El mico (Final)

François Mauriac

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—Es evidente que tú le gustas —dijo Léone.

Desocupó la mesa y, suspirando, tomó una pila de deberes para corregir.

—Ya no la encuentro tan antipática.

—¡Miren eso! Te trata con deferencia: pero ¿qué quieres que te diga? Desconfíale.

—La creo un poco loca… De cualquier modo, es una exaltada.

—Una loca que sabe lo que quiere. Acuérdate de lo que se cuenta… ¡Su historia con el cura! Ponte en guardia.

Él se levantó, estiró sus grandes brazos y dijo:

—No me gustan las mujeres con barba.

—No estaría tan mal si estuviera mejor arreglada —observó Léone.

—Ahora recuerdo lo que me dijo Lousteau; no es verdaderamente una noble. Es la hija o la sobrina de Meuliére, el exalcalde de Burdeos… ¿Por qué te ríes?

—Porque pareces defraudado de que ella no sea una noble verdadera…

Robert, con aire furioso, los hombros alzados y soplando su pipa, fue hasta el umbral de la puerta y se apoyó en la pared.

Mientras su madre se ocupaba de entregarlo al preceptor rojo, la pequeña liebre, desalojada de su madriguera y sin esperanzas de poder agazaparse en ella, parpadeaba ante la luz enceguecedora de las personas mayores. Durante la ausencia de su madre había estallado una diferencia entre las tres divinidades favorables: papá, Mamie y Fräulein. A decir verdad, abuela y Fräulein tenían frecuentes peleas, siempre sobre temas insignificantes. A veces la austríaca se permitía palabras cuya brutalidad era más evidente por el uso siempre respetuoso de la tercera persona. Pero ese día Guillaume comprendía confusamente que hasta Fräulein deseaba que fuera entregado al preceptor.

—¿Por qué no podría llegar a ser un señor instruido? ¡Creo que vale tanto como los otros! Y volviéndose hacia Guillaume:

—Ve a divertirte afuera; ve, mi pollito; ve, mi pajarito…

Salió. Luego se deslizó de nuevo en la cocina. ¿Acaso no estaba admitido que nunca escuchaba, y que, por otra parte, no entendía nada?

La baronesa, sin dignarse responder a Fräulein, arengaba a su hijo, sentado en su sillón favorito, delante de la chimenea de la cocina. Allí pasaba las tardes lluviosas de invierno haciendo fósforos de papel o lustrando los fusiles de su padre, de los que nunca había hecho uso.

—Galeas, muestra tu autoridad una vez en tu vida —suplicaba la anciana—. No tienes más que decir una palabra: «¡No y no! Yo no quiero entregar mi hijo a ese comunista…». Después deja pasar la tormenta.

Pero Fräulein protestaba:

—No escuches a la señora baronesa —tuteaba a Galeas, pues lo había criado—. ¿Por qué Guillou no habrá de ser instruido como los niños de Arbis?

—Deje tranquilos a los Arbis, Fräulein. No tienen nada que ver en el asunto. No quiero que mi nieto tome ideas de ese hombre. ¡Eso es todo!

—¡Pobre pichón! Como si le fueran a hablar de política.

—No se trata de política… ¿Y la religión? ¿Qué hace con ella? Todavía no sabe bien el catecismo…

Guillaume observaba a su padre, inmóvil, los ojos fijos en los sarmientos abrasados. No daba señales de inclinarse por un lado u otro.

Guillou, con la boca abierta, trataba de comprender.

—En el fondo, a la señora baronesa le importa muy poco que él viva, más tarde, como un campesino… Después de todo, ¡quién sabe si no es lo que ella desea!

—Usted no tiene por qué abogar ante mí a favor de mi nieto. De todos modos, es el colmo —insistió la baronesa con un tono falsamente indignado y que traicionaba cierta confusión.

—Sí, sí. La señora baronesa quiere mucho a Guillou, está contenta de tenerlo aquí, cerca; pero es con los otros con quienes cuenta cuando piensa en el porvenir de la familia…

La baronesa trató a Fräulein de «atolondrada». Pero la voz agria de la austríaca dominaba fácilmente a la de su ama.

—La prueba está en que después de la muerte de Georges se convino en que el mayor de los Arbis, Stanislas, agregaría el nombre de Cernes al nombre de Arbis, como si en este mundo no quedara nada de Cernes; como si Guillou no se llamara Guillaume de Cernes.

—El pequeño escucha —dijo de pronto Galeas.

Y volvió a caer en su silencio. Fräulein tomó al niño por los hombros y lo empujó dulcemente hacia afuera. Pero él permaneció en la antecocina, desde donde oyó gritar a Fräulein:

—He aquí uno que no habría podido llamarse Désiré cuando nació. ¿Recuerda la señora baronesa que me dijo que no debía ser frecuente que un enfermo diera un hijo a su enfermera…?

—Yo no le he dicho tal cosa, Fräulein.

Galeas estaba muy bien de salud… No entra en mis costumbres ser tan grosera.

—En fin, la señora baronesa debe recordar que el niño no estaba previsto en el programa. Yo, que conocía a mi Galeas, sabía que no era más lerdo que otros, como bien se ha visto.

Una llama de sospecha brilló entre los rosados párpados sin pestañas de la austríaca. «Ojos de marrana…», le había dicho un día la señora de Galeas. La baronesa, ofendida, le dio la espalda.

Guillou, con la nariz aplastada contra el vidrio de la antecocina, miraba saltar las gotas de lluvia, cada una de las cuales era como un pequeño personaje danzarín. Las personas mayores se ocupaban de él sin cesar y estaban divididas al respecto. No habrían podido llamarlo Désiré. Él habría querido volver a pensar en esas historias que se narraba a sí mismo y que sólo él conocía, pero esta vez era imposible evadirse, a menos que el preceptor hubiera mantenido su negativa. Entonces Guillou sería tan feliz, que le importaría muy poco no haber sido deseado.

Sólo pedía no ser mezclado con otros niños que le harían sufrir; no tener nada que ver con maestros que hablan a gritos, que se exasperan y que articulan palabras desprovistas de sentido, en un tono duro.

Mamie no lo había deseado; ¡su madre tampoco! ¿Sabrían ellas por anticipado que él no sería como los otros? ¿Y el pobre papá? De cualquier modo, no sería él quien lo libraría del preceptor.

Cómo se agotaba la baronesa repitiéndole:

—Sólo tienes que decir «no»… ¡No es tan difícil, que digamos! Puesto que te repito que no tienes más que decir «no»… No tienes más que decir «no»…

Pero Galeas, sin responder nada, sacudía su gruesa cabeza gris y rizada.

Por fin, dijo:

—No tengo derecho…

—¿Qué quieres decir con eso, Galeas? El padre tiene todos los derechos en lo que concierne a la educación de los niños.

Pero, siempre sacudiendo la cabeza con aire terco, repetía: «No tengo derecho…».

Fue entonces cuando Guillaume volvió llorando y se abalanzó contra las piernas de Fräulein, diciendo:

—¡Aquí está mamá! Ríe sola. Seguramente el preceptor ha aceptado.

—¿Y qué hay con eso? Él no te comerá tontito. Limpíele la nariz, Fräulein. Este niño está asqueroso.

Desapareció por el lavadero en el momento en que su madre pasaba, triunfante, el umbral de la cocina.

—Todo está arreglado —dijo—. Llevaré a Guillaume mañana, a las cuatro de la tarde.

—Si su marido consiente.

—Seguro, madre. Pero, por supuesto, él consiente. ¿Verdad, Galeas?

—De cualquier modo, hija mía, le aseguro que el pequeño le va a dar que hacer. —Y a todo esto, ¿dónde está? —preguntó Paule—. Me parece que le he oído sollozar.

Entonces vieron a Guillaume que salía del lavadero con su aspecto más miserable, la cara embadurnada de mocos, saliva y lágrimas.

—¡No iré! —gimió sin mirar a su madre—. ¡No iré a casa del preceptor!

Paule siempre se había avergonzado de él, y ese día, detrás de ese pequeño ser que hacía muecas, aparecía el padre en su sillón. La boca abierta del niño era la réplica de esa otra boca mojada y fría. Con cólera contenida y voz casi dulce, Paule dijo:

—No podré arrastrarte hasta allí a la fuerza. No nos quedará, pues, otro recurso que ponerte de pupilo en el Liceo.

La baronesa se alzó de hombros.

—Usted sabe que no aceptarán al pequeño desdichado.

—Entonces no veo otra solución que un reformatorio…

Había amenazado a Guillou tan a menudo con eso, que él ya se hacía una vaga y terrorífica idea de las casas de corrección. Se puso a temblar y gimió:

—¡No, mamá! No, no… Y se arrojó contra Fräulein escondiendo la cara en su pecho blando.

—No lo creas, pichón… ¿Piensas que la dejaré…?

—Fräulein no tiene nada que ver con este asunto. Y esta vez no es broma. Ya me he informado y tengo las direcciones —agregó Paule con cierta alegre excitación.

Lo que acabó de abrumar al niño fue la carcajada de su vieja Mamie.

—¿Por qué no ponerlo en una bolsa, hija mía? ¿Por qué no tirarlo al río como a un gatito?

Loco de terror, el pequeño se frotaba la cara con el pañuelo sucio:

—¡No, Mamie, en una bolsa no!

No tenía ningún sentido de la ironía y tomaba todo al pie de la letra.

—¡Tontito! —dijo la baronesa atrayéndole hacia sí.

Pero sin brusquedad volvió a alejarlo.

—No se sabe por dónde tomarlo. ¡Qué sucio! Llévelo, Fräulein. Ve a limpiarte, ve…

Le castañeteaban los dientes:

—Iré a casa del preceptor, mamá. ¡Seré muy juicioso!

—¡Ah! Por fin eres razonable. Fräulein le lavaba la cara en el grifo de la pileta.

—Es para asustarte, mi pichón; no lo creas, búrlate de ellas.

Galeas, entonces, se irguió y sin mirar a nadie dijo:

—Ahora hay sol. ¿Me acompañas al cementerio, pequeño?

Guillou temía los paseos con su padre; pero esta vez se dejó tomar la mano con gusto y, siempre sollozando, lo siguió.

Ya no llovía. La hierba empapada brillaba bajo el sol tibio. El camino contorneaba el pueblo, a través de las praderas. Habitualmente Guillaume tenía miedo de las vacas que levantan la cabeza y siguen a uno con la vista, como si vacilaran en abalanzarse. Su padre le apretaba la mano sin pronunciar una palabra. Habrían podido caminar horas sin decirse nada. Guillou no sabía que el pobre hombre estaba desesperado por ese silencio y que trataba, en vano, de fijar una idea. Pero él nada tiene que decir a un muchachito. Entraron en el cementerio por una brecha llena de ortigas, detrás del presbiterio de la iglesia.

Las tumbas todavía estaban cubiertas con ramos marchitos del día de Todos los Santos. Galeas soltó la mano de su hijo y tomó una carretilla. Guillaume lo miró alejarse. Esa tricota zurcida, de color pardo; esos fondillos del pantalón que parecían vacíos; esa enorme pelambre bajo la boinita: eso era su padre. Permaneció sentado sobre una lápida semidesaparecida, entibiada un poco por el sol de otoño. Sin embargo, sentía frío; pensó que podría enfermarse, que al día siguiente no podría salir. La muerte… Volverse como esos que trataba de imaginar en esa tierra grasa: los muertos. Esos topos humanos, cuya presencia se manifiesta por pequeños montículos.

Más allá del muro veía la campiña, ya inhabitable ante la proximidad del invierno: las viñas ateridas; la tierra como aceitosa, viscosa, elemento inhumano donde hubiera sido tan loco aventurarse como sobre las olas del mar. Abajo de la colina corría hacia el río Ciron un arroyo hinchado por las lluvias y se acumulaba un misterio de marismas y tallares inextricables. Guillou había oído decir que allí se veía, algunas veces, levantar vuelo a una becada.

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El niño expulsado de su madriguera temblaba de miedo y de frío en medio de la vida hostil y de la naturaleza enemiga.

En el flanco de las colinas estallaba el rojo industrial de las tejas nuevas, pero por instinto su mirada buscaba el rosado, deslucido por las lluvias, de las viejas tejas redondas. Muy cerca de él, las grietas deshonraban el presbiterio de la iglesia; un vitral estaba rajado. Sabía que «Dios no estaba más allí», que el señor cura no quería dejar ahí a Dios por temor a los sacrilegios. Dios tampoco estaba en la capilla del castillo, donde Fräulein amontonaba escobas, cajones, sillas rotas. ¿Dónde residía el Dios de ese mundo cruel? ¿Dónde, pues, había dejado algún rastro?

Guillou sintió frío. Una ortiga le quemó la pantorrilla. Se levantó y dio algunos pasos hasta la pirámide del monumento a los muertos que se había inaugurado el año anterior. Trece nombres para el pueblito: de Cernes, Georges; Loclotte, Jean; Lapeyre, Joseph; Lapeyre, Ernest; Lartigue, Rene… Guillou veía la tricota color pardo de su padre agacharse y levantarse entre las tumbas; oyó el rechinar de la rueda de la carretilla. Mañana sería entregado al preceptor rojo. El preceptor podría morir, súbitamente esa noche. Quizá sucediera algo: un ciclón, un terremoto… Pero no, nada haría callar jamás esa voz terrible de su madre; nada apagaría esos malvados ojos clavados sobre él, que a la vez lo hacían consciente de su flacura, de sus rodillas sucias, de sus calcetines caídos. Entonces Guillaume volvía a tragar saliva y para desarmar a su enemiga trataba de cerrar la boca… Pero la voz exasperada estallaba (y él creía oírla aún, en ese pequeño cementerio donde él tiritaba): «Vete donde quieras, pero que no te vea más».

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A esa misma hora, Paule había encendido el fuego en su dormitorio y pensaba. Uno, voluntariamente, no puede hacerse amar; no es libre para agradar, pero ningún poder de la tierra o del cielo podría impedir a una mujer elegir un hombre y escogerlo por dios. Ni a él mismo le concierne puesto que nada se le pide en cambio. Está resuelta a hacer de ese ídolo el centro de su vida. No le falta más que levantar un altar en su desierto y consagrarlo a esa divinidad de cabellos rizados.

Los otros terminan siempre por implorar a su dios, pero ella está resuelta a no esperar nada del suyo. No le quitará más que lo que se puede tomar de un ser, sin que él lo sepa. ¡Milagroso poder de la mirada solapada y del pensamiento incontrolable! Tal vez un día le fuera dado arriesgar un gesto; tal vez ese dios soporte el contacto de una boca sobre su mano…

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3

Su madre lo arrastraba rápidamente por la carretera hendida de huellas llenas de agua de lluvia. Se cruzaron con los niños de la escuela que entraban en sus casas sin hablar ni reír. Las carteras, invisibles, que llevaban sobre la espalda, hinchaban sus abrigos. Los ojos, sombríos o claros, de esos jorobaditos, resplandecían en el fondo de los capuchones. Guillou pensaba que si hubiese tenido que trabajar y jugar con ellos, habrían sido sus verdugos. Pero sería entregado al preceptor, solo. No se ocuparía más que de él, y sobre él concentraría ese temible poder de las personas mayores, para fastidiar al pequeño Guillou con sus preguntas, para acosarlo con explicaciones y argumentos. Ese poder no se agotaría sobre una clase entera. Guillou, solo, debería hacer frente a ese monstruo de la ciencia, indignado y exasperado contra un niño que ignora hasta el sentido de las palabras con que se lo aturde.

Iba a la escuela a la hora en que los otros muchachos salían de ella. Eso lo impresionó. Tuvo como una sensación de su diferencia, de su soledad. La mano seca y cálida que retenía la suya estrechó su apretón. Una fuerza indiferente, si no enemiga, lo remolcaba. Su madre, encerrada en un universo desconocido de pasiones y pensamientos, no le dirigió la palabra ni una sola vez.

He aquí ya las primeras casas en el crepúsculo bañado y perfumado por sus humos; el resplandor de las lámparas y de las llamas detrás de los vidrios empañados, y la claridad más viva del hotel Dupuy. Había dos carros detenidos; las anchas espaldas de los boyeros se movían delante del mostrador. Un minuto más, Esa luz: era allí… Recordó la gruesa voz que adoptaba Mamie cuando contaba el Pulgarcito: «¡Es la casa del ogro!». Ahora él distinguía, a través de los vidrios de la puerta, a la mujer del ogro, sin duda al acecho de su presa.

—¿Por qué tiemblas, imbécil? El señor Bordas no te comerá.

—¿Quizá tenga frío?

Paule se encogió de hombros y dijo con tono exasperado:

—No. Es nervioso. No se sabe por qué le ocurre eso. A los dieciocho meses tuvo convulsiones…

Los dientes de Guillou castañeteaban. No se oía más que ese castañeteo y el péndulo del gran reloj.

—Léone, quítale los zapatos —dijo el ogro—. Ponle las pantuflas de Jean-Pierre.

—Por favor —protestó Paule—. No se tomen esa molestia.

Pero Léone ya volvía con un par de pantuflas. Tomó a Guillou sobre sus rodillas, le quitó el abrigo y se acercó al fuego.

—Un muchacho grande como tú —dijo su madre—. ¿No tienes vergüenza? No he traído ni libros ni cuadernos —agregó.

El ogro aseguró que no los necesitaba. Esa tarde se contentarían con hablar y trabar relación.

—Volveré dentro de dos horas —dijo Paule.

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Guillou no oyó las palabras que su madre y el preceptor cambiaron a media voz, sobre el umbral. Supo que ella había partido, porque no sentía más frío. La puerta había sido cerrada.

—¿Quieres ayudarnos a desgranar porotos? —preguntó Léone—. Pero tal vez tú no sepas hacerlo.

Él rió y dijo que siempre ayudaba a Fräulein. Lo tranquilizaba que se le hablara de porotos. Se aventuró a agregar:

—En casa los han recogido hace mucho tiempo.

—¡Oh! Éstos son los tardíos —dijo la institutriz—. Muchos están podridos; hay que clasificarlos.

Guillou se acercó a la mesa y se puso a trabajar. La cocina de los Bordas era igual a todas las cocinas, con la gran chimenea de cuya cremallera pendía la olla; la larga mesa, los calderos de cobre sobre un estante y, sobre otro, potes con encurtidos, y dos jamones envueltos en bolsas, suspendidos de las vigas… Y sin embargo, Guillou había penetrado en un mundo extraño y delicioso. ¿Era quizá el olor de la pipa del señor Bordas, que aun apagada no se la quitaba de la boca? Pero, sobre todo, había libros por todas partes, montones de periódicos sobre el aparador y sobre una mesita al alcance de la mano del maestro. Con las piernas estiradas y sin prestar ninguna atención a Guillou, el señor Bordas cortaba las páginas de una revista con tapa blanca y título rojo.

En la campana de la chimenea estaba colgado un retrato de un hombre gordo y barbudo, con los brazos cruzados. Había una palabra impresa en la parte inferior, que el niño, desde su lugar, trataba de deletrear a media voz: Jau… Jau…

—Jaurés —dijo de pronto el ogro—. ¿Sabes quién era Jaurés?

Guillou sacudió la cabeza. Léone intervino:

—¿Vas a comenzar hablándole de Jaurés?

—Es él quien me habla de Jaurés —dijo el señor Bordas.

Reía. A Guillou le gustaban esos ojos achicados por la risa. Él había querido saber quién era Jaurés. No le molestaba clasificar porotos. Hacía un montón con los que estaban picados. Lo dejaban tranquilo. Podía pensar en lo que quería, observar al ogro, a la ogresa y su casa.

—¿Quizá estés aburrido de hacer eso? —preguntó de pronto el señor Bordas.

El preceptor no leía su revista: descifraba el índice, cortaba las páginas, se detenía en las firmas, aproximaba el fascículo a su rostro, lo husmeaba con glotonería. Esa revista que venía de París… Pensaba en la inmensa felicidad de los hombres que colaboraban en ella. Trataba de representarse sus rostros, la sala de redacción donde se reunían para cambiar opiniones; esos hombres que saben todo, «que han rumiado las ideas…». Léone ignoraba que había enviado un estudio sobre Romain Rolland a la revista. Recibió una respuesta muy cortés, pero negativa. El estudio tenía un carácter político demasiado acentuado.

La lluvia que corría desbordaba las goteras. No se vive más que una vez. Robert Bordas jamás conocería esa vida de París. El señor Lousteau afirmaba que la vida en Cernes le podía proporcionar tema para un libro… Le aconsejó escribir su diario, pero él no se interesaba en sí mismo. Los otros tampoco le interesaban mucho. Hubiera querido persuadirlos, imponerles sus ideas, pero eran tan simples que no atraían su atención… Estaba dotado para hablar y para el artículo rápido. El señor Lousteau encontraba que sus artículos de La France du Sud-Ouest eran superiores a todo lo que se publicaba en París, salvo en L’Action Francaise. En L’Humanité, según Lousteau, no había nadie que valiera la pena. París… Había prometido a Léone que nunca dejaría Cernes, ni siquiera cuando Jean-Pierre estuviera en la Escuela Normal… Ni siquiera más tarde, cuando su hijo, una vez llegado a la meta, ocupara la primera fila. Sería menester no molestarlo, no estorbarlo. «Cada uno en su lugar», decía Léone.

Robert tenía la frente pegada al vidrio de la puerta; se dio vuelta y vio los tiernos ojos de Guillou, húmedos, fijos en él, que se desviaron al momento. Recordó que al niño le gustaba leer.

—Pequeño, ¿estás cansado de desgranar porotos? ¿Quieres que te preste un libro con figuras?

Guillou respondió que le era igual que tuviera o no figuras.

—Muéstrale la biblioteca de Jean-Pierre y podrá elegir —dijo Léone.

Precedido por el señor Bordas, quien llevaba una lámpara Pigeon, el niño atravesó el dormitorio del matrimonio. Le pareció magnífico. Sobre el enorme lecho esculpido se extendía majestuoso un edredón de color cereza, como si, sobre la colcha, se hubiera vertido jarabe de grosellas. Muy cerca del techo se veían algunas fotografías ampliadas. Después, el señor Bordas lo hizo entrar en una habitación más pequeña que olía a encierro. El preceptor levantó con orgullo la lámpara y Guillou admiró el dormitorio del hijo.

—Evidentemente, en el castillo se debe estar mejor alojado…, pero de todas maneras —agregó satisfecho el preceptor—, no está mal…

El niño, deslumbrado, no podía creer lo que veían sus ojos. Por primera vez el pequeño castellano pensó en el reducto donde dormía. Reinaba allí el olor de la señorita Adrienne —encargada de cuidar la ropa blanca del castillo—, pues allí la señorita Adrienne pasaba las tardes. Un maniquí inservible se erguía al costado de la máquina de coser. Una cama plegadiza, recubierta con una funda, era utilizada por Fräulein durante las enfermedades de Guillou. De pronto se imaginó la alfombra gastada, sobre la cual, tan a menudo, había volcado su bacinilla. Jean-Pierre Bordas tenía ese dormitorio para él solo; esa cama pintada de blanco con dibujos azules; esa biblioteca provista de libros.

—Casi todos son premios —dijo el señor Bordas—. Siempre ha ganado todos los premios de su clase.

Guillou rozaba con la mano cada volumen.

—Elige el que quieras.

—¡Oh! La isla misteriosa… ¿Usted la ha leído? —preguntó, los ojos brillantes dirigidos hacia el señor Bordas.

—Sí, cuando tenía tu edad —dijo el preceptor—. Pero la he olvidado…¡Creo que es una historia de Robinson!

—¡Oh! ¡Es mucho mejor que Robinson! —exclamó Guillou con fervor.

—¿Por qué es mejor?

Pero ante esa brusca pregunta, se encerró en su torre. Retomó su aire ausente, casi atontado.

—Yo creía que era su continuación —prosiguió el señor Bordas después de un silencio.

—Sí, es preciso haber leído Veinte mil leguas de viaje submarino y Los hijos del capitán Grant. Yo no conozco Veinte mil leguas de viaje submarino… Pero eso no impide comprender, ¿sabe? Salvo cuando Cyrus Smith fabrica cosas, como la dinamita… Siempre salto esa página…

—¿No hay un hombre abandonado que los compañeros del ingeniero descubren en una isla vecina?

—Sí, sí, Ayrton, ¿lo recuerda? Es tan hermoso cuando Cyrus Smith le dice: «Tú eres hombre, puesto que lloras…».

El señor Bordas, sin mirar al niño, tomó el grueso libro rojo y, tendiéndoselo:

—Toma; busca el lugar… Creo recordar que hay una lámina.

—Es al final del capítulo quince —dijo Guillou.

—Veamos, léeme toda la página… Eso me hará recordar mi niñez.

El señor Bordas encendió una lámpara de queroseno e instaló a Guillou delante de la mesa donde Jean-Pierre había dejado manchas de tinta. El niño comenzó a leer con voz ahogada. Al principio, el preceptor no captó más que algunas palabras. Estaba sentado un poco hacia atrás, en la sombra, y casi reteniendo su aliento como si hubiese temido espantar a un pájaro salvaje. Después de algunos minutos, la voz del lector se hizo más cálida… Sin duda, había perdido conciencia de que se le escuchaba:

Llegaron al lugar donde crecían los primeros hermosos árboles de la selva, cuyo follaje era ligeramente agitado por la brisa; el desconocido pareció sorber con embriaguez ese penetrante olor que impregnaba la atmósfera y un largo suspiro se escapó de su pecho. Los colonos se mantenían detrás, listos para retenerlo si hubiera hecho un movimiento para escaparse. Y en efecto, el pobre ser estuvo a punto de lanzarse al riachuelo que lo separaba de la selva y sus piernas se aflojaron, por un instante, como un resorte… Pero casi en seguida se replegó sobre sí mismo, se desplomó a medias y una gruesa lágrima fluyó de sus ojos. «¡Ah! —exclamó Cyrus Smith—, hete aquí vuelto hombre, puesto que lloras».

—¡Qué hermoso es! —dijo el señor Bordas—. Ahora recuerdo… ¿No es que la isla había sido atacada por los presidiarios?

—Sí, Ayrton es el primero que reconoce el pabellón negro… ¿Quiere que lo lea?

El preceptor apartó un poco su silla. Habría podido, habría debido maravillarse de oír la voz ferviente de ese niño que pasaba por idiota. Habría podido y habría debido alegrarse de la tarea que se le había asignado; del poder que tenía para salvar a ese pobre ser tembloroso. Pero no oía al niño más que a través de su propio tumulto. Era un hombre de cuarenta años, lleno de deseos e ideas y jamás saldría de esa escuela que se levantaba al borde de una ruta desierta. Comprendía y juzgaba todo lo que estaba impreso en la revista, de la que aspiraba el olor a tinta y cola. Todos los debates suscitados le eran familiares, aunque no pudiera comentarlos más que con el señor Lousteau. Léone hubiera sido capaz de comprender muchas cosas, pero prefería dedicarse a las tareas domésticas. Su actividad física crecía con la pereza de su espíritu. Por la noche se enorgullecía de no poder mantener los ojos abiertos; tal era su cansancio. Era bastante inteligente como para comprender que su marido sufría y a veces lo compadecía; pero Jean-Pierre sería su desquite. Creía que un muchacho, a la edad a que había llegado su marido, se conformaría con ver cumplido su destino en un hijo… ¡Eso era lo que ella creía! Notó que al fin del capítulo el niño se había detenido.

—¿Debo continuar?

—No —dijo el señor Bordas—, descansa. Lees muy bien. ¿Quieres que te preste un libro de Jean-Pierre?

El niño se levantó vivamente y comenzó de nuevo a examinar los libros uno a uno, deletreando los títulos a media voz.

—Sin familia. ¿Es bonito?

—A Jean-Pierre le gustaba mucho. Ahora lee libros más serios.

—¿Cree usted que comprenderé?

—¡Seguro que comprenderás! Con mis clases no tengo mucho tiempo para leer… Pero cada día me contarás la historia y así me distraerás.

—¡Eso dice usted!; pero bien sé que es en broma…

Guillou se había aproximado a la chimenea. Examinaba una fotografía apoyada contra el espejo: alumnos del Liceo agrupados alrededor de dos profesores con lentes, cuyas gruesas rodillas estiraban los pantalones.

Preguntó si Jean-Pierre estaba entre ellos.

—Sí, en la primera fila, a la derecha del profesor.

Guillou pensó que lo habría reconocido aunque no se lo hubieran señalado. Entre tantas caras insignificantes, ese rostro resplandecía. ¿Era por todo lo que se le había contado de Jean-Pierre? Por primera vez el niño discernía una faz humana. Hasta entonces sólo había podido permanecer largos instantes contemplando una imagen o interesarse por los rasgos de un héroe inventado. De pronto pensó que ese muchacho de amplia frente y rizos cortos, y ese pliegue entre las cejas, era el mismo que leía esos libros, que trabajaba en esa mesa, que dormía en esa cama.

—Entonces, ¿este cuarto es sólo de él? ¿No se puede entrar si él no quiere?

En cambio, él no estaba solo más que en el retrete… La lluvia corría sobre el techo. Qué dulce debía de ser vivir allí, en medio de libros, bien resguardado…, fuera del alcance de los otros hombres. Pero él, Jean-Pierre, no tenía ninguna necesidad de protección: era el primero de su clase en todas las materias. Hasta había obtenido el premio de gimnasia, decía el señor Bordas. Léone entreabrió la puerta.

—Allí está tu mamá, hombrecito.

De nuevo siguió al preceptor, que llevaba la lámpara. Atravesó la cámara nupcial. Paule de Cernes había acercado al fuego sus zapatos embarrados. Según su costumbre, debía haber errado por los caminos…

—¡Seguramente usted no habrá podido sacarle nada!

El preceptor protestó diciendo que de ningún modo había estado mal. El niño bajaba la cabeza; Léone le abotonaba el abrigo.

—Si usted quiere acompañarme un instante, me podría dar su impresión—dijo Paule—. No llueve más.

El señor Bordas descolgó su impermeable. Su mujer lo siguió hasta el dormitorio. ¡No iba a correr por los caminos, de noche, con esa loca! Lo señalarían con el dedo. Pero él la rechazó con aspereza. Paule, que había adivinado el motivo de la disputa, fingió no haber oído nada y, sobre el umbral, todavía abrumaba a Léone con demostraciones y agradecimientos. ¡Por fin! Ya avanzaba en la noche mojada, al lado del preceptor. Dijo a Guillou:

—Camina delante. No te quedes pegado a nuestras piernas.

Después, con voz insistente, inquirió:

—No me oculte nada. Por penoso que sea su juicio para una madre…

Robert había moderado el paso. ¿Cómo no dar la razón a Léone? No tenía que atravesar el charco de luz que se veía delante de la puerta del hotel Dupuy. Pero aunque hubiese estado seguro de no ser visto, se habría mantenido a la defensiva. ¿Acaso había sido otra su actitud, desde su adolescencia, con respecto a las mujeres? Siempre eran ellas quienes lo buscaban y él quién se escondía, pero no para ser perseguido. Como ya se acercaban al hotel Dupuy, se detuvo.

—Mañana conversaremos mejor, en casa, al terminar la mañana. Yo salgo de la alcaldía un poco antes del mediodía.

Ella sabía por qué Bordas no daría un paso más. Se alegró de lo que le parecía un comienzo de complicidad.

—Sí, sí —susurró ella—, será mejor.

—Hasta mañana a la tarde, mi pequeño Guillaume. Me leerás Sin familia.

El señor Bordas se contentó con tocar su boina con un dedo. Paule ya no lo veía, pero oía aún el ruido del bastón al chocar contra los guijarros.

También el niño permaneció algunos segundos inmóvil en medio del camino, vuelto hacia esa luz que iluminaba la casa de Jean-Pierre Bordas.

Su madre lo tomó por el brazo. No le hacía ninguna pregunta: no había nada que sacar de él.

Por otra parte, ¿qué le importaba? Mañana tendría lugar el primer encuentro, la primera conversación a solas. Ella apretaba demasiado fuerte la pequeña mano de Guillou y sus pies, a veces, sentían el frío del agua de lluvia.

—Acércate al fuego —dijo Fräulein—. Estás empapado, hecho una sopa.

Todos tenían los ojos clavados en él. Había que responder a sus preguntas.

—Y bien. ¿No te comió crudo el maestro?

Él movió la cabeza.

—¿Qué es lo que hiciste durante esas dos horas?

No sabía qué responder. ¿Qué había hecho exactamente? Su madre le pellizcó el brazo:

—¿No oyes? ¿Qué has hecho durante esas dos horas?

—Desgrané porotos…

La baronesa levantó sus viejas manos:

—¡Te han hecho desgranar sus porotos! ¡Magnífico! —repetía, imitando sin darse cuenta a sus nietos Arbis—. ¿Oye usted, Paule? El preceptor y su mujer se dan el lujo de hacerse desgranar sus porotos por mi nieto. ¡Habráse visto! ¿Y no te pidieron que les barrieras la cocina?

—No, Mamie; solamente he desgranado porotos… Había muchos podridos y era necesario clasificarlos.

—En seguida han visto de lo que es capaz —dijo Paule.

Fräulein protestó:

—Yo pienso que no han querido asustarlo el primer día.

Pero la baronesa sabía lo que se podía esperar de «esas gentes» cuando uno se mezcla con ellos.

—Esas gentes han sido muy felices al jugarnos esa broma. Han creído vejarme, pero se equivocan si piensan que han podido herirme en lo más mínimo…

—Si trataran mal a Guillou —interrumpió agriamente Fräulein—, estoy bien segura de que la señora baronesa no lo soportaría. ¿Acaso no es su nieto?

Entonces se alzó la voz de Guillou:

—¡El preceptor no es malo!

—¿Por qué te ha hecho desgranar porotos? Te gustan los trabajos de sirvientes, de holgazanes… Pero también te hará leer, y escribir, y contar… Y con él —agregó Paule—, eso tiene que marchar. ¡Piensa! ¡El preceptor!

Guillou, en voz baja y temblorosa, repitió: «No es malo, ya me ha hecho leer y dice que leo bien…». Pero su madre, Mamie y Fräulein reñían de nuevo y no le oyeron. ¡Tanto peor! o ¡tanto mejor! Él guardaría su secreto. El preceptor le había hecho leer en voz alta La isla misteriosa. Mañana comenzaría Sin familia. Todas las tardes iría a casa del señor Bordas. Miraría, todo el tiempo que quisiera, la fotografía de Jean-Pierre. Quería con locura a Jean-Pierre. Durante las vacaciones de verano se haría su amigo. Uno a uno, hojearía todos los libros de Jean-Pierre: esos libros que habían sido tocados por las manos de Jean-Pierre. No por el señor Bordas, sino por ese muchacho desconocido, Guillou se sentía desbordante de dicha y esa noche guardaba esa dicha para sí, durante la interminable comida en la cual los dioses irritados estaban separados por etapas de silencio, en las que Guillou oía masticar y deglutir a Galeas. Esa dicha lo embargaba aun mientras se desnudaba casi a tientas entre el maniquí y la máquina de coser; mientras tiritaba bajo las sábanas manchadas; mientras recomenzaba su plegaria porque no había puesto atención en el sentido de las palabras; mientras luchaba contra el deseo de acostarse sobre el vientre. Largo tiempo después de haber sido vencido por el sueño, una sonrisa iluminaba esa vieja cara de niño, con el labio caído y mojado. Una sonrisa que quizá habría sorprendido a su madre, si ella hubiera sido de las que vienen a arropar y bendecir a su muchachito dormido.

A esa misma hora, Léone gritaba a su marido, que seguía leyendo:

—¡Mira lo que ha hecho ese mico con el libro de Jean-Pierre! Marcas de dedos por todas partes. ¡Y hasta rastros de mocos! ¿Qué idea nos llevó a prestarle los libros de Jean-Pierre?

—No son objetos sagrados… No eres la madre del Mesías…

Léone, desconcertada, subió más el tono:

—Y para empezar, no quiero ver más aquí a ese mico. Dale sus lecciones en la escuela, en la caballeriza, donde quieras, pero no en casa.

Robert cerró el libro, se levantó y fue a sentarse cerca de su mujer, delante del fuego.

—No tienes continuidad en las ideas —dijo—. Hace un instante me reprochabas el haber desairado a la vieja baronesa y ahora me guardas rencor por haber recibido demasiado bien a su nuera… Confiesa que es la mujer con barba la que te da miedo. ¡Pobre mujer con barba!

Rieron juntos.

—¡Bien orgulloso que estarías! —dijo Léone abrazándolo—. ¡Te conozco! ¡Con la dama del castillo!

—Creo que aunque quisiera no podría.

—Sí —dijo Léone—. Me has explicado lo que distingue a los hombres: están los que pueden siempre y los que no pueden siempre…

—Sí, y los que pueden siempre no viven más que para eso, pues, por más que se diga, es lo más agradable que hay en el mundo…

—Y los que no pueden siempre —prosiguió Léone; había entre ellos temas repetidos hasta el cansancio, en los que chocaban desde su noviazgo y que les ayudaban a terminar sus riñas— ésos se dan a Dios, a la ciencia o a la literatura…

—O a la homosexualidad —concluyó Robert.

Léone rió y pasó al tocador sin cerrar la puerta. Mientras se desnudaba, él le gritó:

—Sabes, me habría interesado ocuparme del mico.

Salió del tocador y vino hacia él con aire feliz, el pelo trenzado y pobre, graciosa en su camisa de bombasí de un rosado descolorido.

—Entonces, ¿renuncias?

—No es a causa de la mujer con barba. Pero he reflexionado: es necesario rectificarse. Hice mal en aceptar. Nosotros no debemos tener relaciones con el castillo. La lucha de clases no es una historia para los manuales. Está inscrita en nuestra vida de cada día. Debe inspirar toda nuestra conducta.

Se interrumpió. Ella, en cuclillas, se cortaba las uñas de los dedos de los pies; estaba resuelta a no escuchar. Con las mujeres no se puede hablar. El colchón elástico gimió bajo su cuerpo pesado. Léone se acurrucó contra él y sopló la bujía. Reinó un olor a sebo que agradaba a los dos, porque anunciaba el amor y el sueño.

—Esta noche no —dijo Léone.

Cuchichearon algo.

—No me hables más, estoy durmiendo.

—Todavía tengo algo que preguntarte: ¿Qué hacer para librarse del mico?

—No tienes más que escribir a la mujer con barba y explicarle la lucha de clases. Es una persona que comprenderá el asunto… La señorita Meuliére, ¡imagínate! Mañana por la mañana le haremos llevar la carta por un chico… ¡Mira qué clara está la noche!

Los gallos se contestaban. En el cuarto de la ropa blanca, donde Fräulein había olvidado de correr las cortinas, la luna iluminaba a Guillou: un pequeño fantasma agachado sobre su bacinilla, a cuyas espaldas se erguía, sin brazos ni cabeza, el maniquí inservible.

.

.

4

Esa carta traída por un chico había hecho descender de los dormitorios a su madre y a Mamie más temprano que de costumbre. Cuando se despertaban tenían esas terribles cabezas de los viejos que todavía no se han lavado y cuyos dientes grises engarzados en rosa llenan un vaso en la cabecera de la cama. El cráneo de Mamie resplandecía entre los mechones amarillentos y su boca vacía le aspiraba las mejillas. Hablaban las dos a la vez. Galeas, sentado a la mesa entre sus dos galgos, cuyos hocicos chasqueaban cuando él les arrojaba un bocado, bebía su café como si le hiciese daño. Se hubiera dicho que cada sorbo pasaba con dificultad. Guillaume creía que era la enorme nuez de Adán de su padre lo que atajaba los alimentos. Detenía su pensamiento sobre su padre. No quería comprender el significado de las injurias que cambiaban su madre y Mamie, con motivo de esa carta. Pero él ya sabía que nunca más entraría en el cuarto de Jean-Pierre.

—¡Entienda bien!: eso no me afecta. ¡Ese maestrito comunista! —gritaba Mamie—. Le ha escrito a usted; la afrenta es para usted, hija mía.

—¿Por qué una afrenta? Es una lección que me da y que ha tenido razón en darme; y que recibo sin vergüenza. ¿La lucha de clases? Pero si yo también creo en ella. Sin proponérmelo, lo había incitado a traicionar a la suya…

—¡Qué ocurrencia tiene usted, pobre hija mía!

—He tratado de comprometer, ante sus camaradas y jefes, a ese muchacho que tiene toda la vida por delante, que tiene el derecho de esperar todo… ¿Y por quién? ¿Puede usted decirme? Por un pequeño atrasado, por un pequeño degenerado…

—Estoy aquí, Paule.

Más que entender, ella adivinó esa protesta de Galeas, que no había levantado la nariz del tazón lleno de sopas de pan. Cuando estaba emocionado su lengua espesa no dejaba pasar más que una papilla de palabras. Agregó en voz más alta:

—Y Guillaume también está aquí.

—Parece increíble lo que hay que oír —exclamó Fräulein al tiempo que desaparecía en el lavadero.

Mientras tanto, la anciana baronesa recobraba el aliento:

—¡Me parece que Guillaume es también su hijo!

Era el odio el que aceleraba los cabeceos seniles de ese cráneo desnudo, ya preparado para la nada. Paule le susurró al oído:

—Mire, pues, a los dos. ¿No es el uno la réplica del otro? ¡Vamos! ¡Es alucinante!

La anciana baronesa se irguió, examinó a su nuera de arriba abajo y, sin contestar nada, sin una palabra para Guillou, dejó la cocina. Nada se podía descifrar en la carita gris del niño. Por otra parte, reinaba una espesa niebla; y como Fräulein jamás lavaba los vidrios de la única ventana, la cocina estaba apenas iluminada por la llamarada de los sarmientos. Los dos perros, acostados debajo de la mesa, con el hocico entre las patas, estuvieron un instante como abrasados por las llamas.

Ya nadie hablaba. Paule había colmado la medida; tenía conciencia de ello. Había ofendido a la raza, a millares de padres dormidos. Galeas se irguió sobre sus largas piernas, se secó los labios con el revés de la mano y preguntó al pequeño si tenía allí su abrigo. Él mismo lo abrochó a ese cuello de pájaro, y lo tomó de la mano. Dio un puntapié a los dos perros, que saltaban sobre él y querían seguirlo. Fräulein le preguntó a dónde iban. Paule respondió por él.

—¡Al cementerio, seguro!

Sí. Iban al cementerio. El sol rojo luchaba contra la niebla que quizá se levantaría o volvería a caer en forma de lluvia. Guillou retenía la mano de su padre, pero estaba tan húmeda que debió soltarla muy pronto. No cambiaron ni una sola palabra hasta llegar a la iglesia. La tumba de los Cernes se alza contra el parapeto del cementerio que domina el valle del Ciron.

Galeas fue a la sacristía a tomar una azada. El pequeño se sentó sobre una lápida, un poco a la expectativa. Hundió el capuchón sobre su cabeza y no se movió más. El señor Bordas ya no quería ocuparse de él. La niebla era sonora: por encima del acompañamiento ininterrumpido del molino sobre el Ciron y de la esclusa, donde los muchachos se bañan desnudos en verano, se destacaban la sacudida de un carro, el canto de un gallo y un motor monótono. Un petirrojo cantaba muy cerca de Guillaume. Habían pasado las aves de paso que a él le gustaban. El señor Bordas no quería ocuparse más de él. Ninguna otra persona lo querría. Dijo a media voz: «Me es completamente igual…». Y repitió, como para desafiar a un enemigo invisible: «Me es completamente igual…». ¡Qué batahola hacía la esclusa! Es verdad que a vuelo de pájaro no hay más que un kilómetro. Un gorrión salió de la iglesia por el agujero del vitral. «Dios no está allí…». Era una de esas cosas que decía Mamie. «Se han llevado a Dios…». No está más que en el cielo. Los niños muertos se parecen a los ángeles, y sus rostros son puros y resplandecientes. Mamie dice que las lágrimas de Guillou ensucian. Cuanto más llora, más sucia tiene la cara, porque se embadurna con sus manos llenas de tierra. Cuando vuelva, su madre le dirá… Mamie le dirá… Fräulein le dirá…

El señor Bordas no quiere ocuparse más de él. Nunca más entrará en el cuarto de Jean-Pierre. Jean-Pierre. Jean-Pierre Bordas. Es raro querer a un muchacho a quien jamás se ha visto, a quien jamás se conocerá. «Y si él me hubiese visto, me habría encontrado feo, sucio y tonto». Eso es lo que su madre le repite cada día: «Eres feo, sucio y tonto». Jean-Pierre Bordas jamás sabría que Guillaume de Cernes era feo, sucio y tonto: un mico. ¿Y qué más era? ¿Qué era lo que acababa de decir su madre? ¿Esa palabra que había sido como una piedra que papá recibiera en el pecho? Buscó, y no encontró más que «regenerado». ¿Era una palabra que se asemejaba a regenerado? Esa noche se dormiría, pero no en seguida. Habría que esperar el sueño. Esperar durante una noche igual a la de la víspera, en la que se había estremecido de felicidad; se había dormido pensando que al despertar volvería a ver al señor Bordas, que al anochecer, en el cuarto de Jean-Pierre, comenzaría a leer Sin familia… ¡Ah! ¡Pensar que en torno de él esta noche sería igual a todas las noches!…

Se levantó, caminó alrededor de la tumba de los Cernes, pasó por encima del parapeto y tomó un sendero en pendiente, que descendía hacia el Ciron.

Galeas volvió la cabeza y vio que el niño ya no estaba allí. Se aproximó al parapeto: el pequeño capuchón se movía entre los retoños de viña y se alejaba. Galeas tiró su azada y tomó el mismo sendero. Cuando estuvo a pocos metros del niño, acortó el paso. Guillou se había librado de su capuchón. No tenía boina. Su cabeza rapada, entre las grandes orejas desplegadas, parecía muy pequeña. Sus piernas eran dos sarmientos terminados en enormes zapatos. Su cuello de pollo emergía del abrigo. Galeas devoraba con los ojos a ese pequeño ser que trotaba; esa musaraña herida, escapada de una trampa, que sangraba; su hijo, igual a él. Con toda esa vida por vivir, y que, sin embargo, sufría ya desde hacía años. Pero la tortura apenas comenzaba. Los verdugos se renovarían: los de la infancia no son los de la adolescencia. Y aún había otros para la edad madura. ¿Sabría él embotarse, embrutecerse? ¿Tendría que defenderse en todos los instantes de su vida contra esa mujer siempre presente, contra esa cara de Gorgona, sucia de bilis? El odio lo sofocaba, pero con menos fuerza que la vergüenza, pues él era el verdugo de esa mujer. No la había tomado más que una vez, una sola vez; ella había sido como una perra encerrada, no por el espacio de algunos días, sino durante toda su juventud, y aún tenía años por delante para aullar por el macho ausente. ¡Y con qué sueños, acompañados de qué gestos, él, Galeas, engañaba su hambre! Cada noche; sí, cada noche… Y aun por la mañana… Tal sería el destino de ese aborto, nacido de su único abrazo, que trotaba, que se apresuraba. ¿Hacia qué? ¿Lo sabía él? A pesar de que el pequeño no había vuelto la cabeza en ningún momento, quizá había olfateado la presencia de su padre. De pronto, Galeas estuvo persuadido de ello: «No ignora que le sigo los rastros. No trata de esconderse de mí, ni de borrar sus huellas. Es un guía que me lleva allí, donde desea que yo vaya con él». Galeas no mira de frente la salida hacia la que se apresuran los dos últimos Cernes. Los alisos temblorosos anuncian que el río está próximo. Ya no es el rey de los alisos quien persigue al hijo en una última cabalgata, sino el mismo niño quien arrastra a su padre, destronado e insultado, hacia el agua dormida de la esclusa donde en verano los muchachos se bañan desnudos. Helos aquí, por alcanzar ya, los húmedos bordes del reino donde la madre, donde la esposa, no los hostigarán más. Van a liberarse de la Gorgona. Van a dormir.

Habían penetrado bajo el abrigo de los pinos, que la vecindad del río hacía enormes… Los helechos, aún vivos, eran casi tan altos como Guillou, de quien Galeas divisaba el cráneo rapado emergiendo apenas de su ola leonada, y desaparecía de nuevo en una vuelta del camino de arena. Podían haberse encontrado con un recolector de resina, con el mulero del molino, con un cazador de becadas. Pero todas las comparsas se habían retirado de ese rincón del mundo para que se cumpliera, al fin, el acto que ellos debían realizar. ¿El uno arrastrando al otro, o empujándolo a pesar suyo? ¿Quién lo sabría jamás? No hubo allí más testigos que los pinos gigantes apretados alrededor de la esclusa. Ardieron durante el siguiente agosto. Se tardó en explotarlos. Largo tiempo extendieron sus brazos calcinados sobre el agua dormida. Largo tiempo aún alzaron sus negros rostros hasta el cielo.

Se admitió que Galeas se había arrojado al agua para salvar a su hijo, y que el pequeño se había aferrado a su cuello y lo había arrastrado. Los vagos rumores que corrieron al principio cedieron rápidamente ante esa imagen enternecedora de su padre arrastrado al abismo por su hijo que se le aferra al cuello. Si alguien movía la cabeza y decía: «Para mí, las cosas no han debido pasar así…», tampoco llegaba a imaginar lo que había podido ser. ¿Verdad que no? ¿Cómo sospechar de un padre que quería a su muchachito y a quien todos los días llevaba con él al cementerio…? «El señor Galeas era un poco simple, pero no le faltaba el buen sentido y no había nadie más suave que él».

Nadie disputó a Fräulein el abrigo de Guillou, que ella había desatado, chorreante, de su cuerpecito. La anciana baronesa se alegraba porque sus niños Arbis serían Cernes; por otra parte, Paule desaparecía de su vida. Los Meuliére la habían recogido; volvía a ser, como decían, una carga para ellos. Pero ahora tenía un «tumor maligno».

Sobre las paredes blanqueadas, en esa atmósfera sofocante de la clínica (y la enfermera que entra con la palangana, lo quiera o no lo quiera, y hasta si no tiene más fuerzas para abrir los ojos; y esa morfina que su hígado no soporta; y esas visitas de su tía, desolada por tan enorme gasto inútil, puesto que la recaída era segura), sobre esas paredes blanqueadas, se le aparecía a veces la gruesa cabeza ensortijada de Galeas como una pantalla; y el mico levantaba, por encima de un libro destrozado o de un cuaderno manchado con tinta, su carita embadurnada y ansiosa. ¿Quizá ella imaginaba esas cosas? El niño se había aproximado al borde, lo más posible; temblaba, tenía miedo, no de la muerte, sino del frío. Su padre había avanzado sigilosamente, a pasos de lobo… En ese punto ella vacilaba: ¿lo había empujado y se había precipitado tras él? ¿O había tomado al niño en sus brazos diciéndole: «Estréchame bien fuerte, no vuelvas la cabeza…»? Paule no sabía, no lo sabría jamás. Estaba contenta de que su propia muerte estuviese tan cerca. Repetía a la enfermera que la morfina le hacía daño, que su hígado no soportaba ninguna inyección; quería beber ese cáliz hasta la última gota; no ciertamente porque creyera que existe ese mundo invisible donde nuestras víctimas nos han precedido, donde podremos caer de rodillas ante los seres que nos han sido confiados y que por nuestra culpa se perdieron. Ella no imaginaba que pudiera ser juzgada. Ella no dependía más que de su conciencia. Se absolvía por haber tenido horror de un hijo, réplica viviente de un horrible padre; había vomitado a los Cernes porque uno no es dueño de su náusea. Pero había dependido de ella no compartir la cama de ese monstruo débil. Ese abrazo al que ella había consentido; he aquí ante sus ojos el inexpiable crimen.

El dolor era a veces tan agudo, que Paule cedía a la tentación de la morfina. Entonces, en la tregua obtenida por un instante, soñaba con otras vidas que hubiesen sido posibles. Ella era la mujer de Robert Bordas; la rodeaban muchachitos robustos que no babeaban y cuyos labios inferiores no pendían. El hombre la tomaba cada noche entre sus brazos; dormía contra su pecho. Soñaba con el pelaje de los machos, con su olor.

No sabía qué hora del día o de la noche era; el dolor ya golpeaba a su puerta; penetraba en ella, se instalaba, comenzaba a devorarla lentamente.

«No debería permitirse que una madre sienta vergüenza de su hijo y de su nieto», piensa Fräulein. No perdona a su ama el haber llorado tan poco a Galeas y a Guillou; tal vez, de haber estado contenta de su muerte. Pero la señora baronesa lo pagará caro. Los Arbis no la dejarán morir en paz en Cernes. «¡Si yo repitiera a la señora baronesa lo que el chófer de los Arbis decía la noche del entierro! Encuentran que a su edad no es razonable tanto lujo en su casa: un jardinero, un ayudante jardinero, dos sirvientes. He sabido que ya han averiguado los precios en la casa de retiro para ancianos, de Verdelais, de las Damas de la Presentación». La baronesa agita su cabeza calva de ave de rapiña por encima de las almohadas. Ella no irá al asilo de las Damas de la Presentación. «Si los Arbis lo han decidido, la señora baronesa irá, y yo con ella. La señora baronesa nunca ha sabido decir “no a los Arbis: le dan miedo, y a mí también me dan miedo”».

Hoy, jueves, no vendrán los niños. Pero el preceptor tiene trabajo en la alcaldía. Se pasa rápidamente una esponja sobre la cara, hinchada por el sueño. ¿Para qué afeitarse y para quién? No se calza zapatos; con semejante tiempo, los calcetines mantienen los pies calientes, y con los zuecos no hay temor de que se mojen. Léone ha ido a la carnicería. Él escucha la lluvia sobre las tejas; en la carretera un charco se ensancha de una huella a otra. Cuando Léone regrese, le preguntará: «¿En qué piensas?». Él contestará: «En nada». No hablaron de Guillou más que el día en que los cuerpos fueron rescatados, cerca de la rueda del molino. Ese día él dijo una sola vez: «El pequeño se ha matado o bien es su padre quien…». Y Léone, encogiéndose de hombros: «¿Te parece?». Después no han vuelto a pronunciar el nombre del niño. Pero Léone sabe que el pequeño esqueleto, bajo su abrigo y su capuchón, anda errando día y noche entre los muros de la escuela y se desliza en el patio de recreos sin mezclarse en los juegos. Ella está en la carnicería. Robert Bordas entra en el cuarto de Jean-Pierre, toma La isla misteriosa; el libro, solo, se abre en la misma página:

… el pobre ser estuvo a punto de lanzarse al riacho que lo separaba de la selva, y sus piernas se aflojaron, por un instante, como un resorte… Pero casi en seguida se replegó sobre sí mismo, se desplomó a medias y una gruesa lágrima fluyó de sus ojos. «¡Ah! —exclamó Cyrus Smith—, hete aquí vuelto hombre, puesto que lloras».

El señor Bordas se sentó sobre el lecho de Jean-Pierre con el grueso libro rojo y oro abierto sobre las rodillas. Guillou… ¡Ah, qué maravilloso hubier sido ayudar a surgir al espíritu que palpitaba en esa carne sufriente! Tal vez, Robert Bordas había venido a este mundo para esa tarea. En la escuela normal, uno de sus maestros les enseñaba etimología: preceptor, de praeceptor, el que enseña, el que instruye, el que instituye la humanidad en el hombre. ¡Qué hermosa palabra! Quizá se encontraran otros Guillou en su camino. Por ese niño que había dejado morir, no escatimaría nada de sí mismo a los que vinieran hacia él. Pero ninguno de ellos sería ese muchachito, que había muerto porque el señor Bordas lo había recogido una tarde y después lo había vuelto a tirar como a esos perritos perdidos, a quienes sólo damos calor por un instante. Él lo había devuelto a las tinieblas, que lo guardarían para siempre. Pero ¿eran ciertamente tinieblas?

Su mirada busca más allá de las cosas, más allá de los muros, de los muebles y de las tejas del techo; y de la noche láctea y de las constelaciones invernales. Busca ese reino de los espíritus desde donde, quizá, el niño, eternamente vivo, vea a ese hombre y, sobre su mejilla ennegrecida por la barba, la lágrima que olvida enjugar.

La hierba primaveral invadió el cementerio de Cernes. Las zarzas recubrieron las tumbas abandonadas, y el musgo terminó por hacer indescifrables los epitafios.

Desde que el señor Galeas tomó a su muchachito de la mano y decidió compartir su sueño, en Cernes ya nadie se ocupa de los muertos.

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