Amor, muerte, sacrificio, etcétera

William Saroyan






Tom Garner, en la película, en la pantalla, un tipo corpulento y ancho de espaldas, constructor ferroviario, presidente de la Chicago & South western, se tambalea, no camina, hacia su habitación, y cierra la puerta tras de sí.

Uno sabe que el tipo se va a suicidar porque se ha tambaleado, y porque es una película, y ya hace rato que ha comenzado, y algo tiene que pasar pronto, algo importante, colosal, como dicen en Hollywood, un suicidio o un beso.

Uno está sentado en el cine, esperando lo que sabe que tiene que suceder.

El pobre Tom acaba de enterarse de que el bebé que ha tenido su segunda mujer no es suyo, sino de su propio hijo mayor, fruto de su primer matrimonio. La primera mujer de Tom se suicidó al enterarse de que Tom se había enamorado de la joven que acabaría siendo su segunda mujer. Esta joven es la hija del presidente de la Compañía Ferroviaria de Santa Clara. Engatusó a Tom para que su padre pudiera seguir ostentando el cargo de presidente de la Santa Clara. Tom había comprado la Santa Clara por nueve millones de dólares. Su primera mujer se arrojaba bajo un tranvía al enterarse de la aventura de Tom. Lo hacía actuando, con el rostro y los ojos y los labios y el modo de andar. No se veía nada repugnante, sólo la expresión desesperada del conductor mientras intentaba detener bruscamente el tranvía. Se oía y veía la rueda de acero rechinando, la rueda que mataba a la mujer. Se oían los gritos que suele arrancarle a la gente una escena violenta, y uno se hacía una idea. Lo peor ya había pasado. La mujer de Tom, Sally, se había ido con Dios.

Sally conoció a Tom cuando éste era guardavías y ella maestra en una pequeña escuela rural. Tom le confesó un día que no sabía leer ni escribir, ni hacer cálculos. Sally enseñó a Tom a leer, a escribir, a sumar, a restar, a dividir y a multiplicar. Una noche, estando ya casados, ella le preguntó si quería seguir siendo guardavías toda su vida, y él le dijo que sí. Sally le preguntó si no tenía al menos una pequeña ambición, y Tom le dijo que él ya estaba contento así, vigilar un trozo de vía era un trabajo fácil, tenían su pequeño hogar, y Tom iba a pescar en sus ratos libres. Sally se sintió dolida, y se lo hizo notar con su actitud. Tom se dio cuenta de que para Sally era muy importante que él tuviera alguna ambición. Mientras cenaban, le dijo que lo intentaría. Una extraña mirada inundó sus ojos, y su rostro adquirió fuerza de carácter. Ya casi se lo veía saliendo adelante, escalando posiciones.

Sally envió a Tom a una escuela de Chicago, y para poder pagar la matrícula lo sustituyó en su puesto de guardavías; una gran mujer, una esposa heroica. Una noche de invierno se la veía andando por una vía, llevando herramientas y bidones de aceite, rodeada de nieve y desolación. Era una escena triste. Ésa era la intención. Ella lo hacía por Tom, para que éste llegara a ser un hombre importante. El día en que Tom le anunció que lo habían hecho capataz de la obra del Puente Missouri, Sally le anunció que ella estaba embarazada, y Tom le aseguró que a partir de ahora ya nada lo detendría. Teniendo a Sally y a su bebé para darle fuerzas, Tom llegaría a lo más alto.

Sally dio a luz a un niño, y mientras Tom se dirigía hacia la cabecera de su cama se oía una música sinfónica, y uno sabía que aquél era un momento importante en la vida de Tom. Se lo veía entrar en la habitación tenuemente iluminada y arrodillarse junto a su mujer y su hijo recién nacido, y se lo oía rezar. Se lo oía decir: «Padre nuestro que estás en el cielo, hágase tu voluntad, por los siglos de los siglos». Y también se oía a dos espectadores de la sala sonándose las narices.

Sally hizo a Tom. Lo recogió de las vías y gracias a ella llegó a ser presidente. Entonces Tom se encaprichó con aquella mujer más joven y más bonita, y Sally se dejó atropellar por un tranvía. El suicidio resultaba conmovedor precisamente por todo lo que ella había hecho por Tom. Por eso a tanta gente del público se le saltaban las lágrimas cuando Sally se suicidaba.

Pero el suicidio de Sally no alteraba en modo alguno el encaprichamiento de Tom con la mujer joven, y éste no tardaba en casarse con la muchacha, mostrándose práctico parte del tiempo, mostrándose práctico mientras Hollywood se lo exigiera. El hijo de Tom, un joven universitario al que acababan de expulsar de la facultad por problemas con la bebida, se instalaba en la casa de Tom y tenía una aventura con la segunda mujer de su padre.

La consecuencia de aquella relación era el bebé, un bebé sano y hermoso, hijo del hijo en vez del padre. El hijo de Tom, Tommy, es un joven irresponsable pero serio y elegante, y él no quería hacerlo. La culpa la había tenido la naturaleza. Ya se sabe cómo es la naturaleza, incluso en el cine. Tom pasaba tanto tiempo fuera de casa, ocupándose de sus negocios, y su segunda mujer se sentía tan sola que había recurrido al hijo de su marido y lo había convertido en su nueva pareja de baile.

Se la veía tendiéndole la mano al joven muchacho irresponsable, y se la oía preguntarle si quería bailar con ella. Él tardaba tanto en darle la mano a ella que uno entendía al instante las aterradoras consecuencias de aquella aceptación. Ella era tan increíblemente bella, tendiéndole la mano a él, que el propio espectador sabía que él no habría podido resistir a su encantador desafío, aun en parejas circunstancias. Resultaban irresistibles la perfección de su rostro y de su figura, los labios apetecibles, el porte distinguido, el cuerpo precioso, el alma anhelante.

No podía suceder de otro modo. El hombre es carne y, ya se sabe, la carne es débil.

Así que el gran constructor ferroviario, el hombre que siempre se ha salido con la suya, el hombre que boicoteó una huelga y perdió a cuarenta de sus empleados en un disturbio y un incendio, entra en su habitación tambaleándose y cierra la puerta tras de sí.

Y uno sabe que la película está a punto de terminar.

El ambiente de la sala se electriza con el temor fascinado de las señoras que han pasado la mejor parte de sus vidas en el cine, amando, muriendo, sacrificándose por nobles ideales, etcétera. Hoy han vuelto a la sala oscura y de nuevo están viviendo un momento de gran intensidad.

Se percibe en el ambiente la tensión espiritual de todas esas señoras, y si uno escucha con atención puede incluso oír cómo viven la escena intensamente. Ahí está el pobre Tom, con un problema tremendo y una espantosa obligación. Por su honor, por la moral de Hollywood, por el bien de la industria (la tercera más importante de Estados Unidos, según tengo entendido), por el amor de Dios, por ti y por mí, Tom tiene que suicidarse. Si no lo hace nos habremos estado engañando todos estos años, Shakespeare y el resto de nosotros. Sabemos que será lo bastante hombre para hacerlo, pero por un momento esperamos que no lo haga, sólo para ver qué sucedería, sólo para ver si el mundo que hemos construido se viene abajo.

Hace mucho tiempo nos inventamos las reglas, y ahora, después de todo este tiempo, nos preguntamos si son las auténticas, si no cometimos un error desde el comienzo. Sabemos que es arte, e incluso se parece un poco a la vida real, pero sabemos que no es la vida real, demasiada precisión.

Nos gustaría saber si nuestra grandeza debe seguir siendo melodramática.

La cámara se fija en el desconcertado rostro del anciano y fiel secretario de Tom, un hombre que conoció a Tom de pequeño. Esto sirve para expresar la plena magnitud del apuro en el que se encuentra Tom e instalar un fuerte suspense en la mente del espectador.

Entonces, al galope, con el mismo propósito, el tiempo que apremia, el punto culminante, apoteosis, inevitabilidad, el hijo de Tom, Tommy, se acerca al anciano y fiel secretario y exclama que ha oído que su padre está enfermo. Él no sabe que su padre ya sabe. Es un momento en el más puro estilo de Hollywood. La música es la adecuada para acompañar la escena.

Corre hacia la puerta para acercarse a su padre el muchacho que ha alterado el orden natural del universo al mantener relaciones sexuales con la joven mujer de su padre, y entonces, bang, el disparo.

Y uno sabe que todo ha terminado para el presidente de la Chicago & South western. Su honor está a salvo. Su recuerdo perdurará como el de un gran hombre. Una vez más triunfa la industria. Se conserva la dignidad de la vida. Todo ha salido redondo. En Hollywood podrán seguir haciendo películas para el público durante un siglo más.

Todo es muy preciso, para conseguir mayor teatralidad. Alto. Música sinfónica, la mano de Tommy congelada en el picaporte.

El anciano y fiel secretario sabe lo que ha sucedido, Tommy lo sabe, tú lo sabes y yo lo sé, pero lo mejor es verlo. El anciano y fiel secretario deja que la cruda realidad del disparo penetre en su mente anciana, fiel y ordenada. Y entonces, al estar Tommy demasiado asustado para hacerlo, el anciano se arma de valor para abrir él la puerta.

Todos estamos ansiosos por ver lo que ha pasado.

Se abre la puerta y entramos, cincuenta millones de espectadores en Estados Unidos y otros millones más en todo el mundo.

Pobre Tom. Está en el suelo de rodillas, y de algún modo, aunque ocurre muy rápidamente, da la sensación de que esta pequeña acción, este caer de rodillas en el suelo, al ser la última de un gran hombre, va a eternizarse. La luz de la habitación es tenue, la música elocuente. No hay sangre, ni desorden. Tom está de rodillas en el suelo, muriendo noblemente. Oigo llorar a dos señoras. Saben que es una película, saben que debe de ser mentira, y sin embargo están llorando. Tom es humano. Es la vida. Ellas lloran al ver cómo la vida cae de rodillas. La película no tardará en terminar, y ellas se levantarán de sus butacas y se irán a casa, y volverán a sus quehaceres rutinarios, pero ahora mismo, en la oscuridad religiosa de la sala, están llorando.

Yo lo único que sé es esto: que un suicidio no es un suceso ordenado con música sinfónica de fondo. Cuando yo tenía nueve o diez años el vecino de la casa de al lado de la mía se suicidó una tarde, pero tardó más de una hora en hacerlo. Se pegó un tiro en el pecho, pero la bala no le alcanzó el corazón, y entonces se pegó otro tiro en el estómago. Yo oí ambos disparos, entre los cuales hubo un intervalo de unos cuarenta segundos. Retrospectivamente pensé que tal vez durante aquel intervalo intentó decidir si debía seguir deseando la muerte o si debía intentar recuperarse.

Entonces empezó a gritar. Aquello se convirtió en un caos, material y espiritualmente, los chillidos del hombre, la gente corriendo, gritando, dispuesta a hacer algo pero sin saber qué. Los alaridos del hombre eran tan fuertes que media ciudad los oyó.

Esto es lo único que sé de los suicidios reales. Nunca he visto a una mujer arrojarse bajo un tranvía, así que de eso no puedo hablar. Ése es el único suicidio del que tengo una información clara. El modo en que aquel tipo gritaba no gustaría a nadie en una película. No haría llorar a nadie de emoción.

Supongo que la conclusión es que habría que dejar de suicidarse en el cine.

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