¿Nos debe importar el arte contemporáneo?

Carlos E. Luján Andrade






Robert Hughes declaró que ante una propuesta artística que nos diga entre líneas o directamente: “este es el arte que necesita nuestra época, esto hay que respetarlo”, no debemos darle demasiada atención porque no es arte y no le importa a nadie. Que esa potestad no se encuentra en movimientos o críticos sino en uno mismo. El artista debe solo mostrar más no explicar. Las ideas argumentadas insertas en el arte lo despojan de su sustancia, su sensualidad como de su complejidad. Así nos dice:

“El proyecto básico es hacernos el mundo pleno y comprensible. Devolvernos en toda su gloria y su ocasional repugnancia. No mediante argumentos sino a través de sensaciones y cerrar el abismo entre tú y todo lo que no eres tú y así pasar de la sensación al significado. Es algo que no se puede hacer por comités, no es tarea para grupos o movimientos. Está hecha por individuos. Cada persona mediando en cierto modo entre la historia y la experiencia del mundo. Esta tarea literalmente no tiene fin. Ya no tenemos vanguardia, pero siempre tendremos un arte”.

Sin embargo, la supervivencia del arte conceptual también llamado arte contemporáneo que ha tomado las galerías, el mercado y el debate académico y artístico, nos obliga a preguntarnos: ¿cómo debemos entender este tipo de arte?, ¿cómo deberíamos abordarlo? y si debe importarnos. El historiador del arte James Fox, nos plantea esta pregunta en su documental This is Not Art, donde indaga si existe algo detrás de una aparente falsedad y estafa en este llamado arte. Pero antes, es necesario que indaguemos y que nos pongamos de acuerdo en los términos que podría contener este debate. Y es en esa búsqueda que surge el problema sobre la definición de Arte. ¿Qué es el Arte?, y más aún, otros se preguntan ante una obra de arte contemporáneo, ¿es esto Arte?

Con esa duda sobre el tapete, es preciso observar que los críticos ya poseen un concepto claro antes de juzgar una obra. Es esa definición que llevarán a cada espacio artístico como un leitmotiv ante la preocupación si aquello mostrado en una galería vale la pena denominarlo así. La crítica de arte mexicana Avelina Lésper, es tajante para separar lo artístico de lo banal. Su concepto está basado principalmente en la técnica. Si esta no puede apreciarse de forma depurada en una obra, entonces carece de sentido llamarlo obra de arte. Para ella el arte es: “una manifestación del ser humano, es una creación. El arte es lo que tú puedes ver de inmediato, un talento, factura, dominio de algo con altísimos niveles de maestría.” Esta sería la prueba que un artista ha dedicado una vida en aprender una técnica para expresarse porque “el arte es una forma muy sofisticada de expresión en la que no solamente puedes ver lo que el artista está tratando de querer decir, sino cómo está tratando de decirlo.”

Si no vemos este dominio en una obra para Lésper entonces no entra en la categoría de arte. Ahora, como mencioné líneas arriba, la definición siempre estará limitada por los mismos parámetros conceptuales que uno le imponga. Para el doctor en Bellas Artes e influencer Antonio García Villarán, el concepto está sujeto a la emoción, a la subjetividad del individuo que aprecia la obra y dependerá de su experiencia y cultura el determinar si algo es artístico o no. Así parafrasea lo que postula Władysław Tatarkiewicz en su libro “Historia de las seis ideas”, precisando que el concepto del arte ha cambiado a través de los años. Aclaración pertinente pues si damos un vistazo a cómo eran considerados personajes de la talla de Miguel Ángel o Leonardo da Vinci, difícil hallaríamos algún testimonio que en su época dijeran que eran artistas de acuerdo a ciertos conceptos usados el día de hoy.

Pero volviendo a lo mencionado por García Villarán sobre que el arte está en la percepción de uno, él nos remite a Duchamp y sus llamados ready-made, donde cualquier objeto puede tomarse y hacerlo arte dependiendo de la voluntad y los ojos de espectador, pues para este artista: “no todo es arte, pero cualquier cosa puede serlo. El objeto ya no importa, lo que importa es la idea, su concepto”. Así vemos el nacimiento del arte conceptual. No obstante, para Avelina Lésper nada de eso es arte. Para la crítica, este debe transformar la realidad y si el artista es incapaz de hacerlo no es tal. Si toma literalmente un pedazo de la realidad y lo coloca en un museo, no puede ser considerado arte porque eso es la realidad misma que consumimos todos y esa realidad la utilizamos todo el tiempo. Así que no transforma nada, solo lo cambia de lugar.

Los conceptos se distancian abismalmente y son distintos en ángulo y época. Para unos es solo buscar una justificación para denominar a cualquier cosa como arte y así poder venderlo, para otros es una forma de preservar aquello considerado excelso y bello, intentando que en esta defensa la sociedad no deje de apreciar el esfuerzo en desarrollar con maestría la técnica expresiva.

Entonces, ¿qué hacemos cuando no podemos hallar un consenso sobre lo que es el arte? Y si carecemos de este acuerdo, ¿cómo hablaremos del arte contemporáneo? Para los que lo tienen claro, no es difícil hablar sobre él. Por ejemplo, Lésper afirma que se está usurpando el término. La fragilidad de este nombre es debido a que se refiere al tiempo. Para ella toda obra que se está produciendo ahora mismo es contemporánea y el nombre adecuado para esto es “estilo contemporáneo”. Ella lo ejemplifica de la siguiente manera: “si haces un video, debe estar fuera de foco y no debe tener ningún grado de factura porque si lo haces bien entonces es otra cosa. Es un videoclip, cine, publicidad pero no es video arte.” Toda obra que no esté acorde con este estilo no es arte contemporáneo por lo que excluyen a otros trabajos que siguen los estilos tradicionales de creación. He ahí la justificación para decir que se está usurpando el término.

Ahora, la radicalidad al buscar una definición tampoco nos aclara el panorama, pues qué hacemos con aquellas obras que sí expresan una idea profunda, que contienen alegorías poderosas o con aquellas que nos dan una perspectiva distinta de la realidad. El historiador del arte James Fox nos dice en el documental This is not Art que cuando nos enfrentamos al arte conceptual no nos deberíamos preguntar si es arte o no, porque en realidad no sabemos lo que es el arte. Más bien lo que deberíamos cuestionarnos es si es gracioso, si es original o si nos hace pensar. Aquí ya estamos pasando la frontera de lo estético. Nos acercamos a las pretensiones primeras de quien tomó un objeto común y silvestre y dijo: “esto es arte” o más bien, “debería ser apreciado como arte”. Esto puede parecer la misma expresión, pero hay una sutil diferencia. La primera busca encajar una obra en un concepto y el segundo crea un nuevo concepto para la palabra arte. Entonces, sería legítimo seguir lo que tanto Duchamp, Craig – Martin o Manzoni afirmaban: “el pensamiento es lo que cuenta”. Y citando al Sol Lewitt: “la idea se convierte en una máquina que hace el arte. Es el objetivo del artista que se ocupa del arte conceptual el hacer que su trabajo sea mentalmente interesante para el espectador y por lo tanto, desearía que se volviera emocionalmente seco.”

Aunque lo que destaca James Fox al revisar las obras de artistas conceptuales como Mary Kelly es que no siempre “a menudo se coloca al cerebro antes que el corazón.” Porque en el caso de este tipo de artistas no solamente uno debe mirar, sino que tienes que leerlo, analizarlo y descifrarlo porque es sobre la autocomprensión. O las de Kelly Patterson donde sus obras casi imposibles de imaginar, generan un impacto debido a esa imposibilidad que activa la imaginación del espectador porque como aclara Fox: “la mayoría del arte conceptual cobra vida cuando (el cerebro) no está preparado para trabajar. La comprensión a menudo requiere esfuerzo pero puedes completar la gran idea del artista. El arte conceptual es sobre todo de ideas y pueden venir de diferentes formas y tamaños, pues el arte sin ideas es decoración”.

Y aquí es pertinente reflexionar en aquello que pretende dar esa idea pero lo hace de forma fallida. Donde como afirma Lésper, no se ve la destreza ni la pericia en el desarrollo de esta. Obras que se pueden hacer muy rápido o sin rango de calidad que pudieran determinar su valor, entonces caeríamos en lo que simpáticamente Antonio García Villarán califica como “hamparte”. En el que se destacan obras hechas con falta de talento, ideas simples y en la que nos hace creer a las personas en general que todos podemos hacerlas y por lo tanto, ser artistas. García Villarán no las descalifica, sino que les da un término que describe su pretensión. Objetos que se confunden con otros más sustanciosos o elaborados y que inundan el mercado del arte al que lo mantienen vivo, como denuncia Avelina Lésper, por compradores excéntricos, gente sin cultura y que no sabe comprar.

Y entendiendo este panorama, ¿debemos darle importancia al llamado arte contemporáneo? Lo valioso es posicionarnos en un concepto, en una postura ideológica que nos permita tomar las cosas por su propio peso. Es evidente que aquello que ahora conocemos como arte, por ejemplo, el Impresionismo, fue rechazado, resistido, evaluado y finamente aceptado. Varias de las expresiones artísticas que copan las galerías, teatros o espacios públicos podrían verse excluidas si hiciéramos el concepto de arte inamovible. ¿Perdería su grandeza un concepto que cobija a excelsas obras del ser humano si lo asemejamos a otras obras menos prolijas? ¿Qué nos dice nuestra sociedad al generar esa confusión? ¿Será que el arte ha sido maldecido por el mercado como titulaba un documental de Robert Hughes?

Quizás en el equilibrio entre las diversas definiciones sobre lo que es el arte es lo que cobija en su totalidad el arte contemporáneo. La importancia por hallar el porqué de su existencia se encuentra en radiografiar al ser humano e indagar en las nuevas formas de expresión que ahora tiene al alcance para echar a andar su imaginación.

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