El capote

Nikolái V. Gogol







En el departamento… pero será mejor no nombrarlo. No hay gente más susceptible que los funcionarios, oficiales, oficinistas y, en general, todos los servidores públicos. En los tiempos que corren, cada particular considera que si se toca a su persona se ofende al conjunto de la sociedad. Corre el rumor de que hace poco un capitán de policía de no sé qué ciudad presentó un informe en el que exponía sin ambages que se estaba perdiendo el respeto a las leyes y que hasta su venerable título se pronunciaba sin ninguna consideración. Y como prueba adjuntaba una voluminosísima obra de corte novelesco en la que, cada diez páginas, aparecía un capitán de policía, a veces en un estado de completa embriaguez. En resumidas cuentas, para evitar disgustos, designaremos el departamento en cuestión simplemente como cierto departamento. Así pues, en cierto departamento trabajaba un funcionario. Era un hombre bastante ordinario, bajo de estatura, algo picado de viruelas, con una tonalidad de pelo que tiraba a pelirroja, un tanto corto de vista, con pequeñas entradas en la frente, arrugas a lo largo de las mejillas y ese color de cara que recibe el nombre de hemorroidal… ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tiene el clima petersburgués. En lo que respecta a su rango (pues entre nosotros se debe empezar siempre por ese particular), era lo que se llama un eterno consejero titular, de los que han hecho befa y escarnio, como es bien sabido, numerosos escritores que tienen la loable costumbre de ensañarse con quienes no pueden defenderse. Se apellidaba Bashmachkin, nombre que, como es evidente, proviene de bashmak, zapato; pero no se sabe cuándo, en qué momento y de qué forma se produjo esa derivación. El padre, el abuelo y hasta el cuñado, así como todos los Bashmachkin sin excepción, habían llevado siempre botas, a las que mandaban poner medias suelas dos o tres veces al año. Se llamaba Akaki Akákievich. Es probable que el lector encuentre ese nombre un tanto extraño y rebuscado, pero puedo asegurar que no se lo pusieron aposta; fueron las mismas circunstancias las que hicieron imposible darle otro. Esto fue lo que sucedió: Akaki Akákievich nació, si no me falla la memoria, la noche del 22 al 23 de marzo. Su difunta madre, esposa de un funcionario y mujer de gran corazón, tomó las disposiciones oportunas para que su hijo fuera bautizado como era menester. Desde la cama en que guardaba reposo, situada enfrente de la puerta, convocó a su diestra al padrino, Iván Ivánovich Yerohskin, hombre excelente, jefe de oficina en el Senado, y a la madrina, Arina Semiónovna Belobriúshkova, casada con un agente de policía y mujer de raras virtudes. Ambos dieron a elegir a la parturienta entre estos tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir Josdasat. «De ninguna manera —se dijo la difunta—. Vaya unos nombres.» Con intención de complacerla, abrieron el almanaque por otro lugar y leyeron estos otros tres nombres: Trifili, Dula y Barajasi. «¡Qué castigo! —farfulló la madre—. ¡De dónde habrán salido esos nombres! ¡De verdad que no los he oído en mi vida! Baradat y Baruj todavía pueden pasar, pero ¡Trifili y Barajasi!» Volvieron otra página y se encontraron con Pavsikaji y Vajtisi. «Vaya, parece cosa del destino —dijo la madre—. En ese caso, será mejor que lleve el nombre de su padre. Si Akaki se llamaba el padre, Akaki se llamará el hijo.» Esa es la razón de que le pusieran Akaki Akákievich. Bautizaron al niño, que se pasó la ceremonia llorando y haciendo muecas, como si presintiera que un día sería consejero titular. En resumidas cuentas, así fue como sucedieron las cosas. Hemos sacado a colación esos detalles para que el lector se convenza de que todo lo dictó la necesidad y de que no habría sido posible darle otro nombre. Nadie recordaba cuándo y cómo entró en el departamento y quién lo había recomendado. Por más que cambiaran los directores y jefes de sección, él seguía en su puesto, en idéntica actitud, ocupado de sus mismas tareas de copista, de modo que, con el paso del tiempo, la gente llegó a convencerse de que había venido al mundo de ese jaez, con uniforme y entradas en la frente. En el departamento nadie le respetaba. Los ordenanzas no solo no se levantaban a su paso, sino que le prestaban tan poca atención como al vuelo de una mosca. Sus superiores le trataban con frialdad despótica. Cualquier ayudante de jefe de despacho le arrojaba los papeles debajo de la nariz sin molestarse en decirle siquiera: «Cópielos» o «Aquí tiene un asunto de lo más interesante» o alguna otra fórmula de cortesía, como corresponde a empleados bien educados. Sin fijarse en la persona que se los entregaba ni pararse a considerar si tenía derecho a encomendarle esa tarea, Akaki Akákievich se quedaba mirando un momento los papeles y a continuación se ponía manos a la obra.

Los funcionarios jóvenes se burlaban de él y hacían bromas a su costa, dando rienda suelta a su ingenio oficinesco. Contaban en su presencia distintas historias que le concernían; decían que su patrona, una anciana de setenta años, le pegaba; le preguntaban cuándo se casaría con ella y arrojaban sobre su cabeza trocitos de papel, afirmando que eran copos de nieve. Pero Akaki Akákievich no decía ni palabra, como si delante de él no hubiera nadie. Ni siquiera conseguían distraerlo de sus ocupaciones, hasta el punto de que, a pesar de todas esas molestias, no cometía ni un solo error. Solo cuando las bromas iban demasiado lejos, cuando le daban un golpe en el codo y le impedían proseguir con su labor, exclamaba: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?». Y había algo extraño en sus palabras y en el tono de voz con que las pronunciaba, algo que inducía a la compasión, de suerte que un joven que acababa de ingresar en el servicio y que, siguiendo el ejemplo de sus compañeros, se había permitido gastarle una broma, se detuvo de pronto, como petrificado. Desde entonces todo pareció mudar y cambiar de aspecto a su alrededor. Una fuerza sobrenatural le apartó de sus compañeros, a quienes había considerado personas educadas y respetables. Y durante mucho tiempo, en los momentos de mayor alegría, se le aparecía la imagen de ese pequeño funcionario, con entradas en la frente, y oía sus penetrantes palabras: «¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?», en las que resonaban estas otras: «¡Soy tu hermano!». Entonces, el desdichado joven se tapaba la cara con la mano. Y más de una vez, a lo largo de su vida, se estremeció al comprobar cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se oculta en los modales más refinados e irreprochables, incluso, ¡Dios mío!, en personas con fama de honradas y nobles…

Resultaría difícil encontrar a otra persona tan apegada a su trabajo. Sería poco decir que atendía con celo sus obligaciones. No, lo hacía con amor. Esa labor de copia le ponía delante de los ojos un mundo fascinante y siempre distinto. En su rostro se reflejaba el placer que experimentaba. Tenía algunas letras favoritas y, cuando se topaba con una de ellas, no cabía en sí de gozo: sonreía, parpadeaba y removía los labios como para ayudarse, de manera que casi podía leerse en su semblante cada letra que trazaba su pluma. Si hubieran recompensado su celo como correspondía, probablemente habría acabado convirtiéndose, para su propia sorpresa, en consejero de Estado. Pero, como decían los guasones de sus compañeros, en lugar de lucir una condecoración en el ojal, había acabado con hemorroides. En cualquier caso, sería exagerado decir que nadie había reparado en sus méritos. Un director, hombre bondadoso, deseando premiarle por sus largos años de servicio, ordenó que le encomendasen alguna labor más importante que su acostumbrada tarea de copia. Se trataba de reelaborar un documento ya preparado y enviarlo a otro departamento. Lo único que tenía que hacer era cambiar el encabezamiento y pasar algunos verbos de la primera a la tercera persona. Pero le costó tanto trabajo que quedó empapado en sudor; al final, después de mucho enjugarse la frente, terminó diciendo: «No, es mejor que me den algo para copiar». Desde entonces no le encargaron otra cosa. Parecía como si, fuera de esa labor, no existiese nada para él en el mundo. No se preocupaba lo más mínimo de su indumentaria. Su uniforme ya no era verde, sino de una tonalidad entre rojiza y harinosa. Gastaba un cuello estrecho y bajo, de tal manera que el pescuezo, a pesar de que era corto, sobresalía y parecía inusitadamente largo, como el de esos gatos de escayola y cabeza flexible que portan por docenas esos pretendidos buhoneros extranjeros. Y siempre llevaba algo pegado a la levita, una brizna de heno o una hilacha; además, tenía una habilidad especial para pasar por debajo de una ventana en el preciso instante en que arrojaban cualquier inmundicia; en suma, siempre lucía en el sombrero una cáscara de melón o de sandía o alguna otra porquería por el estilo. Ni una sola vez en su vida prestó a atención al ajetreo diario de las calles, espectáculo que tanto atraía a sus jóvenes colegas, capaces de reparar, con su mirada penetrante y atrevida, en un transeúnte con la trabilla descosida, aunque fuera por la acera de enfrente, novedad que siempre acogían con una sonrisa maliciosa en los labios.

Pero suponiendo que Akaki Akákievich posara su vista en algún objeto, no veía más que los renglones escritos con su caligrafía precisa y regular; solo cuando un caballo le ponía de pronto el hocico en el hombro y le echaba una nube de vaho en la cara, se daba cuenta de que estaba en medio de la calle, no en mitad de una línea. Al llegar a casa, se sentaba en seguida a la mesa, engullía a toda prisa su sopa de col y una porción de carne de vaca con cebolla, sin reparar en su sabor, tragándose las moscas y todos los aditamentos que Dios tenía a bien añadir, según la estación. Cuando notaba que tenía el estómago lleno, se levantaba de la mesa, echaba mano de un tintero y se ponía a copiar unos papeles que se había llevado de la oficina. En caso de que no tuviera trabajo, hacía copias por mero placer, mostrando una marcada preferencia por los documentos que se distinguían no por la belleza de su estilo, sino por estar dirigidos a algún personaje importante o recién nombrado.

Cuando el cielo gris de San Petersburgo se oscurece por completo y toda la ralea oficinesca se ha llenado el estómago, cada cual según sus medios y gustos particulares; cuando todos descansan ya del trajín de los despachos, con su crujir de plumas, idas y venidas, acuciantes ocupaciones propias y ajenas y cuantas obligaciones se impone a veces un trabajador infatigable, en ocasiones sin necesidad; cuando consagran al placer el resto del día —unos, los más emprendedores, asistiendo al teatro; otros, saliendo a la calle para contemplar ciertos sombreritos; otros, acudiendo a una velada para prodigar cumplidos a una bonita muchacha, estrella de un pequeño círculo de empleados; otros, y estos son los más numerosos, encaminándose a casa de un compañero, que vive en un tercero o un cuarto piso, en dos pequeñas habitaciones con vestíbulo o cocina, en las que destaca una lámpara o algún otro objeto que denota cierto prurito de modernidad, comprado a costa de grandes sacrificios y renuncias a cenas y excursiones—. En definitiva, incluso en esas horas en que todos los funcionarios se dispersan por los minúsculos alojamientos de sus amigos para echar una ruidosa partida de whist y tomar unos cuantos vasos de té acompañados de galletas de a kopek, al tiempo que dan chupadas a sus largas pipas y cuentan, mientras reparten, algún chisme relativo a la alta sociedad, actividad a la que ningún ruso, sea cual sea su condición, puede renunciar, o, a falta de otro tema mejor, repiten la consabida anécdota del comandante a quien vinieron a decirle que alguien había cortado la cola al caballo de la estatua de Pedro el Grande, obra de Falconet; en resumidas cuentas, incluso en esas horas en que todo el mundo procura divertirse, Akaki Akákievich no se permitía la menor distracción. Nadie podía afirmar que lo había visto nunca en una velada. Una vez aplacado su deseo de escribir, se iba a la cama con una sonrisa en los labios, paladeando por anticipado las alegrías del día siguiente: ¿Qué documentos le confiaría Dios para que copiara? Así transcurría la pacífica existencia de un individuo que, con un sueldo de cuatrocientos rublos al año, se sentía satisfecho de su destino; y es probable que hubiera alcanzado una edad provecta de no estar sembrado de toda suerte de calamidades el camino no solo de los consejeros titulares, sino incluso de los consejeros secretos, efectivos, áulicos y de todo tipo, incluso de aquellos que no dan ni solicitan consejo de nadie.

Un poderoso enemigo acecha en San Petersburgo a todas las personas que reciben más o menos un sueldo de cuatrocientos rublos anuales. Y ese enemigo no es otro que nuestras heladas septentrionales; aunque, por otro lado, se dice que son muy buenas para la salud. Entre las ocho y las nueve de la mañana, justo cuando las calles se llenan de funcionarios que se dirigen a sus departamentos, el frío arrecia y ataca con tal violencia las narices de todos lo transeúntes, del más alto al más bajo, que los pobres empleados no saben dónde meterlas. En esos momentos, cuando hasta a los personajes más encumbrados les duele la frente de frío y se les saltan las lágrimas, los pobres consejeros titulares se encuentran a veces indefensos. La única salvación consiste en arrebujarse en sus ligeros capotes y atravesar lo más rápido posible cinco o seis calles hasta llegar al vestíbulo del ministerio, donde patean el suelo con furor, hasta que se desentumecen todas las capacidades y dones necesarios para el desempeño de sus funciones, que se han helado por el camino. Desde hacía algún tiempo Akaki Akákievich sentía un dolor punzante, sobre todo en los hombros y en la espalda, a pesar de que procuraba recorrer con la mayor celeridad la distancia que separaba su casa del departamento. Al final acabó preguntándose si no sería culpa de su capote. Al llegar a casa, lo examinó con mayor detenimiento y descubrió que en dos o tres lugares, precisamente en la espalda y en los hombros, el paño se había vuelto no menos ligero que una gasa; tan gastado estaba que se veía al trasluz; en cuanto al forro, apenas quedaban trazas. Conviene saber que el capote de Akaki Akákievich también era objeto de las burlas de sus compañeros; hasta le habían privado del noble nombre de capote y lo denominaban bata. En realidad, tenía un aspecto bastante extraño: el cuello menguaba de año en año, pues le servía para remendar otras partes. Esos remiendos, que no hacían honor a la habilidad del sastre, daban a la prenda un aire tosco y desmañado. Haciéndose cargo de la situación, Akaki Akákievich decidió llevar el capote a casa del sastre Petróvich, que vivía en un cuarto piso interior. A pesar de que era bizco y tenía el rostro picado de viruelas, se daba bastante maña para arreglar pantalones y chaquetas de funcionarios y de simples particulares, a condición, desde luego, de que estuviera sobrio y no anduviera dando vueltas en su cabeza a alguna otra empresa. En verdad, no habría mucho que decir de ese sastre, pero como se ha convertido ya en costumbre no dejar sin delinear el carácter de cualquier personaje de ficción, no queda otro remedio que ponernos manos a la obra con el Petróvich de marras. Al principio, cuando era siervo de cierto señor, se llamaba Grigori a secas. No se convirtió en Petróvich hasta que obtuvo la libertad y empezó a emborracharse, primero con ocasión de fiestas señaladas, después en todas las que estaban marcadas con una cruz en el calendario. En ese particular, seguía fiel a las costumbres de sus abuelos. Por otro lado, cuando discutía con su mujer, la tachaba de frívola y alemana. Ya que hemos mencionado a su mujer, convendría dedicarle un par de palabras; por desgracia, poca cosa se sabe de ella, a no ser que era la esposa de Petróvich y que para cubrirse la cabeza prefería servirse de una cofia en lugar de un pañuelo. Por lo visto, no podía presumir de belleza, como deja entrever este detalle: solo algún que otro soldado de la guardia le echaba una mirada por debajo de la cofia cuando se cruzaba con ella, al tiempo que torcía el bigote y dejaba escapar una exclamación peculiar.

Mientras subía por la escalera que conducía al piso de Petróvich, cuyos peldaños, en honor a la verdad, estaban llenos de inmundicias y charcos de agua sucia, e impregnados de ese olor espirituoso que da picor a los ojos y que, como es bien sabido, constituye un aditamento indispensable de todas las escaleras de servicio de las casas petersburguesas; mientras subía por la escalera, pues, Akaki Akákievich iba pensando en el precio que exigiría Petróvich, y resolvió no ofrecerle más de dos rublos. La puerta estaba abierta porque en la cocina estaban friendo pescado y se había levantado tal humareda que no se distinguían ni siquiera las cucarachas. Akaki Akákievich atravesó la cocina sin que la mujer del sastre reparara en su presencia y entró en la habitación, donde encontró a Petróvich sentado a una ancha mesa de madera sin desbastar, con las piernas cruzadas, a la manera de un bajá turco, y los pies descalzos, como es costumbre entre los sastres cuando están trabajando. Lo primero que saltaba a la vista era el dedo pulgar, que Akaki Akákievich conocía bien, cuya uña deformada era gruesa y dura como el caparazón de una tortuga. De su cuello pendía una madeja de seda e hilos y tenía en las rodillas una prenda vieja y desgarrada. Llevaba cosa de tres minutos intentando enhebrar una aguja, sin conseguirlo, y echaba pestes de la oscuridad y del mismo hilo, farfullando en voz baja: «Acabarás entrando, maldito. Ya me tienes harto, granuja». A Akaki Akákievich le disgustó encontrar a Petróvich tan enfadado. Prefería hacerle los encargos cuando estaba algo achispado o, para decirlo con palabras de su esposa, «cuando ese demonio tuerto estaba como una cuba». En ese estado, Petróvich se mostraba complaciente, se avenía a rebajar el precio y hasta se deshacía en agradecimientos y reverencias. Cierto que más tarde se presentaba la mujer para quejarse de que su marido había aceptado un precio tan bajo porque estaba borracho; pero bastaba con añadir una pieza de diez kopeks para que el asunto quedara resuelto. Ahora, en cambio, Petróvich parecía sobrio, y eso quería decir que se mostraría desabrido, intratable y dispuesto a exigir el diablo sabe qué precio. Akaki Akákievich se dio cuenta e hizo intención de hacer mutis por el foro, como suele decirse, pero ya era demasiado tarde. Petróvich le miraba fijamente con su único ojo, y Akaki Akákievich dijo casi sin querer:

—¡Buenos días, Petróvich!
—Muy buenos los tenga también usted, caballero —respondió Petróvich, mirando de soslayo las manos de Akaki Akákievich para ver qué prenda le traía.
—Pues bien, Petróvich, he venido a verte…

Conviene aclarar que Akaki Akákievich se expresaba las más de las veces por medio de adverbios, preposiciones e incluso partículas totalmente desprovistas de sentido. Si el asunto era muy embarazoso, tenía por costumbre dejar las frases a medias, así que a menudo empezaba su discurso con estas palabras: «Esto, en verdad, es de todo punto…», y ahí se quedaba, sin preocuparse de la continuación, creyendo que lo había dicho todo.

—¿De qué se trata? —preguntó Petróvich, al tiempo que examinaba con su único ojo el uniforme de Akaki Akákievich, desde el cuello hasta las mangas, la espalda, los faldones y los ojales, que conocía de sobra, porque los había confeccionado él mismo. Tal es la costumbre de los sastres: es lo primero que llama su atención cuando se encuentran con alguien.
—He venido a verte, Petróvich… por el capote… El caso es el que el paño… como ves, está casi como el primer día… Tiene tanto polvo que parece viejo, pero en realidad está nuevo. Solo una parte, ahí en la espalda, está algo gastada… Y también un hombro, y un poco el otro… ¿Lo ves? Eso es todo. No es mucho trabajo…

Petróvich tomó el capote, lo extendió sobre la mesa y lo inspeccionó durante largo rato; a continuación sacudió la cabeza, alargó la mano en dirección a la ventana y cogió una tabaquera con el retrato de un general que no había manera de identificar, pues un rectángulo de papel reemplazaba lo que había sido el rostro, hundido de tanto apretar con el dedo. Tras aspirar una pulgarada de rapé, desplegó el capote en sus brazos, lo examinó al trasluz y volvió a sacudir la cabeza. Luego lo puso del revés, para echar un vistazo al forro, y sacudió la cabeza por tercera vez. De nuevo levantó la tapadera con el retrato del general y el remiendo de papel, se llenó de rapé la nariz, cerró la tabaquera, se la guardó y a continuación dijo:

—No, no se puede arreglar. Está demasiado gastado.

Al oír esas palabras, a Akaki Akákievich le dio un vuelco el corazón.

—¿Cómo que no, Petróvich? —preguntó con voz infantil y casi suplicante—. Solo está un poco estropeado en los hombros. Seguro que tienes por ahí algún retal…
—Sí, siempre puede encontrarse un retal —respondió Petróvich—, pero no puedo coserlo, porque el paño está completamente podrido. En cuanto le meta la aguja, se caerá a pedazos.
—Pues que se caiga. Tú lo que tienes que hacer es ponerle un remiendo.
—¿Y cómo voy a coserlo? No hay dónde sujetarlo, tan gastado está. Esto de paño solo tiene el nombre. Como sople un poco el viento, se lo lleva por delante.
—Bueno, tú arréglalo. Pues, en verdad, eso…
—No —dijo Petróvich con decisión—, no se puede hacer nada. Está demasiado viejo. Será mejor que se compre unas polainas para cuando llegue el invierno, porque los calcetines no calientan. Es un invento de los alemanes para sacarnos el dinero (Petróvich aprovechaba cualquier ocasión para meterse con los alemanes). En cuanto al capote, no cabe duda de que tendrá que hacerse uno nuevo.

Al oír la palabra «nuevo» a Akaki Akákievich se le nubló la vista, y todos los objetos que había en la habitación parecieron cubrirse de una suerte de bruma. Solo distinguía con claridad al general de la tabaquera de Petróvich, con el pedazo de papel tapándole la cara.

—¿Nuevo dices? —exclamó como en sueños—. ¿Y de dónde voy a sacar el dinero?
—Sí, nuevo —repitió Petróvich con despiadada serenidad.
—Y, en caso de que me hiciera uno nuevo, cuánto…
—¿Te refieres a cuánto costaría?
—Sí.
—Ciento cincuenta rublos como mínimo —aclaró Petróvich, apretando con fuerza los labios. Era muy aficionado a los golpes de efecto y le encantaba dejar desconcertada a la gente para luego mirar de soslayo la cara de susto que ponía al escuchar sus palabras.
—¡Ciento cincuenta rublos por un capote! —gritó el desdichado Akaki Akákievich. Probablemente era la primera vez en su vida que gritaba, pues nunca le había levantado la voz a nadie.
—Sí —dijo Petróvich—, y eso dependiendo del capote. Si lo quieres con cuello de marta y capuchón con forro de seda, subiría a doscientos.
—Por el amor de Dios, Petróvich —suplicó Akaki Akákievich, tratando de no prestar atención a las palabras y golpes de efecto de Petróvich—. Arréglalo como sea para que pueda usarlo un poco más.
—No, no merece la pena. Sería trabajar en balde y tirar el dinero —dijo Petróvich.

Al escuchar esas palabras, Akaki Akákievich se quedó completamente anonadado.

Una vez solo, Petróvich pasó un buen rato de pie, los labios apretados con fuerza, sin retomar su labor, muy satisfecho de haber salvaguardado su honor y haber defendido el buen nombre de su oficio.

Cuando salió a la calle, Akaki Akákievich se sentía como en un sueño. «Vaya un asunto —se decía—. Jamás habría creído que acabaría así, la verdad… —y, al cabo de unos instantes, añadió—: ¡Así están las cosas! Mira cómo ha acabado todo. La verdad es que jamás habría imaginado que pasaría esto —y, después de otra larga pausa, prosiguió—: ¡Así están las cosas! Es algo completamente inesperado… En ningún caso… ¡Menuda situación!»

Dicho eso, en lugar de volver a su casa, tomó la dirección contraria, sin darse cuenta él mismo. De camino, tropezó con un deshollinador, que le manchó el hombro con su sucio costado; desde lo alto de una casa en construcción le cayó encima un aluvión de cal. Pero Akaki Akákievich no reparó en una cosa ni en la otra; fue necesario que chocara con un guardia —que, tras dejar a un lado su alabarda, estaba sacudiendo su tabaquera y vertiendo en su callosa mano un poco de rapé— para que volviera un poco en sí, y solo porque este le dijo: «¿Por qué te me echas encima? ¿Es que no tienes suficiente acera?». Al oír esas palabras, miró a su alrededor y emprendió el camino de regreso. Hasta que no llegó a su casa no pudo poner en orden sus ideas y hacerse una idea clara de la situación. Reanudó, entonces, el monólogo de antes, pero ya no con frases entrecortadas, sino con ese tono sincero y juicioso que uno emplea para discutir con un amigo sensato un asunto íntimo y confidencial. «No —se dijo—. Ahora no hay manera de entenderse con Petróvich. Está… Su mujer debe de haberle propinado una buena tunda. Será mejor que pase a verlo el domingo por la mañana. Después de la cogorza del sábado, tendrá el ojo torcido y estará medio dormido; querrá echar un trago para quitarse la resaca, pero su mujer no le dará dinero; en ese momento apareceré yo y le pondré una moneda de diez kopeks en la mano. Entonces se volverá más sensato y podremos hablar del capote…» Ese razonamiento dio ánimos a Akaki Akákievich. El domingo siguiente, cuando vio de lejos que la mujer de Petróvich salía de casa, se fue derecho a la habitación del sastre. Como era de esperar, después de la noche del sábado, lo encontró muerto de sueño, con la cabeza caída sobre el pecho y el ojo más torcido de lo normal. Pero en cuanto se enteró de lo que se trataba, fue como si el demonio se le metiera en el cuerpo. «Imposible —dijo—. Tiene que encargarse uno nuevo.» Akaki Akákievich le entregó entonces los diez kopeks. «Muchas gracias, señor, me tomaré una copita a su salud —dijo Petróvich—. En cuanto al capote, no le dé más vueltas: no sirve para nada. Le voy a hacer uno nuevo que le va a quedar como un guante. Le doy mi palabra.»

Akaki Akákievich quiso referirse de nuevo al arreglo, pero Petróvich, sin escucharle, prosiguió: «Le haré uno nuevo sin falta, cuente con ello. Será un trabajo de primera. Y, si quiere ir a la moda, le pondré en el cuello unas hebillas de plata».

En ese momento se convenció Akaki Akákievich de que no podía pasarse sin un capote nuevo, y todas las fuerzas le abandonaron. En cualquier caso, ¿de dónde iba a sacar el dinero necesario? Desde luego, podía contar con el aguinaldo que le darían las próximas fiestas, pero esa suma la tenía ya asignada y destinada a otros fines. Debía comprarse unos pantalones nuevos, pagar al zapatero unas punteras que le había puesto hacía tiempo a unas botas viejas; además, era preciso encargarle a la costurera tres camisas y dos de esas prendas cuyo nombre sería indecoroso imprimir en letras de molde; en definitiva, había dispuesto ya de todo ese dinero. Es más, en caso de que el director tuviera la generosidad de asignarle cuarenta y cinco o cincuenta rublos en lugar de los cuarenta de rigor, le quedaría una cantidad tan insignificante que en comparación con el precio del capote sería algo así como una gota en el océano. Desde luego, sabía que a Petróvich a veces le daba la ventolera de exigir sumas tan desorbitadas que hasta su propia mujer no podía contenerse y exclamaba: «¿Es que has perdido el juicio, grandísimo bribón? Otras veces trabajas casi de balde y ahora te da por pedir un precio que ni tú mismo vales». Akaki Akákievich estaba convencido de que Petróvich se contentaría con ochenta rublos, pero la cuestión era de dónde sacarlos. Podría conseguir la mitad, y tal vez hasta un poco más; pero, ¿y el resto?… No obstante, antes de proseguir debemos informar al lector de dónde procedía esa primera mitad. Cada vez que gastaba un rublo, Akaki Akákievich tenía la costumbre de guardar medio kopek en un cofrecillo cerrado con llave, en cuya tapa había practicado una ranura para introducir las monedas. Cada seis meses procedía al recuento de las piezas de cobre acumuladas y las reemplazaba por otras de plata. Después de haber puesto en práctica ese sistema a lo largo de muchos años, había logrado reunir algo más de cuarenta rublos. Así pues, estaba en posesión de la mitad de la suma. Pero ¿cómo procurarse la otra mitad? Después de darle muchas vueltas, Akaki Akákievich llegó a la conclusión de que debía reducir los gastos ordinarios, al menos durante un año, es decir, renunciar al té de la tarde, no encender velas por la noche, y, en caso de que tuviera que ocuparse de algún trabajo, pasar a la habitación de la patrona; también sería preciso caminar por adoquines y baldosas con el mayor cuidado y precaución, casi de puntillas, para no desgastar las suelas antes de tiempo, así como recurrir lo menos posible a los servicios de la lavandera y, para evitar que se le ensuciara la ropa, quitársela nada más llegar a casa, poniéndose en su lugar una bata de fustán tan vieja que hasta el tiempo se había compadecido de ella. A decir verdad, al principio le resultó difícil habituarse a esas privaciones, pero, con el paso del tiempo, acabó resignándose y sobrellevando su suerte con dignidad; hasta se habituó a pasarse sin cenar, aunque es verdad que no carecía de alimento espiritual, pues el pensamiento de su futuro capote no le abandonaba ni de día ni de noche. A partir de entonces su existencia pareció volverse más plena, como si se hubiera casado o gozara de la cercanía de otra persona; como si no estuviera solo, sino arropado por una compañera amable que hubiera decidido recorrer a su lado el camino de la vida. Y esa compañera no era otra que el capote guateado, con su sólido forro nuevecito. Se volvió más animado y de carácter más firme, como es el caso de las personas que se han marcado un objetivo definido. De su rostro y ademanes desapareció cualquier rastro de duda e indeterminación, así como cualquier indicio de vacilación e inseguridad. En ocasiones un resplandor de fuego asomaba a sus ojos y en su cabeza bullían los pensamientos más audaces y temerarios: ¿no sería una buena idea ponerle un cuello de marta? Esas consideraciones por poco no le costaron algún descuido. Una vez casi cometió una falta al copiar un documento, y cuando se dio cuenta se persignó y estuvo a punto de exhalar un suspiro. Al menos una vez al mes iba a casa de Petróvich para hablar del capote y discutir dónde convenía adquirir el paño, qué color sería el más apropiado, qué precio habría que ofrecer, y siempre volvía a casa un tanto preocupado, pero también satisfecho, al considerar que llegaría un día en que comprarían todo el material y el sastre se pondría manos a la obra. El asunto fue más deprisa de lo que había esperado. En contra de sus previsiones, el director le asignó un aguinaldo no de cuarenta o cuarenta y cinco rublos, sino nada menos que de sesenta. Tal vez presintiera que Akaki Akákievich necesitaba un capote o acaso fuera cosa del azar. El caso es que Akaki Akákievich se encontró de pronto con veinte rublos suplementarios. Esa circunstancia aceleró todo el proceso. Después de pasar un poco de hambre dos o tres meses más, Akaki Akákievich logró reunir una suma cercana a los ochenta rublos. Su corazón, por lo común tan tranquilo, empezó a latir con fuerza. Ese mismo día empezó a recorrer las tiendas en compañía de Petróvich. Adquirieron un paño de muy buena calidad, como no podía ser de otra manera, porque desde hacía casi medio año raro era el mes que no visitaban las tiendas para cerciorarse de los precios. Hasta Petróvich declaró que no era posible encontrar paño mejor. Para el forro tuvieron que contentarse con una pieza de calicó, pero tan firme y resistente que, en opinión de Petróvich, era incluso mejor que la seda y de aspecto más lustroso y elegante. Renunciaron a la marta, porque era en verdad muy cara, y en su lugar escogieron la mejor piel de gato que había en la tienda, de un pelaje tan fino que de lejos pocos apreciarían la diferencia. Petróvich solo tardó dos semanas en confeccionar el capote, y eso por la cantidad de guata que llevaba; de otro modo, lo habría acabado antes. Por el trabajo le pidió doce rublos, y la verdad es que no podía cobrarle menos porque lo había cosido con seda y dobles costuras, que el sastre repasaba luego con sus propios dientes, imprimiéndoles las formas más diversas. No podría precisar la fecha en que Petróvich le llevó el capote, pero esa jornada fue probablemente la más solemne en la vida de Akaki Akákievich. El sastre se presentó por la mañana, poco antes de que nuestro héroe tuviera que ir a la oficina, y no habría podido elegir momento más oportuno, porque el ambiente era ya bastante fresco y amenazaba con empeorar. Petróvich apareció con el capote como corresponde a cualquier sastre que se precie, con una expresión de importancia como Akaki Akákievich jamás le había visto. Parecía plenamente convencido de que había realizado una gran labor, así como súbitamente consciente del abismo que separa a los sastres que se ocupan solo de arreglos y forros de los que cosen prendas nuevas. Retiró el pañuelo en que venía envuelto, que acababa de entregarle la lavandera, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo para emplearlo en caso de que fuera menester. Una vez descubierto el capote, se quedó mirándolo con orgullo y, sosteniéndolo con ambas manos, se lo puso a Akaki Akákievich sobre los hombros con suma habilidad; luego lo alisó, lo estiró por detrás y se lo ajustó al cuerpo, pero sin abrocharlo. Akaki Akákievich, que ya tenía sus años, quiso probárselo con las mangas. Petróvich le ayudó y resultó que también así le quedaba bien. En suma, el abrigo le sentaba de maravilla. Petróvich aprovechó la ocasión para manifestar que se lo había dejado tan barato por la simple razón de que su sastrería no tenía placa y estaba en una calle apartada, y también porque conocía a Akaki Akákievich desde hacía muchos años; en la avenida Nevski le habrían cobrado setenta y cinco rublos únicamente por el trabajo. Akaki Akákievich no quería discutir esa cuestión con Petróvich, pues le asustaban las desorbitadas cifras con que el sastre aturullaba a sus clientes. Le pagó, le dio las gracias y a continuación se encaminó a la oficina, ataviado con el capote nuevo. Petróvich salió tras él y, deteniéndose en medio de la calle, se quedó largo rato mirando el capote desde la distancia; luego dobló en un tortuoso callejón y salió corriendo a la misma calle, unos pasos por delante de Akaki Akákievich, para contemplar el capote una vez más, esta vez desde el otro lado, es decir, de frente. En cuanto al propietario de la prenda, no cabía en sí de gozo. En ningún momento le abandonaba el pensamiento de que llevaba el capote nuevo sobre los hombros, y su satisfacción era tan grande que hasta llegó a sonreír varias veces. Y razones no le faltaban, pues el capote le ofrecía dos ventajas: por un lado iba abrigado y por otro bien vestido.

Sin apenas darse cuenta, se encontró de pronto ante la puerta de su departamento. Después de quitarse el capote en la portería, lo examinó de hito en hito y a continuación le rogó al conserje que tuviera especial cuidado. Al poco tiempo, sin que se sepa muy bien cómo, por la oficina corrió el rumor de que Akaki Akákievich tenía un capote nuevo y de que la «bata» había pasado a mejor vida. Al punto corrieron todos a la portería para contemplar la prenda. Las felicitaciones y parabienes fueron tan abrumadores que en un principio Akaki Akákievich sonrió y después se sintió hasta cohibido. Cuando sus compañeros le rodearon e insistieron en que había que celebrarlo y que lo menos que podía hacer era organizar una fiesta, Akaki Akákievich se sintió completamente desconcertado y no supo qué responder, cómo comportarse, qué excusa poner. Solo al cabo de unos minutos, rojo de vergüenza, empezó a asegurar con la mayor ingenuidad que en realidad no era un capote nuevo, sino usado. Por último, uno de los funcionarios, subjefe de sección, probablemente con la intención de demostrar que no era orgulloso y que no ponía ningún reparo en confraternizar con los empleados de rango inferior, dijo: «Ya que Akaki Akákievich no se decide, seré yo quien dé la fiesta. Les invitó a que vengan esta tarde a mi casa a tomar el té. Precisamente hoy celebro mi onomástica». Como es de suponer, los funcionarios se aprestaron a felicitar al subjefe y aceptaron de buena gana la invitación. En un principio Akaki Akákievich excusó su asistencia, pero, habiéndole afeado todos su descortesía, no tuvo más remedio que retractarse. Por lo demás, cuando lo pensó mejor, se alegró de aquella novedad, pues le permitiría lucir su capote nuevo también por la tarde. En general, puede decirse que toda la jornada constituyó para Akaki Akákievich una fiesta solemne y apoteósica. Volvió a su casa radiante de felicidad, se quitó el capote, lo colgó con cuidado en la pared y volvió a admirar su paño y su forro; luego, sacó adrede su viejo capote, todo deshilachado, y se puso a compararlo con el otro. Lo miró y hasta se echó a reír, ¡tan grande era la diferencia! Más tarde, durante la comida, no pudo evitar esbozar una sonrisa cada vez que recordaba el estado en que había encontrado su vieja «bata». Después de tan alegre comida, en lugar de ponerse a copiar algún documento, se tumbó en la cama como un sibarita y no se levantó hasta la caída de la tarde. Entonces, sin más demora, se vistió, se echó el capote sobre los hombros y salió a la calle. Por desgracia, no podemos precisar dónde vivía el funcionario que le había invitado. La memoria empieza a fallarnos, y todas las calles y edificios de San Petersburgo se confunden y entreveran de tal modo en nuestra cabeza que apenas es posible extraer una imagen fiable de todo ese embrollo. Sea como fuere, no cabe la menor duda de que el funcionario en cuestión residía en uno de los barrios elegantes de la ciudad, o lo que es lo mismo, bastante lejos de la casa de Akaki Akákievich.

Al principio este tuvo que atravesar varias calles desiertas, con escaso alumbrado, pero, a medida que se acercaba al domicilio del funcionario, iba creciendo la animación, aumentando la concurrencia, menudeando las farolas. Entre los transeúntes, cuyo número no dejaba de crecer, aparecieron algunas damas vestidas con elegancia y caballeros con cuellos de castor en los abrigos; los trineos con rejillas de madera, tachonados de clavos dorados, fueron cediendo su lugar a suntuosos trineos barnizados, provistos de pieles de oso y conducidos por cocheros tocados con gorros de terciopelo color frambuesa, y a espléndidos carruajes con el pescante ornamentado, que volaban por las calles, acompañados del crujido de la nieve bajo sus ruedas. Akaki Akákievich contemplaba todas esas cosas como si fuera la primera vez que las viera, pues hacía varios años que no salía a la calle por la noche. Lleno de curiosidad, se detuvo delante del escaparate iluminado de una tienda para observar un cuadro que representaba a una hermosa mujer que se quitaba el zapato, dejando al descubierto una pierna bien torneada, mientras en el umbral de la puerta que había detrás de ella asomaba la cabeza de un hombre con patillas y una cuidada perilla. Akaki Akákievich meneó la cabeza, sonrió y a continuación siguió su camino. ¿A qué venía esa sonrisa? ¿Se había topado con una realidad completamente desconocida, pero de la que todo el mundo tiene algún barrunto? ¿O tal vez se dijo, como tantos otros funcionarios: «¡Ah, estos franceses, ya se sabe! Cuando se proponen alguna cosa, no hay quien les pare…»? Cabe también la posibilidad de que no pensara en nada de eso. ¿Quién puede meterse en el alma de una persona y adivinar todo lo que se le pasa por la cabeza? Por fin llegó a la morada del subjefe de sección, que sin duda vivía a lo grande: un farol iluminaba la escalera. El apartamento estaba en el segundo piso. Cuando entró en el recibidor, Akaki Akákievich vio en el suelo filas enteras de chanclos. Entre ellos, en medio de la habitación, borboteaba un samovar, entre nubes de vapor. De las paredes colgaban capas y capotes, algunos de ellos con cuellos de castor o solapas de terciopelo. De la habitación contigua llegaba un rumor confuso de voces, que de pronto adquirió mayor precisión y sonoridad al abrirse una puerta para dejar paso a un lacayo con una bandeja llena de vasos vacíos, una jarrita de nata y un cesto con galletas, señal evidente de que los funcionarios llevaban reunidos ya un buen rato y habían tomado el primer vaso de té. Akaki Akákievich, después de colgar él mismo su capote, entró en la habitación. En ese momento desfilaron a un tiempo ante sus ojos las velas, los funcionarios, las pipas, las mesas de juego, mientras el barullo de las conversaciones que le llegaban de todos los rincones y el ruido de las sillas herían sus oídos. Presa de una gran confusión, se detuvo en medio de la estancia, sin saber qué hacer. Pero sus colegas, que ya habían reparado en su presencia, lo acogieron con una aclamación y al punto salieron al recibidor para contemplar de nuevo el capote. Akaki Akákievich estaba un tanto desconcertado, pero, como era un hombre candoroso, no pudo por menos de alegrarse al ver cómo todos alababan la prenda. Luego, como es natural, se desentendieron de él y del capote, y se acercaron a las mesas para jugar al whist. Todo aquello —el ruido, las conversaciones, la muchedumbre— le dejó como aturdido. Sencillamente no sabía cómo comportarse, qué hacer con las manos, con los pies y con toda su figura. Por último, acabó sentándose junto a los jugadores y se esforzó por seguir la partida, contemplando la cara tan pronto de uno como de otro, pero al poco rato le ganó el aburrimiento y empezó a bostezar, tanto más cuanto que, según sus hábitos, debería llevar ya un buen rato en la cama. Quiso despedirse del anfitrión, pero no le permitieron que se marchara, aduciendo que tenía que beberse sin falta una copa de champán para celebrar el estreno. Una hora más tarde servían la cena, compuesta de ensaladilla, ternera fría, empanada, pasteles y champán. Después de que le obligaran a beberse dos copas, a Akaki Akákievich le pareció que todo cuanto le rodeaba adquiría un aire más risueño, pero en ningún caso llegó a olvidar que eran las doce y que no cabía seguir demorando el regreso. Para evitar que el anfitrión le retuviera, salió a hurtadillas de la habitación, buscó su capote en el recibidor, que para gran disgusto suyo encontró tirado en el suelo, lo sacudió, le quitó una a una todas las motas de polvo, se lo puso, bajó por la escalera y salió a la calle, aún iluminada. Algunos establecimientos de poca monta, esas tabernas frecuentadas por criados y gente de la misma ralea, estaban abiertos; otros habían echado el cierre, pero la larga franja de luz que se filtraba por la rendija de la puerta testimoniaba que aún no se habían marchado todos los parroquianos; probablemente sirvientas y criados proseguían con sus charlas y chismorreos, mientras sus amos se preguntaban perplejos dónde se habrían metido. Akaki Akákievich se sentía tan alegre que en un determinado momento, sin que se sepa muy bien la razón, echó a correr detrás de una dama que pasó a su lado como un relámpago, contoneando de manera inusitada todo el cuerpo. Pero al cabo de un momento se detuvo y retomó su marcha cansina, sorprendido él mismo de ese impulso repentino. No tardaron en surgir ante él esas calles solitarias, tan poco acogedoras de día y mucho menos de noche. Ahora se habían vuelto aún más lúgubres y desoladas. Empezaron a ralear los faroles encendidos; no cabía duda de que escatimaban el aceite. Aparecieron casas de madera, cercados. No se veía ni un alma. En las aceras solo centelleaba la nieve, y las casuchas bajas y dormidas, con los postigos cerrados, se destacaban tristes y negras. Akaki Akákievich iba aproximándose a un punto donde la calle desembocaba en una plaza interminable, especie de pavoroso desierto. Las casas del extremo opuesto apenas se vislumbraban.

A lo lejos, Dios sabe dónde, titilaba la lucecilla de una garita, que parecía plantada en el fin del mundo. Al llegar a ese lugar la alegría de Akaki Akákievich se esfumó por completo. Se internó en la plaza no sin cierto temor involuntario, como si su corazón presintiera algún peligro. Se volvió, miró a uno y otro lado, y tuvo la sensación de que un inmenso mar le rodeaba. «No, será mejor que no mire», se dijo y prosiguió su camino con los ojos cerrados. Cuando los abrió, para comprobar si estaba ya cerca el final de la plaza, se encontró ante sus mismas narices a unos individuos bigotudos. Nada más podría decir de ellos, porque en ese momento se le nubló la vista y su corazón se desbocó. «¡Ese capote es mío!», dijo uno de ellos con voz atronadora, cogiéndole del cuello. Akaki Akákievich se disponía a pedir ayuda cuando otro blandió ante su boca un puño tan grueso como la cabeza de un funcionario, al tiempo que decía: «¡Ni se te ocurra gritar!».

Akaki Akákievich solo notó que le quitaban el capote y le propinaban un rodillazo que le hizo caer de espaldas en la nieve, donde quedó tendido sin conocimiento. Al cabo de unos instantes, cuando volvió en sí y se levantó, en el lugar ya no había nadie. El frío que sentía le recordó la falta del capote. Se puso a gritar, pero su voz, por lo visto, no llegaba al extremo de la plaza. Desesperado, sin dejar de dar alaridos, echó a correr en dirección a la garita, a un lado de la cual un guardia apoyado en su alabarda parecía contemplarle con curiosidad: ¿por qué diablos chillaba ese hombre y corría hacia él? Akaki Akákievich llegó con la lengua fuera y se puso a vocear que mientras él dormía, desentendiéndose de sus labores de vigilancia, desvalijaban a los transeúntes. El guardia le respondió que no había visto nada sospechoso, solo que dos individuos le habían parado en medio de la plaza, pero creyó que eran amigos suyos. Añadió que, en lugar de injuriarlo en vano, más valdría que a la mañana siguiente fuera a ver al comisario, quien se encargaría de averiguar la identidad de la persona que le había robado el capote. Akaki Akákievich llegó a su casa en un estado lamentable: los pocos cabellos que aún le crecían en las sienes y la nuca completamente revueltos; el costado, el pecho y todos los pantalones cubiertos de nieve. La vieja patrona, despertada por los tremendos golpes que su inquilino propinaba a la puerta, saltó apresuradamente de la cama y corrió a abrir, con una sola zapatilla puesta y una mano cerrando pudorosamente el camisón a la altura del pecho. No obstante, en cuanto vio el terrible aspecto de Akaki Akákievich, retrocedió espantada. Y cuando este le contó lo que le había sucedido, la mujer levantó los brazos al cielo y le aconsejó que fuera a ver directamente al comisario del distrito, pues el inspector de barrio le engañaría con toda clase de promesas y daría largas al asunto. Lo mejor era recurrir sin más al comisario, a quien conocía un poco, porque Anna, la finlandesa que había tenido empleada como cocinera, era ahora la niñera de sus hijos, y ella misma solía verlo pasar en su carruaje por delante de la casa, y también los domingos en la iglesia, donde rezaba y miraba con simpatía a todo el mundo, señal de que debía ser un hombre de bien. Una vez escuchadas esas razones, Akaki Akákievich se arrastró con aire triste hasta su habitación. Solo podrá juzgar cómo pasó la noche quien sea capaz de ponerse en el lugar de su prójimo. A la mañana siguiente, a primera hora, fue a ver al comisario del distrito, pero le dijeron que estaba durmiendo. Volvió a las diez, y recibió idéntica respuesta. Y cuando pasó a las once le informaron de que había salido. Se presentó a la hora de la comida, pero los escribientes que estaban en el recibidor no quisieron dejarle pasar e insistieron en saber qué asunto le traía, qué deseaba y qué le había sucedido. Tanto le importunaron que Akaki Akákievich se resolvió a dar muestras de firmeza de carácter por primera vez en su vida y declaró de manera categórica que necesitaba ver en persona al comisario, que no tenían ningún derecho a impedirle el paso, que venía del ministerio para tratar un asunto oficial, que presentaría una queja contra ellos y les caería una buena. Los escribientes no se atrevieron a replicar a semejantes argumentos y uno de ellos fue a anunciarle. El comisario acogió de modo muy extraño la noticia del robo del capote. En lugar de prestar atención al meollo de la cuestión, empezó a preguntarle por qué volvía tan tarde a su domicilio y si no habría estado en una casa de mala reputación, de suerte que Akaki Akákievich se turbó sobremanera y salió del despacho sin saber si daría curso a su demanda. Ese día, por primera vez en su vida, no acudió a la oficina. La jornada siguiente se presentó todo pálido, ataviado con el viejo capote, cuyo aspecto era más lastimoso que nunca. El asunto del robo conmovió a muchos de sus compañeros, aunque no faltó alguno que aprovechó la ocasión para burlarse. Al punto decidieron hacer una colecta, pero no recaudaron apenas nada, pues los funcionarios habían gastado mucho en una suscripción para el retrato del director y un libro recomendado por el jefe de sección, que era amigo del autor. En suma, la cantidad reunida era insignificante. Uno de sus compañeros, movido por un sentimiento de compasión, decidió ayudarle al menos con un buen consejo y le dijo que no recurriera al inspector de barrio porque, aún suponiendo que quisiera hacer méritos ante sus superiores y acabara encontrando de algún modo el capote, la prenda quedaría en manos de la policía mientras no aportara pruebas de que le pertenecía. En consecuencia, lo mejor era acudir a un personaje importante, quien, después de dirigirse por carta y de viva voz a quien correspondiera, imprimiría un curso favorable al asunto. A falta de otra solución, Akaki Akákievich decidió recurrir a ese personaje importante, cuyo cometido exacto y posición siguen siendo desconocidos hasta la fecha. Conviene saber que el personaje importante solo había alcanzado semejante calificativo en los últimos tiempos; hasta entonces había sido un individuo insignificante. Por lo demás, el puesto que ocupaba era bastante modesto en comparación con otros de mayor categoría. Pero siempre se encuentran personas que conceden valor a cosas que otros consideran irrelevantes. En cualquier caso, él recurría a diversos medios para resaltar su importancia. Por ejemplo, cuando llegaba a su oficina, sus subordinados tenían que salir a la escalera para recibirle; nadie debía tratar directamente con él, sino atenerse al más estricto orden jerárquico: el registrador colegiado debía pasar un informe al secretario provincial, el consejero provincial al consejero titular o a quien correspondiera. Y así hasta que el asunto llegaba a sus manos. Y es que en nuestra santa Rusia el espíritu de emulación se ha adueñado de todas las conciencias: cada cual se las da de jefe y remeda a su superior. Hasta corren rumores de que un consejero titular, designado para dirigir una oficina de medio pelo, se apresuró a organizar, con la ayuda de un tabique, una habitación especial a la que denominó «despacho del director», a cuya puerta emplazó a unos conserjes con cuello rojo y galones, que se abalanzaban sobre el picaporte y abrían la puerta en cuanto veían a algún visitante, a pesar de que en el «despacho del director» apenas cabía un escritorio de dimensiones medianas. El personaje importante hacía gala de un comportamiento solemne y unos modales altaneros, y era parco en palabras. El fundamento esencial de su sistema era la severidad. «Severidad, severidad y severidad», solía decir, y, en el momento en que repetía por tercera vez ese vocablo, dirigía a su interlocutor una mirada significativa de todo punto innecesaria, pues los diez empleados que se hallaban a sus órdenes ya sin eso estaban atemorizados: en cuanto lo veían de lejos, dejaban lo que estuvieran haciendo y aguardaban en posición de firmes a que atravesara la habitación. Cuando se dirigía a alguno de sus subordinados, empleaba siempre un tono severo, y su discurso no solía pasar de estas tres frases: «¿Cómo se atreve? ¿Sabe con quién está hablando? ¿Se da cuenta de quién está delante de usted?». Por lo demás, era un hombre bondadoso, amable con sus compañeros y servicial, pero el grado de general se le había subido a la cabeza. Desde el día en que alcanzó ese rango, se había sentido desconcertado, había perdido el rumbo y no había sabido cómo comportarse. Cuando trataba con personas de su misma posición, se conducía como un hombre educado y correcto, y en muchos aspectos nada tonto; pero en cuanto se mezclaba con personas inferiores en rango, aunque solo fuera en un grado, perdía los papeles y llegaba a no abrir la boca. En verdad su situación era digna de lástima, tanto más cuanto que él mismo se daba cuenta de que habría podido pasar el tiempo de una manera mucho más grata. En sus ojos se advertía a veces un deseo irreprimible de participar en una conversación interesante, de unirse a un grupo de personas, pero un pensamiento se lo impedía: ¿no sería ir demasiado lejos? ¿No sentaría el precedente de una familiaridad excesiva? ¿No estaría socavando su propia autoridad? Como consecuencia de esas reflexiones, se mantenía siempre apartado, sumido en un impenetrable silencio, quebrado solo de vez en cuando por algún vago monosílabo, hasta que acabó haciéndose acreedor al título de persona más aburrida del mundo. A ese personaje importante recurrió nuestro Akaki Akákievich, y lo hizo en el momento más inoportuno y desfavorable, al menos para él, pues el personaje importante no podía soñar con una ocasión más propicia: sentado en su despacho, conversaba muy animado con un viejo conocido, compañero de juegos infantiles, a quien hacía varios años que no veía. En esto le anunciaron que un tal Bashmachkin deseaba hablar con él. «¿Quién es?», preguntó en tono desabrido. «Un funcionario», le respondieron. «¡Ah, pues que espere! Ahora no tengo tiempo», dijo el personaje importante. Llegados a este punto debemos aclarar que el personaje importante mentía como un bellaco: tenía tiempo de sobra. Hacía ya un buen rato que los dos amigos se habían dicho cuanto tenían que decirse y la conversación, interrumpida por prolongados silencios, se reducía a algunas frases sueltas, acompañadas de palmaditas en las rodillas: «¡Así es, Iván Abrámovich!». «¡En efecto, Stepán Varlámovich!» Había ordenado que el funcionario aguardara en la antesala para demostrar a su amigo, retirado hacía mucho del servicio y establecido en el campo, cuánto debían esperar los empleados antes de recibir audiencia. Cuando esos dos señores hablaron cuanto quisieron o, mejor dicho, callaron cuanto gustaron, y acabaron de fumar sus cigarros, recostados en sus mullidos sillones de respaldo reclinable, el personaje importante pareció acordarse de pronto de que alguien estaba esperando y le dijo a su secretario, que apareció en la puerta con unos documentos en la mano: «Me parece que hay un funcionario ahí fuera. Dígale que puede pasar». Al ver el aspecto humilde de Akaki Akákievich y su gastado uniforme, se volvió hacia él con ademán brusco. «¿Qué desea?», le preguntó con voz seca y tajante, ensayada expresamente delante del espejo, en la soledad de su habitación, una semana antes de que lo designaran para ese puesto y lo nombraran general. Akaki Akákievich, que ya antes de entrar se sentía cohibido, se turbó aún más; en cualquier caso, procuró explicarle la situación de la mejor manera que pudo, a pesar de que su lengua se trabucaba y de que empleaba con más frecuencia de lo habitual la palabra «eso». Le contó que tenía un capote completamente nuevo y que se lo habían robado de la manera más inhumana, y a continuación suplicó a su excelencia que intercediera como mejor le pareciera, dirigiendo un escrito a quien juzgara más oportuno, al comisario de policía o a algún otro personaje, para que iniciara las pesquisas. Al general, vaya usted a saber por qué, se le antojó que esa petición era demasiado familiar.

—Pero ¿es posible, caballero —replicó, tajante—, que no conozca usted el reglamento? ¿Dónde se cree que está? ¿Acaso no sabe cómo debe procederse en tales asuntos? Primero tiene usted que presentar una instancia en la cancillería; de allí pasaría al jefe de sección, que a su vez la haría llegar al responsable del departamento, que se la trasladaría al secretario, quien a su vez me la presentaría a mí.
—Pero, excelencia —dijo Akaki Akákievich, empapado en sudor, tratando de hacer acopio del poco ánimo que le quedaba—, si me he permitido molestar a su excelencia es porque los secretarios… no son de fiar…
—¿Qué, qué, qué? —dijo el personaje importante—. ¿Cómo se atreve a decir algo así? ¿De dónde ha sacado esas ideas? ¡Qué falta de respeto muestran los jóvenes de hoy por sus superiores y las autoridades!

Por lo visto, el personaje importante no había reparado en que Akaki Akákievich pasaba ya de los cincuenta. En definitiva, solo se le podía aplicar el calificativo de joven de manera relativa, es decir, si se le comparaba con los ancianos de setenta años.

—¿Sabe usted con quién está hablando? ¿Se da usted cuenta de quién está delante de usted? ¿Se da usted cuenta? ¡A usted se lo pregunto!

Al llegar a ese punto, el personaje importante dio una patada en el suelo y levantó tanto la voz que hasta un individuo menos apocado que nuestro héroe se habría asustado. Akaki Akákievich, muerto de miedo, se tambaleó, tembló de pies a cabeza y estuvo a punto de desplomarse: de no haber sido por los ujieres que acudieron a sostenerlo, habría dado con sus huesos en el suelo. Lo sacaron casi sin conocimiento. El personaje importante, satisfecho de que el efecto de su discurso hubiera superado todas sus expectativas, y entusiasmado de que una palabra suya pudiera hacer que un hombre se desvaneciera, miró de soslayo a su amigo para comprobar la impresión que le había causado la escena y descubrió, no sin satisfacción, que este se sentía bastante perplejo e incluso algo atemorizado.

Akaki Akákievich no recordaba cómo bajó por las escaleras ni cómo salió a la calle. No sentía los brazos ni las piernas. Jamás en su vida había recibido semejante reprimenda de un general, y encima de un departamento ajeno. Marchaba con la boca abierta, en medio de la tormenta de nieve, que ululaba por las calles, y cada dos por tres se salía de la acera; el viento, como es costumbre en San Petersburgo, soplaba en todos los callejones, embistiéndolo por los cuatro costados. Antes de que se diera cuenta, contrajo una angina, y, cuando llegó a casa, ya no era capaz de pronunciar ni una palabra. Con toda la garganta hinchada, se metió en la cama. ¡Tales efectos puede producir a veces una buena reprimenda! A la mañana siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Gracias a la generosa contribución del clima petersburgués, la enfermedad avanzó más deprisa de lo que cabía esperar. Cuando apareció el médico y le tomó el pulso, no pudo hacer otra cosa que prescribirle una cataplasma, con el único objeto de no privar al enfermo del benéfico auxilio de la medicina. Por lo demás, declaró que no duraría ni dos días. Luego, dirigiéndose a la patrona, añadió: «Y usted, madrecita, no debe perder el tiempo en vano. Vaya a encargarle ahora mismo un ataúd de pino, porque de roble saldría demasiado caro». ¿Escuchó Akaki Akákievich esas palabras fatales? Y, en caso de que las escuchara, ¿le causaron una fuerte impresión? ¿Se lamentó de su desdichada existencia? Nunca se sabrá, porque el delirio de la fiebre no le abandonó en ningún momento. Le asaltaban sin cesar visiones a cual más extraña. Tan pronto veía a Petróvich y le encargaba un capote con trampas para atrapar a los ladrones que se escondían debajo de su cama, como suplicaba a la patrona que sacara de debajo de la manta a uno de ellos, o preguntaba por qué colgaba de la pared su viejo capote cuando tenía uno nuevo, o creía estar escuchando la regañina del general, a quien respondía: «¡Perdón, excelencia!», o, por último, maldecía y profería palabras tan terribles que la vieja patrona se persignaba, pues jamás le había oído proferir semejantes insultos, y mucho menos acompañando al título de «su excelencia». En los instantes postreros solo pronunció frases incoherentes, de las que no era posible sacar nada en limpio, pero que testimoniaban al menos que sus desordenados pensamientos no se ocupaban más que de su capote. Finalmente, el pobre Akaki Akákievich exhaló su último suspiro. No pusieron sellos en su habitación ni en sus pertenencias, en primer lugar porque no tenía herederos, y en segundo, porque no dejaba más que un pequeño paquete con plumas de ganso, una resma de papel timbrado, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el viejo capote que ya conoce el lector. ¿Quién se quedaría con todas esas cosas? Confieso que esa cuestión no interesó ni siquiera al autor de este relato. Se llevaron el cadáver y le dieron sepultura. Y San Petersburgo se quedó sin Akaki Akákievich, como si nunca hubiera existido. Desapareció para siempre ese ser a quien nadie defendió, por quien nadie profesó afecto ni mostró el menor interés; ni siquiera despertó la curiosidad de los naturalistas, siempre dispuestos a clavar un alfiler a una simple mosca para observarla al microscopio. Un ser que había sobrellevado con resignación las burlas de sus compañeros de oficina y que había bajado a la tumba sin haber protagonizado ningún acto digno de mención; no obstante, gracias a ese capote, su desdichada vida se llenó de luz y de sentido por un instante, si bien es verdad que ya en sus postrimerías; luego la desgracia, que no respeta siquiera a los reyes y poderosos de la tierra, se cebó con él… Unos días después de su muerte un ujier del departamento se presentó en su casa para ordenarle que se reincorporara inmediatamente a su puesto de trabajo, pues así lo exigía el jefe. Pero no pudo cumplir su misión y a la vuelta declaró que Akaki Akákievich no aparecería más por allí. «¿Por qué?», le preguntaron. «Porque ha muerto —respondió—. Hace cuatro días que lo enterraron.» Así se enteraron en el departamento del fallecimiento de Akaki Akákievich. Al día siguiente ya tenía sustituto: el nuevo funcionario era bastante más alto y no trazaba las letras tan derechas, sino mucho más torcidas e inclinadas.

Pero aquí no acaba la historia de Akaki Akákievich… ¿Quién iba a pensar que estaba destinado a llevar, durante unos días, una tormentosa vida de ultratumba, sin duda para compensar su anodina existencia? Pero así fue. En definitiva, nuestro modesto relato, ya en su tramo final, adquiere de pronto, de manera inesperada, tintes fantásticos. Por San Petersburgo empezaron a correr rumores de que en los aledaños del puente Kalinkin, y aun más lejos, se aparecía por las noches un espectro vestido de funcionario; con el pretexto de que buscaba un capote robado, arrancaba de los hombros de los transeúntes, sin respetar rangos ni títulos, todo tipo de abrigos: con forro de gato, de castor, de zorro, de tejón, de oso o simplemente enguatados; en una palabra, de toda clase de piel y pelo que el hombre emplea para protegerse del frío. Uno de sus antiguos colegas vio al espectro con sus propios ojos y reconoció al punto a Akaki Akákievich. No obstante, se llevó tal susto que echó a correr con todas sus fuerzas, de manera que no pudo examinarlo con detalle. Solo vio que lo amenazaba de lejos con el dedo. Arreciaron quejas de todas partes. Por lo visto, por culpa de ese robo indiscriminado de capotes, las espaldas y los hombros de los consejeros titulares, y hasta de los consejeros secretos, estaban expuestos a graves resfriados.

La policía recibió órdenes de capturar al espectro vivo o muerto y de castigarlo con la mayor severidad para que sirviera de ejemplo a otros. Y en una ocasión estuvieron a punto de conseguirlo. En una manzana del callejón Kiriushkin, un guardia municipal llegó a cogerle por el cuello en el momento en que le quitaba el capote de bayeta a un músico retirado, que en sus tiempos había tocado la flauta. Teniéndolo bien agarrado, llamó a gritos a otros dos compañeros y les pidió que lo sujetaran con fuerza, mientras él buscaba la tabaquera en el interior de la bota, pues quería desentumecer un poco su nariz, que se le había helado ya seis veces en el transcurso de su existencia; pero, al parecer, el rapé era tan malo que ni siquiera el espectro pudo soportarlo. Apenas había tenido tiempo el guardia de taparse con un dedo el orificio derecho de la nariz y de aspirar una pulgarada con el izquierdo, cuando el espectro pegó tal estornudo que los cegó a los tres. Mientras se restregaban los ojos con los puños, el espectro se esfumó sin dejar rastro, de manera que llegaron incluso a dudar de que en verdad lo hubieran tenido en sus manos. Desde entonces, a los guardias les entró tal miedo por los espectros que ni siquiera se atrevían a detener a los vivos, limitándose a gritar de lejos: «¡Eh, tú, sigue tu camino!». En cuanto al espectro del funcionario, empezó a aparecerse incluso más allá del puente Kalinkin, causando no poco temor entre los espíritus pusilánimes. Pero nos hemos desentendido por completo del personaje importante, auténtico responsable de que esta historia verídica haya tomado un giro fantástico. Ante todo hay que decir, en honor a la justicia, que poco después de que el desdichado Akaki Akákievich, completamente deshecho, saliera del despacho, el personaje importante sintió cierta compasión. No desconocía la piedad y en el fondo de su corazón albergaba no pocos sentimientos nobles, aunque la conciencia de su dignidad a menudo impedía que afloraran a la superficie. En cuanto el amigo que había ido a verle se despidió, se sumió en reflexiones sobre el pobre Akaki Akákievich. Desde entonces se le aparecía casi a diario la pálida figura del funcionario, anonadado por la reprimenda de un superior. Ese recuerdo le causaba tanto desasosiego que al cabo de una semana decidió enviar a un empleado para interesarse por él y preguntarle si podía ayudarle en algo. Cuando se enteró de que Akaki Akákievich había fallecido como consecuencia de un repentino acceso de fiebre, se quedó estupefacto, y pasó todo el día de mal humor, atormentado por remordimientos de conciencia. Para distraerse de algún modo y disipar esa desagradable impresión, por la noche fue a casa de un amigo, donde encontró una agradable compañía, compuesta casi en su conjunto, y eso era lo mejor de todo, por personas de su misma graduación. Así pues, no tenía por qué sentirse cohibido. Esa circunstancia ejerció un efecto sorprendente sobre su estado de ánimo. Hizo gala de gran desenvoltura, derrochó amabilidad, se mostró ingenioso en las conversaciones; en suma, pasó una velada de lo más agradable. Durante la cena se tomó un par de copas de champán, una manera excelente —como es bien sabido— de disipar cualquier rastro de melancolía. El champán le comunicó el deseo de hacer algo fuera de lo común; en definitiva, en lugar de regresar a casa, resolvió hacerle una visita a Karolina Ivánovna, una dama conocida, al parecer de origen alemán, con la que mantenía una relación de lo más amistosa. Es preciso aclarar que el personaje importante, que tenía ya sus años, era un buen marido y un padre de familia ejemplar. Sus dos hijos, un muchacho que prestaba ya servicio en una cancillería y una encantadora mocita de dieciséis años, con la nariz un poco respingona, pero bonita en cualquier caso, acudían todas las mañanas a besarle la mano y le decían: «Bonjour, papa». Su mujer, nada fea y aún de buen ver, primero le daba a besar su mano y a continuación la volvía y le besaba la suya. En cualquier caso, aunque el personaje importante se mostraba muy satisfecho de esas muestras de cariño familiar, había juzgado conveniente mantener una querida en el otro extremo de la ciudad. Esa querida no era más joven ni más hermosa que su mujer; pero tales accidentes suceden en el mundo y no nos corresponde a nosotros entrar a juzgarlos. Así pues, el personaje importante bajó por la escalera, se montó en el trineo y le dijo al cochero: «¡A casa de Karolina Ivánovna!». Bien arrebujado en su magnífico capote, se sumió en ese placentero estado de ánimo, el más deseable que un ruso pueda imaginar, en el que, sin pensar en nada concreto, distintas ideas, a cual más agradable, se agitan por sí solas en la cabeza, sin que uno tenga que hacer ningún esfuerzo por buscarlas y perseguirlas. Lleno de contento, pasaba revista a todos los momentos alegres de esa velada, a todas las palabras que habían suscitado las carcajadas de ese reducido círculo; hasta llegó a repetir en voz baja algunas de ellas, encontrándolas igual de divertidas, por lo que no es de extrañar que se riera con toda su alma. No obstante, de vez en cuando le molestaban las ráfagas de viento, que soplaba de pronto Dios sabe de dónde y con qué objeto, dándole en el rostro, arrojándole montones de nieve, hinchando la esclavina del capote como si fuera una vela o lanzándosela de pronto sobre la cabeza con una fuerza sobrehumana, lo que le obligaba a realizar ímprobos esfuerzos para volver a ponerla en su sitio. De repente el personaje importante sintió que alguien le agarraba con fuerza por el cuello del capote. Volvió la cabeza y vio a un hombre de baja estatura, vestido con un viejo uniforme desastrado, y no sin horror reconoció a Akaki Akákievich.

El rostro del funcionario estaba blanco como una sábana y su aspecto era cadavérico. El espanto del personaje importante rebasó toda medida cuando vio que el muerto torcía la boca en una mueca y, echándole en la cara su aliento sepulcral, pronunciaba estas palabras: «¡Ah! ¡Ya te tengo! ¡Por fin te he cogido del cuello! ¡Lo que necesito es tu capote! ¡No quisiste ocuparte del mío y hasta me reprendiste! ¡Pues bien, dame ahora el tuyo!». El desdichado personaje importante estuvo a punto de pasar a mejor vida. Aunque hacía gala de un carácter firme en la cancillería y ante sus subordinados, y a pesar de que su aspecto viril y su apuesta figura hacía exclamar a todo el mundo: «¡Vaya, menudo carácter!», esa noche, lo mismo que mucha gente de porte gigantesco, sintió tanto miedo que, no sin razón, llegó a temer que le diera un ataque. Él mismo se quitó el capote en un santiamén y le gritó al cochero con la voz de mudada: «¡A casa, deprisa!». Al oír esas palabras, pronunciadas en ese tono que suele emplearse en momentos decisivos y que a menudo van acompañadas de otras medidas más contundentes, el cochero encogió la cabeza entre los hombros en previsión de lo que pudiera caerle, blandió el látigo y lanzó los caballos al galope. Al cabo de poco más de seis minutos el personaje importante, que había desestimado la idea de visitar a Karolina Ivánovna, estaba ya delante de la puerta de su casa. Pálido, despavorido y sin capote, se arrastró como pudo hasta su habitación, donde pasó una noche muy agitada, hasta el punto de que a la mañana siguiente, durante el desayuno, su hija le soltó de sopetón: «¡Qué pálido estás hoy, papá!». A lo que este no respondió palabra. A nadie le dijo lo que le había sucedido, ni dónde había estado ni adónde había pensado dirigirse. Ese incidente le causó una impresión tan profunda que de ahí en adelante, cuando se dirigía a sus subordinados, apenas empleaba ya esas expresiones de antaño: «¿Cómo se atreve? ¿Se da cuenta de quién está delante de usted?». Y si alguna vez recurría a ellas, no lo hacía sin antes haber escuchado a su interlocutor. Pero lo más sorprendente es que a partir de ese día el espectro del funcionario no se apareció más. Por lo visto, el capote del general había colmado sus expectativas. En cualquier caso, no volvieron a correr rumores de capotes robados. Sin embargo, algunos ciudadanos de ánimo inquieto y exaltado no quisieron tranquilizarse y afirmaron que el espectro del funcionario seguía apareciéndose en los barrios apartados de la ciudad. De hecho, un guardia municipal de Kolomna vio con sus propios ojos cómo el fantasma asomaba por detrás de una casa, pero, como era hombre de constitución débil —en cierta ocasión un simple cochinillo que se había escapado de una casa particular lo derribó, para gran regocijo de unos cuantos cocheros que había por allí, a cada uno de los cuales exigió después, como compensación por el escarnio de que había sido objeto, unos céntimos para tabaco—, no se atrevió a detenerlo. Se contentó con seguirlo en medio de la oscuridad, hasta que el fantasma de pronto se giró, se detuvo y le preguntó: «¿Qué es lo que quieres?», al tiempo que le mostraba un puño de un tamaño que rara vez se ve entre los vivos. «Nada», replicó el guardia y a continuación se dio media vuelta. No obstante, este fantasma era mucho más alto y lucía un poblado bigote. Parecía dirigirse al puente Obújov y no tardó en perderse en las tinieblas nocturnas.

Una respuesta a “El capote

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