Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La paloma Rru”

Ítalo Costa Gómez



Soy un chico muy sentimental. Siempre lo he sido. Desde chibolito me daba pena reventar la cáscara del huevo pensando en que podía haber pollito adentro (admito que con el tiempo superé el tema y adopté un manejo del huevo que ya quisieran muchas). Soy un amigo absoluto de los animales y por esa misma razón es que no tengo uno. No voy a condenar a un animalito a la soledad. Yo nunca estoy en casa y a eso súmale que no tengo paciencia. No hay forma de abrigar a un perrito, un gatito, un pececito o un lorito. Sin embargo, hubo una paloma que no entendió el mensaje y se zurró por completo en mis razones y el resultado fue el temido: catástrofe.

Cuenta la historia que vivía en La Punta con mi mamá y una de las ventanas de nuestra casa daba directamente al mar. Esos ventanales tenían una especie de pequeños espacios huecos que servían para colocar plantitas, me imagino. Nosotros no poníamos nada porque no era un sitio de la casa que se luciera ante las poquísimas visitas que solíamos recibir gracias a nuestra alma poco anfitriona. Tenemos buena esencia, pero alma gitana.

[Y va liviano… mi corazón gitano… que solo entiende de latir a contramano. No intentes amarrarme… ni dominarme… Yo soy quien elige cómo equivocarme… Aprovéchame que si llegué ayer me puedo ir mañana… Que soy gitana]

Una palomita había puesto ahí su nido de a pocos. Había decidido no ponerle nombre y no encariñarme. Ella me ayudaba con eso de no tenerle cariño porque cada mañanita, a las cuatro de la mañana cual reloj, empezaba su canto vespertino altísimo.

Rrrrrrrrrruuuuu….. Rrrrrrrrrruuuuuuuuuuu…. Rrrrrrruuuuuuuuuuuuuuuuu Rrrrrruuuuuuuuuuuuuuu.
Ru Ru.

Le gustaba hacer la parte final con más énfasis y más rápido. Inevitablemente en mi mente le dibujé un nombre. Ya esperaba con cierta gracia la alarma natural de la ‘Paloma Rru’. Si bien yo me reía, la pobre paloma no contó con que no todos en casa tomaban con el mismo espíritu paciente su canto. Mi mamá empezó a odiarla cada día más.

Una tarde se manifestó la renegona del dúo.

– No soporto más a ese pájaro del infierno. Lo voy a botar con la escoba.
– Mamá, es la ‘Paloma Rru’. No seas mala. Tiene un nido ahí. Va a tener a sus hijitos palomitos. No puedes ser así de mala.
– ¿Cuál Paloma Rru?, Ay, Ítalo… hazme el favor. No te encamotes con esa ave porque la voy a botar y no quiero tener problemas contigo. Te estoy avisando desde ya. La voy a sacar apenas tenga agallas.

Ya era tarde para que no me afectara. Le tenía camote y me despedía de ella cada vez que me iba a estudiar y movía su dislocada cabeza morada con azul y sus ojos grises. Era bien bonita y si no hubiera sido tan espesa hubiera durado más en mi casa.

Una tarde ya el nido no estaba y mi mamá había colocado macetas con plantitas para evitar que la Paloma Rru regrese o que sus primas vengan a hacer de nuestro hogar el suyo. Me sentí bien triste, pero no culpé a mi mamá. La verdad es que sin ella descansábamos mejor.

Recordé esta historia a raíz de que una paloma me despertara antes de ayer con la misma efectiva manera. No creo que sea la mismísima ‘Paloma Rru’ porque estaría bien viejita, casi momificada. Quizá es su nieta. Han pasado muchos años, mi mamá tiene el corazón más blando y les da pancito cada mañana. Creo que esa rutina le mantiene calentito el corazón en medio de este frío horrible que azota Lima en estos tiempos.

El pájaro da calor. ¿Qué quieren que les diga?

Currucucú Currucucú… Vuela Palomitaaaaa.

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