Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “No te metas con mi cucu”

Ítalo Costa Gómez






Nunca he tenido poto. Siempre he sido despotado. Incluso ese par de añitos que fui un tanto gordito. Me sobraba carne por todos lados, tenía las piernas de un luchador de sumo, pero no tenía poto. Creo que nunca había sido muy consciente del tema – o sí y me llegaba al chopin – porque tampoco es que me obsesione con la forma del tesorito en sí. Para mí el tema era-es irrelevante. Es un hecho que siempre acepté con naturalidad.

Pensé que todo el mundo en mi entorno lo tomaba igual hasta que un día una salidita a bailar – en la era previa al bicho loco – me convenció de lo contrario.

Cuenta la historia que nos fuimos cuatro amigos a Bierhaus. Un bar discoteca que quedaba en Berlín, esa famosa calle miraflorina llena de hermosa perdición. Ahí solíamos hacer gala de nuestros movimientos más sensuales mientras Juan Luis Guerra y la 440 cantaban la abejita o salía un mix de Julio Andrade.

[Mira a la morena. Qué cosa buena. Cómo mueve su cucú]

Y ahí nos contoneábamos felices y bebíamos jarras de jarras de cerveza que – estoy seguro – combinaban con agua metiéndonos la yuca, pero no nos importaba un carajo.

Se sumó aquella noche una pareja más a nuestra mesa. Daniel era un muchacho joven, hijo de un doctor cirujano plástico muy reconocido en Lima, y lo acompañaba su novia, ambos amigos de mis amigos. Todo bonito. Gente bacán.

Saqué a bailar a una chica que estaba paradita en la barra con cara de aburrida. Movíamos el pelo y coqueteábamos con medio mundo como si estuviéramos en la pista del programa de Gisela Valcárcel. Belén Estevez era una cojuda.

[Párate y mira, mira cómo se mueve, mira como baila, mira como salta]

Cuando volvimos a la mesa nos hicieron fiesta. Yo estaba feliz hasta que Daniel abrió la boca.

– Qué bonito bailas, brother. Me he cagado de risa. La rompes.
– ¡Gracias! Siempre hay que bailar como si nadie te estuviera mirando. Si no lo disfrutas para qué saldrías a bailar… ¿sí o no?
– Absolutamente. Oye te quería decir una cosa. Mi viejo es cirujano plástico. Trabaja en la Clínica Tal. Es muy bueno en lo que hace y yo podría hablar con él para que te dé un precio especial por sí algún día te quieres poner un poco de poto porque no tienes nada de nada. Justamente eso comentábamos en la mesa. Se te vería con más forma si te pones un poco de trasero. Te lo digo de buena fe.

I beg your pardon?!!? “Te lo digo de buena fe” todavía me dijo el jijuna. Me estaba diciendo despotado en mi cara y nos conocíamos hace cinco segundos. Encima me estaba revelando que mi rabito había sido el tema de la mesa mientras no estaba. Mis amigos mudos. El trago lo había ayudado a soltarse y me imagino que habrá pensado “acá hay negocio… este flaco necesita rabo urgente”. Me quedé de a seis, pero respondí digno en la cara pelada de todos.

– Que de puta madre. Te agradezco mucho el gesto, pero ya he quedado con una señora que me va a inyectar aceite de avión la próxima semana. Voy a tener el culo de la Mariella Zanetti en unos días, estoy bien emocionado.

La mesa estalló en risas y Daniel se dio cuenta de lo cojudo que estaba quedando con su comentario de mierda y cambió el tema. Sé que su intención no fue mala, pero había que darle un escarmiento al chochera. No te metas con mi cucu, cariño.

Ahorita que lo escribo estoy meditando en qué tanto hacía el pata mirándome el poto. Mmmmmm… sospechoso, eh. Muy sospechoso, pequeños calentones.

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