Bouvard y Pécuchet. La novela (I)

Gustave Flaubert







1

Como hacía un calor de treinta y tres grados, el boulevard Bourdon estaba completamente desierto.

Más abajo, el canal Saint-Martin, encerrado entre las dos exclusas, expandía en línea recta su agua de color de tinta. En medio había un barco cargado de madera, y en la orilla dos hileras de barricas.

Más allá del canal, entre las casas que separan unas obras, el gran cielo diáfano se recortaba en franjas de un azul ultramar, y, bajo la reverberación del sol, las fachadas blancas, los tejados de pizarra, los muelles de granito, deslumbraban. Un ruido confuso subía a lo lejos en el aire tibio; y todo parecía entorpecido por la inactividad del domingo y por la tristeza de los días de verano.

Aparecieron dos hombres.

Uno venía de la Bastilla, el otro del Jardin des Plantes. El más alto, vestido de lino, caminaba con el sombrero echado hacia atrás, el chaleco desabrochado y la corbata en la mano. El más bajo, cuyo cuerpo desaparecía en una levita marrón, agachaba la cabeza cubierta con una gorra con la visera en punta.

Una vez que hubieron llegado al centro del boulevard se sentaron en el mismo instante en el mismo banco.

Para secarse la frente, se quitaron los sombreros, que cada uno dejó junto a sí; y el hombrecillo vio escrito en el sombrero de su vecino: Bouvard, mientras que el otro distinguía fácilmente en la gorra del individuo enlevitado la palabra: Pécuchet.

—Vaya —dijo—, hemos tenido la misma idea, escribir nuestro nombre en los sombreros.
—¡Dios mío, sí, me lo podrían coger en la oficina!
—Igual que a mí, pues soy empleado.

Entonces se miraron con atención.

El aspecto amable de Bouvard encantó de inmediato a Pécuchet.

Sus ojos azulados, siempre entrecerrados, sonreían en su rostro colorado. Unos pantalones con alzapón, que se abolsaban en la parte inferior sobre unos zapatos de castor, modelaban su vientre, le hinchaban la camisa a la altura de la cintura; y su cabello rubio, rizado de forma natural en ligeros bucles, le daban un no sé qué de infantil.

Emitía de dientes afuera una especie de silbido continuo.

El aspecto serio de Pécuchet sorprendió a Bouvard.

Se hubiera dicho que llevaba una peluca, a tal punto sus guedejas aplastadas y negras adornaban su alto cráneo. Su cara parecía siempre de perfil, debido a una nariz que descendía demasiado. Sus piernas, embutidas en unos tubos de lana ligera, eran desproporcionadas en relación con la largura del busto, y tenía una voz fuerte, cavernosa.

Se le escapó esta exclamación:

—¡Qué bien se estaría en el campo!

Pero los arrabales, según Bouvard, eran insoportables a causa del ruido de los merenderos. Lo mismo pensaba Pécuchet. Comenzaba, no obstante, a sentirse cansado de la capital. También Bouvard.

Y sus miradas vagaban por los montones de piedras para la construcción, por el agua nauseabunda en la que flotaba un montón de paja, por la chimenea de una fábrica que se alzaba en el horizonte; se percibía la exhalación de miasmas de albañal. Se volvieron hacia el otro lado. Entonces tuvieron ante sí los muros del Silo de Reserva.

Decididamente (cosa que no dejaba de sorprender a Pécuchet) hacía más calor aún en la calle que en casa.

Bouvard le incitó a quitarse la levita. ¡A él le traía sin cuidado el qué dirán!

De pronto un borracho atravesó la acera haciendo eses; y ellos entablaron, a propósito de los obreros, una conversación sobre política. Tenían las mismas ideas, pese a que Bouvard era quizá más liberal.

Un ruido de chatarra resonó en el empedrado en medio de una polvareda: eran tres calesas de alquiler que se dirigían hacia Bercy, paseando a una recién casada con su ramo de novia, a unos burgueses con corbata blanca, a unas señoras sepultadas bajo unas enaguas hasta las axilas, a dos o tres chiquillas, a un colegial. La vista de este cortejo nupcial indujo a Bouvard y Pécuchet a hablar de mujeres, a las que calificaron de frívolas, biliosas y testarudas. Pese a ello, eran a menudo mejores que los hombres, otras veces eran peores. En pocas palabras, mejor vivir sin ellas; por eso Pécuchet se había quedado soltero.

—¡Yo soy viudo —dijo Bouvard— y sin hijos!
—Tal vez sea una suerte para usted. Pero a la larga la soledad es muy triste.

Luego, por la orilla del muelle, apareció una joven de vida alegre con un soldado. Muy pálida, con el pelo negro y picada de viruelas, se apoyaba en el brazo del militar, arrastrando las chanclas y contoneando las caderas.

Cuando se hubo alejado, Bouvard se permitió una reflexión obscena. Pécuchet se puso colorado como un pavo y, sin duda para evitar una respuesta, le indicó con la mirada a un sacerdote que se acercaba.

El eclesiástico se fue lentamente avenida abajo, una avenida de olmos desmedrados, que bordeaban la acera, y Bouvard, apenas perdió de vista el birrete, se declaró aliviado, porque detestaba a los jesuitas. Pécuchet, aun sin justificarlos, mostró cierta deferencia por la religión.

Mientras tanto caía el crepúsculo, y se habían alzado algunas persianas enfrente. Los paseantes se volvieron más numerosos. Dieron las siete.

Sus palabras fluían inagotablemente, las observaciones seguían a las anécdotas, las digresiones filosóficas a las consideraciones subjetivas. Denigraron al Cuerpo de Caminos, Canales y Puertos, al monopolio de tabacos, al comercio, a los teatros, a nuestra Marina y a todo el género humano, como personas que hubieran sufrido grandes desilusiones; y aunque habían superado la edad de las cándidas emociones, sentían un placer nuevo, una especie de expansividad, el encanto del cariño naciente.

Veinte veces se habían levantado y vuelto a sentar y recorrido a todo lo largo el bulevar, desde la exclusa de aguas arriba hasta la exclusa de aguas abajo, queriendo marcharse cada vez y siendo incapaces de hacerlo, retenidos por un encantamiento.

Estaban, sin embargo, a punto de despedirse, estrechándose ya la mano, cuando Bouvard dijo de sopetón:

—¿Qué le parece si cenamos juntos?
—¡También yo lo había pensado —repuso Pécuchet—, pero no me atrevía a proponérselo!

Y se dejó llevar ante el Ayuntamiento a un pequeño restaurante donde estarían bien.

Bouvard pidió el menú.

Pécuchet les temía a las especies porque le parecía que podían encenderle el cuerpo. Ello fue objeto de una discusión médica. Luego glorificaron los avances de las ciencias. ¡Cuántas cosas que conocer! ¡Cuántas investigaciones… si uno tuviera tiempo! Por desgracia, tener que ganarse el sustento les absorbía por entero; y levantaron los brazos del asombro y estuvieron a punto de abrazarse por encima de la mesa al descubrir que ambos eran copistas: Bouvard en una empresa comercial, Pécuchet en el Ministerio de Marina, cosa que no le impedía consagrar, cada tarde, algunos momentos al estudio. Había notado errores en la obra de Thiers y habló con el mayor respeto de un tal Dumouchel, que era profesor.

Bouvard destacaba en otros campos. La cadena de su reloj, entrelazada con cabellos, y la manera que tenía de batir la salsa mayonesa con mostaza delataban al viejo ridículo cargado de experiencia, y comía, con el pico de la servilleta bajo la axila, soltando cosas que hacían reír a Pécuchet. Era una carcajada especial, una única nota muy baja, siempre la misma, emitida a largos intervalos. La de Bouvard era sostenida, sonora, le descubría los dientes, le sacudía los hombros, y los parroquianos se volvían desde la puerta al oírla.

Terminada la cena, fueron a tomar café a otro local. Contemplando los mecheros de gas, Pécuchet despotricó contra los excesos del lujo, luego con gesto desdeñoso apartó de sí los periódicos. Bouvard era más indulgente para con ellos. ¡Le gustaban todos los escritores en general y en su juventud había demostrado un cierto talento para la interpretación!

Quiso hacer juegos malabares con un taco de billar y dos bolas de marfil, tal como los ejecutaba Barberou, un amigo suyo. Invariablemente, las bolas caían y, rodando por el suelo por entre las piernas de la gente, iban a perderse a lo lejos. El mozo, que se levantaba cada vez para buscarlas a cuatro patas por debajo de los asientos, acabó por quejarse. Pécuchet tuvo una disputa con él; se presentó el cafetero, pero él no escuchó sus disculpas e incluso discutió el importe de la cuenta.

A continuación propuso terminar la velada apaciblemente en su domicilio que estaba allí cerca, en la rue Saint-Martin.

Apenas hubo entrado, se puso una especie de almilla de indiana e hizo los honores de su piso.

Un escritorio de abeto, situado justo en medio, molestaba con sus esquinas, y a todo alrededor, en unos anaqueles, en las tres sillas, en la vieja butaca y en los rincones, había apilados varios tomos de la Enciclopedia Roret, el Manual del magnetizador, un Fénelon, otros viejos tomos, con un montón de cartapacios, dos nueces de coco, distintas medallas, un gorrito turco y unas conchas traídas de Le Havre por Dumouchel. Una capa de polvo aterciopelaba las recias paredes pintadas en otro tiempo de amarillo. El cepillo de los zapatos estaba abandonado al lado de la cama, de la que colgaban las sábanas. Veíase en el techo una mancha negra producida por el humo de la lámpara.

Bouvard, a causa sin duda del olor, pidió permiso para abrir la ventana.

—¡Volarán los papeles! —exclamó Pécuchet, que, por encima de todo, temía las corrientes de aire.

Sin embargo, jadeaba en aquel cuartito, recalentado desde la mañana por el tejado de pizarra.

Bouvard le dijo:

—¡Yo, que usted, me quitaría el chaleco!
—Pero ¡cómo! —Y Pécuchet inclinó la cabeza, espantado ante la idea de no tener ya su cota salvadora.
—Acompáñeme —prosiguió Bouvard—, el aire del exterior le refrescará.

Al final, Pécuchet se volvió a poner sus botas, rezongando:

—¡Me ha embrujado usted, palabra de honor!

Y, a pesar de la distancia, le acompañó hasta su casa, en la esquina de la rue de Béthune, enfrente del puente de La Tournelle.

La habitación de Bouvard, encerada, con unas cortinas de percal y unos muebles de caoba, disfrutaba de un balcón con vista al río. Los dos adornos principales eran una licorera en medio de la cómoda y, a lo largo del espejo, unos daguerrotipos que representaban a unos amigos; una pintura al óleo colgaba en la alcoba.

—¡Mi tío! —dijo Bouvard.

Y el candelero que sostenía iluminó a un señor.

Unas patillas rojizas alargaban su rostro rematado de un tupé rizado en la punta. La corbata alta, con el triple cuello de la camisa del chaleco de terciopelo y del traje negro, lo fajaban. Le habían pintado unos diamantes en la chorrera. Sus ojos se almendraban hacia los pómulos, y sonreía con aire guasón.

Pécuchet no pudo dejar de decir:

—¡Se diría más bien su padre!
—Es mi padrino —repuso Bouvard distraídamente, y añadió que sus nombres de pila eran François-Denys-Bartholomée.

Los de Pécuchet eran Juste-Romain-Cyrille, y tenían la misma edad: cuarenta y siete años. Esta coincidencia fue de su agrado, pero les sorprendió, tras haber creído cada uno al otro mucho menos joven. Luego admiraron a la Providencia, cuyos designios son a veces maravillosos.

—Porque, en fin, si hace un rato no hubiésemos salido a dar una vuelta, ¡habríamos podido morir sin conocernos!

Y, tras haberse intercambiado las direcciones de sus patronos, se desearon muy buenas noches.

—¡No me ande con mujeres! —gritó Bouvard desde la escalera.

Pécuchet bajó los escalones sin responder a la gracia.

Al día siguiente, en el patio de Descambos Hnos. —tejidos alsacianos, en el número 92 de la rue Hautefeuille—, una voz llamó:

—¡Bouvard! ¡Señor Bouvard!

Este asomó la cabeza entre los cristales y reconoció a Pécuchet, que articuló más fuerte:

—¡No estoy enfermo! ¡Me lo quité!
—¿El qué?
—¡Eso! —dijo Pécuchet señalando su pecho.

Toda la charla de la jornada, con la temperatura del piso y la laboriosa digestión, le habían impedido pegar ojo, tanto es así que, no pudiendo más, había mandado a paseo su chaleco. Por la mañana se había acordado de ese gesto, afortunadamente sin consecuencias, y venía a informar de ello a Bouvard, que, por dicho motivo, había ganado muchos enteros en su estima.

Era hijo de un pequeño comerciante y no había conocido a su madre, muerta muy joven. A los quince años lo había sacado del colegio para ponerle a trabajar con un leguleyo. Se presentaron los gendarmes; y el patrón fue mandado a galeras, historia cruel que aún le espantaba. A continuación, había probado varios oficios, como mancebo de botica, celador de estudios, contable en uno de los paquebotes del alto Sena. Hasta que, por fin, un jefe de división, encantado de su bonita letra, le contrató como expedicionario; pero la conciencia de una instrucción llena de lagunas, con las exigencias de cultivar su espíritu que ello le provocaba, agriaba su humor; y vivía completamente solo, sin parientes, sin una amante. Su única distracción, los domingos, era inspeccionar las obras públicas.

Los más viejos recuerdos de Bouvard se remontaban a las orillas del Loira, al patio de una alquería. Un hombre, que era su tío, le había llevado a París para encaminarle hacia el comercio. Al alcanzar la mayoría de edad, le entregaron unos miles de francos. Entonces se casó y abrió una confitería. Seis meses después, su mujer se había largado llevándose la caja. Los amigos, la buena mesa y sobre todo la indolencia, habían completado rápidamente el desastre. Pero tuvo la inspiración de aprovechar sus dotes de calígrafo, y, desde hacía doce años, estaba en el mismo puesto, en la empresa Descambos Hnos., especializada en telas, en el número 92 de la rue Hautefeuille. En cuanto a su tío, que le había enviado en otro tiempo como recuerdo el famoso retrato, Bouvard ignoraba hasta su lugar de residencia y no esperaba ya nada de él. Quinientos francos de renta y su sueldo de copista le permitían ir todas las noches a descabezar un sueño en un cafetín.

Así su encuentro había tenido la importancia de una aventura. Se habían sentido enseguida ligados por unas secretas afinidades. Por otra parte, ¿cómo explicar las simpatías? ¿Por qué una determinada característica, una determinada imperfección, indiferente o detestable en uno, nos encanta en otro? Lo que llamamos flechazo vale para todas las pasiones. Antes de terminar la semana ya se tuteaban.

A menudo iban a buscarse a la oficina. En cuanto aparecía uno, el otro cerraba su pupitre, y se iban juntos por las calles. Bouvard caminaba a grandes pasos, mientras que Pécuchet, multiplicando los suyos, con la levita que le golpeaba los talones, parecía deslizarse sobre unas ruedecillas. Del mismo modo, sus gustos particulares se compensaban. Bouvard fumaba en pipa, le gustaba el queso, se tomaba regularmente su copita. Pécuchet tomaba rapé, no comía de postre más que compota de frutas y ponía un terrón de azúcar en el café. El uno era confiado, atolondrado, generoso; el otro reservado, meditabundo, ahorrador.

Para congraciarse con él, Bouvard quiso que Pécuchet conociera a Barberou. Era este un ex viajante de comercio, bolsista en la actualidad, muy campechano, patriota, faldero, y que hacía ostentación de un lenguaje arrabalero. Pécuchet lo encontró desagradable, y llevó a Bouvard a casa de Dumouchel. Este autor (pues había publicado un pequeño manual de mnemotécnica) daba clases de literatura en un colegio para jóvenes, era de opiniones conformistas y tenía un aspecto serio. Aburrió a Bouvard.

Ninguno de los dos había ocultado al otro su opinión. Cada uno reconoció lo justo de la misma. Sus costumbres cambiaron y, tras dejar sus casas de huéspedes, acabaron por comer juntos a diario.

Intercambiaban comentarios sobre las obras teatrales de las que se hablaba, sobre el Gobierno, la carestía de la vida, los fraudes comerciales. De vez en cuando reaparecían en sus charlas el caso del Collar o el proceso de Fualdès; y luego se preguntaban sobre las causas de la Revolución.

Daban vueltas por las tiendas de baratillo. Visitaron el Conservatorio de Artes y Oficios, Saint-Denis, los Gobelinos, Les Invalides y todas las colecciones públicas.

Cuando se les pedía el pase, ponían cara de haberlo perdido, haciéndose pasar por dos extranjeros, dos ingleses.

En las galerías del museo, pasaron con aire estupefacto por delante de los cuadrúpedos disecados, con placer por delante de las mariposas, con indiferencia por delante de los metales; los fósiles les hicieron soñar, se aburrieron con las conchas. Pasaron revista a los invernaderos a través de los cristales, y se estremecieron pensando que todo aquel follaje destilaba veneno. Lo que admiraron del cedro fue que lo hubiesen traído hasta allí metido en un sombrero.

En el Louvre se esforzaron en sentir entusiasmo por Rafael. En la gran biblioteca les hubiera gustado saber el número exacto de volúmenes.

En cierta ocasión asistieron a un curso de árabe en el Collège de France; y el profesor se asombró de ver a aquellos dos desconocidos afanándose en tomar apuntes. Gracias a Barberou, pudieron tener acceso a los entre bastidores de un teatrillo. Dumouchel les consiguió entradas para una sesión de la Academia. Se informaban sobre los descubrimientos, leían los programas y, movidos por esta curiosidad, se les desarrolló la inteligencia. Al fondo de un horizonte cada día más lejano descubrían cosas confusas y maravillosas a un tiempo.

Admirando un viejo mueble, lamentaban no haber vivido en los tiempos en que estaba en uso, por más que lo ignorasen todo de aquella época. Por ciertos nombres, se imaginaban países tanto más bellos cuanto menos sabían de ellos. Las obras que tenían un título incomprensible les parecía que encerraban un misterio.

Y a medida que tenían más ideas, mayores eran sus sufrimientos. Cuando se cruzaban con un coche correo por las calles, sentían la necesidad de partir con él. El mercado de las flores, junto al Sena, les hacía suspirar por el campo.

Un domingo se pusieron en camino de buena mañana y, al pasar por Meudon, Bellevue, Suresnes, Auteuil, vagabundearon durante todo el día por entre los viñedos, arrancaron amapolas en las márgenes de los campos, durmieron en la hierba, tomaron leche, comieron a la sombra de las acacias de los merenderos y regresaron muy tarde, polvorientos, extenuados, embelesados. Repitieron con frecuencia estos paseos. Al día siguiente estaban tan tristes que acabaron por prescindir de ellos.

La monotonía de la oficina se volvía insoportable. ¡Siempre el cortaplumas y la sandáraca, la misma tinta, las mismas plumas y los mismos colegas! Considerándolos estúpidos, hablaban cada vez menos con ellos; lo cual les valió unas cuantas pullas. Llegaban todos los días tarde y se ganaron alguna reprimenda.

En otros tiempos se habían creído casi felices; pero desde que se estimaban en más aquel trabajo les resultaba humillante, y se reafirmaban en su desagrado, se exaltaban mutuamente, se contagiaban. Pécuchet contrajo la aspereza de Bouvard, y Bouvard adquirió algo de la taciturnidad de Pécuchet.

—¡Me gustaría hacer de saltimbanqui en las plazas públicas! —decía uno.
—¡Tanto da ser trapero! —exclamaba el otro.

¡Qué aborrecible situación! ¡Y sin escapatoria posible! ¡Ni esperanza!

Una tarde (era el 20 de enero de 1839), Bouvard estaba en su oficina cuando llegó una carta, traída por el cartero.

Sus brazos se alzaron, la cabeza se le venció poco a poco hacia atrás y cayó desvanecido en el suelo.

Los empleados llegaron precipitadamente, le desanudaron la corbata; mandaron a buscar un médico. Él volvió a abrir los ojos; luego respondió a las preguntas que le hacían:

—¡Ah!… Es que… es que… un poco de aire me aliviará. ¡No! ¡Déjenme! ¡Permítanme!

Y, pese a su corpulencia, corrió de un tirón hasta el Ministerio de Marina, pasándose la mano por la frente, creyendo volverse loco, tratando de calmarse.

Mandó llamar a Pécuchet.

Pécuchet compareció.

—¡Mi tío ha muerto! ¡Heredo!
—¡No es posible!

Bouvard le mostró estas pocas líneas:

BUFETE DEL SR. TARDIVEL
Notario

Savigny-en-Septaine, 14 de enero de 1839

Distinguido señor:
Le ruego se pase por mi despacho para poner en conocimiento de usted el testamento de su padre natural, el señor François-Denys-Bartholomée Bouvard, ex comerciante de la ciudad de Nantes, que falleció en este distrito el día 10 del presente. Dicho testamento incluye una disposición muy importante en su favor.
Le saluda cordialmente,

TARDIVEL, notario

Pécuchet tuvo que sentarse en un recantón del patio. Luego devolvió el papel diciendo parsimoniosamente:

—¡Con tal de que no sea una broma!
—¿Tú crees que es una broma? —repuso Bouvard con voz estrangulada, parecida a un estertor de moribundo.

Pero el timbre postal, el nombre del bufete en letras de molde, la firma del notario, todo probaba la autenticidad de la noticia; y se miraron con las bocas temblorosas, y una lágrima rodando de sus ojos fijos.

Sentían que les faltaba el aire. Fueron hasta el Arco de Triunfo, regresaron por la orilla del agua, dejaron atrás Notre-Dame. Bouvard estaba rojo como un tomate. Propinó a Pécuchet unos golpes en la espalda y, por espacio de cinco minutos, desvarió completamente.

Sonreían sarcásticamente a su pesar. Seguro que esa herencia debía ascender a…

—¡Ah! ¡Sería demasiado bonito! No se hable más de ello.

Pero volvían a hacerlo.

Nada impedía pedir inmediatamente explicaciones. Bouvard le escribió al notario para tenerlas.

El notario mandó copia del testamento, que terminaba así:

«Por todo lo cual, lego a François-Denys-Bartholomée Bouvard, hijo natural mío reconocido, la parte de mis bienes prevista por la ley».

El buen hombre había tenido a aquel hijo en su juventud, pero lo había mantenido cuidadosamente apartado, haciéndole pasar por sobrino suyo, y el sobrino lo había llamado siempre tío, pese a estar al corriente de los hechos. Hacia los cuarenta años, el señor Bouvard se había casado, para luego enviudar. Como sus dos hijos legítimos habían seguido unos derroteros contrarios a sus expectativas, había sentido remorderle la conciencia por el abandono en que había tenido a ese otro hijo durante tantos años. Lo hubiese hecho incluso venir a su casa de no haber sido por las presiones de la cocinera. Ella lo dejó, debido a los manejos de la familia, y, en su aislamiento, en puertas de la muerte, quiso reparar sus yerros legando al fruto de sus primeros amores cuanto podía de su fortuna. Esta ascendía a medio millón, lo que suponía para el copista doscientos cincuenta mil francos. El mayor de los hermanos, el señor Étienne, anunció que respetaría el testamento.

Bouvard cayó en una especie de embotamiento. Repetía en voz baja, sonriendo con la apacible sonrisa de los borrachos:

—¡Quince mil francos de renta!

Y Pécuchet, que tenía sin embargo un carácter más fuerte, no podía hacerse a la idea.

Se vieron bruscamente sacudidos por una carta de Tardivel. El otro hijo, el señor Alexandre, declaraba su intención de acudir a los tribunales, ¡y hasta de impugnar el legado si era posible, exigiendo para empezar el precinto judicial, un inventario, una orden de embargo cautelar, etcétera! Bouvard tuvo un ataque de bilis. Apenas convaleciente, se fue para Savigny, de donde volvió sin haber concluido nada, y lamentándose por los gastos del viaje.

Luego vinieron los insomnios, el alternarse de la rabia y de la esperanza, la exaltación y el abatimiento. Finalmente, al cabo de seis meses, tras haberse tranquilizado Alexandre, Bouvard entró en posesión de su herencia.

Su primer grito había sido: «¡Nos retiraremos al campo!», y aquellas palabras que ligaban a su amigo a su felicidad, Pécuchet las encontró totalmente naturales. Porque el entendimiento entre ambos hombres era absoluto y profundo.

Pero como no quería vivir a expensas de Bouvard, no se iría antes de su jubilación. ¡Otros dos años más, paciencia! Permaneció inamovible, y así se zanjó la cuestión.

Para saber dónde establecerse, pasaron revista a todas las provincias. El norte era fértil, pero demasiado frío, el sur encantador por el clima, pero incómodo por los mosquitos, y el centro, francamente, no tenía nada de curioso. Bretaña les habría ido bien de no ser por el espíritu mojigato de sus habitantes. En cuanto a las regiones del este, a causa de los dialectos alemanes, ni pensarlo. Pero había otras regiones. ¿No estaban, por ejemplo, Forez, Bugey, Roumois? Los mapas no decían nada de ellas. Por lo demás, lo importante no era que su casa estuviera en un sitio o en otro, sino que tuviesen una.

Ya se veían en mangas de camisa, al borde de un arriate, podando rosales y cavando con azadón, dando segunda reja a la tierra, trabajándola, trasplantando tulipanes. Se despertarían al canto de la alondra para seguir al arado, irían con una cesta a coger manzanas, a ver cómo hacían la manteca, trillaban el grano, esquilaban los corderos, cuidaban las colmenas, y se deleitarían con los mugidos de las vacas y el olor del heno segado. ¡Se acabaría el copiar! ¡Y los jefes! ¡Y el pago de los alquileres! ¡Porque serían ellos los amos en su propia casa! ¡Y comerían gallinas de su corral, verduras de su huerto, y se sentarían a la mesa sin quitarse siquiera los zuecos!

—¡Haremos nuestra real gana! ¡Nos dejaremos crecer la barba!

Compraron los útiles de horticultura, luego un montón de cosas «que quizá podrían ser de utilidad», tales como una caja de herramientas (siempre necesaria en una casa), a continuación unas balanzas, una cinta métrica, una bañera por si enfermaban, un termómetro y hasta un barómetro «sistema Gay-Lussac» para experimentos de física, si les daba la vena. Tampoco estaría de más (porque no siempre se puede trabajar al aire libre) tener algunos buenos libros de literatura, y se pusieron a buscarlos, viéndose a veces en un buen aprieto cuando se trataba de valorar si dicho libro era verdaderamente un «libro de biblioteca». Bouvard zanjó la cuestión.

—Bah, no tendremos necesidad de biblioteca.
—Por otra parte, yo tengo la mía —dijo Pécuchet.

Se organizaron por adelantado. Bouvard traería sus muebles, Pécuchet su gran mesa negra; reutilizarían las cortinas y con unas pocas piezas de batería de cocina bastaría.

Aunque se habían jurado guardar silencio sobre todo esto, les resplandecía el semblante. También sus colegas les encontraban extraños. Bouvard, que escribía volcado sobre su pupitre y con los codos hacia fuera para redondear mejor su bastardilla, emitía su especie de silbido frunciendo con aire malicioso sus gruesos párpados. Pécuchet, encaramado en un gran taburete de asiento de paja, seguía cuidando los trazos verticales de su letra alargada, pero, hinchando las ventanillas de la nariz, apretaba los labios, como si temiera dejar escapar su secreto.

Al cabo de dieciocho meses de búsqueda, no habían encontrado nada. Hicieron viajes a todos los alrededores de París, desde Amiens hasta Évreux, y desde Fontainebleau hasta Le Havre. Querían una campiña que fuese precisamente eso, una campiña, sin pretender que fuera un paraje pintoresco, pero un horizonte limitado les deprimía.

Rehuían la vecindad de otras casas, aunque temían la soledad.

A veces se decidían; luego, temiendo arrepentirse más tarde, cambiaban de parecer, al considerar que el lugar era malsano, o expuesto a la brisa marina, o demasiado cercano a una fábrica, o de acceso difícil.

Barberou fue su salvación.

Como conocía su sueño, un buen día fue a decirles que le habían hablado de una propiedad, en Chavignolles, entre Caen y Falaise. Esta consistía en una hacienda de treinta y ocho hectáreas, con una especie de quinta y un huerto en pleno rendimiento.

Se trasladaron a Calvados y se sintieron entusiasmados. El único problema era que, por la hacienda más la casa (una no sería vendida sin la otra), les pedían ciento cuarenta y tres mil francos, y Bouvard no ofrecía más que ciento veinte mil.

Pécuchet luchó contra su empecinamiento, le rogó que cediera, y finalmente declaró que él pondría la diferencia. Era todo cuanto tenía, proveniente del patrimonio de su madre y de sus ahorros. Nunca había dicho palabra de ello, reservándose aquel capital para una buena oportunidad.

Se hizo el pago de todo hacia finales de 1840, seis meses antes de su jubilación.

Bouvard no era ya copista. En un primer momento había continuado desempeñando sus funciones por desconfianza ante el futuro, pero había pedido la baja una vez seguro de la herencia. Sin embargo, volvía gustosamente a Descambos Hnos., y la víspera de su marcha ofreció un punch a toda la oficina.

En cambio, Pécuchet se mostró desabrido con sus colegas, y salió, el último día, dando un violento portazo.

Tenía todavía que vigilar los embalajes, hacer un montón de encargos y compras, y despedirse de Dumouchel.

El profesor le propuso mantener una relación epistolar, en la que le tendría al corriente en literatura; y, tras haberse congratulado de nuevo, le deseó que todo le fuera bien. Barberou se mostró más sensible al recibir el adiós de Bouvard. Abandonó expresamente una partida de dominó, prometió ir a verle allí, pidió dos anisetes y le dio un abrazo.

Tras regresar a su casa, aspiró en su balcón una larga bocanada de aire diciéndose: «¡Por fin!». Las luces de los muelles rielaban en el agua, el rodar de los ómnibus se perdía en la lejanía. Recordó los días felices pasados en aquella gran ciudad, las comidas campestres en un restaurante, las veladas de teatro, los cotilleos de su portera, todas sus costumbres; y sintió vacilar su corazón, una tristeza que no se atrevía a confesarse a sí mismo.

Pécuchet paseó hasta las dos de la noche, adelante y atrás, por su habitación. No volvería más allí; ¡tanto mejor!, pero, sin embargo, para dejar allí algo suyo, grabó su nombre en el yeso de la chimenea.

El grueso del equipaje había salido la víspera. Los útiles de jardinería, las camas, los colchones, las mesas, las sillas, una cocina económica, la bañera y tres toneles de borgoña viajarían por el Sena, hasta Le Havre, desde donde serían expedidos a Caen, donde Bouvard, que los estaría esperando, los haría llegar a Chavignolles. Pero el retrato de su padre, los sillones, la licorera, los libros, el reloj de pared, todos los objetos de precio fueron metidos en un carro de mudanzas que se encaminaría por Nonancourt, Verneuil y Falaise. Pécuchet quiso acompañarlo.

Se instaló al lado del conductor, en el asiento, y, protegido por su levita más vieja, una bufanda, unos mitones y su folgo de oficina, el domingo 20 de marzo, al despuntar el día, salió de la capital.

El movimiento y la novedad del viaje le tuvieron ocupado las primeras horas. Luego los caballos demoraron el paso, lo que provocó disputas con el conductor y el carretero. Estos elegían unas posadas infames, y, aunque salían fiadores de todo, Pécuchet, por un exceso de prudencia, dormía en los mismos sitios. Al día siguiente se volvía a partir al alba; y la carretera, siempre la misma, se prolongaba en pendiente hasta la línea del horizonte. Se sucedían los trechos pedregosos, las cunetas estaban llenas de agua, la campiña se extendía en grandes superficies de un verde monótono y frío, las nubes navegaban por el cielo y, de cuando en cuando, llovía. Al tercer día se alzaron ráfagas atemporaladas de viento. El toldo del carro, mal fijado, chasqueaba al viento como la vela de un barco. Pécuchet bajaba la cara bajo su gorra, y cada vez que abría su tabaquera, tenía, para salvaguardar sus ojos, que darse por completo la vuelta. En los tumbos, oía oscilar detrás de él todo su bagaje y prodigaba recomendaciones. Viendo que estas no servían de nada, cambió de táctica; se hizo el campechano, intentó ser complaciente; en las subidas más duras, bajaba para empujar las ruedas junto con los otros hombres; llegó hasta a pagarles la copa de después de la comida. A partir de aquel momento, marcharon más ligeros, pese a que en los alrededores de Gauburge se rompió el eje y el carro quedó inclinado. Pécuchet inspeccionó inmediatamente el interior; las tazas de porcelana se habían hecho trizas. Alzó los brazos al cielo, le rechinaron los dientes, maldijo a aquellos dos imbéciles; y el día siguiente fue un día perdido porque el carretero cogió una curda; pero, colmada la copa de la amargura, no tuvo el valor de quejarse.

Bouvard había dejado París solo dos días después para poder comer de nuevo con Barberou. Llegó al patio de las Mensajerías en el último minuto, luego se despertó delante de la catedral de Ruán; se había equivocado de diligencia.

Por la noche, todas las plazas para Caen estaban tomadas; no sabiendo qué hacer, se fue al Théâtre des Arts, y sonreía a sus vecinos, diciendo que se había retirado del mundo de los negocios y comprado recientemente una propiedad en los alrededores. Cuando llegó el viernes a Caen, sus bultos no estaban allí. Los recibió el domingo y los expidió con una carreta, tras haber avisado al granjero de que les seguiría unas horas después.

En Falaise, al noveno día de su viaje, Pécuchet tomó un caballo de refuerzo, y viajaron bien hasta la puesta del sol. Pasado Bretteville, tras haber dejado la carretera general, tomaron por un atajo, creyendo ver cada cinco minutos la casa con piñón de Chavignolles. Sin embargo, las roderas se borraban; estas desaparecieron, y se encontraron en medio de unas tierras de labor. Caía la noche. ¿Qué podían hacer? Finalmente, Pécuchet se decidió a abandonar el carro y, chapoteando en el fango, se fue de avanzadilla. Cuando se acercaba a las alquerías, los perros ladraban. Él gritaba con todas sus fuerzas preguntando dónde estaba la carretera. Nadie le respondía. Le entraba miedo y volvía a ponerse en camino. De pronto brillaron dos faroles. Descubrió una calesa, se lanzó para alcanzarla. Dentro iba Bouvard.

Pero ¿dónde podía estar el carro de las mudanzas? Durante una hora se desgañitaron en la oscuridad. Al final dieron con él, y llegaron a Chavignolles.

Una fogata de broza y piñas ardía en la sala. La mesa estaba puesta para dos. Los muebles llegados con el carro atestaban la entrada. No faltaba nada. Se sentaron a la mesa.

Les habían preparado una sopa de cebolla, un pollo, tocino y huevos duros. La vieja encargada de la cocina venía de vez en cuando a informarse sobre sus gustos. Ellos respondían: «¡Oh, está muy bueno!, ¡muy bueno!», y la hogaza difícil de cortar, las natillas, las nueces, ¡lo encontraron todo delicioso! Había algún vacío en el embaldosado, las paredes rezumaban humedad. Sin embargo, dirigían a su alrededor miradas de satisfacción, mientras comían en la mesita donde ardía una candela. El aire libre había coloreado sus rostros. Sacaban barriga; se apoyaban en el respaldo de la silla, que crujía, y se repetían:

—¡Ya estamos aquí! ¡Qué felicidad! ¡Me parece estar soñando!

Aunque era medianoche, a Pécuchet se le ocurrió ir a dar una vuelta por el huerto. Bouvard no se negó a ello. Cogieron la candela y, protegiéndola con un viejo periódico, fueron a pasear a lo largo de los parterres. Disfrutaban llamando por su nombre a las hortalizas:

—¡Mira, zanahorias! ¡Ah, pero si hay coles!

A continuación pasaron a inspeccionar las espalderas. Pécuchet trató de descubrir los botones. De vez en cuando, una araña emprendía de improviso la huida por el muro, en el que se dibujaban agrandadas las sombras de sus cuerpos, repitiéndose sus gestos. Las puntas de las hierbas goteaban de rocío. La noche era totalmente negra; y todo estaba inmóvil en un gran silencio, una gran dulzura. Lejos, cantó un gallo.

Sus dos habitaciones estaban separadas por una portezuela disimulada por el papel pintado. Al golpearla con una cómoda, habían saltado los clavos. La encontraron abierta de par en par. Fue toda una sorpresa.

Desvestidos y ya en sus camas, charlaron un poco, luego se durmieron, Bouvard tumbado de espaldas, con la boca abierta, destocado; Pécuchet, sobre el costado derecho, con las rodillas contra el vientre, tocado con un gorro de algodón; y los dos roncaban al claro de luna que entraba por las ventanas.

(Continuará…)

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