasamanos, y de trecho en trecho se detenía para retomar aliento. Su nuera la seguía paso a paso, de escalón en escalón, acosándola con preguntas, con ese acento de rabia obstinada de la que no tenía conciencia. No obstante, advirtió que atemorizaba a la vieja y se esforzó por bajar el tono; pero sus palabras silbaban entre los dientes apretados.

—¿Por qué me dijo al principio que él se había conducido como un grosero?

La baronesa, moviendo la cabeza, se sentó sobre una banqueta del rellano, y su mueca, quizá, era una sonrisa. Paule se puso a gritar otra vez:

—¿Sí o no? ¿No había acusado al preceptor de grosería?

—No, hija, no; he exagerado… Tal vez he comprendido mal. Es posible que ese muchacho haya hablado con toda inocencia… He visto una alusión donde no la había.

Y como Paule insistiera:

—¿Qué alusiones? ¿A propósito de qué?

—Fue cuando me preguntó por qué no nos dirigíamos al cura. Le respondí que el cura no vivía aquí y que tenía tres parroquias sobre sus hombros. ¿Y qué cree usted que ese maestro me respondió a quemarropa?… Pero no; usted va a enfadarse, hija mía.

—¿Qué le respondió? No la dejaré tranquila hasta que me lo haya repetido palabra por palabra.

—¡Y bien!, me dijo con tono burlón que sólo en un punto se parecía al cura: en que no le gustaban las historias y que no quería tener una con el castillo. Comprendí lo que quería decir eso… Créame que si no hubiera sido un herido de Verdún le habría obligado a poner los puntos sobre las íes y habría sabido defenderla…

La rabia de Paule cesó de golpe. Bajó la cabeza. Sin una sola palabra, volvió a bajar deprisa; en el vestíbulo descolgó un abrigo.

La baronesa aguardó a que la puerta estuviera cerrada. Era realmente una sonrisa la que descubría esa dentadura postiza color gris. Inclinada sobre la baranda, gruñó: «¡Toma ésa!». De pronto, con voz cascada pero aguda, llamó: «¡Galeas! ¡Guillou! ¡Queridos!». La respuesta le llegó al instante, de las profundidades de la antecocina y de la cocina: «¡Mamie! ¡Maminette!». El padre y el hijo trepaban la escalera silenciosamente, pues se habían quitado los zuecos en la cocina y conservaban en los pies los escarpines de lana. Esa llamada significaba que momentáneamente la enemiga se había alejado.

Podían reunirse en el dormitorio de Mamie, en torno a la lámpara.

Galeas tomó el brazo de su madre. Tenía hombros estrechos y caídos bajo una vieja tricota color castaño, una gruesa cabeza desproporcionada con espeso cabello, ojos infantiles bastante hermosos, pero una boca terrible de labios siempre mojados, siempre abierta sobre una lengua espesa. Los fondillos del pantalón colgaban. La tela formaba gruesos pliegues sobre sus muslos de esqueleto.

Guillaume había tomado la otra mano de Mamie y la frotaba contra su mejilla. De las conversaciones que oía, no retenía más que lo que le interesaba: «El maestro no quería hacerse cargo de él». No habría que temblar delante del maestro; la sombra de ese monstruo se alejaba. El resto de las conversaciones de Mamie eran incomprensibles. «Le he dado en el clavo a tu mujer…». ¿Qué clavo? Entraron los tres en el cuarto adorado; Guillaume ganó su rincón entre el reclinatorio y el lecho. El respaldo del reclinatorio era un armarito lleno de rosarios rotos, uno de los cuales, de cuentas de nácar, había sido bendecido por el Papa: otro, hecho con carozos de aceitunas, lo había traído Mamie de Jerusalén. Una caja de metal representaba a San Pedro de Roma. Sobre ella, y como recuerdo de un bautizo, brillaba, en letras de plata, el nombre de Galeas. Los devocionarios estaban repletos de imágenes donde sonreían rostros de muertos. Mamie y papá cuchicheaban bajo la lámpara. Un fuego de sarmientos iluminaba vivamente las profundidades del dormitorio. Mamie sacó unos minúsculos naipes grasientos del cajón de la mesita.

—Estaremos tranquilos hasta la cena. Galeas, puedes tocar el piano…

Ella se absorbió en un solitario. El piano había sido transportado a ese cuarto, ya atestado de muebles, porque Paule no podía soportar el aporreo de su marido sobre las teclas. Guillaume sabía por anticipado cuáles eran las melodías que su padre iba a ejecutar, y que las retomaría en el mismo orden, sin interrupción. Primero, la Marcha turca. Cada vez que lo escuchaba, Guillou esperaba una nota falsa, en el mismo lugar. A veces, Galeas hablaba sin dejar de tocar, con su voz blanca, que parecía estar mudando aún:

—Dime, mamá, ¿ese preceptor es un rojo?

—¡Rojo! ¡De lo más rojo que hay! Al menos, eso es lo que afirma Lousteau.

De nuevo, la Marcha turca volvió a tomar su curso accidentado.

Guillaume imaginaba a ese hombre rojo, embadurnado con sangre de buey. Sin embargo, él lo conocía de vista: cojo, con la cabeza siempre descubierta, apoyado en un hermoso bastón de ébano. El color rojo debía estar oculto bajo la ropa. Rojo, como puede serlo un pez.

Todavía se filtraban unos rayos de luz a través de las cortinas corridas. Mamá, como cada vez que estaba muy disgustada, erraría por el campo hasta la hora de la cena. Regresaría despeinada y con barro en el borde del vestido. Olería a transpiración. Al dejar la mesa subiría a acostarse. Les quedaba aún una buena hora delante del fuego, en el dormitorio de Mamie.

Entró Fräulein, grande, voluminosa, fofa. Cuando la enemiga recorría los caminos siempre encontraba un pretexto para reunirse con ellos.

«¿Quieren las castañas hervidas o asadas? ¿Hay que agregar un huevo para Guillou?».

Con Fräulein, penetraba en el dormitorio de la abuela un olor a cebolla y a fregona. Consultaba a sus amos, nada más que por fórmula: Guillou tendría su huevo… (Lo llamaban Guillou desde la guerra, por tener la mala suerte de llevar el mismo nombre del kaiser; la baronesa pronunciaba «késer»).

Y ya hablaban de «ella»:

«Entonces me dijo que mi cocina estaba sucia. Respondí que yo era dueña y señora de mi cocina…». Guillaume observaba los cuellos flacos de Mamie y de papá, tendidos hacia Fräulein. En cuanto a él, permanecía indiferente a esas historias, pues no sentía por los otros ni amor ni odio. Su abuela, su padre y Fräulein le proporcionaban la atmósfera de seguridad necesaria, de donde su madre se empeñaba en desalojarlo, persiguiéndolo como persigue un hurón al conejo hasta lo más profundo de la madriguera. Había que salir a toda costa y, aturdido, atontado, sufrir los asaltos de esa mujer furibunda; entonces él se hacía un ovillo y aguardaba a que todo terminara. Pero gracias a esa guerra que se incubaba entre las personas mayores, gozaba de una relativa paz. Se escondía detrás de Fräulein; la austriaca extendía sobre él la sombra de su masa tutelar. Si bien el dormitorio de Mamie le aseguraba un refugio más inviolable que la cocina, su instinto le advertía, en cambio, no fiarse de Mamie; ni de la ternura de sus gestos ni de sus palabras. Sólo Fräulein abrigaba un amor casi maternal por su pichón, su patito. Era ella quien lo bañaba, quien lo jabonaba con sus viejas manos sucias y agrietadas.

Mientras tanto, Paule había tomado por la alameda de la izquierda de la escalinata y, sin ser vista, llegó, por detrás de las dependencias, a un camino estrecho y casi siempre desierto. Allí empezó a caminar con su paso de hombre, a una extraña prisa, pues no iba a ninguna parte. Pero la caminata la ayudaría a rumiar las palabras del preceptor que su suegra le había repetido: esa alusión a su historia con el cura.

El horror siempre presente de haberse precipitado en ese destino que era el suyo hubiera sido soportable de no haber existido esa afrenta sufrida durante el primer año de su matrimonio; hiciera lo que hiciese, estaba marcada a los ojos de todos, cargada de una falta que no había cometido, de una falta más ridícula que innoble. Pero los verdaderos responsables de esa calumnia no eran, esta vez, ni su marido ni la baronesa. Esos enemigos desconocidos escapaban a su venganza; apenas los había percibido de lejos, en el transcurso de una ceremonia; esos vicarios generales, esos canónigos que consideraban a la nuera de la baronesa de Cernes una criatura peligrosa para los sacerdotes. Esa infamia era conocida y divulgada por toda la diócesis. En Cernes ya se habían sucedido tres párrocos; pero a cada uno le había sido recordado, por la autoridad diocesana, que el permiso para decir misa en la capilla privada del castillo había sido retirado y que, para salvaguardar las apariencias, era necesario evitar las intimidades con esa familia, por ilustre que fuera, «en razón de un escándalo presente aún en todos los espíritus».

Por culpa de Paule, desde hacía años la capilla de Cernes había sido privada de sus funciones, lo cual poco importaba a la joven; el alejamiento de la iglesia parroquial había sido, por el contrario, un feliz pretexto para no poner jamás los pies allí. Pero no había nadie, en diez leguas a la redonda, que no conociese la causa de ese entredicho: la nuera de la anciana baronesa, «la que tuvo una historia con el cura…». Los más indulgentes agregaban que no se sabía hasta dónde habían llegado. No creían que hubiesen pecado, pero eso no impidió que fuera necesario trasladar al sacerdote.

Los troncos se han oscurecido nuevamente, pero el horizonte permanece rojo. Hace mucho tiempo que Paule no presta atención a esas cosas: los árboles, las nubes, el horizonte. A veces le sirven, como a los campesinos, para augurar el tiempo y la temperatura. Pero ya ha muerto esa parte de sí misma que participaba del mundo visible en la época en que, a esa misma hora y sobre esa misma ruta, caminaba al lado de ese inocente, de ese joven sacerdote famélico. Él empujaba su bicicleta y le hablaba a media voz. Los campesinos que los veían pasar no dudaban de que el tema de sus conversaciones fuera el amor. Sin embargo, jamás hubo entre ellos más que el encuentro de dos soledades que no se mezclaron nunca.

Paule oye reír, más allá del codo del camino, a un grupo de muchachos y jovencitas; ya van a aparecer; se interna en el tallar para no verlos; para no ser vista. En otra época, cuando arrastraba a su compañero por el atajo, esa huida imprudente había despertado las primeras sospechas. Esta tarde, a pesar de la humedad que sube de la tierra, se sienta sobre las hojas marchitas de un castaño, encoge las rodillas hasta la altura del mentón, anudando los brazos alrededor de las piernas. ¿Dónde está ahora ese pobre sacerdote? Ella no sabe dónde está sufriendo; pero él sufre, si es que todavía vive. No hubo nada entre ellos; no se trataba de eso. Para Paule, educada en el horror a las sotanas, una intriga habría sido algo inimaginable. No obstante, esos imbéciles la habían clasificado, autoritariamente, en la categoría de los maniáticos que acosan a los hombres consagrados a Dios. Ya nada podía hacer para arrancarse ese sambenito. Y él ¿había procedido mal? A las confidencias de una joven mujer desesperada había respondido, no con los consejos de un director espiritual, sino con otras confidencias; ése había sido todo su crimen. Como tenía todo el derecho de hacerlo, había acudido a él en busca de socorro; pero él la había acogido a la manera de un náufrago que, sobre su isla desierta, ve desembarcar un compañero de miserias.

Nunca había comprendido muy bien las razones secretas de la desesperación de ese clérigo, apenas salido de una tardía adolescencia. Según lo que Paule había podido juzgar (esa clase de asuntos no le interesaban mucho), se creía abandonado, inútil. Había nacido en él una especie de odio contra esa humanidad campesina, impermeable, que no se ocupaba más que de lo terreno, que no lo necesitaba y a la cual no sabía cómo hablarle. El aislamiento lo enloquecía. Sí, estaba loco de soledad. No recibía ningún socorro de Dios. Contó a Paule que su vocación había sido decidida por estados emotivos, por «toques de gracia», como él decía, que, una vez caído en la red, no habían vuelto a repetirse… Como si alguien, después de haberlo seducido y apresado en la trampa, no se hubiese ocupado más de él. Al menos eso era lo que Paule creía haber comprendido. Pero para ella todo esto pertenecía a un mundo absurdo, «impensable». Lo escuchaba quejarse distraídamente y esperaba a que volviera a tomar aliento, para hablar a su turno: «Y yo…», y volvía a insistir en la historia de su casamiento. No hubo entre ellos nada más que esos monólogos alternados. Una sola vez, en el jardín del presbiterio, había apoyado, por espacio de algunos segundos, su cabeza cansada sobre el hombro de la joven, que se lo retiró casi inmediatamente. Pero un vecino los había visto. De ahí vino todo. A causa de ese gesto (que había de cambiar toda la vida de ese hombre) nunca más brillaría la lamparilla ante el altar del castillo. La anciana baronesa apenas protestó contra esta interdicción, como si juzgara natural que la presencia de Dios, en Cernes, fuera incompatible con la de esa nuera que había nacido con el nombre de Meuliére.

Paule siente frío. La sombra se espesa bajo los castaños. Se levanta, sacude su vestido y vuelve al camino. Entre los abetos aparece una de las torres del castillo, la del siglo XIV. Ya está bastante oscuro para que ese mulero la reconozca.

Después de haber soportado durante doce años la vergüenza de esa calumnia que había corrido por todas partes, de pronto le pareció intolerable que hubiera llegado a oídos de un preceptor a quien jamás había dirigido la palabra. Ningún rostro de hombre le era extraño en la comarca; no había muchos a quienes no reconociera de lejos. Pero la imagen de ese muchacho de pelo rizado había, sin duda, penetrado en ella, y la había invadido a pesar suyo: ese maestro de quien hasta el nombre ignoraba. Pues ni el preceptor ni el cura necesitan tener un nombre que los designe: su función es suficiente para definirlos. No soportaría ni un solo día más que él creyera que lo que se contaba de ella era verdad. Le explicaría lo que realmente había pasado. Hela aquí sintiendo nuevamente ese tormento, esa misma necesidad de entregarse, de descargarse de un peso intolerable que doce años más atrás habían suscitado sus imprudentes confidencias a un sacerdote demasiado joven y demasiado débil. Le sería necesario vencer su timidez, volver a la carga a propósito de Guillaume. El preceptor tal vez cediera. En todo caso, entrarían en relación; podrían ser amigos.

Colgó su abrigo en el vestíbulo. Habitualmente se lavaba las manos en la fuente de la antecocina y después se dirigía al comedor, al de la servidumbre, donde la familia acostumbraba comer desde la muerte de Georges, el hijo menor. El comedor oficial, inmenso y helado, no se reabría más que para las vacaciones de Navidad y durante el mes de septiembre, cuando la hija mayor de la baronesa, la condesa de Arbis, llegaba de París con sus niños y la hija de Georges, la pequeña Daniéle. Entonces, los dos muchachos del jardinero vestían de librea, se contrataba una cocinera y se alquilaban dos caballos de silla.

Esa tarde, Paule no se dirigió directamente al comedorcito, sino hacia el dormitorio de su suegra, impulsada por el deseo de reanudar, cuanto antes, la discusión acerca del preceptor. No entraba allí ni diez veces en todo el año. Al llegar a la puerta vaciló ante el rumor alegre de los tres cómplices y una melodía que Galeas hacía oír tocando con un solo dedo. Una ocurrencia de Fräulein hacía reír a carcajadas a la anciana baronesa, con esa risa complaciente y forzada que Paule aborrecía. Empujó la puerta sin llamar. Todos, a la vez, quedaron inmóviles como los autómatas de un reloj; la baronesa permaneció un instante sosteniendo un naipe con la mano en alto. Galeas giró sobre el taburete, después de cerrar de golpe la tapa del piano. Fräulein volvió hacia la enemiga su aplastada cara de gata que, como ante la presencia de un perro, agacha las orejas, arquea el lomo y se prepara para escapar. Guillou, rodeado de periódicos, de los que recortaba fotografías de aviones, posó las tijeras sobre la mesa y se deslizó de nuevo entre el reclinatorio y la cama. Allí se acurrucó y quedó inmóvil, como muerto.

Por más que Paule estuviese acostumbrada a eso, jamás había tenido tan clara conciencia de su poder maléfico sobre los seres con quienes tenía que convivir. Pero su suegra se repuso casi en seguida, y sonrió con una sonrisa que le hacía torcer la boca, mostrando la misma amabilidad excesiva que se ofrece a una extraña de condición inferior. Se apiadaba de los pies mojados de la joven y la invitaba a acercarse al fuego. Fräulein gruñó que no valía la pena, pues ya iba a servir la sopa. Al llegar a la puerta, Galeas y Guillaume se lanzaron tras ella. «Naturalmente —pensaba la baronesa—, me la dejan a mí…».

—¿Me permite, hija mía, que ponga el guardafuego?

Se hizo a un lado; por nada del mundo quiso ser la primera en pasar. Y hablando sin cesar, impidió que su nuera pudiese decir una palabra hasta el momento de sentarse a la mesa. Galeas y Guillou las aguardaban en pie al lado de sus sillas. Apenas sentados, sorbieron ruidosamente la sopa. La baronesa los tomaba como testigos de que era una noche templada, y de que, por otro lado, en noviembre casi nunca hacía frío en Cernes. Ese mismo día había comenzado sus dulces de melón de España, y ese año contaba con agregar orejones de damascos:

—De esos que mi padre Adhémar llamaba, con tanta gracia, orejas de vieja. ¿Te acuerdas, Galeas?

Hablaba por hablar. Sólo le importaba que Paule no reabriera la discusión. Sin embargo, la observaba y discernía signos temibles sobre esa cara maldita. Guillaume hundía la cabeza entre los hombros, porque su madre casi no le quitaba los ojos de encima. También presentía el peligro: iban a hablar de él. En vano trataba de fundirse con su silla y con la mesa. Sentía, realmente, que la charla de Mamie no llenaba ya el silencio y no oponía más que un dique endeble al torrente que se acumulaba detrás de los apretados labios de la adversaria.

Galeas comía y bebía sin levantar los ojos, la cabeza tan cerca del plato, que Paule tenía a la altura de su mirada esa enorme maraña encanecida. Tenía hambre, porque había trabajado todo el día en el cementerio, cuyo cuidado era su ocupación favorita. Gracias a él, en Cernes no existían tumbas abandonadas. Galeas estaba tranquilo: la mirada de su mujer ya no se detenía más sobre él. Tenía la suerte de haber sido suprimido. Por eso era el único que en la mesa podía estar a sus anchas, ceder a todas sus manías: verter vino en la sopa, dedicarse a las mezclas, las tambouilles, como él decía. Aplastaba y trituraba todos sus alimentos y los extendía en el plato; a la baronesa le había costado mucho impedir que Guillaume imitara a su padre, sin menoscabar el respeto que le debía: papá hacía lo que quería; podía permitirse todo… Pero Guillou debía comportarse en la mesa como un muchacho bien educado.

El pequeño estaba a mil leguas de juzgar a su padre, pues no imaginaba que pudiera ser diferente. Papá pertenecía a una especie de personas mayores que no representan ningún peligro. Éste habría sido el juicio de Guillaume si hubiera sido capaz de emitir uno. Papá no hacía ruido, no interrumpía la historia que Guillaume se relataba a sí mismo, sino que se incorporaba a ella, sin perturbarla más de lo que hubieran hecho un buey o un perro. Su madre, en cambio, penetraba por la fuerza y ahí quedaba como un cuerpo extraño, cuya presencia no siempre se siente, pero que de pronto uno advierte. Ella pronunció su nombre… ¡Ya está! Se trata de él. Habla de un preceptor. Guillaume trata de comprender. Ya lo han sacado por las orejas fuera de su madriguera, y expuesto a la luz enceguecedora de las personas mayores.

—Entonces, madre, dígame lo que usted quiere hacer con Guillaume. ¿Tiene alguna idea? Ya sabemos que sabe leer, escribir, apenas contar; para tener casi doce años, eso no es mucho.

Según la baronesa, no se había perdido nada; era necesario darse tiempo para reflexionar.

—Pero ya ha sido despedido de dos colegios, y usted asegura que el preceptor no quiere saber nada de él. Queda, pues, tomarle un preceptor en casa, o una institutriz.

La anciana protestó vivamente:

—No, nada de extraños.

Temblaba ante la idea de un testigo de su vida en Cernes; de lo que era la vida en Cernes desde que Galeas había dado su nombre a esa furia.

—Pero usted, mi querida hija, tal vez tenga un proyecto.

Paule vació su vaso de un trago y lo volvió a llenar. Ya en el primer año del casamiento, la baronesa y Fräulein habían observado que la enemiga tenía inclinación por la bebida. Desde que Fräulein marcaba con un trazo de lápiz el nivel de las botellas de licor, Paule escondía en su armario frascos de anís, de curasao y licores de cereza y de durazno. Pero la austríaca los había descubierto. El día en que la baronesa creyó su deber poner en guardia a su querida hija contra el abuso de licores fuertes, hubo tal estallido en Cernes que la anciana no abordó más ese tema.

—Madre, yo no veo que se pueda intentar otra cosa que volver a la carga ante el maestro…

Y como la baronesa, con las manos en alto, afirmara enfáticamente que por nada del mundo volvería a exponerse a la insolencia de ese comunista, Paule le aseguró que no se trataba de eso; que ella misma intentaría este nuevo trámite. Se esforzaría en triunfar donde su suegra había fracasado. Puso fin a todas las objeciones repitiendo que estaba resuelta a hacerlo y que, en cuanto concernía a la educación de Guillaume, la decisión le pertenecía.

—Sin embargo, me parece que mi hijo tiene que dar su opinión.

—Usted bien sabe que él no la dará.

—En todo caso, hija mía, estoy en el derecho de exigir que usted hable a ese individuo nada más que en su propio nombre. La dejo en libertad de decirle que ignoro sus pasos. Pero si esa mentira benigna le repugna espero que le advierta que usted fue a su casa a pesar mío; contra mi deseo claramente expresado.

Paule, con tono de burla, invitó a la anciana a soportar cristianamente esa humillación, por el bien de su nieto.

—¡Oh, hija mía! No crea que me siento comprometida en lo más mínimo por cualquier cosa que usted haya hecho o que haga todavía. Sea dicho sin ofenderla: no se puede estar menos incorporada a la familia de lo que usted lo está.

Conservaba el tono amistoso, al que acompañaba una sonrisa que, al levantar su largo labio superior, descubría sus bellos dientes, demasiado intactos.

Paule, irritada, ya no se contenía:

—Es verdad que jamás he procurado asemejarme a los Cernes…

—¡Y bien! Entonces, hija mía, alégrese: nadie ha podido jamás injuriarla al punto de tomarla por lo que usted no es.

Guillaume habría querido deslizarse fuera de la habitación, pero no se atrevía. Por otro lado, esa batalla de dioses que rugía por encima de su cabeza le interesaba, aunque se le escapara el alcance de las injurias intercambiadas. Galeas se levantó sin probar el postre, como cada vez que había crema, dejando a las adversarias frente a frente.

—Desgraciadamente considerarán que formo parte de la familia el día que vengan a incendiar el castillo…

—¿Cree asustarme? Los Cernes, gracias a Dios, siempre fueron respetados y amados; hace más de cuatrocientos años que aquí hacen el bien y dan el ejemplo…

La indignación tornaba temblorosa la vieja voz.

—¿Amados?, ¿respetados? Pero, madre…, en el pueblo la odian. Su obstinación en conservar a Fräulein durante la guerra…

—¡No me haga reír! Una austríaca de sesenta y cuatro años, que vive en nuestra casa desde su juventud… La autoridad militar ha cerrado prudentemente los ojos…

—Pero muy felices que se sintieron todos de tener ese pretexto… ¡Es increíble cegarse así! Siempre los han aborrecido… ¿Usted cree que los colonos y proveedores aprecian sus modales melosos…? Y por su culpa se detesta todo lo que usted ama: los curas y el resto. Ya verá, ya verá… Desgraciadamente, yo también pasare por eso; pero, de todos modos, me parece que moriré contenta.

Y terminó, entre altos y bajos, con una expresión trivial que la baronesa jamás había oído.

«¡Qué revelador es el lenguaje!», pensaba la anciana, repentinamente calmada. Sucedía a menudo que su hija de París, y sobre todo sus nietos, arriesgaran ante ella una palabra de argot, pero jamás se hubieran valido de una expresión tan vulgar. ¿Qué había dicho exactamente? «La dejé chata…». Sí, eso había dicho. Como siempre, la rabia de Paule devolvía la calma a la anciana, quien, de golpe, recuperaba la ventaja de su sangre fría delante de esa poseída.

—Pero no; su odio por la nobleza no me sorprende en lo más mínimo. Por más que usted piense, los campesinos nos quieren, se sienten a un mismo nivel con nosotros; son la pequeña y la mediana burguesía quienes nos odian, con un odio a base de envidia. Los burgueses son los que durante el Terror han proporcionado más cabezas a los verdugos.

Y como su nuera declarara con suficiencia que la traición de los emigrados «había hecho que el Terror fuera justo y necesario», la baronesa, irguiendo su talle majestuoso, dijo:

—Mi tatarabuelo y dos de mis tíos abuelos perecieron sobre el cadalso… y le prohíbo a usted…

De pronto, Paule pensó en el preceptor: por él había pronunciado palabras que le habrían gustado, que él habría aprobado; palabras que a Paule seguramente le venían de su tío Meuliére, radical y masón de estricta observancia… ¡Pero qué acento tomaban de improviso tales conversaciones no bien las dedicaba a ese preceptor, a quien iría a ver al día siguiente! Era un jueves: él estaría libre todo el día. Había hablado bajo su influencia (el tío Meuliére no estaba allí para nada), bajo la influencia de un hombre a quien jamás había dirigido la palabra, con quien se cruzaba en el camino y que ni siquiera la saludaba cuando al atravesar el pueblo pasaba frente al pequeño jardín en que él trabajaba (aunque dejaba de cavar para mirarla pasar).

—¿Sabe lo que es usted, hija mía? Una petrolera; sí, simplemente una petrolera…

Guillaume volvió a levantar la cabeza. Él sabía lo que era una petrolera: había visto cien veces esa figura del Monde iIlustré de 1871, donde dos mujeres agazapadas en la noche, cerca de un tragaluz, encienden una especie de fuego. Los mechones se salían de sus gorros de mujeres de pueblo. Guillaume, con la boca abierta, observaba a su madre. ¿Una petrolera? Sí, seguramente… Ella lo tomó por el brazo:

—Tú, sube. Y rápido.

La baronesa le dibujó una cruz sobre la frente con el pulgar, pero no lo besó; y cuando ya no estuvo allí:

—Deberíamos ahorrarle este espectáculo —dijo.

—Tranquilícese, madre. Él no escuchaba, y si lo hace, no comprende.

—Usted se engaña. ¡Pobre tesoro! Comprende más cosas de las que pensamos… Pero eso nos vuelve a traer al verdadero tema de nuestra discusión, de la cual una y otra hemos hecho mal en alejarnos. Si, como además de desearlo y como ya casi no dudo, el maestro le opone una nueva negativa…

—¡Y bien!, habrá que dejar a Guillaume crecer como un pequeño campesino. Es una vergüenza ver a tantos hijos de familias beneficiados con una instrucción de la que son indignos, en tanto que los muchachos del pueblo…

Una vez más lo que tenía de común con el tío Meuliére, a menudo inculcado por él mismo, la embriagaba de golpe; ésa debía ser una idea del preceptor, a quien atribuía todas las opiniones avanzadas. Paule no dudaba en absoluto de que él fuera conforme al modelo oficial.

La anciana, resuelta a evitar un nuevo estallido, se levantó sin responder.

Paule la siguió por la escalera.

—¿No podríamos unirnos para enseñarle lo poco que sabemos? —propuso la baronesa.

—Si tiene paciencia para hacerlo, madre. En cuanto a mí, ya no tengo más fuerzas.

—La noche es buena consejera. Duerma bien, hija mía, y tenga la bondad de olvidar lo que haya podido decirle de hiriente, como yo misma la perdono…

La nuera se encogió de hombros.

—Ésas son palabras. No cambian nada los verdaderos sentimientos. No podemos hacernos ilusiones…

Permanecían frente a frente, en el corredor de los dormitorios, palmatoria en mano. De esos dos rostros, vivamente iluminados, el más joven parecía mucho más temible.

—Crea, Paule, que no soy tan injusta con usted como tiene derecho a imaginárselo. Si usted necesitara una excusa, me bastaría pensar en su vida aquí; prueba tan pesada para una mujer joven…

—Yo tenía veintiséis años —interrumpió Paule secamente—. No acuso a nadie; tengo la suerte que libremente elegí. Por otra parte, usted misma, pobre madre…

Eso significaba: mi triste marido es primero su triste hijo. Paule se consolaba de su infierno compartiéndolo con su vieja enemiga. Pero allí, la baronesa se negaba a seguirla.

—¡Oh!, mi suerte es muy distinta —respondió con voz trémula de emoción—. Yo tuve mi Adhémar. Durante veinticinco años fui la más feliz de las mujeres…

—Puede ser, pero no la más feliz de las madres.

—Pronto hará cinco años que mi Georges murió como un héroe. No lo lloro. Me queda su pequeña Daniéle. Me queda Galeas…

—Sí, precisamente. ¡Galeas!

—Tengo mis hijos de París —insistió con una expresión terca.

—Sí, pero los Arbis la explotan. Usted jamás ha sido para ellos más que una vaca lechera. Es en vano que sacuda la cabeza, usted bien lo sabe. Bastante se lo reprocha Fräulein cuando creen que no las escucho… Déjeme hablar… Si tengo ganas, alzaré la voz…

Estas últimas palabras repercutieron en el corredor y despertaron a Guillaume, sobresaltado. El niño se irguió en la cama. Sí; los dioses siempre se batían encima de su cabeza. De nuevo se hundió bajo las sábanas, una oreja tapada por la almohada y un dedo apoyado sobre la otra; y en tanto esperaba que volviera el sueño, retomó la historia que a sí mismo se contaba de su isla y de esa gruta, como en Un Robinson de doce años. La lamparilla poblaba el cuarto de la ropa blanca, donde él dormía, de sombras familiares y de monstruos domesticados.

—Nosotros vivimos necesitados en este castillo por el tren de vida que lleva su hija Arbis y por su política de casamientos, como ella dice. Aquí podemos reventar todos, con tal que su Yolande case con un duque usurero, y su Stanislas con alguna americana que tenga cuatro cuartos…

Paule hostigaba a la anciana, quien, resuelta al silencio, se batía en retirada y echaba el cerrojo a su puerta. Pero, a través de esa puerta cerrada, la voz implacable todavía le gritaba:

—En cuanto al casamiento de Stanislas, no cuente usted con él, pues ése no desposará jamás a nadie… Esa pequeña…

Terminó con una palabra que la baronesa, prosternada en su reclinatorio, con la cabeza hundida entre sus dos brazos, no oyó, pero que, de todos modos, no habría comprendido.

Apenas Paule hubo penetrado en su dormitorio, su cólera cesó de golpe. En la chimenea enrojecían todavía algunos tizones. Arrojó un leño, encendió una lámpara de queroseno sobre la mesa, cerca del diván; se desnudó delante del fuego, se puso una vieja bata de cama.

Así como se dice «hacer el amor», debería poder decirse «hacer el odio». Es bueno hacer el odio; descansa y sosiega. Abrió el armario, y su mano vaciló; eligió el curasao. Arrojó los almohadones del diván sobre la alfombra, lo más cerca posible del fuego, y se extendió sobre ellos, con el vaso y la botella al alcance de la mano. Comenzó a fumar y a beber, y se puso a pensar en el hombre, en el preceptor, en el enemigo de nobles y ricos; un rojo, tal vez un comunista. Despreciado, como ella, por la misma clase de gente… Ella se humillaría delante de él… Terminaría, realmente, por entrar en su vida… ¿Era casado? ¿Cómo era su mujer? Paule no la conocía ni siquiera de vista. Por el momento la apartó de la historia que imaginaba. Se hundió en ella gastando más genio de invención que aquéllos cuyo oficio es relatar historias. Las visiones que surgían delante de su vista interior excedían infinitamente a lo que al lenguaje humano le es dado expresar. No se enderezaba más que para llenar el vaso o echar un leño al fuego. Luego se extendía de nuevo. Y a veces el despertar de la llama aclaraba ese rostro trastornado, de criminal o de mártir.

.

.

2

Al comienzo de la tarde del día siguiente, con impermeable, gruesos zapatos y una boina hundida hasta los ojos, se dirigió al pueblo. Creía que la lluvia sobre la cara borraría los rastros de su orgía solitaria. Ya no la sostenía ninguna exaltación: solamente su voluntad. Otra mujer hubiera elegido cuidadosamente el traje que convenía a una diligencia de esa naturaleza. En todo caso, se habría esforzado en sacar el mejor partido de su aspecto físico. La señora Galeas ni siquiera tuvo la idea de empolvarse la cara, ni de intentar nada para disimular el bozo moreno que le recubría los labios y las mejillas. Sus cabellos, lavados habrían parecido menos grasientos. Podría haber supuesto que el preceptor desconocido era, como la mayoría de los hombres, sensible a los perfumes… Pero no: iba a tentar su última oportunidad sin más arreglo que el de costumbre, más descuidada que nunca.

El hombre, ese preceptor, estaba en la cocina sentado frente a su mujer, y hablaba mientras desgranaba porotos. Era un jueves, día bendito entre todos. La escuela se alzaba al borde del camino como, por lo demás, todas las casas del poco agraciado pueblo de Cernes. La herrería, la carnicería, la taberna y el correo no formaban un grupo viviente alrededor del campanario. Sólo la iglesia se destacaba, con las tumbas apretadas contra ella, sobre un promontorio que domina el valle del Ciron. Cernes no tenía más que una calle, que era, precisamente, el camino departamental. La escuela estaba un poco retirada. Los niños entraban por la puerta central, pero la cocina del preceptor se abría a la derecha, sobre el pasillo que llevaba al patio de recreo. Más allá se extendía la huerta. Sin presentir nada de lo que se aproximaba a su casa, Robert y Léone Bordas discutían todavía el motivo de la extraña visita de la víspera.

—Por más que digas —insistía la mujer—, ciento cincuenta, o tal vez doscientos francos más por mes por hacer trabajar al chiquitín del castillo, es algo. Valía la pena pensarlo dos veces…

—No estamos tan apretados como para eso. ¿Acaso nos falta algo? Y menos ahora que recibo casi todos los libros que necesito. (Hacía comentarios críticos de novelas y poemas en el Journal des Instituteurs).

—No piensas más que en ti; pero está Jean Pierre…

—Jean-Pierre tampoco necesita nada. De cualquier modo, no pretenderás que tenga maestro particular.

Ella sonrió complacida. Por supuesto, su hijo no necesitaba lecciones particulares; en cualquier materia que fuera, era siempre el primero. Tenía trece años y estaba cursando el penúltimo de la escuela; pero como estaba dos años adelantado, probablemente tendría que repetir el último, pues no había muchas posibilidades de que pudiese obtener permiso para continuar sus estudios antes de alcanzar la edad reglamentaria. En el Liceo ya lo consideraban una futura gloria. Sus profesores no dudaban de que lo verían ganar del primer golpe los dos concursos: Normal de Letras y Normal de Ciencias.

—Y bien. ¡Exactamente! Quiero que tome lecciones particulares.

Esa declaración de Léone no fue acompañada de ninguna mirada, de ningún signo que indicara duda o ruego. Esa mujer delgada, de mejillas pálidas, ligeramente pelirroja, cuyos rasgos menudos conservaban su encanto a pesar de estar ajada, tenía una voz seca, penetrante, acostumbrada a gritar para dominar la clase.

—Tiene que tomar lecciones de equitación.

Robert Bordas continuó clasificando sus porotos, fingiendo creer que ella bromeaba:

—Pero sí, seguro, y además, lecciones de danza, ya que estás en eso.

La risa empequeñecía sus grandes ojos rasgados. Aunque estuviese sin afeitar y con el cuello desabrochado, ese hombre que se aproximaba a la cuarentena tenía todavía la gracia de la juventud. Era fácil imaginar al niño que debió haber sido. Se levantó y dio una vuelta a la mesa, ayudándose con un bastón, de punta de caucho, renqueando apenas.

Su largo espinazo de gato flaco era el de un adolescente. Encendió un cigarrillo y dijo:

—He aquí otra más que quiere la revolución, pero que sueña con transformar a su hijo en propietario de caballos de carrera.

Ella se encogió de hombros.

—Entonces —insistió él— ¿por qué quieres hacer un jinete de Jean-Pierre? ¿Para que se enganche a los dragones de Libourne con un montón de marranos que pondrán en cuarentena al hijo del preceptor?

—No te exaltes, ahorra tu voz para el mitin del once de noviembre…

Ella vio, por su expresión, que había ido demasiado lejos; volcó en una fuente los porotos que llenaban su delantal y fue a abrazar a su marido.

—Oye, Robert…

Robert bien sabía que ella quería las mismas cosas que él. Lo seguía ciegamente, con una confianza total. Pero la política no era su fuerte e imaginaba bastante mal cómo iría el mundo una vez cumplida la revolución. Sería siempre un grupo de elegidos quienes dirigirían el país, ella estaba segura de eso. Los más inteligentes, los más instruidos, pero también los que tuvieran virtudes de jefe.

—Y bien, quiero que Jean-Pierre sepa montar a caballo y, sobre todo, que adquiera las cualidades de destreza, valentía y audacia que en parte le faltan. Tiene todas las otras, salvo ésas…

Robert Bordas observaba la mirada perdida de su mujer. No lo veía. Su corazón, en ese momento, estaba lejos de él.

—La Escuela Normal forma profesores selectos para la Universidad —observó él un poco secamente—. Es su única razón de ser.

—¡Vamos! Mira un poco a todos los ministros, los grandes escritores, todos los jefes de partido que han salido de ella… ¡Y Jaurés, el primero, y León Blum!…

Él interrumpió:

—Me sentiría orgulloso si Jean-Pierre presentara un día una buena tesis y se graduara en la Facultad de Letras. No pido nada más para él… O quizá en la Sorbona…, o en el Colegio de Francia… ¿Quién sabe? ¡Esto sí sería hermoso!

Ella rió agriamente.

—¡Ah!, ¡ahora sí! ¡Ahora me toca a mí admirar al famoso revolucionario que hay en ti! ¿Entonces crees que todas esas antiguallas quedarán en pie?

—¡Seguramente! La Universidad será transformada, renovada; pero en Francia la enseñanza superior será siempre la enseñanza superior… Tú no sabes lo que dices…

Se interrumpió. A través de los vidrios de la puerta divisó a una mujer en la niebla.

—Y ahora, ¿quién es ésa?

—Una madre que viene a molestarnos y a quejarse de que hemos sido injustos con su pequeña.

Antes de entrar, Paule se limpió cuidadosamente los zapatos para quitarles el barro. No la reconocieron. No sabían quién era esa extraña mujer con una boina calada hasta los ojos, negros y ojerosos, que ardían en un rostro tan velludo como el de un muchacho. Evitó nombrarse. Dijo a Robert que era la madre del niño de quien le había hablado la víspera la baronesa de Cernes. Él tardó algunos segundos en comprender de qué se trataba, pero Léone ya lo había adivinado. Precediendo a la señora Galeas, la condujo a una habitación glacial, y abrió los postigos. Todo relucía: el piso, el aparador y la mesa de estilo Lévitan. Un cortinado de encaje crudo velaba la ventana. Enormes hortensias dibujaban un ancho friso a la altura del cielo raso. El empapelado era de color granate.

—Dejo a usted con mi marido…

Paule le aseguró que no tenía nada secreto que comunicarle; sólo disipar un mal entendido nada más.

Esa ola de sangre que avivó las mejillas de Robert Bordas era una debilidad que conservaba de su juventud. Sintió que le ardían las orejas. Esa señora de desagradable mirada, ¿iba a forzarlo a explicar su broma del día anterior? ¡Pero sí! Ella tenía el tupé de abordar el tema con la mayor tranquilidad. Paule le dijo que temía que su suegra hubiese comprendido mal una reflexión completamente inocente y que por ese motivo se hubiera peleado con él. En modo alguno trataba de hacer volver al señor Bordas sobre su negativa; pero sería muy doloroso que ese incidente significara un nuevo adversario en el pueblo para una mujer indefensa como era ella. Siendo de él, precisamente, de quien hubiera tenido el derecho de esperar más comprensión.

Sus ardientes ojos iban de Robert a Léone. Las comisuras de su boca, un poco caídas, daban un aspecto trágico a esa cara grande y velluda, a esa máscara. Robert balbuceaba que lo sentía mucho, que no había puesto ninguna intención malévola en sus palabras. Paule abrevió, y volviéndose hacia Léone, dijo:

—Jamás he dudado de que así fuera. Ustedes dos están en las mejores condiciones para conocer el pueblo y los chismes que en él corren.

¿Comprenderían la alusión? ¿Sabrían que corría el rumor de que el preceptor había sido herido a traición en un puesto de emboscado? Algunos insinuaban que él mismo había disparado su fusil tan torpemente… Ellos no parecieron conmovidos. Paule ignoraba si sus palabras habían dado en el blanco.

Agregó:

—Señora, sé que usted pertenece a una antigua familia de Cadillac…

Los padres de Léone eran, en efecto, pequeños propietarios, campesinos de vieja cepa, pero muy mal vistos a causa de sus ideas avanzadas. Su hija no estaba casada por la iglesia y se dudaba de que el pequeño Jean-Pierre estuviera bautizado. Por permanecer cerca de su familia, los Bordas habían renunciado a un ascenso que hubiera sido rápido.

—Cernes —decía Paule— tiene un preceptor que no merece.

De nuevo el rostro juvenil se tornó escarlata.

—¡Sí! —insistió Paule, pues sabía que no dependía sino de Robert Bordas el ocupar una cátedra en el Palacio Borbón.

Robert se ruborizó una vez más, y encogiéndose de hombros.

—¡Usted se burla de mí! —le dijo.

Léone reía:

—¡Oh, señora! Usted lo va a hacer engreír. ¡Mi pobre Robert!

Una sonrisa empequeñeció los rasgados ojos del joven.

—No soy yo quien lo dice, sino el señor Lousteau, nuestro administrador y su amigo, creo. Un partidario del rey, pero que sabe hacer justicia a sus adversarios. Cuando se tiene un marido como el suyo, no hay por qué tener miedo de ser ambiciosa.

Y agregó a media voz:

—¡Ah, si yo estuviera en su lugar!… Dijo esta frase en el tono preciso.

Apenas acentuó la alusión a su miserable marido.

—El primer gran hombre de nuestra familia —dijo el preceptor— será nuestro hijo Jean-Pierre. ¿Verdad, Léone?

¿Ese pequeño Jean-Pierre? Una sonrisa de complacencia suavizó los rasgos de la señora, Por supuesto, su fama había llegado hasta ella; el señor Lousteau le había hablado a menudo de él. ¡Qué felices y orgullosos debían de estar! De nuevo un suspiro, vuelta otra vez a su propia desgracia. Pero esta vez no temió decir:

—A propósito de niño prodigio, es necesario que le hable de mi propio hijo. Mi suegra tal vez ha exagerado la nota. Es cierto que es muy atrasado, y comprendo que eso lo acobarde a usted…

Robert protestó vivamente. Su negativa no había tenido otra razón que la falta de tiempo libre y el temor de no poder consagrarse a esa nueva tarea, pues la secretaría de la alcaldía y sus ocupaciones personales le tomaban todo el tiempo libre que le dejaban los muchachos del pueblo.

—Sí, sé que usted está muy ocupado. Y hasta he llegado a creer que ciertos artículos no firmados de La France du Sud-Ouest… —agregó en un tono que ponía en evidencia la atracción que ese hombre ejercía sobre ella.

Las mejillas y las orejas del preceptor volvieron a enrojecer. Para abreviar, hizo algunas preguntas sobre Guillaume. ¿El pequeño escribía y leía de corrido? Siendo así, no se había perdido nada.

Paule permanecía indecisa. Era importante no desanimarlo de entrada y, al mismo tiempo, ponerlo en antecedentes de la imbecilidad de su futuro alumno. Sí, afirmó: leía y releía dos o tres libros. Hojeaba sin cesar una colección de revistas de fines de siglo, aunque jamás habían tenido pruebas de que pudiera retener algo. ¡Oh! Y además no era muy atrayente, no, ni muy repulsivo. ¡Su pobre «mico»! Era preciso ser madre; a ella misma, a veces, le costaba soportarlo…

El preceptor sufría por ella. Propuso tomar al pequeño en observación, por la tarde, a eso de las cinco, después de la salida de los niños. Pero no se comprometía a nada antes de haberlo visto… Paule le tomó las dos manos, y con la voz sofocada por una emoción semifingida, agregó:

—Pienso en la comparación que usted no podrá evitar de hacer entre mi desdichado pequeño y su Jean-Pierre.

Volvió un poco la cabeza como para ocultar su vergüenza. ¡Qué inspirada estaba ese día! Esa pareja de preceptores acostumbrada a una atmósfera hostil, sospechosos a los campesinos como a los propietarios, tratados por el clero como enemigos públicos, jamás habrían podido imaginar que lo que les sucedía fuera posible. Alguien del castillo tenía que pedirles un favor; venía a implorarlo, y no solamente los admiraba, sino que los envidiaba. ¡Con qué humildad había hecho alusión a su marido y a su hijo degenerado! Robert, un poco excitado por la aventura y recordando que esa boina y ese impermeable disfrazaban a una baronesa auténtica, arriesgó con tono bondadoso:

—Pero, señora, me sorprende que no tema mi influencia sobre el pequeño… ¿Usted conoce mis ideas?

La risa le arrugaba las sienes; de sus ojos estirados no se veía más que el brillo.

—Usted no me conoce —dijo Paule gravemente—. Usted no sabe quién soy.

No la creerían si les aseguraba que deseaba que su pobre hijo fuera capaz de sentir esa influencia.

Así preparaba sus futuras confidencias. No había que agregar nada ni estropear nada. Ya se despedía de sus huéspedes, sorprendidos por lo que acababa de decirles respecto a sus ideas. Convinieron en que llevaría a Guillaume al día siguiente, después de las cuatro de la tarde. Y de pronto, tomando un tono de gran señora, imitado de su suegra y de su cuñada Arbis agregó:

—¡Muy agradecida! ¡No sabéis el bien que me habéis hecho! Sí, sí. ¡Vosotros no podéis saberlo!

(Continuará…)

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