Bouvard y Pécuchet. La novela (II)

Gustave Flaubert







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¡Qué alegría, al día siguiente, al despertar! Bouvard se fumó una pipa, y Pécuchet inhaló una pulgarada de rapé, declarando ambos que era la mejor de su vida. Luego se pusieron a mirar por la ventana para contemplar el paisaje.

Tenían enfrente los campos, un granero a la derecha, con el campanario de la iglesia; y a la izquierda, una cortina de chopos.

Dos ringleras de árboles principales, en cruz, dividían el huerto en cuatro partes. Las hortalizas estaban plantadas en cuadros, de los que se alzaban, a trechos, cipreses enanos y árboles podados en forma de huso. Por un lado, un cenador moría en un cerrillo; por el otro, un muro sostenía las espalderas; y una cancela, al fondo, daba al campo. Más allá del muro, había un plantío de frutales y, tras la alameda, un bosquecillo; detrás de la empalizada, un sendero.

Estaban contemplando aquel conjunto cuando un hombre de cabellera entrecana y vestido con un abrigo negro bordeó el sendero, raspando con su junco todos los barrotes de la empalizada. La vieja sirvienta les informó de que era el señor Vaucorbeil, un afamado médico del distrito.

Los otros notables eran: el conde de Faverges, ex diputado, cuyas vaquerías se consideraban modélicas; el alcalde, el señor Foureau, que vendía madera, yeso y todo género de cosas; el notario señor Marescot; el padre Jeufroy, y la señora viuda Bordin, que vivía de rentas. En cuanto a ella, era conocida como la Germaine, por el nombre de pila de su difunto marido. Hacía trabajos domésticos «al jornal», pero le habría gustado entrar a servir en casa de aquellos señores. Ellos la aceptaron y se fueron para su hacienda, que estaba a un kilómetro de distancia.

Cuando entraron en el patio, el granjero, el tío Gouy, estaba vociferando contra un mozo, y la granjera, en un taburete, apretaba entre las piernas una pava a la que cebaba con pelotillas de harina. El hombre tenía la frente estrecha, fina la nariz, la mirada huidiza y los hombros robustos. La mujer era muy rubia, con las mejillas pecosas, y ese aire de simpleza que tienen los villanos en las vidrieras de las iglesias.

En la cocina pendían del techo unos haces de cáñamo. Tres viejas escopetas se escalonaban en la alta chimenea. Un aparador lleno de lozas decoradas con flores ocupaba el centro de la pared, y las ventanas con cristales verde botella arrojaban sobre los utensilios de hojalata y de cobre rojizo una luz macilenta.

Los dos parisienses deseaban hacer una inspección, pues habían visto la propiedad solo una vez, y someramente. Gouy y su esposa les acompañaron; y comenzó el rosario de quejas.

Todos los edificios, desde la cochera hasta la destilería, necesitaban algún arreglo. Habría que construir un anexo para los quesos, poner cerraduras nuevas en las cancelas, realzar los taludes, dragar el estanque y replantar un considerable número de manzanos en los tres patios.

A continuación visitaron los cultivos. Gouy los despreció. Requerían demasiado estiércol, los acarreos eran un dispendio; imposible sacar las piedras, la mala hierba emponzoñaba los prados; y esta denigración de su tierra atenuó el placer que Bouvard sentía de caminar por ella.

Volvieron por la trocha, por una avenida de hayas. La casa mostraba, de aquel lado, el patio principal y la fachada.

Esta estaba encalada de blanco, con el fondo de los lados pintados de amarillo. El cobertizo y la bodega, el horno y la leñera la ceñían con dos alas más bajas. La cocina comunicaba con una salita. A continuación venían el vestíbulo, una segunda sala más grande, y el salón. Las cuatro habitaciones del primer piso daban a un pasillo que miraba al patio. Pécuchet se reservó una para sus colecciones; la última fue destinada a biblioteca; y al abrir los armarios encontraron otros libros, pero no se les pasó por las mientes leer los títulos. Lo más urgente era el huerto.

Al pasar cerca de la alameda, Bouvard descubrió bajo las ramas una dama de escayola. Con dos dedos se levantaba la falda, las rodillas dobladas, la cabeza recostada sobre un hombro, como temiendo verse sorprendida.

—¡Oh, perdón, siga usted con lo suyo!

Tanto les divirtió la broma que, veinte veces al día, durante más de tres semanas, la repitieron.

No obstante, los burgueses de Chavignolles deseaban conocerles; venían a observarles por la empalizada. Ellos taparon las aberturas con unas tablas. La población se molestó.

Para protegerse del sol Bouvard llevaba en la cabeza un pañuelo enrollado a modo de turbante, Pécuchet su gorra, y tenía un gran delantal con un bolsillo delantero dentro del cual bailaban una podadera, su bufanda y su tabaquera. En mangas de camisa, uno al lado del otro, trabajaban, escardaban, podaban, se imponían tareas, comían lo más deprisa posible; pero iban a tomar el café al cerrillo, para disfrutar de la vista.

Si encontraban un caracol, se acercaban a él y lo aplastaban haciendo con la comisura de la boca una mueca, como para romper una nuez. No salían sin su laya, y partían en dos las larvas de abejorro con tal fuerza que el hierro del útil se hundía unos ocho centímetros.

Para liberarse de las orugas vareaban con furia los árboles.

Bouvard plantó una peonía en medio del césped y tomates que tenían que caer como globos de lámpara bajo el arco del cenador.

Pécuchet hizo abrir delante de la cocina un ancho hoyo que dividió en tres compartimientos, en los que pensaba elaborar abonos que harían crecer un montón de cosas cuyos detritos producirían otras cosechas que proporcionarían a su vez otros abonos, y así sucesivamente hasta el infinito, y fantaseaba al borde de la zanja, viendo en el porvenir montañas de fruta, un desbordamiento de flores, avalanchas de hortalizas. Pero le faltaba el estiércol de caballo, tan útil para la siembra. Los labradores no lo vendían: los posaderos se lo negaron. Finalmente, tras mucho buscar, pese a las insistencias de Bouvard y abjurando de todo pudor, decidió «ir en persona a por estiércol».

Fue en medio de esta ocupación cuando, un día, la señora Bordin le abordó en la carretera general. Tras los cumplidos de rigor, le preguntó por su amigo. Los ojos negros de esta persona, pequeños pero muy brillantes, sus subidos colores, su aplomo (tenía incluso un poco de bigotillo) intimidaron a Pécuchet. Él respondió brevemente y le volvió la espalda. Descortesía que Bouvard censuró.

Luego llegaron los días de mal tiempo, la nieve, los grandes fríos. Se recogieron en la cocina, donde hacían espaldares; o bien recorrían las habitaciones, charlaban al amor del fuego y miraban caer la lluvia.

A partir de mediados de Cuaresma, se pusieron a acechar la primavera, y repetían cada mañana: «¡Todo brota!». Pero la estación llevaba retraso; y trataban de aplacar su impaciencia, diciéndose: «¡Dentro de poco todo brotará!».

Por fin vieron despuntar los guisantes. Los espárragos dieron buen rendimiento. La viña prometía.

Como entendidos que eran en jardinería, no podían dejar de tener éxito en la agricultura; y les dominó la ambición de llevar ellos su hacienda. Con buen sentido y aplicación, qué duda cabía que saldrían adelante.

En primer lugar, había que ver cómo lo hacían los demás; y escribieron una carta en la que le pedían al señor de Faverges el honor de visitar sus cultivos. El conde les dio inmediatamente una cita.

Al cabo de una hora de camino llegaron a la ladera de un collado que domina el valle del Orne. El río corría al fondo, formando meandros. Bloques de gres rojo se alzaban a trechos, y unas rocas más grandes formaban en la lejanía una especie de acantilado cortado a pico sobre la campiña, cubierta de trigos maduros. Enfrente, en la otra colina, la vegetación era tan abundante que ocultaba las casas. Unos árboles la dividían en cuadros desiguales, delimitados en medio de la hierba por unas líneas más oscuras.

De pronto apareció el conjunto de la finca. Unos tejados de teja indicaban la alquería. La quinta, de fachada blanca, se encontraba a la derecha con un bosque más allá, y un césped descendía hasta el río, en el que unos plátanos alineados reflejaban su sombra.

Los dos amigos entraron en un campo de alfalfa que estaban segando. Mujeres con sombreros de paja, pañoletas de indiana o viseras de papel, levantaban con un rastrillo el heno dejado en el suelo; y en el otro extremo del llano, junto a los almiares, arrojaban enérgicamente los haces dentro de una larga carreta, con un tiro de tres caballos. El señor conde se adelantó, seguido de su administrador.

Lucía un traje de bombasí, el porte tieso y las patillas en forma de pata de conejo, un aire de magistrado y de dandy a un tiempo. Sus rasgos permanecían impasibles incluso cuando hablaba.

Tras un primer intercambio de corteses saludos, expuso sus métodos de trabajo con el forraje; se daba la vuelta a las hozadas sin desparramarlas; los almiares debían ser cónicos y los haces hacerse inmediatamente en el sitio, y luego amontonarlos por decenas. En cuanto al rastrillo inglés, el prado era demasiado desigual para semejante instrumento.

Una niña, con los pies desnudos en sus chanclas, y cuyo cuerpo se entreveía por los rotos del vestido, ofrecía de beber a las mujeres vertiendo sidra de un pichel que sostenía apoyado en su anca. El conde preguntó de dónde había salido aquella niña; nadie sabía nada. Las henificadoras la habían recogido para que las sirviera durante la siega. Él se encogió de hombros y, alejándose, profirió algunas quejas sobre la inmoralidad de nuestro campo.

Bouvard hizo el elogio de su alfalfa. Era bastante buena, en efecto, pese a los estragos de la cuscuta; los futuros agrónomos abrieron los ojos a la palabra «cuscuta». Visto el número de cabezas de ganado que tenía, el conde se estaba concentrando en los prados artificiales; era, por otra parte, un buen precedente para las otras cosechas, lo que no siempre ocurre con las raíces forrajeras.

—Esto al menos me parece indiscutible.

Bouvard y Pécuchet contestaron al unísono:

—¡Oh!, indiscutible.

Estaban en la linde de un campo totalmente llano, cuidadosamente mullido: un caballo que llevaban de las bridas tiraba de un cajón montado sobre tres ruedas. Siete cuchillas, situadas en la parte inferior, abrían unos finos entresurcos paralelos, en los que caía el grano por medio de unos tubos que descendían hasta el suelo.

—Aquí —dijo el conde— siembro nabos. El nabo es la base de mi cultivo cuatrienal.

Y comenzó a explicar cómo funcionaba la sembradora. Pero un criado vino a buscarle. Le necesitaban en la quinta.

Le reemplazó su administrador, un hombre de rostro taimado y maneras obsequiosas.

Este condujo a «aquellos señores» hacia otro campo, en el que catorce segadores, con el pecho desnudo y las piernas abiertas, guadañaban centeno. Las hojas silbaban en la paja que se volcaba a la derecha. Cada uno describía delante de sí un amplio semicírculo y, todos en línea, avanzaban al mismo tiempo. Los dos parisienses admiraron sus brazos, presas de una veneración casi religiosa por la opulencia de la tierra.

A continuación bordearon otros trozos cultivados. Caía el crepúsculo, unas cornejas se abatían sobre los surcos.

Luego se encontraron con un rebaño. Los corderos pastaban aquí y allá, y se oía su incesante ramoneo. El pastor, sentado en un tronco de árbol, tejía una media de lana, con su perro al lado.

El administrador ayudó a Bouvard y a Pécuchet a salvar un vallado, y atravesaron dos eras circundadas de casas de labor, donde rumiaban unas vacas bajo los manzanos.

Todos los edificios de la alquería estaban contiguos y ocupaban los tres lados del patio. El trabajo se hacía allí mecánicamente, mediante una turbina, sirviéndose de un arroyuelo cuyo curso había sido desviado expresamente. Unas cinchas de cuero iban de un tejado a otro, y en medio del estercolero giraba una bomba de hierro.

El administrador hizo observar en los apriscos unas pequeñas aberturas a ras de suelo y, en las pocilgas, unas puertas ingeniosas, que podían cerrarse por sí solas.

La alquería estaba abovedada como una catedral con unos arcos de ladrillo que descansaban sobre unos muros de piedra.

Para divertir a los señores, una sirvienta arrojó delante de las gallinas unos puñados de avena. El eje de la prensa les pareció gigantesco, y subieron al palomar. Les maravilló en particular la lechería. Unos grifos en los ángulos proporcionaban agua suficiente para inundar las baldosas del pavimento, y al entrar sorprendía el frescor allí reinante. Unas vasijas pardas, alineadas sobre unas rejillas, estaban llenas de leche hasta los bordes. Unos jarros menos profundos contenían nata. Las barras de mantequilla se sucedían, semejantes a troncos de una columna de cobre, y la espuma desbordaba de los cubos de hojalata, que acababan de ser colocados en el suelo. Pero la joya de la granja era la boyeriza. Unos barrotes de madera empotrados perpendicularmente a todo lo largo la dividían en dos sectores: el primero para el ganado, el segundo para los servicios. Apenas si se veía ahí dentro, pues todas las aberturas estaban cerradas. Los bueyes comían, atados a unas cadenas, y sus cuerpos exhalaban un calor que el techo bajo devolvía hacia abajo. Pero alguien encendió una luz, y un hilo de agua corrió de pronto por el canalillo que bordeaba los comederos. Se alzaron unos mugidos; los cuernos hacían un ruido como de entrechocar de bastones. Todos los bueyes avanzaron sus morros por entre los barrotes, y bebían despacio.

Las grandes yuntas entraron en el patio y unos potros relincharon. En la planta baja se encendieron dos o tres faroles, luego desaparecieron. Los braceros pasaban arrastrando sus zuecos sobre los cantos rodados, y sonó la campanilla de la cena.

Los dos visitantes se fueron.

Todo cuanto habían visto les encantaba, y tomaron una decisión. Esa misma noche sacaron de la biblioteca los cuatro tomos de La casa rústica; pidieron el curso de Gasparin y se suscribieron a una revista de agricultura.

Para dirigirse más cómodamente a las ferias compraron un carricoche que guiaba Bouvard.

Vestidos con blusón azul, sombrero de alas anchas, polainas hasta las rodillas y un cayado de chalán en la mano, daban vueltas en torno al ganado, preguntaban a los trabajadores y no perdían ocasión de frecuentar todos los círculos de labradores.

No tardaron en cansar al tío Gouy con sus consejos, deplorando sobre todo sus métodos con los barbechos. Pero el granjero estaba apegado a su rutina. Pidió que le fuera aplazado un vencimiento con la excusa del granizo. En cuanto a los cánones, no pagó ninguno. Ante las muy justas reclamaciones, su mujer lanzaba gritos. Finalmente, Bouvard declaró su intención de no renovar el arriendo.

A partir de entonces, Gouy escatimó en abonos, dejó crecer las malas hierbas, arruinó la heredad, y se fue con un aire hosco que delataba una intención vengativa.

Bouvard había pensado que veinte mil francos, es decir, más de cuatro veces el precio del arriendo rústico, bastarían para empezar. Su notario de París se los mandó.

Su explotación comprendía quince hectáreas entre patios y prados, veintitrés en tierras cultivables y cinco de yermas situadas en un montículo cubierto de guijarros y conocido como la Loma.

Se procuraron todos los aperos indispensables, cuatro caballos, doce vacas, seis cerdos, ciento sesenta corderos y, como personal, dos carreteros, dos mujeres, un mozo y un pastor, además de un perrazo.

Para tener liquidez de inmediato, vendieron sus forrajes: vinieron a pagárselos a casa; el oro de los napoleones contados sobre el arcón de la avena les pareció más reluciente que cualquier otro, extraordinario y mejor.

En noviembre, fabricaron sidra. Era Bouvard quien fustigaba al caballo y Pécuchet, subido a la pila, removía el poso con una paleta. Jadeaban al apretar el husillo de la prensa, la probaban con un cazo en la cuba, vigilaban los canilleros, llevaban pesados zuecos, se lo pasaban en grande.

Partiendo del principio según el cual el trigo nunca está de sobra, suprimieron casi la mitad de sus prados artificiales; y, como no tenían fertilizante, se sirvieron de residuos amazacotados de simientes que enterraron sin triturarlos, por lo que el rendimiento fue miserable.

Al año siguiente, sembraron demasiado tupidamente. Llegaron unas tormentas. Las espigas se doblaron hasta el suelo.

Pese a ello, se empecinaron con el trigo candeal y se pusieron a quitar las piedras de la Loma. Un chirrión se las llevaba. Durante todo el año, desde la mañana hasta la noche, lloviera o hiciera sol, se veía al eterno chirrión, con el mismo hombre y el mismo caballo, subir, bajar y remontar el pequeño cerro. A veces Bouvard caminaba detrás, deteniéndose a mitad de la cuesta para secarse la frente.

Como no se fiaban de nadie, cuidaban ellos mismos de sus animales, les administraban purgas y lavativas.

Se produjeron graves desórdenes. La moza encargada del corral quedó en estado. Contrataron a gente casada; empezaron a pulular los niños, los primos, las primas, los tíos, las cuñadas; toda una horda vivía a expensas suyas, y decidieron dormir por turnos en la alquería.

Pero por la noche se sentían tristes. Les desagradaba la suciedad de la habitación, y Germaine, que les llevaba la comida, refunfuñaba a cada viaje. La gente les enredaba de todas las formas posibles. Los trilladores escondían el grano dentro de los cántaros de beber. Pécuchet sorprendió a uno y se puso a gritarle, mandándole fuera de un empellón en los hombros:

—¡Miserable, eres la vergüenza del pueblo que te vio nacer!

Su persona no infundía ningún respeto. Por otra parte, le remordía la conciencia respecto al huerto. No habría bastado con todo su tiempo para mantenerlo en buen estado. Bouvard se ocuparía de la hacienda. Deliberaron, y llegaron a este acuerdo.

Ante todo había que contar con unos buenos semilleros. Pécuchet hizo construir uno de ladrillo. Él mismo pintó los contramarcos y, temiendo el solazo, embadurnó de yeso todas las campanas de vidrio.

Con los esquejes tuvo la precaución de quitar las cabezas con las hojas. A continuación se aplicó a las acodaduras. Probó varias clases de injertos, injertos en flauta, en corona, en escudete, injerto herbáceo, injerto inglés. ¡Con qué cuidado ajustaba los dos líderes! ¡Cómo apretaba las ligaduras! ¡Qué cantidad de pega para recubrirlas!

Dos veces al día cogía la regadera y la balanceaba sobre las plantas, como si las incensara. A medida que reverdecían, bajo el agua que caía como una fina lluvia, le parecía saciar su propia sed y renacer con ellas. Luego, cediendo a una ebriedad, sacaba la alcachofa de la regadera y derramaba a chorro, copiosamente.

En el extremo del cenador, cerca de la dama de escayola, se alzaba una especie de caseta hecha de maderos. Pécuchet guardaba en ella sus herramientas, y pasaba allí horas deliciosas espulgando los cereales, escribiendo etiquetas, poniendo en orden sus tarros. Para descansar, se sentaba delante de la puerta, sobre una caja, y entonces proyectaba mejoras.

Había puesto al pie de la escalinata dos tiestos de geráneos y, entre los cipreses y los árboles frutales cortados en forma de huso, plantó unos girasoles; y como los parterres estaban cubiertos de botones de oro, y todas las calles de arena nueva, el huerto deslumbraba por su profusión de colores amarillos.

Pero el semillero hormigueó de larvas; y pese a la protección de las hojas muertas, bajo los contramarcos pintados y las campanas de vidrio embadurnadas, no creció más que una vegetación raquítica. Los esquejes no arraigaron; los injertos se despegaron, la savia de los acodos quedó bloqueada, los árboles tenían el mal blanco de las raíces; la sembradura era una desolación. El viento se divertía derribando los rodrigones de las judías. La abundancia de estiércol estropeó los fresales, y la falta de desmoche de los botones, los tomates.

Fallaron los brécoles, las berenjenas, los nabos, los berros de agua, que había querido cultivar en una tina. Tras el deshielo, todas las alcachofas se habían perdido. Las coles le sirvieron de consuelo. Sobre todo una le dio esperanzas. Se fue abriendo, haciendo más y más alta hasta acabar por ser un prodigio y absolutamente incomestible. ¡No importa! Pécuchet quedó contento de poseer un monstruo.

Entonces intentó lo que parecía ser el súmmum del arte: el cultivo del melón.

Sembró pepitas de varias clases en unos platos llenos de mantillo, que soterró en un semillero. Luego preparó uno nuevo; y cuando aquél hubo echado brotes, trasplantó las plantitas más bonitas, con una campana de vidrio encima. Hizo todas las podaduras siguiendo los preceptos del buen horticultor, respetó las flores, dejó que los frutos cuajasen, eligió uno por cada rama, eliminó los otros, y cuando tuvieron el grosor de una nuez, introdujo bajo su corteza una tablilla para impedir que se pudriesen en contacto con el estiércol. Los regaba, los aireaba, quitaba con su pañuelo el vaho de las campanas, y si aparecían nubes en el cielo, traía rápidamente unas esteras. Por la noche no pegaba ojo. Varias veces incluso se levantó; y calzado con sus botas con los pies desnudos, en camisa, temblando, atravesaba todo el huerto para ir a poner sobre las estufas la manta de su cama.

Los cantalupos llegaron a la maduración.

Al primero, Bouvard hizo una mueca. El segundo no fue mejor, tampoco el tercero. Pécuchet encontraba para cada uno una nueva excusa, hasta el último, que tiró por la ventana, declarando que no entendía nada.

En efecto, como había cultivado clases distintas unas cerca de otras, los melones dulces como la miel se confundieron con los del huerto, el grueso Portugal con el gran Mogol, y la proximidad de los tomates había completado la anarquía, saliéndole unos híbridos horrendos con sabor a calabaza.

Entonces Pécuchet se decantó por las flores. Escribió a Dumouchel para que le mandara arbustos con semillas, compró una provisión de tierra de brezal, y se puso manos a la obra resueltamente.

Pero plantó pasionarias a la sombra, pensamientos al sol, cubrió los jacintos de estiércol, regó los lirios tras su floración, echó a perder los rododendros por exceso de poda, estimuló las fucsias con cola fuerte, y abrasó un granado exponiéndolo al fuego de la cocina.

Al acercarse el frío, puso los escaramujos al abrigo de unas cúpulas de papel grueso encerado; parecían unos panes de azúcar sostenidos en el aire con unos palos.

Los tutores de las dalias eran gigantescos; y entre aquellas líneas rectas se percibían las ramas tortuosas de una Sophora japonica que permanecía inmutable, sin marchitarse ni crecer.

Sin embargo, como los árboles más raros prosperan en los jardines de la capital, no podían dejar de desarrollarse también en Chavignolles; y Pécuchet consiguió las lilas de las Indias, la rosa de China y el eucalipto, entonces en los comienzos de su reputación. Todas sus experiencias fracasaron. Y siempre estaba muy asombrado por ello.

Al igual que él, Bouvard encontraba dificultades. Se consultaban mutuamente, abrían un libro, pasaban a otro, luego no sabían qué decidir ante la diferencia de opiniones.

Así, en lo que hace a la marga, Puvis la recomendaba; el manual de Roret la desaconsejaba.

En cuanto al yeso, pese a los experimentos de Franklin, a Rieffel y a Rigaud no parecía que les entusiasmara.

Según Bouvard, los barbechos eran un prejuicio medieval. Sin embargo, Leclerc habla de casos en los que son poco menos que indispensables. Gasparin cita a un lionés que, durante medio siglo, cultivó cereales en el mismo campo; lo cual rebate la teoría de las rotaciones. Tull exalta la labranza en perjuicio de los abonos; ¡y he aquí que el mayor Beatson rechaza abonos y labranzas!

Para entender algo de la previsión del tiempo, estudiaron las nubes según la clasificación de Luke-Howard. Contemplaban las que se alargan como crines, las que se agrupan como islas, las que se confunden con montañas de nieve, tratando de distinguir los nimbos de los cirros, los estratos de los cúmulos; las formas cambiaban antes de que hubiesen dado con los nombres.

El barómetro les engañó, el termómetro no enseñaba nada; y recurrieron al expediente imaginado en el reinado de Luis XV por un cura de Turena. Una sanguijuela en un tarro debía sufrir en caso de lluvia, mantenerse en el fondo con un buen tiempo estable, agitarse ante la amenaza de borrasca. Pero la atmósfera casi siempre contradijo a la sanguijuela. Pusieron otras tres con ella. Las cuatro se comportaron de forma diferente.

Tras mucho cavilar, Bouvard reconoció que estaba en un error. Su finca exigía un cultivo a gran escala, un sistema intensivo, y arriesgó todo el capital del que aún disponía: treinta mil francos.

Instigado por Pécuchet, le entró el delirio de abonar. En el hoyo de los abonos compuestos fueron amontonados ramaje, sangre, vísceras, plumas, todo cuanto podía encontrar. Utilizó el licor belga, el lizier suizo, lejía Da-Olmi, arenques ahumados, algas, trapos, hizo traer guano, trató de fabricarlo por sí mismo, y, llevando hasta sus últimas consecuencias sus principios, no toleraba que se perdiera la orina; suprimió los retretes. Traían a su patio cadáveres de animales, con los que abonaba sus tierras. Sus carroñas despiezadas salpicaban el campo. Bouvard se sonreía en medio de esta infección. Una bomba instalada sobre una carreta rociaba de jugo de estiércol las cosechas. A quien ponía cara de desagrado, le decía: «¡Pero si esto es oro!, ¡oro!». Y lamentaba no tener aún más estiércol. ¡Dichosos los países con grutas naturales llenas de excrementos de pájaro!

La colza fue escasa, la avena mediocre y el trigo se vendió muy mal, debido a su olor. Cosa extraña, la Loma, por fin limpia de piedras, producía menos que antes.

Creyó conveniente renovar su material. Compró una escarificadora Guillaume, un extirpador Valcourt, una sembradora inglesa y un gran arado de Mathieu de Dombasle, pero el carretero la denigró.

—¡Aprende a servirte de ella!
—Está bien, enséñeme usted.

Y él trataba de enseñarle, se equivocaba y los campesinos se choteaban.

Nunca consiguió que se sujetaran a las órdenes de la campanilla. Gritaba detrás de ellos sin descanso, corría de un lugar a otro, tomaba nota de sus observaciones en una libreta de apuntes, daba citas, que luego olvidaba, y su cabeza hervía de ideas industriales. Y se prometía cultivar la adormidera, para extraer el opio, y sobre todo el astrágalo, que vendería con el nombre de «el café de las familias».

A fin de engordar más rápidamente a sus bueyes, los sangraba cada quince días.

No sacrificó ninguno de sus cerdos y los atiborraba de avena salada. La porqueriza no tardó en quedarle demasiado pequeña. Los cerdos atestaban el patio, derribaban los cercados, mordían a todo el mundo.

Durante los grandes calores, veinticinco corderos se pusieron a dar vueltas y al poco murieron.

La misma semana expiraron tres bueyes, como consecuencia de las flebotomías de Bouvard.

A fin de acabar con las larvas del abejorro, pensó en encerrar las gallinas en una jaula con ruedecillas, que dos hombres arrastraban detrás del arado, sin otro resultado que romperles las patas.

Fabricó cerveza con hojas de germandría y se la dio de beber a los segadores como si fuera sidra. Les dio dolor de barriga. Los niños lloraban, las mujeres gimoteaban, los hombres estaban hechos una furia. Amenazaban todos con irse, y Bouvard tuvo que dar su brazo a torcer.

Sin embargo, para convencerles de lo inocuo de su brebaje, Bouvard se tomó delante de ellos varias botellas, se sintió indispuesto, pero disimuló sus dolores con aire jovial. Hizo incluso trasladar la mixtura a su casa. Por la noche se puso a beber de ella con Pécuchet, y los dos se esforzaban por encontrarla buena. Por otra parte, no era cuestión de desperdiciarla.

Los cólicos de Bouvard se volvieron tan fuertes que Germaine fue a llamar al médico.

Era este un hombre serio, de frente prominente, que comenzó por espantar al enfermo. La colerina del señor debía de tener por causa esa cerveza de la que se hablaba en el lugar. Quiso conocer su composición, y la criticó en términos científicos, con encogimientos de hombros. Pécuchet, que era el autor de la receta, se sintió mortificado.

A despecho de las encaladuras perniciosas, de las binas reducidas y de las escardas intempestivas, Bouvard tenía ante sí, al año siguiente, una buena cosecha de trigo candeal. Se le ocurrió secarlo por medio de la fermentación, método holandés, sistema Clap-Mayer; es decir, lo hizo segar de una sola vez y amontonar en almiares, que serían abiertos en cuanto el gas saliese, y luego expuestos al aire libre; tras lo cual, Bouvard se retiró sin la menor inquietud.

Al día siguiente, mientras comían, oyeron en el hayedo el redoble de un tambor. Germaine salió para ver qué pasaba, pero el hombre estaba ya lejos. Casi de inmediato, la campana de la iglesia tocó a rebato.

Una angustia se apoderó de Bouvard y de Pécuchet. Se levantaron e, impacientes por ser informados, se fueron con la cabeza descubierta hacia la parte de Chavignolles.

Pasó una anciana. No sabía nada. Pararon a un chaval, que respondió: «Creo que es un incendio». Y el tambor continuaba batiendo, la campana tañía más fuerte. Por fin llegaron a las primeras casas del pueblo. El tendero les gritó de lejos:

—¡El fuego es en su hacienda!

Pécuchet adoptó un paso gimnástico; y le decía a Bouvard, que corría a su lado a igual ritmo:

—¡Un, dos! ¡Un, dos, manteniendo el paso! ¡Como los cazadores de Vincennes!

La carretera que seguían era una subida continua; el terreno, en pendiente, les impedía ver el horizonte. Llegaron a lo alto, cerca de la Loma; y, de una sola mirada, pudieron ver el desastre.

Todos los almiares, aquí y allá, llameaban cual volcanes, en medio del llano desnudo, en la quietud de la tarde.

Había, alrededor del más grande, unas trescientas personas quizá; y a las órdenes del señor Foureau, el alcalde, con banda tricolor, unos zagales con varas y ganchos tiraban de la paja de la parte superior para salvar el resto.

En su apresuramiento, Bouvard estuvo en un tris de mandar al suelo a la señora Bordin, que se encontraba allí. Luego, al ver a uno de sus mozos, le cubrió de insultos por no haberle avisado. El mozo, por el contrario, por un exceso de celo, había ido corriendo primero a la alcaldía, a la iglesia y luego a casa del señor, y había vuelto por la otra carretera.

Bouvard perdía la cabeza. Le rodeaban sus criados, hablando a la vez, y él prohibía que se derribaran los almiares, suplicaba que le prestaran socorro, exigía agua, reclamaba a los bomberos.

—¡Es que no tenemos! —exclamó el alcalde.
—¡Pues es culpa suya! —prosiguió Bouvard.

Estaba furioso, decía inconveniencias, y todos admiraron la paciencia del señor Foureau, que, sin embargo, era brutal como indicaban sus gruesos labios y su mandíbula de bulldog.

El calor de los almiares se volvió tan intenso que era imposible acercarse ya a ellos. Bajo las llamas devoradoras la paja se retorcía crepitando, los granos de trigo salían disparados contra los rostros como si fueran de plomo. Luego el almiar se colapsó en un ancho brasero, de donde volaban las chispas; y unos reflejos cambiantes ondulaban sobre esa masa roja, que ofrecía en la alternancia de color partes rojas como bermellón y otras pardas como sangre coagulada. Había anochecido y soplaba el viento; unos torbellinos de humo envolvían a la multitud. De vez en cuando, cruzaba el cielo una pavesa.

Bouvard contemplaba el incendio llorando quedamente. Sus ojos desaparecían bajo sus párpados hinchados, y tenía todo el rostro como abotargado por el dolor. La señora Bordin, jugando con los flecos de su chal verde, le llamaba: «Pobre señor» y trataba de consolarle. Como no se podía hacer nada, tenía que resignarse.

Pécuchet no lloraba. Muy pálido, o más bien lívido, la boca abierta y el pelo pegoteado por el sudor frío, se mantenía aparte, enfrascado en sus pensamientos. Pero el cura, que acababa de presentarse, murmuró con voz mimosa: «¡Ah!, ¡qué desgracia, de veras; es muy de lamentar! ¡Sepa que comparto su pesar!…».

Los otros no afectaban tristeza alguna. Charlaban sonriendo, la mano extendida delante de las llamas. Un viejo recogió unas briznas que ardían para encender su pipa. Unos niños se pusieron a bailar. Un bribonzuelo exclamó incluso que aquello era muy divertido.

—¡Sí, bonita diversión! —empalmó Pécuchet, que acababa de oírle.

El fuego disminuyó, se rebajaron los montones y, una hora después, ya no quedaban más que cenizas, que formaron en el llano unas marcas redondas y negras. Entonces se retiraron.

La señora Bordin y el padre Jeufroy volvieron a llevar a los señores Bouvard y Pécuchet hasta su domicilio.

De camino, la viuda dirigió a su vecino reproches con tono muy amable por su insociabilidad, y el eclesiástico expresó toda su sorpresa de no haber podido conocer hasta ahora a uno de sus parroquianos tan distinguido.

Tras quedarse a solas, Bouvard y Pécuchet buscaron la causa del incendio, y, en vez de reconocer con todo el mundo que la paja húmeda se había inflamado de forma espontánea, sospecharon una venganza. Ello era obra sin duda del tío Gouy o quizá del cazador de topos. Seis meses antes, Bouvard había rehusado sus servicios, e incluso sostenido en una reunión pública que el Gobierno debería prohibir su práctica, al ser funesta. Desde entonces el hombre merodeaba por los alrededores. Llevaba la barba larga, y les parecía aterrador, sobre todo por la noche, cuando aparecía al borde de los patios, sacudiendo su larga vara guarnecida de topos colgando.

El daño era considerable, y, para hacerse una composición de lugar, Pécuchet, durante ocho días, se afanó revisando los registros de Bouvard, que le parecieron «un verdadero laberinto». Tras haber compulsado el diario, la correspondencia y el libro mayor lleno de anotaciones a lápiz y de remisiones, no pudo dejar de reconocer la verdad: nada de mercancías que vender, nada que cobrar y, en la caja, cero. El capital arrojaba un déficit de treinta y tres mil francos.

Bouvard no quiso creerlo, y más de veinte veces volvieron a empezar los cálculos. Siempre llegaban a la misma conclusión. ¡Dos años más de una agronomía semejante y adiós fortuna!

El único remedio era vender.

Había que consultar al menos a un notario. Pero la gestión se hacía muy cuesta arriba; se encargó de ella Pécuchet.

En opinión del señor Marescot, era mejor no poner ningún anuncio. Ya hablaría él de la hacienda a unos cuantos clientes serios y esperaría sus ofertas.

—Muy bien —dijo Bouvard—, tenemos un poco de tiempo por delante. —Iba a buscar un arrendatario, luego ya se vería—. ¡No lo pasaremos peor que antes! ¡Solo que estamos obligados a ahorrar!

Ello contrarió a Pécuchet a causa de su huerto, y algunos días después dijo:

—¡Deberíamos dedicarnos exclusivamente a la fruticultura, no por simple diversión, sino para hacer dinero! ¡Una pera que te cuesta cuatro cuartos a veces se vende en la capital a cinco o seis francos! ¡Hay hortelanos que con los albaricoques se sacan veinticinco mil francos al año! ¡En San Petersburgo, en invierno, pagan la uva a un napoleón el racimo! ¡Estarás de acuerdo conmigo en que es un buen negocio! ¿Y qué te cuesta? ¡Unos pocos cuidados, estiércol y amolar la podadera!

Consiguió inflamar la fantasía de Bouvard a tal punto que corrieron a buscar en sus libros los nombres de las plantas que era preciso comprar; y, tras haber elegido unos nombres que a ellos les parecían maravillosos, fueron a ver al encargado de un vivero de Falaise, que se apresuró a proporcionarles cien metros de planta que no conseguía colocar.

Habían hecho venir a un cerrajero para los rodrigones, a un ferretero para los tensores, a un carpintero para los soportes. Para las formas de los árboles habían hecho primero unos diseños. Unos listoncillos en el muro figuraban candelabros. Dos postes en cada extremo de las platabandas tendían horizontalmente unos alambres; y en el plantío de frutales, unos aros indicaban la forma de los que había que podar en forma de vaso, unas varillas en forma de cono, los que tenían que ser piramidales, a tal punto que al llegar a su casa se creía ver las piezas de alguna máquina desconocida o los castillos de los fuegos artificiales.

Preparados los hoyos, cortaron los extremos de todas las raíces, buenas o malas, y las enterraron en un abono compuesto. Seis meses después las plantas estaban muertas. Nuevos encargos al arbolista, y plantaciones nuevas en unos hoyos más profundos aún. Pero la lluvia, al empapar el terreno, hizo que los injertos acabaran bajo tierra, y los árboles se asilvestraran.

Al llegar la primavera, Pécuchet se dedicó a podar los perales. No tocó las ramas maestras, dejó estar los dardos y, obstinándose en querer doblar en escuadra las peras de agua que debían formar filas de un solo lado, las rompía o las arrancaba cada vez. En cuanto a los melocotoneros, se hizo un lío con las ramas primarias, las secundarias y las terciarias. Los vacíos y los llenos se presentaban siempre donde no se quería; y era imposible obtener en las espalderas un rectángulo perfecto, con seis ramas a la derecha y seis a la izquierda, sin incluir las dos principales, formando todo ello una bonita espinapez.

Bouvard trató de guiar a los albaricoqueros, pero estos se rebelaron. Cortó sus troncos a ras de suelo; ninguno rebrotó. Los cerezos, en los que había practicado unas incisiones, produjeron goma.

Primero podaron demasiado, arruinando las yemas en su base, luego demasiado poco, favoreciendo los chupones; y a menudo dudaban, sin saber distinguir entre botones foliares y botones florales. Se habían puesto contentos de tener flores; pero, tras reconocer el error, arrancaban tres cuartas partes de las mismas para fortalecer el resto.

Hablaban sin descanso de savia y de cambio, de cultivo en espaldera, de roturación, de desyemadura. Tenían, en medio del comedor, enmarcada, la lista de sus plantitas, con un número que se repetía en el huerto, en un pedacito de madera, al pie del árbol.

Tras levantarse al amanecer, trabajaban de sol a sol, con el manojo de portainjertos al cinto. En las frías mañanas de primavera, Bouvard llevaba su chaqueta de punto bajo su blusón, Pécuchet su vieja levita debajo de su basto delantal, y la gente que pasaba a lo largo de la empalizada les oía toser en medio de la neblina.

A veces Pécuchet se sacaba del bolsillo su manual; y estudiaba un párrafo, de pie, con su laya al lado, en la pose del hortelano que adornaba el frontispicio del libro. Esta similitud llegó a halagarle incluso mucho. Su estima por el autor aumentó.

Bouvard estaba continuamente encaramado en una alta escalera delante de los árboles cortados en forma piramidal. Un día sufrió un mareo y, no atreviéndose a bajar, gritó para que Pécuchet acudiera en su auxilio.

Finalmente aparecieron las peras; y el plantío de frutales tenía ciruelas. Entonces utilizaron contra los pájaros todos los recursos recomendados. Pero los trozos de espejo relumbraban hasta confundir la vista, la cítola del molino de viento los despertaba durante la noche y los gorriones se posaban sobre el espantapájaros. Hicieron otro, y hasta un tercero, variando su vestimenta, pero fue en vano.

Sin embargo, podían esperar algunos frutos. Pécuchet acababa de entregarle una relación de ellos a Bouvard, cuando de pronto resonó el trueno y se puso a llover: una lluvia pesada y recia. El viento sacudía, a intervalos, toda la superficie de la espaldera. Los rodrigones se abatían unos tras otros, y los pobres perales en forma de huso oscilaban entrechocando sus peras.

Sorprendido por el chaparrón, Pécuchet se había refugiado en la caseta. Bouvard estaba en la cocina. Veían remolinear delante de ellos pedazos de madera, ramas, pizarras; y las mujeres de marinero que, en la costa, a cuarenta kilómetros de allí, observaban el mar no tenían la mirada más turbada y el corazón más encogido. Luego de golpe, los soportes y las barras de las contraespalderas, con el encañado, se abatieron sobre los parterres.

¡Qué espectáculo cuando salieron de inspección! Cerezas y ciruelas recubrían la hierba entre el pedrisco que se fundía. Se habían perdido las peras passe-colmar, y también las bési-des-vétérans y las triomphe-de-Jodoigne. Apenas si quedaban entre las manzanas algunas bons-papas y doce tétons-de-vénus, toda la cosecha de melocotones rodaba por los charcos de agua, al borde de los bojes desarraigados.

Tras la comida —comieron poquísimo—, Pécuchet dijo despacito:

—Haríamos bien yendo a ver la alquería por si ha pasado algo.
—¡Bah, para descubrir otros motivos de pesar!
—Tal vez. ¡Pues no nos sonríe la suerte! —Y se quejaron de la Providencia y de la Naturaleza.

Bouvard, de codos sobre la mesa, emitía su acostumbrado silbido y, como un dolor tira de otro, les volvieron a la memoria los viejos proyectos agrícolas, en particular la fabricación de fécula y una nueva variedad de quesos.

Pécuchet respiraba ruidosamente; y mientras continuaba llenándose los conductos nasales de rapé, pensaba que con solo que el destino lo hubiese querido a esas horas formaría parte de un círculo agrícola, le habrían premiado en las exposiciones y citado en la prensa.

Bouvard dirigió alrededor una mirada llena de tristeza.

—¡De veras! ¡Ganas tengo de desembarazarme de todo esto para establecernos en otra parte!
—Como quieras —dijo Pécuchet.

Y un momento después agregó:

—Los manuales recomiendan suprimir todo canal directo. Así, la savia no encuentra salida, y el árbol por fuerza sufre por ello. Para que creciera bien, sería preciso que no diese fruto. Pero los que no podas ni abonas jamás los producen menos gruesos, es cierto, pero más sabrosos. ¡Exijo que se me explique la razón! ¡Y no solo cada especie requiere unos cuidados especiales, sino hasta cada ejemplar, según el clima, la temperatura y un montón de cosas! ¿Dónde está la regla, pues? ¿Y qué esperanza tenemos de éxito o de beneficio?

Bouvard le respondió:

—En Gasparin verás que el beneficio no puede superar el diez por ciento del capital. Por lo que sería mejor colocar el capital en un banco; a la vuelta de quince años, gracias a la acumulación de los intereses, tendríamos el doble sin habernos amargado la existencia.

Pécuchet agachó la cabeza.

—¡La fruticultura bien podría ser una broma!
—¡Igual que la agronomía! —replicó Bouvard.

Se acusaron seguidamente de haber sido demasiado ambiciosos, y decidieron que a partir de ese momento ahorrarían esfuerzos y dinero. En el huerto bastaría con una poda de vez en cuando. Las contraespalderas fueron proscritas y reemplazadas por árboles muertos; pero quedarían intervalos muy feos, a menos que destruyeran todas las otras que quedaban en pie. ¿Cómo resolver el problema?

Pécuchet hizo varios planos, sirviéndose de regla y cartabón. Bouvard le daba consejos. No llegaron a nada satisfactorio. Por suerte encontraron en la biblioteca la obra de Boitard titulada El arquitecto de los jardines.

Este autor los divide en infinidad de tipos. Para empezar, está el tipo melancólico y romántico, que se distingue por las siemprevivas, ruinas, tumbas, y un «ex voto a la Virgen, que indica el lugar donde un noble cayó muerto por una mano asesina». El tipo hórrido se hace con rocas suspendidas, árboles quebrados, cabañas incendiadas; el tipo exótico, plantando cirios del Perú «para despertar recuerdos a los colonos o a los viajeros». En el tipo austero debe haber, como en Ermenonville, un templo a la filosofía. Obeliscos y arcos de triunfo caracterizan el tipo majestuoso; musgo y grutas, el tipo misterioso; un lago, el de los soñadores. Hay incluso el tipo fantástico, cuyo más bello ejemplo podía verse antaño en un jardín wurtemburgués, pues se encontraban allí, uno tras otro, un jabalí, un ermitaño, tumbas varias y una barca que se alejaba por sí sola de la orilla para llevaros a un boudoir en el que unos surtidores inundaban de agua a quien se sentaba en el sofá.

Ante este panorama de maravillas, Bouvard y Pécuchet quedaron deslumbrados. El tipo fantástico les pareció reservado a los príncipes. El templo a la filosofía habría resultado embarazoso. El ex voto a la Virgen no habría tenido sentido, a falta de asesinos, y, sintiéndolo por los colonos y los viajeros, las plantas americanas costaban demasiado caras. Pero las rocas eran factibles, así como los árboles quebrados, las siemprevivas y el musgo; y, dominados por un entusiasmo progresivo, tras varias tentativas, con la única ayuda de un mozo y unos pocos gastos, se construyeron una residencia que no tenía igual en toda la comarca.

Por las aberturas del cenador se entreveía el bosquecillo, surcado de senderos sinuosos a modo de laberinto. En el muro de la espaldera habían decidido abrir un arco que permitiera contemplar la perspectiva. Pero, como la albardilla no podía sostenerse sin unos apoyos, el resultado era una brecha enorme, con escombros por el suelo.

Habían sacrificado los espárragos para levantar en su lugar una tumba etrusca, es decir, un cuadrilátero de yeso negro, de casi dos metros de altura y aspecto de perrera. En los ángulos, cuatro abetos del Canadá flanqueaban el monumento, que remataría una urna y embellecería una inscripción.

Del otro lado del huerto, una especie de puente de Rialto salvaba una charca, cuyas orillas estaban incrustadas de conchas de mejillón. ¡Qué importaba que la tierra se embebiera el agua! Se formaría un fondo arcilloso, que la retendría.

La caseta había sido transformada en cabaña rústica, gracias a unos cristales de colores.

En lo alto de la loma, seis árboles escuadrados sostenían un sombrero de hojalata de alas vueltas hacia arriba, y el conjunto evocaba una pagoda china.

Habían estado en las riberas del Orne para elegir los bloques de granito, los habían roto, numerado, traído ellos mismos con una carreta, para juntar luego los fragmentos con cemento, amontonándolos unos sobre otros; y en medio del césped se alzaba una roca, semejante a una patata gigantesca.

Pero faltaba aún algo para completar la armonía. Talaron el tilo más grueso del seto (ya casi muerto, por lo demás), y lo tumbaron a lo largo de todo el jardín, de modo que hiciera creer que había sido arrastrado por un torrente o derribado por un rayo.

Terminado el trabajo, Bouvard, que estaba en la escalinata, exclamó de lejos:

—¡Ven aquí! ¡Se ve mejor!
—Se ve mejor —se oyó repetir en el aire.

Pécuchet respondió:

—¡Ya voy!
—¡Voy!
—¡Vaya, hay eco!
—¡Eco!

El tilo, hasta ese momento, había impedido que el eco se produjese, y ahora se veía favorecido por la pagoda, que estaba frente por frente de la alquería, cuyo piñón descollaba por encima del seto.

Para probar el eco, se divertían diciendo bufonadas; Bouvard gritó alguna grosería.

Había ido varias veces a Falaise, con la excusa de retirar dinero, y siempre volvía con paquetitos que guardaba en su cómoda. Pécuchet partió una mañana para dirigirse a Bretteville, y volvió muy tarde, con un cesto que escondió debajo de su cama.

Al día siguiente, al despertar, Bouvard se quedó sorprendido. Los dos primeros tejos de la calle grande que, la misma víspera, eran esféricos, tenían ahora la forma de unos pavos reales, y un cono con dos botones de porcelana representaba el pico y los ojos. Pécuchet se había levantado al amanecer; y, temiendo ser descubierto, había podado los dos árboles siguiendo las instrucciones de los suplementos mandados por Dumouchel.

Desde hacía seis meses, los otros tejos alineados detrás de estos dos imitaban vagamente pirámides, cubos, cilindros, ciervos o sillones, pero nada igualaba a los pavos reales. Bouvard no pudo dejar de reconocerlo con grandes elogios.

Con la excusa de haber olvidado la laya, se llevó a su compañero al laberinto, pues había aprovechado la ausencia de Pécuchet para hacer también él algo sublime.

La puerta que daba a los campos estaba recubierta de una capa de yeso, sobre la que había alineadas en perfecto orden unas quinientas cazoletas de pipa que representaban Abd-el-Kaders, negros, tiradores argelinos, mujeres desnudas, ostiones y calaveras.

—¿Comprendes ahora mi impaciencia?
—¡Claro que sí!

Y, en su emoción, se abrazaron.

Como todos los artistas, sintieron la necesidad de aplausos, y Bouvard pensó en ofrecer una gran cena.

—¡Ten cuidado! —dijo Pécuchet—, pues vas a lanzarte a las fiestas. ¡Es un pozo sin fondo!

No obstante, se decidió que se haría.

Desde que vivían en aquel lugar habían llevado una vida retirada. Todos aceptaron la invitación por las ganas de conocerles, a excepción del conde de Faverges, al que reclamaban en la capital unos asuntos. Se conformaron con el señor Hurel, su factótum.

Beljambe, el posadero, que había sido chef en Lisieux, debía cocinar determinados platos. Proporcionaba un mozo. Germaine había pedido la ayuda de la moza del corral. También vendría Marianne, la criada de la señora Bordin. Desde las cuatro, la cancela estaba abierta de par en par y los dos propietarios, temblando de impaciencia, esperaban a sus invitados.

Hurel se detuvo en el hayedo para ponerse de nuevo la levita. Luego se presentó el párroco, con una sotana nueva, y poco después el señor Foureau con un chaleco de terciopelo. El médico daba el brazo a su mujer, que caminaba no sin esfuerzo al amparo de una sombrilla. Una cascada de cintas rosas se agitó detrás de ellos; era la toca de la señora Bordin, ataviada con un bonito vestido de seda tornasolada. La cadena de oro de su reloj le golpeaba en el pecho, y en sus dos manos calzadas con unos mitones negros brillaban las sortijas. Finalmente apareció el notario, tocado con un panamá, y con monóculo, pues el oficial ministerial convivía en él con el hombre de mundo.

El salón estaba encerado hasta el punto de no poder sostenerse uno de pie. Los ocho sillones de Utrecht estaban adosados a lo largo de la pared; una mesa redonda, en el centro, sostenía la licorera, y encima de la chimenea se veía el retrato de Bouvard padre. Las tonalidades mate de la tela, que destacaban a contraluz, dibujaban muecas en la boca, volvían estrábicos los ojos, y un velo de moho en los pómulos subrayaba el efecto de las patillas. Los invitados encontraron que se parecía mucho a su hijo, y la señora Bordin añadió, mirando con fijeza a Bouvard, que debía de haber sido un hombre muy apuesto.

Tras una hora de espera, Pécuchet anunció que se podía pasar a la sala.

Las cortinas de calicó blanco con una cenefa roja estaban, al igual que las del salón, completamente corridas delante de las ventanas, y el sol, a través de la tela, difundía una luz dorada sobre el revestimiento de las paredes, que tenía por todo adorno un barómetro.

Bouvard colocó a las dos señoras a su lado; Pécuchet al alcalde a su izquierda, al párroco a su derecha, y comenzaron con las ostras. Sabían a barro. Bouvard se sintió consternado, se deshizo en excusas, y Pécuchet se levantó para ir a la cocina a montarle una escena a Beljambe.

Mientras duraron los primeros, una barbada entre un vol-au-vent y pichones estofados, la conversación recayó sobre los métodos para fabricar la sidra.

Tras lo cual se pasó a hablar de comidas digeribles y de comidas indigestas. Naturalmente, se pidió el parecer del médico. Este juzgaba las cosas con escepticismo, como un hombre que ha conocido los límites de la ciencia, y sin embargo no tolera la menor objeción.

Al mismo tiempo que el solomillo, sirvieron el borgoña. Estaba turbio. Bouvard, atribuyendo este accidente al aclarado de la botella, hizo probar otras tres sin éxito, luego mandó abrir un saint-julien, a todas luces demasiado joven, y todos los comensales guardaron silencio. Hurel sonreía sin cesar; los pasos pesados del mozo resonaban en las baldosas.

La señora Vaucorbeil, rechoncha y con aire gruñón (estaba, por otra parte, en la recta final de su embarazo), había guardado un mutismo total. Bouvard, sin saber a qué santo encomendarse, le habló del teatro de Caen.

—Mi mujer no va nunca a ver espectáculos —prosiguió el doctor.

El señor Marescot, cuando vivía en París, no frecuentaba más que Les Italiens.

—¡Yo —dijo Bouvard— me permitía a veces un asiento de platea en el Vaudeville para ver alguna farsa!

Foureau preguntó a la señora Bordin si le gustaban las farsas.

—Depende del tipo que sean —respondió ella.

El alcalde le tomaba el pelo. Ella replicaba a las bromas. A continuación explicó una receta para preparar pepinillos en vinagre. Por lo demás, sus virtudes como ama de casa eran conocidas, y tenía una pequeña hacienda que llevaba con admirable esmero.

Foureau interpeló a Bouvard:

—¿Tienen ustedes intención de vender la suya?
—Dios mío, hasta ahora, no sé muy bien…
—Pero ¡cómo! ¿Ni siquiera la parcela de Les Écalles? —prosiguió el notario—; ésa le convendría a usted, señora Bordin.

La viuda replicó, tras mil melindres:

—Las pretensiones del señor Bouvard serían excesivas para mí.
—Quizá se le podría ablandar.
—¡Yo no lo intentaría!
—¡Bah! ¿Y darle un beso?
—Probémoslo igualmente —dijo Bouvard.

Y la besó en las dos mejillas, entre los aplausos de los presentes.

Justo después descorcharon el champán, cuyas detonaciones llevaron a un redoblamiento de la alegría. Tras hacer Pécuchet una seña, las cortinas se abrieron y apareció el huerto.

Había, en el crepúsculo, algo espantoso. La roca ocupaba, como una montaña, el prado, la tumba formaba un cubo en medio de las espinacas, el puente veneciano un acento circunflejo por encima de las judías verdes, y la cabaña, más allá, una gran mancha negra, pues habían prendido fuego a su tejado para hacerla más poética. Los tejos, en forma de ciervo o de sillones, se sucedían hasta el árbol fulminado, que se extendía transversalmente desde la calle arbolada hasta el cenador, donde los tomates pendían como estalactitas. Un girasol, aquí y allá, exhibía su disco amarillo. La pagoda china, pintada de rojo, parecía un faro sobre la loma. Los picos de los pavos reales, heridos por la luz del sol, se remitían fulgores, y detrás de la empalizada, aligerada de sus tablas, el campo totalmente llano iba a morir en el horizonte.

Ante el asombro de sus invitados, Bouvard y Pécuchet sintieron un verdadero contento.

La señora Bordin, en particular, admiró los pavos reales; pero la tumba no fue comprendida, ni tampoco la cabaña incendiada, ni el muro en ruinas. Luego cada uno, por turno, pasó el puente. Para llenar la charca, Bouvard y Pécuchet habían traído agua durante toda la mañana. Pero esta se había perdido entre las piedras del fondo, mal juntadas, dejando un recubrimiento de fango.

Mientras paseaban, los invitados se permitieron algunas críticas:

—Yo en su lugar lo habría hecho de otro modo.
—Los guisantes van atrasados.
—Ese rincón, francamente, no está limpio.
—Podando así, no conseguirán que den nunca fruto.

Bouvard se vio obligado a responder que le traía sin cuidado el fruto.

Mientras bordeaban el cenador, dijo con aire picarón:

—¡Ah, estamos molestando a alguien! ¡Mil perdones!

La ocurrencia pasó inadvertida. ¡Todo el mundo conocía a la dama de escayola!

Finalmente, tras varias vueltas por el laberinto, llegaron delante de la puerta de las pipas. Se intercambiaron unas miradas de estupefacción. Bouvard observaba el rostro de sus invitados, y estaba impaciente por conocer su opinión:

—¿Qué me dicen?

La señora Bordin estalló a reír. Todos la imitaron. El párroco soltaba una especie de cloqueo, Hurel tosía, el médico lloraba de risa, su mujer fue presa de un espasmo nervioso, y Foureau, que no tenía inhibiciones, arrancó un Abd-el-Kader que se metió en el bolsillo, como recuerdo.

Tras salir de la enramada, Bouvard, para asombrar a su público con el eco, exclamó a pleno pulmón:

—¡Servidor de ustedes, señoras!

¡Nada! Ningún eco. Ello era debido a las reparaciones hechas en el henil, cuyo piñón y cuya techumbre habían sido demolidos.

El café fue servido en el cerrillo y estaban los señores a punto de dar comienzo a una partida de bochas, cuando vieron delante de sí, detrás de la empalizada, a un hombre que les miraba fijamente.

Era flaco y atezado, con un pantalón rojo hecho jirones, una chaqueta azul, sin camisa, la barba negra cortada a cepillo; y articuló con voz ronca:

—¡Invítenme a un vaso de vino!

El alcalde y el padre Jeufroy le habían reconocido de inmediato. Era un ex ebanista de Chavignolles.

—¡Vamos, Gorgu, lárguese! —dijo el señor Foureau—. No se pide limosna.
—¿Yo? ¡Limosna! —gritó el hombre, exasperado—. Hice siete años la guerra en África. Salgo del hospital. ¡No tengo trabajo! ¿Es que he de matar a alguien? ¡Canastos!

Su rabia se apagó por sí sola, y, con los puños en jarras, escrutaba a los burgueses con un aire entre melancólico y burlón. El cansancio de los vivaques, el ajenjo y las fiebres, toda una existencia de ser mísero y crápula afloraba en sus ojos turbios. Sus labios pálidos temblaban descubriéndole las encías. El gran cielo color púrpura le envolvía de un resplandor sanguinolento, y su obstinación en quedarse allí causaba una cierta inquietud.

Bouvard, para acabar con aquello, fue a buscar el culito de una botella. El vagabundo se lo mandó al coleto de un trago, luego desapareció en medio de la avena, gesticulando.

Después criticaron a Bouvard. Condescendencias de aquel tipo no hacían sino fomentar el desorden. Pero Bouvard, irritado por la falta de éxito de su jardín, salió en defensa del pueblo; todos se pusieron a hablar a la vez.

Foureau ensalzaba al Gobierno, Hurel no veía nada más en el mundo que la propiedad de bienes raíces. El padre Jeufroy se lamentaba de que no se protegiera la religión. Pécuchet atacó los impuestos.

La señora Bordin exclamaba a intervalos:

—Yo, para empezar, detesto la República.

Y el médico se declaró a favor del progreso:

—Porque, en resumen, querido señor, necesitamos reformas.
—¡Es posible! —respondió Foureau—, pero todas estas ideas no hacen sino perjudicar los negocios.
—¡Me importan un bledo los negocios! —exclamó Pécuchet.

Vaucorbeil continuó:

—¡Pero que al menos se amplíe el derecho de voto!

Bouvard no llegaba a tanto.

—¿Es eso lo que piensa? —le replicó el médico—. ¡Pues ya sé a qué atenerme con usted! ¡Buenas tardes! ¡Y le deseo que caiga un diluvio, pues así podrá navegar en su charca!
—También yo me voy —dijo poco después Foureau; y señalando el bolsillo en el que tenía el Abd-el-Kader, agregó—: Si necesito otro, volveré.

El párroco, antes de despedirse, confió tímidamente a Pécuchet que le parecía inconveniente aquel simulacro de tumba en medio de las hortalizas. Hurel, retirándose, se deshizo en inclinaciones. Marescot había desaparecido ya después de los postres.

La señora Bordin volvió a la receta de sus pepinillos, prometió otra para las ciruelas en aguardiente y dio aún tres vueltas por la alameda principal, pero al pasar por junto al tilo se le enganchó el bajo del vestido, y la oyeron murmurar:

—¡Dios mío! ¡Qué estupidez de árbol!

Los dos anfitriones, en el cenador, dieron rienda suelta a su resentimiento hasta medianoche.

Había habido, sin duda, dos o tres cosillas aisladas en la comida que hubieran podido salir mejor; pero los invitados habían comido como limas, prueba de que después de todo no estaba tan malo. Pero en cuanto al jardín, tanto denigrar era fruto de la más negra envidia; y, calentándose los dos, dijeron:

—¡Ah! ¡Falta agua en la charca! ¡Paciencia, pues se verán hasta un cisne y pececillos!
—¡Casi ni se han fijado en la pagoda!
—¡Sostener que las ruinas no son limpias es algo propio de imbéciles!
—¡Y decir que la tumba resulta inconveniente! ¿Por qué inconveniente? ¿Es que no está uno en su derecho de construirse una en su propia casa? ¡Es más, quiero que me entierren en ella!
—¡No hables de estas cosas! —dijo Pécuchet.

Luego pasaron revista a los invitados.

—¡Me da a mí que el médico es un postinero que presume de guapeza!
—¿Te fijaste en la risita burlona de Marescot ante el retrato?
—¡Qué patán de alcalde! Cuando se come en casa ajena, ¡qué diablos!, hay que tener un poco de respeto por las curiosidades.
—¿Y qué me dices de la señora Bordin? —preguntó Bouvard.
—¡Ah, ésa es una lianta! Pero dejémoslo estar.

Asqueados del mundo, decidieron no ver a nadie más, vivir exclusivamente en su casa, solos.

Y pasaban días enteros en la bodega quitándole el tártaro a las botellas, barnizaron de nuevo todos los muebles, encalaron las habitaciones; cada tarde, contemplando el fuego del hogar, disertaban sobre el mejor sistema de calefacción.

Para ahorrar un poco trataron de ahumar por su cuenta los jamones, de preparar ellos mismos la lejía. Germaine, a la que enredaban en sus trabajos, se encogía de hombros. En la temporada de las mermeladas, se molestó, y ellos se instalaron en el cuarto del horno.

Era este una antigua lavandería donde había, bajo los haces de leña, una gran cuba de mampostería, excelente para sus proyectos, pues les había dominado la ambición de fabricar conservas.

Llenaron catorce botes de tomates y de guisantes, zulacaron los tapones con cal viva y queso, aplicaron en los bordes unas tirillas de tela, luego los sumergieron en agua hirviendo. El agua se evaporaba; echaron más de fría; la diferencia de temperatura hizo estallar los botes. Se salvaron únicamente tres.

Luego se hicieron con unas viejas latas usadas de sardinas, en las que metieron costillas de ternera y las pusieron al baño maría. Salieron redondas como balones; pensaron que, al enfriarse, se achatarían. Para continuar con el experimento, ¡metieron en otras latas huevos, achicoria, bogavante, guiso de pescado, sopa! Y se felicitaron, como Appert, «de haber detenido las estaciones»: semejantes descubrimientos, según Pécuchet, eran más importantes que las hazañas de los conquistadores.

Perfeccionaron los aliños de la señora Bordin, aromatizando el vinagre con pimienta; ¡y sus ciruelas en aguardiente eran decididamente superiores! Mediante la maceración, obtuvieron ratafías de frambuesa y de ajenjo. Poniendo miel y angélica en un tonel de vino de Bagnols, quisieron conseguir un málaga; ¡y hasta se embarcaron en la producción de un champán! Las botellas de chablis, rebajadas con mosto, estallaron por sí solas. Entonces ya no dudaron de su éxito.

Con el progreso de sus estudios, llegaron a sospechar fraudes en todos los productos alimenticios.

Discutían con el panadero sobre el color de su pan. Se ganaron un enemigo en la persona del tendero, defendiendo ante él que adulteraba sus chocolates. Se trasladaron a Falaise para comprar pastillas de azufaifa y, ante los mismos ojos del boticario, sometieron su pasta a la prueba del agua. Esta tomó el aspecto de una corteza de tocino, lo que revelaba la presencia de gelatina.

Tras este triunfo, su orgullo se exaltó. Compraron el material de un destilador en quiebra, y no tardaron en llegar a la casa tamices, barriles, embudos, espumaderas, mangas y balanzas, por no hablar de un mortero de madera y un alambique pardo oscuro, que requirió un hornillo reflector, con una campana de chimenea.

Aprendieron a refinar el azúcar, y los varios tipos de cocción, el azúcar blanco granulado y el pilé, el mascabado, la cachaza, la melaza y el caramelo. Pero no veían llegar la hora de utilizar el alambique; y abordaron los licores finos, comenzando por el anisete. El líquido arrastraba casi siempre con él sustancias, o bien estas se pegaban al fondo; otras veces, se equivocaron en las dosis. En torno a ellos relucían los grandes recipientes de cobre, los matraces adelantaban sus picos puntiagudos, los cazos pendían de la pared. A menudo uno seleccionaba las hierbas en la mesa, mientras que el otro hacía oscilar la bala de cañón en el platillo suspendido; removían con cucharas, degustaban las mezclas.

Bouvard, siempre sudoroso, llevaba nada más que una camisa y un pantalón subido hasta más arriba del estómago por medio de unos tirantes cortos; pero, aturdido como un pájaro, se olvidaba del diafragma de la cucúrbita o subía excesivamente el fuego.

Pécuchet mascullaba cálculos, inmóvil dentro de su larga bata, especie de delantal de niño con mangas; y se consideraban gente muy seria, ocupada en cosas útiles.

Finalmente soñaron con lograr un licor cremoso que mandase al olvido a todos los demás. Pondrían en él coriandro como en el kummel, kirsch como en el marrasquino, hisopo como en el chartreuse, ambarilla como en el vespétro, Calamus aromaticus como en el krambambuly; y le darían un color rojo con madera de sándalo. Pero ¿con qué nombre comercializarlo? Porque hacía falta un nombre fácil de recordar, pero también original. Tras mucho buscarlo, decidieron que lo llamarían «Bouvarine».

Hacia finales de otoño, aparecieron unas manchas en los tres botes de conservas. Los tomates y los guisantes se habían podrido. Ello podía deberse al cierre. Entonces les atormentaron los problemas del taponamiento. Para probar métodos nuevos, les faltaba el dinero. La finca los desangraba.

Aunque habían recibido varias veces ofertas de arrendatarios, Bouvard no había querido saber nada. Pero su primer mozo cultivaba de acuerdo con sus órdenes, con un sentido del ahorro peligroso, de manera que las cosechas disminuían, todo periclitaba, y estaban charlando de sus dificultades cuando entró Gouy en el laboratorio, acompañado por su mujer que se mantenía detrás, tímidamente.

Gracias a todos los tratamientos recibidos, la tierra había mejorado, y él venía con el propósito de retomar la hacienda. Dijo que valía poco, que pese a todos sus trabajos, sus beneficios seguían siendo inciertos; en pocas palabras, si quería volver a ella era porque le gustaba el lugar y porque echaba de menos a unos amos tan buenos. Fue despedido con frialdad. Pero volvió esa misma tarde.

Pécuchet le había echado un sermón a Bouvard; estaban a punto de ceder. Gouy pidió una reducción del canon; y ante las protestas de los otros, se puso a bramar más que a hablar, poniendo a Dios por testigo, enumerando sus esfuerzos, presumiendo de sus méritos. Pero cuando le requerían para que dijese el precio que quería, él inclinaba la cabeza por toda respuesta. Entonces su mujer, que estaba sentada cerca de la puerta, con un gran cesto sobre las rodillas, reanudaba las mismas recriminaciones, chillando con una voz aguda de gallina a la que despluman.

Finalmente, se fijó el arriendo en treinta mil francos anuales, un tercio menos que la vez anterior.

Acto seguido, Gouy propuso comprar el material; y se reanudaron los tratos.

La estimación del precio de los objetos llevó quince días. Bouvard estaba muerto de cansancio. Lo cedió todo por una suma tan irrisoria que Gouy, en un primer momento, puso unos ojos como platos, y exclamando: «Conformes», le chocó la mano.

Tras lo cual, los propietarios, siguiendo la costumbre, les invitaron a comer algo; y Pécuchet descorchó una botella de su málaga, no tanto por generosidad como por la esperanza de ganarse unos elogios.

Pero el labrador torció el gesto:

—Sabe a jarabe de regaliz.

Y su mujer, «para quitarse el regusto», pidió una copita de aguardiente.

¡Tenían algo más serio en que pensar! Todos los ingredientes del Bouvarine estaban por fin listos.

Los apilaron en la cucúrbita con alcohol, encendieron el fuego y esperaron. Mientras tanto Pécuchet, amargado por la desventura del málaga, cogió del armario las cajas de hojalata, hizo saltar la tapa de la primera, luego de la segunda y de la tercera. Las tiraba con rabia y llamó a Bouvard.

Bouvard cerró la llave del serpentín y se precipitó sobre las conservas. La desilusión fue total. Las tajadas de ternera parecían suelas hervidas; un líquido fangoso había sustituido al bogavante. El pescado a la marinera estaba irreconocible. En la sopa habían despuntado unos champiñones, y un olor espantoso apestaba el laboratorio.

De pronto, con un ruido de obús, el alambique estalló en veinte pedazos que dieron hasta en el techo, reventando las ollas, mellando las espumaderas, rompiendo los cristales; el carbón se esparció, el hornillo quedó destruido; Germaine encontró una espátula en el patio.

La fuerza del vapor había hecho añicos el instrumento, tanto más cuanto que la cucúrbita estaba fuertemente sujeta con pernos a la montera.

Pécuchet se había acurrucado de inmediato detrás de la tina, y Bouvard había caído, como derrumbado, en un taburete. Durante diez minutos permanecieron en aquella posición, sin atreverse a hacer movimiento alguno, pálidos de terror, en medio de los añicos. Cuando lograron recuperar el habla, se preguntaron acerca de las causas de tantos infortunios, sobre todo del último. Y no comprendían nada, salvo que habían estado a punto de jugarse la vida. Pécuchet concluyó con estas palabras:

—¡Tal vez sea porque no sabemos de química!

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (II)

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