EL VERANO, LA TRISTEZA

Pedro A. Curto






El verano es una época propicia para viajes iniciáticos. La ruptura con el horario escolar y laboral (aún no produciéndose éste), una cierta relajación de la normalidad y el propio calor, entre otros, han creado el veraneo, las vacaciones, el periodo estival, una especie de transición entre las estaciones, un tiempo entregado al disfrute hedonista.

Es, supuestamente, la búsqueda/encuentro con una forma de felicidad, aunque esta sea fugaz y relativa: carpe diem. A fin de cuentas esa búsqueda ha marcado desde las religiones hasta los sistemas políticos y económicos. Por eso, aparte de sus propias condiciones climatológicas, el verano es la estación de la luz, el periodo liberado para una nueva etapa, como si tras él comenzásemos en realidad un nuevo año. Pero donde hay luz, siempre hay sombras.

En la novela de Francoise Sagan, “Buenos días tristeza”, su adolescente protagonista, Cécile, se dispone a disfrutar de un verano relajado: “Aquel verano tenía 17 años y era totalmente feliz.” Y son los viajes iniciáticos concebidos como una aventura más, quienes la hacen descubrir algo que no esperaba: “Dudo en dar el nombre, el hermoso y grande nombre de tristeza a este desconocido sentimiento cuyo tedio y dulzura me obsesionan. Es un sentimiento tan completo, tan egoísta, que casi me produce vergüenza, mientras que la tristeza me ha parecido siempre algo honroso”. En uno de los mejores comienzos de novela, la autora irá lanzando el veraneo burgués al abismo y a dudas existenciales, muy propias de la época. Porque una cosa son las pretensiones, otra la naturaleza de esas pretensiones, y finalmente, el resultado de ponerlas en práctica.

En algunos textos de Marguerite Duras también se habla del veraneo, de las vacaciones. Fiel a su estilo, lo fundamental es lo no dicho, lo que se dibuja entre un tedio y un calor que casi se pueden palpar, como si hubiese una fisicidad literaria. Son textos donde, como en el propio veraneo, el tiempo se detiene, se hace infinito, igual que si no existiesen las manecillas del reloj. Tiempo vacío que tiende a llenarse con uno de los rituales que nos gobiernan: el consumismo.

Si conseguir periodos vacacionales pagados ha sido uno de los logros del movimiento obrero y que con esa liberación del trabajo se pueda acceder a unas vacaciones parecidas a las que hablaba la Sagan en la novela, su práctica ha terminado por convertirse en un consumo que beneficia a las élites económicas. Son los parques temáticos y la masificación turística, la lucha por un metro de playa en alguna costa renombrada, el endeudamiento para conseguir unas “vacaciones ideales”. Los vacíos y miserias de las clases ostentosas que hablaba Sagan en su novela, se han hecho interclasistas en algunos aspectos. El viajero es algo distinto al turista convencional; uno busca lo no visto, el otro se entrega a lo mil veces visionado.

El escritor Michel Houellebecq habla en alguna de sus novelas sobre ese turismo que viaja a paraísos exóticos, que se deja deslumbrar por culturas como el Islam , que busca el paraíso en una isla, representa un símbolo del crepúsculo de Occidente, para él, profeta de esa decadencia occidental.

Este verano pandémico o post-pandémico, no parece propicio para la búsqueda de ningún tipo de felicidad, ni siquiera para la ruptura, aunque sea momentánea, con una normalidad cada vez más alienante. Embozados y controlados, atemorizados por un virus invisible, amenazada la salud, no hay grandes posibilidades de liberación. Ahora para el metro de playa hay que hacer cola y pedir permiso. “Es la guerra” clamaba uno de los uniformados que aparecía en las ruedas de prensa para informarnos de cómo iba la cosa. Como dice Cécile en la novela: “la ternura es un sentimiento agradable y arrebatador, como la música militar.”

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